ROMA. LA CIUDAD DEL TÍBER – Pilar González Serrano

ROMA: LA CIUDAD DEL TÍBER - Pilar González SerranoRoma es una ciudad monumental, repleta de historia. Eso es algo que no se le escapará a nadie. Viajar a la urbe por primera vez es todo un desafío, ¡tanto por ver y tan poco tiempo! Gracias a este trabajo de Pilar González Serrano, doctora y profesora de Arqueología en la UCM, tenemos una estupenda guía arqueológica, histórica y cultural de la ciudad que dominó el Mediterráneo durante la Antigüedad y que fue sede del poder espiritual (y también político) en la Edad Media y Moderna. Sus páginas resumen toda una vida de investigación, conocimientos, dedicación y amor por Roma y sus monumentos.

El libro comienza con un capítulo muy útil a los investigadores, dedicado a las fuentes para el estudio de la Roma antigua, y continúa ya con las descripciones de los distintos monumentos que pueblan la ciudad, dividendo los capítulos por tipos de monumentos (murallas, fuentes, acueductos) o por zonas (Aventino, Palatino, Foros, el Coliseo, el Vaticano, etc.). Sus páginas no excluyen todo el arte que desde la caída de Roma y con el Renacimiento han seguido poblando y engrandeciendo las calles de la capital italiana así que no es una simple guía de los monumentos de la Antigüedad sino de todo el patrimonio monumental. Con mi reciente viaje a las espaldas (estuve allí la primera semana de marzo) puedo decir que el repaso que le di a este libro fue tremendamente útil y didáctico y recomiendo su uso y su lectura para viajeros (primerizos o no), amantes del Mundo antiguo y del arte que puebla las calles de Roma.

La lectura es muy amena, mucho más de lo que esperaba encontrarme, y las descripciones de los monumentos son breves, concisas pero bastante capaces de situar y dar al lector una perspectiva histórica de los mismos. Por supuesto que hay monumentos de los que se habla durante varias páginas, como por ejemplo el anfiteatro flavio o el Panteón, no todo es brevedad. Tenemos insertas en las explicaciones retazos de la historia de Roma y sus costumbres para dar aun más colorido y vida a sus calles y edificaciones. El color también podemos verlos en las láminas centrales que ilustran las principales obras de arte de la ciudad para que podamos tener una ventanita distante desde donde asomarnos durante la lectura. Además, la editorial tiene en descarga gratuita cientos de documentos de apoyo para completar en profundidad la lectura.

El amor de Pilar González por el arte queda patente en otra publicación de ediciones Evohé, Mitología e iconografía en el Museo del Prado, hijos ambos de años de buen hacer y de dedicación al arte y las humanidades. Por lo tanto, creo que estamos ante una obra indispensable para los amantes de Roma, la Antigüedad y el arte y los monumentos que en ella se encuentran. Una lectura que completará, sin duda, un viaje cultural a Roma o que, al menos, permitirá al lector acercarse a su monumentalidad desde la comodidad del sillón de casa. La guía definitiva para visitar y conocer la Roma antigua dentro de la Roma actual.

Título: Roma, la ciudad del Tíber
Autora: Pilar González Serrano
Editorial: Evohé (2015)
Páginas: 591

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LA AUTÉNTICA HISTORIA DE LAS MINAS DEL REY SALOMÓN – Carlos Roca

LA AUTÉNTICA HISTORIA DE LAS MINAS DEL REY SALOMÓN - Carlos RocaAnte todo y sobre todo, debo reconocer que Las Minas del rey Salomón es uno de mis libros de juventud favorito. Tengo en casa una edición de 1940 editada por Seix y Barral con ilustraciones de Junceda. Sin duda es una de las novelas de aventuras más grandes de la historia de la literatura. Rider Haggard, su creador, se basó en algunas historias coloniales del Imperio Británico en tierras de África y más puntualmente en la figura de un cazador y aventurero británico llamado Frederick Selous. Ya podréis imaginar que cuando descubrí el libro que hoy reseño, cayó en mis manos sin pestañear siquiera. Para más razones, este pequeño ensayo está escrito por Carlos Roca, uno de los grandes especialistas del África colonial británica del momento en nuestro país y del que ya he leído tres o cuatro de sus publicaciones. Su manera de narrar la historia, su afán de divulgación y crítica de una época llena de aventureros, matanzas, batallas y expediciones, llega bien al lector y le envuelve de aquel espíritu romántico que rodeó la época victoriana del último cuarto del siglo XIX.

 

El autor nos embarca en una serie de acontecimientos históricos sucedidos en el sur del continente africano. Me refiero a la escisión de los Matable de su tronco principal  Zulú, las expediciones organizadas por Cecil Rhodes al territorio al que luego llamará Rodesia, las dos guerras Matabele, el eco de las guerras Boers y el empeño de una serie de aventureros que, bajo el auspicio del Imperio británico, colonizaron un territorio inmenso, que terminaría llamándose Zimbabue. Con la excusa, algo forzada, de encontrar las fuentes en las que Haggard se basó para escribir su libro Las minas del rey Salomón, Carlos Rocas desarrolla en apenas 250 páginas la existencia independiente de los Matabele, su exilio a tierras más al norte y su caída frente a los expedicionarios blancos. Apenas dos décadas de existencia libre.

 

Para ello, se remonta al reino de Shaka Zulú, su desarrollo y la posterior emigración del pueblo Matabele. Después de que el Imperio Británico se enzarzara en la guerra con los Zulúes, un pequeño contingente de colonos organizados en milicias se dirigieron al norte llamados a buscar prados, oro y nuevos asentamientos, hasta chocar con los Matabele. Su líder Cecil Rhodes, un magnate que soñaba con la unión de toda África bajo el poder británico blanco, financió en 1893 una misión para derrotar a aquellos nativos a los que acusaba de romper un pacto de no agresión. A partir de este acontecimiento y a lo largo de cuatro o cinco años, se desarrollaron dos guerras Matable, en las que los impis formados por miles de guerreros y los laager de los colonos se enfrentaron en desigualdad de condiciones en una guerra sobre la que caía la larga sombra del conflicto bóer. Es en esta parte del ensayo donde aparecen las cabalgadas de las tropas montadas de irregulares, los enfrentamientos de pequeños grupos de colonos por defender sus granjas, pero también la caída de un pueblo guerrero ante el poder de las armas de fuego, sobre todo las novedosas ametralladoras. Durante las dos campañas, apenas seis mil hombres, entre tropas de colonos, tropas imperiales y nativas, redujeron un territorio seis veces más grande que las Islas Británicas y derrotaron no solo a los Matabele sino también a los Shonas.

 

Carlos Roca no solo detalla los acontecimientos con gran detalle y emoción, sino que también disecciona brevemente a los protagonistas de aquellos hechos. Por un lado, los líderes nativos como el rey Matabele Lobengula y por otro, los artífices de la expansión blanca como Cecil Rhodes, su mano derecha Leander Starr Jameson o el fundador de los boys scouts, Robert Baden-Powell, y muchos más. El título de este libro puede llevar a engaño, ya que su relación con la novela de Haggard es meramente formal, ya que con esta excusa, Roca lo que realmente hace es introducir al lector en el conflicto que rodeó la formación del territorio de Rodesia y las guerras que mantuvieron los expedicionarios y colonos británicos con los indígenas asentados en aquellas tierras. Simplemente por asumir esta misión, su lectura vale mucho la pena, ya que las guerras zulúes siempre han ocultado otros grandes acontecimientos sucedidos en aquel territorio de África del sur, que no dejan de ser especialmente interesantes y, por qué no, emocionantes. 


Las aventuras de Rhodes y sus hombres no encumbran, por un lado su valor, ni por otro la despiadada superioridad racial impuesta a los nativos. Roca pretende, con objetividad, narrar las historias personales de sus protagonistas. Todo lo demás queda a expensas del lector. Lo que sin ninguna duda está claro es que Haggard, con la publicación de su novela en 1885, acercó al público más joven y al lector avezado a las misteriosas y lejanas praderas de un continente que finalmente fue objeto de guerras, matanzas y gloriosas aventuras. En definitiva, un libro breve, pero interesante. 

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OPERACIÓN ESCAPE – Fritz Brustat-Naval

Operación-Escape-Fritz-Brustat-NavalTrasatlánticos oceánicos, cargueros, pesqueros… que recorrían los océanos, desde el Mar del Norte al Japón o a América, o incluso a la antigua Tanganika… Tales naves eran llamadas en 1945 a filas por la Marina alemana para su última operación. El libro no nos narra acciones de los lobos grises, ni las aventuras de los cruceros corsarios, ni los combates de los acorazados y cruceros pesados de la Kriegsmarine, pues a esas alturas la mayoría de los cuales estaban hundidos y los restantes asumirán un crucial papel de baterías de artillería apoyando a tierra. Sino que nos encontramos ante las operaciones civiles-militares en el Báltico. 

