EL MITO DE ORFEO – Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente

Portada El mito de OrfeoDe la estirpe de Apolo vino el tañedor de la lira, el padre de los cantos, el muy alabado Orfeo. (Pítica, IV, 176)

Existe una expresión latina, Nihil novum sub sole (No hay nada nuevo bajo el sol, Eclesiastés 1:09) que esencialmente nos viene a decir que todo lo que hacemos hoy, y que creemos que es novedoso, ya existía en la antigüedad. Esto, por ejemplo, suele ocurrir con los temas que nos ofrece la literatura y el cine en la actualidad. Si rascamos un poco los argumentos que nos muestran los medios de comunicación muchas veces no es original y en la mayoría de los casos se retrotraen hasta tiempos arcanos. Como si existieran x principios básicos, o una serie de moldes primordiales ya inventados de los cuales nunca podemos escapar. Por citar un caso observemos el eterno amor que se profesaban Romeo y Julieta de Shakespeare y que sus antagónicas familias arrastran hasta la muerte. Pues bien, si hacemos un estudio más detallado la historia de estos amantes ya aparecía en textos griegos y latinos en la leyenda de Píramo y Tisbe. Pues bien, si lo hiciéramos con todas las obras actuales casi un 50% no se salvarían de ser meras copias. Y es que la influencia de los clásicos, de la literatura y la mitología es muy grande y nos llega hasta hoy mismo. Otro ejemplo, y ya nos centramos en la materia de la que les quiero hablar, es de otro mito que ha perdurado a través de los siglos, el del amor más allá de la vida de Orfeo y la dríade Eurídice, y que los estudiosos Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente han rescatado a través del ensayo El mito de Orfeo. Un estudio completo en donde el arte y la muerte se dan la mano. 

Ambos autores han querido rescatar esta legendaria historia con el propósito de mostrarnos como la simbología del mito del músico Orfeo ha sido esencial para, por un lado, observar como ésta ha influido en la literatura antigua y como, por otro lado, ha evocado a gran parte de la cultura occidental. Para quien no conozca el mito de Orfeo (cosa harto difícil, creo) déjenme que desempolve un poco el apolillado tratado de mitología que leíamos cuando éramos pequeños. A grandes rasgos Orfeo era hijo de Calíope, musa de la poesía épica y de la poesía en general, y del rey tracio Eagro, o del mismísimo Apolo en otras leyendas. Se dice que gracias a su voz, el cuidado y la magia de las bacantes, y el uso de la lira o de la citara (a la que puso la séptima cuerda) cada vez que cantaba el mundo se paralizaba. El viento paraba en su vagar, los animales, incluidos los peces, se arracimaban a su lado e incluso los árboles se inclinaban para oír la melodía de su voz. Sus poderes como vate eran tan conocidos que en su juventud acompañó a los inmortales Argonautas hasta la misma Cólquide para recuperar el Vellocino de Oro, y tiempo después se enamoró y se casó con la ninfa Eurídice. Pero su aventura más peligrosa comenzaría en aquel momento pues cuando ésta murió tras ser mordida por una cruel áspid, quedó tan desolado que acudió al mismísimo Hades a recuperarla. Vagó por aquellos oscuros reinos y el canto de su tristeza apenó tanto al rey de los muertos y a su esposa Perséfone que le permitieron recuperarla y llevarla al reino de los vivos. Pero con una condición: que cuando fueran andando hacia la luz nunca se volviera a mirarla hasta que estuvieran fuera del Hades. Orfeo dudó mucho rato si esto era una triquiñuela, así que cuando estaba ya fuera de las oscuras concavidades mortuorias rápidamente giró su rostro para ver a su esposa. Por desgracia ésta todavía se hallaba dentro y como el viento que ventea la ceniza desapareció de su vista para siempre. Apenado por haber fallado en su propósito Orfeo volvió a Tracia, y fue precisamente allí donde fue despezado por las Bacantes.

En un principio, el mito de Orfeo correspondería a uno más de las famosas leyendas grecolatinas acerca de héroes que volvieron del Hades tras realizar una misión suicida. Recordemos como Hércules en su undécimo trabajo tuvo que viajar al inframundo a capturar al mismísimo perro del Infierno Cerbero; o como Odiseo y Eneas descienden al Hades con objeto de consultar y ver a sus antiguos compañeros de fatigas. En cambio la historia de Orfeo difiere con respecto a las otras en que aporta algo distinto. Algo más novedoso. El cantor tracio, en un principio, emprende un viaje imposible por amor, a diferencia de Hércules, Odiseo y Eneas. Y es gracias a ese amor con el que vence continuamente las pruebas a las que es sometido continuamente. El poder de la música y la voz de Orfeo son enormes. Si no llega a utilizar esa “magia”, por ejemplo, durante el viaje de los Argonautas, las aventuras de Jasón y sus compañeros no habrían llegado mucho más allá de Yolcos. Así pues el poder divino de Orfeo hace que todo el inframundo se conmueva continuamente. No necesita ninguna espada increíble, ni arco o escudo sobrenatural, para llegar hasta la negra morada de Hades y su amada. El mito de Orfeo, según nos indica García Gual y Hernández de la Fuente,  es una historia en donde la vida, la muerte, la música y la poesía se dan la mano para crear una leyenda universal. El que un ser mortal, destrozado por la muerte de su esposa, decida contra natura y contra cualquier parecer razonable acudir a la otra vida a rescatarla es lo que ha hecho que escritores y poetas de todos los tiempos (ya fueran Virgilio u Ovidio en la Antigüedad, o Shakespeare, Bacon o Garcilaso entre otros cientos de literatos) escriban historias sin parangón bebiendo de esta tradición inmortal. Incluso músicos como Monteverdi o Gluck han evocado con su música la leyenda de aquel que quiso desafiar a la muerte.

Y es que último elemento del que les hablo, la Muerte, en todos los sentidos, es uno de los ingredientes más importantes de este mito. Como ya he indicado anteriormente, Eurídice, al ser perseguida por Aristeo, es mordida por una serpiente y entre fuertes dolores muere sin que su esposo pueda hacer nada por ella. Desafiando el sino de los dioses Orfeo decide viajar al inframundo y mediante sus dones, armado solo con una lira, librar a su amante de su cárcel mortuoria. El periplo que hace entonces Orfeo es un claro ejemplo y guía de cómo  se creía entonces que era el Hades y las partes de su reino. Sin dudar un momento Orfeo se introduce en el Hades (catábasis) por una de las puertas del infierno conocidas en aquellos momentos, ya fueran las grietas plutónicas de Anatolia, Sicilia, la que había en el Etna, o incluso la más famosa de todas ellas:  la que albergaba el hogar de la Sibila de Cumas en la Magna Grecia. Tras franquear la puertas de la muerte, Orfeo hace un periplo turístico por el inframundo: se dirige al rio Estige donde ablanda al correoso Caronte con sus cantos; lo mismo hace con Cerbero al otro lado de la orilla y con los jueces que deciden el bien o el mal de las almas: Minos, Radamantis, y Éaco. Su vagar lo lleva a atravesar los ríos Aqueronte (río de la tristeza), el Flagetonte, o el Cocito (curiosamente siglos después Dante lo transformará en un lago helado), y a desdeñar las aguas del Leteo pues no quiere olvidar el motivo que le ha llevado hasta allí. Observa como las almas en pena se dividen, por un lado las que van a la bienaventuranza de los Campos Elíseos, y por otro los que son condenados a los eternos castigos del Tártaro. Pero Orfeo nos lleva más allá, hasta las mismas puertas del palacio de Hades y Perséfone, quienes se apiadan de nuestro rapsoda aunque con una condición que desgraciadamente no podrá cumplir. En verdad todo un itinerario hecho por la visión que tenían los antiguos de cómo era la muerte.

Lo curioso de todo este asunto de la muerte y Orfeo es que aunque fracasara en su intento, este mito del héroe tracio tuvo como consecuencia la creación de un movimiento religioso llamado Orfismo, en el que si se creía en él uno podría asegurarse su estancia en el más allá de forma favorable, ya fuera en los Campos Elíseos o en las Islas de los Bienaventurados. Los iniciados en estos misterios daban mucha importancia a las cuestiones del alma y su salvación posterior. Al igual que siglos después el cristianismo o el budismo conciben que el alma está prisionera del cuerpo y que éste no es más que un simple estuche o cárcel que impide que su verdadera esencia llegue pura a su destino. Las persona que seguían este culto mistérico recibían una especie de manual del Más Allá, una especie de guía turística y una contraseña que han de decir al entrar en el inframundo (una especie de salvoconducto que solo conocen los jueces infernales) para poder llegar con éxito a los Campos Elíseos. Por ello no han beber nunca del Leteo. Pero esta purificación, la mayoría de los casos, no se hace en un simple viaje sino que se ha de realizar en unas cuantas reencarnaciones hasta que el alma este pura del todo. Es por ello que nunca deben derramar sangre ni  comer ni matar animal alguno pues quién sabe si en alguno de ellos está encerrada un alma en periodo de purificación.

