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Alejandro Sanz

¡Copiad, malditos!

Crossed Copyright.Hace tres días, Televisión Española (obviamente La2), tras años y años finalizando sus programas con el símbolo ©, emitió por primera vez un programa distribuido bajo licencia Creative Commons, un documental que trata justamente sobre el derecho de copia y difusión de las obras intelectuales.

Una vez más, para evitar malentendidos, tengo que aclarar que en mi ordenador sólo tengo software libre y gratuito, aunque he tenido que pagar una licencia que no necesitaba de un sistema operativo que no quería para poder comprar el PC, y también que no tengo ninguna copia de archivos musicales  o películas protegidos por copyright porque sólo utilizo servicios online (Spotify, Grooveshark, Youtube, etc.) o copyleft (Jamendo), a pesar del derecho que tendría a copiar libremente para uso privado cualquiera de esos archivos por haber pagado el canon digital. En otras palabras: los señores del copyright, los que se enriquecen con ese impuesto mafioso, me deben no una sino varias decenas, una por cada aparato o soporte digital que he comprado (no se molesten en demandarme sin antes leer la tercera acepción de este término que ofrece el diccionario de la RAE).

Pero volvamos al documental: su emisión, además de enfadar a Alejandro Sanz (que muy a mi pesar se está haciendo  un habitual en este blog, y no propiamente por sus canciones, sino por sus paridas), ha alegrado a muchísimas personas que creemos que la libre difusión de la cultura es un derecho universal y es imprescindible para el progreso de la humanidad.

El documental empieza con cuatro definiciones de “copiar” dadas por otras tantas personas, de las que transcribo dos: “Copiar significa no tener imaginación” y “Copiar significa la génesis de la creación”. La primera, tan original e imaginativa, es de la directora de una editorial, la segunda, más honesta y realista, es de Javier de la Cueva, abogado experto en temas legales ligados a la propiedad intelectual y a las tecnologías de la información y la comunicación.

¿Acaso hay alguien que crea honradamente que los humanos somos capaces de crear de la nada, sin apoyarnos en lo que han hecho los demás antes de nosotros? Y no hablo sólo de los productos de entretenimiento que desde hace tiempo interesan por encima de cualquier otro asunto al Ministerio de Cultura, sino de las obras maestras de la historia de todas las artes. ¿Hubiera podido Mozart desarrollar su genio creador si Haydn hubiera patentado la forma sonata? Bueno, en realidad ni Haydn ni Mozart y tampoco Beethoven hubieran podido escribir esas sonatas, sinfonías o cuartetos si Bach hubiera sido socio de algúna organización parecida a la actual SGAE puesto que, para defender su Clave bien temperado, ésta hubiera impedido el uso del sistema temperado hasta 1820: adiós a la sección de desarrollo de la forma sonata. ¿Y qué hubiera pasado con la pintura si Brunelleschi y sus herederos hubieran prohibido utilizar la perspectiva hasta pasados 70 años desde su muerte? Y las catedrales góticas,  ¿cuántas de ellas no habrían podido ser edificadas si la construcción del primer arbotante hubiera comportado la prohibición a los demás arquitectos de copiar ese recurso?

Definitivamente: copiar es la génesis de la creación. Si todavía no creéis en esa afirmación, haced esta prueba: mirad Las Meninas de Picasso y luego repetid en voz alta la tercera frase del documental, “Copiar significa no tener imaginación”. Por cierto: me hubiera gustado poner la imagen de ese cuadro al comienzo de este post, pero está prohibido porque todavía no han pasado 70 años desde que Picasso falleció.

