Búsqueda actual tag

15. 3. Arte del siglo XX y XXI (1951-…). Pintura, Página 5

Barceló desbanca a Antonio López

'Faena de muleta'. | Efe Los pronósticos auguraban que se subastaría por apenas dos millones de euros. Pero la «Faena de muleta» de Miquel Barceló se vendió anoche en Christie’s por 4,4 millones de euros. Una cifra que confirma la condición de valor al alza del artista mallorquín y lo convierte en el artista español vivo mejor valorado en una subasta.

‘Faena de muleta’ es uno de los célebres lienzos taurinos de Barceló y está concebido como una pintura en tres dimensiones. El artista lo terminó en 1990 y muestra un coso en relieve y preñado de color y dramatismo. Los tasadores de Christie’s lo habían valorado en una horquilla que rondaba los dos millones de euros. Pero la puja lo ha elevado por encima de los cuatro millones y ha disparado la cotización de su autor.

Desde esta noche Barceló es el artista español vivo mejor valorado en las casas de subastas. Un honor que hasta este martes pertenecía al pintor madrileño Antonio López, cuya obra «Madrid desde Torres Blancas» se subastó en 2008 por 2,7 millones de dólares: cerca de 1,7 millones de euros al cambio actual. El cuadro se puede ver en la exposición que el Museo Thyssen dedica desde hace unos días al artista español y le arrebató el récord a otra obra de Barceló, que recupera por ahora el cetro del arte cotemporáneo.

La obra del artista mallorquín superó anoche también a «Esquina positiva» (1992): un conjunto escultórico de Juan Muñoz que se vendió por 3,7 millones de euros. La obra del malogrado artista español consta de varias figuras metálicas y estaba valorada por los tasadores en torno a unos cuatro millones de euros. El mercado la ha dejado por debajo del lienzo de Barceló, pero por encima de lo recaudado hasta ahora en una subasta por cualquier otra obra del artista.

Fuentes de Christie’s explicaron que estaban satisfechos con las cifras de la subasta. No sólo por la cifra alcanzada por los lotes: 88 millones de euros. También por la valoración de algunas de las obras, que generaron un interés insólito en los últimos meses. El «Mao» de Andy Warhol rozó los 11 millones de euros y el «Estudio para un retrato» de Francis Bacon se vendió por la friolera de 20 millones.

«Hemos visto una puja global por obras de una gran calidad», decía Francis Outred, responsable de arte contemporáneo de Christie’s, «ofrecíamos obras de 14 nacionalidades y han atraído compradores de 16 países distintos. Esta diversidad rompe barreras y crea un mercado donde los coleccionistas pujan sin importar su origen».

Por ahora, se desconoce la identidad del comprador de «Faena de muleta». Pero es muy probable que sea un coleccionista privado.

Eduardo Suárez (Corresponsal) | Londres: Barceló desbanca a Antonio López, EL MUNDO, 29 de junio de 2011

Antonio López: «Ha sido doloroso hacerme a mí mismo»

El creador se enfrenta estos días a su pasado durante el montaje de la ambiciosa retrospectiva que le dedica el Thyssen. En esta entrevista habla de su modo de trabajo, de los nuevos derroteros de su obra y de las enseñanzas que extrae del 15-M. Especial en EL PAÍS de la exposición de Antonio López en el Museo Thyssen

Antonio López, con su esposa, la también artista María Moreno, en el jardín de su casa de Madrid. Las dos esculturas formarán parte de la exposición del Thyssen.- ULY MARTÍN

El paso del tiempo, sí, el mismo tiempo que lleva décadas empeñado en detener con sus pinceles, sienta bien a Antonio López. Luce a sus 75 años una mirada tan viva como fresca. Como si envejeciese conservada en el formol de la pasión por la luz y el detalle. También retiene su legendaria minuciosidad. La misma que ayer sacó a pasear por las salas del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Se acercaba por primera vez a supervisar el montaje de la más ambiciosa retrospectiva nunca dedicada a su obra. La muestra está comisariada por su hija María y el conservador jefe del museo, Guillermo Solana. López se movía en un bosque de cajas de madera y obras cuidadosamente apoyadas en las paredes. Esperaban pacientemente su destino vertical. Y al artista, que parecía dialogar con paciencia con cada una de las 130 piezas de la exposición.

Un par de días antes, en su casa de Madrid, esa que inmortalizó para la historia de la pausa Víctor Erice en El sol del membrillo, explicó que está dispuesto a dar un nuevo rumbo a su trabajo para volver a las personas. «Soy más libre que cuando era joven. Me ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por mí mismo. El camino ha sido complicado. Hacerme a mí mismo ha sido doloroso».

Un conmovedor relato de las vueltas de ese camino espera a los visitantes a la exposición Antonio López, que el 28 de junio se abre al público en el Museo Thyssen. Será, sin duda, el acontecimiento artístico del verano. La selección hiperrealista del pintor de Tomelloso se centra en sus últimas pinturas, dibujos y esculturas, con incursiones en un pasado por el que desfilan los «amores de toda una vida»: Madrid, Tomelloso, los frutales, los retratos de su entorno familiar y, en especial, un homenaje de gran hondura a la escultura griega. Este tributo toma la forma de cuatro figuras, copias exactas de dos parejas de piezas rescatadas de las fauces del tiempo en el templo de Olimpia.

Pregunta. Esta exposición se anunció como pequeña… ¿Qué ha sucedido entretanto?
Respuesta. El proyecto nació al recibir el Premio Velázquez, que conlleva una exposición en el Reina Sofía. Desde la antológica que el museo me dedicó en 1993, no había mucha más obra terminada. Guillermo Solana [conservador jefe del Thyssen] me propuso hace más de tres años hacer la muestra con obra nueva, pero con saltos en el tiempo. De hecho, hay dos cuadros de 1953, dos trabajos inspirados en Tomelloso. Si no hubiera sido así, la exposición sería muy pequeña… A lo mejor no habría estado mal… Cuando las cosas se programan con tanta antelación, me equivoco siempre. Creí que iba a tener más obra reciente para mostrar.

P. Lo más reciente son sus siete vistas de la Gran Vía…
R. Están inacabadas. Va a ser como si la gente entrara en un estudio con unas cuantas cosas en marcha. Me parece muy interesante para ciertas miradas. Es una oportunidad para conocer mis procesos. Si la exposición fuera solo de obra comenzada, podría tener quinientas cosas. Empezar no me cuesta. Una vez tengo la idea clara, ponerlo en marcha es cuestión de una semana como mucho. Después entras en un laberinto complicadísimo.

