No olvidemos a Papini

 
Murió en 1956, pero desde hace ya varios años la cultura «oficial» se ha empeñado en erigir en torno a su obra el muro del olvido, y en parte lo ha logrado. Al toparse con Papini, las historias literarias y las antologías salen del paso en forma rápida, como tomando nota de un caso literario definitivamente archivado, o bien lo ignoran enteramente, dando preferencia a escritores «comprometidos» aun cuando sean de tercera o cuarta categoría. Ciertamente, Mondadori tuvo el valor de publicar las obras completas de este escritor florentino y todavía hay quienes hablan sin vacilar de Papini con la frente en alto. Con todo, el ostracismo del autor de la Storia di Cristo (Historia de Cristo) es un dato de hecho. ¿Cuáles son las causas? Indudablemente, en la obra papiniana hay elementos caducos y zonas en la sombra que es justo denunciar y olvidar, pero no residen en esto las causas de su ostracismo.
Éste se explica, en primer lugar, por la moda (¿o esclavitud?) consistente en ver y enmarcar todo en una óptica laicista y radical progresista. Ansiosos por no perder un pequeño lugar al sol, nos alineamos con devoción en las nuevas fronteras de la «cultura», moviéndonos de acuerdo con las órdenes impartidas. Es comprensible, con esta perspectiva, la expulsión de Papini al silencio.
Como escribe un crítico no alineado, él «fue la antítesis del literato de nuestra época, que se somete gustoso a la ideología prevaleciente (…)». Las grandes ideas, que agitan las almas de los hombres –en el bien y el mal–, eran los temas que lo fascinaban, y sobre todo en sus escritos se plasmaba la forma de esta pasión, que lo convertía, antes que en escritor, en un hombre batallador, un polemista ardiente, que desenmascaraba falsos mitos y exaltaba virtudes ya imposibles de encontrar. Y sin embargo, si bien era un hombre de partido, en el sentido más noble, siempre estuvo alejado del poder político, y cuando en la posguerra el clima ideológico-cultural le fue sumamente adverso, no procuró por eso reorientarse, inventando puntos de contacto y de inserción en el marco del gusto de los nuevos poderosos; por el contrario, no dejó de manifestar su desprecio ante esos intelectuales que habiendo sido en el pasado aduladores y serviles, como nunca él lo fuera, en la posguerra se sometieron a otros jefes sin cambiar sus inclinaciones. «Papini es por este motivo un personaje incómodo en la cultura de nuestro siglo XX; se desearía olvidarlo (…). En una época en que la aspereza polémica complicaría el pacífico reparto de la torta cultural, en que todos están prácticamente de acuerdo dentro del gran cauce del conformismo de izquierda, cuyas corrientes pueden ser más lentas o más veloces, pero todas conducen al mismo mar; en una época en que los vanguardistas y los adversarios se transforman rápidamente en función de la industria cultural; claramente, en una época como ésta, el ejemplo de Papini es demasiado anacrónico o quizás demasiado peligrosamente actual como modelo de una condición humana posible, pero, por ser incómoda, temida por nuestros literatos, que no obstante retóricamente dan muestras de posiciones dramáticas y de sacrificio»1.
Otra causa del ostracismo es la conversión de Papini al catolicismo. Tuvo una inmensa resonancia, suscitando polémicas, entusiasmos, desconfianza y excusas. Al igual que en el lejano 1919, también en nuestros días ciertos espíritus, enfermos de iluminismo e incapaces de comprender el significado de una conversión religiosa, la visualizan como un acto de renuncia y sumisión, por lo cual envuelven un manto de conmiseración a quienes han encontrado a Dios y han sintonizado con el Evangelio. Así ocurre en relación con algunos disidentes rusos creyentes (Solzhenitsyn, Maksimov, Siniavsky). ¡Imaginemos esto en el caso de esa «mala lengua» de Papini!
Por último, el ostracismo se debe a la incomprensión. En Papini hay una multiplicidad de rostros, más bien de almas. Es también literato, también polemista, también narrador, también poeta, también erudito, también analista de su propia alma y su época, y las quince mil páginas de su obra ofrecen de esto un testimonio perentorio; pero hay algo más: trasciende inesperadamente los aspectos definidos y se presenta bajo posiciones angulares que no todos son capaces de asir.
¿Quién era Papini?
