UN NUEVO TEXTO SOBRE LA SABANA

Allí, ante la vista, se extendía un centenar de millas para galopar sobre la tierra abierta, ondulante y cubierta de hierba; ni cercos, ni zanjas, ni caminos. No había construcciones humanas salvo las aldeas masai, y esas estaban vacías la mitad del año, cuando los grandes nómadas se iban con sus rebaños en busca de otros pastos. Había pequeñas acacias diseminadas regularmente sobre la pradera, y largos y profundos valles con secos lechos de ríos, de grandes piedras planas, donde había que buscar senderos de ciervos para cruzarlos. Al cabo de un rato te dabas cuenta de lo tranquilo que era todo aquello. Ahora, recordando mi vida en África, pienso que en su conjunto puede describirse como la existencia de una persona que vino de un mundo agitado y ruidoso a otro tranquilo. Un poco antes de las lluvias, los masai quemaban la vieja hierba seca y mientras las praderas aparecían yermas y negras era poco agradable viajar por ellas: las pezuñas de tu caballo levantaban ceniza chamuscada que te cubría por todas partes, incluidos los ojos, y los tallos quemados de las hierbas eran agudos como cristales y cortaban las patas de los perros. Pero cuando llegan las lluvias y la hierba nueva está fresca en las llanuras, sientes como si cabalgaras sobre muelles y los caballos hacen un poco el loco de puro gusto. Las diversas clases de gacelas vienen a los lugares verdes a pastar y parecen como animales de juguete en una mesa de billar. A veces cabalgas en medio de un rebaño de antílopes; las poderosas y pacíficas bestias dejan acercarte y luego se escapan trotando; sus largos cuernos flamean hacia atrás sobre sus erguidos cuellos y los grandes colgajos de piel del pecho, que les hacen parecer cuadrados, oscilan a cada paso. Parecen salidos de un antiguo epitafio egipcio, pero allí acaban de arar los campos y su aire es familiar y doméstico. Las jirafas en la reserva permanecen alejadas. A veces, en el primer mes de las lluvias, la reserva se cubre de blancos claveles silvestres, y, a distancia, las praderas parecen sembradas de nieve.

Memorias de África (Isak Dinesen)

 

Amboseli


TEXTO. EL URBANISMO EN LAS COLONIAS AFRICANAS. NAIROBI

Los barrios de los nativos y de los emigrantes de color eran muy grandes en comparación con la ciudad europea. La ciudad Swaheli, en la carretera al Club Muthaiga, gozaba de dudosa reputación; era un lugar animado, sucio y chillón, en donde a cualquier hora ocurrían cosas. Estaba construida fundamentalmente con latas viejas de parafina aplanadas a martillazos y en diversos grados de oxidación, como el coral, de cuya estructura fosilizada el espíritu de la civilización avanzada se alejaba continuamente. La ciudad Somalí estaba más lejos de Nairobi debido, supongo, al sistema somalí de aislamiento de sus mujeres. En mis tiempos había unas cuantas muchachas somalíes, jóvenes y hermosas, cuyos nombres conocía

Las casas somalíes estaban diseminadas irregularmente por el terreno desnudo y parecía como si hubieran sido sujetas por clavos de cuatro pulgadas para que duraran una semana. Lo que resultaba sorprendente es que cuando entrabas en ellas te encontrabas con interiores ordenados y frescos, perfumados con inciensos árabes, con preciosas alfombras y tapices, vasijas de bronce y de plata, y espadas con empuñaduras de marfil y nobles

Memorias de África (Isak Dinesen)

 

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UNA VISIÓN LITERARIA DE LA SABANA AFRICANA

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías. La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles en Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. Todas las flores que encontrabas en las praderas o entre las trepadoras y lianas de los bosques nativos eran diminutas, como flores de las dunas; tan sólo en el mismísimo principio de las grandes lluvias crecía un cierto número de grandes y pesados lirios muy olorosos. Las panorámicas eran inmensamente vacías. Todo lo que se veía estaba hecho para la grandeza y la libertad (…)