Esta creencia religiosa, rompedora entonces, es rica en simbolismos y contraseñas ocultas. Su influencia es tal que ha inspirado aspectos religiosos de algunas doctrinas futuras, y es por eso que la lectura de este ensayo, El mito de Orfeo, no ha de ser hecha como mero entretenimiento, ni como una forma más de pasar el rato leyendo mitologías ya olvidadas. Este breve libro ha de ser leído de forma reflexiva viendo como este mito grecolatino influyó tanto en la literatura, la música, películas, obras de teatro, esculturas, pinturas… es, sin lugar a dudas, uno de aquellos esquemas básicos de los que les hablaba al principio. Una de aquellas historias de amor, poesía, muerte, música y luz que más han calado en la cultura occidental. Como diría Eurípides en Alcestis:

Si yo tuviera la lengua y la música de Orfeo,
y capaz fuera con mis canciones de embelesar
a la hija de Deméter o a su esposo y sacarte del Hades,
allí  descendería, y ni el perro de Plutón ni el conductor de almas
Caronte, con su remo, me detendrían
antes de reintegrar de nuevo tu vida a la luz.

 

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LAS CONFESIONES DE NAT TURNER – William Styron

31somBcfiVL._SX341_BO1,204,203,200_Despierta para castigar a todas las gentes, no tengas piedad de los que obran pérfidamente. […] No los mates, para que mi pueblo no olvide; hazlos andar vagabundos por tu poder y abátelos, ¡oh, Señor, escudo nuestro! […] Acábalos en tu furor, acábalos y dejen de ser, y sepan que hay un Dios que domina en Jacob (Salmo 59)

Hace unos días se ha estrenado en los cines de España la película El nacimiento de una nación, pero no la de D. W. Griffith, sino la de Nate Parker, en la que nos narra la fallida insurrección de esclavos negros capitaneados por el mesiánico Nathaniel “Nat” Turner en 1831. Yo todavía no la he visto, aunque tengo intención de acudir a echarle un vistazo en breve, y no sé si será buena o mala pero lo más importante que nos puede aportar este film es que nos trae a los espectadores españoles una de esas historias perdidas, pequeñas o empequeñecidas por el paso del tiempo, que vale la pena conocer. Como mucho tenemos constancia de ella porque aparece en alguna nota a pie de página en libros sobre la historia de la esclavitud en Norteamérica, o sobre la Guerra de Secesión (que tampoco hay muchos, también hay que decirlo) y es por eso por lo que me alegré mucho hace unos días cuando visitando una biblioteca me encontré, por pura casualidad, con un libro titulado Las confesiones de Nat Turner, escrito por William Styron en 1967, y que al año siguiente fue Premio Pulitzer.

La obra de Styron se asienta sobre las confesiones, o pequeño folleto, que escribió el propio Nat Turner antes de ser ejecutado en la ciudad de Jerusalem (Virginia) en 1831 (siento el spoiler). En él nos habla sobre la rebelión de esclavos que se produjo en el condado de Southampton ese mismo año y en el que durante tres días y tres noches un total de 50 o 60 esclavos arrasaron las haciendas de los alrededores y acabaron con la vida de 55 personas blancas. Según el abogado que defendió a Nat en el “supuesto” juicio, un tal Thomas Ruffin Gray, Nat y sus allegados solo querían robar y escapar, y que durante los escarceos estos principios iniciales se les fueron de las manos en una orgia de fuego y sangre, pero fue el propio Turner quien en el alegato final declaró que eso no era cierto y que lo verdaderamente los llevó a rebelarse contra sus amos fue esencialmente una llamada divina, una orden directa de Dios:  “Un día, en el campo, oí un ruido en el cielo, y el Espíritu se me apareció y me dijo… que yo debía luchar contra la Serpiente y que se aproximaba el día en que los últimos serían los primeros”.

Ahora nos hemos de preguntar ¿quién era Nathaniel Turner (1800 – 1831)? Según parece, gracias a los pocos datos que existen sobre esta rebelión, y al fabuloso trabajo de documentación que hizo el autor, Nat ya era durante su infancia todo un portento de inteligencia. Hemos de olvidarnos de la figura del esclavo embrutecido a base de latigazos desde su nacimiento, pues nuestro protagonista no solo llegó a aprender a leer por su cuenta, sino que fue todo un esclavo ilustrado, un esclavo domestico, que no paraba de leer todo lo que caía en su mano. Sobre todo la Biblia. Y de las lecturas que hizo de las Santas Escrituras hizo un símil muy curioso: que su condición de esclavo era la misma que habían sufrido los israelitas a manos de los egipcios y que llegaría el día en que los liberaría de la opresión del hombre blanco. A ello contribuyó además que cerca del condado donde moraba se encontraba la ciudad de Jerusalem, de fuertes resonancias bíblicas, y que no sería hasta que tomara dicha ciudad cuando todos los negros serían libres. Tal era su ascendente religioso sobre los esclavos que muchos le llamaban “El Profeta”, y tanta era su sumisión entre los suyos que incluso era llevado ante sus amos a las horas de comer y cenar para que, de pie, les bendijera la mesa.

A través de la vida de Nat Turner, Styron nos permite ver cómo era la vida de los esclavos en las plantaciones de Virginia, cuál era su condición y las penalidades que sufrían por parte de amos y capataces brutales. No solo eran tratados como puros animales obligándolos a trabajar hasta 18 horas al día, sino que eran meros muebles y cosas con los que se traficaba y jugaba. Pero no solo nos habla de atrocidades sin límites sino que también vemos como se interrelacionaban las personas blancas (ya fueran buenas o malas) con los negros, o sus lazos de unión dentro de una plantación. Es decir, el día a día en el infierno. Nat  en cambio, en un principio, fue un esclavo afortunado pues desde su aceptación como esclavo doméstico (aquella condición que tanto despreciada Malcom X) podía estar más tranquilo y con menos peligro de sufrir los castigos corporales de los capataces. Era en sí el negro de confiaba del amo. Tanta tenía que, dándose cuenta de lo inteligente que era llegó a prometerle que cuando pasaran 25 años lo liberaría. Acuerdo que no pudo cumplir tiempo después debido a una crisis económica que sufrió la  plantación. Y ya fuera por esto, o por las condiciones que sufrían sus hermanos esclavos, Nat no aguantó más y supo que debía  alzarse frente al opresor.

Hemos de recordar que Nat Turner se creía un visionario, un instrumento de Dios, un iluminado que iba a liberar a su pueblo. Así pues cuando el 13 de Agosto de 1831 observó en el cielo un eclipse solar supo que la hora de la venganza había llegado. Días después, el 21, con unos pocos esclavos, a los que fueron sumándose poco a poco más unos cuantos más, fue de casa en casa asesinando a los amos blancos y sus familias portando cuchillos y otras armas afiladas para no llamar la atención. En aquellos momentos de sangre debió sentirse como el Ángel de la Muerte que acaba en el Éxodo con los primogénitos de Egipto. A nadie se le perdonó la vida pues sabían que era la hora de ajustar cuentas. Ninguna suplica de piedad aplacó la furia desatada. Aun así la rebelión no duró más de cuarenta y ocho horas ya que en cuanto actuó la milicia local ésta se diluyó como lagrimas en la lluvia. El día 30 un aparcero blanco descubrió a Turner morando en un pantano, y tras denunciarlo fue capturado por las autoridades del lugar. Fue en aquellos momentos cuando escribió Las confesiones de Nat Turner. Fue llevado a Jerusalem (ironías de la vida) donde fue juzgado y ahorcado el día 5 de Noviembre. Y aunque su cuerpo, nada más ser bajado del patíbulo, fue desollado, decapitado y descuartizado para que su memoria se perdiera, ésta no se olvido por completo. Las autoridades, y los amos en particular, empezaron a darse cuenta que tal vez aquellos esclavos, aquellos enseres del hogar, aquellas máquinas que se podían exprimir hasta la muerte, no eran tan dóciles como se podía observar a primera vista. Tomaron constancia del polvorín sobre el que estaban sentados y comenzaron a sentir miedo. Un sudor frio les hizo empezar a imaginar cuchillos azulados en la oscuridad. Ante aquella situación se endurecieron las leyes sobre la esclavitud y en muchos casos se prohibió a los propios esclavos que pronunciaran su nombre, bajo pena de escribir un mapa en sus espaldas a base de latigazos. Pero aunque se les prohibió hablar de él, la gesta increíble de Nat Turner, la espita de esperanza que les había dado no se les olvidó, y es por eso que su nombre se convirtió en leyenda, y la leyenda en mito. Sabían que la pesadilla podía tener fin, y como decía el Salmo 96 que tanto gustaba a Nat: “¡Canten al Señor un canto nuevo…” Algo empezaba a cambiar.

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LOS AFRANCESADOS – Miguel Artola

Portada Los Afrancesados«La razón es el único don del cielo que compensa plenamente los males de la existencia humana» (José María Blanco White).

La mejor definición que existe de la corriente cainita que tristemente circula por la sangre de todo español desde que nuestros ancestros pisan esta vieja piel de toro, la dejó escrita Antonio Machado en su poema “Españolito”, el  LIII de sus Proverbios y Cantares dentro de su obra Campos de Castilla. Estos versos vienen a decir lo siguiente: “Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios.  Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.” O una cosa o la otra. Sin punto medio. O estás conmigo o contra mí. Las eternas dos facciones que han asolado nuestra pobre historia, ya sean entre reyes medievales, isabelinos y carlistas, o nacionales contra republicanos. Es una constante que se repite continuamente cada cierto tiempo, una cierta ansia de liberar la mala sangre que se nos acumula. Una especie depuración del alma para aliviar los viejos rencores que se nos enquistan en nuestro ser. Y no hay que asustarse, pues mientras exista el homo hispanicus persistirá, desgraciadamente, esa forma subconsciente de pensar. Repito, una constante que en algunos casos, incluso, ha quedado solapada dentro de otras guerras, como por ejemplo la de Independencia (1808-1814), cuando en todo el meollo del conflicto una sección de españoles que se consideraban más cercana a la ideas progresistas francesas sufrieron el odio de aquellos otros españoles que veía en ellos unos traidores a la causa fernandina, y que como consecuencia de su odio ancestral fueron depurados, obligados a exiliarse o exterminados como perros en medio de la calle. Es, por desgracia, una historia muy olvidada pero que gracias al eminente historiador Miguel Artola ha vuelto a ver la luz en su ensayo: Los Afrancesados (Alianza Editorial, 1989). 

