{"id":2852,"date":"2021-02-03T13:15:14","date_gmt":"2021-02-03T12:15:14","guid":{"rendered":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/iescamposdenijar\/?p=2852"},"modified":"2021-03-25T13:39:04","modified_gmt":"2021-03-25T12:39:04","slug":"descartes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogsaverroes.juntadeandalucia.es\/iescamposdenijar\/descartes\/","title":{"rendered":"Descartes"},"content":{"rendered":"<p><strong>DESCARTES:<\/strong><\/p>\n<p><strong>Discurso del M\u00e9todo. II, IV (Trad. G. Quintas Alonso). Ed. Alfaguara. Madrid. 1981, pp. 14-18, 24-30.<\/strong><\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>SEGUNDA PARTE<\/p>\n<p>Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tom\u00e9 la resoluci\u00f3n de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspecci\u00f3n en todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidar\u00eda al m\u00e1ximo de caer. Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo algunas de las opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en la virtud de la raz\u00f3n, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto emprendido e indagar el verdadero m\u00e9todo con el fin de conseguir el conocimiento de todas las cosas de las que mi esp\u00edritu fuera capaz.<\/p>\n<p>Hab\u00eda estudiado un poco, siendo m\u00e1s joven, la l\u00f3gica de entre las partes de la filosof\u00eda; de las matem\u00e1ticas el an\u00e1lisis de los ge\u00f3metras y el \u00e1lgebra. Tres artes o ciencias que deb\u00edan contribuir en algo a mi prop\u00f3sito. Pero habi\u00e9ndolas examinado, me percat\u00e9 que en relaci\u00f3n con la l\u00f3gica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven m\u00e1s para explicar a otro cuestiones ya conocidas o, tambi\u00e9n, como sucede con el arte de Lulio, para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a conocerlas. Y si bien la l\u00f3gica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con estos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos, de modo que es tan dif\u00edcil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de m\u00e1rmol a\u00fan no trabajado. Igualmente, en relaci\u00f3n con el an\u00e1lisis de los antiguos o el \u00e1lgebra de los modernos, adem\u00e1s de que no se refieren sino a muy abstractas materias que parecen carecer de todo uso, el primero est\u00e1 tan circunscrito a la consideraci\u00f3n de las figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar excesivamente la imaginaci\u00f3n. La segunda est\u00e1 tan sometida a ciertas reglas y cifras que se ha convertido en un arte confuso y oscuro capaz de distorsionar el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca su desarrollo. Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso indagar otro m\u00e9todo que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve para los vicios de tal forma que un Estado est\u00e1 mejor regido cuando no existen m\u00e1s que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la misma forma, en lugar del gran n\u00famero de preceptos del cual est\u00e1 compuesta la l\u00f3gica, estim\u00e9 que tendr\u00eda suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resoluci\u00f3n de no incumplir ni una sola vez su observancia.<\/p>\n<p>El primero consist\u00eda en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la hab\u00eda conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado deb\u00eda evitar la precipitaci\u00f3n y la prevenci\u00f3n, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi esp\u00edritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.<\/p>\n<p>El segundo exig\u00eda que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas m\u00e1s f\u00e1cilmente.<\/p>\n<p>El tercero requer\u00eda conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos m\u00e1s simples y m\u00e1s f\u00e1cilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los m\u00e1s complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.<\/p>\n<p>Seg\u00fan el \u00faltimo de estos preceptos deber\u00eda realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.<\/p>\n<p>Las largas cadenas de razones simples y f\u00e1ciles, por medio de las cuales generalmente los ge\u00f3metras llegan a alcanzar las demostraciones m\u00e1s dif\u00edciles, me hab\u00edan proporcionado la ocasi\u00f3n de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del conocimiento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteni\u00e9ndose de admitir como verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden necesario para deducir unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que no podamos, finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir. No supuso para mi una gran dificultad el decidir por cuales era necesario iniciar el estudio: previamente sab\u00eda que deb\u00eda ser por las m\u00e1s simples y las m\u00e1s f\u00e1cilmente cognoscibles. Y considerando que entre todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo de las ciencias, solamente