La mejor definición de su personalidad de escritor la proporcionó él mismo en una carta del 3 de marzo de 1920 a Domenico Giuliotti. Al ser acusado por el Solitario de Greve de escribir bajo la dictadura del demonio («Tu pluma ha escrito durante veinte años bajo la dictadura del demonio. Durante veinte años has envenenado a los demás y a ti mismo»), Papini respondía: «¿Y realmente crees que toda mi obra anterior, incluyendo las partes más puras y atormentadas, fue escrita bajo la dictadura del demonio? ¿No te parece que en ella se lee, cuando se sabe leer, sobre una aspiración a lo absoluto y lo infinito, una intolerancia ante las imbecilidades comunes, burguesas, filisteas y fariseas y un deseo anhelante de luz, certeza, elevación espiritual y liberación de la materia y el mal?»2.
Ahí está Giovanni Papini, un alma con reflejos agustinianos y pascalianos sobre un fondo enteramente peculiar. Queremos decir: apasionado buscador de la verdad, nostálgico de Dios, espíritu totalitario, amante de la belleza; pero también temperamento arisco, polemista violento, escritor paradojal y verboso, combatiente audaz. En todos estos aspectos es inconfundible, a menudo desconcertante y a veces magnífico.
¿Y cómo se hace entonces para ubicarlo, por ejemplo, en una historia de la literatura? Pensemos en Léon Bloy. ¿Quién no advierte una sensación de incomodidad al recorrer, en una literatura francesa, las pocas páginas (¿o líneas?) dedicadas al pélerin de l’absolu, tan estimado por Papini y cercano al mismo? Vuelve a la mente el famoso pensamiento de Pascal: «(…) esperábamos encontrar un autor y encontramos en cambio un hombre»3.
Es un hombre que supo descubrir y expresar de una manera nueva ciertos componentes universales y por tanto esenciales del espíritu humano. Para comprender (y amar) a Papini, es necesario ir más allá de la mera literatura (que de hecho no es verdadera literatura) y abandonarse a la búsqueda del hombre que trasciende infinitamente su propio ser: hecho para el infinito, pero circunscrito a caminar por tantas vías estrechas; anhelante de verdad, pero vacilante en la ignorancia y la duda; con hambre de belleza, vida, superación y amor, pero envuelto en una maraña de carencias y límites. Es en suma el hombre creado por Dios y para Dios, pero retenido por la tierra y para la tierra. En el fondo, la aventura papiniana, como en tanta literatura de los siglos XIX y XX, es una paráfrasis del axioma agustino: «Por cuanto nos has creado para ti, oh, Señor, tenemos el corazón inquieto mientras no descanse en ti»4.
Es una característica de Papini haber acogido y fomentado siempre esta inquietud metafísica, sin dejar jamás de buscar, de llamar a todas las puertas, de interrogar a todos los transeúntes, superando las tentaciones de abandonarse a la desconfianza y amodorrarse al borde del camino. En su carrera salvando obstáculos a través de la babel de las más diversas corrientes de pensamiento –del pragmatismo al idealismo, del pesimismo al misticismo mágico, de un moralismo de dudosa ley a un escepticismo exasperado y desesperado– nunca se resignó a permanecer quieto. Siempre tuvo un instinto especialmente dispuesto a intuir lo falso y distinguir los equívocos, dejándolos de lado para ir más allá.
Es también digno de destacar, junto a esa furibunda búsqueda de la verdad, el elevado concepto que siempre tuvo Papini de la vida. Incluso cuando galanteaba con el pesimismo y escribía páginas negando los valores humanos y exaltando con locura el suicidio –un suicidio ciertamente colectivo–, todo eso se explicaba por el hecho de que lo descubierto por él dentro y fuera de sí mismo no respondía a su concepción de la vida. La abofeteaba porque le parecía banal, pero sin saber qué era necesario para hacerla digna de ser vivida. Cuando lo supo, fue tal su alegría como para transformar hasta las horas más oscuras en canto de amor y sobresalto de juventud. Permítannos citar un trozo dictado poco antes de su muerte. Es algo extenso, pero da la medida de su alma.
«Me asombran a veces quienes se sorprenden ante mi calma en el estado lastimoso al cual me ha reducido la enfermedad. He perdido el uso de las piernas, los brazos y las manos y me he vuelto casi ciego y mudo (…).
