Estructura deductiva; inductiva; paralelística

Estos son ejemplos muy simples de las diferentes estructuras en las que puede organizarse un texto:

  • Estructura deductiva. La idea principal se enuncia al principio, y a continuación se explica, se demuestra o se desarrolla. Ejemplo: Los avances científicos son sumamente beneficiosos para la humanidad. En primer lugar, porque permiten combatir numerosas enfermedades; y, en segundo lugar, porque hacen más cómoda nuestra existencia.
  • Estructura inductiva. La información más relevante se expone al final del párrafo y se presenta como conclusión de lo dicho anteriormente. Ejemplo: Los avances científicos permiten combatir numerosas enfermedades. Por otra parte, hacen más cómoda nuestra existencia. Podemos concluir, pues, que el desarrollo de la ciencia es sumamente beneficioso para la humanidad.
  • Estructura paralelística. El párrafo se organiza como una sucesión de ideas que no quedan subordinadas unas a otras. Ejemplo: Los avances científicos permiten combatir numerosas enfermedades. Por otra parte, hacen más cómoda nuestra existencia. Además, nos permiten soñar con un futuro en el que el ser humano será dueño absoluto de su destino. 

Kalipedia.

El Quijote: «Yo sé quién soy»

Entre la sindéresis y el delirio hay un tabique muy fino. Nunca me importó estar de un lado o de otro. A menudo, adarga en ristre con triste rocinante, me he sentido exiliado de ambos mundos. Habito la ínsula de los que, sin estar locos, mataron la cordura, la bandera y la borrega de los que no quisieron andar otro camino, de los que no supieron vivir de otra manera.

Capítulo XVIII de la segunda parte, Cervantes habla por boca de Diego de Miranda, este no parece hallar falla alguna en la sindéresis de Don Quijote, y su locura la pone más bien en la incoherencia entre su disertación, buena y razonable, y sus acciones, esto es, en el trecho entre «palabras» y «hechos». Cuando don Diego es preguntado por su hijo acerca del caballero que ha invitado a su casa («el nombre, la figura y el decir que es caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos»), aquel responde:

—No sé lo que te diga, hijo; sólo te sabré decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo y decir razones tan discretas, que borran y deshacen sus hechos. (II, 18)

Carta a Dulcinea, virreina de la ínsula de su desamparo:

«Soberana y alta señora: El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte, El Caballero de la Triste Figura.» (I, 25, 245)

Ciertamente nos hallamos ante una parodia de las cartas de amor de héroes caballerescos: cartas melifluas, churriguerescas, asentadas en un estilo retórico y arcaizante. Son palmarios los tópicos más comunes del amor cortés (ausencia, frialdad y divinización de la dama –religio amoris- la muerte por amor, la enamorada como enemiga…). Pero llama la atención, al menos resulta curioso y un tanto inverosímil, que un caballero de su edad y circunstancias ( solo, soltero y soso), pueda sostener con tal ánimo y arresto –ideal incorrupto- esta aspiración por su Dulcinea. Tal vez –llegados a este punto- fuera necesario recurrir a Avalle-Arce para afirmar con él que el Quijotismo es la forma del heroísmo hispano: Del yo soy yo y mis circunstancias al Yo soy yo a pesar de mis circunstancias. Se va a morir sin haber vivido, arruinado, sin hijos, sin haber salido del pueblo, y decide inventarse una vida para poder vivir antes de morir sin haber vivido.

DISYUNTIVA: LOCURA O MUERTE

Sentido último del Quijote, última parada de esta loada estación de peripecias filosafales bajo visos de locura: la disyuntiva a la renuncia de su locura es la muerte; sí, el óbito de desesperanza, el inflexible guadañazo mortal es la otra pieza en este sencillo puzle dicotómico. Porque, en último término, abandonar estas locuras, enfriarse después de la febril vitalidad del ideal, en definitiva, colgar las armas, tiene como resultado la muerte, el fin de toda esperanza. Y no cuelga las armas como el monje cuelga los hábitos, puesto que para este colgar los hábitos es renacer en una nueva vida o elevar a su hetaira de hostias y coitos a categoría de cristiana esposa; sin embargo, para don Quijote colgar las armas -de ahí que el pacifismo universal que otros han querido ver en su figura sea falso por inexistente- supondrá nada menos que la muerte. Porque Cervantes conservó siempre el orgullo de soldado cristiano y español combatiente en Lepanto, «la mejor ocasión que vieron los siglos», más allá de que –tan manido por repetido-   no reconocieran sus méritos militares.

El Quijote nos muestra un Cervantes convicto y confeso de la Católica Monarquía Española y, por supuesto, convicto también de su política imperial y cristiana, como la ya citada batalla de Lepanto o, sin ir más lejos,  la expulsión de los moriscos. La filiación intelectual e ideológica de Cervantes parece fuera de toda duda.

Casi parafraseando al filósofo Gustavo Bueno, la muerte de Don Quijote, tras colgar las armas, en Alonso Quijano, simboliza la muerte de España, al colgar las suyas.

ARTÍCULOS LITERARIOS Y PEDAGÓGICOS. ISBN. 978-84-17675-11-0

 Blas Valentín.

Blas V LITERATURA ESPAÑOLA