los matem\u00e1ticos han establecido algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba que deb\u00eda comenzar por las mismas que ellos hab\u00edan examinado. No esperaba alcanzar alguna unidad si exceptuamos el que habituar\u00edan mi ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas razones. Pero, por ello, no llegu\u00e9 a tener el deseo de conocer todas las ciencias particulares que com\u00fanmente se conocen como matem\u00e1ticas, pues viendo que aunque sus objetos son diferentes, sin embargo, no dejan de tener en com\u00fan el que no consideran otra cosa, sino las diversas relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que pose\u00edan un mayor inter\u00e9s que examinase solamente las proporciones en general y en relaci\u00f3n con aquellos sujetos que servir\u00edan para hacer m\u00e1s c\u00f3modo el conocimiento. Es m\u00e1s, sin vincularlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto mejor a todos aquellos que conviniera. Posteriormente, habiendo advertido que para analizar tales proporciones tendr\u00eda necesidad en alguna ocasi\u00f3n de considerar a cada una en particular y en otras ocasiones solamente deber\u00eda retener o comprender varias conjuntamente en mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas en particular, deb\u00eda suponer que se daban entre l\u00edneas puesto que no encontraba nada m\u00e1s simple ni que pudiera representar con mayor distinci\u00f3n ante mi imaginaci\u00f3n y sentidos; pero para retener o considerar varias conjuntamente, era preciso que las diera a conocer mediante algunas cifras, lo m\u00e1s breves que fuera posible. Por este medio recoger\u00eda lo mejor que se da en el an\u00e1lisis geom\u00e9trico y en el \u00e1lgebra, corrigiendo, a la vez, los defectos de una mediante los procedimientos de la otra.<\/p>\n<p>Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que hab\u00eda escogido, me proporcion\u00f3 tal facilidad para resolver todas las cuestiones, tratadas por estas dos ciencias, que en dos o tres meses que emple\u00e9 en su examen, habiendo comenzado por las m\u00e1s simples y m\u00e1s generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla \u00fatil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegu\u00e9 a concluir el an\u00e1lisis de cuestiones que en otra ocasi\u00f3n hab\u00eda juzgado de gran dificultad, sino que tambi\u00e9n me pareci\u00f3, cuando conclu\u00eda este trabajo, que pod\u00eda determinar en tales cuestiones en qu\u00e9 medios y hasta d\u00f3nde era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba. En lo cual no parecer\u00e9 ser excesivamente vanidoso si se considera que no habiendo m\u00e1s que un conocimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber. As\u00ed un ni\u00f1o instruido en aritm\u00e9tica, habiendo realizado una suma seg\u00fan las reglas pertinentes puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio humano en lo relacionado con la suma que \u00e9l examina. Pues el m\u00e9todo que nos ense\u00f1a a seguir el verdadero orden y a enumerar verdaderamente todas las circunstancias de lo que se investiga, contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la Aritm\u00e9tica.<\/p>\n<p>Pero lo que me produc\u00eda m\u00e1s agrado de este m\u00e9todo era que sigui\u00e9ndolo estaba seguro de utilizar en todo mi raz\u00f3n, si no de un modo absolutamente perfecto, al menos de la mejor forma que me fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la pr\u00e1ctica del mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma m\u00e1s clara y distinta sus objetos y puesto que no lo hab\u00eda limitado a materia alguna en particular, me promet\u00eda aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras ciencias al igual que lo hab\u00eda realizado con las del \u00c1lgebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento, pues esto hubiera sido contrario al orden que el m\u00e9todo prescribe. Pero habi\u00e9ndome prevenido de que sus principios deber\u00edan estar tomados de la filosof\u00eda, en la cual no encontraba alguno cierto, pensaba que era necesario ante todo que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo m\u00e1s importante en el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitaci\u00f3n y la prevenci\u00f3n eran los defectos que m\u00e1s se deb\u00edan temer, juzgu\u00e9 que no deb\u00eda intentar tal tarea hasta que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitr\u00e9s a\u00f1os, que era mi edad, y hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme, tanto desarraigando de mi esp\u00edritu todas las malas opiniones y realizando un acopio de experiencias que deber\u00edan constituir la materia de mis razonamientos, como ejercit\u00e1ndome siempre en el m\u00e9todo que me hab\u00eda prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada vez m\u00e1s.