Ante el inexorable avance soviético sobre Prusia y Pomerania, las comunicaciones terrestres van quedado cortadas, y la evacuación de la población retrasada por las autoridades del Reich se hace ahora imperiosa. Así que la Armada a través de la SEETRA va a tener que realizar la doble función de abastecer a las fuerzas alemanes, que cercadas combaten en diversos puntos desde la lejana Curlandia a la costa prusiana, y evacuar a los heridos y civiles hacia el oeste.

Se trata de la narración de la llamada Operación Aníbal en que con unos medios que se hacen escasos, y carentes de combustible, los barcos alemanes se adentran en el cada vez más peligroso Báltico. Amenazados no tanto por las unidades pesadas soviéticas, que según indica el autor siguen ancladas en sus bases, demasiado en mal estado y sin mantenimiento tras casi cuatro años de guerra, sino por los submarinos (alguno de ellos se apuntará varios hundimientos), lanchas y sobre todo la aviación soviética.

El libro muestra esos convoyes, formados por diversos barcos y que no siempre se amparaban en la cruz roja, pues llevaban también suministro bélico y en el frente oriental reglas como las relativas a buques hospital habían sido ignoradas. Con los ataques que sufren y sus desastres como el Wilhelm Gustloff, el Goya, el Steuben, el Cap Arcona…, con testimonios de soldados y civiles presentes en esa evacuación.

Evacuación en la que el autor insiste en mostrar el esfuerzo de los mandos militares y los capitanes civiles, que van a estar condenados al paro tras la guerra, por organizar el caos de la huida de cientos de miles de seres humanos mientras las autoridades administrativas del partido no hacen más que estorbar o incluso apoderarse de los medios para huir más rápido del desastre que han ocasionado.

Siendo el autor un antiguo oficial de la Armada y en consonancia con la época en que se escribió el libro (años 70), prologado además por Döenitz, se percibe en cierta forma el ánimo exculpatorio de las memorias de los mandos alemanes escritas después de la guerra, transfiriendo culpas al partido y mostrando crímenes cometidos por los aliados, que no dejan de serlo cuando a esas alturas ya estaba todo próximo a finalizar.

En cuanto al apartado gráfico se hecha bastante de menos un mapa del Báltico Occidental que muestre los puertos que cita.

En resumen, un libro interesante sobre esa fase de la guerra naval menos glamourosa y conocida.

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JAPÓN 1941 – Eri Hotta

9788416252237«Un fenómeno que puede notarse por toda la historia, en cualquier lugar o período, es el de unos gobiernos que siguen una política contraria a sus propios intereses. (…) ¿Por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado?». Barbara Tuchman

Lo del 7 de diciembre de 1941 califica perfectamente como una pasmosa muestra de locura en la conducción de un estado; no por casualidad Barbara Tuchman le dedica unas páginas en la introducción de La marcha de la locura, su estupendo libro sobre la insensatez gubernamental. En efecto, el ataque japonés a Pearl Harbor responde a cabalidad al concepto tuchmaniano de gobierno contrario al propio interés: la especie de mal gobierno signada por la persistencia perversa en una política que se sabe inviable o contraproducente. Los líderes japoneses embarcaron a su país en la más temeraria de las aventuras a sabiendas de que nada sugería la más mínima probabilidad de triunfar –ni el más leve indicio o dato concreto, ningún cálculo lógico o razonamiento desapasionado-. A partir de la conquista de Manchuria (1931), la política exterior japonesa fue una acumulación interminable de desatinos cuyo peso terminó por aplastar en la dirigencia japonesa toda capacidad de autocrítica y de evaluación objetiva de los hechos, sucumbiendo a una deletérea mixtura de miopía, ambición desmedida, arrogancia y testarudez; sus movimientos estaban también condicionados por la inseguridad del advenedizo, derivada del estatus de potencia emergente, y por una tendencia a la autocompasión alimentada por la idea de que Occidente no reconocía al país el lugar que le correspondía entre los grandes del orbe. La actuación del Japón en el plano internacional era la de un matón resentido que alegara verse empujado a agredir a los demás. La pobreza de sus recursos materiales y la vulnerabilidad de su condición insular, dependiente de rutas de navegación y de relaciones comerciales notoriamente expuestas, eran factores que restringían severamente las proyecciones de cualquier expansionismo agresivo. En la víspera de Pearl Harbor, la nación cuyos dirigentes arrojaron a una imprudente empresa bélica distaba mucho de nadar en la abundancia; las tropas destacadas en territorio chino estaban famélicas, mientras que un riguroso racionamiento de los artículos de primera necesidad –sobre todo alimentos- atenazaba la vida cotidiana de la población civil. La industria militar apenas podía abastecerse de materias primas, al extremo que el centro de Tokio se vio despojado de las suntuosas vallas metálicas que rodeaban los edificios gubernamentales: los fusiles y los buques de guerra demandaban todo el metal disponible. La escasez de petróleo, en fin, era un escollo estratégico de primerísima magnitud. 

Los líderes civiles y militares japoneses, que ya tenían dificultades para salir del atolladero en China, estaban muy bien informados de que la economía estadounidense aventajaba por mucho a la propia, y que en caso de guerra la brecha sólo iría a crecer. Del ejemplo británico podían inferir que la agresión –en este caso la alemana- había de incitar en el agredido la más firme determinación de resistir y contragolpear, en lugar de replegarse para negociar una paz humillante. Así y todo, su decisión final fue la de provocar al coloso norteamericano. Para peor, lo hicieron de un modo que, en palabras de la historiadora japonesa Eri Hotta, «constituye un gravoso e infame legado para el país»: el ataque, como sabemos, no fue precedido por una ruptura formal de relaciones diplomáticas ni por una declaración de guerra. Sólo un total desconocimiento del carácter estadounidense -y una deficiente comprensión de la mentalidad de gran potencia- podía hacer creer a las cúpulas japonesas que un acto de agresión fulminante amilanaría a EE.UU., arrancándole de sopetón toda voluntad de luchar. Perturbado su discernimiento por las fantasías nacionalistas, ellas concebían a la sociedad estadounidense como un ente falto de cohesión y de temple, comido hasta el tuétano por los vicios del materialismo; la nación nipona, en cambio, rebozaba de temple, y era este atributo –no las riquezas materiales ni el progreso tecnológico, como tampoco la pujanza en el ámbito cultural- el que aseguraba al Japón un destino glorioso.

La mentada Eri Hotta, versada en relaciones internacionales (con experiencia académica en Oxford, Jerusalén y Tokio), traza en su libro Japón 1941 (publicado originalmente en 2013) un pormenorizado seguimiento de los vericuetos políticos, militares y diplomáticos que condujeron al nefando 7 de diciembre de 1941, escrutando además de los referidos los aspectos culturales (relativos a mentalidad e idiosincracia) que incidieron en las instancias decisorias y en los tejemanejes de la dirigencia japonesa. La trama desgranada por la autora pone en primer plano los nombres de quienes cimentaron el camino a la guerra, entre los cuales destaca Fumimaro Konoe, quien fue varias veces primer ministro. Bajo uno de sus gobiernos estalló la guerra sino-japonesa de 1937, que enmarcó la infame “violación de Nankín”; en su siguiente ejercicio del poder, Japón suscribió el Pacto Tripartito con la Alemania nazi y la Italia fascista, en 1940, además de emprender la invasión de la Indochina francesa el mismo año. Dado este ominoso currículo, pensaríamos en Konoe como la personificación cabal del “hombre fuerte”, modelo de autócrata imponente y belicoso; nada más lejos de la realidad: era un individuo voluble e irresoluto, incapaz de defender sus posturas y afecto a eclipsarse cuando las circunstancias apremiaban. Fue empero uno de los principales responsables de la escalada expansionista japonesa, configurando con su ineptitud un estado de cosas que estrechaba progresivamente el margen de maniobra del gobierno japonés. Su sucesor a partir de octubre de 1941, Hideki Tojo, que en el gabinete de Konoe se había desempeñado como Ministro de Guerra, pronunciaba en público las más enardecidas soflamas belicistas pero en privado se declaraba ansioso por llegar a un acuerdo con EE.UU. De su Ministro de Relaciones Exteriores, Shigenori Togo, puede decirse que fue el más decidido partidario de la paz (propuso a sus pares del gobierno lo impensable: una retirada de tropas de China); sin embargo, acabó abonándose al discurso del orgullo nacional herido, contagiándose de aquella suerte de complejo de persecución que infundía en las autoridades niponas el prurito de culpar a EE.UU. de las tensiones entre ambos países. También cedió Togo al afán de absolverse de cualquier responsabilidad en el desarrollo de la crisis, una disposición anímica que dominó la atmósfera en que se condujo la dirigencia japonesa.