Con todo, no es despreciable lo que me ha quedado y es mucho y lo mejor (…). Siempre tengo la alegría de poder escuchar las palabras de un amigo, la lectura de una bella poesía o una bella historia; puedo sentir un canto melodioso o una de esas sinfonías que den calor nuevo a todo el ser. Y todo esto no es nada en comparación con los dones aún más divinos que Dios me ha dejado. He salvado, aun cuando haya sido a cambio de guerras cotidianas, la fe, la inteligencia, la memoria, la imaginación, la fantasía, la pasión por meditar y razonar y esa luz interior llamada intuición o inspiración. He salvado también el afecto de los familiares, la amistad de los amigos, la facultad de amar incluso a quienes no conozco personalmente y la felicidad de ser amado incluso por quienes sólo me conocen a través de las obras. Y todavía puedo comunicar a los demás, aun cuando sea con dolorosa lentitud, mis pensamientos y mis sentimientos. Y si pudiera moverme, hablar, ver y escribir, pero tuviera la mente confusa y obtusa, la inteligencia torpe y estéril, la fantasía desvanecida y fatigada, el corazón árido e indiferente, mi desventura sería infinitamente más terrible. Sería un alma muerta dentro de un cuerpo inútilmente vivo. ¿De qué me serviría poseer un lenguaje inteligible si no tuviera nada que decir? Siempre he afirmado el predominio del espíritu sobre la materia: sería un estafador o un bellaco si ahora, habiendo llegado al punto de la nueva prueba, cambiase de opinión ante el peso de los padecimientos. Con todo, siempre he preferido el martirio a la imbecilidad.
Y puesto que estoy en ánimo de confesiones, quiero ir más allá de lo verosímil y avanzar hasta lo increíble. Las señales esenciales de la juventud son tres: la voluntad de amar, la curiosidad intelectual y el espíritu agresivo. A pesar de mi edad y por encima de mis males, siento con gran fuerza la necesidad de amar y ser amado, tengo un deseo insaciable de aprender cosas nuevas en todos los ámbitos del saber y el arte y no evado la polémica y la batalla cuando se trata de la defensa de los valores supremos.
Por más que pueda parecer un ridículo delirio, tengo la osadía de afirmar que también hoy me siento elevado, en el inmenso mar de la vida, por la alta marea de la juventud»5.
Además de ser una espléndida página de antología, este trozo revela la grandeza de alma del escritor y el secreto de su obra, más bien de su vida, a partir de esos años lejanos en que, siendo un adolescente florentino y ávido lector, se refugiaba para leer bajo los faroles de la Plaza Santa Croce en las noches de invierno o bajo los cipreses de San Miniato en las mañanas de verano.
 
Las impaciencias de Papini
En primer lugar, la impaciencia ante el saber. Alcanzar las fronteras extremas de la ciencia, aventurarse en todos los senderos del saber, interrogar a vivos y muertos, asir los secretos del universo:éstas son algunas expresiones de esa impaciencia suya que lo indujo a devorar con pasión y furor enciclopedias y bibliotecas.
«Y me lancé de cabeza en todas las lecturas que me sugerían mi naciente curiosidad o los títulos de los libros que encontraba en los libros que iba leyendo. Y emprendí entonces, sin experiencia, guía ni proyecto alguno, pero con todo el furor de la pasión, la vida dura y magnífica del omnisapiente»6.
Estudió y renovó en su espíritu los grandes sistemas filosóficos: pesimismo, positivismo, monismo, idealismo, solipsismo, pragmatismo; escuchó los mensajes de las grandes religiones; se embriagó de poesía. Algunos autores se le presentaron como amigos siempre buscados, otros como adversarios para rechazar sin misericordia y otros más como personas para apoyar y animar.
Junto a la impaciencia del saber, apareció enseguida la impaciencia del asalto. Era urgente derribar paredes para escrutar nuevos horizontes; inquietar los espíritus e incitarlos a la búsqueda; invocar la tempestad para renovar el aire. Así, Papini, «armado con lanza para la defensa y la ofensa, penetra abusivamente, a comienzos del siglo, en el reino de la cultura. Asume un tono inconfundible y su pluma pronto adquiere prestigio, produciendo confusión en los ambientes tradicionales. Como un nuevo cabecilla, conduce cuadrillas de jóvenes talentos, que en él reconocen la guía tras la cual pueden agruparse con el fin de remover los olímpicos silencios de maestros adormecidos»7.
No se podía aceptar el mundo tal como era. Había que rehacerlo con la fantasía o transformarlo con la destrucción. En este clima de asalto, nació Leonardo (1903). Nació bajo la consigna de la intolerancia: intolerancia ante el «servilismo nazareno» de tantos cristianos, ante la cultura italiana cerrada y provincial, ante la vacuidad de los filósofos que vivían labrando «variaciones de nomenclatura», ante el «panburguesismo» de la política y todo academicismo, ante las «formas inferiores del arte»; intolerancia, por último, ante todos los monismos, tanto materialistas como idealistas 8.
«Modificar a los hombres –escribía en Leonardo (agosto de 1906)–, amputar y engrandecer almas, transformar espíritus: ése es mi arte favorito. Mi objetivo es por tanto bien preciso: no se trata de un lema político o religioso, sino puramente espiritual e interno (…).