La edición con la que podemos disfrutar de esta obra, a no ser que alguien acuda a una biblioteca especializada, es la anteriormente mencionada, la de Alianza de 1989 (asequible y fácil de  encontrar en cualquier librería), pues originalmente nos encontramos con que ésta  es una reedición de la opera prima que Miguel Artola publicó en 1953 con prólogo de Gregorio Marañón. En verdad todo un lujo. El autor divide este ensayo, esencial para comprender una parte de nuestra Guerra de Independencia, en  cuatro partes bien claras: la ideología afrancesada y napoleónicas en España; pasa a continuación a analizar cómo fue de manera interna la monarquía de José Bonaparte, o José I; sigue con los odios que suscitaron estos afrancesados y como fueron perseguidos; y termina finalmente hablándonos como vivieron, o mejor dicho sobrevivieron estos afrancesados en el destierro.

Empecemos ab ovo. Para conocer la historia de los afrancesados hay que remontarse al siglo XVIII, a los acuerdos de Familia entre la rama borbónica española y la monarquía francesa y en cómo influyeron mutuamente a la vez que se aliaban contra un enemigo común, en este caso los ingleses. Las ideas progresistas fueron calando poco a poco en las clases media-altas, sobre todo entre los intelectuales que veían más allá de sus fronteras la luz de la Razón frente a las oscuridades medievales que reinaban en España. Como consecuencia de ello, por ejemplo, nacieron de la noche a la mañana, como setas tras la lluvia, un buen número de Asociaciones de Amigos del País que soñaban con modernizar y culturizar al país. El siglo de la Ilustración deseaba una revolución controlada en las mentalidades hispánicas. Y fue a finales del siglo XVIII, sobre todo a partir de 1795, cuando esa unión con nuestros vecinos se hizo más fuerte. Gracias a ella se acordó en 1807 (Tratado de Fontainebleau) que un ejército combinado de franceses y españoles penetraran en Portugal  con el propósito de castigar al país luso por sus tratados con Inglaterra. A la vez que una división del ejército español pasaría a engrosar las flamantes tropas napoleónicas. Se la conoció como La División del Norte, comandada por el Marques de la Romana y en un principio fueron alojados en Dinamarca. Como se podrá observar España, sus intelectuales, y gran parte de la sociedad estaban a partir un piñón con Francia y sus ideas.

Pero en 1808 este idilio se rompió en pedazos. La entrada y hostilidad invasora de los ejércitos franceses en la Península, el baile y vergüenza de abdicaciones de Bayona, recayendo al final la corona en la testa de José Bonaparte, a partir de ahora le llamaremos José I, y los sucesos del 2 de Mayo en Madrid, evidenciaron la fuerte fractura que produjo entre los seguidores del futuro Fernando VII, y sobre todo en el pueblo llano, y los que acogían de buen grado la regencia del hermano de Napoleón y sus ideas avanzadas. Es decir que dentro de una Guerra de Independencia, una guerra de liberación, se producía otra guerra entre españoles. Y es aquí donde Miguel Artola asienta su trabajo al decir que llamarles “traidores” y “vendepatrias”  es resumir la historia de forma simplista y tergiversadora. La versión que desde entonces se nos ha vendido. Pero esta historia es más compleja de lo que parece, y es el libro de Artola el que se encarga de desmitificarla y decir lo que no se nos ha contado. Lo primero ¿Quiénes eran estos afrancesados tan denostados por el pueblo? Esencialmente se trata de, en la mayoría de los casos, gente culta (aunque también había algún que otro aprovechado) que veía en Francia un faro al que seguir. Y por esto no nos hemos de equivocar: los afrancesados eran amantes de su propio país, y creían que la influencia de las ideas ilustradas que pregonaban el reinado de la Razón y la Justicia podían hacer mucho bien en España. Esto redundaría en hacer avanzar el país y que el progreso resultante lo equipararía a otros lugares de Europa. Tampoco hay que olvidar que no eran unos monstruos revolucionarios corta cabezas, sino que creían igualmente en el monarquismo, con un rey justo al frente que fuera responsable de sus actos ante su pueblo, y todo a través de una revolución tranquila en donde las reformas eliminaran las telarañas del Antiguo Régimen. Y finalmente veían a Napoleón como el líder que había frenado los excesos de la Revolución Francesa. Aun así, aunque estas ideas que propugnaban eran de lo más lógicas, los afrancesados consiguieron aganarse a sus más acérrimos enemigos entre la incultura del pueblo llano, que se tragaba cualquier panfleto fernandista, y en los liberales y absolutistas que únicamente encontraban un punto en común al odiar por igual a los afrancesados.

Intelectuales como Alberto Lista, Juan Meléndez Valdés, Cabarrús, Jovellanos; militares como O´Farrill o Francisco Amoros; e incluso eclesiásticos como los obispos auxiliares de Zaragoza y Sevilla, no tuvieron ninguna duda en jurar los Estatutos de Bayona (juramentados) al observar que José I podría ser el rey que mejor se amoldaba a las ideas progresistas que ellos defienden. Y más cuando el rey emite la orden de abolir de Inquisición. En verdad todo un salto adelante. Pero curiosamente estos serán los pocos amigos que este rey tendrá (a pesar de ser uno de los mejores que ha tenido la Historia de España). El 7 de Julio de 1808 José I jura la Constitución de Bayona, y el 1 de Octubre de ese año hace jurar fidelidad a los funcionarios. Estos serán los juramentados frente a los que también aceptan de otro grado la entrada del nuevo rey bajo la fórmula de libre determinación. Un Bonaparte es el nuevo monarca, pero aunque  lleve el insigne apellido de su hermano, desde el principio será boicoteado no solo por los españoles que le insultan continuamente (que es lo más lógico) sino también por los suyos. Los mariscales y generales no le hacen caso y solo atienden las órdenes directas de su propio hermano, Napoleón. Desde París se le reprocha que sea moderado, atienda a su pueblo, y continuamente indulte a los que se alzan en armas contra él. Dentro del caos administrativo que existe intenta crear un ejército puramente español, pero le dan tan poco dinero que llega un momento en que solo tiene la mitad para pagar a sus tropas leales. Y es en este punto en donde podemos ver uno de los hechos silenciados por la historia patria: la existencia de soldados josefinos leales al rey, sobre todo en Cataluña y Aragón, combatiendo al lado de los franceses. Esta realidad se intentó acallar en las Cortes de Cádiz en 1812, cuando en un decreto del 26 de Septiembre de ese año se promulgaba lo siguiente:

Las Cortes Generales y Extraordinarias, considerando que no deben existir testimonios que transmitan a la posteridad la abominable conducta de los españoles desnaturalizados, que han tenido la osadía de tomar las armas y organizarse en cuerpo para pelear contra la madre patria, han resuelto: Que la Regencia disponga se quemen públicamente las banderas del Regimiento nº 1 de Juramentados, que sirve bajo las ordenes del Rey Intruso….

La denominación de traidor se asentó sobre cualquier persona que tuviera simpatías por lo francés. Es por ello que tras la derrota de las tropas francesas en la Batalla de Vitoria (1813) más de 12.000 de estos tuvieran que emigrar o bien junto a las tropas galas que abandonaban España o por cualquier otro medio para evitar desgracias. Y, evidentemente, éstas se produjeron ya que los que se quedaron o fueron linchados o arrastrados por las calles como bestias. Tiempo después se firmó el Tratado de Valençay (1813) por el que, además de reconocer a Fernando VII como rey de España, se aseguraba que los afrancesados que volvieran al país y juraran al nuevo monarca, podían volver sin temor a represalias. Pero como era común este rey felón no respetó lo pactado y nuevamente se produjo una nueva caza del afrancesado. Y si conseguían sobrevivir en este régimen de terror o bien se les inhabilitaba social y laboralmente, o se les confiscaba todos los bienes, o bien acaban en prisiones de Ceuta y Melilla. Todos los que fueran tachados de “colaboracionista” eran purgados de forma inmediata. Finalmente, y como suele ocurrir en todas las represalias que se producen después de una guerra, éstos solo podían volver a su vida normal si obtenían el perdón mediante un” certificado de lealtad al Deseado”.

Los ganadores del conflicto armado, los amantes de “¡vivan la caenas!” se las prometían muy felices al sentir como el cáncer afrancesado era extirpado de la sociedad. Pero muchos otros también empezaban a darse cuenta, sobre todo los liberales, que aquella caza salvaje parecía que no iba a terminar ahí. Fernando VII, una vez vista la herida, una vez olida la sangre, no iba a parar hasta instaurar un régimen absolutista en el que aquellas ideas afrancesadas de libertad, igualdad y fraternidad no tuvieran cabida. Aunque ésta será otra historia de la que ya hablaremos en un futuro, así que de momento quédense con este excelente ensayo, Los Afrancesados,  acerca de unas personas que una vez soñaron con una España iluminada por la Razón.