P. ¿En qué fase están las cabezas de Delibes y de Ferlosio?
R. Empezada solo está la de Ferlosio. Dibujos, fotografías y las medidas tomadas tengo de Tàpies, Palazuelo, Delibes… Ahí están, a la espera de poder empezarlas junto con otras cosas más. Me está volviendo el interés por la figura humana. No por el mero retrato, sino por la descripción de la vida que hace la gente: afeitarse, lavarse… Esa parte de la historia que la pintura tiene olvidada y solo está viva en el cine, en la literatura, en la fotografía.

Antonio López, con su esposa, la también artista María Moreno, en el jardín de su casa de Madrid. Las dos esculturas formarán parte de la exposición del Thyssen. ULY MARTÍN

P. ¿Qué ha ocurrido para retomar ese interés?
R. Últimamente vivo mejor entre la gente.

P. ¿Este nuevo momento suyo acelerará el final del cuadro de la familia real? Ha pasado tanto tiempo que hay quien piensa ya en el famoso relato de Balzac, La obra maestra desconocida.
R. ¿Cómo puede dudar? Claro que lo acabaré. Lo he tenido que dejar para trabajar en cosas de la exposición. Tuve que elegir entre todo lo demás y el retrato.

P. Da que pensar que no estén los Reyes en el Thyssen, ni siquiera en la parte dedicada a cuadros inacabados.
R. No, claro. El acuerdo que tengo es que entrego el cuadro a Patrimonio en su destino, en el palacio de Aranjuez. Antes no se puede ver.

P. Fije el hilo conductor de la exposición.
R. No hay orden cronológico. Está dividida en dos espacios: en uno predomina un orden estético con obras esenciales que son mis amores y mi sustento. En el otro confluyen paisajes urbanos, frutales, retratos…

P. La muestra se antoja un autorretrato humano y artístico.
R. No podría hacer otra cosa. En la pintura o en los dibujos vas dejando una sustancia que es lo más íntimo de tu ser. Decirlo da apuro, pero no puede ser otra cosa.

P. No se autorretrata usted mucho en su pintura.
R. Hay una pintura, una pareja, que somos Mari [María Moreno, su esposa] y yo. La empecé, pero no me salió. Me harté y me impacienté porque entonces tenía menos paciencia que ahora. Le dije a mi mujer que utilizara la tela. Ella pintó un paisaje de Ávila nevado que tampoco le salió. La tela ha rodado por casa durante muchísimo tiempo. Hace como un año cogí una cuchilla y empecé rascar el paisaje de Mari y ha aparecido el cuadro que yo hice y que está en la exposición.

P. Será emocionante reencontrarse con tanta obra.
R. Es el mayor privilegio, si lo puedes resistir.

P. ¿Qué le inspira lo que ocurre en la calle, la ocupación de las plazas por los indignados, la desaparición de la izquierda?
R. Me inspiran una reflexión que compartirá muchísima gente: si es posible el camino lógico hacia el socialismo y más allá, se ha roto por la torpeza de estos personajes que ha habido. El hombre va a tener que encontrar una solución que no tenga que ver con bonitas palabras como bondad y generosidad y sí con el sentido común. La cosa se va a poner seria. Habría que escuchar a los hombres de ciencia más que a los banqueros. Así debe de ser por el bien de todos. También hay que hacer una llamada a encontrar el placer en las cosas básicas y renunciar a lo innecesario. La sociedad respondería a ese mensaje. En una especie de acto de justicia misterioso. Esta gran equivocación va a afectar también a los poderosos. O nos salvamos todos, o nos vamos todos al traste.

Ángeles García, Madrid: «Ha sido doloroso hacerme a mí mismo», EL PAÍS, 17 de junio de 2011

Tiempo y tientos de Antonio López

Antonio López y su esposa María Moreno, frente a la obra La mujer en la bañera.- GORKA LEJARCEGIEl autor visita en vísperas de su inauguración la gran muestra del verano expositivo madrileño. Y observa al artista pelearse con el pasado mientras da los últimos retoques a la colocación de las 130 piezas incluidas en el recorrido.

En el atareado desorden de las horas finales del montaje de la exposición, Antonio López García va de un lado para otro por las salas del Thyssen, entre operarios, técnicos del museo, electricistas que ajustan focos, cámaras de televisión que toman primeros planos de las obras ya colgadas, algunas de las cuales ya tienen también la etiqueta con el título, la fecha, la técnica y los materiales. A otras solo las identifica un número sobre papel adhesivo pegado al cristal o al marco. Su hija, María López, con una desenvoltura entre erudita y doméstica, ayuda a disponer sobre un expositor aún no tapado por la vitrina de cristal varias hileras de dibujos, cabezas de escayola o de arcilla, pequeños retratos, bocetos de cabezas redondas de bebés que son los nietos sobre los que ha trabajado el artista en los últimos años: bebés dormidos boca abajo, perfiles de bebés con las líneas dibujadas y los números de las proporciones, cabezas calvas de bebés que muestran una serenidad absoluta, con los párpados entornados, en la perfecta quietud de un sueño que tiene algo de suprema contemplación budista.

A la entrada del museo, esos mismos rasgos a gran tamaño y fundidos en bronce convierten el retrato del nieto bebé en una gran divinidad benévola, la misma cabeza de volumen olmeca que lo recibe a uno al llegar de viaje en la estación de Atocha. María López dirige el montaje de las obras de su padre, y como todavía andan medio descabaladas y sin un lugar definitivo en las salas resalta más la variedad y la abundancia del trabajo del artista, los medios tan diversos en los que se ha aventurado, la cualidad de tentativa y proceso y no logro terminado y estático que hay en cada una de ellas. Antonio López García se mueve entre sus propios cuadros, esculturas, dibujos, bajorrelieves, y entre la gente que los va organizando, como un maestro de obras en un edificio a medio hacer, en el que no parece que, en medio de tanta gente que hace cosas específicas, sea él quien lo controla todo, o tenga al menos una autoridad significativa.

Casi a última hora ha retirado un par de cuadros para llevárselos a casa y añadirles algún retoque. La pieza más reciente, y quizás una de las más impresionantes, un hombre de bronce de tamaño natural, desnudo y tumbado como en una mesa de operaciones o de disección, con los ojos muy abiertos, llegó ayer mismo de la fundición. Dice Antonio López que si hubiera tenido más tiempo habría corregido algunas cosas, añadido detalles, quizás incisiones en la zona de la barba; pero ya no fue posible, y ahora, aceptando lo irreparable, da vueltas a la escultura tremenda mirándola desde ángulos diversos, pasando una mano sobre la superficie del bronce, como para asegurarse de su solidez, del misterio de la persistencia de la materia. Un momento después otra obra reclama su atención, el bajorrelieve policromado de una mujer dormida, tapada por el embozo hasta la cintura, con la bata abierta mostrando un pecho desnudo, o bien esa talla en madera de una niña tumbada en el nido con asas de un cochecito. Cada una de estas esculturas las terminó hace muchos años, pero para Antonio López no son definitivas, y las examina con una mezcla de alarma y de remordimiento, las toca, inclinándose sobre ellas, arrepentido de un detalle que añadió y que ahora le parece superfluo, de haber pegado una cremallera real en la capota del nido, en lugar de tallarla. «Eso de que las obras se terminan es una tontería», dice. «Las cosas se abandonan, o se dejan de lado, pero cómo van a terminarse».

