ANÁBASIS – Jenofonte
“¡Thalassa!, thalassa!” (IV 7, 24).
Repasando los estantes de mi modesta biblioteca, he visto algo que ya sabía: Jenofonte aparece varias veces en ella. He hecho recuento y resulta que hay hasta diez libros con el nombre del ateniense grabado en el lomo. Y de ellos, tres repiten un mismo título con diferentes palabras: “anábasis”, diez mil, expedición, retirada. Tres ediciones de la misma obra: Gredos, Austral y Porrúa. Eso despierta de nuevo mi interés en la odisea jenofontea, de modo que se impone una relectura, aunque sea para justificar la sobreabundancia. Se impone volver al mundo griego. Se impone la aventura.
No sé si Jenofonte necesita o no de una presentación, a estas alturas. Se trata de un caso único entre los griegos: hombre de acción más que teórico, reportero más que historiador, narrador más que crítico, Jenofonte escribió sobre temas tan variados como la historia, el diálogo filosófico, la economía, la biografía, el panegírico, la cinegética o la equitación. Vivió en la Atenas de Sócrates y Platón, en la Persia de Ciro el Joven y Artajerjes II, en la Esparta de Agesilao. Aventurero por naturaleza, su vida fue reflejo de la época convulsa que vivió. Nació en la Atenas de la guerra del Peloponeso, cuando alcanzó los veintena de años conoció a Sócrates y fue seguidor suyo hasta que el desencanto causado por la derrota de su ciudad y su espíritu inquieto le llevaron a enrolarse en una loca aventura: derrocar al Gran Rey, al dueño del imperio persa: Artajerjes II. Al poco de regresar volvió a marchar, esta vez no para derrocar a un rey sino para ayudarle en sus conquistas: Agesilao II de Esparta. Su escaso sentimiento patriótico y su filolaconismo (que le llevó al extremo de luchar en el bando espartano contra Atenas en la decisiva batalla de Coronea) le hizo ganarse la condena de destierro de su patria. Esparta le resarció adjudicándole una finca en Escilunte, en la Élide, donde vivió largos años hasta que una invasión de los vecinos griegos de Arcadia le obligó a refugiarse en Corinto, ciudad en la que acabó sus días rondando ya los ochenta años.
Pero no es esta vida agitada lo que le hace único; después de todo vivir fuera de las propias fronteras, ser un exiliado, incluso tener como ocupación la de soldado de fortuna, fueron moneda común para muchos griegos en los años posteriores a la derrota ateniense en Egospótamos. Lo diferente en Jenofonte es que él escribió sobre todo ello, aprovechó su bagaje vivencial para redactar obras que, si bien no destacan por su genialidad, sí son fiel testimonio de una época y de un modo de vida, además de contar con la amenidad y espontaneidad que le son intrínsecas a su estilo gráfico, entretenido, armonioso; «su estilo es sin duda más dulce que la miel, pero muy alejado de la agitación del foro», como lo califica Cicerón (El orador, 32). Lo atípico de Jenofonte es que, tratándose de un ateniense, escribió obras elogiando el sistema de gobierno de Esparta, y a su rey Agesilao; sin duda el desencanto y el fracaso de la política interna y externa atenienses le llevaron a ese punto. Lo atípico es también que alabó el modo de vida de los persas, hasta el extremo de dedicarle una obra panegírica a Ciro el Grande; esto habría sido impensable en la época de las guerras médicas o en las décadas posteriores, sin embargo los tiempos habían cambiado y ahora el imperio persa no era ya un enemigo visceral sino un jugador más de la partida que se jugaba en las tierras del Egeo.
Las obras dan a Jenofonte licencia para aparecer en los estudios clásicos sobre el mundo griego como historiador, como filósofo, como biógrafo, como ensayista… Por citar algunos de ellos: Wilhelm Nestle, en su magna Historia de la literatura griega, incluye a Jenofonte en el epígrafe dedicado a la prosa ática; Albin Lesky, en su obra homónima, le coloca en cambio en el apartado dedicado a la historiografía; Werner Jaeger, en su monumental Paideia. Los ideales de la cultura griega, le dedica un capítulo titulado “Jenofonte: el caballero y el soldado ideales”; W. K. C. Guthrie, en su recurrente Historia de la filosofía griega, reserva, dentro de la investigación sobre las fuentes para el estudio de Sócrates, un epígrafe para la figura de Jenofonte. El caso es que, comparadas injustamente su obra historiográfica con las de Herodoto o Tucídides, o su aportación filosófica con la de su coetáneo Platón, la diferencia es abismal y Jenofonte pierde claramente. Su estilo distraído, su falta de criterio y de sentido crítico, su poca exhaustividad, le hacen quedar muy atrás en comparación con los mencionados. Pero es que Jenofonte es otra cosa, y por ello no merece tales comparaciones. Quizá sea Carlos García Gual quien más acierte al dedicarle un capítulo de su Historia, novela y tragedia titulado simplemente “Jenofonte: aventurero y escritor”. Es lo que fue sin duda el ateniense: un aventurero que escribió acerca de sus aventuras, ni más ni menos.
