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Análisis y comentario soneto V Garcilaso

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Escrito está en mi alma vuestro gesto,

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribisteis, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

 En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

 Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma mismo os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero.

Se trata de uno de los poemas en los que Garcilaso alude a su amor por Isabel Freire, dama de la corte portuguesa a la que ama con locura. Ella, como musa literaria, marcará los vaivenes sentimentales de su poesía. Será su norte, su estrella, su razón de ser.

Garcilaso encarna el perfecto cortesano del Renacimiento: soldado, hombre de palacio, poeta y amante. Es decir, hombre de armas y de letras.

En este poema, se reflejan unos sentimientos que guardan un gran equilibrio (es decir, nada de exageraciones o arrebatos); y las ideas platónicas sobre el amor también quedan patentes en el texto (amor platónico e ideal, amor superior).

El tema es, evidentemente, el amor. Ese amor platónico e ideal, un amor de naturaleza superior y arrebatador.

Se trata de un soneto petrarquista clásico, formado por dos cuartetos más dos tercetos con rima consonante ABBA ABBA CDE CDE.

En los cuartetos se nos muestra la importancia de este amor con dos metáforas: 1. el alma como papel en el que la amada escribe y 2. la amada como motivo de fe, al igual que Dios.

En los tercetos esta idea se refuerza mostrando el poeta que su existencia sólo tiene sentido por su amada.

Primer cuarteto:

 Escrito está en mi alma vuestro gesto,

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribisteis, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

Nos encontramos con la aliteración del sonido /S/: debemos pensar que el poeta está revelando un secreto en voz baja, susurrando casi, ya que se trata de algo que no quiere revelar ni a la misma amada.

 En este primer cuarteto, aparece la metáfora más audaz y original del poema: el alma del poeta como papel donde la amada va plasmando los sentimientos que dan origen al poema («escrito está en mi alma vuestro gesto»). El poeta entonces ha interiorizado y es un reflejo de la amada, que dicta las palabras de este poema («vos sola lo escribisteis»). Es esta una idea del amor platónico, esto es, superior e ideal; mujer como ideal a la cual rendir vasallaje y adoración.

Segundo cuarteto:

En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

Este segundo cuarteto se halla entrelazado al primero a través de una anadiplosis (repetición de la última palabra de un verso y la primera del siguiente) con el fin de no abandonar el tema: el poeta hace hincapié en la permanencia eterna de este sentimiento mediante la repetición del verbo estar y el adverbio siempre. La metáfora alcanza aquí un nuevo plano casi místico, puesto que el poeta está extasiado por su dama, al igual que los cristianos lo están o estamos ante Dios («de tanto bien (..) tomando ya la fe por presupuesto»). Y al igual que los cristianos, la fe es ciega e irracional (tópico amoroso): no se entiende, pero se cree.

 Nos encontramos con una hipérbole que señala que es tan grande («de tanto bien») la presencia de la amada que el alma del poeta no puede asimilarla (visión cristiana de Dios).

 Primer terceto:

Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma mismo os quiero.

Aquí hay un giro, pues mediante una nueva hipérbole en el primer verso («yo no nací sino para quereros») el poeta aparece sin libertad, predestinado a querer eternamente a esta mujer, mostrándose otra vez una estrecha relación con el cristianismo, que entiende que el hombre existe para amar a Dios, aunque el cristiano es más libre que Garcilaso en este poema. Esta falta de libertad queda también reflejada en una personificación, la del alma que, con autonomía propia, sin la participación de la voluntad del poeta, no copia ni calca ya, sino que se recorta a sí misma siguiendo el patrón de la amada.

 Segundo terceto:

Cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero.

Es ya al final del poema cuando el sentimiento desborda el equilibrio del amor renacentista. Si bien el poeta debe la vida a su amor, este, a su vez, le da la muerte. Estos dos magníficos últimos versos están construidos sobre la anáfora y el paralelismo y dos imágenes antitéticas: la vida y la muerte.