Un viaje por sus temas predilectos

– La muestra, la retrospectiva más extensa nunca consagrada a la obra de Antonio López, de 75 años, abrirá sus puertas al público el martes en el Museo Thyssen de Madrid.

– Se titula, a secas, Antonio López, e incluirá 130 piezas entre óleos, dibujos y esculturas con algunos de los temas recurrentes en la obra del artista de Tomelloso. La Mancha, Madrid, la vida cotidiana y la figura humana desfilan en una exposición volcada en sus piezas desde 1993, pero con saltos en el tiempo.

– El conservador jefe del museo, Guillermo Solana, y la hija de Antonio López, María, son los comisarios.

– Entre las piezas más curiosas de la exposición figuran cuatro esculturas, dos parejas de piezas que son copias exactas de unas que el artista encontró en el templo griego de Olimpia.

En un cuadro descubre un detalle que ya no le gusta: «Si pudiera, si el cuadro fuera mío, intentaba arreglarlo». Las cosas no se terminan nunca porque la ambición del arte es atestiguar la realidad visible y tangible del mundo, y esa realidad está cambiando siempre, a cada minuto, es un flujo que no cesa, incluso en las cosas que parecen más sólidas, la firmeza casi mineral de una cabeza humana, los volúmenes de un edificio, el ángulo de una ventana o de una puerta. A lo fugitivo y perecedero el arte le imprime a veces una sugestión de eternidad: una cabeza egipcia de terracota, un busto romano, parecen detenidos en el tiempo y resistentes a él, pero están tan hechos de tiempo como de bronce o de barro, y si conmueven es porque nos muestran a la vez la individualidad irrepetible de un rostro que existió hace milenios y el carácter fugaz, muy pronto anacrónico, que hay en cada retrato.

La lentitud legendaria de Antonio López García no es un empecinamiento en lo bien hecho, una manía anticuada de primor caligráfico: es, como ha escrito Guillermo Solana, la conciencia aguda de que no hay obra verdadera que no esté haciéndose siempre, que no aspire a la tarea imposible de atrapar duraderamente lo que huye, el hecho mismo de la duración. Por eso, con mucha frecuencia, dibuja o pinta lo que está en marcha, en obras, lo provisional, lo todavía inseguro: sus cuartos de baño están dibujados con una atemporalidad de criptas egipcias, pero son casi siempre cuartos de baño inacabados, lugares en tránsito, como los de esa casa siempre en obras y llena de gente pasajera que retrató otro maestro de instantaneidades y lentitudes, Víctor Erice, en El sol del membrillo.

En una cultura obsesionada por la beatería de la modernidad, por la ortodoxia de lo nuevo y lo último, Antonio López García lleva muchos años soportando con ecuanimidad irónica el malentendido del realismo, del acabado artesanal, la condescendencia que en países muy provincianos se reserva para lo que es calificado de autóctono. Pero lo que hace original y grande a Antonio López no es su dominio formidable de las técnicas de la representación visual, sino su decisión y su capacidad de enfrentarse a cuerpo limpio al desafío del tiempo. En las salas del Thyssen se puede apreciar el arco de su vida entera, desde aquellos cuadros casi adolescentes en los que la observación aguda y probablemente instintiva de lo real ya estaba disciplinada por el conocimiento de la tradición artística, desde Mategna y Piero della Francesca hasta el Picasso de las figuras macizas de los años veinte. Pero lo que más asombra, mirando de cerca las obras, con la cercanía feliz de un montaje inacabado, es el temblor del tiempo, la urgencia de la pincelada o la línea, hasta la fecha y la hora apuntadas a lápiz en que se quiso atrapar un instante de luz. Antonio López convive en su imaginación de pintor con un museo imaginario y simultáneo en el que están los retratos egipcios, los bajorrelieves asirios, los bronces romanos, las caras de muertos de El Fayún, los personajes de Velázquez, de Vermeer, de Caravaggio. Pero ese pasado del que se alimenta tiene un filo de puro presente, de urgencia de ver y pintar y modelar y dibujar lo que está sucediendo ahora mismo, lo que hay delante de sus ojos, más vivos que nunca a los 75 años.

El pintor, junto a su esposa María y una de sus hijos, señala uno de los cuadros que componen la exposición en el Museo Thyssen-Bormemiza de Madrid. GORKA LEJARCEGI
El pintor visitó junto con toda su familia la exposición días antes de la inauguración de la muestra.. GORKA LEJARCEGI
El pintor Antonio López ultima los detalles de la exposición día antes de la inauguración.GORKA LEJARCEGI
Antonio López y su esposa Maria Moreno, en la exposición del Thyssen. GORKA LEJARCEGI
Antonio López observa el cuadro Madrid desde Vallecas que adquirió la Asamblea de Madrid. GORKA LEJARCEGI
http://www.elpais.com/recorte/20110623elpepucul_35/XXLCO/Ies/Familia_Lopez.jpg

Antonio Muñoz Molina: Tiempo y tientos de Antonio López, EL PAÍS, 24 de junio de 2011

La ciudad metamórfica

Antonio López: «Me llevo muy bien con el trabajo últimamente»

Será, qué duda cabe, la exposición del verano. A nadie escapa el tirón popular y mediático de Antonio López. Las colas en el Thyssen están aseguradas del 28 de junio al 25 de septiembre. Mañana comienzan a montar esta gran exposición, comisariada por Guillermo Solana, director del Thyssen, y María López, hija del artista. Será el reencuentro del maestro con el público en Madrid después de 18 años. En 1993 el Reina Sofía le dedicó una completa antológica. Ahora, el Thyssen reúne 130 obras (pinturas, dibujos y esculturas). Aunque no faltarán piezas de sus comienzos, ni algunas de sus obras maestras, el acento se ha puesto en su trabajo más reciente. Nuestra cita con el artista es en su estudio. A sus 75 años está en plena forma, con mil proyectos. Nos recibe en traje de faena, embutido en un delantal con una obra de Patinir manchado de pintura. A los artistas, los periodistas, como las musas, los deben sorprender trabajando.

El artista, en su taller. Ernesto Agudo

— ¿Por qué ha tardado tanto en reencontrarse con el público madrileño?
— Soy un pintor de muy pocas exposiciones. Produzco poco y no se puede dar el tostón a la gente pidiéndole obras de acá para allá. Lo principal se cumplió: que yo lo pinté y lo vendí.