La triste realidad es que, aunque parezca increíble, hoy en día, en plena era de la información y comunicación, esos son los plazos para que se pueda emplear libremente una obra. En el documental se explica cómo se han ido ampliando (y se sugiere la razón), cuando debería haber sido justamente al revés: conforme iban mejorando las técnicas de reproducción y difusión debería haberse recortado ese plazo, pues la explotación económica ahora es mucho más rápida, lo que permite recuperar la inversión y ganar la legítima recompensa al trabajo realizado en menos tiempo. Pero ahí está el problema: no les basta con obtener su legítima recompensa, sino que quieren más, y más, y más…

No estoy incitando a mis alumnos y alumnas a copiar en los exámenes que les propongan mis colegas: siempre empiezo el curso hablándoles de la importancia de los derechos morales, el primero de los cuales es la autoría, y de lo realmente reprobable que es el plagio. Sólo se puede firmar lo que se ha creado y, si se copia algo, hay que referenciarlo adecuadamente.

¿Qué pretendo entonces con esta entrada? Entre otras cosas, estoy reivindicando, por ejemplo: el derecho de mis alumnos y alumnas a representar una obra teatral sin que nadie se aproveche de ellos; a reproducir un cuento que han leído en clase, u otro que les guste, en otro formato (p.e. un audiolibro); a utilizar la canción que más les plazca como fondo de su presentación de Música, de Historia o de su equipo de fútbol preferido, o del vídeo de su cumpleaños, y colgar su creación en Internet para que la vean sus amigos y amigas; hasta reivindico su derecho a rellenar su reproductor de MP3 con cientos de canciones, que como mucho escucharán una decena de veces antes de borrarlas, sin que ni Alejandro Sanz ni nadie se atreva a llamarles ladrones, entre otras cosas porque es perfectamente legal (con esa excusa les han cobrado un canon al venderle ese MP3) y porque copiar no es robar.

Os aconsejo que miréis todo el documental, pero si en este momento no tenéis una hora de tiempo para hacerlo, os recomiendo que por lo menos veáis un fragmento de menos de tres minutos (entre 46:30 y 49:15) que demuestra muy elocuentemente la total falta de escrúpulos de ciertas asociaciones que no dudan en emplear a niños y niñas (con la complicidad de sus cuanto menos despistados docentes) para difundir sus interesadas mentiras, barbaridades como:

Yo soy el capitán Clonado, dueño de todo, ¡porque todo es mío! ¿Tú has creado algo? Me lo quedo. ¿Tú has inventado algo? ¿Un libro, un videojuego, una canción? Pues me lo robo. ¡Ja, ja, ja!

Lo que hace, se llama piratería; esto es un acto delictivo…

Otra vez es Javier de la Cueva el que define de la mejor manera ese espectáculo sumamente lamentable:

Es que esto ya lo que nos está dando es la moral de este tipo de gente. Es que no tienen ningún tipo de… de… mirada hacia el otro; es que les da igual: manipulan niños, manipulan personas, manipulan… da igual, todo por y para su pasta. Y no hay otra cosa en la vida que su pasta. Y es todo por la pasta.

De todas formas, cuando tengáis tiempo, mirad el documental completo, pues toca muchos otros puntos muy interesantes, como por ejemplo: la falta de democracia interna y de transparencia en el reparto de los fondos de la SGAE; las anomalías democráticas que introduce la Ley Sinde (posibilidad de cierre de sitios web sin orden judicial); la doble moral de las cadenas televisivas, que utilizan sin autorización y con fines de lucro los materiales que los usuarios publican en Internet pero no permiten el uso de sus materiales por parte de esos mismos usuarios; algunas propuestas de explotación económica de la propiedad intelectual más acordes con nuestros tiempos y un largo etcétera.

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Mamá, me han robado…

CanicasYo también, al igual que Pilar Bardem, tengo algo que confesar: nunca la he visto actuar en una palícula, sólo en un cortometraje en el que se limitaba a leer. Por esto no puedo opinar sobre su calidad como actriz.

Sin embargo, no tengo ninguna duda sobre su gran calidad como madre. No ha soportado los lloriqueos de su hijo, quien lamentaba ser víctima de robo, y ha bajado a la calle, brazos en jarras, a regañarles a los que han rebatido sus feroces acusaciones ridiculizándole.

