{"id":153,"date":"2022-11-19T09:34:27","date_gmt":"2022-11-19T09:34:27","guid":{"rendered":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/bibliotecadeliesjuangoytisolo\/?p=153"},"modified":"2022-11-19T09:37:22","modified_gmt":"2022-11-19T09:37:22","slug":"la-caida","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/bibliotecadeliesjuangoytisolo\/2022\/11\/19\/la-caida\/","title":{"rendered":"LA CA\u00cdDA"},"content":{"rendered":"<p class=\"has-text-align-justify\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-152\" src=\"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/bibliotecadeliesjuangoytisolo\/files\/2022\/11\/Virgilio-Pi\u00f1era.jpg\" alt=\"\" width=\"268\" height=\"188\"><strong>Hab\u00edamos escalado ya la monta\u00f1a de tres mil pies de altura. No para enterrar en su cima la botella ni tampoco para plantar la bandera de los alpinistas denodados. Pasados unos minutos comenzamos el descenso. Como es costumbre en estos casos, mi compa\u00f1ero me segu\u00eda atado a la misma cuerda que rodeaba mi cintura. Yo hab\u00eda contado exactamente treinta metros de descenso cuando mi compa\u00f1ero, pegando con su zapato de p\u00faas met\u00e1licas un rebote a una piedra, perdi\u00f3 el equilibrio y, dando una voltereta, vino a quedar situado delante de m\u00ed. De modo que la cuerda enredada entre mis <\/strong><strong>dos piernas, tiraba con bastante violencia oblig\u00e1ndome, a fin de no rodar al abismo, a encorvar las espaldas. Su resoluci\u00f3n no era descabellada o absurda; antes bien, respond\u00eda a un profundo conocimiento de esas situaciones que todav\u00eda no est\u00e1n anotadas en los manuales. El ardor puesto en el movimiento fue causa de una ligera alteraci\u00f3n: de pronto advert\u00ed que mi compa\u00f1ero pasaba como un b\u00f3lido por entre mis piernas y que, acto seguido, el tir\u00f3n dado por la cuerda amarrada como he dicho a su espalda, me volv\u00eda de espaldas a mi primitiva posici\u00f3n de descenso. Por su parte, \u00e9l, obedeciendo sin duda a iguales leyes f\u00edsicas que yo, una vez recorrida la distancia que la cuerda le permit\u00eda, fue vuelto de espaldas a la direcci\u00f3n seguida por su cuerpo, lo que, l\u00f3gicamente, nos hizo encontrarnos frente a frente. No nos dijimos palabra, pero sab\u00edamos que el despe\u00f1amiento ser\u00eda inevita<\/strong><strong>ble. En efecto, pasado un tiempo indefinible, comenzamos a rodar. Como mi \u00fanica preocupaci\u00f3n era no perder los ojos, puse todo mi empe\u00f1o en preservarlos de los terribles efectos de la ca\u00edda. En cuanto a mi compa\u00f1ero, su \u00fanica angustia era que su hermosa barba, de un gris admirable de vitral g\u00f3tico, no llegase a la llanura, ni siquiera ligeramente empolvada. Entonces yo puse todo mi empe\u00f1o en cubrir con mis manos aquella parte de su cara cubierta por su barba; y \u00e9l, a su vez, aplic\u00f3 las suyas a mis ojos. La velocidad crec\u00eda por momentos, como es obligado en estos casos de los cuerpos que caen en el vac\u00edo. De pronto mir\u00e9 a trav\u00e9s del liger\u00edsimo intersticio que dejaban los dedos de mi compa\u00f1ero y advert\u00ed que en ese momento un afilado picacho le llevaba la cabeza, pero de pronto hube de volver la m\u00eda para comprobar que mis piernas quedaban separadas de mi tronco a causa de una roca, de origen posiblemente calc\u00e1reo, cuya forma dentada cercenaba lo que se pon\u00eda a su alcance con la misma perfecci\u00f3n de una sierra para planchas de transatl\u00e1nticos. Con alg\u00fan esfuerzo, justo es reconocerlo, \u00edbamos salvando, mi compa\u00f1ero su hermosa barba, y yo, mis ojos. Es verdad que a trechos, que yo liberalmente calculo de unos cincuenta pies, una parte de nuestro cuerpo se separaba de nosotros; por ejemplo, en cinco trechos perdimos: mi compa\u00f1ero, la oreja izquierda, el codo derecho, una pierna (no recuerdo cu\u00e1l), los test\u00edculos y la nariz; yo, por mi parte, la part<\/strong><strong>e superior del t\u00f3rax, la columna vertebral, la ceja izquierda, la oreja izquierda y la yugular. Pero no es nada en comparaci\u00f3n con lo que vino despu\u00e9s. Calculo que a mil pies de la llanura, ya s\u00f3lo nos quedaba, respectivamente, lo que sigue: a mi compa\u00f1ero, las dos manos (pero s\u00f3lo hasta su carpo) y su hermosa barba gris; a m\u00ed, las dos manos (igualmente s\u00f3lo hasta su carpo) y los ojos. Una ligera angustia comenz\u00f3 a poseernos. \u00bfY si nuestras manos eran arrancadas por alg\u00fan pedrusco? Seguimos descendiendo. Aproximadamente a unos diez pies de la llanura la p\u00e9rtiga abandonada de un labrador enganch\u00f3 graciosamente las manos de mi compa\u00f1ero, pero yo, viendo a mis ojos hu\u00e9rfanos de todo amparo, debo confesar que para eterna, memorable verg\u00fcenza m\u00eda, retir\u00e9 mis manos de su hermosa barba gris a fin de protegerlos de todo impacto. No pude cubrirlos, pues otra p\u00e9rtiga colocada en sentido contrario a la ya mencionada, enganch\u00f3 igualmente mis dos manos, raz\u00f3n por la cual quedamos por primera vez alejados uno del otro en todo el descenso. Pero no pude hacer lamentaciones, pues ya mis ojos llegaban sanos y salvos al c\u00e9sped de la llanura y pod\u00edan ver, un poco m\u00e1s all\u00e1, la hermosa barba gris de mi compa\u00f1ero que resplandec\u00eda en toda su gloria.&nbsp;<\/strong><\/p>\n<p><strong>Virgilio Pi\u00f1era \/<em> Cuentos fr\u00edos<\/em>, 1956<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hab\u00edamos escalado ya la monta\u00f1a de tres mil pies de altura. No para enterrar en su cima la botella ni tampoco para plantar la bandera de los alpinistas denodados. 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