Hacer sentir la necesidad de llevar a cabo algo importante para que nuestra vida tenga sentido y cierta belleza. Arrancar a las almas de los surcos de la vida común y elevarlas a la contemplación desde lejos y en libertad de los posibles destinos de los hombres y la terrible necedad de la existencia cotidiana».
Cortaba y demolía a causa de la impaciencia por una realidad distinta y mejor. Perennemente insatisfecho e inquieto, se aventuraba en las diversas corrientes del pensamiento y luego las refutaba para buscar en otros ámbitos, sin importar en qué dirección ni en qué compañía. Judío errante del saber (como más tarde se definió), le resultaba imposible detenerse y establecerse ordenadamente en un territorio. En el fondo, su impaciencia aspiraba a lo absoluto.
Un uomo finito (Un hombre acabado) (1912) es el relato, idealizado y en tono épico, del drama de una conciencia inquieta, aguijoneada precisamente por la impaciencia ante lo absoluto. El libro analiza la génesis, las etapas y la embriaguez de la tentación de «convertirse en Dios». Varios capítulos reflejan tonos nietzschianos, delirios místicos, perspectivas de quienes han procurado escalar hacia el cielo (Novalis, Lautréamont, Nerval, Poe, Strindberg, Mallarmé). Las páginas más logradas (además de las que recuerdan la infancia del autor) son las que describen la destrucción de los sueños locos: en ellas se puede encontrar el éter de quienes, incapaces de tolerar la condición humana, han osado traspasar las columnas de Hércules.
«¿Cómo puede contentarse con poco quien todo lo ha deseado? ¿Cómo puede gozar de la tierra quien ha buscado el cielo? ¿Cómo puede conformarse con la humanidad quien ha avanzado en el camino de la divinidad? Todo ha terminado, todo se ha perdido, todo está cerrado. Nada más hay que hacer. ¿Consolarse? Ni siquiera. ¿Llorar? ¡Pero para llorar se necesita otra vez energía, se necesita un poco de esperanza! Ya nada sé, ya no cuento, nada quiero: no me muevo. Soy una cosa y no un hombre. Tocadme: estoy frío como una piedra, frío como un sepulcro. Aquí está enterrado un hombre que pudo convertirse en Dios»9.
«Acabado», por tanto, pero únicamente porque no logró ser «infinito» («Algo distinto a acabado. Pero si aún no he comenzado (…). Lo mejor viene ahora: solamente hoy nazco»). En el naufragio de los locos espejismos, sus compañeros de impaciencia fueron presa de la manía suicida, el pesimismo resignado o la ofuscación de la conciencia. Él tuvo la fuerza para dirigir la proa hacia orillas más humanas. Pudo así invocar «un poco de certeza» en páginas que tienen el ritmo de una oración y la resonancia de una nostalgia que se confunde con la voz profunda de la naturaleza humana. La impaciencia ante un loco espejismo se convirtió en la impaciencia ante la verdad que salva.
«No pido pan, gloria ni compasión (…). Pero pido y clamo humildemente, de rodillas, con toda la fuerza y la pasión de mi alma, por un poco de certeza; una sola, una pequeña fe segura, un átomo de verdad (…).
Necesito un poco de certeza –necesito algo verdadero. No puedo prescindir de eso; no sé vivir sin eso. No pido otra cosa, nada máspido, pero esto que pido es mucho, es una cosa extraordinaria: lo sé. Pero la quiero de todos modos– a toda costa debe dárseme, si es que en el mundo hay alguien a quien le importa mi vida (…).
Sin esta verdad ya no logro vivir y si nadie tiene piedad de mí, si nadie puede contestarme, buscaré en la muerte la felicidad de la luz plena o la quietud del vacío eterno»10.
 
Llegada a la fe
Le respondió ese Dios siempre presente en las invocaciones sinceras y sufrientes. En las Memorie d’Iddio (Memorias de Dios) (1911), libro definido como satánico por el mismo Papini11, el ateísmo es un estribillo cantado en todos los tonos. En varias páginas abunda una insolencia a veces en el límite del sacrilegio, como al formularse una «mística del ateísmo». Dios no sólo es despersonalizado, sino además reducido a la miseria y recubierto de escepticismo hasta el punto de dudar de sí mismo. Sólo existe porque algunos mortales todavía piensan en Él.
