EL LOGOS ENAMORADO – María R. Gómez Iglesias

logos_evookMuchacho, el más hermoso y deseable, detente ahí
y escúchame unas pocas palabras:
En el joven hay gratitud. La mujer, en cambio, no es de nadie
fiel compañera. Siempre ama al que tiene delante.
El amor de un joven es bueno de tener y bueno de dejar;
más fácil de encontrar que de satisfacer.
Infinitos males penden de él y numerosos bienes.
Mas incluso hay en ello cierto encanto.

Teognis de Megara 39-41 (1365-71)

He aquí un libro no apto para todos los públicos. Y no por el tema abordado (o no solo por eso, que el pudor lector cada uno lo marca a su gusto), sino por la exposición. No solo por el contenido sino por la forma. Pero también es de esos libros que se han de publicar pese a quien pese, estaríamos buenos si no fuera así, y obviamente también se han de leer.

Lectura dura, la verdad. Se intuye que el origen del texto es una tesis doctoral, el lenguaje y el modo expositivo lo descubren. Pero hay tesis más legibles que otras, más superficiales que otras, y esta es de las de sumergirse a fondo y poner los seis sentidos en ella para no perderse. El tema resultará interesante a todos los amantes de lo griego aunque no tiene nada de novedoso, porque sobre los griegos todo lo decible (o casi todo) está ya dicho, todos los caminos (o casi todos) están ya andados. Otra cosa es el tratamiento que se haga del asunto, el cómo se anda el camino, y en eso sí que las posibilidades son infinitas.

El logos enamorado busca ser una puesta al día del tema del homoerotismo en los griegos, el cual durante siglos ha sido hábilmente esquivado o bien tratado con mojigatería por los helenistas y curiosos que en el mundo han sido. Y digo “homoerotismo” y no homosexualidad porque este último término carga consigo tal cúmulo de prejuicios culturales y sociales, amén de ser su uso completamente anacrónico en la antigua Grecia, que no tendría sentido utilizarlo. Pese a ello, y para enmendarme la plana, el libro de María R. Gómez Iglesias incluye esa palabra en su subtítulo (“Homosexualidad y filosofía en la Grecia Antigua”), quizá para orientar mínimamente al lector despistado que se encuentre con él en una librería. Pese a ello también, el libro Homosexualidad griega, de K. J. Dover, libro que según algunos marca un hito en el tratamiento de este tema en cuanto a aplicar sentido crítico y rigor en el análisis del fenómeno, también incluye la palabra en su título. Y sin embargo, la homosexualidad actual y el homoerotismo de los griegos son dos cosas diferentes, como lo son también el concepto de pederastia actual y el de los helenos. Entiéndase por homoerotismo la relación sexual entre dos personas del mismo sexo (masculino en el caso griego), sin más connotación peyorativa. Y entiéndase por pederastia en el mundo griego la institución (con esta palabra la define la autora) por la cual dos personas de sexo masculino, la una entre los doce y los dieciocho años, la otra entre veinticinco y treinta, establecen una relación que incluye aspectos sexuales, sociales, culturales y políticos. El joven, el amado, el erómenos, se somete al pupilaje del adulto, el amante, el erastés, y esta relación deviene su paideia, término este que podríamos traducir torpemente como “educación”, “formación como ser humano”. El erastés se convierte pues una especie de maestro del erómenos, de guía social y espiritual, lo cual incluye una relación erótica, no de forma lasciva ni forzada, ni a guisa de remuneración ni nada que se le parezca, sino de modo completamente natural, pues natural es para los griegos el ejercicio de la sexualidad.

La autora, María R. Gómez Iglesias, parte de la idea, obvia para muchos pero absurda para otros tantos, de que la sexualidad no es un concepto absoluto, fijo e inamovible sino que varía (como de hecho ha ido variando) a lo largo de la historia del hombre. No se trata de que los comportamientos sexuales del ser humano sean más o menos normales, más o menos depravados, más o menos aberrantes, en función del grado en que se ajusten a un concepto de sexualidad establecido, indudable y consolidado, sino que ese concepto de sexualidad se construye, se crea, “nace”, en cada sociedad, en cada cultura, y por tanto está sometido al cambio, siguiendo el ritmo y la evolución de la sociedad que lo ha generado. Es una construcción social y debe, por tanto, ser valorado en el contexto social en el que tiene validez, de modo que (y a eso va la autora) no se juega limpio cuando se tacha de anormal el comportamiento homoerótico de los griegos alegando que no se ajusta a los patrones de normalidad sexual que nuestra sociedad actual ha establecido.

Siendo este, aproximadamente, el planteamiento de la cuestión, durante muchas, muchísimas páginas, y con criterio razonado y mesurado, Gómez Iglesias va enmendando la plana a muchos autores que han tratado el tema de la pederastia griega, y reafirmando las tesis de otros tantos. A lo largo de los cuatro primeros capítulos, algo más de medio libro, se repiten hasta la saciedad menciones a los Halperlin, Dover, Keuls, Cantarella y compañía (lo cual hace recomendable que el lector conozca previamente -aunque la autora ya las expone, pero mejor sería un conocimiento de primera mano- las ideas y los libros de esos señores), hasta el punto de que casi (solo casi) parece que el libro no tenga tesis propias o de que sea un análisis comparativo de las obras de esos autores. No es así: siempre que se plantea una cuestión la autora se define, se implica, y lo argumenta sobradamente. Tan sobradamente que el libro peca de repetitivo, denotando quizá un exceso de voluntad de recalcar las ideas básicas de la argumentación. Por otro lado, es un libro valiente en tanto que el tema de la pederastia es delicado, y sin embargo la autora lo aborda sin medias tintas ni máscaras. Llama a las cosas por su nombre (que es justamente el error de muchos de los que condenan la homosexualidad en los griegos: que no llaman a las cosas por su nombre), y si tiene que hablar de coito interfemoral lo hace, y si de penetración anal lo mismo.

