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500palabras

#500palabras sobre el propósito de la educación

Después de leer las quinientas palabras de María Montero no soy capaz de seguir posponiendo la colaboración con esta sugerente propuesta colectiva de expresar el propósito de la educación.

Ahora mismo no sé muy bien cómo; creo que la mirada de otros, más fresca, puede decir más que la mía. Estoy pensando en mi hija, con esa actitud curiosa frente a todo lo que le rodea, cuando me decía esta mañana que prefiere aprender a jugar al ajedrez conmigo, que su profesor ya no le gusta tanto. El afecto es insustituible en la docencia y, claro, con ella juego con ventaja. Por cierto, que si no somos capaces de despertar la curiosidad entre los niños y adolescentes, ¿para qué tanto esfuerzo? La educación debería servir para hacernos afectuosos y curiosos.
Me acuerdo también ahora de Lola, la alumna de prácticas del Máster de Secundaria que comparte los buenos y los malos ratos desde hace tres semanas, y que transmite mucha convicción en lo que hace y dice; tiene madera de docente. De hecho creo que me dedico a la docencia porque tuve unos pocos profesores y profesoras como Lola; ¡qué suerte tendrán sus alumnos¡ Reflexiona sobre cada sesión y se preocupa de que tenga sentido la labor dentro del aula. Creo que la educación sirve para eso también, para aprender a buscarle y encontrarle sentido a lo que hacemos, y para ayudar a entender lo que pasa alrededor, muy cerca y muy lejos.

Y los alumnos de la Facultad de Educación que vinieron el otro día a ver cómo hacíamos el vídeo para Japón; qué gusto colaborar con personas ilusionadas. Eran como niños pequeños (realmente son como “profes” pequeños) asistiendo al caos que organizamos en el aula, que después de todo terminó cobrando sentido. Es verdad que el trabajo colaborativo es más complejo, pero ni el mejor alumno hubiera podido hacer lo que hicieron alumnos y alumnas de tres grupos distintos, unos bilingües, otros creativos, otros emprendedores … (también algunos perezosos).  Más vale que lo aprendan cuanto antes: ¡qué poco puede hacer uno solo! También esto es cosa de la escuela; y que entiendan que uno tiene que dedicarse a cosas en las que cree y que se cree; que son muchas horas al día, y que esperar a salir del trabajo para empezar a disfrutar es mal plan.

Y no se me olvidan los compañeros, que como los tengo cerca todos los días parece que su mirada no cuenta. Qué privilegio trabajar con María José Rubio, la compañera de Ciencias, y con Miguel García, el compañero de Inglés, con los que he preparado el último encuentro Comenius en Alemania. No muy a menudo se ve a tres docentes trabajando con un grupo en el mismo aula, dedicando sus horas libres, simplemente porque no da igual el resultado. Esto también se contagia; los alumnos perciben la entrega y la mayor parte de las veces corresponden. Tampoco esta es una cuestión que debamos dejar en manos de otros.

Creo que me he pasado. Efectivamente María, son pocas las quinientas palabras.
Habrá que seguir otro día.