Metodología didáctica: por qué no es lo mismo que una estrategia

Metodología didáctica, estrategias metodológicas, metodologías activas, innovación educativa. Estos conceptos aparecen de forma recurrente en proyectos educativos, planes de formación y discursos institucionales y de profesionales. Sin embargo, no siempre se emplean con el rigor conceptual que exige una práctica docente profesional. Desde la psicopedagogía, esta falta de precisión no es inocua: condiciona el diseño didáctico, debilita la coherencia metodológica y distorsiona la evaluación del aprendizaje.

Distinguir entre metodología didáctica y estrategia metodológica no es una cuestión terminológica, sino una competencia profesional clave del profesorado.

Qué es la metodología didáctica

Desde la didáctica y la psicología de la educación, la metodología didáctica se entiende como el marco global y coherente que orienta el proceso de enseñanza-aprendizaje, sustentado en una determinada concepción de cómo se aprende, cómo se enseña y cómo se evalúa.

Zabala (2007) define la metodología como la manera de organizar y estructurar las actividades de enseñanza para facilitar el aprendizaje, lo que implica decisiones intencionales sobre el rol del alumnado y del profesorado, el tipo de interacciones didácticas, la secuenciación de los contenidos, la naturaleza de las actividades y el enfoque de la evaluación.

En esta misma línea, Coll, Mauri y Onrubia (2008) subrayan que toda metodología está vinculada a un modelo pedagógico y psicológico, razón por la cual no puede reducirse a una técnica, una actividad aislada ni a una herramienta digital.

Cuándo una propuesta puede considerarse metodología didáctica

No toda práctica innovadora ni toda actividad participativa constituye una metodología. Para que una propuesta pueda ser considerada metodología didáctica debe cumplir una serie de condiciones que le otorguen coherencia, solidez y transferibilidad.

En primer lugar, debe contar con un fundamento teórico explícito, sustentado en modelos pedagógicos y psicológicos reconocidos. Tal como señalan Díaz Barriga y Hernández (2010), la acción docente no puede desligarse del marco teórico que la justifica.

En segundo lugar, ha de presentar principios metodológicos claros que orienten la práctica: aprendizaje activo, colaboración, contextualización, autorregulación o transferencia del aprendizaje, entre otros.

Asimismo, toda metodología dispone de una estructura interna reconocible, con fases o momentos definidos que permiten su sistematización y aplicación en distintos contextos educativos. Esta estructura evita la improvisación y favorece la coherencia del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Otro requisito fundamental es la definición de roles, tanto del profesorado como del alumnado. La metodología establece quién protagoniza el aprendizaje, cómo se acompaña el proceso y qué tipo de interacción se promueve en el aula.

A ello se suma la coherencia con la evaluación. Una metodología incorpora una determinada concepción evaluativa alineada con los aprendizajes que pretende desarrollar. Biggs (2006) advierte que sin alineamiento entre objetivos, metodología y evaluación, el aprendizaje profundo resulta inviable.

Por último, una metodología es transferible y adaptable. Permite ser aplicada en distintos contextos, etapas y materias, manteniendo su esencia pedagógica, aunque se ajusten las estrategias utilizadas.

Cuando una propuesta no cumple estos requisitos, estaremos ante estrategias, técnicas o recursos didácticos, pero no ante una metodología en sentido estricto.

Estrategias metodológicas: el cómo dentro del marco

Las estrategias metodológicas son los procedimientos concretos que el profesorado selecciona para desarrollar una metodología en un contexto determinado. Incluyen técnicas didácticas, dinámicas de aula, rutinas de pensamiento, instrumentos de evaluación, tipos de agrupamiento o herramientas digitales.

Díaz Barriga y Hernández (2010) destacan que las estrategias son flexibles, situadas y adaptativas, mientras que la metodología actúa como marco estructural y vertebrador del proceso educativo. Una misma estrategia puede utilizarse en metodologías diferentes, pero siempre adquiere sentido en función del enfoque metodológico que la sustenta.

De ahí que expresiones habituales como “mi metodología es el debate”, “la gamificación es una actividad” o “usar Kahoot es una metodología” reflejen una confusión conceptual que empobrece el diseño didáctico y dificulta la evaluación competencial.

Por qué es importante distinguir metodología y estrategia metodológica

Hablar con propiedad en educación no es un ejercicio académico vacío, sino una condición necesaria para mejorar la práctica docente.

Diferenciar entre metodología y estrategia permite diseñar propuestas coherentes, evitando la acumulación de actividades inconexas. Refuerza, además, la profesionalización docente, ya que el uso preciso del lenguaje pedagógico es un indicador de competencia profesional, como señala De Miguel (2006).

Esta distinción también aporta sentido a la evaluación del aprendizaje, que deja de centrarse en la valoración de tareas aisladas para enfocarse en el nivel de desempeño competencial del alumnado. Además, ayuda a evitar la adopción acrítica de modas pedagógicas, favoreciendo decisiones didácticas fundamentadas y contextualizadas.

Metodología didáctica y calidad educativa

Hablar de metodología no es una cuestión semántica menor ni un debate estéril entre etiquetas. En educación, las palabras importan porque configuran la manera en que pensamos, diseñamos y evaluamos los procesos de enseñanza y aprendizaje. Llamar metodología a cualquier recurso, dinámica o herramienta no solo empobrece el discurso pedagógico, sino que dificulta la coherencia didáctica y la toma de decisiones fundamentadas. Una metodología implica un marco teórico, unos principios pedagógicos, una intencionalidad clara y una forma concreta de entender cómo se aprende; todo lo demás: estrategias, técnicas, actividades o instrumentos; cobra sentido dentro de ese marco, pero no lo sustituye.

En un ámbito profesional como el educativo, hablar con propiedad es una responsabilidad ética y técnica. Nombrar bien es pensar mejor, y pensar mejor es enseñar mejor. Utilizar un lenguaje riguroso no busca excluir ni corregir desde la superioridad, sino construir una cultura profesional más sólida, compartida y consciente. Solo desde ese rigor conceptual podemos dialogar, formarnos, innovar y evaluar con criterio, evitando modas vacías y poniendo el foco donde realmente importa: en el aprendizaje del alumnado y en la mejora real de la práctica docente.

Porque enseñar mejor empieza, muchas veces, por pensar mejor lo que hacemos en el aula y nombrarlo con precisión.

 

Referencias 

Biggs, J. (2006). Calidad del aprendizaje universitario. Narcea.

Coll, C., Mauri, T., & Onrubia, J. (2008). Psicología de la educación virtual. Morata.

De Miguel, M. (Coord.). (2006). Metodologías de enseñanza y aprendizaje para el desarrollo de competencias. Alianza Editorial.

Díaz Barriga, F., & Hernández, G. (2010). Estrategias docentes para un aprendizaje significativo (3.ª ed.). McGraw-Hill.

Zabala, A. (2007). La práctica educativa: cómo enseñar. Graó.

 

Descripción general de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para que podamos brindarle la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en su navegador y realiza funciones como reconocerlo cuando regresa a nuestro sitio web y ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones del sitio web le resultan más interesantes y útiles.