Conclusión: Tenemos entonces una clara y bella muestra de lo que fue el amor cortesano y renacentista, aunque con reminiscencias de la canción castellana del siglo anterior: el sufrimiento y muerte voluntarios del enamorado. Garcilaso superó a Petrarca en saber desvelar elegantemente sus pasiones y sentimientos, dando muestras de su maestría en la construcción de sonetos, pues aunque es una estrofa muy rígida, aparece (casi) en todo momento equilibrada y fluida.

IN MEMORIAM

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No sois vosotras, ricas aguas

de oro, las que corréis

por el helecho, es mi alma.

Aguas de oro, como las describe Juan Ramón Jiménez, reflejo onírico de una realidad que no termina en los estrechos márgenes del cuerpo, sino que se dilata, con una acuosidad de esperanza, en los extensos –e imaginados- cauces del alma, allá donde discurre ufana y libertina, trascendiendo el tiempo, el decrepitar de la forma, el cuerpo azotado y humillado por arrugas y achaques.

No sois vosotras, frescas alas

libres, las que os abrís

al iris verde, es mi alma.

Allí, en aquel departamento de tecnología, a solo unos días del deceso de su progenitor, Federico aducía esperanzas que, conforme las desgranaba, caían en pedazos sobre el inflexible abismo de lo inevitable. Habló de una vida, la de su padre, cuya llama hubiera deseado inextinguible. Pero, lenta e inexorablemente, se iba apagando. Y en cada recuerdo, y en cada análisis, surgía la sospecha del desenlace último, que se presumía inminente: la llama mortal, alas libres hacia el iris verde de la nada.

No sois vosotras, dulces ramas

rojas, las que os mecéis

al viento lento, es mi alma.

Lograr la armonía plena, estética y vital, como unas ramas mecidas por un viento lento. Así concibió Juan Ramón Jiménez este asomo a un abismo de plenitud, que lejos de ser una paradoja no es, Federico, sino un equilibrio más o menos imperfecto en donde nuestro vivir, tan impreciso como fortuito, se balancea. La dicotomía entre el hombre y el mundo, entre la vida y la muerte, entre el padre y el hijo, no es tal bajo la mecedora brisa del recuerdo. Porque hay algo, amigo Federico, que la muerte no podrá arrebatarte: el viento del recuerdo al que alude el poeta español de Moguer, el viento que te susurrará en tiempos muertos y espacios baldíos, ese mismo viento que logrará infiltrarse entre rendijas y heridas abiertas para hablarte de tu padre, o acaso sea tu mismo padre quien se acercara a decirte algo.

No sois vosotras, claras, altas

voces las que os pasáis

del sol que cae, es mi alma.

El sol que cae, última estación del día. Voces que ya anuncian la noche, ocasos donde la luz se despide por siempre.

letum non omnia finit,
luridaque euictos effugit umbra rogos.
[«la muerte no acaba con todo
y una sombra pálida vence a la pira y sobrevive»
, Propercio, Elegías, IV, VII].

Romance de la gentil dama y el rústico pastor

En el grandioso elenco de Romances, donde hallamos temas de todo tipo: épicos, históricos o noticieros, líricos, novelescos, etc.), comentaremos el titulado Romance de la gentil dama; cantado por Joaquín Sabina. A continuación del poema, realizaremos un Comentario Literario que constará de los siguientes apartados:

-Movimiento y género literario.

-Argumento.

-Métrica.

-Análisis del contenido y de la forma.

-Conclusiones y valoración.

 

ROMANCE DE LA GENTIL DAMA Y DEL RÚSTICO PASTOR

Estáse la gentil dama
paseando en su vergel;
los pies tenía descalzos,
que era maravilla ver;
hablárame desde lexos,
no le quise responder.
Respondíle con gran saña:
– Qué mandáys, gentil mujer?
Con una voz amorosa
comenzó de responder:
– Ven acá, el pastorcico,
si quieres tomar placer;
siesta es de medio día,
y ya es hora de comer;
si querrás tomar posada
todo es a tu placer.
– No era tiempo, señora,
que me haya de detener,
que tengo mujer e hijos,
y casa de mantener,
y mi ganado en la sierra
que se me iba a perder,
y aquellos que lo guardan
no tenían qué comer.
– Vete con Dios, pastorcillo,
no te sabes entender;
hermosuras de mi cuerpo
yo te las hiciera ver:
delgadita en la cintura,
blanca so como el papel;
la color tengo mezclada;
como rosa en el rosel;
las teticas agudicas,
que el brial quieras hender;
el cuello tengo de garza
los ojos de un esparver;
pues lo que tengo encubierto
maravilla es de lo ver.
– Ni aunque más tengáis,
señora, no me puedo detener.

