Spinoza, un fragmento.

«Cada uno, nos dice Spinoza, quisiera imponer a los demás su norma personal de vida, que aprueben lo que él aprueba, y que rechacen lo que él rechaza» (Tratado Político). Lo que nos llevaría a «entrar en querella e intentar en la medida en que pueden esclavizarse los unos a los otros».

Es una reflexión pesimista sobre la naturaleza humana. Cada uno de nosotros se consideraría como el modelo de naturaleza humana y de objetivo de la vida, como el criterio de la perfección moral. Lo que nos llevaría a querer imponernos a los demás. Lo que hacemos no por la razón, sino por las emociones o impulsos.

 

Al considerarnos como modelo, no podríamos entablar un diálogo racional para llegar a acuerdos. Una de las condiciones del diálogo para Habermas es la posibilidad de compartir razones o pruebas: de tener criterios comunes en función de los que medir nuestra pretensión de bien y verdad. Pero si lo mío es verdadero por principio, entonces el diálogo se convierte en imposible.

A menudo,n se observan esos debates, en los que las personas que dialogan no miden la verdad o falsedad de lo que el otro dice más que en comparación con la idea propia. Imponiendo siempre la validez del yo.

¿Cuál es la consecuencia para el sistema político?. Spinoza apunta más adelante en su Tratado: «Para que sea estable la administración debe organizarse de tal modo que los hombres encargados de que funcione no pueden ser inducidos por la razón o por los sentimientos a obrar de mala fe o a prevaricar». Es decir, como cada persona tenderá a ser su propio criterio de verdad y conveniencia, sin entender que no es la única verdad,  es necesario que el sistema social y político conduzca sus creencias e impulsos hacia un bien común. Aunque él actúe para sí mismo, el sistema debe lograr que esa actuación egoísta cree el bienestar social y se asegure el cumplimiento de las normas.

Conecto esta reflexión de Spinoza con Rosa Montero en su columna de El País «El deseo y el miedo», 1 de julio de 2018. Dice Rosa Montero que las personas estamos divididas entre el deseo de querer y que nos quieran, y el miedo que genera esa necesidad emocional o fragilidad. Quizá valoramos más lo que no tenemos, que lo que sí poseemos. A la persona que no nos muestra afecto, que a la persona que sí lo hace.

Es otra perspectiva. Spinoza muestra que nos sentimos como el centro del universo en nuestro yo. Rosa Montero reflexiona siglos más tarde sobre la fragilidad de ese yo, en busca constante de afectos que, cuando los tiene, no valora.

Publicado por

Ignacio Escañuela Romana

Interesado por la filosofía y la economía, que tiendo a mezclar a menudo. Es decir, seguir el lema kantiano: "Sapere Aude".

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