La actuación del almirante Isoroku Yamamoto, dotado estratega y uno de los más altos mandos de la armada, da cuenta de otros aspectos de aquella atmósfera moral, enrarecida por la falta de realismo y lastrada por ciertas características de la cultura japonesa -cultura que rehuía la confrontación directa y que ventilaba las cuestiones oficiales con un lenguaje alambicado y equívoco, apto para eludir la franqueza y para disimular no ya la debilidad sino lo que pudiera interpretarse como tal; en una sociedad que veneraba la reserva por sobre todas las cosas, ninguno de los líderes estaba dispuesto a pronunciarse abiertamente contra la guerra, aunque algunos de ellos albergasen dudas sobre su conveniencia, y muchos esperaban que otros manifestaran sus opiniones en lugar de ellos. No era infrecuente que los mismos individuos se mostraran partidarios o contrarios a la guerra según el momento y lugar, al punto que sólo unos pocos entre aquellos hombres son categóricamente distinguibles como “halcones” (o como “palomas”). En cuanto a Yamamoto, es conocida su admiración por los EE.UU. y su renuencia a alinearse con el bando de los belicistas; sin embargo, una vez que se le encomendó la planificación de un ataque contra la potencia norteamericana, se puso manos a la obra con indisimulado entusiasmo (y con intachable profesionalismo, todo sea dicho). Consciente de las enormes desventajas de su país, era lo bastante lúcido como para hacer hincapié en que “no se debía librar una guerra con unas probabilidades tan pequeñas de victoria”. Sabía que una guerra con EE.UU. sería larga y que consumiría los limitados recursos del Japón. Sin embargo, pudo más en él su orgullo patrio, pero también su vanidad y su vena de apostador (veía en el juego un signo de virilidad). No quería la guerra, pero no imaginaba a nadie mejor que él para planearla. En definitiva, Yamamoto se desentendió de la posibilidad de emplear su influencia en pos de la conciliación con EE.UU., aun presagiando que las consecuencias de un quiebre serían catastróficas. Lo sintomático de la cuestión es que tanto él como los otros dirigentes se tuvieron por largamente justificados para comprometer a Japón en una contienda imposible de ganar, al tiempo que todos ellos se consideraban despojados de la facultad de inducir un cambio en el curso de los acontecimientos: los mismos que decidieron librar la guerra se creían incapaces de controlar el destino de la nación.

Todos daban largas y evadían responsabilidades. Todos preferían autoengañarse, dejándose llevar por ideas fijas preconcebidas en vez de atenerse a las señales y advertencias que la realidad deparaba. Pese a las reservas de muchos respecto de la opción bélica, ninguno tuvo la voluntad o el coraje de obstaculizarla de modo frontal, cosa tanto más grave cuanto que los militaristas fanáticos no abundaban entre las máximas autoridades. No solían serlo los ministros, ni los comandantes de las fuerzas armadas, ni los jefes de estado mayor. Los verdaderos extremistas de la guerra eran los llamados bakuryo (literalmente, “oficiales tras las cortinas”), estrategas militares de rango intermedio que en principio debían asesorar a sus superiores; en el ambiente de degradación de los procesos democráticos sufrida por el país en los años 30, los bakuryo –de carácter menos acomodaticio que sus jefes militares- supieron valerse de los mecanismos burocráticos para ejercer presión en pro del militarismo y el imperialismo. Sus resueltos planes y sus enérgicas actividades, conducentes a la preparación para la guerra, contrastaban con la incompetencia e indecisión de aquellos que por su superioridad jerárquica deberían habérseles impuesto. El problema para Japón, como señala la autora, era que «a mediados de 1941 (…) la preparación para la guerra se convirtió en su único objetivo, a falta de una política nacional más amplia que la guiara».

El estudio de Eri Hota confirma palabra por palabra el diagnóstico de Barbara Tuchman: hacia las postrimerías de 1941, y durante una década completa, el gobierno japonés había hecho cuanto estuvo en su mano por sumirse de manera sostenida en un estado mental de “todo o nada”, optando finalmente por la más disparatada de las apuestas porque –según afirma la estadounidense- «tenía que seguir adelante o bien contentarse con el statu quo, que nadie estaba dispuesto a sugerir ni podía, políticamente, permitirse». Lanzado el país a un plan de conquista imperial del que parecía imposible desembarazarse, el Japón «se había quedado preso de sus propias ambiciones».

– Eri Hotta, Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015. 400 pp.

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EL MITO DE ORFEO – Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente

Portada El mito de OrfeoDe la estirpe de Apolo vino el tañedor de la lira, el padre de los cantos, el muy alabado Orfeo. (Pítica, IV, 176)

Existe una expresión latina, Nihil novum sub sole (No hay nada nuevo bajo el sol, Eclesiastés 1:09) que esencialmente nos viene a decir que todo lo que hacemos hoy, y que creemos que es novedoso, ya existía en la antigüedad. Esto, por ejemplo, suele ocurrir con los temas que nos ofrece la literatura y el cine en la actualidad. Si rascamos un poco los argumentos que nos muestran los medios de comunicación muchas veces no es original y en la mayoría de los casos se retrotraen hasta tiempos arcanos. Como si existieran x principios básicos, o una serie de moldes primordiales ya inventados de los cuales nunca podemos escapar. Por citar un caso observemos el eterno amor que se profesaban Romeo y Julieta de Shakespeare y que sus antagónicas familias arrastran hasta la muerte. Pues bien, si hacemos un estudio más detallado la historia de estos amantes ya aparecía en textos griegos y latinos en la leyenda de Píramo y Tisbe. Pues bien, si lo hiciéramos con todas las obras actuales casi un 50% no se salvarían de ser meras copias. Y es que la influencia de los clásicos, de la literatura y la mitología es muy grande y nos llega hasta hoy mismo. Otro ejemplo, y ya nos centramos en la materia de la que les quiero hablar, es de otro mito que ha perdurado a través de los siglos, el del amor más allá de la vida de Orfeo y la dríade Eurídice, y que los estudiosos Carlos García Gual y David Hernández de la Fuente han rescatado a través del ensayo El mito de Orfeo. Un estudio completo en donde el arte y la muerte se dan la mano. 

Ambos autores han querido rescatar esta legendaria historia con el propósito de mostrarnos como la simbología del mito del músico Orfeo ha sido esencial para, por un lado, observar como ésta ha influido en la literatura antigua y como, por otro lado, ha evocado a gran parte de la cultura occidental. Para quien no conozca el mito de Orfeo (cosa harto difícil, creo) déjenme que desempolve un poco el apolillado tratado de mitología que leíamos cuando éramos pequeños. A grandes rasgos Orfeo era hijo de Calíope, musa de la poesía épica y de la poesía en general, y del rey tracio Eagro, o del mismísimo Apolo en otras leyendas. Se dice que gracias a su voz, el cuidado y la magia de las bacantes, y el uso de la lira o de la citara (a la que puso la séptima cuerda) cada vez que cantaba el mundo se paralizaba. El viento paraba en su vagar, los animales, incluidos los peces, se arracimaban a su lado e incluso los árboles se inclinaban para oír la melodía de su voz. Sus poderes como vate eran tan conocidos que en su juventud acompañó a los inmortales Argonautas hasta la misma Cólquide para recuperar el Vellocino de Oro, y tiempo después se enamoró y se casó con la ninfa Eurídice. Pero su aventura más peligrosa comenzaría en aquel momento pues cuando ésta murió tras ser mordida por una cruel áspid, quedó tan desolado que acudió al mismísimo Hades a recuperarla. Vagó por aquellos oscuros reinos y el canto de su tristeza apenó tanto al rey de los muertos y a su esposa Perséfone que le permitieron recuperarla y llevarla al reino de los vivos. Pero con una condición: que cuando fueran andando hacia la luz nunca se volviera a mirarla hasta que estuvieran fuera del Hades. Orfeo dudó mucho rato si esto era una triquiñuela, así que cuando estaba ya fuera de las oscuras concavidades mortuorias rápidamente giró su rostro para ver a su esposa. Por desgracia ésta todavía se hallaba dentro y como el viento que ventea la ceniza desapareció de su vista para siempre. Apenado por haber fallado en su propósito Orfeo volvió a Tracia, y fue precisamente allí donde fue despezado por las Bacantes.