Y sin duda su aventura más conocida y destacada fue la antes mencionada de derrocar a Arsaces, conocido desde su ascenso al trono persa como Artajerjes II. Fue esto lo que plasmó en la Anábasis, palabra que en griego significa “subida” y que hay que entender como el ascenso desde las tierras de Sardes hasta las mesetas de Asia Menor y Mesopotamia. Enterado Jenofonte de que Ciro el Joven, hermano del rey persa, estaba reclutando mercenarios para combatir una insurrección contra Artajerjes, se alistó y pasó a engrosar un grupo formado por más de diez mil soldados procedentes de diferentes ciudades griegas. Sin embargo, acabar con esa insurrección no era el verdadero motivo para el reclutamiento: el deseo de Ciro era derrocar a Artajerjes y hacerse con la corona. En el primer y único enfrentamiento con el Rey, en Cunaxa, los mercenarios griegos demostraron su superioridad en el campo de batalla; su consigna fue “Zeus Salvador y Victoria” (I 8, 17). Pero el joven Ciro murió y su causa se esfumó. El aprecio de Jenofonte por la figura de Ciro es indudable:
Así murió Ciro, el hombre más apto para reinar y el más digno de gobernar entre los persas que sucedieron a Ciro el Viejo. (I 9, 1).
Los griegos quedaron así huérfanos de líder y de motivos para seguir luchando; un ejército de diez mil mercenarios perdido en tierra hostil solo podía hacer dos cosas: rendirse o tratar de regresar. Decidieron lo segundo:
En su mayor parte los soldados no habían embarcado para este servicio mercenario por obtener esta soldada, sino porque habían oído hablar de la personalidad de Ciro. Unos se habían alistado, incluso, llevando sus propios hombres; otros, habiendo hecho gastos; otros, también, escapando de casa de sus padres y de sus madres, y otros, abandonando a sus hijos, en la creencia de que, después de ganar dinero para ellos, regresarían de nuevo, porque oían hablar de los bienes abundantes obtenidos por los que estaban al lado de Ciro. Tales hombres deseaban regresar a Grecia sanos y salvos. (VI 4, 8).
Y aquí comenzó la aventura, la retirada propiamente dicha, desde el interior de Mesopotamia hasta territorio griego. Los griegos recorrieron en total más de seis mil kilómetros en un tiempo de casi año y medio: como se dice en la propia obra, sin duda en un texto interpolado, la expedición recorrió mil ciento cincuenta parasangas, unos treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios en doscientas quince jornadas. Esa retirada fue de todo menos apacible: hubieron de pasar a través del desierto y las montañas del Kurdistán, y luchar no solo contra los persas sino contra las tribus y pueblos autóctonos que a su paso se encontraban, las cuales estaban lejos de haber sido apaciguadas por Artajerjes. En efecto, los griegos “pedían mercado” en cada ciudad que avistaban con vistas a aprovisionarse para seguir su marcha, pero la mayoría de ellas se mostraban agresivas:
Durante los siete días que cruzaron el país de los carducos, todos los pasaron luchando y sufrieron tantos males cuantos ni siquiera habían recibido del Rey y Tisafernes juntos. (IV 3, 2).
Pero el objetivo de los mercenarios era claro:
No nos oponemos al poder del Rey ni hay razón para que nosotros queramos saquear su país ni tampoco queremos matarlo. Solo pretendemos volver a nuestra patria sin que nadie nos moleste. (II 3, 23).
De modo que los griegos a menudo debían hacer gala de su inteligencia y optar por buscar soluciones favorables para ambas partes, ofreciendo sus servicios a los reyezuelos locales:
Mosinecos, nosotros queremos regresar, sanos y salvos, a Grecia a pie, pues no tenemos naves; pero esos, que tenemos entendido que son vuestros enemigos, nos lo impiden. Pues bien, si queréis, tenéis posibilidad de tomarnos como aliados y vengaros, si alguna vez os han tratado injustamente, y tenerlos sometidos en lo sucesivo. Si no nos hacéis caso, pensad dónde podríais obtener en otra ocasión una fuerza aliada como la nuestra. (V 4, 5).