Movimiento y género literario.

Nos hallamos ante un romance viejo, de autor anónimo, fechado en el siglo XVI. Los romances se compusieron en la Edad Media y se transmitieron de forma oral de generación en generación. Ya a finales del siglo XV y durante el XVI, abundarán las colecciones de romances, y se afianzará una de las manifestaciones más genuinas de la literatura tradicional española: el Romancero.

Argumento.

El romance conocido como Romance de la gentil dama y del rústico pastordesarrolla un asunto novelesco. Este tipo de romances alcanzan cotas de originalidad y valor literario. Fruto de la invención, no se inspiran en acontecimientos históricos ni en ciclos literarios; son fruto del hacer colectivo y desarrollan leyendas universales y motivos folclóricos.

El tema, tan palmario como diáfano, es el rechazo sexual del pastor ante las acometidas persuasivamente carnales de su morbosa pretendienta. Impertérrito y digno ante las acometidas de tamaña beldad femínea, aduce como razones de su negativa su mujer, sus hijos y sus obligaciones de pastor.

Métrica

El romance está formado por una serie de octosílabos asonantados en los pares, fruto de la división en dos de los primitivos versos épicos de la juglaría. Se trata de la forma más común de los romances, ya que otras variantes (rima consonante o estribillo) no llegaron a cuajar.

Análisis del contenido y de la forma.

La estructura narrativa es bastante completa. Aunque exista truncamiento inicial (no sabemos quién es el pastor, ni el motivo por el que deambula –permítaseme la broma- una fermosa donzella tan calenturienta de amores, ¡ah, si ello fuera siempre así, cuántos se harían pastores!), el romance presenta tres partes bien definidas:

. Planteamiento. El pastor se encuentra andando, y se encuentra con la misteriosa dama que lo requebrará –en el Nudo- con su lujosa y corporal mercancía.

No hay que dejar pasar un detalle importante: la gentil dama se muestra ante el pastor con los pies descalzos, lo cual muestra que la fémina se hallaba abierta a cualquier relación esporádica en el monte.

. Nudo. Comienza con el diálogo (algo consustancial al género cancioneril), y termina prácticamente con el poema, salvo los dos últimos versos en los cuales el desenlace se reduce a una última respuesta del pastor, respuesta tan contundente como concisa, mientras se aleja de ella.

En este nudo, que no es otra cosa sino las razones aludidas por ella para que el pastor cediese a sus pretensiones carnales (la mayoría de hombres hubiera cedido con mucho menos), y las negativas del digno pastor que alude razones familiares y de responsabilidad para mantenerse incólume.

Entre las razones que alude ella de su belleza se encuentra “blanca so como el papel”; contrariamente a la época actual, en que se ha ensalzado como rasgo distintivo el bronceado, en la época medieval la piel blanca era el prototipo de belleza, símbolo de nobleza y de poder económico, al no tener que trabajar al sol como los villanos.

Podemos observar en el texto abundantes rasgos propios del estilo cancioneril:

. Carácter esencializador. Sólo las descripciones precisas para ambientar o presentar personajes, aunque la adjetivación –contrariamente a otros poemas- es relativamente abundante. Todo se reduce al máximo, potenciando de este modo el lirismo; por consiguiente, hay una tendencia a la condensación.

.Presentación dramatizada de los acontecimientosAbunda el diálogo en estilo directo. Incluso el final es oral y directo, pese a que ya no existe interlocutor textual, y el pastor parece haberse olvidado de nosotros, los lectores.

Conclusiones y valoración

El Romancero ha vivido durante siglos en la memoria del pueblo. Fue en los siglos XV y XVI cuando estas piezas se recogieron por escrito, por lo que muchas de ellas se conservaron. En estas obras podemos conocer personajes de nuestro pasado, costumbres, tradiciones, anécdotas divertidas y frescura narrativa y moral. La pervivencia del género es hoy cuestionada, ya que los modernos medios de comunicación, con su poderosa influencia para dictar gustos musicales y culturales están desplazando muchas otras formas orales de difusión cultural que son, como el pastor del romance, dignas de conservar.

