{"id":101251,"date":"2022-01-18T09:57:44","date_gmt":"2022-01-18T08:57:44","guid":{"rendered":"https:\/\/www.hislibris.com\/?p=36262"},"modified":"2022-01-18T09:57:44","modified_gmt":"2022-01-18T08:57:44","slug":"filipo-y-alejandro-reyes-y-conquistadores-adrian-goldsworthy","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/2022\/01\/18\/filipo-y-alejandro-reyes-y-conquistadores-adrian-goldsworthy\/","title":{"rendered":"FILIPO Y ALEJANDRO. REYES Y CONQUISTADORES \u2013 Adrian Goldsworthy"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: left;\"><a href=\"https:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2021\/12\/510UFPSCvnL._AC_SY780_.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-36264\" src=\"https:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2021\/12\/510UFPSCvnL._AC_SY780_-200x300.jpg\" alt=\"\" width=\"100\" height=\"150\" srcset=\"https:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2021\/12\/510UFPSCvnL._AC_SY780_-200x300.jpg 200w, https:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2021\/12\/510UFPSCvnL._AC_SY780_.jpg 333w\" sizes=\"(max-width: 100px) 100vw, 100px\" \/><\/a>\u201c<em>Despu\u00e9s de tanta incertidumbre, la verdad era sencilla: Filipo estaba muerto, y Alejandro era rey<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>Esta cita no deber\u00eda, en principio, desvelar ning\u00fan secreto del libro; a estas alturas, quien m\u00e1s y quien menos sabemos que un tal Filipo rey de Macedonia muri\u00f3 en circunstancias algo extra\u00f1as, y que su hijo Alejandro hered\u00f3 el reino y despu\u00e9s conquist\u00f3 el imperio persa. Tantas veces nos han contado esta historia, <a href=\"https:\/\/youtu.be\/1oTEQf1d9Iw\">hasta canciones se han hecho<\/a>, que sorprende que nos la vuelvan a contar una vez m\u00e1s. Pero, en efecto, as\u00ed es: un nuevo libro se ha publicado sobre el tema. Conviene conocer, por tanto, qu\u00e9 de novedoso aporta, ya sea en la forma, ya en el fondo, al relato de Alejandro. <em>Filipo y Alejandro. Reyes y conquistadores<\/em> es la obra con la que Adrian Goldsworthy ha llevado a cabo su particular acercamiento a la figura del macedonio. Sin embargo, y visto con otra perspectiva, en realidad no solo no es nada sorprendente la aparici\u00f3n de un nuevo libro sobre el tema, sino que entra dentro de lo habitual: el tema alejandrino es tan atrayente como inagotable, y nunca ha dejado de publicarse monograf\u00edas dedicadas al macedonio (a este respecto no puedo por menos que recomendar el monumental trabajo de Antonio Ignacio Molina Mar\u00edn <em>Alejandro Magno (1916-2015). Un siglo de estudios sobre Macedonia Antigua<\/em>, Ediciones P\u00f3rtico, 2018). Goldsworthy recorre as\u00ed un camino algo trillado, por decirlo suavemente.<span id=\"more-36262\"><\/span><\/p>\n<p>Sin embargo, es llamativo (o no, pero a m\u00ed s\u00ed me llama la atenci\u00f3n) que sea un historiador como Goldsworthy quien se lance a la aventura macedonia, cuando hasta ahora ha centrado totalmente su producci\u00f3n ensay\u00edstica (y literaria, que novelas tambi\u00e9n hace) en el mundo romano. Quiz\u00e1 haya alguna raz\u00f3n, m\u00e1s all\u00e1 de la mera atracci\u00f3n por una figura tan impresionante como la del macedonio, para que el brit\u00e1nico haya \u201ccambiado de bando\u201d y se haya pasado a los griegos. El propio historiador confiesa en la introducci\u00f3n del libro que no desea \u201c<em>a\u00f1adir otro <\/em>[libro] <em>m\u00e1s al mont\u00f3n<\/em>\u201d de ensayos existentes sobre el macedonio, a quien estudi\u00f3 por primera vez con cierta profundidad a los diecisiete a\u00f1os. Sin embargo, Goldsworthy