<\/p>\n<p>CUARTA PARTE<\/p>\n<p>No s\u00e9 si debo entreteneros con las primeras meditaciones all\u00ed realizadas, pues son tan metaf\u00edsicas y tan poco comunes, que no ser\u00e1n del gusto de todos. Y sin embargo, con el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los fundamentos que he establecido, me encuentro en cierto modo obligado a referirme a ellas. Hac\u00eda tiempo que hab\u00eda advertido que, en relaci\u00f3n con las costumbres, es necesario en algunas ocasiones opiniones muy inciertas tal como si fuesen indudables, seg\u00fan he advertido anteriormente. Pero puesto que deseaba entregarme solamente a la b\u00fasqueda de la verdad, opinaba que era preciso que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, despu\u00e9s de hacer esto, no quedar\u00eda algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. As\u00ed pues, considerando que nuestros sentidos en algunas ocasiones nos inducen a error, decid\u00ed suponer que no exist\u00eda cosa alguna que fuese tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen hombres que se equivocan al razonar en cuestiones relacionadas con las m\u00e1s sencillas materias de la geometr\u00eda y que incurren en paralogismos, juzgando que yo, como cualquier otro estaba sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta entonces hab\u00eda admitido como demostraciones. Y, finalmente, considerado que hasta los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin que ninguno en tal estado sea verdadero, me resolv\u00ed a fingir que todas las cosas que hasta entonces hab\u00edan alcanzado mi esp\u00edritu no eran m\u00e1s verdaderas que las ilusiones de mis sue\u00f1os. Pero, inmediatamente despu\u00e9s, advert\u00ed que, mientras deseaba pensar de este modo que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y d\u00e1ndome cuenta de que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y tan segura que todas las extravagantes suposiciones de los esc\u00e9pticos no eran capaces de hacerla tambalear, juzgu\u00e9 que pod\u00eda admitirla sin escr\u00fapulo como el primer principio de la filosof\u00eda que yo indagaba.<\/p>\n<p>Posteriormente, examinando con atenci\u00f3n lo que yo era, y viendo que pod\u00eda fingir que carec\u00eda de cuerpo, as\u00ed como que no hab\u00eda mundo o lugar alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no pod\u00eda fingir que yo no era, sino que por el contrario, s\u00f3lo a partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se segu\u00eda muy evidente y ciertamente que yo era, mientras que, con s\u00f3lo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que hab\u00eda imaginado hubiese sido verdadero, no ten\u00eda raz\u00f3n alguna para creer que yo hubiese sido, llegu\u00e9 a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, m\u00e1s f\u00e1cil de conocer que \u00e9ste y, aunque el cuerpo no fuese, no dejar\u00eda de ser todo lo que es.<\/p>\n<p>Analizadas estas cuestiones, reflexionaba en general sobre todo lo que se requiere para afirmar que una proposici\u00f3n es verdadera y cierta, pues, dado que acababa de identificar una que cumpl\u00eda tal condici\u00f3n, pensaba que tambi\u00e9n deb\u00eda conocer en qu\u00e9 consiste esta certeza. Y habi\u00e9ndome percatado que nada hay en pienso, luego soy que me asegure que digo la verdad, a no ser que yo veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgaba que pod\u00eda admitir como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; no obstante, hay solamente cierta dificultad en identificar correctamente cu\u00e1les son aquellas que concebimos distintamente.<\/p>\n<p>A continuaci\u00f3n, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia, mi ser no era omniperfecto pues claramente comprend\u00eda que era una perfecci\u00f3n mayor el conocer que el dudar, comenc\u00e9 a indagar de d\u00f3nde hab\u00eda aprendido a pensar en alguna cosa m\u00e1s perfecta de lo que yo era; conoc\u00ed con evidencia que deb\u00eda ser en virtud de alguna naturaleza que realmente fuese m\u00e1s perfecta. En relaci\u00f3n con los pensamientos que pose\u00eda de seres que existen fuera de mi, tales como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros mil, no encontraba dificultad alguna en conocer de d\u00f3nde proven\u00edan pues no constatando nada en tales pensamientos que me pareciera hacerlos superiores a mi, pod\u00eda estimar que si eran verdaderos, fueran dependientes de mi naturaleza, en tanto que posee alguna perfecci\u00f3n; si no lo eran, que proced\u00edan de la nada, es decir, que los ten\u00eda porque hab\u00eda defecto en mi. Pero no pod\u00eda opinar lo mismo acerca de la idea de un ser m\u00e1s perfecto que el m\u00edo, pues que procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y puesto que no hay una repugnancia menor en que lo m\u00e1s perfecto sea una consecuencia y est\u00e9 en dependencia de lo menos perfecto, que la existencia en que algo proceda de la nada, conclu\u00ed que tal idea no pod\u00eda provenir de m\u00ed mismo. De forma que \u00fanicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en m\u00ed por una naturaleza que