Vivimos un momento histórico donde la información está en nuestras manos 24/7, pero curiosamente el pensamiento profundo y crítico no ha crecido al mismo ritmo. El economista italiano Carlo M. Cipolla lo dijo con crudeza en su principio de asimetría de la estupidez:
La estupidez, definida como la acción que perjudica sin beneficio propio, es más peligrosa que la maldad, porque actúa sin lógica ni intención clara y sus efectos son impredecibles y destructivos.
En las redes sociales este principio se manifiesta con claridad: contenido superficial, simplista o directamente falso puede llegar a millones de personas antes de que cualquier desmentido llegue siquiera a ser leído.

Pseudoexpertos y perfiles con gran alcance
Las redes sociales han democratizado la creación de contenido, lo cual es positivo… hasta que esa democratización se convierte en equalización de la autoridad informativa.
Pseudoexpertos de salud y bienestar:
Perfiles que parecen profesionales y lo aparentan (con estética cuidada, frases inspiradoras y afirmaciones “contundentes”) pero no están avalados por evidencia científica. Un ejemplo muy documentado es el caso de Erin Elizabeth, conocida por propagar teorías anti‑vacunas y desinformación sanitaria en redes, asociada incluso a la denominada “disinformation dozen” responsable de una gran parte del contenido antivacunas online.
Casos similares incluyen influencers que promueven dietas extremas, suplementos milagrosos o pruebas médicas innecesarias sin respaldo científico (por ejemplo, resonancias corporales generales promocionadas como “detectoras de enfermedades” pese a no tener evidencia que lo respalde).
Influencers y bulos en contextos de crisis:
Incluso perfiles populares que normalmente comparten moda, estilo de vida o entretenimiento pueden acabar viralizando desinformación en momentos críticos. Tras la DANA en Valencia, varias figuras difundieron información no contrastada sobre túneles con supuestos cadáveres, generando pánico innecesario en su audiencia antes de que pudiera aclararse la verdad. (Fuente: El País)
Propagadores de teorías y conspiraciones políticas.
Hay perfiles, como Jackson Hinkle, que han sido identificados por difundir narrativas conspirativas, desinformación y contenidos polarizantes a audiencias de millones, incluso siendo retirados de plataformas por violar normas de desinformación.
Estos casos son solo la punta del iceberg. Estudios recientes muestran que más de la mitad de los influencers no verifican la información antes de compartirla, y muchos reproducen contenido sin fundamento simplemente porque “suena bien” o genera interacción (Disinformation Commission News).
La instrumentalización política del sesgo: el caso de la ultraderecha digital
La asimetría de la estupidez no solo opera de manera espontánea; en algunos casos, es utilizada de forma estratégica. Movimientos de ultraderecha en distintos países han demostrado una enorme capacidad para explotar:
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- La simplificación extrema de problemas complejos (inmigración, desigualdad, cambio climático), reduciéndolos a mensajes emocionales y dicotómicos: “ellos vs nosotros”.
- La apelación constante al miedo y la indignación, emociones que aumentan la viralidad.
- La repetición sistemática de mensajes, aunque hayan sido desmentidos, aprovechando que el desmentido nunca circula con la misma fuerza.
- La estética de cercanía y autenticidad en redes sociales, que genera identificación emocional más que reflexión racional.
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Un ejemplo frecuente es la difusión de datos sacados de contexto sobre criminalidad o ayudas sociales, presentados en reels de 30 segundos con música impactante y subtítulos llamativos. Aunque organismos oficiales o medios especializados publiquen después los datos completos y contextualizados, el contenido simplificado ya ha cumplido su función: activar una emoción y reforzar una narrativa.
Este fenómeno ha sido estudiado en distintos contextos europeos y latinoamericanos, donde se observa que las estrategias digitales populistas priorizan:
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- Mensajes cortos y polarizantes.
- Deslegitimación del conocimiento experto.
- Construcción de un enemigo común.
- Uso intensivo de algoritmos y segmentación digital.
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Lo relevante aquí no es la ideología en sí, sino el mecanismo: cuando la emoción sustituye al análisis, el pensamiento crítico se debilita.
¿Por qué funciona tan bien? Porque apela a nuestros sesgos más humanos:
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- Sesgo de confirmación: creemos lo que refuerza nuestras ideas previas.
- Sesgo de disponibilidad: damos más peso a lo que vemos repetidamente en redes.
- Heurística emocional: si algo nos indigna o asusta, lo compartimos antes de verificar.
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La ultraderecha digital (al igual que otros movimientos radicales de distinto signo) ha comprendido que en la economía de la atención la indignación es más rentable que la evidencia.