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JUAN JOSÉ DE AUSTRIA – José Calvo Poyato

9788499894560«Quien se eleva demasiado cerca del sol con alas de oro las funde». (William Shakespeare)

Para los Austrias la figura del valido fue esencial. Gobernante en la sombra tras la figura del rey de turno, a pesar de haber acumulado grandes parcelas de poder, fueron necesarios para que la gigantesca nave imperial siguiera surcando un mar de guerras y ambiciones sin fin. Conocemos el nombre de algunos de ellas, los más famosos, como el Duque de Lerma, Antonio Pérez, y en cambio desconocemos otros como por ejemplo el que nos trae aquí, el bastardo (léase como atributo y no como insulto) Juan José de Austria (1629 – 1679), hijo del libidinoso Felipe IV y hermanastro de otro rey, Carlos II, más conocido como El Hechizado. La historia de Juan José de Austria, nombre recibido en recuerdo al otro gran héroe del Imperio español, es la de un hombre, un bastardo, que por su condición de persona allegada a la realeza y al trono, y por emular en su ser las condiciones necesarias para ser rey (en vez de su hermano altamente discapacitado), siempre vivió poseído por la ambición de asaltar el trono y proclamarse ser omnímodo. Eso le estuvo corroyendo desde siempre. Y si no, vean un incidente, entre otros muchos, que propició en la corte: Un día que Felipe IV estaba descansando, debido sobre todo a su vejez, en Aranjuez se acerco por allí Juan José de Austria y tras solicitar audiencia real se presentó ante su padre para enseñarle un cuadro. Era de corte mitológico y en él se podía apreciar a un anciano Saturno presenciando los amores incestuosos de Juno y Júpiter (que como bien recordaran eran hermanos). Pues bien según parece el cuadro había sido retocado y donde debía estar la cara de Saturno estaba la de Felipe IV, y en las de Juno y Júpiter estaban igualmente las de Juan José y la de de la Infanta Margarita. Con esto, el avispado bastardo quería decirle a su padre que pretendía casarse con su otra hermanastra. El rey, aunque ya estaba bastante enfermo, se levantó de su asiento y gritando a pleno pulmón, ordenó que lo echaran de allí. Como resultado de esta treta, Juan José nunca más volvió a ver a su padre. 

Éste era en esencia el personaje al que el historiador José Calvo Poyato dedica su libro: Juan José de Austria, un bastardo regio.  Sin lugar a dudas, este don Juan es uno de los más desconocidos, para mucha gente, dentro de la Historia de España. Parece ser que la mayor parte de las veces, sobre todo los profanos en la materia, centran su atención en la zona más vistosa de los Austrias, es decir los Austrias mayores llegando como mucho al reinado de Felipe III y Felipe IV por aquello de ser el periodo del Siglo de Oro, de Cervantes, Velázquez, y de las lanzas enhiestas en Breda,  quedando  la última mitad de siglo XVII como un mero epilogo para entrar en la época de los Borbones. Es decir que al pobre Carlos II, que ya bastante tenía con ser como era, se le pasa de puntillas en los planes de estudio, provocando que la mayoría de estudiantes no lleguen a asomarse a lo apasionante que fue aquella época de corazas rotas, ambiciones desmedidas y sueños de honra apolillados. Pero dejémonos de lamentarnos y centrémonos en hablar de aquel hombre que siempre quiso ser rey. Juan José de Austria, fue uno más de los excesos sexuales de Felipe IV. Siempre tuvo fijación por las mujeres guapas, y sobre todo por las actrices de teatro. En este caso se trató de la actriz María Inés de Calderón, más conocida como La Calderona. Y aunque estaba casada, el rey no tuvo repararos en amancebarse con ella y de estos amores ilicitos, pasado dos años, tener un bebe al que en un principio se le consideró “hijo de la tierra”, pero que con el tiempo, y tras el subsiguiente arrepentimiento espiritual Felipe IV tuvo que reconocerlo en público (1642) y llamarlo Juan José de Austria.

No era muy común que el rey reculara en estos casos y reconociera a uno de sus bastardos, pero aunque lo hizo debido a sus escrúpulos religiosos, eso no hizo posible que al joven Juan José se le abrieran las puertas de la corte. Tal vez fuera por no querer ver cerca  uno de sus pecados, o tal vez porque la reina no quisiera verlo ni en pintura, ya que eso podría recordarla los continuos devaneos de su marido. Y es precisamente este hecho el que marcaría la conciencia de nuestro protagonista: ser rechazo por los poderosos a pesar de haber nacido antes de aquel que años después sería rey a la muerte de su padre. Es decir Carlos II.   Cuando tenía 18 años, en 1647, fue nombrado Príncipe del Mar, y, tras asignársele una flota, se le ordenó luchar contra el enemigo del momento, o sea los franceses, a la vez que sofocar la revuelta que se estaba produciendo en Nápoles. Misión que cumplió con éxito de manera brillante, con lo que en 1652 se le ordenó de nuevo sofocar otra rebelión, pero en Cataluña.

Todos estos éxitos le catapultaron a la fama y le granjearon el favor popular. El pueblo llano y algunos nobles comenzaron a verle como un nuevo héroe del Imperio, un resucitado Juan de Austria que devolvería la fuerza a aquel gigante de barro, a aquel galeón medio podrido que hacía agua por todos los lados. Obviamente, a una persona resentida, y ansiosa de poder, aquellos halagos le hicieron soñar con ser el futuro rey.  Felipe IV entonces le encomienda otra misión, y es enviarle a Flandes para acabar con todos los enemigos que ansían echar de allí a los Austrias. El monarca, que ve en su hijo un ser capaz de levantar el orgullo caído, arroja en los hombros del joven Juan José una gran responsabilidad, pero aunque hubiera enviado al mismísimo Hércules resucitado no hubiera podido torcer el destino de Flandes. Juan José, que es diplomático y no un Spínola, no puede cumplir los deseos del rey, y debido a que el ejército es un coladero sin armas y que los enemigos son muy numerosos acaba perdiendo batallas e importantes plazas fuertes como las de Dunkerque, Gravelinas o Ypres. Felipe IV, para ocultar los desastres de su hijo bastardo, y sus errores propios, lo envía como Capitán General a Portugal, e igualmente sufre graves derrotas desde 1661 hasta 1664. Son tan calamitosas que por ejemplo en la Batalla de Ameixal pierde a 10.000 soldados frente a los 1000 que mueren en el bando luso. Obviamente es el fin de la carrera de Juan José como general.

El rey muere en 1665, y nuestro bastardo se ve como posible sucesor. Pero la regencia de la viuda del rey, Mariana de Austria, y su  consejero de confianza, el jesuita austriaco Everardo Nithard, le vuelven a cerrar las puertas del trono. Huye a Barcelona y desde allí emprende una campaña de desprestigio contra la reina madre y contra el religioso. Es altamente hipócrita que señale que todos los males de España provienen de la “ambiciosa viuda” y de la “tiranía del padre Nithard”. Estos opúsculos encienden poco a poco a los nobles y al pueblo llegándose a darse el caso de que muchos prevén una futura guerra civil. Don Juan José se envalentona y en 1669 hace una expedición desde Barcelona a Madrid engrosando poco a poco soldados en su camino. Llega a Zaragoza con una fuerza armada de más  de un millar de soldados rodeado de forofos que gritan cosas como “Viva el señor Juan, nuestro restaurador, que mira por la honra de España” o “Viva el rey y muera el mal gobierno”.  Esta revuelta tuvo como consecuencia que la regente echara de su lado a Nithard y lo enviara como embajador extraordinario al Vaticano. Por tanto asistimos al primer golpe de Estado de la Historia de nuestro país. Aunque no con un final feliz pues la regente, que tampoco era tonta, le nombra Virrey de Aragón.

Un nuevo escalón en el cursus honorum de Juan José. Su próxima oportunidad sería años después, en 1675, cuando Carlos II, ya nuevo rey por derecho alcanza su mayoría de edad. El mismo día del cumpleaños del rey es se le ordena acudir a Madrid y de forma secreta penetra en palacio. Todos los indicios parecían de indicar que sería nombrado nuevo valido de su majestad, pero la entrada in extremis de doña Mariana hizo que uno volviera a Zaragoza, y el otro, el soberano, se metiera en su habitación llorando como un niño. Fernando Valenzuela, por tanto seguiría ostentando el poder. La cosa no acabaría ahí pues los rumores de que don Juan José volvería a tratar de hacer un nuevo golpe de estado, y el enfado de los nobles, propició la caída de Valenzuela y de que se apagara el ascendiente que tenía la reina madre. Juan José emprendió la marcha desde Zaragoza en loor de multitudes y con una escolta de 1500 hombres. El 23 de Enero de 1677 los dos hermanos se encontraron  y el monarca, por fin, hace valido a Juan José. Aunque su valimiento solo le duró dos años. Emprendió un número importante de renovaciones en la columna central del Imperio, pero, según dicen, fueron tan intensas que al poco estuvo agotado. En 1669 murió de una repentina enfermedad (fiebres tifoideas)  dejando al rey  indefenso ante el mundo. Y no paso una semana sin que la reina madre volviera a Madrid. A pesar de su condición de bastardo está enterrado en el Panteón del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, aunque su corazón se halla en la capilla del Pilar de Zaragoza.