En un principio, el mito de Orfeo correspondería a uno más de las famosas leyendas grecolatinas acerca de héroes que volvieron del Hades tras realizar una misión suicida. Recordemos como Hércules en su undécimo trabajo tuvo que viajar al inframundo a capturar al mismísimo perro del Infierno Cerbero; o como Odiseo y Eneas descienden al Hades con objeto de consultar y ver a sus antiguos compañeros de fatigas. En cambio la historia de Orfeo difiere con respecto a las otras en que aporta algo distinto. Algo más novedoso. El cantor tracio, en un principio, emprende un viaje imposible por amor, a diferencia de Hércules, Odiseo y Eneas. Y es gracias a ese amor con el que vence continuamente las pruebas a las que es sometido continuamente. El poder de la música y la voz de Orfeo son enormes. Si no llega a utilizar esa “magia”, por ejemplo, durante el viaje de los Argonautas, las aventuras de Jasón y sus compañeros no habrían llegado mucho más allá de Yolcos. Así pues el poder divino de Orfeo hace que todo el inframundo se conmueva continuamente. No necesita ninguna espada increíble, ni arco o escudo sobrenatural, para llegar hasta la negra morada de Hades y su amada. El mito de Orfeo, según nos indica García Gual y Hernández de la Fuente,  es una historia en donde la vida, la muerte, la música y la poesía se dan la mano para crear una leyenda universal. El que un ser mortal, destrozado por la muerte de su esposa, decida contra natura y contra cualquier parecer razonable acudir a la otra vida a rescatarla es lo que ha hecho que escritores y poetas de todos los tiempos (ya fueran Virgilio u Ovidio en la Antigüedad, o Shakespeare, Bacon o Garcilaso entre otros cientos de literatos) escriban historias sin parangón bebiendo de esta tradición inmortal. Incluso músicos como Monteverdi o Gluck han evocado con su música la leyenda de aquel que quiso desafiar a la muerte.

Y es que último elemento del que les hablo, la Muerte, en todos los sentidos, es uno de los ingredientes más importantes de este mito. Como ya he indicado anteriormente, Eurídice, al ser perseguida por Aristeo, es mordida por una serpiente y entre fuertes dolores muere sin que su esposo pueda hacer nada por ella. Desafiando el sino de los dioses Orfeo decide viajar al inframundo y mediante sus dones, armado solo con una lira, librar a su amante de su cárcel mortuoria. El periplo que hace entonces Orfeo es un claro ejemplo y guía de cómo  se creía entonces que era el Hades y las partes de su reino. Sin dudar un momento Orfeo se introduce en el Hades (catábasis) por una de las puertas del infierno conocidas en aquellos momentos, ya fueran las grietas plutónicas de Anatolia, Sicilia, la que había en el Etna, o incluso la más famosa de todas ellas:  la que albergaba el hogar de la Sibila de Cumas en la Magna Grecia. Tras franquear la puertas de la muerte, Orfeo hace un periplo turístico por el inframundo: se dirige al rio Estige donde ablanda al correoso Caronte con sus cantos; lo mismo hace con Cerbero al otro lado de la orilla y con los jueces que deciden el bien o el mal de las almas: Minos, Radamantis, y Éaco. Su vagar lo lleva a atravesar los ríos Aqueronte (río de la tristeza), el Flagetonte, o el Cocito (curiosamente siglos después Dante lo transformará en un lago helado), y a desdeñar las aguas del Leteo pues no quiere olvidar el motivo que le ha llevado hasta allí. Observa como las almas en pena se dividen, por un lado las que van a la bienaventuranza de los Campos Elíseos, y por otro los que son condenados a los eternos castigos del Tártaro. Pero Orfeo nos lleva más allá, hasta las mismas puertas del palacio de Hades y Perséfone, quienes se apiadan de nuestro rapsoda aunque con una condición que desgraciadamente no podrá cumplir. En verdad todo un itinerario hecho por la visión que tenían los antiguos de cómo era la muerte.

Lo curioso de todo este asunto de la muerte y Orfeo es que aunque fracasara en su intento, este mito del héroe tracio tuvo como consecuencia la creación de un movimiento religioso llamado Orfismo, en el que si se creía en él uno podría asegurarse su estancia en el más allá de forma favorable, ya fuera en los Campos Elíseos o en las Islas de los Bienaventurados. Los iniciados en estos misterios daban mucha importancia a las cuestiones del alma y su salvación posterior. Al igual que siglos después el cristianismo o el budismo conciben que el alma está prisionera del cuerpo y que éste no es más que un simple estuche o cárcel que impide que su verdadera esencia llegue pura a su destino. Las persona que seguían este culto mistérico recibían una especie de manual del Más Allá, una especie de guía turística y una contraseña que han de decir al entrar en el inframundo (una especie de salvoconducto que solo conocen los jueces infernales) para poder llegar con éxito a los Campos Elíseos. Por ello no han beber nunca del Leteo. Pero esta purificación, la mayoría de los casos, no se hace en un simple viaje sino que se ha de realizar en unas cuantas reencarnaciones hasta que el alma este pura del todo. Es por ello que nunca deben derramar sangre ni  comer ni matar animal alguno pues quién sabe si en alguno de ellos está encerrada un alma en periodo de purificación.

Esta creencia religiosa, rompedora entonces, es rica en simbolismos y contraseñas ocultas. Su influencia es tal que ha inspirado aspectos religiosos de algunas doctrinas futuras, y es por eso que la lectura de este ensayo, El mito de Orfeo, no ha de ser hecha como mero entretenimiento, ni como una forma más de pasar el rato leyendo mitologías ya olvidadas. Este breve libro ha de ser leído de forma reflexiva viendo como este mito grecolatino influyó tanto en la literatura, la música, películas, obras de teatro, esculturas, pinturas… es, sin lugar a dudas, uno de aquellos esquemas básicos de los que les hablaba al principio. Una de aquellas historias de amor, poesía, muerte, música y luz que más han calado en la cultura occidental. Como diría Eurípides en Alcestis:

Si yo tuviera la lengua y la música de Orfeo,
y capaz fuera con mis canciones de embelesar
a la hija de Deméter o a su esposo y sacarte del Hades,
allí  descendería, y ni el perro de Plutón ni el conductor de almas
Caronte, con su remo, me detendrían
antes de reintegrar de nuevo tu vida a la luz.

 

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KL: HISTORIA DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS – Nikolaus Wachsmann

9788498928723El 22 de marzo de 1933 fue una fecha clave en la andadura del Tercer Reich: fue el día de la apertura del campo de concentración de Dachau, el primero de los que conformarían la vasta y mortífera red de campos de concentración nazis. En aquella aciaga jornada, un centenar de individuos, principalmente comunistas de Munich, fueron recluidos en lo que había sido una fábrica de munición, sometiéndoselos a lo que eufemísticamente se denominó un régimen de “custodia protectora”. Los doce años transcurridos entre la inauguración y la liberación de Dachau harían irreconocible su aspecto original, no solo por la reedificación y el crecimiento del campo sino, además, por el régimen deparado a los internos: el trato benigno de los días iniciales, cuando la policía del Land de Baviera ejercía la custodia del recinto, se convertiría en la proverbial brutalidad de la SS, bajo cuya férula fallecieron cerca de 40.000 prisioneros. Dachau fue la primera estación de la infraestructura del terror nazi, y la única que permaneció en funcionamiento hasta el colapso del Tercer Reich; sentó las bases para la fundación de otros veintiséis campos principales, a los que hay que sumar la friolera de 1.100 recintos secundarios, muchos de los cuales supieron de una existencia efímera. El KL, del alemán Konzentrationslager (en el habla coloquial de la SS, término aplicado de manera genérica a toda la red), fue en verdad lo que su primer descriptor sistemático, el superviviente de Buchenwald Eugen Kogon, calificó como el “Estado de la SS”: fue el coto de acción privilegiado de la infame Orden Negra y una realización paradigmática del ideario nacionalsocialista, que modeló en él un submundo premunido de una lógica, unas normas y unos estándares valóricos incomparables en su sordidez. Al igual que otras instituciones, el sistema concentracionario nazi debió su condición primigenia a la improvisación, y a lo largo de su trayectoria experimentó una serie de cambios en todas las facetas imaginables, desde la administrativa hasta la relacionada con el tamaño y los propósitos de cada campo. En términos proporcionales, por otra parte, ni siquiera su equivalente soviético, el Gulag, resultó tan letal. Mientras el 90% de los prisioneros de los campos de concentración soviéticos lograron sobrevivir, más de la mitad de los reclusos del KL fallecieron. Pero la mortandad en las estaciones del sistema nazi no se verificó de forma pareja, y no cabe concebirlo a éste como un entramado de duplicados de Auschwitz de distintos tamaños y diversa duración. 

Para comenzar, una parte de la toponimia del KL (Belzec, Sobibor, Treblinka, etc.) designa no a campos de concentración propiamente dichos sino a campos de exterminio, en que la muerte era por lo general dispensada de manera inmediata; el complejo de Auschwitz, por su parte, ocupaba un lugar singularísimo en el sistema, difiriendo su estructura, su funcionamiento y las dinámicas de su mortalidad de cuanto pudo observarse en los restantes campos. La realidad del sistema alemán de campos de concentración fue asaz compleja y variopinta, su devenir estuvo surcado de vuelcos de todo tipo. (Apunta Wachsmann que Auschwitz fue «la joya de la corona [de la SS]: un modelo de colaboración con la industria, un puesto avanzado para las colonias alemanas y su principal campo de exterminio»; su misma magnitud y su especificidad lo vuelven inadecuado como parámetro excluyente del KL.) Símbolo del terror hitleriano, el sistema concentracionario exigía una historia panorámica que hiciese hincapié en dichas cuestiones, una historia como la que ofrece justamente el alemán Nikolaus Wachsman en una obra de reciente publicación, objeto de la presente reseña.

