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Hombres y TICs

Conozco a muchos hombres buenos. EABE10. Parte II

Siempre que voy a un evento TIC lo paso bien. Siempre vuelvo afónica y con el colesterol disparatado. Siempre vuelvo pensando en lo que faltó y en lo que aprendí. Y suelo escribir lo que se me ocurre sin pensar en si está bien o no, si a alguien que lo lea le va a molestar o no.
Una de las cosas que siempre machaco es que hay pocas mujeres. Y empieza mi pelea interior entre el victimismo, el cabreo que arrastro (el mío y el de mis antepasadas), buscar un o una culpable, y enfadarme porque las cosas no son como yo quiero.
 Y luego me sereno y pienso que, una vez más, estamos en un proceso vital continuo. Que cuando mi abuela vivía estaban aún peor (a  mí esto la verdad es que no me sirve de consuelo, ni siquiera de alivio) y que mis nietas, si las tengo, estarán mejor (espero) Y así van pasando los días, los años y los eventos.
Y siempre se me olvida contar que también veo lo bueno que me da la vida. De hecho, tengo costumbre de agradecer cada noche y cada mañana todo lo bueno que tengo. Entre otras cosas, dos hombres buenos que aún tienen mucho que vivir y aprender y que viven conmigo, y otro que no vive aquí pero que nos cuida, y es su padre.
Y entonces empiezo a ver a más hombre buenos, que lo son aunque no sean perfectos, no sepan autonomía del hogar y me cabree el ego que a veces tienen y que les hace sobrevolar la realidad, sin caer en la cuenta de que abajo estamos la gente normal esperando su colaboración. Y me hacen ver que yo también hago eso a veces y que tengo que mejorarlo. Un buen espejo donde mirarme.


Y asociando ideas caigo en la cuenta de que en mi trabajo hay pocos hombres, curiosamente concentrados ahora en los saraos de la mirada ticpedagógica que llamaría Jordi Adell. Y entonces pienso en lo bien que trabajan, lo buena gente que son, lo mucho que me enseñan, lo respetuosos que son conmigo. Y cariñosos, amables, alguno coqueto (andamos algunos en malas edades y hay que comprobar si aún somos capaces de conquistar, jeje) Son divertidos, solícitos y dispuestos a escucharme incluso cuando me sale el bicho. Y a veces hasta tienen en cuenta lo que digo, aunque no suelo decirlo en el tono amoroso que quisiera tener y no tengo. 
Muchos de estos hombres estuvieron este fin de semana en el EABE10. Otros no pudieron venir (no iba a nombrar a nadie, pero tengo que hacerlo con Juanma Díaz, porque le echamos de menos y sé lo que le habrá costado no venir) y otros nos siguieron en streaming. Algunos bailaron la conga, a otros no les educaron en libertad para mover sus cuerpos sin sentirse mal. A otros sencillamente no les gustará hacer el ridículo como me gusta a mí. Y otros estuvieron en el EABE09 y estarán en el EABE11 o volverán a seguirnos de cerca.
Y tanta vuelta para venir a decir que, aunque ni se lo crean, a estas alturas les tengo mucho cariño y sobre todo y a pesar de las diferencias de criterio, mucho respeto. Les doy virtualmente un abrazo grande a cada uno de ellos y mi agradecimiento por existir y hacer a veces un esfuerzo por usar un lenguaje que me haga sentir presente en lo que hablamos. Gracias nenes.

Conozco a muchos hombres buenos. EABE10. Parte II

Siempre que voy a un evento TIC lo paso bien. Siempre vuelvo afónica y con el colesterol disparatado. Siempre vuelvo pensando en lo que faltó y en lo que aprendí. Y suelo escribir lo que se me ocurre sin pensar en si está bien o no, si a alguien que lo lea le va a molestar o no.
Una de las cosas que siempre machaco es que hay pocas mujeres. Y empieza mi pelea interior entre el victimismo, el cabreo que arrastro (el mío y el de mis antepasadas), buscar un o una culpable, y enfadarme porque las cosas no son como yo quiero.
 Y luego me sereno y pienso que, una vez más, estamos en un proceso vital continuo. Que cuando mi abuela vivía estaban aún peor (a  mí esto la verdad es que no me sirve de consuelo, ni siquiera de alivio) y que mis nietas, si las tengo, estarán mejor (espero) Y así van pasando los días, los años y los eventos.
Y siempre se me olvida contar que también veo lo bueno que me da la vida. De hecho, tengo costumbre de agradecer cada noche y cada mañana todo lo bueno que tengo. Entre otras cosas, dos hombres buenos que aún tienen mucho que vivir y aprender y que viven conmigo, y otro que no vive aquí pero que nos cuida, y es su padre.
Y entonces empiezo a ver a más hombre buenos, que lo son aunque no sean perfectos, no sepan autonomía del hogar y me cabree el ego que a veces tienen y que les hace sobrevolar la realidad, sin caer en la cuenta de que abajo estamos la gente normal esperando su colaboración. Y me hacen ver que yo también hago eso a veces y que tengo que mejorarlo. Un buen espejo donde mirarme.


