LOS CAMINOS REALES DEL IMPERIO PERSA AQUEMÉNIDA – Joaquín Velázquez Muñoz

9788498273632Cuando pensamos en caminos de la antiguedad, para muchos de nosotros es inevitable pensar en la Vía Augusta, que dejó su huella particular en las futuros caminos de la península ibérica, siendo su “esqueleto” fundamental en algunos casos hasta la segunda mitad del siglo XIX d.C.; pero tanto más antiguos como importantes tenemos en Euroasia dos ejemplos que se pueden considerar fundamentales de “autopistas gubernamentales”: dejando a banda el caso chino, tenemos los caminos reales del Imperio Persa; la cual es para la gran mayoría de nosotros la primera constancia en las clases de instituto de la importancia de una vía de comunicación eficaz para el mantenimiento de un vasto imperio. Este libro trata de esta infraestructura fundamental; es un analisis concienzudo a todos los niveles puesto que se trata de una versión simplifacada de la tesis doctoral sobre el mismo tema de su autor, Joaquín Velázquez Muñoz, doctor en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid, cuyo blog nos informa de las novedades arqueológicas interesantes de esa civilización: http://imperiopersaaquemenida.blogspot.com.es/

Hablemos brevemente de sus aspectos técnicos: el cuerpo de letra del texto principal es generoso y agradable para su lectura. Todo el material gráfico (mapas, fotos, gráficos y dibujos) está en blanco y negro, decisión más que acertada puesto que hubiera encarecido sobremanera el volumen (y las fotos que podríamos considerar que tienen un cromatismo significativo normalmente ya las hemos visto en todo su esplendor en otras publicaciones). Las notas a pie de página estan separadas del texto principal (quizás en un cuerpo de letra excesivo, puesto que menos del 10% de ellas podríamos considerar que aportan información complementaria significativa para el lector respecto al texto, las restantes son citaciones y referencias bibliográficas, pero este problema es común en la edición española de ensayos). Los apéndices restantes son correctos, con un glosario útil de algunos terminos concretos para el lector, una correcta bibliografia (básicamente en inglés, francés, alemán, español e italiano) y la citación de las fuentes antiguas utilizadas (cada una con su propia metodologia, nada que objetar) .

El libro presenta una estructura clara: aspectos introductorios fundamentales, descripción regional de los caminos, elementos secundarios de los mismos, capítulos que hablan sobre los usos prácticos de los caminos, un epílogo (un resumen de los elementos generales del libro) y finalmente el material auxiliar. En total, quince capítulos cuyas premisas básicas describo a continuación:

Después de una breve introducción en que el autor muestra clara y brevemente al lector sus intenciones, el libro empieza con una breve descripción general del marco físico del territorio que ocupaba la infraestructura, con un mapa con la enumeración de los accidentes geográficos más destacados (un servidor recomienda igualmente echar un vistazo a un mapa físico actual de la región y hacer una visión en paralelo de ambos mapas para ver varios matices significativos, puesto que los cambios respecto a la antiguedad son poco significativos, e igualmente un servidor recomienda tener en paralelo a la lectura de este capítulo uno o varios mapas físicos de la región) puesto que, recordemos, el territorio abarcado es inmenso: a grandes rasgos un rectangulo irregular con la península de Anatolia, el curso medio del Nilo, un poco más allá del mar de Arial y del Indo en sus vórtices.

Posteriormente habla de las fuentes disponibles para el estudio de estos caminos; todas ofrecen una perspectiva interesada según los intereses propios de cada civilización sobre los territorios por donde pasan  las rutas, aunque también hay que destacar que en algunos casos regionales hay tablillas de información descubiertas pero no publicadas, por tanto hay algunas incógnitas concretas por resolver (o quizás no aporten nada del tema que nos ocupa). Así, por ejemplo, a grandes rasgos las fuentes griegas observan el territorio con ojos de conquistador; de las fuentes aquemenidas hay una serie de tablillas que hablan exclusivamente del avituallamiento para las rutas; y en las fuentes romanas tenemos una cálculo de distancias y puntos entre si, pero hemos de tener en cuenta la transformación que hicieron los romanos de los caminos mismos.

Antes de describir las vías en sí el autor habla de las características fundamentales de los caminos: puesto que la pavimentación de caminos es cosa propia de los romanos, tenemos principalmente senderos de tierra cuya finalidad es superar obstáculos naturales para crear vías rápidas, pero al ser de tierra son especialmente sensibles a las inclemencias metereológicas, cosa que hace que su mantenimiento regular sea constante (de hecho, ya tenemos tablillas neoasirias que inciden en este hecho), ya sea por funcionarios especializados y en algunos casos gente del territorio reclutada en situaciones excepcionales, el sátrapa era el responsable último del buen mantenimiento de los caminos. Se habla del termino pasaranga, que si bien en las fuentes persas se refieren exclusivamente a la medida de tierra, nos ha quedado como la medida fundamental de distancias de rutas entre puntos con una dicotomía desde las fuentes griegas: Herodoto lo consideraba una medida concreta (aproximadamente unos 5,5 km.) y Jenofonte, que es la propuesta más aceptada ya que tiene ecos en algunas zonas en la actualidad, sería una medida variable (la distancia que se recorre en un tiempo determinado, las variaciones se encontrarían en la dificultad del terreno en recorrer) pero la arbritariedad de su uso a lo largo de su obra hace que ninguna de las explicaciones posibles sea del todo satisfactoria, cosa que complica la controversia sobre el termino.