José Calvo Poyato es el historiador más indicado para hablarnos no solo de de la increíble historia de aquel bastardo que se creía designado por el destino para ser el rey de todas las Españas, sino que también nos evoca una época fascinante, en el que un Imperio, el de los Austrias,  estaba a punto de sucumbir ante un nuevo poder emergente en España, el de los Borbones. Un tiempo en el que los españoles comenzaban a resignarse a no ser caput mundi, y principiaban a rememorar los sueños placidos de aquel tiempo en el que fuimos poderosos. Una prosa clara y una erudición precisa hacen que nos sumerjamos en una época que por desgracia parece no atraer a muchos historiadores y que amenaza con desaparecer como aquel gigante con pies de barro que una vez gobernó todo un planeta. Juan José de Austria, un bastardo regio… una lectura que no deben olvidar.

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ESPAÑA EN LLAMAS – Josep María Solé i Sabaté y Joan Villarroya

7641365«Era tan fácil lanzar bombas sobre ciudades indefensas…» (La llama, Arturo Barea).

Tengo delante de mí un álbum fotográfico de la Guerra Civil Española. El blanco y negro acentúa las imágenes de dolor, heroicismo bélico y lágrimas bicolor. Las hay de batallas, ciudades destrozadas como boca cariada, dolor por la perdida de un ser querido o posados de generales y soldados. La gran mayoría son anónimas, sacadas de archivos históricos, mientras que otras son de grandes reporteros de la época. A mí en especial me gustan las de Robert Cappa y Gerda Taro. Parecen que inmortalicen la eternidad. Entre ellas destacan las de bombardeos: la de una mujer en Bilbao que corre con su hija de la mano mientras mira el cielo en donde se intuye que habrá algún “pajarito” con su panza ubérrima de muerte; un grupo de barceloneses que parecen asistir al bombardeo contemplando las alturas en una especia de flashmode improvisado; o la de una mujer madura, también en Barcelona, que corre a esconderse en algún refugio a pesar de llevar zapatos de tacón… Distintas posiciones para un solo hecho, el bombardeo de ciudades y pueblos, pero que tienen algo en común: la sorpresa de una nueva amenaza de muerte nunca antes vista. Pues quién iba a pensar que algún día la muerte iba llegar desde el cielo. 

Sobre la guerra fraticida que sufrió el pueblo español entre 1936 y 1939 se han escrito a lo largo del globo cientos de libros. Cada uno aportando datos que algún día podrán completar el gran libro de la Guerra Civil. Los hay de estrategia, armamento, política, vida cotidiana… pero en todos ellos el tema de los bombardeos aéreos ha quedado como complemento de los asuntos anteriores. Pero hay que pensar que esta circunstancia mortal, es decir la aviación y los subsiguientes bombardeos sobre ciudades y retaguardia indefensa, inaugura la historia de los bombardeos en la Historia. Y aunque antes fueran los italianos en 1911 los primeros en hacer caer bombas sobre el enemigo en sus campamentos, nunca se habían realizado sobre ciudades que estuvieran más allá de las líneas enemigas, añadiendo además el componente de terror psicológico. Es por ello que hay que agradecer a los especialistas en guerra civil española Josep María Solé i Sabaté y Joan Villarroya que hayan escrito el libro España en Llamas, la guerra civil desde el aire, en el que nos narran de manera exhaustiva y documentada el antes, durante y después de la aviación militar republicana y nacional, cómo fue creciendo tecnológicamente a lo largo de la contienda, dónde fueron los bombardeos y sus objetivos principales y lo más importante cómo fueron vividos por la ciudadanía y sus terribles consecuencias.

A lo largo de este ensayo, una de las cosas que me ha llamado la atención es que el tema de la destrucción del enemigo a través de los cielos fuera algo tan sorpresivo y novedoso tanto para los militares como para los civiles que tuvieron que soportarlo. Y es que hay que señalar que al principio de la guerra civil no existían bombarderos de combate. Los aviones comerciales como el Fokker F-VII o el Douglas DC-2 tuvieron que reconvertirse rápidamente en máquinas de matar, echando muchas (la mayoría de las veces) las bombas a mano, y calculando el objetivo a ojo. Dice Ignacio Hidalgo Cisneros, jefe de la aviación republicana:

La instalación que hicimos fue muy simple: quitamos la puerta del fuselaje y pusimos en la parte baja del hueco una rampa de madera como las que empleaban las lavanderas, bien encerada. Sobre ella colocábamos una bomba de cien kilos. El observador, con su visor, iba en la cabina del piloto. Cuando calculaba que el avión estaba pasando por la vertical del objetivo, levantaba el brazo. A esta señal se empujaba la bomba con el pie, haciéndola deslizar por la rampa.

Rápidamente la aviación de ambos bandos tuvo que ponerse al día ya que se dieron cuenta de que quien dominara los cielos tendría ganada parte de la guerra.

Los primeros bombardeos se realizaron sobre Ceuta, Melilla, Larache, Tetuán y Andalucía. Y ya desde entonces comenzaron a aparecer por las aceras de las calles victimas civiles. El bando que más pronto creció tecnológicamente fue el rebelde debido sobre todo a que los aliados alemanes e italianos les facilitaron en un principio aviones eficaces como el Ju-52 teutón o los rápidos S-81 y S-79 azzurros. Estas victimas colaterales como por ejemplo en Málaga, Granada, en el cerco de Madrid, en la matanza de Guernika perpetrada por la conocida Legión Cóndor, o en el controvertido bombardeo de Barcelona se debieron sobre todo a la ausencia de cazas y cañones antiaéreos en las zonas urbanas. La entrada de aviones rusos como los Katiuskas, o Chatos, equilibraron algo la balanza de ambas fuerzas pero aun así el terreno ganado por los nacionales hizo que consiguieran la victoria total en los cielos españoles.

Los avances tecnológicos en la aviación en los años 30 hicieron que países europeos como por ejemplo Alemania crearan nuevos tipos de aviones más rápidos, potentes y mortales, como los conocidos y temidos stukas. Y ya que, pensarían, se los prestamos a Franco ¿qué mejor sitio que probarlos que en España? Toda la piel de toro se convirtió durante el conflicto en un perfecto laboratorio en donde poner a prueba a los nuevos aparatos. En los cielos españoles aparecieron diferentes tipos de aviones en ambos bandos que produjeron un hecho increíble, nunca visto en la historia bélica pues desde este momento cualquier objetivo, fuera militar como civil, en la retaguardia, estaba en el punto de mira de los aviones. Ya no eran solamente maquinas para ganar una guerra, sino auténticas armas psicológicas con las que amedrentar al enemigo. Cualquier ciudad, hospital, escuela, iglesia, biblioteca o fábrica podía ser de la noche a la mañana un objetivo puntual. Es la primera vez en la Historia en que nadie podía estar a salvo.

Además de todos estos hechos mencionados, uno de los puntos fuertes del libro son también las historias que nos hablan del día a día de la gente que sufría en sus propias carnes las incursiones aéreas. Vemos como en cada una de las personas se produce primeramente un sentimiento de indignación ante la visión de los muertos, (que en muchos casos tiene como consecuencia la ira del pueblo llevando a fusilar en masa a los prisioneros como venganza por lo ocurrido). Tras la indignación, el español de a pie siente pavor al ir a correr a los refugios en los bajos de las casas, metros o lugares ad hoc. Si no se es fuerte mentalmente puede llegarse a la desesperación, que es lo que quiere el enemigo. Pero siempre al final, después del continuo bombardeo, la rutina y la costumbre se introducen en el alma. Jorge Martínez Reverte ya nos habla de este sentimiento en la Batalla de Madrid: “Desde Septiembre no hay corridas. Las sustituyen los combates aéreos, que además son gratis”.

Muchas son las historias que llenan el libro y que ejemplifican  como fue aquel infierno desde el aire. De manera instructiva desvela datos inéditos que alumbran la abundantísima historiografía que existe sobre la guerra civil. Les invito a ver nuestro conflicto bélico más traumático desde un punto de vista distinto, desde las ventanillas de los bombarderos. Velocidad, sangre y fuego en la España cainita.

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AMANTES PODEROSAS DE LA HISTORIA – Ángela Vallvey Arévalo

Amantes poderosas de la Historia«Pasajero: breve es mi discurso. Espérate y lee.  / Esta piedra cubre a una mujer bella». Estela de una matrona romana.

Siempre, en cualquier conversación, existe alguien que asegura que en los refranes está la Verdad. Con mayúsculas. La sabiduría del pueblo y la experiencia como única guía en la vida. En muchos casos es así, pero en honor a ella hay que remarcar que no siempre es cierto. Un ejemplo: recordemos el manido dicho “Detrás de un gran hombre siempre hay una mujer”. Este refrán es de los más conocidos. Aunque al oírlo tengo la impresión de escuchar que los meritos de una empresa se los lleva solamente un hombre con un pelín de ayuda de una santa y sufridora acompañante. Es decir, parece que se la arrincona siendo meramente un bastón, o una apoyatura anecdótica. En este caso, y actualizando los tiempos, yo lo pronunciaría de la siguiente manera: “Junto a un gran hombre hay una gran mujer”. En paridad, sin ocultar a nadie esa verdad de la que hablábamos antes. Y no es un dato que me lo invente yo, pues a través de la Historia ha existido gran copia de mujeres que no solo han acompañado a los hombres en su andar por esta tierra sino que incluso, ya sea mediante su inteligencia ya sea a través de su astucia, los han superado. Han sido muchas las que han ejemplificado este hecho pero en esta breve reseña, desgraciadamente, no las puedo incluir a todas. En su ayuda solo pudo centrarme en el libro escrito por Ángela Vallvey Arévalo titulado Amantes poderosas de la Historia, en el que el lector puede recorrer la evolución de algunas mujeres que supieron a través de los siglos obtener cierto señorío frente a sus iguales. 

