En un lugar de la Mancha…
Qué importantes son las primeras palabras de un relato, esas que mágica e instantáneamente te trasladan a su mundo. «Érase una vez…» es una clave que indica que ya estamos ahí, aunque hay diversas formas de comenzar a narrar.
Lo habitual es que se haga una pequeña introducción sobre el lugar y tiempo en que transcurrirá la historia, o bien se describa al personaje principal, o a algún personaje secundario que lo presente desde su óptica. Esta es una introducción clásica, que parte de una información general o que proporciona el trasfondo a lo que se va a contar.
No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero sucio, húmedo, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero hobbit, y eso significa comodidad.
Mi padre, cuya hacienda en la provincia de Nottinghan era moderada, tenía cinco hijos: yo era el tercero. A la edad de catorce años me envió al Colegio de Emmanuel en Cambridge.
En el siguiente comienzo, en cambio, el autor se permite jugar con esa idea y subvertirla:
Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no me apetece contarles nada de eso.
Otras veces, el autor introduce al lector justo en medio de una acción (es lo que se llama in media res: en el medio del asunto) y eso hace que la intentemos suplir todo lo que no se nos dice para imaginar quién habla, por qué está ahí… Qué está pasando, en suma.
— ¡Tom!
Silencio.
— ¡Tom!
Silencio.
— ¡Dónde andará metido ese chico!… ¡Tom!
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados.
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Era casi diciembre y Jonás empezaba a estar asustado.
Vamos, pues, a jugar con los comienzos:
a) ¿Has leído o conoces las historias cuyas primeras palabras hemos escrito? Intenta averiguar cuáles son. ¿Crees que son buenos comienzos? ¿Por qué? ¿Cómo crees que continúan? Atrévete a seguir unas líneas. También puedes copiarnos algún comienzo que te haya parecido especialmente «bueno» o que te haya impactado. ¡No busques en internet! Se trata de evocar tus recuerdos lectores. Aunque también puedes localizar los que se consideran comienzos eficaces y tratar de explicar por qué lo son.
b) También puedes jugar a cambiar las palabas de estas citas y crear tu propia versión. Así, por ejemplo, hay una obra de teatro del grupo «Els Joglars» llamada En un lugar de Manhattan. ¿Cómo modificarías estos u otros comienzos para hacerlos tuyos?
c) Finalmente: ¡suéltate! ¿Cuál sería para ti un buen comienzo para una historia de tu propia invención?
Ya sabéis: si hacéis esta propuesta en clase o bien por vuestra cuenta… ¡estamos esperando vuestros comentarios!