— En esta ocasión se va a incidir en su obra más reciente…
— Sí, la obra última es casi el motivo de esta exposición. Y es lo que está creando problemas. Yo calculo muy mal el tiempo. Cuando me habló Guillermo (Solana) del proyecto, fijamos la fecha, me pareció que quedaba tiempo suficiente para acabar parte de las cosas que tenía en marcha, y va a ser que no. Hay dos opciones: mostrarlas inacabadas o no llevarlas. Ya veremos…

— La muestra comienza con unas cabezas griegas que está haciendo en la Facultad de Bellas Artes. Está más clásico que nunca…
— Amo el mundo antiguo de forma muy profunda, como Giacometti, como Bacon. Es casi inevitable: han ocurrido cosas maravillosas. Yo deseaba hacer copias de esas cabezas de Olimpia, como Rubens hizo copias de Tiziano, por el deseo de hacerlas. Hice dos hace diez años y estoy acabando otras dos. Parte de la belleza que tienen está en la copia.

— ¿Por qué volver al mundo antiguo?
— Un profesor me dijo que debía ir a copiar al Prado, cuando yo estudiaba Bellas Artes. No lo creí útil. Pero ha sido maravilloso hacer estas copias. Es una forma de penetrar en algo que admiras y trabajar sin la intención de crear nada.

— Había una cabeza clásica en casa de sus padres, que pintó en un cuadro.
— Sí. Pero mi conocimiento del mundo antiguo fue en el Museo de Reproducciones. Ahí descubrí la escultura. El amor a la escultura tan profundo que tengo fue un flechazo que surgió allí.

— ¿Es esta exposición una reivindicación del Antonio López escultor?
— En el primer año de Bellas Artes había una asignatura obligatoria: modelaje. Cuando toqué el barro y empecé a modelar me entusiasmó. Todo el curso dudé si hacer pintura o escultura. Me decanté por la pintura, pero nunca he abandonado la escultura. Me apasiona.

— Y, últimamente, escultura pública.
— El espacio público es un territorio que había perdido la escultura en el arte moderno. Tuve la suerte de compartir una escultura de los Reyes con Julio y Paco López Hernández. He hecho también la «Mujer de Coslada» y las cabezas de Atocha. Lo estoy viviendo con emoción.

— ¿Le gusta el nuevo emplazamiento de las cabezas de Atocha?
— Me gustaba el primero por el contacto con los trenes, esa relación con el viaje, aunque estuvieran acogotadas por el techo tan bajo. Pero también me gusta el actual. Están ya en la ciudad.

— Una estación muy especial para usted, que plasma en un lienzo. Fue lo primero que vio al llegar a Madrid.
— Tiene un valor sentimental especial.

— Esta exposición es una suerte de autobiografía, de diario sentimental. Veremos retratos de sus abuelos, de sus padres, de su tío Antonio…
— Fue una persona provindencial. Ese ejemplo y apoyo todavía dura, no se ha agotado. Está muerto desde hace años pero sigue siendo algo muy valioso.

— ¿Conserva esa «Venus de Milo» que dibujó su tío y que tenía colgada con chinchetas en la pensión de Madrid?
— No, está en el Museo López Torres de Tomelloso. La dibujó con 25 años en la Escuela de Bellas Artes. Lo sigo viendo muy especial: es como un día de primavera. No puede haber nada más hermoso que este dibujo.

— Hay un autorretrato en el que se pinta con su esposa. Es del 61 y estuvo oculto muchos años. Ahora ve la luz. ¿Nos cuenta la historia?
— No sé si lo vamos a colgar en la muestra. He encargado el bastidor esta mañana. Ninguna de las dos figuras está acabada. Mari más que yo. Comencé con la figura de Mari y después me incorporé yo con el esquema de los retratos de mis abuelos y mis padres. La figura de Mari me iba saliendo, pero la mía, entre el espejo, y varias cosas, me hice un lío, me cambié de posición dos o tres veces. Me cansé tanto, encontré tanta dificultad en la ejecución y estaba tan frustrado que le dije a Mari que pintara encima e hizo un paisaje, que tampoco le salió bien. Y ha estado así mucho tiempo.

— Se le resistió ese cuadro…
— Ese trozo de madera… se resiste. Y un día hablando con Mari le dije: «Voy a ir saltando la pintura a ver qué hay debajo». Y así han aparecido las dos figuras nuestras al cabo de 50 años.

— Creo que ha esbozado un nuevo autorretrato junto a Mari. ¿Es por la necesidad de acabar algo nunca acabó?
— Mari sigue teniendo para mí un significado enorme (se emociona al hablar de su esposa). Y, a pesar de los años, del deterioro físico, su alma sigue estando ahí. Cuando haces un seguimiento de una persona a lo largo del tiempo quieres continuarlo, representar qué ha pasado con ese rostro, con la mirada… Velázquez lo pudo hacer con Felipe IV.

— Quién le iba a decir que María, esa niña que nos mira fijamente en un maravilloso dibujo que estará en la muestra, acabaría siendo comisaria de una exposición suya…
— No lo quiero pensar mucho… María dejó su trabajo por echarnos una mano a todos en casa.

— Ese retrato, ¿le salió de un tirón?
— El dibujo no está muy acabado —sí la cabeza—, pero está hecho de un tirón. Las cabezas de los nietos también. Va a haber muchas en la muestra de mis cuatro nietos y también de algún niño más.

— Me cuentan que siente una fascinación muy especial por los niños.
— Cuando voy en el Metro y aparece una señora con un cochecito con un niño, al verlo, la vida se ilumina. Tienen un encanto irresistible.

— También aparecerán por esa autobiografía sentimental amigos. Algunos ya no están: Lucio, Amalia… Formaban una gran pandilla.
— Son amigos y personas a las que admiro. Siempre quise retratar a personas a las que admiraba, como Palazuelo, Tàpies, Delibes, Ferlosio…

— Y llegamos a Madrid. Guillermo Solana ha querido que sea uno de los puntos fuertes de la exposición.
— Estará muy presente.

— Está previsto que se exhiban las siete vistas de la Gran Vía, aún sin terminar, que conforman una sola jornada.
— Sí, el vuelo de la Gran Vía… El célebre cuadro de la Gran Vía, que pinté en la calle, entre los coches, lo viví con muchísima emoción, pero también con incomodidad. Me obligaba a madrugar mucho. Lo llevaba fatal. A veces llegaba allí y me volvía a casa. Era incapaz de ponerme a pintar. No podía superar la dificultad de coger el caballete, poner el cuadro en la isleta, coger la paleta y ponerme a trabajar entre los demás. Me costaba muchísimo.