Una de las cosas que más me ha llamado la atención, tras leerlo con verdadero placer, es que ha sobrepasado las expectativas que tenía cuando lo recibí. En un principio pensaba que me encontraba con una miscelánea más sobre mujeres importantes en la Historia en la que podría deleitarme con meras y frías semblanzas de sus protagonistas. Es decir, que no me iba a descubrir más de lo que ya tenía en otros libros. Pero tras empezar a leer empecé a darme cuenta de que había algo diferente a lo escrito anteriormente. Sí, hay un listado de nombres de mujeres poderosas, y también que en cada capítulo se habla de una de ellas, pero en honor a la verdad la autora ha sabido narrar la figura de cada una de manera inteligente: dándoles el protagonismo otorgándole voz propia. Me explico, estamos acostumbrados a leer una miscelánea de vidas importantes desde la lejanía que el tiempo nos da. Aquí, en cambio, Ángela Vallvey ha juntado la mera biografía con el dialogo y las reflexiones de las protagonistas a modo, algunas veces, de novela. Haciendo por tanto que cada capítulo sea vivo y emocionante a la vez. Así pues la Historia de la Mujer no está silenciada bajo cientos y cientos de palabras sino que adquiere un canto propio frente a cualquier otra voz dicha por los hombres.

Pero que nadie se piense que esta mezcla hace que la lectura sea frívola. Junto con las conversaciones privadas la autora aplica a la construcción de sus protagonistas una documentación rigurosa y detallada. Por sus hojas vemos desfilar un buen número de nombres propios, desde Egipto hasta el día de hoy. Unos más conocidos que otros. Por ejemplo junto a Semíramis, Aspasia, Cleopatra, Teodora, Diana de Poitiers, Madame de Pompadour, o incluso Teresa Cabarrús, aparecen otros como la esposa de Viriato, Berenice, Elena Sanz, Edelmira Sampedro o Wallis Simpson, por poner algunos ejemplos. Lo interesante es que no solo hablan de cómo llegaron al poder y de la época en que lo alcanzaron sino que, incluso, cada una de ellas, sean las mencionadas o incluso otras que han quedado en el tintero, se convierten en un icono de mujer y en cómo ha evolucionado la condición femenina a través de la Historia. Mostrando por ello la gran lucha que han tenido que soportar para romper las barreras del duro patriarcado.

In concluding (como dicen los ingleses) les animo que cuando puedan se hagan con este libro Amantes poderosas de la Historia y se deleiten con las peripecias de algunas mujeres que se convirtieron en dueñas de sus destinos fijando su nombre con letras de fuego en los anales de una Historia que las ha querido arrinconar en las oscuridades paternales. Deléitense con la hetaira que amó a un sabio ateniense; con la egipcia que casi dejó en jaque a todo una república romana; o con los amores prohibidos de una americana que hizo abdicar al poderoso rey del Imperio Británico. Son muchas las anécdotas y enseñanzas que nos da este libro, y por ello les animo a leerlo. Es, sin duda, una apuesta segura.

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VIAJE POR EL GUADALQUIVIR Y SU HISTORIA – Juan Eslava Galán

Viaje por el Guadalquivir«Ay, río Guadalquivir, que en Jaén fuiste serrano, en Córdoba hechicero, por Sevilla de Triana y por Cádiz marinero» (Sevillana de Los Romeros de la Puebla).

En el Planeta Tierra (¿a quién se le ocurrió poner este nombre a un astro que está compuesto casi el 70% por agua?) existen cientos de miles de ríos. Los hay de gran longitud que llegan hasta el mar, chiquitos que se unen a otros más grandes, y los que amorosamente rozan la poesía de nuestro corazón. Desde que el ser humano puebla este mundo, la mayoría de las civilizaciones han querido asentarse cerca de ellos para conseguir comida y bebida con la que sustentarse y de paso forjar ciudades de leyenda que evoquen cantares de gesta. Hay anónimos riachuelos y ríos de renombre que han forjado la historia de la Humanidad desde su nacimiento, como por ejemplo el Nilo, el Tigris y el Éufrates, el Danubio, el Rin, o el Amazonas, entre otros muchos, pero existe uno que en su correr por la Península Ibérica nos trae sonidos de plata y oro, de aceros entrechocando en sus riberas, y de olores y comidas que nos retrotraen a nuestra infancia. Se trata del Guadalquivir, el al-wādi al-kabīr (el río grande) de los árabes, que recorre casi un tercio de nuestro territorio y por el que gracias a él entró la Historia en esta vieja piel de toro. Su lento divagar por peñas oscuras y valles generosos entreteje toda una memoria de hechos históricos que han plagado nuestros libros, y es por ello que un escritor de renombre, Juan Eslava Galán para más señas, vuelva a recordarnos cuál es la narración de los hechos que hicieron de este uno de los más legendarios de Europa, y por ende  del  mundo entero. Con todos ustedes Viaje por el Guadalquivir y su historia

No es la primera vez que el autor jienense nos ofrece un libro sobre sus correrías por España. Me vienen a la cabeza sus andanzas norteñas en Viaje a la costa de las ballenas, en donde nos ofrece un fresco sobre la ruta del Transcantábrico; su caminar por Andalucía en El Paraíso disputado; o su recreación fantástica de la antigüedad en Ciudad de la Bética. Pero este nuevo libro, Viajes por el Guadalquivir es algo distinto, un ensayo que de principio a fin, desde que se abre su primera hoja, es un periplo íntimo que el autor llevaba mucho tiempo dentro de sí. Ha querido sacar esos sentimientos de su Guadalquivir interior con la intención de mostrarlo a todos los enamorados de aquel rio hecho de hilos de plata. En sí el título nos resume perfectamente el motivo, describirnos el viaje que hizo durante un año, caminando al lado del rio, desde Cazorla hasta su muerte (la de rio, obviamente) en Sanlúcar de Barrameda. De la misma manera que el mítico Bilbo Bolson, oriundo de la Comarca, decía a su sobrino Frodo “Pisas el camino y si no controlas tus pies nunca sabes adónde te pueden llevar” lo mismo le ha pasado a Eslava Galán ya que desde el nacimiento del Guadalquivir, más allá de la frondosa Cazorla se dedica con su buen humor y sabiduría a narrarnos por donde va sin saber en algunos momentos donde sus pies le conducirán. Nos habla del discurrir del caudal al paso de distintas ciudades y pueblos, a la par que nos describe la historia y vivencias de lugares tan señoriales como Úbeda, Baeza, Andújar; la califal Córdoba, o la cosmopolita Sevilla entre otras muchas.

El autor nos habla sobre como la Historia de España entró rio arriba y no para mientes en hablarnos de los distintos hitos históricos habidos y vividos en sus riveras: la llegada de fenicios y griegos, y los mitos de la increíble Tartesos; el dominio romano y los vestigios arqueológicos que nos ha dejado; la llegada de los árabes y su legado de ochocientos años en la península; o por ejemplo la impresionante gesta americana gestada en Sevilla y el devenir de los galeones entre la ciudad y su desembocadura allá en Sanlúcar de Barrameda. Además este libro no solo es un narrar Historia pura y dura al ritmo de gastar zapatilla  sino que también nos habla de otra historia paralela: la del aceite. Juan Eslava Galán es un experto en este campo y en este Viaje por Guadalquivir nos describe la importancia que tenía en tiempo de los romanos, el periplo de las ánforas cargadas de este tesoro verde y dorado, y como influyó en la economía de los distintos pueblos que hay a lo largo del rio durante siglos.

Así pues, si les gustan los libros de viaje, con sabor a Historia, y que al terminar les haga desear repetir los mismos pasos del autor, sin duda les recomiendo que se hagan con un ejemplar de esta obra y lo tengan a mano mientras caminan al lado del Guadalquivir, visitan sus diferentes tesoros artísticos o arqueológicos o meramente se sientan a dormir una buena siesta bajo una copuda encina milenaria. Solo me queda decirles… ¡buen viaje!

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ENFERMEDADES QUE CAMBIARON LA HISTORIA – Pedro Gargantilla

Enfermedades que cambiaron la historiaConozco al Dr. Pedro Gargantilla desde algún tiempo. No personalmente, sino a través de sus libros. Y curiosamente para esta santa casa he tenido la oportunidad de reseñar la excelente obra Enfermedades de los reyes de España (Austrias y Borbones) hace algún tiempo. Mediante un análisis certero y ejemplificante nos enseñó en sus libros como la medicina, y en concreto las enfermedades, pueden tener un peso vital en el devenir de una nación. Un rey loco, una princesa con enfermedades contagiosas o una peste que aniquila a un tercio de población pueden decantar, para bien o mal, el destino. Además, otro valor que tienen sus libros es que muestran el peso que tiene la medicina en la historiografía. Es por ello por lo que me alegré en extremo cuando vi salir a la luz su último libro, Enfermedades que cambiaron la Historia, editado por La Esfera de los Libros y que nos muestra una miscelánea de momentos importantes, claves en la Historia, que variaron por culpa de las miasmas habidas en el ambiente o en el propio cuerpo de los protagonistas. 