detecta una carencia en toda esa producci\u00f3n de libros alejandrinos: Filipo no aparece, o aparece como mero pre\u00e1mbulo al tema principal, que es su hijo. Este hecho da lugar a una comprensi\u00f3n deficiente del comportamiento de Alejandro, y a una visi\u00f3n incompleta del panorama hist\u00f3rico de aquellos a\u00f1os, puesto que Alejandro no \u201ccomenz\u00f3 de cero\u201d (nada m\u00e1s lejos, en realidad). Por lo que yo conozco, y en lo que a letras castellanas se refiere, Filipo es un alma en pena: no recuerdo ninguna monograf\u00eda, ni siquiera traducida, dedicada en exclusiva a Filipo (el autor todoterreno Arturo S\u00e1nchez Sanz tiene el breve <em><a href=\"https:\/\/www.hislibris.com\/filipo-ii-y-el-arte-de-la-guerra-arturo-sanchez-sanz\/\">Filipo II y el arte de la guerra<\/a><\/em> en HRM Ediciones, y para de contar), y ya ser\u00eda hora de que alguien se pusiera a ello; muchos lo celebrar\u00edamos. En ingl\u00e9s, en cambio, si bien es cierto que no abundan, s\u00ed que hay algunos trabajos monogr\u00e1ficos: el mamotr\u00e9tico y profusamente ilustrado <em>Philip of Macedon<\/em> publicado en Ekdotike Athenon en 1980, con textos de historiadores ilustres como Andronicos, Cawkwell, Griffith, Hammond o L\u00e9v\u00eaque; u otros trabajos m\u00e1s recientes, como los de Ian Worthington, Richard Gabriel o Edward M. Anson. Lo que no hay, y de eso se queja Goldsworthy y por esto ha escrito su obra, son libros de conjunto que incluyan a Filipo y a su hijo, y en los que ambos personajes tengan el mismo coeficiente de importancia. Con el <em>Filipo y Alejandro<\/em> de Goldsworthy puede uno \u201cponerlos en contexto\u201d a ambos sin necesidad de soltar el libro e irse a buscar otro manual que lo complemente. Ciertamente es un objetivo loable y nada banal. Sin embargo, el autor no acaba de ser del todo coherente con su premisa, puesto que (y hablamos ahora de n\u00fameros puros y duros) de las 625 p\u00e1ginas que contiene el volumen publicado por La Esfera de los Libros, 283 son para Alejandro y 196 para su padre. No est\u00e1 mal dedicar casi 200 p\u00e1ginas a Filipo, pero sigue quedando por detr\u00e1s de su hijo, que le supera en cerca de 100. Pero bien est\u00e1 lo que buena intenci\u00f3n tiene, as\u00ed que en lo que a este asunto respecta, bienvenido sea el libro de Goldsworthy.<\/p>\n<p>Entrando ya en materia, la obra se describe a s\u00ed misma en sus primer\u00edsimas p\u00e1ginas: \u201c<em>En muchos sentidos, este libro es de Historia a la vieja usanza, con \u00e9nfasis en la historia y la pol\u00edtica, porque ambas son el tema principal de las fuentes antiguas<\/em>\u201d. En efecto, Goldsworthy no renuncia a hablar (poco, eso s\u00ed) de econom\u00eda, sociedad o cultura, pero de lo que va el libro es de los enfrentamientos que tuvo que superar Filipo para llegar a ser quien fue, y de las batallas y obst\u00e1culos que venci\u00f3 Alejandro en su conquista del imperio persa. Se trata, pues, de un texto que no se complicar\u00e1 en exceso con arduos an\u00e1lisis de log\u00edstica, ni con recuentos, ni con cifras econ\u00f3micas sobre la producci\u00f3n agr\u00edcola o ganadera. Es un libro que va al grano y deja todo eso, tan caro a algunos lectores pero tan indigesto a otros, para manuales de m\u00e1s calado. En cambio, dedica bastantes p\u00e1ginas al relato de batallas, relatos los cuales, parad\u00f3jicamente (y esto es ya una impresi\u00f3n personal, aunque qu\u00e9 no lo es en esta rese\u00f1a) no da la sensaci\u00f3n de que sean escrupulosamente pormenorizados. La inclusi\u00f3n (y omisi\u00f3n) de todos estos elementos, hacen del libro de Goldsworthy una lectura amigable y llevadera, cumpliendo as\u00ed seguramente con el prop\u00f3sito de su autor. Por usar de coordenadas a otros autores que han llenado p\u00e1ginas con el macedonio, Goldsworthy jugar\u00eda en la liga de Cartledge o Moss\u00e9, m\u00e1s que en la de Hammond, Bosworth, G\u00f3mez Espelos\u00edn o Heckel.