Pues no, señora, usted debería saber que ni yo ni otros le hemos robado nada a su hijo ni a usted. Y si creen que alguien lo ha hecho, denúncienlo, que para eso en una sociedad democrática están los jueces.

Pero ustedes siguen acusándome de ladrón y exigen (y consiguen… lo que cunde un simple corto) que cada vez que compro una bolsita de canicas tenga que darle dos o tres a su hijo, por si acaso le hubiera robado alguna de las suyas.

Al contrario que a usted, a su hijo sí le he visto actuar en un par de películas (una en la tele, pagada con mis impuestos y aguantando publicidad, y otra en el cine, pagando mi entrada y aguantando el ruido del vecino comiendo palomitas). Además le he pagado, a su hijo y a usted, cada vez que me he comprado un ordenador que sólo contiene software libre y contenidos originales o copyleft, un disco duro para respaldar dichos contenidos, un teléfono con sistema operativo libre conectado a servicios de música y vídeos online gratuitos y totalmente legales, una cámara de fotos y una tarjeta de memoria para retratar a mi familia y mis amigos, un CD o DVD virgen para guardar mis trabajos y un largo etcétera. Y encima, no satisfecho con aprovecharse de esa norma totalmente injusta, su hijo me llama ladrón, a mi y a muchos millones más de usuarios de la Red.

Hay otra cosa que me extraña: que usted, con las cinco o seis horas diarias que pasa en Internet, no haya leído la respuesta de la Asociación de Internautas a Alejandro Sanz, otra persona convencida de que a su alrededor todos vivimos deseando disfrutar gratis de sus creaciones. Aquí tengo que hacer otra confesión: sí que he escuchado gratis las canciones de este señor, más de una vez y muy a mi pesar, pues con frecuencia salen de los potentes altavoces de ciertos coches tuneados de los que es difícil decir si son más dañinos para la vista o para el oído.

En fin, señora Bardem, la solución al problema de la industria del entretenimiento audiovisual no consiste en cerrar las webs sin orden judicial, esto es, de manera totalmente antidemocrática, sino en reformar adecuadamente la Ley de Propiedad Intelectual, anclada a una época que terminó hace mucho y que, en la actual sociedad de la información y el conocimiento, perjudica gravemente al derecho universal a la cultura sin favorecer en absoluto a los creadores, sino sólo a ciertas organizaciones que, de manera totalmente arbitraria y nada transparente, se reparten la mayor parte de los beneficios de esas injustas recaudaciones.

P.S.: Mis lectores habituales me perdonarán estas aparentes divagaciones del tema principal de este blog. En realidad, la razón para insistir sobre este tema en este lugar es que mis alumnos y alumnas necesitan una Internet libre y neutral para conseguir una plena ciudadanía digital.

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Javier Bardem y el paralogismo del tomate

En una entrada anterior, hace alrededor de 9 meses, hablábamos de la Ley Sinde, una norma perversa que pretende despojar a la ciudadanía de un principio básico de nuestra democracia, la presunción de inocencia, que debe mantenerse hasta que un juez o una jueza confirme la inocencia o dictamine la culpabilidad mediante una sentencia firme. Lo que pretende esta controvertida ley es que una comisión administrativa pueda tomar la decisión de cerrar un sitio web sin dejar posibilidad de defensa alguna a la persona responsable de ese mismo sitio.

Nueve meses después de esa entrada, la titular de ese patético círculo de amigotes en el que se ha convertido el Ministerio de Cultura sigue empeñada en conseguir la aprobación de esa ley, atropellando no sólo la ya citada presunción de inocencia, sino también la garantía democrática que representa la separación de los poderes del Estado (el poder ejecutivo quiere neutralizar el poder judicial debido a que los miembros de éste, en cumplimiento de lo establecido en nuestra Carta Magna y en defensa de los derechos que ésta otorga a  los ciudadanos y ciudadanas de este país, han sido siempre independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la Ley sentenciando una y otra vez la legitimidad de la copia privada) y el derecho, también constitucional, a la cultura y la información.