En verdad al terminar la lectura de este último libro de Pedro Gargantilla me ha venido una sensación agridulce que debo explicarles a través de dos aspectos, positivo y negativo. Así que empecemos por el primero, por lo bueno que he sacado de él. Mientras que en sus otras obras, este gran divulgador se centraba casi exclusivamente en el ámbito de las enfermedades españolas, en este breve libro amplía su foco y no solo expande sus conocimientos hacia casos clínicos españoles sino también el tiempo pues se remonta desde la antigüedad hasta el siglo XX. Mediante una prosa clara, adobada con una buena dosis de curiosidades históricas (¡que sorpresa al descubrir los famosos dientes de Waterloo!)  el autor nos narra cómo ciertas enfermedades han hecho que la Historia se bifurque hacia un lado u otro para bien o para mal de sus sufridos habitantes. Gracias al autor podemos ver como las enfermedades se han cebado en reyes de imperios, tanto psíquica como físicamente; como han ganado guerras y batallas; e incluso como los distintos tipos de pestes no solo han matado ciudadanos sino también han hecho que ciudades y países enteros hayan pasado a manos del enemigo. Algunas ya las conocía, pero de otras me he llevado una sorpresa bastante grande.

Ahora el aspecto negativo. Y como sé que a los buenos amigos no les importa que se les diga en que han errado para poder crecer, además de ver en ello un signo de franqueza, paso a exponer lo puntos en que más flojea este ensayo científico-histórico. Desde un primer momento he tenido la sensación de encontrarme con una ocasión desperdiciada. Esta escrito de forma generalizada y superficial encontrándonos en algunos momentos hechos históricos ultra conocidos en vez de incidir más en las cuestiones médicas. Por poner un ejemplo hay capítulos en el que el 80 % está ocupado por el encuadre de la situación y los hechos ocurridos en esa época, mientras que el otro 20 % habla de la enfermedad en cuestión y casi al final del susodicho capítulo. Con toda franqueza en algunos momentos se me ha hecho muy simplón. Está bien escrito, eso no se puede negar, hay un buen número de curiosidades pero luego se diluye en el marco en vez de centrarse en el lienzo en sí. Y dos, no sé si será culpa de la editorial al maquetar el libro o del propio autor al presentarle (aunque lo más seguro que compartan la culpa a la limón) pero en ningún momento parecen ponerse de acuerdo en cómo presentar los capítulos del libro, o de manera cronológica o de manera aleatoria. Cualquiera de las dos serviría en una miscelánea, pero ¡hay que decidirse! El primer capítulo comienza con el tema de la neumonía en el asunto Carne Picada en la Segunda Guerra Mundial y como ésta engaño a los nazis provocando el desembarco en Sicilia. Aquí uno piensa que la lectura va a ser aleatoria, pero ¡sorpresa, sorpresa! Inmediatamente se dan unos cuantos capítulos cronológicamente bien expuestos desde la antigüedad hasta la llegada de los Hunos, y de buenas a primeras te cuelan un capítulo sobre las hemorroides de Napoleón… Esto, desgraciadamente hace que la persona que lee este ensayo se encuentre descolocada todo el rato.

En fin. En resumidas cuentas el Dr. Pedro Gargantilla nos trae un nuevo libro Enfermedades que cambiaron la Historia en el que nos enseña como algunas de ellas afectaron al devenir de la Humanidad a través de los siglos. Un libro bien escrito, interesante en algunos momentos pero que se diluye en lo ligero de su oferta. Una oportunidad desaprovechada que se encuentra muy por debajo de algunos de sus otros libros como Enfermedades de los Reyes de España, o Breve Historia de la Medicina. Y aunque me voy con una sensación de que el libro solo ha obtenido un aprobado raspado, tampoco dejo de recomendárselo sobre todo a las personas que nunca se hayan acercado lo suficiente a temas científicos relacionados con la Historia.

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MARIANA PINEDA – José Luis Olaizola

Mariana Pineda«¡Oh! Qué día tan triste en Granada, que a las piedras hacía llorar al ver que Marianita se muere en cadalso por no declarar» (Mariana Pineda, Federico García Lorca).

En virtud de lo pactado en el Congreso de Viena de 1814, los países firmantes de la Santa Alianza, dictaminaron que ya era tiempo de acabar con aquel sueño que se había instalado en España durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823). Aquel último año el sonido claveteado de las botas de los Cien Mil Hijos de San Luis, ejército combinado de tropas francesas y españolas comandado por el duque de Angulema, irrumpieron en la Península Ibérica y terminaron de destrozar a las tropas libertarias en la Batalla del Trocadero (Cádiz). Aquel 31 de Agosto las bayonetas francesas echaron por tierra el proyecto de llevar a España un paso adelante e igualarlo a las libertades y oportunidades que había normalmente en otros países europeos. Como consecuencia de ello se volvía a instaurar una nueva regencia de Fernando VII, rey felón por excelencia, y tras abominar del juramento que había hecho sobre la Constitución de 1812, sumerge a España en una época oscura y represiva donde su poder será el garante de todo atropello y villanía. Este tiempo será tristemente conocido como la Década Ominosa (1823 – 1833). Pero a pesar de que una  noche de terror se ha echado sobre esta vieja piel de toro, los rescoldos del antiguo fuego no son apagados del todo y aquí y allá asoman de vez en cuando algún personaje que defiende las anheladas libertades. Y sobre todos éstos destaca uno que hará temblar los cimientos del poder omnímodo del rey Fernando. No es un general erizado de bayonetas, ni un político esquivo con gran poder de oratoria. Se trata sencillamente de una muchachita de Granada, que tras bordar un símbolo, una simple bandera se convertirá en un mito de nuestra Historia. Su nombre es  Mariana Pineda y es por excelencia la heroína y mártir del liberalismo español. 

«El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo».

Ha pasado el tiempo y la desmemoria histórica que planea sobre España ha hecho que mucha gente olvidara la figura de Mariana y ni siquiera sepa que hizo en su tiempo. Los alumnos logsetomizados ya no saben quién fue ni cuál fue su logro, pero gracias a libros como el de José Luis Olaizola es posible que se acerquen un poco más a la gesta de esta  mujer valiente. Les presento su  última novela: Mariana Pineda, un canto a la pasión y a la libertad. Esencialmente, y a primera vista, nos encontramos una novela que ofrece una biografía canoníca de aquella amante de la libertad, y que a los que conocemos la historia de esta mujer nos puede parecer algo insulsa y lineal, pero que a los que desconocen quién era les va a encantar pues van a adentrarse en un mundo oscuro en el que cualquier paso en falso te podía llevar a la horca o sentir en la nuca el frio punzón del garrote vil. Olaizola comienza narrar remontándose un poco atrás del nacimiento de Pineda, rememorando la vida de su padre, un hidalgo que conoce a su joven madre, Dolores Muñoz, en Lucena y que tras una serie de avatares acaban viviendo en Granada, lugar donde nace nuestra protagonista en 1804. Dos años después muere su padre, y su madre, viendo que es incapaz de cuidar de su propia hija cede la custodia a un tío, quien se casa poco después. De nuevo la esposa de éste rechaza a Mariana y como si fuera una pelota que va de un lado a otro sin control acaba siendo adoptado por un empleado del tío, casado y sin hijos. Allí encuentra un nuevo hogar.

En 1819 se casa con un militar retirado, Manuel de Peralta y Valte, pero tres años después, con dos hijos a cuestas, se queda viuda. Parece que su vida se ha convertido en un correr de un infortunio a otro, pero eso es lo que parece a simple vista, pues gracias a su marido, militar de grandes ideales, conoce las mieles de la libertad y contacta con los grupos revolucionarios. Así pues cuando se proclama la conocida Década Ominosa, Mariana se integra sin miedo alguno en los círculos liberales de la Vega granadina, asistiendo de manera asidua al salón de los condes de Teba. Se convierte por tanto en una auténtica conspiradora enfrentada a las fuerzas oscuras del rey felón. Pero no es una comparsa más en un mundo de hombres valientes, sino que ella misma se encarga de realizar actos de valor que la caracterizan como verdadera heroína por la libertad. Un ejemplo de ello lo vemos en 1828 cuando consigue liberar de la cárcel a un primo suyo Fernando Álvarez de Sotomayor, que iba a ser ejecutado por ser un militar constitucionalista y liberal. Mariana, valiéndose del parentesco que tiene con el reo, en las distintas visitas, fue introduciendo partes de un hábito de capuchino con el que días después consiguió escaparse disfrazado de tal guisa.

