Monasterio de Montserrat

MONASTERIO DE MONTSERRAT

Más allá de sentimientos religiosos o creencias a favor o en contra, que en última instancia solo a la esfera de la privacidad pertenecen y de los cuales no pienso hacer bandera, lo cierto es que el Monasteri de Montserrat no fue un lugar más de peregrinaje: la paz que transmitía aquel lugar quedará impresa en la memoria como huella indeleble. La majestuosidad de las vistas, con sus montañas de fiereza calcárea, hipnotizaba los sentidos sobre un fondo de belleza insondable: abismos donde recalaba el ánimo y el presente se hacía única y verdadera esencia, caprichosos retazos de figuras redondas, contornos de sueños desvaídos, neblinas que portaban el frescor de una mañana apenas esbozada, figuras y paisajes engalanados con el advenimiento rejuvenecedor de la primavera. Suspensión de los sentidos, que por momentos vagaban libres y ahítos de realidad y belleza. Luego, el vago susurrar de arroyos cercanos y el sincronismo de cantos, a veces de monjes, a veces de pájaros, conformaban un puzle de una naturalidad y sencillez arrobadoras.  

La  liturgia de las horas me sorprendió al lado de una hermosa mujer de ojos azules.Con ella comenté la novedad de que aquella Virgen de Montserrat quizá no tuviera el estilismo, la buscada belleza formal ni el barroquismo de otras vírgenes, pero que en definitiva la esencia y el sentimiento van más allá de formas y vestidos.
Después de laudes, vespres, virolais y paseos diversos, cogimos el tren de cremallera y, tras una larga bajada, nos tornó a dejar en la tierra, de la que partimos. Algún día volveremos a visitar el cielo.

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