Estructura deductiva; inductiva; paralelística

Estos son ejemplos muy simples de las diferentes estructuras en las que puede organizarse un texto:

  • Estructura deductiva. La idea principal se enuncia al principio, y a continuación se explica, se demuestra o se desarrolla. Ejemplo: Los avances científicos son sumamente beneficiosos para la humanidad. En primer lugar, porque permiten combatir numerosas enfermedades; y, en segundo lugar, porque hacen más cómoda nuestra existencia.
  • Estructura inductiva. La información más relevante se expone al final del párrafo y se presenta como conclusión de lo dicho anteriormente. Ejemplo: Los avances científicos permiten combatir numerosas enfermedades. Por otra parte, hacen más cómoda nuestra existencia. Podemos concluir, pues, que el desarrollo de la ciencia es sumamente beneficioso para la humanidad.
  • Estructura paralelística. El párrafo se organiza como una sucesión de ideas que no quedan subordinadas unas a otras. Ejemplo: Los avances científicos permiten combatir numerosas enfermedades. Por otra parte, hacen más cómoda nuestra existencia. Además, nos permiten soñar con un futuro en el que el ser humano será dueño absoluto de su destino. 

Kalipedia.

Miré los muros QUEVEDO

MIRÉ LOS MUROS (soneto, esquema ABBA ABBA CDE CDE)

Miré los muros de la patria mía,                         A

si un tiempo fuertes ya desmoronados          B

de la carrera de la edad cansados                      B

por quien caduca ya su valentía.                        A 

Salíme al campo: vi que el sol bebía                 A

los arroyos del hielo desatados,                         B

y del monte quejosos los ganados                     B

que con sombras hurtó su luz al día.                 A

Entré en mi casa: vi que amancillada               C

de anciana habitación era despojos,                D

mi báculo más corvo y menos fuerte.               E 

Vencida de la edad sentí mi espada,                 C

y no hallé cosa en que poner los ojos               D

que no fuese recuerdo de la muerte.                E

La decadencia de España aparece en este poema magistralmente enunciada mediante el símbolo de los muros desmoronados, muros de un tiempo ya pasado, muros de una valentía temporal que han demudado en decrépitos, fugaces cual tempus fugit.

El tiempo, el principal protagonista del drama barroco, aparece de modo palmario en el soneto, y con este, las tres notas que definen la idea quevedesca del vivir humano: su incertidumbre, su fugacidad y su inconsistencia. Y es que el tiempo es, con seguridad, con su prolongada espiral de trabajo monótono y repetitivo, con sus vueltas constantes, el verdadero guía, el único trillo capaz de transformar con impasible constancia los haces de antaño en parva molida. Y de él no escapa tampoco la decadencia personal, la lenta agonía que deja éste a su paso, que en el soneto podemos verla reflejada -por ejemplo- mediante la imagen del báculo torcido.

Y junto al tiempo -sin duda a consecuencia del mismo- el recuerdo de la muerte, la muerte misma, el llanto en las esquinas del olvido, la ceniza que queda, los despojos, la espada briosa ya vencida de la edad, el báculo corvo y el corvo báculo, el naufragio de tantas certidumbres, el derrumbe de dioses y de mitos, el desmoronamiento del muro, de la casa, los años transcurridos tan deprisa… La soledad impregna todo movimiento humano. El hombre se encuentra solo e indefenso ante el inexorable paso del tiempo. Bajo este prisma Barroco –y me atrevo a decir que desde todos los prismas de todos los tiempos- podría considerarse que el hombre es un condenado a muerte al que cada día se le regala un día más. Y todo ello –tiempo, fugacidad, soledad, muerte- bajo un mismo halo antitético y pesimista, tan recurrente en el Barroco hispano: muros fuertes/desmoronados, sombras/luz, más corvo/menos fuerte; elementos estos –junto al tiempo- afectados por animaciones y personificaciones que aportan verosimilitud al contenido del soneto: vencida de la edad, fuertes, valentía, anciana, bebía…

Resumiendo, tanto el tema del soneto –el paso del tiempo y las marcas inexorables que deja a su paso- como el empleo de la antítesis o contraste, refuerzan o, mejor dicho, atestiguan el carácter barroco del mismo. Resultaría asimismo manco no mencionar el carácter conceptista que hallamos en el poema; bien, a lo que vamos: el conceptismo en el poema lo ofrece la identificación entre los muros y la patria, la casa y el alma o el bastón y la propia naturaleza física de la persona.

