Kleroterion o el ciudadano a suerte

La evolución de la justicia y de su administración en Atenas discurrió en paralelo al desarrollo de la democracia. En ambos terrenos existía una gran preocupación por limitar los abusos de poder. Todos los infractores de la ley eran juzgados por un jurado seleccionado entre los ciudadanos: su número mínimo era de 201, el normal de 501, pero incluso los había de 1.001, 1.501 y hasta 2.001 miembros. El método para seleccionar jueces y jurados era sumamente complicado. Su objetivo era evitar que el acusado o sus denunciantes los identificaran con antelación y los sobornaran. Aristóteles describe el método en su Constitución de los Atenienses. Cada ciudadano tenía que estar disponible para ser miembro del jurado durante un año. Recibía una pieza de bronce (pinakion) que llevaba inscrito su nombre completo (nombre, patronímico y el nombre de su demo o subdivisión tribal) así como un sello oficial. El día de la celebración del juicio, los posibles miembros del jurado se reunían en el ágora al amanecer. Un magistrado introducía los esas piezas de bronce en distintos cestos según la tribu a que pertenecieran, que identificaba gracias a la inscripción de cada uno de ellos.

El magistrado colocaba entonces las piezas de bronce en el cleroterion, un artilugio recreado en este vídeo, donde se explica qué aplicaciones podría tener hoy en día la réplica actual.

Una vez introducidas las placas de bronce según cada tribu (una columna por cada una de ellas, en total diez), se mezclaba un número de bolas blancas igual a un décimo del número de miembros del jurado requerido con otras negras hasta completar el total de filas horizontales del aparato. Luego se introducían las bolas por el embudo. Si salía primero una bola blanca, se elegía la primera fila de placas (uno de cada columna); si era negra, en cambio, quedaban descartados todos los candidatos de esa primera fila. A continuación se procedía de la misma forma con las sucesivas filas hasta completar el jurado. De este modo se conseguía una representación paritaria de las tribus. Por último, cada ciudadano elegido recibía una ficha de bronce en la que se indicaba el tribunal al que había sido asignado. Tras celebrarse el juicio la devolvía y percibía una retribución por el desempeño de sus funciones. Los jueces eran elegidos de forma similar, y probablemente votaban con el jurado.

En los tribunales atenienses no había fiscal, cualquier ciudadano podía formular los cargos. Con objeto de limitar las falsas imputaciones se imponía una multa a todo acusador que no obtuviera al menos un quinto de los votos del jurado. El acusado
exponía su caso ante el tribunal y se defendía por sí mismo. Tanto él como su acusador tenían un tiempo fijo —medido con una clepsidra— para pronunciar su alocución. 

El jurado no intervenía directamente en el proceso, aunque muchas veces mostraba sus simpatías. Su misión consistía simplemente en votar «culpable» o «inocente». Emitían sus votos cuando abandonaban el tribunal, dejando caer un objeto (un guijarro
o una concha) dentro del receptáculo correspondiente. Este método tenía el inconveniente de revelar qué había votado cada individuo. Durante el siglo IV a.n.e se introdujo un nuevo sistema basado en un pequeño artefacto de bronce semejante a un trompo de juguete, un disco con una varilla que lo atravesaba por la mitad. Si la varilla era maciza significaba inocente, y si era hueca culpable. Los miembros del jurado recibían uno de cada clase; los sujetaban con el índice y el pulgar de cada mano, ocultando así los extremos de cada varilla. Para emitir el voto, pasaban en fila ante dos urnas: depositaban en la primera el correspondiente a su
decisión y el otro en la segunda. Se han encontrado en el ágora varios de estos artefactos.

Fuente: Henar Velasco López en blog Tironiana (22/02/2022) y adaptación de Peter Connolly, páginas 29-31 de La Ciudad Antigua. La vida en la Atenas y la Roma clásica, Madrid, Acento Editorial, 1998 (traducción del original inglés The Ancient City, Oxford University Press, 1998).

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