— Pocos pintores tienen una obra con la que se les idetifique tanto. ¿Eso le agrada o le molesta?
— No son cosas que busque. En la duda, me llevé a mi amigo Enrique Gran un domingo al amanecer y me dijo: «Debes pintarlo. Esto es real como una enfermedad». Me hizo ver la trascendencia que tenía la escena. Decidí hacerlo. El contacto con la Gran Vía fue a lo grande, desde un espacio majestuoso. Después quise hacer una nueva Gran Vía, pero ya no en la calle. Pedí permiso en el hotel Capitol. Fui un par de veranos. Empecé otra desde una terraza. Y surgió la necesidad o el deseo de hacer un recorrido por la Gran Vía un día del año: desde que amanece, al comienzo, en el edificio Zurich, hasta la Plaza de España al atardecer. Elegí siete puntos. Es un vuelo. Una criatura va desplazándose a lo largo del día. Es el 1 de agosto.

— Con la fresca…
— (Se ríe). El calor y la soledad de agosto en Madrid crean algo espectral en la ciudad que me interesa.

— ¿Estarán en la muestra las siete escenas de la Gran Vía?
— Me está ayundando un pintor amigo a ver si es posible mostrarlas. En pintura no todo tiene que estar acabado. Uno de los inmensos atractivos de Velázquez es su relación de libertad con la pintura, como no la tuvo nadie. Y hay pinturas maravillosas de Velázquez inacabadas. La relación con la pintura tiene que llegar hasta donde llega de forma natural. Es como la relación amorosa. Debe cortarse cuando se acaba el interés. Días antes de la muestra veré. Quiero llevarlas.

— Y nosotros verlas… Dice su hija María que usted es anárquico y caótico, cuando todo el mundo piensa lo contrario: que es perfeccionista, metódico, minucioso hasta la saciedad, que retoca una y otra vez…
— No soy caótico ni anárquico. Es maravilloso el sentimiento de libertad que tienes en todo el trabajo del cuadro.

— ¿Es un insatisfecho permanente?
— Yo estoy encantado (se ríe). Me llevo muy bien con el trabajo últimamente, ha sido un premio para mí.

— Como buen manchego, tendrá un membrillero en casa…
— Tengo el de la película y uno más.

— ¿Y los sigue pintando?
— Cada otoño, cuando los veo en el árbol, siento la tentación de empezar un cuadro, pero voy tan cargado de cosas… Estar junto a una criatura viva, callada, me causa placer, me enriquece.

— Hay una historia muy hermosa de una serie con flores que me gustaría que recordase…
— El primer año surgió de forma espontánea. Le regalaron un ramo de flores blancas a Mari los organizadores de un taller de pintura en Ávila al que voy. Cuando las vi en el hotel por la noche me parecieron preciosas, las coloqué en agua y las trajimos a Madrid. Pensé en lo bonito que sería dejar un recuerdo de esas flores. Las pinté en dos días. Y así ha ocurrido ya desde 2007. Este año Mari también tendrá sus flores blancas y yo iniciaré un nuevo cuadro. Acepto lo que salga. El trato conmigo mismo es ese.

— La figura humana había estado en un segundo plano hasta ahora.
— Sí. La escultura ha tirado de todo eso y ha pasado a la pintura. Ahora deseo hacer la figura humana sobre todas las cosas. Fuera interiores. Mi estado actual es la figura humana vestida, desnuda, amándose… ¡Ha quedado tan huérfana en mi pintura! Quiero recuperarla.

— No estará en la muestra el retrato de la Familia Real.
— No lo he podido retomar a causa de la exposición. Y quería emplearme a fondo. Hace un año o así, decidí traerlo a casa desde Patrimonio Nacional para trabajar en él. No he querido que el encargo pesara y le quitara frescura y calor a la realización de este cuadro. Lo empecé, lo abandoné… No con irresponsabilidad, sino con libertad. Quiero seguir trabajando en él con libertad, si me dejan y puedo.

— ¿En qué estado está el cuadro?
— Patrimonio dice que ya lo podría entregar. Pero noto que hay cosas que no están resueltas en ese cuadro: el Príncipe está excesivamente separado de la Reina. Quisiera llevarlo hasta el límite de lo que creo que puedo hacer. El Rey me decía al principio que los pintara como una familia española más, pero sabes que no es así. No quiero que sea un cuadro demasiado diferente. Velázquez lo hizo muy bien en sus retratos. Se nota que es el Rey pero no lo pinta diferente de como pinta otras cosas. Tras la exposición lo retomaré tranquilo. Quiero sentir el placer de volver al cuadro.

Paseamos con Antonio López por su estudio. Nos enseña una foto suya a los cinco meses, cuya postura está copiando para una escultura. También, la cabeza que está haciendo del nieto de Lucio Muñoz, una escultura de un hombre que ríe y el dibujo para una escultura de un hombre que camina con armadura para Albacete. «Es el primer trabajo que me encargan en mi tierra». Nos muestra con orgullo una pintura de su tío y nos propone un acertijo. «¿Sabéis que es esto?», nos pregunta mostrándonos un trozo de papel. Nos rendimos. «Es el anca más maravillosa de la Historia del Arte». Son las nalgas de «La Venus del Espejo», de Velázquez. Lo arrancó de una valla. Una vez más, Velázquez, siempre Velázquez.

Natividad Pulido, Madrid: «Me llevo muy bien con el trabajo últimamente», ABC, 12 de junio de 2011

Libros en pintura

Ilustración de Aubrey Beardsley en Salomé, de Óscar Wilde (Libros del Zorro Rojo).-En el principio fue el dibujo y luego las letras, después todo se invirtió. Ahora esta fórmula de los libros clásicos ilustrados vuelve como una de las estrategias para fomentar la lectura y reducir la crisis del sector. A los dibujos de Doré o Beardsley se suman los de artistas actuales que iluminan el ingenio de Hawthorne, Wilde, Brecht, Kipling o Schnitzler.

