La creación literaria del exilio

Franco… tuya es la hacienda…
la casa, el caballo y la pistola…
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo…
mas yo te dejo mudo… ¡mudo!…
Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

No es del todo cierta la imagen de León Felipe según la cual los desterrados se llevaron consigo la canción y dejaron mudo el panorama literario; pero tampoco cabe negar que ‘la obra literaria del exilio republicano español fue, durante los años cuarenta, muy superior estéticamente a la publicada en la España franquista’ [Aznar, en Ex. Ínsula, 3]. Es más, la desdichada e injusta experiencia del exilio dotó a la trayectoria literaria de muchos de nuestros poetas, narradores y dramaturgos de una densidad e intensidad de la que antes carecía.

Hubo, sin duda, demasiada literatura de exaltación y rememoración de la España que habían tenido que abandonar. Buena parte de los exiliados, en su realidad biográfica y en su creación artística, se sintieron depositarios únicos del ser de España. Hoy, cuando, tras los abusos franquistas, el nacionalismo español está tan desprestigiado, se trata de desdibujar u olvidar el patriotismo del cuño decimonónico y unamuniano y machadiano que alienta en la obra de los desterrados. La antiEspaña contra la que clamaba la retórica franquista era profundamente patriótica. Como señaló Aurora de Albornoz [en Exilio, IV, 38], ‘en la poesía creada en los primeros años de exilio –digamos, hasta 1945, aproximadamente- es casi obsesiva la presencia de España’.

España, España, vienes a mí, hieres a golpes

mi corazón. De lejos, te escucho, me aniquilas

de lejos, me aniquilas, y no encuentro otra orilla

donde dejar mis ojos, España, España, España…

[Rejano, ‘De lejos’]

La obsesión española, presente siempre en la literatura del exilio, muestra aspectos, matices y perspectivas muy distintos. Se puede hablar de una literatura elegiaca, que expresa el dolor por el bien perdido, el desgarro de la partida, la rememoración del espacio arrebatado…

Sin embargo, la más lograda expresión de esta vena elegiaca la encontramos años más tarde, cuando la inmediatez del desastre se difumina y aflora un intento de recuperación del mundo perdido a través de su recreación literaria.

Se podría hablar incluso de una elegía negativa, que expresa el sentimiento de despecho, de amargura ante una patria cruel y aborrecible. No parece que haya espécimen más perfecto de esta serie que Desolación de la quimera (1962). La nostalgia (el mal del retorno) cobra en este poemario unos perfiles contrarios a los habituales:

 ¿Volver? Vuelva el que tenga,

tras largos años, tras un largo viaje,

cansancio del camino y la codicia

de su tierra, su casa, sus amigos,

del amor que al regreso fiel le espere.

[Cernuda: Pc, 508]

La materia épica de la guerra incitó a la escritura de nuevos episodios nacionales, como ya hiciera en su momento Benito Pérez Galdós. Quizá la obra que trató con más éxito este tema es Réquiem por un campesino español (1953) de Ramón J. Sender, un terrible episodio de la cobardía moral que se enseñoreó de los corazones en aquellas difíciles circunstancias.

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