ADVERTENCIA: Los experimentos que aquí puedes ver se han de realizar en un laboratorio bajo la supervisión del profesor o la profesora de física y química. Si los intentas por tu cuenta acabarás en Urgencias en el mejor de los casos. Avisado/a quedas.
Cuenta el profesor García Morales que todas las noches antes de acostarse en vez de encomendar su alma al niño Jesús relee uno de los experimentos del hijo del herrero y la campesina y es tal el bienestar que le invade que le abruma imaginar el que pudo hallar en vida aquel gigante de la física y la química. Como el que subió a los cielos a Billy Wilder él le ha hecho un altar a su científico en la alacena de los buñuelos sobre un tapete de crochet, al estilo del que Antoine Doinel le dedicó a Balzac. Siempre le parecerán pocas las veces que recomienda leer la introducción de John Tyndall a las «Faraday’s Select Researches in Electricity» para intuir con las limitaciones de la palabra escrita no sólo la genialidad experimental y la colosal dimensión científica de Michael Faraday, sino también su personalidad decidida, delicada, entusiasta y afectuosa.
Y dónde apreciarlo mejor que en la transcripción de sus conferencias sobre «la puerta más abierta por la que podáis adentraros en el estudio de la filosofía natural». Saldando una deuda de por vida Faraday las introducía reclamando «el privilegio de hablar a los jóvenes como si yo fuera uno de ellos», pues lo fue en 1812 cuando asistió a una conferencia de Humphry Davy, quien acabaría acogiendo en la Royal Institution al entonces aprendiz de encuadernador.

¿Habrá fenómeno más hermoso e inesperado que la combustión del vapor de la parafina al enfriarlo en un tubo de ensayo? Se calienta la cera sólida de una vela fundiéndola y se sigue calentando el líquido hasta llenar el tubo de vapor de parafina. Entonces se enfría súbitamente en agua y sucede el evento maravilloso. El vapor caliente se proyecta al exterior y se inflama con extraordinaria belleza, llevando al éxtasis a los circunstantes boquiabiertos.
Igual que aquel al que le venían de perlas quebraderos de cabeza como «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura», a nuestro profesor le da por cavilar si un Newton o un Cavendish habrían sido posibles fuera de la cultura de la imprenta. Parece evidente que no. Amén de sus particulares dificultades para la interacción social, no hubieran podido seguir «la dirección de su mundo íntimo» en una cultura oral y ejercer «la astronomía de sus abismos interiores», los que se reflejan en el abismo del firmamento según cuenta Borges en El espejo de los enigmas. Semejante anatomía del individuo que atesora una singularidad, una esencia, una personalidad, un alma libre racional, un abismo interior o como se lo quiera llamar, se universaliza con la cultura de la imprenta. Así entiende la tesis de Marshall McLuhan en La Galaxia Gutenberg. El individuo, el sujeto con «su alma en su cuerpo y su libre albedrío como el más pintado», antes de ser una idea que cobra vida, se echa a andar por el mundo y comienza a parir «antojos peregrinos y extraños» en las mentes de los filósofos como lo hacía la cabeza de madera de aquella célebre mesa, se había cocido en la olla real del mercado, donde no nos queda más remedio que acudir de uno/a en uno/a y hacer «hablar» a nuestra mercancía, es decir, vender nuestros pellejos individuales para ganarnos la vida, pues «dos linajes solos hay en el mundo».
Escribe McLuhan citando Culture, Psychiatry and the written world de J. C. Carothers, que en las culturas africanas orales «podría decirse que durante toda su vida el individuo llega a considerarse más bien como una parte insignificante de un organismo mucho mayor -la familia y el clan- y no como unidad independiente y que confía en sí misma; la ambición e iniciativa personales tienen pocas oportunidades para manifestarse». No hay rastro aquí de abismos interiores ni el sentido de las cosas se halla en un orden abstracto de causas y consecuencias sucesivas, resultado propio de la hipertrofia de la percepción visual que McLuhan atribuye a la tecnología de la imprenta. «Con la imprenta el ojo aceleró y la voz se acalló». A los niños se les enseña a leer en silencio. Observa Carothers que «la palabra escuchada nos ha sido dirigida, comúnmente, en tanto que la palabra vista no lo ha sido, y la leemos o no, según queramos». La tecnología del libro impreso produjo entre otras separaciones la del pensamiento de la acción (1). El pensamiento se puede demorar y seguir un camino silencioso que vulnerando el límite de la velocidad de la luz lleva instantáneamente del que no tiene donde caerse muerto al emprendedor de sí mismo, del pellejo al alma.