Negaba a Dios y lo maldecía, pero en el fondo sentía nostalgia de Él y lo invocaba secretamente. Tenía una energía espiritual, oscura y prepotente, que le impedía abandonarse al positivismo, el pragmatismo y el escepticismo. Su alma era más fuerte que su cerebro: un alma profundamente religiosa, naturalmente cristiana. Al leer los Evangelios, San Agustín, Pascal, la Introduction à la Vie Dévote de San Francisco de Sales, los Ejercicios espirituales de San Ignacio, los místicos españoles (Lull, Santa Teresa, San Juan de la Cruz) y alemanes (sobre todo Meister Eckhart, Suso, Böhme) creía seguir la cultura, pero en realidad seguía a Dios e invocaba a Cristo.
El Papini de los años anteriores a la conversión da la idea del enamorado que se enoja con la amada, pero porque la ama. Y él amaba a Cristo, desde hacía varios años, sin saberlo. En el Crepuscolo dei filosofi (El ocaso de los filósofos), lo defendió contra Nietzsche («Cristo vino al mundo no sólo para anunciar el Reino de los Cielos, sino también como portador de salud y fuerza»). Si no se decidía a tener el encuentro definitivo, era ya sea por carecer de un conocimiento interior y profundo del cristianismo, por la dificultad de deshacerse de tantos años de mucho polvo anticristiano12 o por temor a agruparse con la «nueva oleada de inclinación católica» que –recordaba13– llegaron a integrar, después de Huysmans y Verlaine, Claudel y compañía. En Italia, formó parte de eso Domenico Giuliotti, «del cual se esperó mucho, pero sólo surgió del mismo un pequeño volumen de poesías terriblemente impersonales y literarias».
La «conversión» se produjo en 1919. La guerra, con su carga de tragedia, y el remordimiento por haberla invocado y pretendido; la primera comunión de sus hijas y la dulzura cristiana de su esposa; las reprimendas amigables, pero punzantes, de Giuliotti: todo eso allanó el camino; pero el elemento decisivo –además de la gracia– reside en una necesidad interior e impostergable del escritor: necesidad de certeza, de atracaderos seguros, estables y liberadores, de un orden moral e intelectual. Sin embargo, como él mismo escribiera, la conversión no fue un refugio en un cómodo asilo ni la aceptación supina de una norma moral o un esquema doctrinal. Fue ciertamente un atracadero, pero también un rebote hacia alta mar para conquistar orillas de mayor exaltación.
En la Storia di Cristo (1921), al presentar al Hombre-Dios, Papini da testimonio del mismo, lo exalta y sobre todo lo invoca, con el entusiasmo del neófito, con la alegría del caminante que, tras años de extravío, llega a la casa del padre, con la necesidad de expresar a gritos a todos, pero especialmente a los hombres de la cultura, la urgencia de un regreso al Salvador.
 
«Ambiciones desmesuradas»
Entre las notas que caracterizan la personalidad de Papini, podemos recordar «el delirio de grandeza», «la ambición de lo grande y excesivo» y la volubilidad. Si bien la conversión, con la posesión de la verdad definitivamente alcanzada y la superación de resentimientos e impaciencias, puso un freno a su recelo intelectual, no aplacó los ardores de su espíritu. Con sesenta y cinco años cumplidos, escribía:
«Es curioso cómo a esta edad conservo ambiciones desmesuradas que reafloran todos los días: de construir una nueva filosofía, de escribir una historia de la humanidad, de hacer un drama fantástico que abarque toda la vida, etc. etc.»14.
La imagen de Papini al leer el Diario, de publicación póstuma, es de un volcán en fase de erupción permanente. Nos asombra cómo el cerebro de ese hombre pudo resistir una ebullición continua de proyectos, sueños y propósitos: son tantos que, si se suman, se llega a la conclusión de que las obras materializadas constituyen únicamente la décima parte de aquellas puramente ideadas. Carecía de sentido de la medida y no supo superar la ambición de escribir obras que abarcasen todos los campos, obras inmortales bajo la estela de su Dante y su Miguel Ángel, para cuya realización toda una vida no habría sido suficiente y para las cuales no disponía de una adecuada preparación.
Durante más de cincuenta años acarició el proyecto de una «obra inmensa», «redentora», «enorme, pavorosa, sobrehumana», y le dedicó tiempo, estudio e impulsos. Debería haberse llamado Rapporto su gli uomini (Informe sobre los hombres) o Adamo (Adán). Hecha, deshecha y rehecha varias veces, de ella quedó un montón de carpetas, testimonio de un gran sueño desvanecido. Se apoyó el Rapporto en la idea de un Giudizio Universale (Juicio Universal), otro proyecto que lo exaltó y ocupó durante muchos años, otro sueño desvanecido.