<\/p>\n<p>Menci\u00f3n aparte merecen, y hay que hablar de ello porque es de justicia, las n\u00fameros(\u00edsim)as erratas que contiene el texto. Es cierto que, dispersas en m\u00e1s de 600 p\u00e1ginas, esas equivocaciones se diluyen y minimizan, pero no son de recibo en un libro (en ning\u00fan libro, pero con mayor raz\u00f3n en el que nos ocupa) que pretende lo que este, con un autor del nivel de este, y en un formato de publicaci\u00f3n como esta. Sin duda una revisi\u00f3n m\u00e1s minuciosa (si es que se ha hecho alguna) de la traducci\u00f3n, habr\u00eda evitado los lapsus en las fechas (el rey Amintas I muri\u00f3 en 498 a.C., no en 598 a.C.; Tebas someti\u00f3 Macedonia en 369 a.C., no en 396 a.C.; Brasidas muri\u00f3 en 422 a.C., no en 442 a.C.), en los nombres propios (Curtio por Curcio, Anfi\u00f3polis por Anf\u00edpolis, Lavrio por Laurio o Lauri\u00f3n, Ionia por Jonia, Boecia por Beocia, Caldwell por Cawkwell, Manitnea por Mantinea\u2026), en los t\u00e9rminos griegos (<em>pathos<\/em> por <em>pothos<\/em>), en las notas (hay alguna que est\u00e1 repetida palabra por palabra), en el sentido de algunas frases (\u201c<em>Ant\u00edpatro era unos pocos a\u00f1os m\u00e1s joven que Filipo<\/em>\u201d; casi cuatro lustros m\u00e1s joven, era), y hasta en los mapas (en el mismo mapa aparece \u201cAmu Daria\u201d como nombre actual para dos r\u00edos: el antiguo Oxo, lo cual es correcto, y el Yaxartes, que en realidad es el Sir Daria; en otro aparece un escandaloso \u201cDanubio\u201d como nombre del r\u00edo que separa los ej\u00e9rcitos en la batalla del Gr\u00e1nico; un extra\u00f1o mapa de satrap\u00edas persas muestra el nombre de algunas que ya no exist\u00edan en tiempos de Dar\u00edo III, y otras que s\u00ed). Otra cuesti\u00f3n, ya concerniente no al mundo de los gazapos sino al de las decisiones editoriales (creo yo, aunque tampoco estoy muy puesto en eso), es la del \u00edndice anal\u00edtico. Su ausencia, en mi opini\u00f3n, desluce un ensayo que desea ser algo m\u00e1s que un mero entretenimiento. Ser\u00e1n (son) man\u00edas personales, pero unas cuantas p\u00e1ginas dedicadas a dicho \u00edndice marcan la diferencia entre los trabajos divulgativos que son puro pasatiempo y a otra cosa, y los que desean elevarse un poco y dejar cierto poso en el lector. Y ya puestos a decirlo todo, tampoco destacan por su brillantez los pies de foto de las p\u00e1ginas centrales del libro. \u201cFalanges hoplitas en el Jarr\u00f3n Chigi\u201d, El Pnyx en Atenas\u201d, \u201cTrirreme de Olimpia\u201d, \u201cEl joven Alejandro\u201d, \u201cEscena de batalla del mosaico de Alejandro\u201d, y unas cuantas m\u00e1s descripciones desangeladas y anodinas de las im\u00e1genes, hu\u00e9rfanas de referencias geogr\u00e1ficas, temporales o del tipo que sea, y desde luego carentes por completo de un m\u00ednimo esp\u00edritu divulgador.