Había visto una manada de búfalos, ciento veintinueve, que emergían de la niebla matinal bajo un cielo cobrizo, de uno en uno, como si aquellos oscuros y enormes animales, como de hierro, con sus poderosos cuernos que se balanceaban horizontalmente no se acercaran, sino que se fueran creando ante mis ojos y desaparecieran a medida que quedaban terminados. Vi a una manada de elefantes que viajaba por el espeso bosque nativo, donde la luz solar se derrama entre las espesas trepadoras formando manchitas y franjas, y que caminaban pausadamente como si tuvieran una cita al fin del mundo. Era, en tamaño gigantesco, como el reborde de una viejísima e infinitamente preciosa alfombra persa, con matices de verde, amarillo y negro amarronado. Muchas veces a través de las palmeras vi el paso de las jirafas con su curiosa e inimitable gracia vegetal, como si no fuera una manada de animales, sino una familia de flores enormes, raras, de tallos largos y moteados, que avanzara lentamente. Había seguido a dos rinocerontes en su paseo matinal, cuando resoplaban y olisqueaban en el aire del amanecer -tan frío que duele la nariz-, y que parecían dos enormes pedruscos angulares retozando en el largo valle y disfrutando juntos de la vida. Y también había visto al león real, antes del alba, bajo la luna menguante, cuando cruza la pradera gris camino de casa después de la matanza, y deja una oscura estela en la hierba plateada, con el rostro todavía rojo hasta las orejas, o durante la siesta, al mediodía, cuando reposaba satisfecho en medio de su familia sobre la hierba corta y a la delicada sombra primaveral de las anchas acacias de su parque africano.

Memorias de África (Isak Dinesen)

 

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Texto. La época de lluvias en la sabana

Por fin llegó la lluvia. Fue repentina y tremenda. Desde hacía dos o tres lunas el sol había ido poniéndose más fuerte, hasta que parecía que estuviera soplando un aliento de fuego sobre la tierra. Desde hacía tiempo la hierba estaba agostada y marrón, y bajo los pies parecía que no hubiese arena, sino carbón ardiente. Los árboles de hoja perenne tenían una capa polvorienta de color marrón. En los bosques habían callado los pájaros y el mundo yacía jadeante bajo el calor vibrante y vivo. Y entonces llegó el rugido del trueno. Fue un cañonazo aislado, metálico y sediento, no el zumbido profundo y líquido de la estación de las lluvias. Se levantó un ventarrón que llenó el aire de polvo. Las palmas ondulaban cuando el viento peinó sus hojas para convertirlas en crestas volantes, como un peinado exótico y fantástico. Cuando por fin llegó la lluvia lo hizo en forma de gotas grandes y sólidas de agua helada, que la gente llamaba «las nueces de agua del cielo». Eran duras y hacían daño al caer, pero los niños corrían contentos a recoger las nueces duras y se las metían en la boca para derretirlas. La tierra revivió en seguida y en los bosques los pájaros se echaron a volar y a trinar de contento. El aire se llenó de un vago aroma de vida y de vegetación verde. Cuando la lluvia empezó a caer con más calma y en gotas líquidas y más pequeñas, los niños fueron a refugiarse y todo el mundo se sintió feliz, refrescado y agradecido.

Todo se derrumba (Chinua Achebe)

 

 


RELIGIÓN, GLOBALIZACIÓN Y CREACIÓN DE NUEVAS IDENTIDADES COMUNES

Salman ya se había fijado antes en que muchas muchachas cristianas llevaban cruces y pequeñas medallas al cuello, y nunca había visto a tantas mujeres musulmanas con abrigos largos y la cabeza cubierta con pañuelos como entonces.

Damasco le pareció (2010) más mojigata que en la década de los setenta. ¿Cómo podía explicarse esto? Karim pensaba que la gente se volvía religiosa y adoraba santos porque la ciudad no le ofrecía ningún asidero, ni social ni político ni económico.

(…)

Los jóvenes no asisten a las iglesias porque fueran especialmente religiosos, sino para estar juntos a otros jóvenes y experimentar esa forma de comunidad, aunque fuera por un par de horas

 

Schani. Sofía o el origen de todas las historias


Un texto para pensar sobre racismo

Es una historia verdadera. Una chica alemana, un tipo ario nórdico (…). Miss Europa hacia 1932. Volaba por encima de la selva cuando su avió se estrelló. Los pigmeos la encontraron y trataron de venderla a un rey de la tribu de los ibos. Pero no hubo modo de cerrar el trato. No quería comprarla. El rey dijo a los pigmeos: ¿Me tomáis por un asno o qué? Querer venderme esta monstruosidad. ¡Sin pechos, sin culo y con toda la piel pelada! ¡Largo de aquí, piojosos!

