Dictado difícil

La úlcera de estómago le dejaría muy débil.
Ahí hay azúcar.
Ahí hay un hombre que dice ¡ay!
El buey muge.
Salió un convoy con víveres para socorrer a los náufragos.
No sé cómo me contuve al insultarme.
Iba con mi abuelo a pagar el IVA.
Los huérfanos del orfanato comían huevos sin azúcar.
Bienvenidas sean esas subvenciones.
Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra.
Se rompió la bujía.
 
A través de la bóveda observó una verbena que absorbía su atención: las gentes bailaban y jadeaban presas de un éxtasis colectivo. Una mujer exuberante agitaba las alhajas de su muñeca y vibraba alborotada mientras sus pechos bamboleaban con tanto vaivén. La tristeza se había ahuyentado y la inhibición quedaba ahogada en alcohol. Las trompetas reverberaban la luz del sol sobre los balcones de la explanada, donde una mujer enhebraba su aguja sobre una taza de té con jengibre.
 
Era una música pegadiza y excéntrica que exhortaba a bailar. 
Un hombre ebrio de cara ovalada e inflada resbaló en una de las oquedades de la explanada y cayó al suelo, huérfano de conocimiento. Su orfandad se acentuó al quedar solo y exhausto, exhibido como un huevo roto sobre la sartén de ebullición de la fiesta. Echado de bruces sobre el cemento, nadie le echaba una mano, y el mal ya estaba hecho.

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