Existe la creencia de que en las novelas que van ilustradas los grabados, los dibujos, se basaron siempre en los textos escritos. Y, sin embargo, no siempre fue así. Hubo una época en la que los narradores que escribían novelas por entregas para los periódicos se ponían al servicio de famosos y prestigiosos dibujantes; primero, entregaban éstos sus ilustraciones, y después venían los narradores y se acoplaban a los dibujos de las estrellas de los grabados. Es el caso célebre del periódico londinense Evening Chronicle, que en 1836 le encargó al joven Dickens de 24 años que escribiese una serie de textos de carácter costumbrista para las ilustraciones del famoso dibujante Robert Seymour, gran estrella del momento. O sea que Seymour hacía las ilustraciones y a éstas las acompañaba posteriormente un texto adicional. La trama de las historias, por tanto, se subordinaba al dibujo. En el caso que nos ocupa, pronto surgieron las desavenencias entre la estrella Seymour y el genio -entonces desconocido- de Dickens. La obra concebida por el dibujante proponía, a través de sus grabados, un relato acerca de un club de cazadores llamado Nimrod, una sociedad de perdigueros cómicamente inexpertos…

Pero sucedió que el texto no tardó en imponerse a su ilustración, es decir, que el escritor desconocido se impuso al afamado dibujante. Leer el siguiente capítulo de Los papeles póstumos del Club Pickwick, la brillante y divertidísima historia de Dickens, se convirtió en una pasión tan grande en Londres que en unos meses provocó el aumento de la tirada del periódico desde los 400 ejemplares a los 400.000. Tras la quinta entrega, Seymour se suicidó. Nunca se había ilustrado de esa forma tan trágica la derrota de un ilustrador. A partir de ese momento, fue Hablot Knight Browne, alias Phiz, quien se encargó de los dibujos y quien permitió que Los papeles… se invirtieran y pasara Dickens a escribir el texto y, a partir de lo que dictaba la trama del narrador, se hacía la ilustración.

Ilustración de Carme Solé Vendrell en La cruzada de los niños, de Bertolt Brecht.-Hace unos años, Jordi Llovet cedió por unas semanas los grabados de su ejemplar de 1837 de la edición original de Los papeles póstumos del Club Pickwick para que Mondadori, en su colección de Grandes Clásicos, traducción de José María Valverde (2004), remedara aquella primera edición en la que la unión entre Dickens y Phiz configuró uno de los libros ilustrados más extraordinarios de la literatura inglesa y también de la universal de todos los tiempos.

Esa edición original de Los papeles… es uno de los faros que todavía hoy guían el espíritu de los esforzados impresores y empresarios de vocación literaria que tratan de hacer brillantes libros ilustrados, concentrándose, últimamente más que nunca, en la edición de clásicos de la literatura, lo que de algún modo facilita la lectura de algunos libros que absurdamente imponen respeto cuando en realidad los clásicos son los libros más contemporáneos que existen, quiero decir que son una fiesta de lo moderno, como se ve perfectamente en algunos de los libros que he seleccionado para estas páginas.

Un día tendremos que ocuparnos del divertido tema de los escritores que dibujan. Como es sabido, con el romanticismo, en Francia, los escritores empezaron a dibujar. La pluma corría por la hoja, se detenía, vacilaba, distraída o nerviosamente… A comienzos del XIX, comenzaron a aparecer escritores como Victor Hugo que demostraron ser, encima de grandes narradores, buenos pintores. Pero es que Victor Hugo era excesivo en todo y de hecho fue la excepción en la malévola regla que dice que los malos escritores dibujan bien, y viceversa.

Me acuerdo ahora de los casos de Stendhal o de Balzac, que lo intentaron, pero se vio que eran dibujantes ridículos, infantiles, patéticos. El caso más interesante, que quedó al descubierto ante la nueva moda, fue el de los escritores que sabían dibujar demasiado bien (Mérimée, Alfred de Vigny, Théophile Gautier, los Goncourt, siempre los Goncourt) y que precisamente a causa de esto escribían rematadamente mal.

De esa época llama la atención especialmente Alfred de Musset, precursor de los cómics; componía para diversión suya y de amigos y familiares, historietas con conocidos personajes caricaturizados… Pero para terminar volvamos ya a los inefables hermanos Goncourt, los reyes del dibujo. De ellos son estas sabias palabras: «¡Dichoso oficio el del pintor comparado con el del hombre de letras! A la actividad feliz de la mano y del ojo en el primero, corresponde el suplicio del cerebro en el segundo. Y el trabajo que para uno es un goce para el otro es un completo sufrimiento…».

Ni qué decir tiene que los Goncourt sufrieron toda la vida y todavía hoy su cerebro padece en la eternidad.

Enrique Vila-Matas: Libros en pintura, EL PAÍS, 4 de junio de 2011

Silenciado Weiwei, habla su obra

Londres acoge dos muestras del artista detenido hace un mes por el régimen chino

Cien millones de semillas de girasol sembradas por Ai Weiwei en la Tate Modern de Londres han cubierto el suelo de la Sala de Turbinas a lo largo de los últimos siete meses. Cuando uno de los templos del arte contemporáneo inauguró aquella instalación, el autor era celebrado como el artista vivo de China con mayor proyección internacional. Al cierre de la exposición, su nombre evoca hoy el de un artista desaparecido. La ausencia involuntaria de Weiwei, detenido el 3 de abril por el régimen de Pekín, marca dos nuevas exhibiciones de su obra que la capital británica acaba de estrenar entre el clamor internacional para su puesta en libertad.

Con cámara de vigilancia, obra de Ai Weiwei en la Lisson Gallery.- AFP

«Ese extraño sentimiento de ausencia confiere a su trabajo mayor poder», subraya Nicholas Logsdail, director de la Lisson Gallery, que desde hoy y hasta el 16 de julio expone una selección de las obras realizadas en los seis últimos años por el artista chino. Figura del arte conceptual, arquitecto, diseñador, cineasta y editor, la crítica social y política que encierra su discurso nos dibuja a un personaje incómodo. Aunque ha sido principalmente su uso de Internet para exponer la represión y corrupción en su país lo que lo ha convertido en indigesto para las autoridades comunistas. Desde que fuera arrestado en el aeropuerto de Pekín, a punto de embarcar rumbo a Hong Kong, nada se sabe de él ni de su paradero, apenas una sugerencia de que podría imputársele la acusación de «delitos económicos».

Una escultura de mármol con las formas de una cámara de circuito cerrado apunta hacia la calle desde una de las ventanas de la Lisson. Weiwei utiliza uno de los materiales más clásicos para exponer las realidades del presente, esos monitores que acechaban los pasos del artista a la salida de su taller de Pekín, la ciudad en la que nació en 1957. «La libertad es nuestro derecho a cuestionarlo todo» es una de sus citas recogida en las decenas de pasquines que los operarios se apresuraban ayer a pegar en el muro de entrada de la galería. Cuando varios meses atrás los responsables de la Lisson proyectaron la exposición con Weiwei, «él sabía que estaba en peligro», pero no hasta el punto de imaginar que solo podría comunicarse con el mundo a través de sus trabajos.