En un «manuscrito confiado a la crítica roedora de los ratones» hay una anotación al margen muy sugerente de Marx: «Relación, para los filósofos = idea. Ellos sólo conocen la relación ‘del hombre’ consigo mismo, razón por la cual todas las relaciones reales se truecan, para ellos, en ideas». Newton se pensaba a sí mismo como un ser independiente ante la Naturaleza. En palabras de Werner Heisenberg «su actitud ante la Naturaleza no puede describirse mejor que mediante su conocida frase en la que se compara a un niño que juega en la playa y se alegra cuando encuentra un guijarro más pulido, mientras el gran océano de la verdad se extiende ante él, inexplorado». Todavía en el siglo XIX, expone Heisenberg, se describe la Naturaleza prescindiendo del hombre y su acción sobre ella: «Surgió la simplista imagen que el materialismo del sigo XIX daba del Universo: los átomos, que constituyen la realidad auténticamente existente e invariable, se mueven en el espacio y el tiempo, y gracias a su disposición relativa y sus movimientos generan la policromía fenoménica de nuestro mundo sensible». En el contexto de la producción, se trataba de «liberar» las fuerzas naturales escondidas y ponerlas al servicio del «hombre» (¿qué hombre?, se preguntará cualquiera cuando suena el despertador para ir a trabajar). La naturaleza ha de ser predecible en la comunicación científica: si haces esto con estas cosas, de esta manera, en tales cantidades y por este orden debe ocurrir esto otro.

Si se introducen varios fragmentos de cinta de magnesio en un matraz de Erlenmeyer con ácido clorhídrico 2 M y se coloca inmediatamente en la boca del matraz un tapón horadado atravesado por un tubo de vidrio conectado a una cánula que conduce el gas producido a un cristalizador lleno de agua con detergente de fregar platos, inmediatamente se comienzan a formar burbujas de hidrógeno en el cristalizador. Tras mojar la mano en agua se recolectan con delicadeza algunas burbujas y se les acerca la llama del mechero produciendo la combustión del aire inflamable de Henry Cavendish ante el asombro de los payos.
Para llevar a cabo la celebérrima descomposición del clorato de potasio se introduce una pequeña cantidad de esta sal en un tubo de ensayo y se comienza a calentar en la llama del mechero de Bunsen. Pronto la sal se funde y empieza a burbujear oxígeno. Al introducir bolitas de papel en el tubo lleno de oxígeno caliente arden con gran espectacularidad produciendo regocijo y felicidad sin medida en el público congregado.
Y entonces la física atómica lo llenó todo de incertidumbre. El sujeto pensante hubo de ser integrado en el objeto de investigación por el «trastorno» inevitable que el proceso de observación ocasiona en el comportamiento de las partículas elementales. La necesidad, nos dice Heisenberg, de la ciencia de subordinar todo problema parcial a la comprensión del todo llevó a reformular su objeto y la noción de verdad científica. Ya no se ocupa de algo independiente llamado Naturaleza, sino de «la Naturaleza sometida a la interrogación de los hombres», con lo que en este contexto, también los hombres se estudian a sí mismos. Y el conocimiento que pueden adquirir no es más que el de «su relación con la Naturaleza». Sin embargo, la explotación técnica de la ciencia no se anda con tantos remilgos. «Todo progreso técnico, por mínimo que sea, sirve al fin general de ampliación del poderío material del hombre» (otra vez, ¿de qué hombre?).
Según el diagnóstico de McLuhan perdemos el tiempo con el esnobismo de escribir estas palabras que ya son fósiles y no va a leer nadie, en lugar de aprovechar la dilatación eléctrica de nuestros sentidos subiendo a Internet vídeos de 10 segundos o menos. «El mundo se ha convertido en un ordenador, un cerebro electrónico, exactamente como en un relato de ciencia-ficción para niños. Y a medida que nuestros sentidos han salido de nosotros, el GRAN HERMANO ha entrado en nuestro interior. Y así, a menos que tomemos conciencia de esta dinámica, entraremos en seguida en una fase de terror pánico, que corresponde exactamente a un mundo de tambores tribales», escribía este señor en 1962.
(1) «…en una sociedad tan profundamente oral como es la rusa,» interpreta McLuhan, «en la que se espía con el oído y no con el ojo, cuando tuvo lugar el memorable proceso llamado ‘purga’ de 1930, los occidentales expresaron su desconcierto ante el hecho de que muchos se reconocieran totalmente culpables no por lo que habían hecho, sino por lo que habían pensado». En 1935, Francisco Largo Caballero se negaba a responder ante el Tribunal Supremo si se solidarizaba con el movimiento de sublevación popular de octubre de 1934, razonando estar «procesado por hechos y no por pensamientos» (AHN, página 167 del documento digitalizado, Octubre 1934, Jesús Jiménez Zaera (ed.), Desperta Ferro Ediciones, 2024).
Nota. Ningún animal ha sido maltratado en la grabación de los vídeos, ni siquiera el profesor García Morales en su condición de animal racional. Lamentamos la mala calidad de las grabaciones por la impericia de quien las ha hecho. Es una persona mayor que no está ni para Juan y Medio, pero no teníamos otro mejor a mano.