<\/p>\n<p>Dicho ya lo negativo, vayamos ahora con lo positivo. Y lo positivo es la solvencia de Adrian Goldsworthy a la hora de relatar y describir los hechos. Maneja las fuentes y la bibliograf\u00eda secundaria con soltura, como no pod\u00eda ser de otro modo, si bien esta \u00faltima brilla por ser eminentemente anglosajona. En la primera parte del ensayo el autor recalca varias veces la escasez de textos que nos hablen del reinado de Filipo y la Macedonia de la primera mitad del siglo IV a.C. Diodoro de Sicilia y Pompeyo Trogo (es decir, el ep\u00edtome que de los cuarenta y cuatro libros perdidos de su obra hizo el autor latino Justino un centenar de a\u00f1os m\u00e1s tarde) son, como es sabido, las fuentes principales. Pese a ello, utilizando fragmentos de estos dos historiadores, los discursos de Dem\u00f3stenes y Esquines, algunos apuntes de Plutarco y poco m\u00e1s, Goldsworthy es capaz de componer un relato unitario del reino macedonio inserto en el convulso panorama griego de aquellas d\u00e9cadas iniciales del siglo IV a.C., un siglo extraordinario en el que el mundo y el modo en que este era comprendido cambiar\u00edan radicalmente. Al norte y al oeste de Macedonia, los territorios fronterizos con los ilirios, molosios, orestas, peonios y otras tribus tracias, eran lugar abonado a guerras y conflictos. Al sur, en la tierra de los griegos (si es que acaso los macedonios no lo eran), la hegemon\u00eda espartana, a la que sus vecinos estaban m\u00e1s o menos habituados, dio paso a la tebana, fugaz y epis\u00f3dica como pocas. Por otro lado, algunas ciudades griegas, Atenas especialmente, pretendieron durante estos a\u00f1os obtener beneficio en lugares como la Calc\u00eddica o ciertos puntos del golfo Termaico, territorios pr\u00f3ximos tambi\u00e9n al reino macedonio. Vale decir que Atenas, que comenz\u00f3 el siglo con la etiqueta de ciudad derrotada (por Esparta en la guerra del Peloponeso), pas\u00f3 buena parte de la centuria pugnando por recuperar el prestigio (y el territorio) perdido. Es escasa la bibliograf\u00eda sobre este per\u00edodo, y por ello vale la pena destacar la monograf\u00eda de Julia Heskel <em>The North Aegean Wars. 371-360 a.C.<\/em>, que ofrece una excelente visi\u00f3n de conjunto de esa d\u00e9cada previa a la aparici\u00f3n de Filipo en el panorama griego.<\/p>\n<p>El ascenso de Filipo al trono de Macedonia (primero de regente y despu\u00e9s como rey) es presentado por Goldsworthy como lo que fue: un suceso fortuito, casi casual, que descubri\u00f3 al mundo a un sujeto con grandes habilidades diplom\u00e1ticas y militares. Atenas se opuso, m\u00e1s de palabra que de obra, al creciente poder que fue adquiriendo el rey macedonio. Pero la progresi\u00f3n de Filipo era imparable; a este respecto, el recurrente argumento, esgrimido ya por Dem\u00f3stenes, de que Atenas actuaba siempre tarde ante los movimientos del macedonio (de hecho, no se trataba de acciones sino de reacciones) es matizado por el brit\u00e1nico y no sin raz\u00f3n: la ciudad \u00e1tica ten\u00eda abiertos otros frentes igual de preocupantes o incluso m\u00e1s, como los conflictos con sus d\u00edscolos aliados o las dificultades para mantener sus posesiones en el Quersoneso tracio. Las ya mencionadas lagunas en el conocimiento de los hechos de Filipo durante su reinado, dan pie a los historiadores a la elaboraci\u00f3n de conjeturas con las que llenar los huecos; Goldsworthy no participa demasiado en ese juego, y m\u00e1s bien se limita a dejar constancia de dichas lagunas y, alguna vez, de las opiniones que los eruditos tienen al respecto.