Empeñado en delinear una visión del KL que dé cuenta de su índole multiforme, además de superar los yerros de las consideraciones abstractas que sobre él han vertido pensadores y cientistas sociales (filósofos, sociólogos, politólogos), Wachsmann acomete su indagación desde una perspectiva que fusiona dos elementos: a) la realidad cotidiana de los campos de concentración como un microcosmos, obteniendo el máximo provecho del corpus de testimonios de los reclusos y de sus verdugos (de los primeros, nombres como Primo Levi, Jean Améry y Margarete Buber-Neumann son sólo los más famosos entre muchos otros); y b) la inserción de la red de campos en la realidad global del Tercer Reich, escudriñando la ligazón del KL con las dinámicas políticas, económicas y militares del régimen nazi así como el lugar del sistema en el mapa social de la nación alemana (los campos más allá de las alambradas, incluyendo el cómo eran percibidos por la población urbana y rural y el cómo interactuaban con ella).

Aparte de simbolizar la consubstancial criminalidad del nazismo, los campos de concentración eran la expresión quintaesenciada de la condición del Tercer Reich como régimen policial y estado totalitario, en que muy tempranamente se impuso la represión como mecanismo fundamental de gobierno, con las fuerzas paramilitares de la SA y la SS sustituyendo más pronto que tarde  a los organismos policiales  en la persecución de las agrupaciones de izquierda –y con un ensañamiento exponencialmente mayor-. Para la instauración del KL, los nazis no tenían necesidad alguna de imitar experiencias extranjeras como la del Gulag: les bastaba con echar mano de una tradición nacional de disciplinamiento y control, en que el sistema penitenciario y el ejército alemanes proporcionaban suficiente modelo de inspiración –tanto en lo referente a las prácticas punitivas aplicadas a los reclusos como en lo relativo a las formalidades y la rutina laboral de los guardias, que reproducían en gran medida los modos de la vida castrense-. El sistema era la niña de los ojos de Himmler, que no perdía ocasión de defenderlo como el mejor modo de proteger al estado alemán de sus enemigos internos; también era para él la más útil de las herramientas a la hora de incrementar su poder personal, y el hecho de verse como dirigente supremo de una suerte de imperio privado en los márgenes del Reich no hacía sino acicatear su vanidad, que corría pareja con su voluntad homicida. Pero Hitler no le iba a la zaga en cuanto al propósito de sostener un instrumento del terror como los campos. Después de todo, una iniciativa como la que representaba el KL no hubiera podido llevarse a cabo sin su consentimiento, y fue Hitler quien tuvo la última palabra la vez que los primeros campos estuvieron cerca de ser clausurados, en 1935: no sólo ordenó mantenerlos sino que aumentó el financiamiento de la red con vistas a su expansión; al mismo tiempo, incrementó las prerrogativas del líder de la SS, dotando de paso a este cuerpo de una autonomía tal que lo instalaba por encima de la ley. Himmler y los más activos de sus subordinados en la SS, responsables del KL, materializaban en grado extremo el principio de “trabajar en la dirección del Führer”, fundamental en el andamiaje y la mecánica del Tercer Reich.

La descripción poliédrica del Kl emprendida por Wachsmann atiende aspectos como el de la integración funcional del sistema de campos en la economía del Reich, una faceta fervorosamente impulsada por Himmler y potenciada por la guerra –aunque nunca en la escala soñada por el Reichsführer-; la estructura y el funcionamiento diversificados y siempre cambiantes de los campos; el sórdido día a día del personal SS y de los internos; el rol y las características de la violencia ejercida sistemáticamente sobre éstos; el lugar del sistema concentracionario en las políticas de exterminio del régimen, con especial énfasis –como cabe esperar- en la Solución Final; los experimentos con seres humanos en Dachau, Ravensbrück, Auschwitz y otros lugares, llevados a cabo por médicos como Sigmund Rasher, Claus Schilling y Joseph Mengele, entre otros; o, en fin, los mecanismos de adaptación de los agentes de la SS a los cometidos de terror y asesinato en masa al interior de los campos. A este respecto, el análisis de Wachsmann se asoma a una faceta espeluznante de la condición humana, habida cuenta de la disposición de individuos corrientes –no unos anormales patológicos- a convertirse en asesinos profesionales. En el proceso intervenía una serie de factores asociados con el adoctrinamiento intensivo, comprendidos la identidad corporativa de los miembros de la SS como soldados políticos y como élite de la “comunidad del pueblo”, la deshumanización de las víctimas (subsumidas indistintamente en el colectivo pernicioso del “enemigo judeobolchevique”, o el de los elementos socialmente disfuncionales) y la conceptualización de las tareas de exterminio como una prolongación de la denodada guerra contra los adversarios del Reich. Los factores ideológicos eran reforzados por mecanismos propios de las dinámicas psicosociales, en que la presión social, la conformidad de grupo, la complicidad compartida y el sistema de gratificaciones y castigos anulaban las inhibiciones morales y vencían los escrúpulos de los verdugos reticentes. Tal cual observa Wachsmann, el mundo de los campos de concentración invertía los valores al punto de que los agentes SS que se resistían al abrumador status quo eran tachados de cobardes, y a la larga la rutinización de las labores asesinas solía insensibilizar al personal; esto, cuando no estaba ya embrutecido por su participación en las atrocidades del frente oriental (por ejemplo, las ejecuciones masivas perpetradas en suelo polaco o soviético por los Einsatzgruppen).

El descubrimiento de los campos de concentración por las tropas aliadas, en las postrimerías de la guerra, hubiera debido hacer de revulsivo de la conciencia de la nación alemana, mas lo cierto es que alimentó el mito de la invisibilidad de los campos: muchos alemanes alegaron un desconocimiento total de lo que ocurría en ellos, refugiándose en una mixtura de victimismo y amnesia generalizados. Prefirieron olvidar que el régimen hitleriano no había ocultado en absoluto la existencia de tales recintos, antes bien, en los primeros tiempos les había dado amplia difusión en la prensa como muestra de su determinación de aplastar a la izquierda –lo que concitaba el apoyo de gran parte de la población- pero también como medida disuasoria. Luego, cuando la marcha de la guerra puso en manos del régimen a millones de los llamados “infrahumanos” (prisioneros de guerra soviéticos, extranjeros forzados a realizar un trabajo esclavo, judíos), ni la mayor de las discreciones podía embozar la realidad de los campos de concentración diseminados a lo largo y lo ancho del Reich. Ni hablar de las “marchas de la muerte” de las etapas finales de la guerra, que hicieron de muchos alemanes corrientes unos testigos de la aberrante brutalidad que anidaba en suelo patrio… pero que con tanta frecuencia se negaron a reconocer (por de pronto, entre los que presenciaron las marchas no fueron pocos los que pensaron que “algo debían haber hecho” aquellos famélicos desarrapados para llegar a tan lamentable condición). Haría falta el transcurso de varias décadas para que la memoria alemana de la guerra y del pasado nazi asimilase el horror del sistema concentracionrio.

En conjunto, la de Wachsmann es una obra robusta y necesaria, que no agota necesariamente su ámbito de estudio pero que sí establece un hito de referencia en lo tocante al conocimiento del Tercer Reich.

– Nikolaus Wachsmann, KL: Historia de los campos de concentración nazis. Crítica, Barcelona, 2015. 1136 pp.

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LA SEMANA TRÁGICA – Joan Connelly Ullman

41Oag9KEbbL._SX253_BO1,204,203,200_Un país que sufre una crisis económica sectorial, donde los empresarios para ganar competitividad deciden recortar los salarios, hay discusión sobre la enseñanza en colegios religiosos o laicos, se critica las exenciones fiscales de la Iglesia, el sistema bipartidista tradicional está agotado, el gobierno no quiere oír a la oposición, surgen nuevos partidos políticos, políticos demagogos tratan de ganarse al electorado, el gobierno elabora leyes restrictivas por motivos de terrorismo, los diversos sindicatos se pelean, hay un movimiento nacionalista en Cataluña…

Pues nos encontramos a inicios del S. XX, la España salida del 98, que en muchos aspectos nos recuerda a otros momentos. Esa España es la que describe la autora de este libro, que aunque tiene casi 60 años aún es un excelente trabajo sobre los sucesos de 1909.