La muestra que hoy abre sus puertas ilustra una combinación entre las motivaciones del arte conceptual y una artesanía que bebe de siglos de refinamiento. El ataúd elaborado con madera de templos desmantelados de la dinastía Qing o las vasijas neolíticas recubiertas de rabiosos colores sintéticos simbolizan los valores culturales e históricos que quiso arrasar la Revolución Cultural. Tras la muerte de Mao, la erosión de los valores de la tradición prosigue en nombre de la burda comercialización y el progreso económico. El artista documenta la zarpa del desarrollo urbano en las calles de Pekín a través de la proyección de varias horas de vídeo con imágenes casi estáticas de carreteras, puentes, ciclistas y paseantes, al alba y al amanecer. También un conjunto de puertas de mármol apiladas en el patio de la galería busca replicar los montones de chatarra que definen el perfil de tantos suburbios de las megaciudades chinas. Dos sillas de mármol vacías a la entrada de la Lisson nos recuerdan cómo el régimen chino ha «difuminado» al gran artista, paradójicamente omnipresente en la temporada cultural londinense.

Rompiendo una urna de la dinastía Han, obra de Ai Weiwei de 1995.-

Además, el elegante recinto de la Sommerset House, centro artístico ubicado en el corazón de la capital, aloja desde el jueves la primera instalación al aire libre de Weiwei en la ciudad, un semicírculo compuesto por 12 cabezas de animales forjadas en bronce. La rata, el tigre o el cerdo integran la instalación Círculo de Animales/Cabezas del Zodíaco. Son recreaciones de esculturas que adornaron el palacio imperial de Pekín. El gobierno de China sigue reclamando esas piezas, robadas por tropas británicas y francesas en el siglo XIX. Paradójicamente, no fueron diseñadas al estilo oriental, sino siguiendo los cánones europeos.

Patricia Tubella, Londrees: Silenciado Weiwei, habla su obra, EL PAÍS, 13 de mayo de 2011

Arte moderno frente al Partenón

La fabulosa colección del multimillonario Georges Economou, propietario de 3.000 obras, compensa la curiosidad de los griegos por el arte contemporáneo

Teriade (1969), dibujo de Alberto Giacometti.


La poderosa belleza del Partenón parece haber inspirado una buena parte de las colecciones privadas griegas que se exhiben en diferentes museos de todo el mundo o se guardan en las lujosas mansiones de sus propietarios. Puede que las más conocidas sean las colecciones de las familias Goulandris, Onassis, Niarchos, Dakis Ionnanou o Daskalopoulos, que actualmente se exhibe en el Guggenheim de Bilbao. Pero hay mucho más. Una de las colecciones más ricas y desconocidas hasta pertenece al armador Georges Economou (Atenas, 1951). Propietario de más de 3.000 obras de arte, la Galería Municipal de Atenas muestra hasta primeros de octubre una selección de casi 300 cuadros realizados entre 1890 y 1990; del surrealismo al neofauvismo, una selección tan espectacular como caprichosa hecha personalmente por este millonario habitual en la lista Forbes (puesto 707 en 2008), cuyo objetivo es comprar un mínimo de 50 obras de arte al año.

Ya en febrero, en este mismo museo, se mostró una primera selección de su colección con obras de arte antiguo europeo. La masiva respuesta de los visitantes sirvió para convencerle de mostrar sus grandes tesoros de arte contemporáneo y aunque ya prestaba habitualmente alguna de sus pinturas a museos de todo el mundo, ahora asegura estar dispuesto a exhibir retrospectivas monográficas en algunos museos de Viena, Londres o Berlín. Actualmente se expone en Múnich su colección de 520 obras de Otto Dix, uno de sus «caprichos».

Los dos edificios que forman la Galería Municipal es un recorrido por obras de Giorgio de Chirico, André Masson, Paul Delvaux, Fernand Léger, Wilfredo Lam, Man Ray, René Magritte, Brassäi, Maurice Brianchon, Sigmar Polke, Robert Rauschenberg, Anselm Kiefer, Georg Baselitz, Franceso Clemente, Gerhard Richter, Tamara de Lempicka, Warhol y, entre muchos otros, una serie de 12 dibujos de David Hockney realizados para ilustrar la poesía de Kavafis.

Retrato de Wayne Gretzky (1983), de Andy Warhol; Autorretrato (1983), de Brassai, y Sin título (1932), de Joan Miró, tres joyas de la colección Economou.


Los artistas españoles tienen una notable presencia en la exposición. Además de Joan Miró, Juan Gris, o Francisco Bores, ocupan un lugar especial La mujer andaluza (1903), de Ignacio Zuloaga; El estudio de mujeres (1900), del Picasso más joven, o la Chaqueta afrodisíaca, reconstruida en 1967 por Salvador Dalí. Un collage de 1980 de Miquel Barceló, representa a los pintores españoles más recientes.

Nelli Kiriazi, directora de la Galería Municipal y comisaria de la exposición, reconoce que en un país en el que el patrimonio arqueológico, pese a los saqueos sufridos, es insuperable, los museos públicos son muy pobres en arte contemporáneo. «Estos artistas no se encuentran en los museos públicos. Somos ricos en arte clásico, bizantino, musulmán, pero no en arte contemporáneo». Para Kiriazi, la exposición de Economou descubre vertientes desconocidas de los movimientos y artistas representados. El arte alemán y austriaco de entreguerras es, en opinión de la experta, el núcleo más importante de la exposición, «pero cada pieza es un eslabón en la historia y tenemos la suerte de poderlos contemplar en directo».

Georges Economou cuenta en su despacho ateniense, un edificio modernista situado a media hora de la acrópolis, que empezó a coleccionar arte hace 30 años. En su caso, no había tradición familiar, solo la afición por el arte que comparte con la mayoría de los griegos y mucho dinero para poder satisfacer sus deseos. No alberga ambiciones de trascender ni tiene claro que el destino final de sus cuadros sea una fundación o un museo. Compra en subastas y en galerías, sobre todo alemanas, y afirma que se guía exclusivamente por su gusto personal. No ha pensado en hacer negocios con las obras, aunque confiesa ser flexible cuando algún museo importante le pide obras para una determinada muestra. Ahora está pensando en exhibir de una manera más regular. Tampoco tiene obras favoritas, aunque su frialdad expresiva se rompe tibiamente cuando habla de Otto Dix, artista del que posee más de 500 obras, entre dibujos, ilustraciones y pinturas. «Fue una oportunidad única y no lo dudé», asegura sin querer contar cuánto pagó por el lote.

Aunque nacido en Atenas, presume de vivir en todo el mundo y por ello no ha convertido sus casas en museos personales. Varias plantas de sus oficinas lucen en sus pareces una gran parte de su colección europea del siglo XX. No entra en temas políticos y responde de manera sarcástica a la pregunta de qué haría él para recuperar los frisos del panteón que se exponen en el Museo Británico. «Los metería en un barco y me los llevaría. En serio, creo que es un tema complicado porque la ley ampara al que detenta la propiedad y desde hace mucho tiempo los tiene Londres. No parece que haya mucho que hacer».