Sorprendentemente, y dando así muestras de su gran cohesión y resistencia, del total que inició la expedición pudieron completarla más de ocho mil mercenarios:
Así, el ejército resulta dividido en tres partes: de un lado, arcadios y aqueos, en número superior a cuatro mil, todos hoplitas. De otro, Quirísofo con sus hoplitas, en número aproximado de mil cuatrocientos y unos setecientos peltastas, los tracios de Clearco. Por último, Jenofonte con sus hoplitas, unos mil setecientos y unos trescientos peltastas. Sólo él tenía caballería, unos cuarenta jinetes. (VI 2, 16).
Sin embargo, esa cohesión y resistencia se debieron en gran parte a los líderes que encabezaron la empresa: al frente del contingente griego figuraba Clearco, espartano exiliado de su ciudad por desobediencia a los éforos. Nacido para la batalla, Clearco dio muestras en numerosas ocasiones de una agudeza casi ática, o así lo hizo ver Jenofonte. Por ejemplo, en su parlamento con Falino, el interlocutor del Rey, quien trata de que deponga las armas y se rinda, Clearco replica:
Si fuera preciso hacernos amigos del Rey, seríamos amigos más valiosos conservando las armas que entregándolas a otro y, si fuera preciso hacer la guerra, la haríamos mejor conservando las armas que entregándolas a otro. (II 1, 20).
Y ante el interés de Falino por conocer sus intenciones, prosigue:
«También me ordenó el Rey que os dijera que si os quedabais aquí tendríais tregua, pero que si avanzáis o retrocedéis significará la guerra. Decid, pues, sobre este punto si permaneceréis y hay tregua, o si anuncio de vuestra parte que entramos en guerra.» Clearco dijo: «Pues bien, anuncia que en este punto también nosotros somos del mismo parecer que el Rey». «¿Qué significa esto? », dijo Falino. Contestó Clearco: «Si permanecemos, tregua, si retrocedemos o avanzamos, guerra». Preguntó de nuevo aquél: «¿Anuncio tregua o guerra? ». Y Clearco contestó de nuevo en los mismos términos: «Tregua, si permanecemos; si retrocedemos o avanzamos, guerra». (II 1, 21 y ss.).
El sucesor de Clearco, el también espartano Quirísofo, recibe un tratamiento igualmente honroso y lleno de nobleza y valor por parte del narrador Jenofonte:
Hemos decidido, si se nos permite regresar a nuestra patria, cruzar el país haciendo el menor daño posible, pero si alguien nos impide el paso, luchar con la mayor fuerza posible. (III 3, 3).
El propio Jenofonte no empieza a adquirir protagonismo hasta el libro III (la Anábasis fue dividida en siete libros posteriormente a su escritura), haciéndose cargo de los hombres que marchan en la retaguardia, y su importancia crece a medida que avanza la obra.
Al margen del interés argumental que despierta la obra, esta resulta también remarcable por hallarse en ella ciertos aspectos destacables. Así, no deja de llamar la atención el espíritu de camaradería que se respira en toda la Anábasis; tratándose de griegos pertenecientes a ciudades diferentes, incluso rivales (atenienses y espartanos, por ejemplo y sin ir más lejos, pero también griegos de Arcadia, Acaya, Tracia, Tesalia, Laconia…), y teniendo en cuenta el habitual espíritu agonístico griego y de enfrentamiento entre ellos mismos, lo cierto es que pocas veces (aunque sí alguna) se vislumbra tal cosa. Como llamativo es también que Jenofonte utilice medidas de longitud o distancia persas (pletros y parasangas) tanto o más que el habitual estadio griego.
Asimismo, y especialmente para los interesados en los aspectos militares, ofrece la obra numerosos ejemplos. Se habla de estrategos, hoplitas, peltastas, arqueros, honderos, etc.; de qué formación mantenían los griegos sobre la marcha y en estático; o incluso de las tácticas de combate en plena batalla:
Eso decía [Jenofonte], mientras recorría las filas y, al mismo tiempo, hacía avanzar con lentitud al ejército formado en falange. Y marchaban contra los enemigos con los peltastas situados a ambos lados. Se transmitió la orden de llevar las lanzas sobre el hombro derecho, hasta que se diera la señal con la trompeta; después que las bajaran para el ataque, que siguieran al paso y que nadie se lanzase corriendo contra el enemigo. A continuación se transmitió la consigna «Zeus salvador, Heracles conductor». Los enemigos aguardaban, porque creían que era buena su posición. Cuando estuvieron cerca, los peltastas griegos dieron el grito de guerra y corrieron contra los enemigos, antes de que se les diera la orden. Los enemigos se lanzaron contra ellos, los jinetes y la infantería de los bitinos en bloque, y ponen en fuga a los peltastas. Pero, como la falange de los hoplitas les salió al encuentro en rápido avance y, al mismo tiempo, sonó la trompeta y entonaron el peán, y después lanzaron el grito de guerra mientras que bajaron las lanzas, entonces ya no resistieron los enemigos, sino que huyeron. (VI 5, 25 y ss.).