A continuación se describe el itinerario completo de los caminos reales, dividiendo la descripción en trayectos “regionales”, si bien en el principio del capítulo se echa en falta un mapa general que englobe todos los caminos (al final del capítulo hay uno [página 141], pero un servidor lo habría puesto en la introducción del capítulo para que el lector pudiera ir de lo general a lo particular, lo indico para que tengan presente que ese mapa existe en el libro, no pasa de ser una recomendación personal a quien se anime a la lectura del presente libro), hay que reconocer que la división de los trayectos para su descripción responde a unos criterios bastante racionales y coherentes para la comprensión del lector que apenas conozca las zonas. Es recomendable ir siguiendo el texto con el mapa disponible de cada zona (en la medida de lo posible). Se habla brevemente del sistema neoasirio de caminos como antecedente fundamental, para pasar después a una descripción de los caminos persas. En cada camino se analizan tanto sus antacedentes como sus posibles variables, dando una descripción general bastante adecuada al lector. Aquí el autor recuerda que faltan estudios que delimiten las vías secundarias en ciertas regiones, cosa que hace que no se pueda delimitar a un nivel de concreción suficientemente para compararlo a un nivel general con los casos mejor conocidos, el chino (que podríamos calcular entre los 29 y 37.000 km de extensión para un imperio de aproximadamente 2,267.360 km cuadrados) y el romano (qua alcanzaba los 72.000 km de extensión para un imperio n de aproximadamente 2.609.240 km cuadrados).

Posteriormente se analizan aspectos secundarios en capítulos monotemáticos hasta las conclusiones generales. Se habla de las infraestructuras para salvar los elementos fluviales, bastante  considerables en varias partes del camino, si bien existen puentes de piedra, las formas más habituales son las construcciones unidas a partir de barcos en fila e incluso en ferris, qua aparecen documentados en fuentes mesopotámicas ya en el tercer milenio a.C..A continuación se habla de las guarniciones y puntos militares en puntos concretos que salvaguardan el camino, si bien existen a lo largo de los caminos numerosos pueblos que viven en zonas menos agraciadas del territorio dedicadas al pillaje de forma complementaria que saben utilizar el conocimiento de su propia geografia (ya sea la frondosidad de los bosques o la escarpitud de la montañas) en forma de barrera del todo infranqueable para los ejercitos reales…después se hablan de las autorizaciones satrapales que indican la cantidad de avituallamiento para cada grupo de persona o animales que han de recibir en cada punto del camino, una cantidad fija que no tien en cuenta las dificultades o inconvenientes que se pueden presentar ocasionalmente en cada viaje, cosa que obliga a los viajeros a ser escrupulosos en su trayecto…se analiza el sistema del personal encargado de los correos reales, que además ejercen de informadores de todos los rumores de cada región al gran rey.También hay en caso de urgencia elementos para señales acústicos (toques de duración variada en istrumentos) o ópticos (formas concretas de humo en una hoguera) que van más rápido, a veces sirven para complementar o actualizar informaciones anteriores…por lo que respecta a las “estaciones” del camino, están situadas en un intervalo de cada 20-25 km. para que los mensajeros puedan cambiar de montura, y existen algunas más lujosas que otras, siendo las primeras posibles estancias del gobernador local o punto fijo de descanso en los viajes de personal importante…si de vehículos hablamos hay básicamente dos tipos de carros, el primero más ligero utilizado por el ejército, para la caza y determinados actos cerimoniales y el segundo más grande y cubierto dedicado al transporte de autoridades. El animal fundamental es el caballo, los caminos reales estan planificados para su plena optimizacíón, y se define su tipología, dieta y elementos que se le incorporan.También hay camélidos, siendo el camello bactriano, más grande, muy útil en territorios montañosos y también utilizado en la guerra y un dromedario arábigo más pequeño, no apto para territorio montañoso pero muy útil como elemento de transporte y carga, la hibridación de ambos esta documentada en épocas posteriores, sólo tenemos breves indicios que apuntan su uso en el tiempo que nos ocupa. Otros animales (bóvidos, mulas,etc) circulaban para transportes y correos que no precisaran de urgencia o de forma ocasional. Por lo que respecta al avituallamiento, este esta siempre garantizado en las vías principales, con dos grupos de funcionarios para su distribución (uno para su distribución en las diferentes estaciones y otro para su distribución en cada centro para los trabajadores, animales y viajeros) si bien para la administración central es más complicada, la documentación disponible es compleja (uso de gran variedad de sellos en posiciones diferentes en las tablillas, gran riqueza de abreviaturas,etc.) pero se puede trazar un esquema organizativo en tres niveles del funcionariado.También se garantizó la disponibilidad de agua con la construcción de dipósitos fijos, así como presas y canales subterráneos para su distribución. Finalmente había una correspondencia de documentación entre las regiones y la autoridad central para controlar los flujos de productos a lo largo del imperio, aunque nos falta documentación para especular sobre el nivel de control (no sabemos si era regular o se calculaba a partir de unos intervalos) .