<\/p>\n<p>En su conjunto, los cap\u00edtulos dedicados a Filipo se leen bien y con inter\u00e9s. Sin embargo, donde Goldsworthy se siente m\u00e1s c\u00f3modo, como es l\u00f3gico, es en la parte del libro dedicada a Alejandro. No ofrece un retrato obsequioso del macedonio, como s\u00ed lo hacen otros historiadores (pienso en Hammond, por ejemplo), ni tampoco se sit\u00faa en el extremo opuesto, present\u00e1ndolo como un conquistador sanguinario y cruel (Heckel). Goldsworthy camina por terreno neutral, con argumentos que no denotan favoritismo en ning\u00fan sentido. Por ejemplo, ante el empe\u00f1o de Alejandro por congeniar con los nativos asi\u00e1ticos, el historiador brit\u00e1nico no propone explicaciones culturales ni imagina un deseo de Alejandro por aunar razas y pueblos, sino que opta, de modo pragm\u00e1tico, por lo obvio: los macedonios eran muy pocos y se ve\u00edan incapaces de controlar ellos solos tan inmenso territorio, de modo que deb\u00edan recurrir a los propios asi\u00e1ticos. Del mismo modo, la habitual explicaci\u00f3n de los conflictos internos que se generaron en el seno del ej\u00e9rcito macedonio, asentada en el choque entre la \u201cvieja guardia\u201d de Filipo, los soldados m\u00e1s veteranos (conservadores, reacios a la integraci\u00f3n con los vencidos y amantes de la cultura tradicional macedonia), y la nueva generaci\u00f3n, a la que el propio Alejandro pertenec\u00eda (m\u00e1s abierta al cambio, a la adopci\u00f3n de costumbres nuevas y a la aceptaci\u00f3n de los asi\u00e1ticos en el ej\u00e9rcito), Goldsworthy la ve con malos ojos: el amplio abanico de lealtades, opiniones, rivalidades, simpat\u00edas y antipat\u00edas personales, estaba por encima de aquella simplista distinci\u00f3n entre \u201cviejos\u201d y \u201cj\u00f3venes\u201d, y probablemente ten\u00eda m\u00e1s peso en las acciones de los individuos. Despu\u00e9s de todo, y como dice el brit\u00e1nico varias veces, el ej\u00e9rcito de Alejandro no era profesional, como lo fue el romano, sino que estaba constituido por \u201cel pueblo en armas\u201d, macedonios que, adem\u00e1s de su lealtad a la persona de Alejandro, ten\u00edan otras motivaciones para vivir: un hogar y una familia en Macedonia.<\/p>\n<p>El libro cierra con dos ap\u00e9ndices casi testimoniales: el primero dedicado a ofrecer un brev\u00edsimo esbozo de los principales autores cl\u00e1sicos que dedican p\u00e1ginas, o bien citan en ellas, a Alejandro y su padre: Arriano, Curcio Rufo, Dem\u00f3stenes, Esquines, Diodoro de Sicilia, Estrab\u00f3n, Justino y Plutarco. En el segundo ap\u00e9ndice, de apenas cinco p\u00e1ginas, se describen muy brevemente las tumbas reales de Vergina, la antigua Egas, capital de Macedonia hasta que Pella ocup\u00f3 ese lugar en el siglo IV a.C. La sucinta bibliograf\u00eda citada al final del libro es, como ya he dicho, eminentemente anglosajona. Destaca por ello la presencia del especialista de la Universitat Aut\u00f2noma de Barcelona Borja Antela-Bern\u00e1rdez, autor de numerosos trabajos sobre Alejandro.<\/p>\n<p>Se trata de un libro que ofrece un somero recorrido (quienes posean un cierto bagaje en lecturas alejandrinas tendr\u00e1n sin duda esta impresi\u00f3n) por las trayectorias pol\u00edticas y militares de Filipo y Alejandro, sin entrar en pol\u00e9micas, debates ni posicionamientos enconados. La parte dedicada a Filipo se hace m\u00e1s aprovechable debido a la escasa competencia con otras monograf\u00edas dedicadas al rey macedonio, y la de Alejandro m\u00e1s redundante por la raz\u00f3n contraria. Es, sin embargo, una buena lectura cuya principal baza, como el propio Goldsworthy afirma, es la reuni\u00f3n en un mismo volumen de ambos personajes. Con las salvedades mencionadas, se trata de una buena apuesta de la editorial en su af\u00e1n por divulgar la Historia.<\/p>\n<p>Adrian Goldsworthy, <em>Filipo y Alejandro, reyes y conquistadores<\/em>. La esfera de los libros, 2021, 628 pp.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&ldquo;Despu&eacute;s de tanta incertidumbre, la verdad era sencilla: Filipo estaba muerto, y Alejandro era rey&rdquo;. 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