La pregunta incómoda ¿Estamos ante un problema ideológico… o educativo?
Porque la verdadera vulnerabilidad no está en que existan mensajes simplistas. Siempre han existido. La vulnerabilidad está en una ciudadanía que:
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- Consume información en formato ultra breve.
- No contrastar fuentes.
- Confunde popularidad con legitimidad.
- Se informa a través de reels más que de análisis en profundidad.
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¿Por qué funciona la desinformación?
La respuesta tiene que ver con cómo funcionan las redes sociales y cómo procesa nuestra mente la información:
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- La economía de la atención prioriza lo llamativo, lo emocional y lo inmediato sobre lo complejo o matizado.
- Los algoritmos están diseñados para maximizar interacción, lo que favorece contenidos sencillos, sensacionalistas o polarizantes.
- Los sesgos cognitivos nos hacen más propensos a aceptar información que confirma lo que ya creemos o queremos creer.
La IA puede amplificar y personalizar estos contenidos, reforzando burbujas de información que nos parecen “verdaderas” porque se alinean con nuestro perfil de consumo.
Y aquí está la paradoja: aunque alguien con conocimientos reales puede elaborar un análisis profundo, nuestros cerebros y nuestras plataformas prefieren lo simple, lo inmediato, lo que no exige esfuerzo.
El esfuerzo de desmentir ante la popularidad de lo falso
Cuando surge información errónea, el proceso de corrección suele ser lento, laborioso y técnico. Para rebatir un falso consejo de salud, una interpretación errónea de una nueva normativa o una teoría conspirativa hacen falta:
✅ estudios científicos,
✅ referencias verificables,
✅ matices y explicaciones detalladas,
✅ tiempo para leer, digerir y compartir.
En cambio, un reel de 15 segundos que promete “la verdad oculta” o “la solución fácil a un problema complejo” puede conseguir millones de vistas en horas. La asimetría de la estupidez se ve entonces en su forma más cruda: lo falso se viraliza con velocidad, y lo verdadero lucha por hacerse un hueco.
¿Por qué estamos llegando a esto?
Esta tendencia no es un accidente:
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- Las plataformas han priorizado métricas de engagement sobre calidad.
- El público, bombardeado de contenidos, busca respuestas simples a problemas complejos.
- La cultura del entretenimiento y lo visual ha desplazado la exigencia de rigor y contraste.
- La IA hace indistinguibles las fronteras entre lo verdadero y lo fabricado.
El resultado es una ecosfera de información donde la veracidad queda en segundo plano frente a la viralidad, la emoción y la polarización.
Hacia una alfabetización crítica en la era digital
La clave no está en demonizar las redes, sino en fomentar una educación mediática sólida, que incluya:
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- Capacidad de verificar fuentes y distinguir evidencia científica de opinión.
- Habilidades para cuestionar narrativas emotivas o simplistas.
- Comprensión de cómo funcionan los algoritmos y la IA.
- Prácticas de consumo consciente (detenerse, analizar, contrastar) antes de compartir.
Y esto no debe quedarse en manos de unos pocos: docentes, familias, instituciones y plataformas tienen un papel fundamental en desarrollar el pensamiento crítico desde edades tempranas.
En un mundo saturado de información, NO basta con saber leer: hay que saber leer entre líneas. El principio de asimetría de la estupidez nos desafía a cuestionar cualquier contenido que parezca demasiado simple para ser cierto, especialmente cuando proviene de perfiles atractivos o carismáticos.
Hoy más que nunca, necesitamos personas informadas, pensadoras y pensadores críticos y comunidades reflexivas. La solución no es apagar las redes, sino activar nuestro pensamiento, educar para discernir, y construir una cultura digital donde la evidencia y el rigor caminen de la mano con la creatividad y la comunicación.
La asimetría de la estupidez no es solo un fenómeno individual; es estructural. En la era de los algoritmos, la viralidad premia la emoción y castiga la complejidad.
Si no fortalecemos el pensamiento crítico desde la escuela (y también desde la formación adulta) corremos el riesgo de formar generaciones expertas en deslizar pantallas, pero no en analizar argumentos.
La cuestión no es qué ideología gana más seguidores en redes. La cuestión es: ¿Estamos educando para comprender la realidad… o solo para reaccionar ante ella?
En Proyecto Meraky creemos que la alfabetización mediática, la educación en sesgos cognitivos y el desarrollo del espíritu crítico no son contenidos opcionales: son competencias democráticas esenciales en el siglo XXI.
Porque una sociedad que no piensa… es una sociedad fácilmente manipulable.