Pero con el levantamiento fracasado del general Torrijos en 1831 las tensiones se recrudecen y se cierra más el cerco sobre el grupo de conspiradores granadinos. El alcalde del crimen de la ciudad, Ramón Pedrosa, inicia una investigación seria sobre la fuga de Álvarez de Sotomayor y todas las sospechas incriminan a Mariana. En marzo de ese año consigue la prueba: nace la leyenda de la bandera. Según parece un agente realista le dice a Ramón Pedrosa que Mariana está tejiendo una bandera libertaria que debía acompañar a las fuerzas malogradas de Torrijos. Esta era de color morado y curiosamente llevaba bordado en el centro un triangulo verde (¿signo masón?) acompañado de las siguientes palabras en hilo rojo: “Igualdad, Libertad y ley”.  Para conseguir la prueba definitiva envía a dos bordadoras  a casa de Mariana con la falsa intención de ayudarla a terminarla, pero con la idea de verla con sus propios ojos. Cuando éstas aseguraron al alcalde del crimen que habían sido testigos presenciales, fue detenida de inmediato, y aunque fue sometida a fuertes interrogatorios no cedió un palmo ni cuando el juez la ofreció salvar su vida si delataba a sus compinches. Como no lo hizo, y se enfrentó con valentía a sus captores, además de estar todo amañado de antemano, fue condenada a muerte. Hecho que se produzco el 24 de Mayo de 1831 en el Campo del Triunfo donde fue conducida en una mula y ejecutada posteriormente a garrote.  Fue enterrada en el cementerio de Almengor en una tumba anónima, pero días después alguien le puso una simple cruz de madera sobre ella como reconocimiento a una muchacha que desafió al orden tiránico del momento con su valentía y determinación.

En puridad todo esto y más es lo que vamos a encontrar en esta novela de José Luis Olaizola. Es un libro que se lee muy bien, con un estilo muy sencillo y poético que va a deleitar aquellos que desconocen cualquier aspecto de la vida de Mariana Pineda y la época posterior a la Guerra de Independencia. Y no me quiero despedir de ustedes sin antes recordarles las palabras que dijo hace poco una eurodiputada socialista, María Izquierdo, al querer poner su nombre en la puerta principal del Parlamento de Estrasburgo: «Mariana demostró, mucho antes que nuestros vecinos franceses, que las mujeres españolas fueron pioneras en la defensa de las ideas progresistas. Estamos hablando de una mujer que nació en 1804 y que fue ajusticiada el 26 de mayo de 1831, jovencísima, por defender su libertad de pensamiento. Ella pudo eludir la muerte, pero prefirió ser leal». Actualmente el nombre de Mariana Pineda corona la entrada del recinto.

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EL GRAN MANIPULADOR – Paul Preston

El gran manipulador«Eran unas mentiras tan infantiles que parecía imposible que las pudiese decir pero cuando se tiene el control totalitario de los medios, se puede decir cualquier cosa».

Conocer a una persona no siempre es fácil. Hacen falta tiempo y mucha paciencia para saber cómo es y qué es lo que le motiva en la vida. Verlo de vez en cuando, una o dos veces al año, y saber de él de oídas solo puede confirmar  que “conocemos” a alguien de manera superficial. Es decir que para conocer la verdadera esencia de alguien hay que tener en cuenta que quien mejor lo puede hacer es o bien un amigo personal, normalmente proveniente de la infancia, o uno mismo, el cual únicamente sabe hasta dónde llegan las profundidades de su ser. Y esto hablando a nivel de persona de la calle. De la gente corriente. Así que imagínense lo difícil que es conocer las intimidades de un dirigente de Estado o una gran personalidad relevante en cualquier campo de la cultura. A lo que si añadimos que el susodicho dirigente, es una de las personas más ambiguas y laberínticas que han existido, conocer su leitmotiv diario se complica harto difícil y en muchos casos imposible. Nos referimos a Francisco Franco Bahamonde (1892 – 1975) más conocido como El Caudillo que dirigió los destinos de España durante casi cuarenta años con auténtica mano de hierro. 

Uno de los biógrafos más importantes de Franco y especialista en el campo de la Guerra Civil Española (1936 – 1939) es sin duda alguna el historiador británico Paul Preston. Sobre ambos temas ha escrito ingente cantidad de ensayos destacando sobre todo la excelente biografía Franco, Caudillo de España, en la que desmenuza de manera brillante la vida del anterior dictador. Podríamos decir que este libro se atiene pura y duramente a hablarnos de la figura pública de Franco mientras que el libro que traigo a todos ustedes, El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco (Ediciones B) se dedica a desmontar uno a uno los falsos mitos que se han ido tejiendo a su alrededor, ya sean creados por sus hagiógrafos y palmeros del Régimen y de la extrema derecha, o bien por sus detractores y opositores políticos. Así pues pasemos a ver cuáles eran, a grandes rasgos, esos mitos que Preston intenta desenmascarar.

Nuestro historiador nos muestra que esa ambigüedad existente en Franco se debe esencialmente a varios factores. Por un lado su personalidad retraída y marcada que arrastraba desde su entorno familiar; las confusas concepciones que se han hecho de él desde los dos polos opuestos de la política existentes en esos momentos; y sobre la continua utilización de máscaras desechables que llevó en su vida para medrar en la cucaña social. Franco, a todas luces, era un ser neutro al que esencialmente solo le movía una cosa: la ambición por el poder. Nunca quiso “mojarse” en nada si no sabía que iba a conseguir algún rédito. Es decir nadaba y guardaba la ropa como nadie. Y si no fíjense en todo el tiempo que dudó en unirse al complot para derrocar al gobierno legalmente constituido en 1936. Indecisión que provocaba la exasperación de sus correligionarios, como, por ejemplo,  Mola o Yagüe que comenzaron a llamarle en petit comité Miss Canarias 1936. Incluso a pocas horas antes de llegar a Marruecos, con el morro del Dragón Rapide tocando sus puertas,  todavía dudaba en unirse a los conjurados que iban hacer el alzamiento al mandarles aquel mensaje de “geografía poco extensa”. Si se le daba algo de poder se tranquilizaba y apoyaba al régimen que hubiera en esos momentos (aunque fuera republicano, como ejemplo en el llamado Bienio Negro, donde cató por primera vez las mieles del gobierno absoluto), pero si se le retiraba de él se ponía a la defensiva y complotaba para derrocarlo. No estaba dispuesto a que nadie le quitara su parcelita de poder.

Entonces ¿cómo una persona tan indecisa pudo hacer un cursus honorum tan brillante, desde su condición de militar a jefe de Estado? Preston nos aclara que debido esencialmente a su inteligencia para manipular a los demás desde un plano que no le comprometiera, y ya cuando tenía la seguridad de tener en sus manos el poder político y militar utilizarlo en su conveniencia a base de mentiras y falsos mitos. Y es aquí donde entra el juego de mascaras anteriormente mencionado. Francisco Franco, en su juventud, en las guerras coloniales del Rif se dio cuenta de que para ascender en el cargo había de comportarse como un kamikaze en las acciones bélicas. Le encantaba la película de soldados, tipo Tres Lanceros Bengalíes, en la que los aguerridos coloniales han de luchar contra los barbaros indígenas que no se dejan culturizar. Es por ello que la primera mascara que utiliza es la de héroe del Rif con la que la prensa le agasaja y las damas suspiran. Esto le vale para llegar a ser general, pero el antiguo cerillita, con el que le motejaban sus compañeros en la academia militar, quiere más, pues su pozo de ambición todavía no está lleno. Después, con el paso del tiempo, al comenzar la Guerra Civil se acomoda en el papel del nuevo Cid Campeador que desea librar a España de las hordas rojas ateas en una Cruzada salvadora. La utilización de máscaras es tan eficaz que incluso sorprende cuando al terminar el conflicto y comenzar la Segunda Guerra Mundial desea ser el nuevo Felipe II que quiere llevar a España a reconquistar un Nuevo Imperio a costa de las victorias alemanas. Pero cuando el asunto se tuerce y el Eje es derrotado, sus palmeros mediáticos le consiguen una nueva, esta vez la de Numantino que aguanta en su atalaya española las embestidas que quieren destruir España. Encerrándola perpetuamente en un ostracismo en el que se convertirá en el Padre de la Nación, duro y justo, a imagen y semejanza de aquel que nunca tuvo. Para ello, manipula a la nación arrojando mentiras diarias como la de que fue él el que nunca quiso entrar en guerra y fue tan clarividente de ver el desastre nazi, o que él vela diariamente y trabaja incansablemente en beneficio de los españoles las veinticuatro horas seguidas. Es decir el mito de la luz de la lamparita en su despacho que nunca se apaga. El cual es más falso que un duro sevillano pues llama la atención que si observamos detenidamente una serie de fotos que Franco se hizo a lo largo de los años en su despacho vemos que con el paso del tiempo sus papeles de trabajo se van amontonando en su mesa, observándose en la última que es tal la cantidad de papeles que hay que casi no le permiten salir en la instantánea. Y es entonces, cuando llega la triste realidad, es decir: ver el gran estado de quiebra de la nación en 1947, cuando deja el servicio en manos de los llamados tecnócratas y decide jubilarse del cargo de Padre de la Nación (que no irse, ojo) y convertirse en el Abuelo que vela por la madurez del país, quedando solo como supervisor en las reuniones ministeriales mientras por detrás contemporiza los tiempos hasta su muerte preparando una futura vuelta a la monarquía.

Así pues vemos a una persona que en apariencia es sencilla y desinteresada pero que por dentro es retorcida y se consumen en un ansia de poder sin límites. Leído el libro de Preston y tras comprobar la forma en que escaló hasta llegar donde llegó, quien curiosamente mejor le caló fue el general Sanjurjo que, cuando estaba planeando su golpe de estado contra la República en 1932 e invitó a Franco a unirse a él, al desestimar este último su oferta, dijo lo siguiente: “Este Franco es tan cuco que siempre va a lo suyito”. Es decir una persona neutra que solo se movía para alzarse por encima de los que no creen en él y que para ello no dudará en mentir, manipular y retorcer la realidad con tal de conseguir sus planes.

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