Finalmente nos encontramos con una serie de capitulos que nos hablan de las posibilidades que ofrecen los caminos como eje vertebrador del imperio. Básicamente los caminos están considerados como vías militares, siendo los ejes principales los que tienen un avituallamiento regular asegurado, siendo los ejes secundarios un camino eficaz a corto plazo por conquistadores para sorprender, pero la disponibilidad de alimento no esta segurada, así que tarde o temprano se tiene que volver a las vías principales… Hay guarniciones regulares en puestos determinados, por ejemplo en Siria hay elementos como estrechamientos del camino y pasos con puertas en sitios con dificultad orográfica, ya que esta región es la vía que comunica el imperio con la zona egipcia.Sobre la especulación del uso comercial de estas vías hay que pensar que el imperio fijaba un precio fijo de las mercancías, hay agentes privados que intercambian los excedentes de cada región ya sea con cambios definidos entre diferentes productos o por lingotes de plata, parece ser que cada ciudad contaba con un edificio concreto que funcionaba como mercado entre consumidores privados. A peasar de su nula aparición en las fuentes clásicas, fueron muy importantes las vías fluviales (por ejemplo hacia el interior de Mesopotamia) y las marítimas (ya sea por cabotaje o en trayectos más largos) por el traslado de grandes cantidades de material (un gran buque mercante podía trasladar 400 toneladas, cada animal de carga 90 kg., avituallamiento aparte) de forma rápida y eficaz. Todo ello constituía   una estructura eficaz que mantenía comunicados los puntos más lejanos de imperio con la autoridad central, la fascinación de los griegos viene del control eficaz sobre un territorio inmenso…

Como he indicado anteriormente, consideren lo anterior como un resumen muy básico de las ideas fundamentales del libro, en mi opinión generalmente todo esta desarrollado en una medida bastante equilibrada.Es hora de recapitular: El principal valor de este libro es que nos descubre una infraestrucura cuyos entresijos para alcanzar su perfección son en su mayoría ajenos e insospechados al lector medio de libros de Historia, sorprendre como un estado antiguo como el Persa era capaz de desarrollar esta red de caminos cuya existencia explica el mantenimiento mismo de tan vasto imperio (aqui quizás estemos contaminados de la “propaganda” griega posterior de la hibris persa, pero eso ya es otro tema…). Un servidor destaca la variabilidad de la bibliografía utilizada por su autor (que van desde las fuentes clásicas hasta un estudio en Nature que compara delante de un ejercicio intenso la capacidad anaeróbica entre humanos y caballos, a un servidor le pareció muy interesante). El estilo divulgativo de su autor (en la medida de lo posible, recordemos que el autor habla de territorios generalmente poco familiarizados para el lector) es claramente adecuado para una obra de este tipo, mostrando ejemplos significativos quizás con demasiado detalle en algun caso (y también a la inversa) pero ese aspecto siempre es opinable…También el autor se refiere a los antecedentes de cada elemento analizado, aspecto útil ya qua hay cuestiones que el lector desconoce (y en algún caso ni siquiera lo sospecha) que ya proceden de civilizaciones más antiguas de la Mesopotamia. Las fuentes antiguas citadas en el texto principal estan bien seleccionadas respecto a su utilidad concreta en cada momento. Aunque no es mi caso, en algunos casos concretos las divagaciones filológicas sobre ciertos terminos pueden llegar a resultar algo enfarragosas para el lector, pienso que el autor las podría haber simplificado un poco… Quizás el principal punto negativo del libro es su estructura, que globalmente me ha parecido un poco anárquica, hay capítulos que están antes o después de la descripción geográfica general de los itinerarios de los caminos que podrián estar intercambiados (quizás se debe a que el autor siguiera el “esqueleto” esquemático de su tesis, pero no tiene mucha importancia, ya que cada capítulo se podría considerar monotemático y autoconclusivo, excepto naturalmente su epílogo, si quiere el lector puede elegir el orden de su lectura siguiendo su propio criterio) pero entramos en el territorio sagrado para un servidor de respectar las circunstancias en que este libro fue creado.

En definitiva, nos encontramos con un estudio riguroso escrito en tono divulgativo para el gran público mínimamente interesado en el tema, por su extensión este libro se convierte en la principal referencia respecto al tema que se ocupa en castellano. A los lectores interesados en la antigüedad la obra también sirve indirectamente para familiarizarnos con una geografia que no nos resulta tan familiar, aunque sea sólo a un nivel muy fundamental… Quizás las historias generales del Imperio Persa que encontramos en castellano son algo viejunas (tema ya discutido en un tema del foro de esta casa) pero estos libros de aspectos concretos siempre serán bienvenidos, ya que no esta de más recordar que antes del mundo clásico hay infraestructuras resueltas con una gran perfección admiradas por los mismos griegos, por ejemplo la que trata este libro…

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EL IMPERIO ROMANO – Isaac Asimov