realmente fuese m\u00e1s perfecta de lo que era la m\u00eda y, tambi\u00e9n, que tuviese en s\u00ed todas las perfecciones de las cuales yo pod\u00eda tener alguna idea, es decir, para explicarlo con una palabra que fuese Dios. A esto a\u00f1ad\u00eda que, puesto que conoc\u00eda algunas perfecciones que en absoluto pose\u00eda, no era el \u00fanico ser que exist\u00eda (permitidme que use con libertad los t\u00e9rminos de la escuela), sino que era necesariamente preciso que existiese otro ser m\u00e1s perfecto del cual dependiese y del que yo hubiese adquirido todo lo que ten\u00eda. Pues si hubiese existido solo y con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mi mismo todo lo poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por la misma raz\u00f3n, tener por mi mismo cuanto sab\u00eda que me faltaba y, de esta forma, ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las perfecciones que pod\u00eda comprender que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que acabo de realizar, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la m\u00eda, solamente deb\u00eda considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en m\u00ed alguna idea y si poseerlas o no supon\u00eda perfecci\u00f3n; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas que indican imperfecci\u00f3n estaban en \u00e9l, pero s\u00ed todas las otras. De este modo me percataba de que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mi mismo me hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas. Adem\u00e1s de esto, ten\u00eda idea de varias cosas sensibles y corporales; pues, aunque supusiese que so\u00f1aba y que todo lo que ve\u00eda o imaginaba era falso, sin embargo, no pod\u00eda negar que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero puesto que hab\u00eda conocido en m\u00ed muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, considerando que toda composici\u00f3n indica dependencia y que \u00e9sta es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no pod\u00eda ser una perfecci\u00f3n de Dios al estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba que si exist\u00edan cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fueran totalmente perfectas, su ser deb\u00eda depender de su poder de forma tal que tales naturalezas no podr\u00edan subsistir sin \u00e9l ni un solo momento.<\/p>\n<p>Posteriormente quise indagar otras verdades y habi\u00e9ndome propuesto el objeto de los ge\u00f3metras, que conceb\u00eda como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes, que pod\u00edan poner diversas figuras y magnitudes, as\u00ed como ser movidas y trasladadas en todas las direcciones, pues los ge\u00f3metras suponen esto en su objeto, repas\u00e9 algunas de las demostraciones m\u00e1s simples. Y habiendo advertido que esta gran certeza que todo el mundo les atribuye, no est\u00e1 fundada sino que se las concibe con evidencia, siguiendo la regla que anteriormente he expuesto, advert\u00ed que nada hab\u00eda en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto. As\u00ed, por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un tri\u00e1ngulo, entonces era preciso que sus tres \u00e1ngulos fuesen iguales a dos rectos; pero tal razonamiento no me aseguraba que existiese tri\u00e1ngulo alguno en el mundo. Por el contrario, examinando de nuevo la idea que ten\u00eda de un Ser Perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del tri\u00e1ngulo est\u00e1 comprendida la de que sus tres \u00e1ngulos sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que todas sus partes equidisten del centro e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo menos tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier demostraci\u00f3n de la geometr\u00eda.<\/p>\n<p>Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una gran dificultad en conocerle y, tambi\u00e9n, en conocer la naturaleza de su alma, es el que jam\u00e1s elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y que est\u00e1n hasta tal punto habituados a no considerar cuesti\u00f3n alguna que no sean capaces de imaginar (como de pensar propiamente relacionado con las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les parece ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la m\u00e1xima que los mismos fil\u00f3sofos defienden como verdadera en las escuelas, seg\u00fan la cual nada hay en el entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos. En efecto, las ideas de Dios y el alma nunca han impresionado los sentidos y me parece que los que desean emplear su imaginaci\u00f3n para comprenderlas, hacen lo mismo que si quisieran servirse de sus ojos para o\u00edr los sonidos o sentir los olores. Existe a\u00fan otra diferencia: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los del olfato u o\u00eddo, mientras que ni nuestra imaginaci\u00f3n ni nuestros sentidos podr\u00edan asegurarnos cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniese.<\/p>\n<p>En fin, si a\u00fan hay hombres que no est\u00e1n suficientemente persuadidos de la existencia de Dios y de su alma en virtud de las razones aducidas por m\u00ed, deseo que sepan que todas las otras cosas, sobre las cuales piensan estar seguros, como de tener un cuerpo, de la existencia de astros, de una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas. Pues, aunque se tenga una seguridad moral de la existencia de tales cosas, que es tal que, a no ser que se peque de extravagancia, no se puede dudar de las mismas, sin embargo, a no ser que se peque de falta de raz\u00f3n, cuando se trata de una certeza metaf\u00edsica, no se puede negar que sea raz\u00f3n suficiente para no estar enteramente seguro el haber constatado que es posible imaginarse de igual forma, estando dormido, que se tiene otro cuerpo, que se ven otros astros y otra tierra, sin que exista ninguno de tales seres. Pues \u00bfc\u00f3mo podemos saber que los pensamientos tenidos en el sue\u00f1o son m\u00e1s falsos que los otros, dado que frecuentemente no tienen vivacidad y claridad menor?. Y aunque los ingenios m\u00e1s capaces estudien esta cuesti\u00f3n cuanto les plazca, no creo puedan dar raz\u00f3n alguna que sea suficiente para disipar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Pues, en primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado como una regla (a saber: que lo concebido clara y distintamente es verdadero) no es v\u00e1lido m\u00e1s que si Dios existe, es un ser perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de \u00e9l. De donde se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo seres reales, que provienen de Dios, en todo aquello en lo que son claras y distintas, no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si bien frecuentemente poseemos algunas que encierran falsedad, esto no puede provenir sino de aquellas en las que algo es confuso y oscuro, pues en esto participan de la nada, es decir, que no se dan en nosotros sino porque no somos totalmente perfectos. Es evidente que no existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la imperfecci\u00f3n, en tanto que tal, procedan de Dios, que existe en defender que la verdad o perfecci\u00f3n proceda de la nada. Pero si no conocemos que todo lo que existe en nosotros de real y verdadero procede de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendr\u00edamos raz\u00f3n alguna que nos asegurara de que tales ideas tuviesen la perfecci\u00f3n de ser verdaderas.<\/p>\n<p>Por tanto, despu\u00e9s de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido de la certeza de esta regla, es f\u00e1cil conocer que los sue\u00f1os que imaginamos cuando dormimos, no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. Pues, si sucediese, inclusive durmiendo, que se tuviese alguna idea muy distinta como, por ejemplo, que alg\u00fan ge\u00f3metra lograse alguna nueva demostraci\u00f3n, su sue\u00f1o no impedir\u00eda que fuese verdad. Y en relaci\u00f3n con el error m\u00e1s com\u00fan de nuestros sue\u00f1os, consistente en representamos diversos objetos de la misma forma que la obtenida por los sentidos exteriores, carece de importancia el que nos d\u00e9 ocasi\u00f3n para desconfiar de la verdad de tales ideas, pues pueden inducirnos a error frecuentemente sin que durmamos como sucede a aquellos que padecen de ictericia que todo lo ven de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados nos parecen de tama\u00f1o mucho menor del que en realidad poseen. Pues, bien, estemos en estado de vigilia o bien durmamos, jam\u00e1s debemos dejarnos persuadir sino por la evidencia de nuestra raz\u00f3n. Y es preciso se\u00f1alar, que yo afirmo, de nuestra raz\u00f3n y no de nuestra imaginaci\u00f3n o de nuestros sentidos, pues aunque vemos el sol muy claramente no debemos juzgar por ello que no posea sino el tama\u00f1o con que lo vemos y f\u00e1cilmente podemos imaginar con cierta claridad una cabeza de le\u00f3n unida al cuerpo de una cabra sin que sea preciso concluir que exista en el mundo una quimera, pues la raz\u00f3n no nos dicta que lo que vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero. Por el contrario nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener alg\u00fan fundamento de verdad, pues no ser\u00eda posible que Dios, que es sumamente perfecto y veraz, las haya puesto en nosotros careciendo del mismo. Y puesto que nuestros razonamientos no son jam\u00e1s tan evidentes ni completos durante el sue\u00f1o como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras im\u00e1genes sean tanto o m\u00e1s vivas y claras, la raz\u00f3n nos dicta igualmente que no pudiendo nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de verdad debe encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos m\u00e1s bien que en los que tenemos mientras so\u00f1amos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>DESCARTES: Discurso del M\u00e9todo. II, IV (Trad. G. Quintas Alonso). Ed. Alfaguara. 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