No quisiera que se malinterpretaran mis palabras: no quiero negar el derecho a la remuneración del trabajo intelectual, sino afirmar que este derecho tiene que ser regulado de una manera que sea legítimo y no pueda violar otros más importantes.

Hace unos días, desaprovechando el tiempo que han tenido para recapacitar, han vuelto a la carga y han intentado que esa norma fuera aprobada por el Congreso. Su fracaso ha provocado la reacción en cadena de una serie de personas demasiado habituadas a cobrar varias veces por el mismo trabajo como para renunciar a ese injusto y trasnochado privilegio. Estas mismas personas que, mientras acusan de ladrón, pirata o proxeneta a todos los que hacen legítimo uso de su derecho de copia privada, no tienen ningún escrúpulo en embolsarse el canon digital que estamos obligados a pagar cada vez que compramos algún aparato electrónico, o soporte de memoria -como ordenadores, teléfonos, cámaras de fotos, tarjetas de memorias, discos duros, CD, DVD, etc.- aún sabiendo que muchísima gente (entre los cuales me encuentro yo) sólo los usa para  contenidos originales o publicados con alguna licencia copyleft.

Alejandro Sanz, autor de las bonitas palabras que podemos leer junto con otras perlas en el enlace anterior, ya ha tenido su respuesta de la Asociación de Internautas, tan educada como acertada.

Otro personaje que se ha cubierto de gloria ha sido el actor Javier Bardem, que, en un argumento basado en lo que merecería pasar a la historia como el paralogismo del tomate,  ha conseguido ser todavía más maleducado y difamador que el cantante, con palabras como:

Dejémonos de estupideces: eso es robar. Es la orgía del crimen, la bacanal de violaciones a terceras personas.

La respuesta esta vez le ha llegado de un usuario de menéame, humitsec, quien ha escrito el siguiente comentario que, al no tener desperdicio, merece ser copiado integramente para su mayor difusión (Creative Commons, señor Bardem, ¿sabe usted lo que es éso?).

Pongamos el mismo ejemplo.

Javier Bardem quiere «comprar un tomate fresco». Para usar el paralelismo con la industria cultural, Javier debería acudir a una tienda en la que tras pasar por sucesivas manos, el tomate ha incrementado su valor de manera artificial, repercutiendo en el horticultor en menos del 0,1 % de su valor de venta. Son otros, los intermediarios, los que han cobrado más, en muchos casos tan solo por cambiar la pegatina que viene puesta en el tomate. Algo que, por desgracia, no dista mucho de la realidad del mercado de la agricultura –y de la pesca, y de la ganadería…–.

Pero ahora viene la gracia. Javier Bardem no puede compartir ese tomate que acaba de comprar con nadie más, pues de lo contrario la Sociedad General de Agricultores y Especuladores se cabreará con él y lo llamará ladrón: «¡Quien quiera un tomate que se lo compre! ¿Qué es eso de compartir?».

Tampoco puede alterarlo en cualquier forma que no haya sido expresamente autorizada por el horticultor. De hecho, su intención de usarlo para hacer gazpacho se considera un uso no autorizado, y la Sociedad General de Agricultores y Especuladores la condena, llegando a denunciar al comprador si se hace pública la manipulación no autorizada: «El gazpacho, como resultado de la manipulación del tomate entre otros productos, es algo que sólo nosotros, como creadores del tomate original podemos realizar, ya que ese derecho es nuestro. Cualquier manipulación realizada por terceros sin nuestra autorización es una violación de nuestros derechos, y debe ser castigada».