 

Los email que nunca te envié

 

«Desde aquel día en que te vi por el retrovisor de mi coche, mientras la lluvia no cesaba en su intensidad, intuí que eras un personaje literario que valía la pena novelar” 

En esta frase logra compendiarse el principal argumento de la obra del catedrático y exdirector de la UNED en Valencia, D. Javier Paniagua: la literatura como sucedáneo –droga intelectiva que se necesita para vivir-, literatura como recurso intelectual de posesión del objeto deseado, literatura como bisturí de cirujano para llegar a un fondo abstracto donde extirpar la espina de la imposibilidad.

Y esa imposibilidad se recubre de palabras, expresión de un sueño inteligible, como una mano distante intenta alcanzar la escurridiza y nebulosa esencia.

Es esa esencia hecha de niebla, cuya textura podemos ver mediante el intelecto y la filosofía, pero cuya concreción pertenece al mundo más consuetudinario y práctico de la realidad. La literatura, como representación de esa realidad de relaciones humanas, es, sin duda, una representación galvanizada de subjetivismo, de platonismo, espejo donde se muestran los deseos, las esperanzas, las frustraciones.

Este libro del Profesor Paniagua, logra, además, no sólo mostrar el decurso temporal de toda esta teoría, sino también su resultado: finalmente, el autor de los e-mails, “Jonás Palermo”, contrariado por la reacción del objeto de su fascinación (“Azucena”) cuando es descubierto por ella como el autor anónimo de los e-mails, llega a decirle –apesadumbrado y golpeado por el trato real del que estaba siendo objeto- que era una niña mimada y que podía ser muy lista en las cuestiones académicas, pero poco en las sentimentales. Es el ego golpeado en su teoría literaria, en su representación de la realidad, como medio de apresamiento de una realidad escurridiza, que termina volviéndose contra su creador.

El lirismo o fascinación por la mujer que presenta nuestro protagonista autodiegético y omnisciente, su carencia de practicidad, choca frontalmente, como una antítesis no solo estilística, sino también actitudinal, cuando, reunido con sus amigos (profesores universitarios como él) en una terraza, éstos, enterados de sus andanzas con aquella profesora universitaria, le reprochan su conducta tan poco práctica: “Pero, tío, encima no te la has tirado. Eres gilipollas. Te estás volviendo un espiritualista. Pero, joder, ¿cómo puedes perder el tiempo de esa forma? No tienes solución. Dedícate a la literatura y abandona el mundo.” Y sobre todo, escucha de uno de sus amigos, la frase más práctica y quizá por ello menos comprometida con los sentimientos que puede proferir alguien en el campo de las relaciones humanas: “Polvo que no has de tener, déjalo correr”.

Los e-mails que nunca te envié, como mimesis, como representación mimética de la realidad, abarca varios campos temáticos, bajo el denominador común de las relaciones humanas, y, dentro de estas, es el tema amoroso-sexual el que copa más espacio. Evitar el comentario de todos los aspectos humanos y filosóficos de los que está dotada esta novela dejaría una visión manca, una visión a retazos de una complejidad que, de circunscribirse a un tema, sería -como ya apunté anteriormente- al genérico de las relaciones humanas, y por extensión, al mundo, muchas veces, huero, insustancial, de las apariencias; por ejemplo, el mundo de apariencias universitario, donde muchas de las carreras aparecen “ungidas por el dedo”, apadrinadas; el mundo de la política, que, si bien es tratado por el Profesor Paniagua con tacto, sin estridencias, ello no imposibilita observar un fondo de denuncia: la política como un fin en sí mismo de medro social, como un “trabajo más” para quien, quizá, no tiene más interés –en última instancia- que su propio sustento y beneficio.