De vez en cuando un simple apunte, una simple noticia, emociona al lector y hace pensar en qué llevó a Jenofonte a mencionar ese hecho entre otros muchos similares que seguro se producirían a lo largo de la expedición. Así, con una simple frase, se inmortaliza y escapa del anonimato eterno un griego:
Entonces murió un hombre valiente, Cleónimo de Laconia, alcanzado por una flecha que le atravesó el escudo y la coraza, penetrándole en el costado. (IV 1, 18).
La Anábasis de Jenofonte gozó pronto de fama en el mundo griego. Piénsese en el contexto, el tiempo y lugar en que fue escrito, y se verá la razón: el imperio persa, que no era invencible como había quedado claro en las guerras médicas, sin embargo seguía contemplándose con recelo como una tierra inhóspita y desconocida, un gigante de extensión inabarcable lleno de bárbaros que dormitaba al este del Egeo. El relato de Jenofonte supuso la confianza griega de poder sobrevivir en suelo persa, y no solo eso: el nacimiento de la creencia en su dominación. En ese sentido, algunos discursos de Isócrates y de Demóstenes apuntaron la teoría, las intenciones de Filipo de Macedonia estuvieron a punto de llevarla a la práctica y la genialidad de Alejandro Magno culminó esa aspiración. No cabe duda de que el propio Alejandro conocía la Anábasis; el episodio en el que los griegos pretenden cruzar el Tigris con dos mil odres hechos de pieles de animales (III 5, 8 y ss.) sin duda inspiró a Alejandro para hacer lo propio y cruzar así el Danubio.
Es probable que Jenofonte escribiera su obra aguijoneado por la que supuestamente escribió sobre los mismos hechos Soféneto de Estinfalia, uno de los jefes de la expedición griega, en cuyo relato Jenofonte quizá no brillara tanto como el ateniense consideraba merecer. Tal vez eso explicaría por qué Jenofonte escribió en tercera persona y por qué se desvincula de la autoría de la Anábasis, atribuyéndola a un tal Temistógenes y buscando quizás así una mayor credibilidad:
Por cierto, cómo Ciro reunió el ejército y con él marchó contra su hermano, cómo fue la batalla, cómo murió y luego cómo se pusieron a salvo hacia el mar fue escrito por Temistógenes de Siracusa. (Jenofonte, Helénicas, III 1, 2).
O tal vez la noticia de Soféneto es incierta y Jenofonte solo quisiera una mayor difusión de su obra en Atenas, su tierra, donde su nombre se identificaba con el exilio y la traición. En todo caso Plutarco, quinientos años después, atribuyó la cuestión en la modestia de Jenofonte:
Jenofonte ha sido su propio historiador. Ha contado lo que hizo como estratega, el éxito que obtuvo, atribuyendo la obra a Temistógenes de Siracusa. Supo renunciar a su gloria de autor a fin de que se le diera más crédito, expresándose de sí mismo como de un extraño. (Plutarco, De la gloria de los atenienses, 345e).
Fenómeno inexplicable es que existan intentos de novelar la obra de Jenofonte. Siendo un texto de por sí ameno y espontáneo, parece que tal vez la motivación fuera querer actualizar un texto con sabor a clásico y que acaso no fuera digerible por los lectores actuales. Si es fuera la razón, sería buena solución para conocer la aventura de Jenofonte, antes que acudir a una novela, buscar una buena traducción del texto original. Existen muchas en castellano, unas más acertadas que otras seguramente; en cualquier caso y puestos a recomendar alguna, la de Óscar Martínez García es bastante fluida y “actual”. Pero volviendo a las novelas, que haberlas haylas, el escritor Michael Curtis Ford (El último rey, Dioses y legiones) escribió hace ya más de diez años La odisea de los Diez Mil, en la que Temistógenes de Siracusa es un personaje real que narra la historia. Y Valerio Massimo Manfredi (Alexandrós) perpetró hace unos años El ejército perdido, novela histórica en la que la protagonista es una mujer, Abira, que se enamora de un mercenario ateniense exiliado llamado Jeno. En el campo de los ensayos merece la pena citar el de Robin Waterfield (La muerte de Sócrates, La guerra por el imperio de Alejandro Magno) titulado La retirada de Jenofonte, y que a poco que esté a la altura de los otros dos trabajos mencionados, sin duda valdrá la pena.
Literatura secundaria al margen, esta obra merece ser leída de primera mano y sin sucedáneos. Es un clásico. Es Jenofonte. Es la Anábasis. Se impone la aventura.
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