Yerby. Mayo fue el fin del mundo


TEXTOS PARA CONOCER EL DESIERTO. TUAREG, VÁZQUEZ FIGUEROA

Textos extraídos de Tuareg de Vázquez Figueroa

 

Hamada

Una inmensa llenura sin horizontes, tan plana como la más plana de las mesas, en la que el sol reverberaba de contínuo dificultando la visión, cortando el aliento y haciendo hervir la sangre a hombres y bestias (…) Una planicie compuesta por millones de negras piedras cuarteadas por el sol y una arena muy gruesa, casi grava, que el viento no lograba arrastrar más que cuando soplaba enloquecido con las grandes tormentas.

Un erg

Un erg como el de Tikdabra, formado por una interrumpida sucesión de altísimas dunas que se prolongaban como un mar de gigantescas olas (…) como una trampa de arenas movedizas en la que hombres y camellos se hundían a veces hasta el pecho

Tomado de wikipedia

Una lluvia en el desierto

Allí estaba al fin la unión maravillosa y fecunda, y pronto, con el sol de aquella tarde, la dormida semilla del acheb despertaría violentamente, cubriría la llanura de verde, y transformaría el árido paisaje en la más hermosa de las regiones, floreciendo apenas unos días para sumergirse luego en un nuevo y largo sueño hasta la próxima tormenta que tal vez tardara otros quince años en llegar.

Tomado de epictomato.com/desert-chile-bolivia-atacama/

Una sebhka

Un gran lago salado que se abría ante él como un mar petrificado del que no alcanzaba a distinguir la otra orilla (…) En sus orillas pantanosas los mosquitos proliferan por miles de millones formando auténticas nubes que, en la caída de la tarde y en los amaneceres, ocultaban el sol y hacían la vida imposible a cualquier hombre o bestia que se aproximara (…) Muchísimos años atrás, cuando el Sahara era un gran mar y éste se retiró, el agua salada quedó atrapada en multitud de hoyas semejantes, en las que más tarde se desecó muy lentamente, amontonando en el fondo una capa de sal que, en su centro, alcanzaba a menudo varios metros de grosor. No era raro que, a veces, corrientes subterráneas de aguas salitrosas los alimentaran también cuando llovía, y de este modo, cerca de las orillas se formaba una zona de arena húmeda y salobre, pastosa, que el sol quemaba hasta convertir en una costra dura, como una corteza de pan recién sacada del horno

Tomado de www.through-africa.com

Termoclastia

El macizo de Sidi-el-Madia se alzaba de improviso en la llanura, rojo y ocre (…) El eterno viento del desierto había barrido sus cumbres durante millones de años despojándolas de todo rastro de tierra, arena o vegetación, y su apariencia era la de una infinita roca desnuda, reluciente, castigada por el sol y cuarteada por las brutales diferencias entre día y noche. Los viajeros que en alguna ocasión habían atravesado esas montañas aseguraban que en los amaneceres se escuchaban voces, gritos y lamentos, aunque se tratara, en realidad, del estallido de las piedras recalentadas cuando la temperatura descendía brutalmente

Tomado de wikipedia

Amplitud térmica

Más de cincuenta grados de diferencia podían existir en el desierto entre la máxima temperatura del mediodía y la mínima que precedía al alba, y Gacel sabía por experiencia que aquel frío traidor lograba meterse en los huesos del viajero inconsciente (…) Dura tierra en la que un hombre podía morir de calor o frío en el término de unas horas

Las palmeras aman tener la cabeza en el fuego y los pies en el agua (…)

 

Para saber más del:

Clima y paisaje desértico

Los oasis


WALTER BENJAMIN, EL “INVENTOR” DEL HIPERTEXTO

Tomado de wikipedia

Walter Benjamin fue un intelectual marxista de la primera mitad de siglo XX (se suicidó en Port Bou, España, en 1940, mientras era perseguido por los nazis).