También el tema de la muerte, de la fugacidad de las cosas, que aparecen reflejados en el microcarcinoma del protagonista, en el asesinato por parte de ETA de uno de sus amigos, en el tiempo fugaz que parece correr –impotente- ante sus ojos, en la referencia al suicidio, en la confesión del protagonista de que la seducción ante las mujeres –sin finalidad sexual- es una forma de seguir sintiéndose uno vivo, deseado, de no caer hundido en la decrepitud y humillación a la que somete el tiempo.

«…porque la vida no puedes preverla, es un accidente, y la muerte llega en cualquier momento» (pág. 119)

Y será dicha visión de la muerte, de la fugacidad del tiempo, de la vida como continua lucha la que aparecerá en todo su esplendor en la entrevista realizada al anarquista Cipriano Mera. Sus palabras, duras y firmes, curtidas en la dureza de la guerra, en el rigor de la albañilería y en la nebulosa de los años, resultan elocuentes al referirse a la Guerra Civil: “Mandé fusilar y lo hice con conciencia y a pleno rendimiento. La guerra tiene sus normas… es una cuestión de vida o muerte, o vives tú y muere el enemigo o mueres y es el otro el que subsiste…. La República era una causa justa para los que nada teníamos, para la libertad, para la revolución que podíamos hacer un día donde no existirán ni explotadores ni explotados…”.

La amistad “no es verdad que elijamos a nuestros amigos, muchas veces es el azar y la necesidad lo que nos impulsa”, la violencia de género, el ejército dividido en castas de “chusqueros” y “nobles”, el encontronazo con la guardia civil una vez solventado su problema de cáncer, y ciertas referencias literarias como Robert Musil, Baltasar Gracián y “Epistola moral a Fabio”, terminan por completar esta novela psicológica, representativa, que pretende desentrañar con precisión de bisturí la esencia y la realidad de las relaciones humanas; relaciones humanas que son –más hoy en día- cambiantes, efímeras, sometidas al dictamen –muchas veces caprichoso e imprevisible- del tiempo, el mismo tiempo que nos sepulta lenta pero inexorablemente en su decurso, envejeciéndonos, golpeándonos; entonces, intentamos capturar la esencia y la realidad de la vida, escribimos a ella desde nuestra atalaya de deseos, pero ésta no escucha, termina devolviendo, al mismo punto de partida, las cartas –los emails- que un día enviaste para que tuvieran puerto y destinatario: el destino de tu comprensión, el puerto de tu esencia: Los emails que nunca te envié.

Los email que nunca te envié

Blas Valentín (publicado en Revista MUNDO EDUCATIVO, ISSN 1697-1671 y depósito legal Nº SE 109-2011)

Coplas por la muerte de su padre

Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

Se trata de una composición que estremece por la fría brillantez del análisis, por la constatación del desengaño y de la corrupción de todo lo viviente, y no una obra que emociona por el sentimiento dolorido del hijo o su pena insoportable.

La voz de Manrique resuena grave y profunda, potente, vivaz y expresiva; las propias metáforas se materializan, tocan lo corpóreo, lo cotidiano, lo tangible, a la par que se desmorona la esperanza. Consiste –según Salinas- en la vivencia de la eterna oposición entre temporalidad y eternidad.

Se pueden calificar las Coplas como un sermón funeral, donde ya desde el principio se percibe el tono de exhortación

Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

como se pasa la vida

como se viene la muerte,

tan callando;

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado,

fue mejor.

El pie quebrado, el “contemplando”, a la par que exhortativo también nos invita a la meditación y al actuar de pasarela nos transporta al objeto de la contemplación querida por el poeta: “cómo se pasa la vida”.

En las Coplas se halla la gran igualadora, la gran justiciera: la muerte, que termina por enseñorearse de todo. Al final de la composición, la Muerte se dirige caballerosamente al Maestre, en un diálogo digno de un libro de caballerías:

Buen caballero

dejad el mundo engañoso

y su halago.

Más que la gloria en sentido cristiano, el poeta se decanta por la extensión de la fama en este mundo:

que aunque la vida perdió

dejónos harto consuelo

su memoria.