«Hay un canto dentro de mí que nunca podrá salir de mi boca, que mi mano no sabrá escribir en trozo alguno de papel (…). Hay un canto dentro de mí que siempre se quedará dentro de mí»15.
En estas expresiones se encuentra todo el drama del escritor florentino.
Intuía el milagro de la transfiguración artística, pero no lograba traducirla en acto al escribir el Giudizio (ni las otras obras «titánicas»), de donde surgió la idea de quemar el manuscrito. No lo quemó, pero tampoco lo publicó, lo cual es testimonio de honestidad y buen sentido.
 
«Llegar al último día con el alma entera»
Es tarea ardua seguir a Papini a través de su obra: más de sesenta volúmenes, sumamente densos en problemáticas, erudición e intuiciones; inspirados por la nobleza de los propósitos, el amor y el respeto por lo que es genuinamente humano, el culto a la verdad y la dignidad; geniales, envueltos en poesía, vigor estilístico y capacidad de evocación. La aparición de algunos de ellos fue como la explosión de una bomba en la soñolienta provincia italiana, y suscitó polémicas, contiendas, confrontaciones, investigaciones y ardores, todo menos indiferencia. Pensemos en Un uomo finito, Stroncature, Storia di Cristo, Sant’Agostino, Dante vivo, Gog, Storia della letteratura italiana, Lettere agli uomini di papa Celestino VI, Il diavolo.
En todo caso, Papini nos ofreció su más bella sorpresa en sus últimos años de vida. Quien se opusiera, como él, durante toda la vida a hombres e ideologías, no podía no oponerse a la sumisión del alma al cuerpo, gracias a una especie de milagro en el cual la fuerza de la fe se manifestó a la par con la fuerza de voluntad.
«Cada vez más ciego, cada vez más inmóvil, cada vez más silencioso. La muerte no es sino inmovilidad taciturna en las tinieblas. Muerto por tanto un poco cada día, en pequeñas dosis, según el modelo homeopático. Pero espero que Dios me conceda la gracia, a pesar de todos mis errores, de llegar al último día con el alma entera»16.
Llegó efectivamente con el alma entera a ese día. No estando solo, y superando dificultades gravísimas, logró dictar una cantidad de material tan grande como para constituir varios volúmenes: La spia del mondo, La felicità dell’infelice, Schegge. Se encuentran entre sus cosas más logradas. La serenidad espiritual, alcanzada con esfuerzos heroicos, se despliega en la página en oleadas de poesía que cubre a todas las criaturas, desplegándose con tranquilidad juicios sobre los más diversos argumentos, con riqueza de cultura, ansia de conquistas siempre nuevas y conceptuosa densidad.
Un día lejano, en una de sus profecías sorprendentes, había anunciado con anticipación:
«Hay un canto dentro de mí que debo escuchar yo solo, que debo padecer
y soportar sólo yo. Este canto no se pronunciará sino en la última hora de mi vida; este canto será el principio de una feliz agonía»17.
¿Qué canto? El canto del paralítico, que en la inmovilidad del sillón hace el Inventario delle felicità (Inventario de las bienaventuranzas)18. En estas páginas ya no está presente el flujo de palabras sonantes ni la violencia del polemista centrado en no abandonar la presa; está el canto de un Job nuevo, que se reitera el haber «nacido hombre y no bestia», «a imagen y semejanza de Dios», «un ser vertical que mira el cielo, iluminado por el espíritu, capaz de ser purificado y redimido por el mismo dolor», con un alma «tan noble que puede venerar el genio y desear la santidad», con un pensamiento tan poderoso que además de hacerte «copropietario de un planeta», te permite exaltarte junto a David, Sófocles, Platón, San Francisco, Dante, Petrarca, Leopardi, Rousseau, Kierkegaard, Dostoievski y Nietzsche.
«Eres mortal como las yeguas de los campos, pero sólo en ti resplandece la esperanza –que para algunos es certeza– de la victoria final sobre la muerte. Eres, también en la cárcel de la carne y el tiempo, la impaciente larva de un Dios». El Inventario prosigue. Nacimiento en medio de un pueblo civil, en una nación cristiana (cuyos santos demuestran «que el hombre puede ser más que humano cuando se une, él muerto, al Cristo vivo»), «en una de las comarcas más maravillosas y gloriosas de la tierra», en tiempos «de sangre, colapso y espanto» (que pueden por tanto orientarnos hacia esos «bienes que realmente vale la pena recuperar»).