9788420643403Existen muchos libros y multitud de autores que se han ocupado del Imperio Romano, y a veces no resulta sencillo para el profano en el periodo elegir entre un material tan vasto. Desde los clásicos estudios de Gibbon y Mommsen hasta los modernos de Grimal, Goldsworthy o Mary Beard, por citar solo a algunos, la oferta es inmensa. Sin embargo, a menudo se echan en falta libros menos densos, tanto para quienes solo quieran una visión condensada de la materia, como para aquellos que buscan refrescar conocimientos. Es quizás aquí donde cabría ubicar este pequeño libro del prolífico novelista y divulgador Isaac Asimov, englobado dentro de la popularmente denominada “Historia Universal Asimov” que comprende catorce volúmenes con la pretensión de acercar al gran público la historia de una manera sencilla y amena pero rigurosa. Y eso es justo lo que encontraremos en este breve tomo acerca del Imperio Romano, menos de 300 páginas que abarcan desde los inicios del Principado con Augusto hasta el establecimiento de los reinos germánicos y la desaparición de la parte occidental del imperio en el último tramo del siglo V. 

Asimov divide el libro en diez capítulos que, por orden cronológico, cubren toda la época imperial, asignando cada uno a un emperador o a su dinastía (linaje de Augusto, Vespasiano, Nerva, Severo, etc). Dedica una extensión variable a cada emperador, según su importancia y logros, describiendo brevemente las circunstancias en que accedió al trono, los hechos principales de su reinado y el final del mismo. Se atiene para ello a los datos aportados por la historiografía romana clásica, aunque ello no impide que, a veces, incluya opiniones o pareceres de su propia cosecha, tildando por ejemplo de “biografías chismosas” los escritos de Suetonio sobre las vidas de los Césares o matizando con argumentos las creencias establecidas sobre la crueldad de emperadores con mala prensa como Tiberio o Domiciano. A lo largo del texto incluye también epígrafes referidos a la vida cultural de cada período y cita a los autores más relevantes y sus obras, sean historiadores como el citado Suetonio, Tácito o Flavio Josefo, escritores como Plutarco o Apuleyo, hombres de ciencia  como Galeno o Plinio el Viejo o filósofos como el mismo Marco Aurelio, Séneca, Plotino o Boecio. Asimov dedica un espacio importante a la historia del pueblo judío bajo el imperio y al nacimiento y desarrollo del cristianismo, sobre todo en la época de Tiberio y más aún a partir de Diocleciano, ligándolo de manera definitiva al devenir del imperio a partir de Constantino y el Edicto de Milán.

En cuanto a la decadencia y posterior desaparición del imperio romano de Occidente, Asimov las atribuye a una combinación de factores que comienza a tratar en el capítulo dedicado al período de anarquía que aconteció a partir del asesinato de Alejandro Severo. Según Asimov la causa principal de la anarquía residió en el hecho de que el ejército dominaba al Estado y ya no estaba, como antaño, unido por grandes ideales comunes. Cada vez más era reclutado en las provincias y entre las clases más desfavorecidas, y muchos de sus integrantes eran bárbaros. Prácticamente cualquier jefe legionario podía servirse de sus tropas para proclamarse emperador, y así surgieron una serie de emperadores que, casi invariablemente, morían en actos violentos al poco de acceder al trono. Esto, unido a las continuas guerras con Persia, la progresiva barbarización del ejército y el debilitamiento de las fronteras (con las consiguientes invasiones) y de la economía, y ligado al gobierno poco capaz de algunos emperadores, conduciría al colapso y desaparición del imperio romano en su parte occidental, a pesar de figuras tan importantes como Diocleciano, Constantino o Teodosio. Asimov se ocupa en el último capítulo de la organización de los diversos reinos germánicos occidentales y la consolidación de la parte oriental del imperio que daría lugar al futuro Imperio Bizantino. El libro incluye al final dos apéndices, uno con las principales genealogías imperiales y otro cronológico que comprende los principales eventos desde el 753 a. C., año 1 de la fundación de Roma, hasta el 493 d. C., cuando Teodorico I se apodera de Rávena y mata a Odoacro.

En definitiva, sin aspirar a ser, ni mucho menos, un texto de referencia, esta historia del Imperio Romano de Asimov constituye una exposición breve pero jugosa que cumple perfectamente su función de presentar, a grandes rasgos, el desarrollo histórico desde la proclamación de Augusto hasta la instauración de los reinos germánicos. El autor se sirve para ello de una prosa amena y rica en anécdotas y datos históricos curiosos, apta para el gran público pero sin renunciar nunca al rigor histórico.

 

EL IMPERIO ROMANO – Isaac Asimov. Alianza Editorial (el libro de bolsillo), 279 páginas, 1981 (2000: 1ª ed. en Humanidades).

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EL RUIDO DEL TIEMPO – Julian Barnes

9788433979551«… Un hombre, como miles de otros en la ciudad, aguardando su detención noche tras noche».