Destacó en el estudio de la historia, la política, el arte  y del urbanismo, siendo uno de los pilares de la psicogeografía, como pronto veremos (Aquí ya tenéis una reseña de uno de sus libros más magníficos).

Hoy simplemente nos interesa una obra inacabada, El libro de los Pasajes, que dedicó al estudio de París. Inacabada por su muerte pero también por su absoluta imposibilidad, con las técnicas del momento, de ser rematada.

Y es el que el libro, más que una historia lineal, era una gran colección de fichas independientes que el lector debería relacionar unas con otras. De esta manera, en vez de una tesis general, el libro de Benjamin era una multitud de ideas y reflexiones abiertas que el lector denbería ordenar como quisiese, obteniendo así una visión múltiple del fenómeno (como realmente es la percepción de la ciudad, algo subjetivo y lleno de conexiones; más que un pensamiento cerrado, como era el ilustrado, un camino por el que transitar, siendo la ruta seguida una forma de conocer en función de sus intereses, necesidades o, incluso, emociones).

Si todo esto lo pasamos a la red, lo llamaremos hipertexto: esas palabras subrayadas y en color azul que nos transportan en un clic a otra página. A través suyo podemos concretar mejor una idea o relacionarlas con otras, creando una navegación (surfear en la red, lo llama Baricco).

A todos nos ha ocurrido pasarnos horas trasteando en la red, acaso con un interés inicial pero que pronto se ha olvidado ante nuevas perspectivas que nos han resultado interesantes. Hemos hecho así un pensamiento complejo, abierto y multirrelacionado (mucho más disperso del tradicional, que es cerrado y lineal,  pero también mucho más rico y humano).

Tomado de brouetmicaela.wordpress.com

¡Así le habría gustado a Benjamin escribir! Su Libro de los paisajes sería un texto que continuamente nos remitiría a otros para darnos una visión global que pierde en intensidad y detalle mientras gana en globalidad y relación, acaso el nuevo pensamiento que domina nuestro mundo en donde todo se relaciona.

Pensad un poco en ello y veréis el nuevo paradigma (forma de pensar) que nos plantea internet y todas las consecuencias que puede tener.

Aquí tenéis un intento hipertexto del Libro de los Pasajes de Benjamin

Para saber más


EL ORO DE LOS SUEÑOS, LECTURA RECOMENDADA EN EDUCACIÓN SECUNDARIA PARA EL TEMA EL DESCUBRIMIENTO Y COLONIZACIÓN DE AMÉRICA


EL ORO DE LOS SUEÑOS de José María Merino (editoriales: ALFAGUARA, VICENS VIVES, PUNTO DE LECTURA) es la lectura especialmente recomendada para profundizar en el tema del descubrimiento y colonización de América. Es una novela histórica escrita para estudiantes de Educación Secundaria en la que se entremezclan acción y aventuras con la precisa descripción de una aventura de "descubrimiento".






El joven Miguel Villacé Yólotl, hijo de india tlaxcalteca y de uno de los españoles que acompañaron a Hernán Cortés en la conquista de México, abandona ilusionado su aldea natal para formar parte de una expedición que tiene un ambicioso objetivo: la búsqueda del reino de la gran Yupana. A lo largo de un viaje en el que ha de afrontar numerosos peligros, Miguel descubre que la amenaza no solo acecha en la extrema dureza de unas tierras inhóspitas o en el carácter combativo de los indígenas que actúan en defensa de sus dominios, sino sobre todo en la compleja naturaleza humana. Además se resuelven misterios y algún personaje resulta ser alguien distinto de quien aparenta ser ... 
Las peripecias de Miguel y los suyos constituyen un vibrante relato de aventuras, una cautivadora historia de formación y un entretenido homenaje a la literatura del siglo de Oro; pero la novela es también un vivo retrato de los hombres y las mujeres que participaron en la conquista de América, tanto de aquellos que se dejaron deslumbrar por el tentador brillo del oro, como de quienes supieron mantenerse fieles a sus principios 

Espero que la lectura os guste y resulte gratificante.
Justificar a ambos lados