Quizá la idea clave del libro sea que, en primer lugar, la pederastia griega, como se ha dicho, no tiene nada que ver con el concepto actual de pederastia, ni las relaciones homoeróticas entre hombres con lo que hoy en día se entiende por homosexualidad; y en segundo lugar, que la pederastia no es un fenómeno exclusivamente sexual sino más bien, y primordialmente, paideútico, y no es un fenómeno anómalo sino todo lo contrario, una institución completamente aceptada e inserta en el modo de vida de los griegos.

La primera parte, esos cuatro primeros capítulos, se hacen quizá algo largos. Interesantes pero largos por lo farragoso de la exposición. No, farragoso no sería la palabra: “tono excesivamente académico” quizá definiría mejor la exposición que hace la autora. Cuando ya se mete en filosofía y acude a los diálogos platónicos la cosa se anima más, aunque esto tiene pros y contras: demanda del lector el conocimiento del Fedro, Banquete, República, Leyes, etc., y no un conocimiento cualquiera sino el tenerlos recién leídos, como quien dice, porque si no es difícil seguir el hilo de lo que se argumenta. Este era el pro (porque hay que leer a Platón, hombre, hay que leerlo y releerlo -y el primero que lo hace bien poco soy yo, vaya-), y la contra es justamente lo mismo: que el lector que se encuentre con ese panorama probablemente ni irá a buscar a Platón ni, por tanto, se enterará apenas de lo que le cuentan en este libro.

Especialmente interesante me ha parecido la exposición del juicio de Colorado. Es increíble que a finales del siglo XX el ser humano ande todavía así de ciego por la vida, caramba; y desde luego nunca habría pensado que las ideas de Platón fueran llevadas a juicio, aunque supongo que en los USA todo es posible. Explicado brevemente: en 1992 se dictó en el estado de Colorado, en los USA, una norma legal que discriminaba claramente a los homosexuales; rápidamente surgieron demandantes que alegaron la inconstitucionalidad de la norma por discriminatoria. La demanda fue, pues, a juicio, y “en el meollo del asunto que los sabios se proponían dilucidar se encontraba la espinosa cuestión de si existía en la tradición filosófica y legal occidental una antipatía civil y laica, no bíblica ni religiosa, hacia las prácticas sodomitas o si, por el contrario, en las objeciones morales de occidente a las conductas homosexuales no podía ser rastreado nada que fuese ajeno a lo bíblico y que, por consiguiente, estos reparos carecían de cualquier base racional”. En otras palabras: se pretendía averiguar, no en un centro de estudios históricos, no en una universidad, no en una institución de interpretación de textos antiguos, sino en un tribunal de justicia, si los homosexuales han estado siempre discriminados por la sociedad o si esta discriminación nació con la religión cristiana. El caso es que Platón (sus escritos, claro), fue llevado al estrado como prueba de que los griegos también rechazaban las prácticas homosexuales. En fin, un completo absurdo que Gómez Iglesias analiza con detalle.

Tras exponer el juicio, la autora se sumerge en filosofía, pues como anuncia el subtítulo, es este una de los elementos fundamentales del libro (no en vano estamos ante un trabajo doctoral de filosofía). Quien haya estudiado algo al filósofo Platón sabrá que uno de los conceptos básicos de su filosofía es el amor (eros). Según Platón, y dicho burda y rápidamente, lo bello es bueno y viceversa; la sabiduría es el camino de ascensión hacia la idea suprema, el conocimiento superior, que no es otra cosa que la idea del bien, es decir, de la belleza; y el eros es el elemento que está presente en esa ascensión. Gómez Iglesias analiza el concepto de eros en los diálogos de Platón y el papel que este juega en la paideia de la pederastia. El análisis se centra un poco en las Leyes, obra quizá postrera del filósofo, pero sobre todo en el Fedro, donde Platón ilustra su planteamiento con el famoso mito del auriga y los dos caballos. De nuevo salen a escena las valoraciones de lo que al respecto dicen otros especialistas: Halperlin, Calame, Vernant…

En fin, un libro difícil y arriesgado. Hasta donde ha llegado mi comprensión lectora, me han parecido bien argumentadas las tesis expuestas y bien desarrollado el contenido. Quizá esté algo fuera de lugar (que no de contexto) el juicio de Colorado, pero bienvenido sea porque es una de las partes más agradecidas. En definitiva, me parece un libro para gente realmente interesada en el tema, lectores especialistas diría yo, que buscan profundidad y no superficialidad en lo que leen. Un libro que está escrito para lo que está escrito y que ha de ser leído con pausa, detenimiento y mente clara.

María R. Gómez Iglesias cuenta ya con otras publicaciones en su haber, amén de unos cuantos galardones. Fue la ganadora en el III Concurso literario de La Revelación (certamen en el que también obtuvo el tercer puesto en el apartado de poesía), en el I Premi Ex Novo Literari de Conte de Temàtica Històrica 2010, y en el I Concurso de relatos históricos Hislibris.

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