Uno de los episodios más notorios de la represión de las artes por el régimen soviético fue el que tuvo por víctima a Dmitri Shostakóvich, ocurrido a principios de 1936 (cuando el artista se aproximaba a la treintena). Dos años antes el compositor había estrenado su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, la que tuvo una buena acogida por parte del público y de la crítica especializada; la prensa soviética informaba orgullosamente de los aplausos que la obra cosechaba en el extranjero, incluso en el continente americano. No sin razón, Shostakóvich podía pensar que su carrera iba viento en popa, y que sus anteriores desencuentros con la maquinaria de control cultural de la Unión Soviética eran agua pasada. Sin embargo, la asistencia de Stalin a una representación de la ópera en el Bolshói desencadenó una vuelta de tornas como solía podía hacer el dictador. Un editorial del Pravda del 28 de enero –dos días después de que Stalin asistiera al teatro- llevaba el título de “Caos en vez de música”. Su contenido era una severísima reprobación de la ópera, a la que el artículo endilgaba los peores reproches que sobre una obra de arte podían recaer en el anómalo contexto soviético, en que los artífices empalidecían cuando les recaía el atroz sambenito: “formalismo”. O aquel otro de “enemigo del pueblo”, de uso más genérico. La virulencia del texto no llegaba al nivel de los años siguientes, con los juicios-espectáculo arreciando al máximo y en que los reproches darían paso a las acusaciones políticas, y éstas a las palabrotas del arroyo (reproducidas sin tapujos por la prensa); pero de su gravedad no cabía en absoluto dudar. En suma, Shostakóvich era acusado de practicar un esteticismo alejado de las tradiciones populares y de los problemas del momento, experimentando con formas musicales que desatendían las demandas y los gustos del pueblo soviético. Lady Macbeth de Mtsensk, se sugería, no sólo resultaba incomprensible, lo peor era que rezumaba un espíritu antisoviético. En adelante, los mismos que se habían deshecho en elogios de la ópera se apresuraron a denigrarla, declarándose desengañados por el editorial. 

Como cualquiera podía en aquel entonces adivinar, el editorial debía su inspiración –si es que no su autoría- a Stalin, y su significado estaba claro: el compositor, que ya antes había sido acusado de desviacionismo cultural, debía recuperar el buen camino señalado por las autoridades, o bien atenerse a las consecuencias. Una amenaza apenas velada como ésta podía encoger los temples mejor forjados, y toda la intrepidez que pudiera bullir en el ánimo de Shostakóvich atañía únicamente a la manera de desplegar su talento creativo. No tenía madera de mártir, ni había por qué exigirle un sacrificio que pocos, hoy como ayer, estarían dispuestos a enfrentar. Escarmentado, cedió el compositor a la crítica, y por buen tiempo abandonó u ocultó sus tentativas innovadoras. Al año siguiente estrenó una sinfonía, la Quinta, más acorde con los requerimientos del régimen, destinada a un público masivo y surcada de melodías fáciles de retener. La vida y la prolífica trayectoria profesional de Shostakóvich estarán en lo sucesivo jalonadas de concesiones al Poder así como de numerosos reconocimientos oficiales, envenenados éstos pues mermaron su prestigio de cara al exterior. No intentó desertar la vez que fue llevado a los EE.UU. en representación de la cultura soviética, en 1949; nunca será un opositor, nunca alzará la voz para denunciar al régimen; en vez de esto, se plegará dócilmente a la condena pública de disidentes como Alexandr Solzhenitzyn y Andréi Sájarov. «Todo el mundo siempre había querido de él más de lo que podía dar –escribe Julian Barnes-. Pero lo único que él siempre había querido darles era música».

El ruido del tiempo es la novela más reciente de Barnes, uno de los mejores representantes de las letras británicas en las últimas décadas. Su eje temático es el de la relación de Shostakóvich con el poder soviético, suficientemente problemática como para haber estado el músico en la picota cada cierto tiempo, a pesar de su escasa o nula proclividad a la rebeldía: pocos artistas de verdadero genio como Shostakóvich se mostraron tan prestos a condescender con la línea oficial de la URSS, en artes como en otras cuestiones de interés público. Pero en la época del Gran Terror nadie podía considerarse a cubierto de la paranoia estalinista, y la nueva oleada de persecuciones desatada a fines de los 40 puso en alerta, una vez más, a la entera población. Si tras la arbitrariedad sistemática había una lógica, era una que desafiaba la cordura, además de dar al traste con el escaso sentido de normalidad y estabilidad que hubiese podido desarrollar la sociedad soviética. Ciertamente, el control por medio del terror –cíclicamente dispensado- era un mecanismo invaluable para la perpetuación del estalinismo, y funcionaba. Durante las rachas del terror, millones de personas se veían abocadas a un temor casi sobrenatural a la noche, cuando los agentes de los órganos de seguridad salían a la caza de sus víctimas. No es disparatado imaginarse a Shostakóvich como nos lo muestra Barnes en los días de las grandes purgas: esperando cada noche ser arrastrado por los hombres del NKVD, disimulando apenas su pánico para no provocar el de su esposa, desvelada junto a él, y sufriendo durante el día la pesadilla de que se llevaban a su familia, su mujer y su hija… Fue durante la noche que detuvieron al mariscal Tujachevski, el “Napoleón rojo”, quien había asumido la protección del prometedor músico. En la noche apresaron a una de las joyas vivientes de la poesía rusa, Ósip Mandelstam, lo mismo que al renombrado novelista Boris Pilniak. En la noche caería Isaak Bábel, autor de Caballería Roja. En la noche, muchos años atrás, apresaron al joven compositor Mijaíl Kvadri, amigo de Shostakóvich (pereció ejecutado). La noche era la hora predilecta de los lobos. No tenía motivos Shostakóvich para creerse a salvo puesto que ni su protector –Tujachevski-, ni su talento ni su renombre internacional lo resguardaban de la voracidad del régimen.