«Levantemos entonces la cabeza para buscar con los ojos un trozo de cielo, un beso de sol. La mayor infelicidad se convierte en razón suficiente del ascenso a una felicidad mayor. Y la alegría más verdadera para los actores de esa Divina Comedia que es la vida humana ya no consiste en poseer, sino en reconquistar la felicidad, que es nuestra por derecho de nacimiento y guerra.
Y por consiguiente tú, hombre de aflicción y rencor, levántate del tugurio de zarzas, sacúdete el polvo delictuoso y recoge tus bienaventuranzas abandonadas.
Señala el cielo, mira bien; desaparecen las estrellas en la niebla, pero en la línea de oriente una sombra de oro anuncia la revancha del Padre de regreso».
Rara vez un escritor ha alcanzado semejante grandeza moral; rara vez el canto de un hombre ha girado en tonos tan elevados; rara vez una «juventud» ha explotado con semejante plenitud de vitalidad.
 
Limitaciones y méritos de Papini
Es imposible negarlo. Estuvieron muy lejos de favorecer a Papini sus excesos de estilo, el hecho de abusar demasiadas veces de su habilidad léxica y llegar a acuñar cierta terminología demoledora cuando no le bastaba la del vocabulario, que además conocía perfectamente.
Resultan poco gratas sus complacencias verbales, los frecuentes tonos forzados, la mano cargada en el color, la tendencia a expresarse en superlativo y el uso destemplado de la paradoja.
Además, pocos autores consiguen con tanta frecuencia, como Giovanni Papini, atraer vigorosamente al lector y luego, en medio del placer que le han entregado, alejarlo con algo inadecuado. Y es ciertamente inadecuado ese ademán altanero de legislador absolutista, así como la sistematización de las cosas mediante afirmaciones categóricas más que con argumentos válidos, la insistencia demasiado excluyente en un aspecto determinado de un asunto o un personaje o la excesiva seguridad en la propia manera de interpretar incluso ciertas figuras históricas, como Dante, Miguel Ángel y otras.
Éstas son las limitaciones de Papini. Sería grave, en todo caso, detenerse en esas limitaciones sin saber llegar al alma del escritor y descubrir así el significado de su presencia en la cultura de nuestro siglo.
Fue ante todo el hombre de la búsqueda inquieta. Su rebeldía, su provocación, su delirante arrojo hacia todos los puntos del horizonte y su forma de aventurarse en todos los caminos para abatir los andamiajes circunstantes no son sino reacciones ante la mentira del pensamiento oficial, la historia oficial y la vida oficial. Esta oficialidad se le presentaba como traición a las exigencias naturales y tradicionales de nuestro pueblo, como parálisis intelectual y moral19.
Al ir contra la corriente y despedazar los ídolos del pasado y las formas cristalizadas de la inteligencia y la cultura del país, pretendió actuar sobre el hombre, reivindicando su dignidad y originalidad, es decir, su capacidad de investigación y su vocación para proyectarse a sí mismo, construir su destino y rechazar toda forma de deshumanización en curso y de servilismo intelectual.
Buscador de lo absoluto y la verdad, trabajador comprometido a «actuar en el alma» para redescubrir y rehacer al hombre, sostenedor del primado de la vida sobre la ideología, amante de la conquista riesgosa más que de la posesión negligente: únicamente en esta perspectiva adquiere unidad y significado su aventura. En una época de servilismo con la estética idealista, tuvo el valor de escribir un ensayo titulado Lo scrittore come maestro (El escritor como maestro)20, que marca un final y propone una meta. Al arte como juego, arte por el arte, arte por placer, arte desvinculado de toda finalidad espiritual, contrapuso el arte como vida y moralidad, como compromiso y misión.
El centro de su obra es el hombre. Con incansable pasión, lo persiguió por todos los caminos para interrogarlo, conocerlo y salvarlo. De ese modo, erigió una galería de bustos, esbozados con brío e inmediatez, y al recorrerla podemos encontrar al hombre eterno, sujeto a infinitos llamados, en manos de Dios y Satanás. Detrás de cada busto se encuentra sobre todo Papini, hombre de «diversas almas», irritado, exaltado, profético, pero siempre valeroso, sincero y comprometido.
Papini nunca bromeó con su misión de escritor ni trampeó con la verdad. Una vez encontrada, permaneció fiel a ella, conservando con todo –en el ámbito de la ortodoxia– la libertad de movimiento y la posibilidad de tener resbalones (como ocurrió con Il diavolo (El diablo)).
No se olvida, por último, la fascinación que brota de sus páginas, debido al atractivo de una prosa robusta, de estructura firme y sabia, de una lengua modulada en todos los tonos, viva, expresiva, límpida.