La autora arranca con una primera parte que trata de la situación de la Iglesia Católica, que tiene un gran poder económico, y el movimiento anticlerical, que también se da en otros países europeos pero que en España tiene unos medios y objetivos muy limitados; hasta el gobierno de Maura.

Vemos como la sociedad cambia y la Iglesia intenta extender su influencia al mundo obrero, pero al mismo tiempo su labor social producirá efectos en parte perversos: las clases bajas necesitan su asistencia lo que hace que la Iglesia tenga que ampliar sus medios aumentando su personal e incluyendo no a las personas idóneas para tratar con los obreros; al mismo tiempo requieren más ingresos realizando una labor artesanal en sus centros que los obreros sienten que compite con el complemento de sueldo que obtenían sus familias.

La segunda parte se centra en Cataluña y su situación industrial, con el movimiento obrero de socialistas, radicales, anarcosindicalistas, Solidaritat Catalana… Mostrando un proletariado en mala situación que diversos grupos tratan de atraer en una lucha por las masas sindicalista y de los partidos políticos luchando entre sí por su apoyo en una lucha mutua que genera tensiones.

La tercera parte es, tal y como la denomina la autora, el Preludio. A lo largo de 1909 la situación marroquí va a llevar a intervenir en la zona, por intereses geoestratégicos y comerciales. La intervención española se realiza de una forma errónea, sin consultar el gobierno a los demás grupos, y por la imprevisión llamando a filas a los reservistas, personas que ya habían hecho el servicio militar (en la práctica con escasa o ninguna instrucción) para formar el ejército. Eso generará la oposición de la población y de los grupos políticos que van viendo la huelga como una medida para presionar el gobierno. Así se va organizando la huelga general, pese a los esfuerzos para contrarrestarla y sofocarla por parte del gobierno.

La cuarta parte es la Semana Trágica en sí, una huelga que empieza en Barcelona el 26 de julio, poco a poco, ante la pasividad gubernativa y de las fuerzas de seguridad, que se va convirtiendo en insurrección. Pero al mismo tiempo carece de liderazgo, porque los partidos políticos que la apoyaban, en especial los radicales, no se deciden a convertirla en revolución.

Sin una dirección clara se desvía su fuerza hacia la quema de conventos y centros religiosos, en un movimiento anticlerical donde se suman pasadas y presentes quejas con leyendas y mitos sobre lo que ocurre en esos lugares. Día a día el libro describe los ataques, incendios… dirigidos (y por lo general permitiendo huir primero al clero) que se extienden por Cataluña sobre todo el martes.

Pero ya el miércoles vemos a los partidos desligarse ante el fracaso en el resto de España, y como ante la llegada de tropas será sometida rápidamente, salvo algunos barrios y ciertos francotiradores misteriosos. Quedando solo un espectáculo para los turistas alemanes que llegan el fin de semana para sacar fotos.

La represalia recaería sobre algunos, y no los más implicados, con un juego sucio para transferir las culpas, acabando ejecutados no precisamente los que hicieron las cosas más graves. Y entre ellos Francisco Ferrer cuyo papel (limitado) se va viendo a lo largo del libro y al que otros partidos no dudan en pasarle la culpa.

Termina el libro con las consecuencias, el derrumbe final del sistema canovista, el movimiento obrero, pero también la polarización social con sus consecuencias a la larga.

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LAS CONFESIONES DE NAT TURNER – William Styron

31somBcfiVL._SX341_BO1,204,203,200_Despierta para castigar a todas las gentes, no tengas piedad de los que obran pérfidamente. […] No los mates, para que mi pueblo no olvide; hazlos andar vagabundos por tu poder y abátelos, ¡oh, Señor, escudo nuestro! […] Acábalos en tu furor, acábalos y dejen de ser, y sepan que hay un Dios que domina en Jacob (Salmo 59)

Hace unos días se ha estrenado en los cines de España la película El nacimiento de una nación, pero no la de D. W. Griffith, sino la de Nate Parker, en la que nos narra la fallida insurrección de esclavos negros capitaneados por el mesiánico Nathaniel “Nat” Turner en 1831. Yo todavía no la he visto, aunque tengo intención de acudir a echarle un vistazo en breve, y no sé si será buena o mala pero lo más importante que nos puede aportar este film es que nos trae a los espectadores españoles una de esas historias perdidas, pequeñas o empequeñecidas por el paso del tiempo, que vale la pena conocer. Como mucho tenemos constancia de ella porque aparece en alguna nota a pie de página en libros sobre la historia de la esclavitud en Norteamérica, o sobre la Guerra de Secesión (que tampoco hay muchos, también hay que decirlo) y es por eso por lo que me alegré mucho hace unos días cuando visitando una biblioteca me encontré, por pura casualidad, con un libro titulado Las confesiones de Nat Turner, escrito por William Styron en 1967, y que al año siguiente fue Premio Pulitzer.

La obra de Styron se asienta sobre las confesiones, o pequeño folleto, que escribió el propio Nat Turner antes de ser ejecutado en la ciudad de Jerusalem (Virginia) en 1831 (siento el spoiler). En él nos habla sobre la rebelión de esclavos que se produjo en el condado de Southampton ese mismo año y en el que durante tres días y tres noches un total de 50 o 60 esclavos arrasaron las haciendas de los alrededores y acabaron con la vida de 55 personas blancas. Según el abogado que defendió a Nat en el “supuesto” juicio, un tal Thomas Ruffin Gray, Nat y sus allegados solo querían robar y escapar, y que durante los escarceos estos principios iniciales se les fueron de las manos en una orgia de fuego y sangre, pero fue el propio Turner quien en el alegato final declaró que eso no era cierto y que lo verdaderamente los llevó a rebelarse contra sus amos fue esencialmente una llamada divina, una orden directa de Dios:  “Un día, en el campo, oí un ruido en el cielo, y el Espíritu se me apareció y me dijo… que yo debía luchar contra la Serpiente y que se aproximaba el día en que los últimos serían los primeros”.

Ahora nos hemos de preguntar ¿quién era Nathaniel Turner (1800 – 1831)? Según parece, gracias a los pocos datos que existen sobre esta rebelión, y al fabuloso trabajo de documentación que hizo el autor, Nat ya era durante su infancia todo un portento de inteligencia. Hemos de olvidarnos de la figura del esclavo embrutecido a base de latigazos desde su nacimiento, pues nuestro protagonista no solo llegó a aprender a leer por su cuenta, sino que fue todo un esclavo ilustrado, un esclavo domestico, que no paraba de leer todo lo que caía en su mano. Sobre todo la Biblia. Y de las lecturas que hizo de las Santas Escrituras hizo un símil muy curioso: que su condición de esclavo era la misma que habían sufrido los israelitas a manos de los egipcios y que llegaría el día en que los liberaría de la opresión del hombre blanco. A ello contribuyó además que cerca del condado donde moraba se encontraba la ciudad de Jerusalem, de fuertes resonancias bíblicas, y que no sería hasta que tomara dicha ciudad cuando todos los negros serían libres. Tal era su ascendente religioso sobre los esclavos que muchos le llamaban “El Profeta”, y tanta era su sumisión entre los suyos que incluso era llevado ante sus amos a las horas de comer y cenar para que, de pie, les bendijera la mesa.

A través de la vida de Nat Turner, Styron nos permite ver cómo era la vida de los esclavos en las plantaciones de Virginia, cuál era su condición y las penalidades que sufrían por parte de amos y capataces brutales. No solo eran tratados como puros animales obligándolos a trabajar hasta 18 horas al día, sino que eran meros muebles y cosas con los que se traficaba y jugaba. Pero no solo nos habla de atrocidades sin límites sino que también vemos como se interrelacionaban las personas blancas (ya fueran buenas o malas) con los negros, o sus lazos de unión dentro de una plantación. Es decir, el día a día en el infierno. Nat  en cambio, en un principio, fue un esclavo afortunado pues desde su aceptación como esclavo doméstico (aquella condición que tanto despreciada Malcom X) podía estar más tranquilo y con menos peligro de sufrir los castigos corporales de los capataces. Era en sí el negro de confiaba del amo. Tanta tenía que, dándose cuenta de lo inteligente que era llegó a prometerle que cuando pasaran 25 años lo liberaría. Acuerdo que no pudo cumplir tiempo después debido a una crisis económica que sufrió la  plantación. Y ya fuera por esto, o por las condiciones que sufrían sus hermanos esclavos, Nat no aguantó más y supo que debía  alzarse frente al opresor.