Para colmo, Javier Bardem tampoco puede comerciar con el tomate que acaba de comprar. Si fuera el caso de que tuviera un restaurante donde sirviera ensaladas de tomate –plato que debería contar con la autorización de la Sociedad General de Agricultores y Especuladores–, debería pagar otra vez al horticultor por el lucro cesante que le supone que los clientes de su restaurante vayan a comer un tomate allí, en lugar de comprar otro para ellos. Incluso si el horticultor acuerda no cobrar por este uso, la Sociedad General de Agricultores y Especuladores le cobrará una compensación por tal uso no autorizado.

Por si esto fuera poco, al día siguiente Javier Bardem descubre que tiene que seguir pagando por el tomate que compró ayer, pues los derechos que reconocen el esfuerzo del horticulor estipulan que hay que pagarle por este trabajo hasta más allá de su muerte. Al fin y al cabo él trabajó para producir ese tomate, él plantó la semilla, y día tras día cuidó del crecimiento de la planta, alimentándola cuando lo necesitaba, protegiéndola cuando se debía, hasta el momento de poder recoger su fruto: el tomate. Y ese trabajo debe ser recompensado toda la vida, porque al fin y al cabo, una vez que Javier Bardem ha consumido ese tomate, su organismo se ha beneficiado de él, y ese beneficio para Javier Bardem puede durar años.

Por supuesto este pago Javier Bardem no lo tiene que realizar directamente. No es un impuesto, sino un cobro de derechos, en lo que todo aquello que esté relacionado con el tomate que compró ayer incluirá el pago al horticultor.

De hecho, para proteger el trabajo del horticultor, se ha prohibido que cualquiera pueda producir tomates iguales o razonablemente parecidos a los que compró al horticultor. Por eso no se venden semillas de tomates de ese tipo. Y como aun así es posible que Javier Bardem las obtenga del propio tomate, para reducir el perjuicio ocasionado al horticultor, la Sociedad General de Agricultores y Especuladores ha logrado que se apruebe la inclusión de un canon compensatorio en todos aquellos productos que pudieran facilitar que cualquiera produjera tomates similares a título privado. Este canon se puede encontrar en el abono, el agua, las mangueras, las regaderas, los maceteros, los tiestos, los sistemas de aspersión, las palas, los rastrillos, las carretillas, las azadas y en general cualquier herramienta de agricultura y jardinería, los plásticos y estructuras de posible uso para la construcción de invernaderos, etc.

Por suerte para Javier Barden hay un grupo de personas que consideran que esta situación es un abuso, y han creado sus propias huertas, donde venden los tomates sin todas las restricciones que se han citado, permitiendo su uso y consumo como mejor le parezca al comprador, y destinando prácticamente todo el dinero cobrado al propio horticultor.

Otras personas han creado huertas públicas, donde el cuidado y el mantenimiento de los productos de la huerta es responsabilidad solidaria de todos, y todos pueden disfrutar libremente de los resultados.

En algunos casos las tomateras son el producto de las semillas de los tomates obtenidos a través de la compra a los horticultores tradicionales, y eso ha cabreado a la Sociedad General de Agricultores y Especuladores, porque dicen que eso es piratería, que se están aprovechando del trabajo de sus horticultores, e incluso están en algunos casos obteniendo beneficios por ello.

Así, la Sociedad General de Agricultores Y Especuladores, junto con otros colectivos afectados como Proagripescae, han denunciado en varias ocasiones a los que mantienen dichas huertas. En algunos casos incluso han tratado de crear la idea de que su actividad es más delictiva si cabe porque cobran por otros servicios a quienes acceden a sus huertos a por los productos que allí se disponen gratuitamente.

Por fortuna los jueces, que aun tienen algo de sentido común, siempre han sentenciado a favor de las personas encargadas de las huertas. Esto ha molestado a las sociedades mencionadas, que han movilizado a los horticultores para que protesten y presionen con el objetivo de aprobar una ley que permita cerrar esas huertas sin necesidad de que lo ordene un juez.

¿Qué piensa Javier Bardem de que un colectivo que es parte del conflicto pueda decidir si cierra o no una huerta pública sin requerir la acción de un juez?

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