Las coplas se dividen en tres partes:

1.vida terrenal (I-XIV)

2.vida eterna (XV-XXIV)

3.vida de la fama (XXV-XL)

En cualquier caso, cabría preguntarse si vivir no es navegar sobre el tiempo, sobre el viento, para acabar anclado en el puerto de la muerte, el último y definitivo puerto donde se amarran las ilusiones perdidas y el olvido de todo lo mundano. 

(Versión en castellano de la página de de Viquipèdia que creé el 25 oct 2011 sobre las Coplas)

Página de Viquipèdia en catalán sobre las Coplas

Coplas por la muerte de su padre (composición entera)

El olvido del cielo. Sobre la literatura mística española

Mi mano anquilosada de escribir sobre las teorías soteriológicas del misticismo, y de vuesa merced, Fray Luis, un místico frustrado que no alcanzó plenamente el último estado de unión con Dios, un dolor sordo, ramplón, un sufrimiento que partía de las entrañas de vuestra impotencia porque no alcanzaba el misticismo ni las alturas cristianas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa; así lo aseveró Dámaso Alonso, llamándoos “poeta doloroso”. Y escribí sobre vos, sobre las tres grandes Odas místicas de San Juan de la Cruz, sobre la pedagogía y sobre los versos verdaderamente malos pero auténticos y puros de Santa Teresa.

Y a mi cerebro llegó, como luz de pedantería cisterciense, la doctrina del hispanista Allison Peers, y las escuelas del Renacimiento Cristianizado de la época de Felipe II, de las escuelas poéticas de Salamanca y Sevilla, y de sus ingratos componentes para con mi recuerdo y plasmación en Sevilla, tan ingratos como vuecencia, Fray Luis, que hablabais del cielo, del abandono del mundo, del ascensus platónicus necesario para alcanzar el verdadero camino, la verdadera senda que conduce hacia Dios.

Os estudié concienzudamente, y vuestra aparición una mañana de domingo fue como esas apariciones que hacían las Vírgenes a los pastorcillos, y yo me sentí –por un momento- uno de esos pastorcillos ingenuos y vivarachos, tocados por vuestra luz divina.

Y qué decir de vuecencia, San Juan, qué decir de vuecencia, que es al que más estudié de todos (y ya es decir), qué decir de vuesas contradicciones entre la aspiración a la Nada, esto es, entre el despego/desafecto del mundo y vuesa cursilona doctrina del conocimiento intelectivo de la verdad divina; de vueso sentir entendiendo, y de vueso entender sintiendo, de esos símbolos vuestros de paloma y de llama, de lámpara y de cabra cabrona, de los símbolos de caza hacia el “Amado”, de la pasión mística; de la utilización de formas provenzales, del ritmo de vuesos versos, de las loas a vuesa poesía por parte de Juan Ramón Jiménez, de la prodigiosa cadencia de vuesas palabras hechas pasión y fuego, y hablé de tu Noche Oscura del Alma, de tu Llama de Amor Viva, de tu Cántico Espiritual, de tu noche estrellada, de mi estrellada noche.

Justicia divina, gloria, gloria en el cielo, osana, osana.

Y Santa Teresa, y sus cánticos de celestial fineza, tanto la leí, tanto intenté entender su ascendencia conversa y sus estadios del alma, que solo me restó ya cantar gregoriano; después de escribir sobre ella hasta lo indecible, que más no dije porque tiempo más no tuve, bien pudiéramos recordar ese tremendista apotegma que no es suyo sino de Torres Naharro que así dice: “Vivo sin vivir en mí y muero porque no muero”.

De verdad que esto es un milagro, gracias Fray Luis, San Juan, gracias gracias. ¡Milagro!, lo nunca visto, es inexplicable, no tiene lógica, pertenece a la esfera celestial, gracias por esta experiencia divina y mística, por este éxtasis orgásmico que deja en el alma la constatación de que los caminos del señor son inescrutables; tan inescrutables como la estupidez humana y la exaltación hacia los altares de la manduca y la manteca. Por Cristo, Señor Nuestro, y Hacha de las mantecas terrenales, amén.

