Las cuevas de Punkevní son de esos lugares que no se olvidan, aunque nunca sabes donde puede aparecer la verdadera aventura…
Hoy nuestra jornada ha comenzado con el ritual que ya es tradición: café con Lenka en la plaza vieja para organizar el día, antes de reunirnos con el batallón de alumnos/as en el instituto.
Mientras esperábamos el autobús para nuestra excursión, Lenka nos ha desvelado algunos secretos de la logística checa. Nos ha resultado curioso saber que allí el profesorado hace guardias físicas en los pasillos de cada planta durante las entradas y durante el recreo largo. ¡Incluso el Director tiene su turno fijo todos los miércoles!
Lo más sorprendente es que no tienen «horas de guardia» como nosotros. Si alguien falta, reorganizan el horario sobre la marcha o juntan grupos, y todo queda anunciado en un tablón que hoy echaba humo debido a una formación del profesorado. ¡Eficiencia centroeuropea en estado puro!

Tras un paseo de 15 minutos bordeando el río (donde, milagrosamente, nadie se ha caído al agua pese al entusiasmo), llegamos a las famosas cuevas. Eso sí, casi perdemos a Achraf en la entrada. Se ha batido en duelo con una máquina expendedora que, finalmente, se ha rendido ante él devolviéndole monedas de más. ¡Primer beneficio económico del viaje!

La visita ha sido espectacular:
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Caminata entre gigantes: Un recorrido a pie entre estalactitas y estalagmitas con explicaciones en perfecto castellano.
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El Abismo de Macocha: Una cavidad impresionante abierta al cielo, con paredes teñidas de verde por el musgo y un lago de leyenda.
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Aventura fluvial: El broche de oro ha sido la ruta en barca. Hemos navegado por el río subterráneo (modificado artificialmente para que quepan los botes) rozando literalmente las paredes y el techo de la roca. ¡Una experiencia de película!

Después de la caminata de vuelta, ha tocado reponer fuerzas en un restaurante local. El menú ha generado debate: una sopa de verduras con chorizo que solo los más valientes han terminado, y un segundo plato donde el queso frito ha sido el rey absoluto. Los que lo han pedido se han convertido en la envidia de la mesa, aunque el premio al «estómago de acero» es para José Antonio, que perfectamente se podría haber comido tres menús él solo.
Ver a nuestros chicos/as compartir mesa, comparar sus gustos culinarios y reírse de las anécdotas bajo tierra es la esencia de este viaje. No solo estamos visitando cuevas, estamos explorando nuevas formas de ver el mundo (y de sobrevivir a las máquinas expendedoras).
El viaje de vuelta en bus ha sido el más silencioso hasta la fecha: el cansancio ha podido con todos/as.

Ahora toca descansar con las familias de acogida, porque mañana nos espera una visita muy especial: ¡vamos a conocer el pueblo de Lenka!
Mario (profesor en Job Shadowing)