Lejos de ser una novela biográfica en términos convencionales, El ruido del tiempo se enfoca en momentos escogidos de la vida de Shostakóvich, privilegiando con largueza las reflexiones y los estados emocionales por sobre la reconstrucción minuciosa de acontecimientos. Navegando entre la introspección y una suerte de impresionismo empapado de leve ironía, la de Barnes es una novela que no glorifica al compositor soviético ni lo absuelve de sus flaquezas, y aunque se cuide de condenarlo con excesiva acritud, no vacila en exhibirlo en toda su humana vulnerabilidad, sometido siempre al monstruoso poder enquistado en el Kremlin. Claramente, no es un héroe el que retrata nuestro escritor. Hay pues una cierta distancia que éste cultiva respecto del protagonista y que impregna a la novela de un aire de austeridad emotiva que, en lugar de mermar sus cualidades, atestigua el buen hacer del autor: Barnes elude el patetismo, y se las arregla para que el lector nunca pierda de vista el dramático sentido de lo que está en juego: la conciencia no solo del artista sino del individuo en general, atenazado por la fuerza poco menos que incontrarrestable del totalitarismo. Sin necesidad de abundar en recriminaciones explícitas ni de cargar las tintas, la condena se la llevan el sistema político y los hombres que sometieron a un inmenso país a un régimen de opresión y humillación, un régimen de persistente quebrantamiento moral del ser humano.

Una notable novela, que mantiene en alto la estrella de su autor.

– Julian Barnes, El ruido del tiempo. Anagrama, Barcelona, 2016. 206 pp.

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RECUERDOS DEL FUTURO – Erich Von Däniken

892Con este paradójico y sugestivo título se daba a conocer, allá por finales de los 60, un curioso personaje de sonoro nombre, hostelero suizo para más señas, reconvertido en investigador y divulgador de, llamémoslo así, anomalías históricas y fenómenos no explicados. No fue el primero pero sí seguramente uno de los de más éxito de una saga de escritores en la que figuran nombres como Charles Berlitz, Peter Kolosimo, Immanuel Velikovsky, Andreas Faber-Kaiser, J.J. Benítez y otros muchos. Hoy en día, a sus 81 años y con cerca de treinta libros escritos, sigue defendiendo sus polémicas tesis acerca de las visitas alienígenas a la Tierra en épocas remotas y las explicaciones que ha dado del origen de ciertas piezas arqueológicas, según él no suficientemente bien documentado por la ciencia oficial. 

Recuerdos del futuro apenas sobrevive hoy en el mercado de segunda mano y en las ferias de libros antiguos y de ocasión y es relativamente fácil de encontrar en la edición de la ya desaparecida colección “Otros Mundos”, con su característica cubierta verde. Básicamente, la tesis principal de esta obra es que razas extraterrestres visitaron la Tierra en la remota antigüedad y sus miembros fueron tomados por dioses, dando origen así a las distintas religiones. Basándose en similitudes existentes entre antiguos escritos y epopeyas como el Gilgamesh de los sumerios o el Majabhárata hindú, y en ciertos libros del Antiguo Testamento como el de Ezequiel o el relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra, concluye que los autores fueron testigos de la llegada de los “dioses” en estruendosas naves espaciales aureoladas de fuego, capaces de desplazarse por el aire y el espacio. Consecuentemente, estas visitas habrían dejado huellas de su paso en forma de artefactos y construcciones muy avanzados para su época y que, según el autor, sólo se explican por la influencia de tecnología extraterrestre, a pesar de que la arqueología y la Historia dan, en la mayoría de los casos, una explicación racional y plausible.

Así pues, a lo largo de las páginas del libro, Von Däniken nos lleva por toda clase de vestigios históricos, desde las ciudades de Tiahuanaco y Sacsayhuamán, en Bolivia y Perú respectivamente, hasta las pirámides egipcias, pasando por las ruinas mayas, las famosas líneas de Nazca y los moais de la Isla de Pascua. Según afirma, todas estas grandiosas manifestaciones arquitectónicas y escultóricas comparten la imposibilidad de su realización por manos humanas, así que debieron contar con ayuda extraterrestre. Por supuesto, hay también otros indicios, como los llamados “ooparts” (out of place artifacts en inglés), objetos fuera de contexto histórico y que son de todo tipo: supuestas representaciones de aviones modernos como el pájaro de Saqqara, el pilar de hierro de Delhi apenas oxidado tras más de 1500 años, las supuestas lámparas de Dendera (Egipto) que representarían bombillas en pleno siglo IV a. de C., la famosa representación del “astronauta de Palenque”, un personaje maya pilotando lo que semeja una nave espacial, las figuras Dogū japonesas que parecen extraños astronautas, el mapa del almirante otomano Piri Reis con sus representaciones de tierras desconocidas en su época o, en fin, las perfectamente pulidas y enormes esferas precolombinas de Costa Rica. Todos estos y otros muchos objetos y representaciones comparten un rasgo común que permite asimilarlos fácilmente a las fantásticas teorías de Von Däniken y demás autores de la misma línea: su ambigüedad, que hace que uno quiera ver con ojos actuales y, por tanto, deformantes, lo que en el pasado era algo perfectamente lógico para los contemporáneos, como astronautas en lugar de figuras de demonios, pistas de aterrizaje en lugar de senderos rituales o aviones en vez de representaciones estilizadas de aves y peces.