Hemos de recordar que Nat Turner se creía un visionario, un instrumento de Dios, un iluminado que iba a liberar a su pueblo. Así pues cuando el 13 de Agosto de 1831 observó en el cielo un eclipse solar supo que la hora de la venganza había llegado. Días después, el 21, con unos pocos esclavos, a los que fueron sumándose poco a poco más unos cuantos más, fue de casa en casa asesinando a los amos blancos y sus familias portando cuchillos y otras armas afiladas para no llamar la atención. En aquellos momentos de sangre debió sentirse como el Ángel de la Muerte que acaba en el Éxodo con los primogénitos de Egipto. A nadie se le perdonó la vida pues sabían que era la hora de ajustar cuentas. Ninguna suplica de piedad aplacó la furia desatada. Aun así la rebelión no duró más de cuarenta y ocho horas ya que en cuanto actuó la milicia local ésta se diluyó como lagrimas en la lluvia. El día 30 un aparcero blanco descubrió a Turner morando en un pantano, y tras denunciarlo fue capturado por las autoridades del lugar. Fue en aquellos momentos cuando escribió Las confesiones de Nat Turner. Fue llevado a Jerusalem (ironías de la vida) donde fue juzgado y ahorcado el día 5 de Noviembre. Y aunque su cuerpo, nada más ser bajado del patíbulo, fue desollado, decapitado y descuartizado para que su memoria se perdiera, ésta no se olvido por completo. Las autoridades, y los amos en particular, empezaron a darse cuenta que tal vez aquellos esclavos, aquellos enseres del hogar, aquellas máquinas que se podían exprimir hasta la muerte, no eran tan dóciles como se podía observar a primera vista. Tomaron constancia del polvorín sobre el que estaban sentados y comenzaron a sentir miedo. Un sudor frio les hizo empezar a imaginar cuchillos azulados en la oscuridad. Ante aquella situación se endurecieron las leyes sobre la esclavitud y en muchos casos se prohibió a los propios esclavos que pronunciaran su nombre, bajo pena de escribir un mapa en sus espaldas a base de latigazos. Pero aunque se les prohibió hablar de él, la gesta increíble de Nat Turner, la espita de esperanza que les había dado no se les olvidó, y es por eso que su nombre se convirtió en leyenda, y la leyenda en mito. Sabían que la pesadilla podía tener fin, y como decía el Salmo 96 que tanto gustaba a Nat: “¡Canten al Señor un canto nuevo…” Algo empezaba a cambiar.

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OPERACIÓN CRUSADER: AUCHINLECK RETA A ROMMEL – Santiago R. Gómez García

41YQzi94IFLEl desierto es un paraíso para los tácticos, pero un infierno para la logística. Esta parece una de las máximas a tener en cuenta cuando se habla de la guerra en un campo de batalla de estas características. El autor, Santiago R. Gómez García, con su trabajo sobre la Operación Crusader publicado en la editorial HRM, nos ofrece una buena muestra de este dicho militar confirmándonos sin ningún género de dudas que estamos ante un hecho cierto. Desde el 18 de noviembre de 1941, fecha de inicio de la ejecución del plan, hasta finales de diciembre de ese mismo año, los blindados y la infantería de ambos contendientes avanzaron y retrocedieron sin freno; la movilidad, la astucia sobre el terreno y la logística resultaron claves para el devenir de la misma. De todo esto y del transcurso de la batalla trata este magnífico relato de Santiago R. Gómez García. 

La estructura del libro es algo a destacar, muy bien presentados todos los matices que constituyeron la Operación Crusader, el autor nos brinda un análisis detallado del campo de batalla incluyendo los siempre importantes aspectos climatológicos, la valoración y el estudio de los protagonistas, así como las fuerzas desplegadas sobre el terreno, siendo los blindados los grandes heroes de la campaña. Los mapas son sin duda extraordinarios, meticulosos y plasmados al papel de una manera muy visual, siendo claves para el seguimiento de las operaciones. Sin una buena cartografía un libro de historia militar queda incompleto, y en este caso estamos ante uno de los aspectos más sobresalientes de la obra.

Con la Operación Crusader, ¿qué objetivos anhelaban alcanzar los británicos? En primer lugar, atrapar y destruir a las fuerzas blindadas germano-italianas sitas en el Este de la Cirenaica, contribuyendo con ello a quebrantar el asedio al que estaba sometido el importante puerto de Tobruk en manos británicas y, a su vez, lograr la expulsión de las tropas del Eje. Churchill apremiaba al general Auchinleck, al mando este último de las fuerzas comprometidas en el Norte de África, a iniciar un ataque definitivo; había que derrotar a las fuerzas del Eje. Gran Bretaña necesitaba una victoria que demostrase a su aliado ruso su firme compromiso en su lucha por aminorar el potencial germano en el frente del Este, además los indecisos franceses de Vichy debían saber quién mandaba en la zona, y también los países neutrales como España o Turquía se lo pensarían dos veces antes de dar un paso en falso. Para ello, se pusieron manos a la obra, el reto de Auchinleck a Rommel iba a tomar forma, la Operación Crusader estaba a punto de comenzar.

A partir de esta fase central del libro, el autor nos va a narrar día a día el desarrollo de las operaciones con todo lujo de detalles, la guerra mecanizada alcanza su esplendor en esta batalla, la movilidad, la correcta aplicación del factor tiempo, la logística y la aplicación de tácticas adecuadas al momento serán claves en el devenir de la misma. Rommel, el zorro del desierto, se mostró en todas sus vertientes como un gran táctico, aunque también las discrepancias surgidas en algunas de sus actuaciones son cuestionadas en la obra dejando siempre la eterna polémica sobre su figura: ¿un gran táctico o un mal estratega? Operación Crusader puede servir para que cada lector saque sus propias conclusiones. Otro asunto que nos ofrece este trabajo es la de debatir si los aliados vencieron por sus propias virtudes o por desméritos del enemigo. A través del relato, el autor nos incita a despejar las dudas que nos provoca esta cuestión. Calidad y buen hacer nos presenta Santiago R. Gómez García en esta obra: prepárense para vivir la guerra en el desierto con todas sus características, avances y retrocesos continuados, guerra de blindados, calor sofocante, tormentas de arenas, olor a gasolina y mucho más es lo que vamos a encontrar en Operación Crusader. Más de ciento cuarenta páginas de valor y arrojo, un oasis de caballerosidad en una guerra donde la muerte y destrucción campaba a sus anchas por el mundo.

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INGENIEROS DE LA VICTORIA – Paul Kennedy

INGENIEROS DE LA VICTORIA – Paul KennedyA estas alturas, la bibliografía sobre la Segunda Guerra Mundial es tan vasta que resulta apabullante. Parece que ninguno de los flancos del mayor conflicto de todos los tiempos quedara por cubrir, especialmente en materia de estudios panorámicos. Sin embargo, de tanto en tanto nos enteramos de nuevas publicaciones con aspiraciones más o menos globalizantes, libros que no necesariamente reivindican para sí el reclamo de la novedad espectacular pero que sí hacen hincapié en la necesidad de atender a ciertas facetas o puntos de vista específicos, preteridos o insuficientemente tratados por la bibliografía existente. Michael Burleigh, por ejemplo, tuvo la ocurrencia de elaborar una historia genérica de la SGM sobre la premisa de que aquél fue un conflicto en que a lo moral le cupo un papel decisivo: así germinó su Combate moral (Taurus, 2010), obra que en lo esencial es una defensa del esfuerzo de guerra aliado, ante todo el del conglomerado anglo-estadounidense, enfrentado a una coalición de estados depredadores. El también británico Donny Gluckstein, por su parte, dio forma a una historia general alternativa vertebrada por la visión del conflicto como una confrontación entre potencias imperialistas y movimientos populares de resistencia, paralela a la lucha entre estados: es la base de La otra historia de la Segunda Guerra Mundial (Ariel, 2013). Una empresa en cierto modo parangonable es la de Paul Kennedy, que en Ingenieros de la victoria (publicado originalmente en 2013) plasma un trabajo de conjunto en que el autor, de reputación consagrada por su Auge y caída de las grandes potencias (1987), procura responder al problema del gran cambio de tornas en el transcurso de la SGM: por qué las potencias del Eje entraron en un proceso de declive sostenido tras una fase de triunfos clamorosos, mientras que el bando opuesto se encaminaba a una muy laboriosa victoria final. Queda claro, pues, que no estamos frente a una historia global del conflicto referido (otra más), sino a un estudio de amplio espectro -en sentido temporal, geográfico y temático-, que aborda las grandes campañas que decidieron el resultado de la guerra considerando una serie de factores críticos, funcionales al propósito seminal de la obra. Para una primera aproximación, vale precisar que Kennedy pone el foco en la cuestión de cómo pudieron los aliados resolver los desafíos que para ellos representaron las imponentes maquinarias bélicas alemana y japonesa, superándose a sí mismos a fin de alzarse con la victoria.

El reto mayúsculo planteado por las dos grandes potencias del Eje suponía una amenaza existencial para buena parte del mundo, y era de tal magnitud y complejidad que no cabe reducirlo a un único factor determinante; congruentemente, la respuesta al mismo tampoco podía ser unidimensional. Para derrotar a alemanes y japoneses, no bastaba con desarrollar un arma portentosa ni con implementar los mejores servicios de inteligencia, ni con acaparar el mayor volumen de recursos de todo tipo; por descontado que ceñirse a una monolítica e invariable línea estratégica u operacional hubiese sido la peor de las decisiones. Partiendo por las singulares características geográficas de cada uno de los teatros de operaciones, los problemas que encararon los aliados eran múltiples, por consiguiente sus respuestas debían serlo en igual o superior medida. Y eran respuestas que no corresponde atribuir en exclusiva a los gobernantes y grandes líderes militares de las potencias aliadas. Conforme el punto de vista asumido por Kennedy, ni aun con todo su genio organizador, su carismático voluntarismo, su competencia profesional o su capacidad de incentivar por el terror, hubiesen podido los Churchill, Roosevelt y Stalin, los Patton, Montgomery y Zhúkov, recuperarse de los reveses iniciales e imponerse por sí solos. Urgía la intervención de mandos medios y solucionadores de problemas capaces de poner en manos de los estrategas y los estadistas las formidables maquinarias de guerra en que debían convertirse las fuerzas armadas de los aliados, puesto que se proponían doblegar a las del Eje. Es en ellos y en sus logros, escasamente reconocidos por la historia -y más raramente homenajeados, en cualquier sentido- que Kennedy centra su investigación, erigiéndolos en auténticos ingenieros del triunfo aliado. Algunos de ellos, como los responsables del diseño y perfeccionamiento de radares, aviones de combate y muelles portátiles –entre otros muchos aparatos-, eran ingenieros de verdad. Otros lo eran en sentido figurado: administradores, gestores, organizadores, con rango militar o sin él. En conjunto, el libro explora la contribución de este personal intermedio al gran vuelco de la guerra.

Ingenieros de la victoria es un estudio articulado por cinco desafíos cruciales, todos derivados de la determinación -formalizada en la Conferencia de Casablanca, enero de 1943- de derrotar al Eje: 1) cómo triunfar en la Batalla del Atlántico, superando la cruenta interrupción del tráfico mercante por los submarinos alemanes; 2) cómo hacerse con el dominio del aire en Europa, imponiéndose a las distancias y desbaratando el poder de la Luftwaffe; 3) cómo contrarrestar la Blitzkrieg, la modalidad de “guerra relámpago” implementada por la Wehrmacht, considerando dos escenarios específicos: el norte de África y la contienda en suelo soviético; 4) cómo llevar a buen término las grandes operaciones de desembarco (en particular Antorcha, el desembarco anglo-estadounidense en el norte de África, y Overlord, además de las operaciones anfibias en territorio italiano); y 5) cómo superar la llamada “tiranía de la distancia”, posibilitando la descomunal campaña del Pacífico contra el Japón. El examen de Kennedy muestra que el escenario de 1945 no estaba predeterminado, por más que las probabilidades estuviesen del lado de los aliados. Podría haber fallado la trabazón de elementos que incidieron en la victoria final: no bastaba con acopiar recursos abundantes y de calidad, había que hacer un empleo inteligente de ellos; con entera razón, Churchill hablaba del “uso apropiado de una fuerza abrumadora”.

En efecto, de nada habría servido el diseño de un caza como el estadounidense P-51 Mustang si, casi por azar, no hubiese propuesto el piloto de pruebas británico Ronnie Harker sustituirle el motor, que fue lo que permitió al aparato proporcionar la tan urgente cobertura de largo alcance a las formaciones de bombarderos pesados (reduciendo drásticamente su tasa de pérdidas). El repertorio de contramedidas utilizadas contra los submarinos alemanes habría visto mermado su rendimiento si no hubiese habido ingenieros que idearan un radar miniaturizado, apto para ser montado en aviones; por demás, no bastaba con disponer de los mejores instrumentos de detección (radares, sonares, etc.): hacía falta la conformación de nutridos y bien armados grupos aéreos y navales de protección de convoyes, así como el desarrollo de nuevas tácticas de caza de submarinos. La conquista progresiva de las islas del Pacífico se habría ralentizado o entorpecido si el almirante Ben Moreell, de la armada de los EE.UU., no hubiese tenido la inspirada idea de fundar los Batallones de Construcción (apodados “Seabees” e integrados por ingenieros, técnicos y obreros cualificados), los que seguían los pasos de las unidades combatientes (a veces avanzaban confundidos con ellas), y que con magnífica eficiencia construían pistas de aterrizaje, embarcaderos, depósitos de combustible, hospitales y otras instalaciones fundamentales (también en Europa tuvieron un desempeño destacado: algunas de sus proezas fueron la fabricación y emplazamiento de los malecones artificiales usados en los desembarcos en Normandía y la reconstrucción de los puertos de Cherburgo y Le Havre). La impresionante flota de portaaviones que la marina estadounidense desplegó en el Pacífico habría quedado reducida a inutilidad si no hubiera contado con la asistencia de buques cisterna de gran tamaño, capaces de abastecerla de combustible. Que el arsenal soviético incluyera una máquina de tanto potencial como el tanque medio T-34 –concebido en la preguerra- fue sin dudas afortunado; mas para que realmente llegase a influir como lo hizo en los campos de batalla de Europa oriental debía ser mejorado -cosa que ocurrió-, y empleado en combinación con una panoplia completa de armas y acorde con tácticas distintas de las que contemplaba la doctrina del Ejército Rojo en 1941. Estas y otras soluciones requerían de individuos y equipos de trabajo no solo imbuidos de iniciativa sino dotados además de suficiente autonomía y espacio (organizacional y operativo) para llevar adelante su cometido, aguzando el ingenio sin restricciones; lo cual suponía el respaldo de instancias decisorias –con sus respectivos jefes- ampliamente receptivas y que fomentasen la creatividad.

La historia del triunfo aliado es en gran medida la de una enorme y continua serie de reajustes técnicos y estructurales, tanto en lo que concierne a las instituciones (fuerzas armadas y servicios de inteligencia) como al material usado por ellas (armamentos e instrumental de apoyo). El caso soviético demanda un examen diferenciado, habida cuenta de su carácter dictatorial y de su condición de sociedad cerrada. En lo que toca a las potencias liberales, es innegable que ellas se beneficiaron de una mentalidad y una cultura organizacional favorables a la libre iniciativa y propiciadoras de la innovación, con líderes capaces de descubrir talentos y de transmitirles su audacia y tenacidad. Aun Stalin pudo comprender que su afán inicial por hacer de árbitro de todos los aspectos de la guerra resultaba contraproducente, tornándose más receptivo a las sugerencias e indicaciones de sus generales; todo lo contrario de Hitler, que conforme se prolongaba el conflicto acaparó cada vez más funciones y estrechó hasta prácticamente suprimir el margen de maniobra de sus subordinados. Del lado japonés, llama la atención el que su adopción de patrones culturales occidentales fuese tan sesgado como para que su maquinaria bélica, tratándose de innovación y desarrollo, desembocase en un punto muerto: una parte significativa de su arsenal de guerra padeció un estancamiento terminal, sin ninguna evolución tecnológica posterior a 1941 digna de reseñar. Más determinante fue quizá el que las fuerzas armadas niponas se mostrasen incapaces de refinar sus tácticas y métodos operacionales, ciegas –por ejemplo- a la imperiosa necesidad de proteger sus convoyes, o la de cambiar radicalmente sus técnicas de caza de submarinos, o la de darle un uso conveniente a su propia flota de sumergibles (desperdiciada de modo casi inexplicable, su incidencia en el curso de la guerra fue insignificante).

Apenas puede ser más pertinente la conclusión de Paul Kennedy, que sostiene que en el contexto de una contienda «tiene que haber un sistema de apoyo, una cultura del estímulo, bucles de retroalimentación eficientes, capacidad de aprender de los reveses, capacidad de conseguir que se hagan las cosas. Y todo eso debe hacerse de un modo que sea mejor que el del enemigo. De ese modo es como se ganan las guerras». Apremiados por agresores que en algún momento parecieron imbatibles, los aliados supieron configurar sistemas de gestión y organización superiores a los de las potencias del Eje, poniéndolos al mando de líderes competentes y con amplitud de miras. Toda una lección de la historia, la que, expuesta con mano maestra por nuestro autor, hace de Ingenieros de la victoria un libro del mayor interés.

(Habrá quien se acuerde de la muy elogiable obra de Richard Overy, Por qué ganaron los aliados (1995); aunque ambos trabajos obedezcan a inquietudes afines, no hay riesgo de redundancia en el más reciente de los dos: sus diferencias de enfoque, estructura y conclusiones son en verdad profundas.)

- Paul Kennedy, Ingenieros de la victoria: Los hombres que cambiaron el destino de la Segunda Guerra Mundial. Debate, Barcelona, 2014. 528 pp.

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