¡Hasta siempre!
Querido alumnado de siempre y de ahora, de hace muchos años y de momentos puntuales, de viajes, de aventuras, de saludos por los pasillos, de situaciones especiales, de Guamenze:
Hoy toca despedirse. Y aunque las despedidas siempre dejan un pellizquito en el alma, no quiero que esta se vista de tristeza, sino de gratitud. Gratitud por todo lo compartido: cada instante vivido, cada sonrisa, cada palabra, cada mirada cómplice. Lo nuestro ha sido mucho más que enseñanza: ha sido vida entrelazada.
Llegué a este entrañable centro con miedo… y me voy llena de alegría. Feliz, plena, con el corazón rebosando por el camino recorrido. Porque cada clase, cada actividad, cada día fue construido con ilusión, con entrega, con cariño. Porque iba destinado a un alumnado especial, muy especial, que quería recordar, aprender, aprovechar el tiempo, que vuela… y sobre todo, disfrutar. Y creo que lo conseguimos.
Y ahora me vienen a la cabeza tantos recuerdos de mis alumnas de siempre… aquellas clases en las que hacíamos de todo: lengua, literatura, matemáticas, geografía, historia, ejercicios de memoria, un poquito de inglés, informática… Un batiburrillo delicioso que llenaba las tardes de vida. Y en los últimos cursos, fuisteis llegando algunas nuevas y nuevos, un poquito más jóvenes, curiosos, tímidos al principio… pero os asomasteis al aula, os enganchasteis como quien no quiere la cosa… ¡y os quedasteis! Como auténticos soldados de esta aventura educativa tan bonita que hemos vivido juntos.
Aún puedo vernos en el aula grande, la clase de Luna, sacando los cuadernos para un dictado, atentos para no comernos letras, acentuando con mimo, escuchando con ganas (aunque a veces alguna se me despistara… ¡o más bien, se le despistara el oído!). Pero, eso sí: ¡qué arte le poníais a todo!
Ese primer libro que leímos juntas: “El Principito”. Lo abrimos con el alma en la mano. Reímos, lloramos, reflexionamos… y nos descubrimos. Como también lo hicimos al escribir vuestras pequeñas grandes historias: “Sencillas historias escritas con el corazón“, que presentamos en el teatro y emocionaron a todo Guadix. Porque vuestras vivencias eran las suyas.
O cuando leímos aquellas cartas tan especiales de vuestros hijos e hijas… con ese “te quiero, mamá” que nunca habían dicho en voz alta. ¿Recordáis el título?
“Lo que siempre quise decirte”. Pues yo también os lo digo hoy: ¡Os quiero!
Viajamos por España sin movernos del aula, repasando autonomías, capitales, ríos y montañas… entre risas por nuestros despistes.
Recorrimos la historia desde la mitología griega pasando por los estudiados enlaces de los hijos de los Reyes Católicos con esas bodas dignas de telenovela. “¡Qué cabeza tienes para recordar tanto lío!”, me decíais… pero lo vivíamos con humor y pasión.
Y nuestras matemáticas… ¡ay, las operaciones combinadas! Yo las ponía con picardía, como niña traviesa, y vosotros, rápidos como el rayo, respondíais y comparabais. “¡Primero se multiplica!”, os decía yo, y ya venían las risas, las quejas… y algún que otro “¡Ay, me pillaste otra vez, ya no me acordaba!”. Pero, ¡cómo lo disfrutábamos!
Nos adentramos en el mundo de la poesía, contando sílabas, cazando rimas, midiendo versos… y aunque alguna sinalefa se nos escapara, lo importante es que todo eso se quedó no solo en los cuadernos, sino en vuestro corazón.
Y qué decir de los números romanos, que ya leíais con soltura… quizás ahora anden medio olvidados por ahí.
O aquellas palabras y frases en inglés, esas cancioncillas y villancicos que entonábamos con todo el arte.
Montamos teatrillos que ya quisieran en televisión contar con un elenco de esta categoría. El juez de los divorcios, Un patio andaluz, nuestros Poemas del alma, los sainetes de los Quintero… y esa reciente inolvidable Tarde de Teatro y Risas.
Bailamos como si no hubiera mañana, sin vergüenza, con arte, con alegría… ¡y nos supo a poco!
Siempre con abrazos, sonrisas, cariño y ese ambiente que gritaba: “Tú puedes”. Porque podíais. Y lo hicisteis. Brillasteis.
Y nuestras meriendas, las chocolatadas, las cervecillas, los cumpleaños con tarta y sorpresa, las habas y salaíllas en mayo… Porque aprender con alegría y buena compañía es el mejor aprendizaje de todos.
Tampoco olvido nuestras actividades de memoria, los juegos de atención, la informática, ¡ay, la informática!, donde parecía que los ordenadores tenían vida propia. Todo desaparecía sin tocar nada… hasta que llegaba yo con mi “magia” y ¡zas! Todo volvía.
Cuánto aprendimos… pero lo más valioso no lo enseñan ni los libros ni las pantallas. Me lo enseñasteis vosotros: vivir el momento.
Nuestro lema era claro: disfrutar. Dejar fuera los problemas, las dolencias, las penas… y ser felices. A veces las clases se alargaban horas, pero sabían a poco. Y cuando terminaban, os quejabais. Y yo… yo me iba con el alma llena.
Y esos viajes… ¡qué maravilla! Siempre con alguna sorpresa: un spá, una fiestecilla, un dulce inesperado, conocer a un actor, hacer de reporteras del corazón en una boda… ¡Madre mía, cuántas anécdotas!
Y nuestras alfombras tejidas, los murales, carpetas, cuadros de arena, mariposas de papel y de ganchillo, chirigotas, coros, body percussion, marionetas… Tantas cosas, que muchas ya se me escapan. Pero todas nos hicieron sentir orgullosos.
Han sido muchos, muchos años aguantándome. Y vosotros, empeñados en no abandonarme. Yo os decía que os tenía que suspender para poder continuar conmigo, pero os daba igual. Aunque advertía: “Van a pensar que la maestra es mala enseñando… o que las alumnas y alumnos son muy torpes”. ¡Y vosotros, a carcajada limpia, seguíais viniendo!
Nos hicimos amigos. Confidentes. Una familia. Compartimos alegrías y también momentos difíciles. Y siempre intenté estar cerca, en lo que pude. Pero lo que yo recibí de vosotros es infinitamente más de lo que jamás podré devolver.
Gracias por confiar en mí, por acompañarme, por hacer posible cada aventura, cada iniciativa.
Gracias por creer en vosotras y vosotros. Nunca olvidéis lo que habéis logrado. Sois únicos, maravillosos. Y lo sabéis. Porque hicisteis posible lo que parecía imposible.
Solo hay algo que no puedo, ni quiero, aceptar: la ausencia de quienes ya no están físicamente. No me acostumbro. Pero sé que siguen con nosotros. Que nos miran desde donde estén, sonriendo con cada baile, cada risa, cada paso.
Hoy me despido… pero no del todo. Porque os llevo dentro. Porque cada una, cada uno ha dejado una huella dulce y profunda en mí. Gracias por dejarme enseñaros, pero, sobre todo, por enseñarme tanto. Por vuestro cariño, vuestra entrega, vuestras ganas de aprender… y de vivir.
Termina esta etapa. Pero quién sabe si la vida aún nos guarda nuevas páginas por escribir… junt@s.
Con todo mi cariño,
Vuestra maestra. Vuestra amiga.
Luna