Por lo demás, el estilo del autor resulta algo farragoso y repetitivo, alternando continuas enumeraciones de los citados vestigios históricos inexplicables con interpolaciones de textos antiguos a modo ilustrativo, numerosas críticas a la miopía intelectual de los científicos y estudiosos de la Historia, datos y estadísticas astronómicas y opiniones propias y ajenas sobre los temas tratados, incluyendo una breve entrevista a Wernher Von Braun en la que este manifiesta que el ser humano estaría en condiciones de alcanzar Marte en los años 80, aunque, como era de esperar, se muestra muy cauteloso acerca de lo referente a la vida alienígena inteligente tal y como la plantea el autor. Además, al menos en la edición que he manejado, no se incluye ni una sola fotografía, esquema o ilustración, algo elemental al tratar estas materias. A pesar de todo, este libro resultó ser un auténtico best seller en su momento en muchos países y se ha convertido en libro de culto para los aficionados a los temas de misterio. Von Däniken y otros autores escribirían muchos más libros del mismo tenor, pero Recuerdos del futuro fue de los primeros y permanece como ejemplo de una visión alternativa de la Historia y las religiones que, pese a sus incongruencias y falta de rigor científico, ha cautivado a muchísima gente y se ha convertido casi en un icono de la cultura popular.

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RECUERDOS DEL FUTURO, Erich Von Däniken. Plaza & Janés, col. “Otros mundos”, 254 páginas, 1970.

 

LOS HERMANOS OPPERMANN – Lion Feuchtwanger

9788441435278Con frecuencia asimilados, amorosamente identificados con lo alemán y tan embebidos de orgullo patrio como sus compatriotas, los mal llamados “arios”; distantes en lo emocional, lo social y lo cultural de sus correligionarios los judíos del este; escépticos ante la posibilidad de que la civilizada Alemania incurriese en actos de barbarie como los pogromos, tan propios de la atrasada Rusia; habituados, por otra parte, a los arrebatos de agitación antisemita, que consideraban una fatalidad de ocurrencia cíclica, sí, pero esporádica y fugaz: incluso en la proliferación de señales de lo que estaba por suceder, a comienzos de los años treinta, la mayoría de los judíos alemanes se creían a salvo de la terrible amenaza que se cifraba en el ascenso de los nazis, de cuyo arraigado antisemitismo no cabía dudar (ni siquiera porque su líder, hábil táctico además de ideólogo, hubiese morigerado su verborrea judeófoba). El sionismo solía parecerles una idea estrambótica; ¿qué podía ofrecer la perspectiva de un estado hebreo en el desierto palestino, comparada con la pertenencia a un país como Alemania?; ¿qué más representativo del sentir de la mayor parte de los judeo-alemanes que la frase del archiasimilado Walther Rathenau: “Que sean otros los que se vayan a fundar un reino en Asia; Palestina no nos atrae para nada”? Ni siquiera el fatídico 30 de enero de 1933, cuando Hitler accedió a la Cancillería, les hizo vacilar en su subestimación del peligro; después de todo, los nazis no monopolizaban el gobierno (bien que se tardarían poco en hacerlo), y la común opinión era que los conservadores sabrían domeñarlos y manipularlos sin dificultad. En verdad, no era una bicoca el considerar seriamente una alternativa tan radical como la emigración, esto es, el autoexilio, que supone enajenarse la tierra firme que se ha pisado toda la vida, arrojándose a las simas de lo extraño y a la bruma de la inseguridad. ¡Someterse por cuenta propia a los rigores materiales y espirituales del desarraigo! Se dice fácil, hacerlo es otra cosa. Negarse a la cruda realidad o abandonarse al fatalismo eran opciones más llevaderas; además, lo que hubiere de ocurrir no resultaría peor que los estallidos de judeofobia del pretérito: la historia de los judíos europeos era una genuina escuela de resignación… Judíos o no judíos, pocos como Lion Feuchtwanger, por entonces una de las figuras más prestigiosas de las letras germanas, podían preciarse de haber sondeado y expuesto la profundidad del mal hitleriano, finalizado 1933. Su novela Los hermanos Oppermann, publicada el mismo año, es una prueba cabal de su capacidad de observación y de su compromiso con la verdad. 

Los que dan título a la obra son cuatro hermanos, tres varones y una mujer, judíos perfectamente germanizados y pertenecientes a la alta burguesía berlinesa. Pero es uno de ellos el que asume el protagonismo: se trata de Gustav Oppermann, que en noviembre de 1932 cumple cincuenta años y puede considerarse en la plenitud de la vida. Nominalmente es director general de una boyante empresa, Muebles Oppermann, conocida en toda Alemania, pero su verdadero trabajo –el que acapara su tiempo y el que proporciona sentido a su existencia- es de índole intelectual. Ha publicado estudios referidos a la literatura del siglo XVIII y se halla embarcado en una biografía de Lessing; además, tiene algo de mecenas, pues un poeta y un erudito deben el impulso de sus carreras a su solícita protección. Es un hombre de mundo, y su amor por las letras no le impide apreciar los placeres sensuales, afortunado como ha sido y sigue siendo en su relación con el sexo femenino. Los hermanos de Gustav disfrutan también del éxito. Martin es el responsable efectivo de la empresa familiar, Edgar es un médico de reputación internacional y Klara es la esposa de un avisado hombre de negocios, judío oriental que en previsión de posibles desgracias ha adquirido la ciudadanía estadounidense. Las relaciones sociales de la familia componen un círculo de gentes prósperas, no todas ellas de origen judío. De hecho, la novela, aunque provista de un protagonista bien definido, constituye un cuadro social bastante amplio en que se multiplican –ponderadamente- los personajes, individuos de muy distinta condición y diversa suerte: en esta variedad despliega Feuchtwanger sus artes representativas, condensando un instante histórico de tremendo dramatismo y ominosas consecuencias.

Cabe destacar entre los personajes secundarios al adolescente Berthold Oppermann, hijo de Martin, y a Markus Wolfson, veterano empleado de Muebles Oppermann. Berthold es un inteligente y aplicado estudiante, aficionado a la literatura y la historia. En el año de su graduación de la secundaria, sufre el acoso de un profesor recién llegado al instituto, un tal Vogelsang, seguidor incondicional de Hitler y antisemita furibundo. Este sujeto aspira a depurar el establecimiento (el sistema educacional, idealmente) del “eterno elemento disgregador”, los judíos, propósito en que se siente confirmado por la presencia de Berthold, que inopinadamente ha llegado a la tesitura de desafiar al profesor. Por su parte, Wolfson, otro judío, es un vendedor de destreza reconocida por sus jefes, pero soporta la desgracia de tener por vecino a un “camisa parda” al que no le van las sutilezas. La arquitectura novelística es impecable. Feuchtwanger erige un armazón narrativo compuesto de distintas esferas sociales y de circunstancias enteramente disímiles, todas las cuales confluyen en el objetivo de ilustrar una atmósfera social enrarecida y preñada de malos augurios para los judíos, quienes se ven enfrentados a una escalada de calamidades desde el momento en que Hitler se enquista en el poder. Las desgracias padecidas por Berthold y por Markus Wolfson son apenas una muestra de las que hubieron de enfrentar los judíos alemanes, aquel aciago año de 1933 –solo el anticipo de horrores sin parangón.

Conforme expone el autor en su novela, la consolidación de la hegemonía nazi equivale a que la dignidad y el sentido de la decencia desciendan a cotas mínimas. Por miedo o por oportunismo, muchos alemanes rompen con sus compatriotas judíos, colegas, vecinos o amigos a quienes ayer dispensaban los mejores dones del decoro y la civilización. La competencia empresarial se torna más desleal que nunca, pues no pocos entre los industriales y comerciantes esgrimen en su propio provecho las consignas antijudías. Comienza, por demás, la progresiva “arianización” de la economía nacional, que en buenos términos significa despojar a los judíos de sus negocios. La segregación social, laboral y cultural progresará por etapas, de momento todavía pueden los judíos ilusionarse con una remisión de la oleada antisemita. ¿No ha ocurrido así siempre, según exhibe la historia? Con todo, ninguno de ellos, rico o pobre, deja de sentirse abocado a la opción de emigrar, por inalcanzable que fuere. La esposa de Markus Wolfson no deja de espolearlo en la dirección de la huida. Una joven y resuelta prima de Berthold, sionista precoz, hace de Palestina su nuevo hogar. Con el infortunio cerniéndose sobre la familia Oppermann, Gustav, cuya mundanidad corre pareja con su profunda alemanidad (el idioma alemán, por de pronto, acuna cálidamente su alma, siéndole de todo menos un artículo ornamental), decide hacer caso de las advertencias de sus allegados y emigra a Suiza. Aun así, no deja de considerar este paso como una medida provisional. La proximidad con su amada Alemania es una constante tentación a echar marcha atrás, y de esto resultará una fatalidad en que tendrán gran parte la ceguera y la imprudencia del personaje.

En definitiva, la novela de Feuchtwanger se alza como una ardiente denuncia de la incipiente barbarie nazi y como acusación de la complicidad en que incurrieron tantos de los conciudadanos del autor. Obra de equilibrada construcción, envolvente y cautivante por el pulso de su trama y por la importancia intrínseca de su trasfondo histórico, Los hermanos Oppermann mantiene todo el interés del día de su publicación original.

– Lion Feuchtwanger, Los hermanos Oppermann. EDAF, Madrid, 2015. 365 pp.

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Hislibris – Libros de Historia, libros con Historia 2016-09-13 12:12:29

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