 
Por qué amo a Papini
Lo amo porque fue un hombre. Vivió intensamente, animado por la pasión por las batallas y las conquistas, dirigiendo siempre la mirada hacia horizontes de dignidad, elevación moral e inteligencia en lo tocante a los valores auténticos de la vida.
Lo amo porque yendo contra la corriente, supo decir que no a todo lo que es fácil, cómodo, común, consuetudinario. Tuvo pasión por el debate constructivo con miras a un mundo distinto, más digno, más humano, más cívico.
Lo amo porque rechazó la concepción de una literatura banal, de diversión, artificial, que explota los instintos animales, venal, desprovista de alma, anémica. La literatura –nos enseñó–, además de arte, debe ser pedagogía y profecía, cultura y mensaje.
Lo amo porque describió –más bien cantó– las grandes razones del vivir: el ansia de lo absoluto, el estremecimiento ante la belleza, el llamado del amor, la necesidad de Dios, la impaciencia por la verdad.
Lo amo porque, una vez que encontró a Cristo, permaneció siempre fiel al mismo, desafiando miserias, temores y fatigas. Y además supo reanimar en cristianos soñolientos la alegría de una fe que libera y el entusiasmo de una lucha que se refleja en la eternidad.
Lo amo porque al final de su vida ofreció a todos un ejemplo sumamente elevado de la forma en que se puede y debe sublimar el sufrimiento, transfigurar lo trágico cotidiano, conservar la juventud del espíritu y vivir abiertos a la historia.
Lo amo, por último, porque catorce días antes de morir, en medio de sufrimientos inauditos, logró dictar estas palabras:
«Mira las estrellas. Las estrellas son maravillosas. Las estrellas dicen a quien sabe leer una palabra más precisa que los retóricos y los expendedores de vanidades. El pequeño trozo de barro apagado sobre el cual pones tus pies no es sino un grano estelar en un precipicio sin orillas. No te infles con el soplo de la soberbia, no te creas un dios amo, un rey terrestre; confiesa que no eres creador, sino criatura.
«Nuestras filosofías son como la hierba de los techos, que se seca antes de florecer: sentencias de ceniza y razones de viento. Estamos solos al borde del infinito. ¿Por qué rechazaremos la mano de un padre? Somos lanzados, nosotros, efímeros, desde lo alto de la eternidad. ¿Por qué rechazaremos un apoyo, aun cuando sea a cambio de ser fijados con los clavos de una cruz de campo?»21
1 F. GIANFRANCESCHI, «Attualità di Papini», en Il Tempo, 29 de octubre de 1972.
2 Extractado de L. DEL ZANINA, «D. Giuliotti profeta in estilo», en Letture, 1967, 667.
3 B. PASCAL, Pensamiento (29).
  1. SAN AGUSTÍN, Le confessioni, Sulmona, Ed. Paoline, 1968, 49.
  2. 5 Schegge, Florencia, Vallecchi, 1971, 250-251.
6 Un uomo finito, Florencia, Vallecchi, 1926, 39.
7 B. GOGO, «Giovanni Papini apprendista dell’infinito», en Profili di scrittori, 6, Milán, Ed. Letture, 1966, 48.
8 Ver P. BARGELLINI, Pian dei giullari, XI, Florencia, Vallecchi, 1953, 37.
9 Un uomo finito, op. cit., 202.
10 Ivi, 246-250.
11 Ver J. LOVREGLIO, Une odyssée intellectuelle entre Dieu et Satan. Giovanni Papini. L’homme, París, Lethielleux, 1973, 97, en nota.
12 «Hijo de padre ateo, bautizado a escondidas, habiendo crecido sin prédicas ni misas, nunca tuve las llamadas «crisis espirituales», «nochesde Jouffroy» o «descubrimientos de la muerte de Dios». Para mí, Dios nunca estuvo muerto porque nunca estuvo vivo en mi alma» (Un uomo finito, 12).
13 En Puzzo di cristianucci, escrito en 1913, referido en la recopilación Testimonianze e polemiche religiose, Milán, Mondadori, 1960.
14 Diario, Florencia, Vallecchi, 1962, 382.
15 Poesia in prosa, Florencia, Vallecchi, 1933, 273.
16 La spia del mondo, Florencia, Vallecchi, 1955, 794.
17 Poesia in prosa, op. cit., 273.
18 La spia del mondo, op. cit., 722-723.
19 Ver F. CASNATI, «Papini, operaio della vigna», en Vita e Pensiero, agosto de 1956.
20 Citado en La pietra infernale, Brescia, Morcelliana, 1934.
21 «Il cielo sopra i dormienti», en Schegge, op. cit.
 
 

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