EL OLVIDO DEL CIELO. SOBRE LA LITERATURA MÍSTICA ESPAÑOLA. Blas Valentín (publicado en Revista MUNDO EDUCATIVO, ISSN 1697-1661)

El Quijote: «Yo sé quién soy»

Entre la sindéresis y el delirio hay un tabique muy fino. Nunca me importó estar de un lado o de otro. A menudo, adarga en ristre con triste rocinante, me he sentido exiliado de ambos mundos. Habito la ínsula de los que, sin estar locos, mataron la cordura, la bandera y la borrega de los que no quisieron andar otro camino, de los que no supieron vivir de otra manera.

Capítulo XVIII de la segunda parte, Cervantes habla por boca de Diego de Miranda, este no parece hallar falla alguna en la sindéresis de Don Quijote, y su locura la pone más bien en la incoherencia entre su disertación, buena y razonable, y sus acciones, esto es, en el trecho entre «palabras» y «hechos». Cuando don Diego es preguntado por su hijo acerca del caballero que ha invitado a su casa («el nombre, la figura y el decir que es caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos»), aquel responde:

—No sé lo que te diga, hijo; sólo te sabré decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo y decir razones tan discretas, que borran y deshacen sus hechos. (II, 18)

Carta a Dulcinea, virreina de la ínsula de su desamparo:

«Soberana y alta señora: El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte, El Caballero de la Triste Figura.» (I, 25, 245)

Ciertamente nos hallamos ante una parodia de las cartas de amor de héroes caballerescos: cartas melifluas, churriguerescas, asentadas en un estilo retórico y arcaizante. Son palmarios los tópicos más comunes del amor cortés (ausencia, frialdad y divinización de la dama –religio amoris- la muerte por amor, la enamorada como enemiga…). Pero llama la atención, al menos resulta curioso y un tanto inverosímil, que un caballero de su edad y circunstancias ( solo, soltero y soso), pueda sostener con tal ánimo y arresto –ideal incorrupto- esta aspiración por su Dulcinea. Tal vez –llegados a este punto- fuera necesario recurrir a Avalle-Arce para afirmar con él que el Quijotismo es la forma del heroísmo hispano: Del yo soy yo y mis circunstancias al Yo soy yo a pesar de mis circunstancias. Se va a morir sin haber vivido, arruinado, sin hijos, sin haber salido del pueblo, y decide inventarse una vida para poder vivir antes de morir sin haber vivido.

DISYUNTIVA: LOCURA O MUERTE

Sentido último del Quijote, última parada de esta loada estación de peripecias filosafales bajo visos de locura: la disyuntiva a la renuncia de su locura es la muerte; sí, el óbito de desesperanza, el inflexible guadañazo mortal es la otra pieza en este sencillo puzle dicotómico. Porque, en último término, abandonar estas locuras, enfriarse después de la febril vitalidad del ideal, en definitiva, colgar las armas, tiene como resultado la muerte, el fin de toda esperanza. Y no cuelga las armas como el monje cuelga los hábitos, puesto que para este colgar los hábitos es renacer en una nueva vida o elevar a su hetaira de hostias y coitos a categoría de cristiana esposa; sin embargo, para don Quijote colgar las armas -de ahí que el pacifismo universal que otros han querido ver en su figura sea falso por inexistente- supondrá nada menos que la muerte. Porque Cervantes conservó siempre el orgullo de soldado cristiano y español combatiente en Lepanto, «la mejor ocasión que vieron los siglos», más allá de que –tan manido por repetido-   no reconocieran sus méritos militares.

El Quijote nos muestra un Cervantes convicto y confeso de la Católica Monarquía Española y, por supuesto, convicto también de su política imperial y cristiana, como la ya citada batalla de Lepanto o, sin ir más lejos,  la expulsión de los moriscos. La filiación intelectual e ideológica de Cervantes parece fuera de toda duda.

Casi parafraseando al filósofo Gustavo Bueno, la muerte de Don Quijote, tras colgar las armas, en Alonso Quijano, simboliza la muerte de España, al colgar las suyas.

ARTÍCULOS LITERARIOS Y PEDAGÓGICOS. ISBN. 978-84-17675-11-0

 Blas Valentín.