Y asociando ideas caigo en la cuenta de que en mi trabajo hay pocos hombres, curiosamente concentrados ahora en los saraos de la mirada ticpedagógica que llamaría Jordi Adell. Y entonces pienso en lo bien que trabajan, lo buena gente que son, lo mucho que me enseñan, lo respetuosos que son conmigo. Y cariñosos, amables, alguno coqueto (andamos algunos en malas edades y hay que comprobar si aún somos capaces de conquistar, jeje) Son divertidos, solícitos y dispuestos a escucharme incluso cuando me sale el bicho. Y a veces hasta tienen en cuenta lo que digo, aunque no suelo decirlo en el tono amoroso que quisiera tener y no tengo. 
Muchos de estos hombres estuvieron este fin de semana en el EABE10. Otros no pudieron venir (no iba a nombrar a nadie, pero tengo que hacerlo con Juanma Díaz, porque le echamos de menos y sé lo que le habrá costado no venir) y otros nos siguieron en streaming. Algunos bailaron la conga, a otros no les educaron en libertad para mover sus cuerpos sin sentirse mal. A otros sencillamente no les gustará hacer el ridículo como me gusta a mí. Y otros estuvieron en el EABE09 y estarán en el EABE11 o volverán a seguirnos de cerca.
Y tanta vuelta para venir a decir que, aunque ni se lo crean, a estas alturas les tengo mucho cariño y sobre todo y a pesar de las diferencias de criterio, mucho respeto. Les doy virtualmente un abrazo grande a cada uno de ellos y mi agradecimiento por existir y hacer a veces un esfuerzo por usar un lenguaje que me haga sentir presente en lo que hablamos. Gracias nenes.

Ni sé ni tengo porqué

Estudios sesudos y exhaustivos, que han debido costar un dineral, demuestran que profesores del siglo XX intentan educar a jóvenes del siglo XXI en unas escuelas del siglo XIX, y por eso no termina de funcionar. Tan manida frase empieza a marearme de tal manera que ya no sé en qué siglo vivo ni qué clase de profesor soy. Ah no, que yo no soy profesor. Ni siquiera maestro. Pobre de mí: mujer, con casi 50 años, maestro de primaria y sin saber en qué siglo vivo.



El caso es que a mí me preocupa la brecha digital. Toda ella en general y la que llaman de género en particular. Esta última es la responsable de parte del desastre TIC que llevamos viviendo los últimos años en las escuelas. Si bien ser hombre y docente no garantiza en absoluto un buen uso de las TIC en la escuela y a su vez, una buena amortización de las inversiones que las administraciones hacen en diversos chiringuitos TIC, el hecho de ser mujer es posible que sí tenga que ver con el sopor que da ver cómo avanza la escuela, a paso de tortuga coja, por el mundo digital.
¿Acaso estoy culpando a las maestras de lo que nos pasa? No, porque yo no creo en la culpa. Pero sí creo que los datos cantan la Traviata y nadie quiere escuchar. Más hombres que mujeres en todo lo que tenga que ver con la tecla y más mujeres que hombres en todo lo que tenga que ver con el cuidado de las personas. Y casualmente, la escuela está llena de mujeres. ¿Eso no le da a nadie qué pensar? Otro tema sería el del porqué hay tan poquísimos hombres en la educación Infantil, donde son pura anécdota, y en la primaria, donde empiezan a serlo. Para otro día.




Por supuesto, para que esos hombres docentes hayan llegado a saber lo que saben sobre las TIC han tenido que echar una pila de horas de su tiempo (y el de sus familias, que lo sé yo), y me parece muy bien. En el caso de que alguna mujer docente esté interesada en lo mismo, ha de arañar horas a su tiempo de ocio después de trabajar en la escuela y cuidar de la familia, amén de explotar, en la mayoría de los casos, a otra también mujer que le hace las tareas más “gordas”. Yo creo que esto no es bueno y que la responsabilidad es de todos y todas, no sólo de que ellos sean "unos frescos". Ya sabes, nadie abusa de ti si no te dejas (en el caso que nos ocupa: mujeres adultas y económicamente independientes)

Los y las que estéis pensando “esto ya no es así”, podéis dejar de leer y correr a la fila de entrega de premios a la excepción. Porque sigue siendo una excepción el reparto REAL Y EFECTIVO de tareas. Sobre el por qué seguimos así habría que escribir otro libro más (ellos no quieren y ellas no les dejan) y ahora no tengo tiempo, he de irme a la cocina…