Reseña del catedrático de lengua y literatura don Marco Antonio Gordillo Rojas

Autor de la reseña:
Marco Antonio Gordillo, Catedrático de Enseñanza secundaria en el instituto Jaume I de Salou (Tarragona).
RESEÑA:
La obra, Golpes de cabestro, es la segunda novela (tras El zarzal –Sekotia, 2003) de Blas Valentín. Se trata de una representación de la vida militar, sus tremendas miserias materiales y morales. De una verosimilitud que a veces espanta. En ella está extraordinariamente conseguida la ambientación, la atmósfera del cuartel, con todo el cansancio, la inutilidad, el absurdo, la mezquindad y la doblez en que viven sus personajes. Si el Svejk de Hasek se paseara por el cuartel de Tresguerres no echaría en falta ninguno de los elementos con los que convivió y que sirvieron a su autor para escribir una de las sátiras más mordaces sobre el ejército y su absurda cotidianidad. Bueno, echaría en falta sin duda los bofetones y puntapiés que los oficiales distribuían con generosidad en su época a la soldadesca por los más nimios motivos.
El relato de Valentín va evolucionando con fuerza y fluye con firmeza, con buen pulso. Con un estilo, además, peculiar y reconocible, que dota de personalidad a la narración. Ésta nos presenta un realismo que va de lo cáustico a lo chusco, lo ridículo. A veces, como en un espléndidamente relatado tránsito del protagonista siguiendo el curso del Turia, aparece la prosa poética. En otras ocasiones, el juego y artificio del lenguaje, con un punto exhibicionista, distancia un tanto al lector de la historia.
Entre los aciertos de la novela encontramos el espléndido cuadro de la ceremonia funeral, donde ha sabido congregar elementos tan heterogéneos que se percibe el pulso de un narrador con mayúsculas, las descripciones de la lluvia impregnando de triste desazón el escenario, etc.
El título, Golpes de cabestro, no sólo puede hacer referencia a la irreflexión de las acciones de los “enajenados” militares, sino a la actitud del protagonista que también actúa sin sentido, sin que él mismo acierte a darle un significado trascendente a su quehacer cotidiano, y va dándose golpes contra la realidad que le rodea y a la que optó pensando en vagos ideales. Va tratando de escapar de ella de una forma ciega, en busca de una salida que no se atreve a tomar. Él también se metamorfosea en cabestro en cierto modo.  Así, vemos desfilar (nunca mejor dicho) por las páginas el sinsentido, los patios de las milicias, la formación, el uniforme, la falta de decisiones, los automatismos cotidianos; y frente a ello, la búsqueda de un brillo en la existencia más allá del latón de los botones o las medallas. Con todo ello apreciamos una mezcla de intimismo, zafiedad, reflexión, crítica y caricatura… todas las facetas que podemos encontrar en las circunstancias que definen a los seres humanos en su devenir vital.
Si bien queda muy bien reflejada la complejidad, debilidad, incongruencia muchas veces del carácter de los humanos, el personaje la capitán Cebolla, más maniqueo, es sobre todo un personaje funcional, su aparición y carácter determinan un cambio que es fundamental en la trama.
En la obra encontramos un gran número de dualidades. Tenemos la introspección frente a la experiencia: la vida interna del protagonista –plena de dudas,  sensibilidad,  valores y principios– se opone a la experiencia externa de sus circunstancias, donde reinan la obediencia irreflexiva, la crueldad, la mezquindad, la vanidad y un espíritu pacatamente reaccionario.
En el propio protagonista observamos este dualismo, un dualismo que tiene su referencia remota en el contraste Quijote-Sancho: el alférez ascendido a oficial Tresguerres vive y siente su espíritu desde una profunda visión quijotesca; pero su obrar obedece al carácter pragmático y mezquinamente pancista de quien se acomoda incluso al oprobio.
Otra dualidad en ocasiones lacerante la encontramos en la pareja Tresguerres-Amparo, en la que se enfrentan la indecisión anclada en un análisis más contemplativo que fructífero con el ejercicio de una ocupación afianzada en la seguridad de unas convicciones (quizá más literarias y meramente aprendidas que reales) que permiten a la amada universitaria construir un discurso de certezas que a veces parecen extraídas de un manual te autoayuda al uso.
Tenemos también la dualidad jerárquica que deslinda el cuerpo de la oficialidad de la clase de tropa, con la recua de injusticias, burlas y pequeñas o grandes vilezas que alimentan un rencor siempre larvado y pretendidamente oculto. Es en este contexto en el que se enmarca la circunstancia que acelerará el proceso que parecía estancarse sin solución en el ánimo de Gustavo Tresguerres.
El lenguaje, como en el de El zarzal, está algo alejado de las directrices de la actualidad,  a veces más cercano a un realismo castizo de lo social con vetas quevedescas que dudo tenga una gran aceptación, otras veces con un lirismo de imaginería desbordada y cercana a lo surrealista. El registro que en ocasiones se vierte en la novela desde luego no es de lo más usual en la narrativa actual; sin embargo, el estilo es una de las principales almas y armas de la obra. Quizá la prosa barroca y prolija juegue en contra de una lectura rápida y hay imágenes de interpretación y estética discutible. Es cierto que el autor tiene una querencia natural a lo esperpéntico, su literatura se acoge en numerosas ocasiones a la teatralidad más valleinclanesca. Pero ello da un juego fenomenal en algunos momentos cuarteleros y en las vivencias y observaciones del protagonista. Como dijimos, encontramos en el texto imágenes de un hondo lirismo, brillantes, a veces surgidas de una imaginación fecunda que, quizá, en el futuro deba ser moderada para acompasarse mejor al discurrir narrativo.
El tránsito por los diferentes episodios nos revela que Tresguerres se está rebelando contra sí mismo, su cobardía, su falta de voluntad, su incapacidad de dirigirse hacia donde verdaderamente quiere, o por lo menos de no dirigirse hacia donde nada parece estar en consonancia con su naturaleza. Ha de resolver si sigue siendo un autómata más o se permite decidir, aunque decida dar un salto al vacío. Uno observa a un Tresguerres desorientado, fuera de lugar, tratando de moverse sin alcanzar a dar el paso, ni siquiera un golpe de cabestro, y observamos a través de sus ojos toda la miseria (aunque no sólo la miseria) que germina en ese ámbito cuartelario. Ése es el devenir dudosamente marcial de Tresguerres.
Sabemos que el autor fue oficial de complemento del Ejército de Tierra. Una autobiografía quizá no es una justificación, pero sí una explicación. Aunque al lector le resulta indiferente que el texto sea autobiográfico o no, porque el personaje o el narrador colman suficientemente las expectativas de la lectura.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: