{"id":97968,"date":"2019-10-30T12:18:16","date_gmt":"2019-10-30T11:18:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.hislibris.com\/?p=30473"},"modified":"2019-10-30T12:18:16","modified_gmt":"2019-10-30T11:18:16","slug":"cultura-terry-eagleton","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/2019\/10\/30\/cultura-terry-eagleton\/","title":{"rendered":"CULTURA \u2013 Terry Eagleton"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/gcbfyjfyuk.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-30495\" src=\"http:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/gcbfyjfyuk-150x150.jpg\" alt=\"\" width=\"100\" height=\"164\" srcset=\"https:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/gcbfyjfyuk-183x300.jpg 183w, https:\/\/www.hislibris.com\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/gcbfyjfyuk.jpg 230w\" sizes=\"(max-width: 100px) 100vw, 100px\" \/><\/a>Si alguien nos dijera que hay una cultura del karaoke, o una del consumo de caf\u00e9 o del fumar en pipa, o una cultura militar o del sindicalismo, captar\u00edamos enseguida a qu\u00e9 alude nuestro interlocutor, tanto como si su charla versara sobre obras literarias, escult\u00f3ricas o musicales, o bien sobre dilemas filos\u00f3ficos, o sobre los contrastes entre la cultura inglesa y la japonesa (\u00e1mbitos que asociamos de manera m\u00e1s irrestricta con un concepto virtuoso de \u201ccultura\u201d). No nos escandalizar\u00edamos si, aun en ausencia de toda transici\u00f3n tem\u00e1tica, rompiese el hipot\u00e9tico individuo a hablar de una cultura del narcotr\u00e1fico o de la pornograf\u00eda, o una del nepotismo y el tr\u00e1fico de influencias, asuntos a todas luces escabrosos, cargados de connotaciones negativas. Sucede que el vocablo \u201ccultura\u201d es de los m\u00e1s polis\u00e9micos que existen, a tal extremo que su desdoblamiento sem\u00e1ntico involucra no solo el habla cotidiana, propio de la comunicaci\u00f3n oral o period\u00edstica \u2013campos en que le atribuir\u00edamos por lo corriente connotaciones metaf\u00f3ricas o figurativas, como en la expresi\u00f3n \u201ccultura del surf\u201d-, sino, tambi\u00e9n, el lenguaje m\u00e1s formal y riguroso de las publicaciones acad\u00e9micas \u2013un soci\u00f3logo del deporte o de actividades recreativas estar\u00eda perfectamente autorizado para valerse en un estudio de la misma expresi\u00f3n, \u201ccultura del surf\u201d-. La dificultad reside en que la elasticidad del t\u00e9rmino, tanto como su empleo sobremanera laxo e indistinto, implica el riesgo de difuminar sus contornos, con grave merma de su rigor y precisi\u00f3n comunicativa. De hecho, este riesgo est\u00e1 inseminado en el mism\u00edsimo saber acad\u00e9mico, toda vez que la antropolog\u00eda, y con ella la sociolog\u00eda, suelen asignar a la idea de cultura una acepci\u00f3n omnicomprensiva: <em>grosso modo<\/em>, cultura como el conjunto de valores, creencias, normas, pr\u00e1cticas y bienes materiales en que se manifiesta la condici\u00f3n humana, proporcionando espesor y significado a la vida en sociedad.<span id=\"more-30473\"><\/span><\/p>\n<p>No careciendo la acepci\u00f3n de sentido, el problema es que tanta amplitud, tanta vaguedad, aproxima peligrosamente el t\u00e9rmino a un estatus de irrelevancia sem\u00e1ntica, puesto que todo lo incluye y en nada discrimina (excepto en lo que toca a la naturaleza, su opuesto por antonomasia); irrelevancia tanto m\u00e1s desconcertante cuanto m\u00e1s consideramos la actitud reverente que ante el concepto nos imponen los siglos de mentalidad ilustrada y progresista \u2013al menos sus resabios-, o la veneraci\u00f3n de cosas como el genio art\u00edstico y el ansia de expandir un conocimiento racionalmente fundado (ambas, expresiones elevadas de cultura), o, por qu\u00e9 no, el respeto que nos infunde la noci\u00f3n de cultura como matriz de la identidad colectiva.<\/p>\n<p>Con el objeto de esclarecer esta cuesti\u00f3n, pero tambi\u00e9n de poner en solfa algunos lugares comunes, el vers\u00e1til estudioso de la literatura y cr\u00edtico cultural Terry Eagleton (Reino Unido, 1943) engros\u00f3 en 2016 su prol\u00edfica bibliograf\u00eda con un libro titulado sencillamente \u2018<em>Culture\u2019<\/em>, compacto ensayo que arranca con una enumeraci\u00f3n de las que quiz\u00e1 sean las acepciones m\u00e1s importantes del concepto de cultura, a saber: 1) un corpus de obras intelectuales y art\u00edsticas; 2) un proceso de desarrollo espiritual e intelectual; 3) los valores, costumbres, creencias y pr\u00e1cticas simb\u00f3licas en virtud de los cuales viven hombres y mujeres, o 4) una forma de vida en su conjunto. Entre otros muchos aspectos, la cultura art\u00edstica o intelectual incorpora la innovaci\u00f3n como variable destacada, mientras que la cultura como forma de vida se nutre ante todo de lo tradicional, de la continuidad de usanzas arraigadas, conectando directamente con la tercera acepci\u00f3n (costumbres y dem\u00e1s); lo cual no quiere decir que el cambio le sea extra\u00f1o o incompatible: sucede m\u00e1s bien que la acepci\u00f3n opera en un nivel predominantemente descriptivo, ateni\u00e9ndose a lo que, en retrospectiva, contribuye a la espec\u00edfica configuraci\u00f3n de una sociedad. En tanto forma de vida, la noci\u00f3n de cultura se vuelve m\u00e1s que nunca extensiva al conjunto del tejido social, fundi\u00e9ndose en indisoluble s\u00edntesis con la idea de identidad colectiva.<\/p>\n<p>Pero lo descriptivo no agota las posibilidades ni, mucho menos, el empuje de un concepto impregnado de vitalidad. En el plano normativo, emerge la cultura como ideal y valor al que es obligado aspirar, en franco contraste con la idea de civilizaci\u00f3n. La dicotom\u00eda \u201ccultura vs. civilizaci\u00f3n\u201d es el precipitado de un proceso hist\u00f3rico directamente vinculado con el nacimiento de la modernidad, el declive del orden tradicional y la desigual distribuci\u00f3n de roles hist\u00f3ricos desempe\u00f1ados por naciones y estados en la marcha del proceso. No hace falta precisar mucho m\u00e1s para dar con el quid de la cuesti\u00f3n: el retraso de Alemania en la conformaci\u00f3n de un pa\u00eds unificado y soberano, un estado-naci\u00f3n en regla, fen\u00f3meno que hizo de la conflictiva \u201cgermanidad\u201d \u2013comunidad nacional a un tiempo que proyecto de estado truncado- el agente primordial tras el auge del concepto de naci\u00f3n como instrumento de autoafirmaci\u00f3n y como arma de combate. Pol\u00edtica y administrativamente fragmentada, Alemania se defin\u00eda a s\u00ed misma como \u201cnaci\u00f3n de cultura\u201d por sobre cualquier otra referencia, unida por su lengua, su pasado y su patrimonio espiritual.<\/p>\n<p>La civilizaci\u00f3n era el principio opuesto, encarnado por el enemigo hist\u00f3rico: Francia, arquetipo de estado centralizado y ep\u00edtome de una civilizaci\u00f3n volcada en el cultivo de las buenas maneras, la sofisticaci\u00f3n material y la obsesi\u00f3n por las artes, formalmente bellas pero vaciadas de consistencia espiritual. Lutero, Goethe y Kant de un lado, del otro los perfumes, los refinamientos culinarios y la fastuosidad versallesca. El contraste civilizaci\u00f3n\/cultura trascendi\u00f3 bien pronto de su contexto original, deviniendo no solo consigna sino se\u00f1al de unos tiempos en que se bat\u00edan el progreso cient\u00edfico-tecnol\u00f3gico, el ascenso de la burgues\u00eda y la depauperaci\u00f3n de unas masas campesinas convertidas de s\u00fabito en proletariado urbano. En la Inglaterra capital de la revoluci\u00f3n industrial, hombres como Thomas Carlyle, John Ruskin y William Morris tronaban contra el utilitarismo, el materialismo, el abandono de las tradiciones y la degradaci\u00f3n de la naturaleza (en la que inclu\u00edan a campesinos y artesanos conviviendo armoniosamente con el entorno) a causa del crecimiento explosivo de las ciudades, s\u00f3rdidas y desprovistas de alma: un l\u00f3brego p\u00e1ramo cultural. Identificada con una modernidad depredadora, la civilizaci\u00f3n \u2013vocablo cuya etimolog\u00eda misma evoca la vida urbana- se tornaba odiosa en grado sumo.<\/p>\n<p>Otras ant\u00edtesis que usualmente movilizan convicciones y pasiones, inspirando sendas ideolog\u00edas, son las de \u201ccultura vs. barbarie\u201d y \u201ccultura vs. naturaleza\u201d. Ninguna est\u00e1 exenta de ambig\u00fcedades y zonas oscuras. El expansionismo occidental enarbol\u00f3 la lucha contra la barbarie a fin de justificar la sujeci\u00f3n de los \u201cpueblos atrasados\u201d; el hecho, empero, es que los imperios no vacilaron en implementar medidas que hoy calificar\u00edamos de b\u00e1rbaras: esclavizaci\u00f3n de etnias enteras; explotaci\u00f3n, mutilaci\u00f3n y matanza (v.g., exterminio de los herero y los matacqua por Alemania, las atrocidades cometidas en el Congo belga bajo la f\u00e9rula de Leopoldo II, o el progresivo aplastamiento en EE.UU. de los nativos americanos); conflictos y masacres imperialistas (Guerras del Opio, Guerra de los Boers, la batalla de Omdurm\u00e1n y su escabechina debida al uso de ametralladoras, etc.). Bien entrado el siglo XX, el Holocausto y dem\u00e1s cr\u00edmenes del nazismo tuvieron el efecto de una inmersi\u00f3n brutal en el coraz\u00f3n de las tinieblas: revelaron lo que hab\u00eda de quim\u00e9rico en la idea de que el avance de la civilizaci\u00f3n nos alejar\u00eda, sin riesgo de retorno, de las pulsiones primitivas y destructivas que bullen en las entra\u00f1as del g\u00e9nero humano. (No hay sino recordar que los nazis consumaron sus pol\u00edticas homicidas en nombre de la \u201ccultura germana\u201d.) En cuanto a la segunda dicotom\u00eda, una de varias objeciones surge de la observaci\u00f3n de que la cultura es posible porque la naturaleza le proporciona un sustrato: la \u201cnaturaleza humana\u201d, de la que a menudo enfatizamos la faceta socio-cultural, es indisociable de la configuraci\u00f3n org\u00e1nica de nuestra especie, que a su vez decanta de un proceso evolutivo a gran escala. La escisi\u00f3n entre ambos polos, naturaleza y cultura, no debe hacernos olvidar lo que debe al quehacer anal\u00edtico del conocimiento, que supone descomponer artificialmente en partes lo que en principio es s\u00edntesis, esto es, un todo integral.<\/p>\n<p>La vuelta a la naturaleza, preconizada ya por los rom\u00e1nticos y <em>leitmotiv<\/em> seminal del paradigma antimoderno, ha resurgido con fuerza en los \u00faltimos decenios, no reparando sus promotores en la circunstancia de que la naturaleza no es en s\u00ed misma benigna, resultando a menudo inh\u00f3spita e inclemente, y que ella no nos redime por s\u00ed sola; tampoco lo hace la ilusi\u00f3n de un hombre en \u201cestado de naturaleza\u201d, no contaminado por los excesos y descarr\u00edos de la civilizaci\u00f3n. Despu\u00e9s de todo, el motivo del \u201cbuen salvaje\u201d sigue siendo un mito, mientras que la inhibici\u00f3n de los instintos o pulsiones primigenias de la naturaleza humana, a pesar de la demonizaci\u00f3n de la idea por los reto\u00f1os actuales del romanticismo, no deja de ser una aspiraci\u00f3n razonable: en lugar de dar por caducas la educaci\u00f3n y la socializaci\u00f3n de los individuos, deber\u00edamos esforzarnos por reformular sus metas y mejorar sus procedimientos. (\u201cMenos Historia\u201d, claman algunos, con la mira puesta en las deficiencias de los planes de ense\u00f1anza de Historia en los sistemas educativos: absurdo. Como en otras materias, lo que necesitamos no es una ense\u00f1anza minimizada sino una mejorada, depurada en lo posible de sesgos chovinistas y etnocentristas.) Si la autorrealizaci\u00f3n o <em>cultivo<\/em> de s\u00ed mismo es un objetivo apetecible, parejamente con el de la integraci\u00f3n social y el respeto de los derechos humanos, no ser\u00e1 merced a una des-socializaci\u00f3n (perm\u00edtaseme por un instante la palabreja) ni a una delirante fijaci\u00f3n en un \u201cyo\u201d <em>natural<\/em>, espont\u00e1neo y sin ataduras, que nos acercaremos a dicho prop\u00f3sito.<\/p>\n<p>Eagleton disiente de la ponderaci\u00f3n por el pensamiento posmoderno de la diversidad como un valor intr\u00ednseco, en aras del cual se condena lo unitario y homog\u00e9neo. Pluralismo, hibridaci\u00f3n, afirmaci\u00f3n de la diferencia: nociones como estas resultan encomiables en el contexto de la dignificaci\u00f3n de una otredad arbitrariamente segregada o sojuzgada, como en el caso de los pueblos hist\u00f3ricamente subalternos y de las categor\u00edas o minor\u00edas discriminadas \u2013por motivos de religi\u00f3n, etnia, g\u00e9nero, orientaci\u00f3n sexual, etc.-. Pero es dudoso que cualquier forma de vida <em>divergente<\/em> sea por s\u00ed sola \u2013es decir, por el mero hecho de no concordar con la mayor\u00eda- respetable: pi\u00e9nsese nada m\u00e1s en organizaciones delictuales dotadas de rituales, s\u00edmbolos, jerarqu\u00edas y otros signos de cultura como forma de vida, sin por esto dejar de ser unas lacras sociales sin duda erradicables. No por casualidad, una de las flaquezas de la mentalidad posmoderna es el relativismo moral, indicio de la mala conciencia que afecta sobre todo al hombre occidental. Devenido ideolog\u00eda de lo pol\u00edticamente correcto, el discurso de la inclusi\u00f3n y del respeto de lo diferente pierde el norte cuando se trata de situaciones censurables como la de las culturas que practican la ablaci\u00f3n genital femenina o la degradaci\u00f3n sistem\u00e1tica de las mujeres, restringiendo su acceso al sistema educativo y al mundo laboral o excluy\u00e9ndolas del ejercicio de los derechos c\u00edvicos. \u00bfMerecen respeto los terroristas que, al alero de organizaciones fundamentalistas, decapitan cabezas o utilizan \u201cbombas humanas\u201d? \u00bfO los neonazis y supremacistas blancos, dispuestos a aplastar los derechos de los dem\u00e1s pero unas v\u00edctimas pla\u00f1ideras cada vez que se restringe la difusi\u00f3n de sus abominables ideolog\u00edas? As\u00ed pues, resulta cuestionable que la consideraci\u00f3n de un sinf\u00edn de principios deba subordinarse a la diversidad cultural, entronizada como presunto valor supremo. El pasado culposo de estados y naciones no debiera inhibir la leg\u00edtima prerrogativa de emitir juicios de valor en el presente.<\/p>\n<p>El culturalismo, teor\u00eda surgida en los a\u00f1os 80, ha tenido un papel fundamental en el relativismo moral. Seg\u00fan \u00e9l, todo es atribuible a la cultura, evolutiva y generadora de singularidades identitarias poco menos que sacrosantas, irreductibles a par\u00e1metros universales; lo que implica, de paso, la negaci\u00f3n de valores universales. Los culturalistas hacen de la cultura un absoluto en funci\u00f3n del cual se lo relativiza todo: las normas, creencias y est\u00e1ndares val\u00f3ricos depender\u00edan exclusivamente del desarrollo hist\u00f3rico de cada pueblo, deviniendo elementos puramente idiosincr\u00e1ticos, accesibles al conocimiento solo bajo la condici\u00f3n de no vulnerar la especificidad hist\u00f3rica y cultural de sus portadores: a todas luces, una trampa tautol\u00f3gica, verdadero callej\u00f3n sin salida para los estudiosos de la alteridad (esto es, de culturas for\u00e1neas o minoritarias). La absolutizaci\u00f3n de la cultura expone a los conglomerados humanos no solo a los extrav\u00edos del relativismo moral sino, adem\u00e1s, a la petrificaci\u00f3n de pautas normativas tradicionales y al estancamiento pol\u00edtico y socioecon\u00f3mico. Por si fuera poco, reduce a la impotencia a observadores y agentes externos en todo orden de situaciones, incluso aquellas en que un intervencionismo benigno resulta un extremo pero apremiante recurso. (Recu\u00e9rdese Camboya, recu\u00e9rdese la ex Yugoslavia, recu\u00e9rdese Ruanda&#8230; L\u00f3gicamente, los gobiernos no necesitan echar mano de las falacias culturalistas para escudar su pasividad ante coyunturas de ese tipo, pero esto no ha impedido que una parte del estamento intelectual ampare la inacci\u00f3n en un fantasmal respeto de las particularidades del \u201cotro\u201d.)<\/p>\n<p>A fin de acometer otras facetas, nuestro autor pasa revista a las contribuciones de un pu\u00f1ado de intelectuales, por lo general tergiversados o menospreciados en la actualidad. Sorprende tal vez que uno de ellos sea Edmund Burke, no solo por tratarse de un pensador pol\u00edtico escasamente recordado como cr\u00edtico cultural, sino tambi\u00e9n porque Eagleton \u2013intelectual de filiaci\u00f3n marxista- lo pondera en esta faceta por todo lo alto. Reputado como pilar del conservadurismo pol\u00edtico \u2013aunque m\u00e1s bien era un liberal, partidario de las reformas-, Eagleton rescata de Burke (quien era irland\u00e9s de nacimiento e hizo carrera en el parlamento brit\u00e1nico) su constante oposici\u00f3n a las pol\u00edticas coloniales del Reino Unido, criticando ferozmente la explotaci\u00f3n de Irlanda y de la India. No comulgaba en pleno con la percepci\u00f3n racista y paternalista de los pueblos extraeuropeos (juzgaba que, en punto a moralidad y sabidur\u00eda, la India no era en absoluto inferior a Europa), y apoy\u00f3 por otra parte la revuelta de los colonos norteamericanos contra la Corona. En lo que concierne al tema que nos convoca, Eagleton asegura que su planteamiento de la cultura como inconsciente social no ha sido superado. Burke cre\u00eda que no se deb\u00eda gobernar a otros pueblos sin comprender sus valores y costumbres ni mucho menos desde una postura de arrogancia racial. No se opon\u00eda al imperialismo <em>per se<\/em>, sino al imperialismo cimentado en el solo derecho y en la fuerza, con menosprecio de los factores culturales: un buen gobierno colonial \u2013justo y ben\u00e9volo- es aquel que tiende lazos de amistad y afinidad cultural entre la metr\u00f3poli y las colonias. Sutilmente entrelazado con la cultura nativa, el poder se volver\u00eda casi imperceptible y perfectamente tolerable, enmascarando su car\u00e1cter coercitivo. Llegados a este punto, nosotros, lectores, podemos desconcertarnos ante el entusiasmo casi desmedido de Eagleton: en su calidad de pensador radical, lo supondr\u00edamos prevenido contra cualquier atisbo de pro o proto-imperialismo, visto que las ideas de Burke apuntaban en realidad a una <em>consolidaci\u00f3n eficiente del dominio imperial<\/em>. Quiz\u00e1 nuestro desconcierto se aten\u00fae en parte al enterarnos a rengl\u00f3n seguido \u2013si es que no lo hemos adivinado ya- del hilo de simpat\u00eda que recorre la cuesti\u00f3n: por supuesto, Eageton ve en las ideas de Burke un precedente de la noci\u00f3n gramsciana de hegemon\u00eda (cultural). Y es que, en una frase de Eagleton asaz reveladora, \u00abla cultura es el sedimento en el que el poder se asienta y arraiga\u00bb.<\/p>\n<p>Johann Herder, T. S. Eliot, Raymond Williams y Oscar Wilde: estos son los otros pensadores considerados por nuestro autor. Las reflexiones de Eagleton a prop\u00f3sito de ellos no tienen p\u00e9rdida, me limitar\u00e9 a unas someras precisiones. El punto de vista del ultraconservador Eliot \u2013que escribi\u00f3 un ensayo titulado <em>Notas para la definici\u00f3n de la cultura<\/em> (1948), poco difundido en castellano pero de incitante lectura- es el que menor acuerdo suscita en Eagleton. El elitismo program\u00e1tico del autor de <em>La tierra bald\u00eda<\/em> no supon\u00eda un alejamiento del arte respecto del pueblo llano, antes bien aspiraba a una s\u00edntesis de lo popular y la alta cultura, pero sin concesi\u00f3n alguna a la inteligibilidad de la expresi\u00f3n art\u00edstica; de manera absurda, esperaba que aun un iletrado pudiese comprender una obra tan sofisticada como la suya. Por el contrario, en Oscar Wilde ve Eagleton un <em>outsider<\/em> que se rebela contra la moral farisaica de la sociedad victoriana y cuyo esteticismo esconde una profunda comprensi\u00f3n de las condiciones materiales en que germina la actividad cultural.<\/p>\n<p>Entre los factores que impulsaron el auge de la cultura como objeto preferente de estudios, por no decir de glorificaci\u00f3n, est\u00e1n el alza del Estado-naci\u00f3n y el retroceso de la religi\u00f3n como fuente de cohesi\u00f3n social, dos din\u00e1micas incardinadas en el desarrollo de la modernidad. La progresiva secularizaci\u00f3n de Occidente no supuso la clausura del apetito de pertenencia y de identificaci\u00f3n con un horizonte comunitario de sentido, por el contrario, motiv\u00f3 la b\u00fasqueda afanosa de paradigmas alternativos capaces de proveer a este apetito, una necesidad de la que la especie humana no puede prescindir. Intelectuales, artistas y corrientes de pensamiento dieron en postular la cultura como un sustituto de la religi\u00f3n, incluso se formul\u00f3 la idea de una \u201creligi\u00f3n del arte\u201d; los resultados fueron invariablemente frustrantes. Entre otros vac\u00edos, ni el goce est\u00e9tico ni el creciente esoterismo de unas artes vanguardistas cada vez m\u00e1s distanciadas del gusto popular pueden fungir como suced\u00e1neos del sentido de lo trascendente proporcionado por la religi\u00f3n. Las que pod\u00edan tenerse por expresiones nobles y m\u00e1s exquisitas de la cultura fueron siempre patrimonio de unas minor\u00edas, raramente llegaban las masas a sentirlas como propias. El surgimiento y expansi\u00f3n incontenible a lo largo del siglo XX de una cultura popular, en la forma de cine, televisi\u00f3n, m\u00fasica y literatura popular, comics y otros, pareci\u00f3 representar la salida a ese problema, mas lo cierto es que ella tambi\u00e9n padece de serias limitaciones: las derivadas, por ejemplo, de su acentuada supeditaci\u00f3n a los procesos mecanizados de la producci\u00f3n industrial y su l\u00f3gica del rendimiento comercial. Fruto de una fabricaci\u00f3n serial, surgidos como simple mercanc\u00eda estandarizada, los bienes de la cultura de masas suelen no tener m\u00e1s efecto que el de proporcionar medios de evasi\u00f3n ef\u00edmera, aliviando a las gentes de las penurias de la vida cotidiana.<\/p>\n<p>Por otro lado, la sensaci\u00f3n de unidad y armon\u00eda debida a la participaci\u00f3n en una matriz cultural com\u00fan degener\u00f3 bien pronto en una exacerbaci\u00f3n de la pol\u00edtica identitaria y una disposici\u00f3n confrontacional directamente vinculada con el triunfo de los nacionalismos. En esta tesitura, lo que nos conecta con principios superiores y una forma de vida colectiva, uni\u00e9ndonos, nos separa al mismo tiempo de los \u201cotros\u201d, devenidos no solo unos extra\u00f1os sino una amenaza potencial a la integridad del colectivo al que pertenecemos. Bajo la inspiraci\u00f3n malsana del nacionalismo, no se trataba ya de que multitudes enteras se fundieran en conglomerados org\u00e1nicamente cohesionados e imbuidos de una comunidad de destino, sino de que unas muchedumbres militarizadas estuvieran preparadas para arrasar con el enemigo, tanto interno como externo. El precio de asumir que las culturas pueden solaparse y beneficiarse del sincretismo, apartando el espejismo\u00a0de unas \u201crazas\u201d o \u201cnaciones puras\u201d, ha sido desmedidamente alto, y tal parece que no terminaremos de saldarlo jam\u00e1s.<\/p>\n<p>&#8211; Terry Eagleton, <em>Cultura<\/em>. Taurus, Madrid, 2017. 200 pp.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/feeds.feedburner.com\/~r\/Hislibris\/~4\/_ipGNOYt_Vo\" height=\"1\" width=\"1\" alt=\"\"\/><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Si alguien nos dijera que hay una cultura del karaoke, o una del consumo de caf&eacute; o del fumar en pipa, o una cultura militar o del sindicalismo, captar&iacute;amos enseguida a qu&eacute; alude nuestro interlocutor, tanto como si su charla versara sobre obras literarias, escult&oacute;ricas o musicales, o bien sobre dilemas filos&oacute;ficos, o sobre los [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1200,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"ngg_post_thumbnail":0,"footnotes":""},"categories":[13487,60],"tags":[12260,152,1734981,1471],"aioseo_notices":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/97968"}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1200"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=97968"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/97968\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":97969,"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/97968\/revisions\/97969"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=97968"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=97968"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/geohistoria\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=97968"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}