El alcalde de Atenas, Giorgios Kaminis, se alegra de que el momento crítico que atraviesan los presupuestos de los museos públicos se compensen con iniciativas como la de Georges Economou. «En lugar de quedar vacíos, los museos pueden ofrecer exposiciones que de otra manera no podríamos ni soñar. Así, los turistas podrán disfrutar de nuestros tesoros antiguos junto a maestros de la modernidad».

Ángeles García, Atenas: Arte moderno frente al Partenón, EL PAÍS, 7 de mayo de 2011

El pintor de la guerra de Vietnam

Entre los retratos sobre dictadores que pintó Golub en los setenta está la serie sobre Franco. Este, de 1976, muestra al personaje en el año 1940. En sus cuadros, los hombres poderosos parecen máscaras, seres sin vida. COLECCIÓN HARRIET Y ULRICH MEYEREl Museo Reina Sofía trae por primera vez a España la pintura de historia del estadounidense Leon Golub

Por primera vez se expone en España la obra del pintor Leon Golub. Este poco conocido artista estadounidense (Chicago, 1922- Nueva York, 2004) osó pintar lo que la sociedad de su país no quería ver: Vietnam, los mercenarios, los interrogatorios, es decir, los excesos de su política exterior, unos temas que la muerte de Osama bin Laden devuelve a la actualidad. El Museo Reina Sofía acoge en el palacio de Velázquez, en el Retiro madrileño, esta exposición, un centenar de obras de un pintor incómodo, que podrán contemplarse hasta el 12 de septiembre.

Golub no solo desafió al pensamiento dominante en su país, sino también al modelo de arte que imperaba cuando se dio a conocer, en los cincuenta. Él apostó por una nueva pintura de historia, con referencias a personajes y sucesos reales. Una obra que, como dejó dicho, «es una invitación a un lugar en el que nadie querría estar». El director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, ha destacado hoy, en la presentación de la muestra, que «los personajes de Golub miran al espectador y este siente cercano su dolor». «Es un arte en el que la figura es muy importante, son formas toscas, rudas», ha señalado. El director de la pinacoteca ha explicado que ese estilo le granjeó críticas, «hubo quien decía que no sabía pintar, cuando era un dibujante buenísimo».

La opresión política y militar, «el abuso del poder», están de manera constante en las pinturas de Golub, como ha subrayado su amigo Jon Bird, profesor de la Universidad Middlesex de Londres y comisario de la exposición Leon Golub.

Los abusos

Qué mejor ejemplo de esos abusos y violaciones de derechos que Vietnam, matriz de esta muestra. Golub, muy influido por Los desastres de la guerra, de Goya y el Guernica, de Picasso -que vio de adolescente-, respondió al cuadro del malagueño con otro alegato antiguerra, Vietnam II. En su serie sobre este asunto se aprecia qRetrato de un dictador. Una de las salas reúne sus retratos de dictadores, como este Pinochet, (1976) IV. COLECCIÓN HALLue Golub era «un consumidor masivo de información», señala Bird, era un artista muy pendiente de lo que ocurría a su alrededor. Siguió esa línea con la serie Napalm, de la que también hay un ejemplo en el palacio de Velázquez. En sus cuadros del conflicto que perdió EE UU en el sudeste asiático «hay trozos de lienzo cortados, lo que era una forma de acercar al espectador a la obra».

La muestra también recorre otras etapas de Golub. Entre ellas sobresale la de los Retratos políticos: Franco, con seis cuadros -incluido uno del dictador en el ataúd-, Pinochet, Mao Tse-Dong, Fidel Castro… Bustos a tamaño natural que surgen como máscaras, sin apenas vida, en colores apagados. Bird ha explicado que su amigo pintó «unos cien retratos entre 1976 y 1979, tomados sobre todo de fotografías publicadas en los periódicos. Para él eran ejemplos de la representación mediática del poder».

Influencia de lo clásico

Sin embargo, el artista había comenzado con obras de influencia clásica, como su revisión del tema mitológico de la lucha entre dioses y gigantes, la Gigantomaquia II, de 1966. Fue en los ochenta -ya tenía un importante reconocimiento en su país-, cuando se centró en pinturas como Mercenarios, Interrogatorios o El prisionero, denuncias de la actuación de EE UU en Centroamérica. «Cuando empezaron a aparecer las fotos de la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, era imposible no asociarlas a esos cuadros», ha destacado Bird.

El artista evolucionó y en los noventa dejó paso a la ciudad, poblada en sus lienzos por perros rabiosos y leones que merodean, son pinturas que incluyen textos irónicos, «lo que recuerda a los grafitis», según Bird. «Golub refleja la vida de la calle» en esos cuadros, ha agregado su amigo. Para acabar, en los últimos años de su vida, cuando su quebrada salud no le permitía hacer más grandes lienzos, se despidió con una serie en formato pequeño de dibujos carnavalescos llenos de personajes mitológicos. Bird ha finalizado su presentación remarcando el que fue siempre motivo central de la obra de su añorado compañero: «Decirle la verdad al poder».

Gigantomaquia. El tema de la violencia está en la obra de Golub. (Cortesía de The State of Nancy Espero y Stephen, Philip y Paul Golub).
Golub plasmó los excesos de la política exterior estadounidense, sobre todo con obras que reflejaban su actuación en Centroamérica. Ese es el tema de Mercenarios IV, de 1980, uno de sus cuadros más célebres. COLECCIÓN HARRIET Y ULRICH MEYTER
El interrogatorio. La muerte de Bin Laden pone de manifiesto la perpetua actualidad de las obras de Golub. Este cuadro de 1981 pertenece a su serie sobre interrogatorios. Los temas elegidos por este pintor dificultaron el reconocimienton de su valor. THE BROAD ART FOUNDATION
'Jugueteando'. No solo se fijo este artista en temas escabrosos. También tuvo gusto para el juego, el carnaval. Como muestra este Jugueteando III, de 1983. (The Eli y Edithe L. Broad Collection)
Vietnam. El artista nacido en Chicago era un consumidor masivo de información. El horror de la guerra de Vietnam ocupa una parte importante de su obra. Este enorme cuadro, de 1973, preside la sala principal de la exposición sobre Golub. (Cortesía de Harriet y Ulrich Meyer)
'El prisionero'. Mientras su salud se lo permitió Golub se implicó en cuadros de grandes dimensiones. El Prisionero, de 1989, (243,8 x 459,7) recoge uno de los temas favoritos del pintor. La violencia del poder y el dolor de quien lo sufre. (Colección Harriet y Ulrich Meyer).

Manuel Morales, Madrid: El pintor de la guerra de Vietnam, EL PAÍS, 4 de mayo de 2011