OPERACIÓN IMPENSABLE – Jonathan Walker
Entre los efectos inesperados de la guerra desatada por Hitler estuvieron la emergencia de un nuevo esquema internacional de poder y la transformación de la Unión Soviética en potencia hegemónica, una de las dos que dominaron el panorama mundial durante la Guerra Fría. Inesperadísimo, paradójico incluso, fue el cambio de estatus del ‘imperio rojo’. El resultado de la obsesión antibolchevique del líder nazi, invasión de la URSS incluida, fue todo lo contrario de lo que él pretendía: en vez de conjurar la amenaza soviética, lo que consiguió fue volverla una realidad global, acabando de paso con el predominio multisecular de la Europa occidental. Si había alguien que supiese anticipar las consecuencias de lo que ocurría en los compases finales de la Segunda Guerra Mundial, y sublevarse ante lo venidero, éste era Winston Churchill. La pérdida por el Reino Unido de su condición de primera potencia imperial era suficiente pesadilla para el Primer Ministro británico. Que la URSS saliese de su prolongado aislamiento y deviniese dominante en Europa, esto lo hacía todo aun más bilioso. La imagen de un depredador como Stalin extendiendo su zarpa al continente entero resultaba insufrible, y no hay modo de censurar en retrospectiva las previsiones de Churchill. Durante décadas, media Europa quedaría reducida a esclavitud, mientras la otra mitad se encaminaba a la democracia y la prosperidad. En la conciencia del premier británico pesaba el saber –no sencillamente estimar, sino saber– que la diplomacia era impotente ante la rapacidad del dictador soviético: a Stalin no lo iban a detener las reuniones-cumbre, ni los acuerdos, ni la diligencia de los diplomáticos occidentales. Stalin, como Hitler, sólo entendía el lenguaje de la fuerza. Pero, ¿podía la fuerza arrebatarle los países de Europa oriental que ya se aprestaba a convertir en estados clientelares y en un glacis defensivo frente a Occidente? En 1945, ¿era viable, siquiera tolerable, la idea de una prolongación de la descomunal guerra en curso, a fin de ahogar el peligro soviético? ¿Provocar el estallido de una Tercera Guerra Mundial? Tal eventualidad, más bien, pertenecía al ámbito de lo impensable.
Operación Impensable fue justamente el nombre con que se designó a un hipotético ataque angloestadounidense a la URSS, el que debía ejecutarse conforme un plan de contingencia cuyo diseño Churchill encargó en abril de 1945 a los jefes del Estado Mayor británico. Como se puede suponer, el asunto entero se condujo bajo la máxima confidencialidad. Lo que motivó a Churchill fue la evidente intención de Stalin de sojuzgar a Polonia, un objetivo que en caso de concreción abriría las puertas al expansionismo soviético en Europa. El ataque debía materializarse el mismo año, a poco de consumarse la derrota de Alemania, e implicaba naturalmente la participación –por no decir protagonismo- de los EE.UU., sin cuyo auxilio el Reino Unido nada podía hacer. (No hay pruebas de que EE.UU. llegase a conocer tamaño proyecto.) En aquellos días, cuando germinaban drásticos trastornos en el plano internacional, había profusión de planes de contingencia relativos a los más diversos escenarios geopolíticos, muy pocos de los cuales superaron la fase inicial de desarrollo. De Operación Impensable podría decirse que fue uno más de muchos planes cancelados, excepto que ninguno llegó a ser tan radical en sus términos y en sus alcances. Salvar por las armas a Europa oriental de la voracidad soviética, liberarla de una servidumbre garantizada, era de suyo un propósito valioso. Sin embargo, el costo humano y material de la empresa resultaba imposible de asumir. Su viabilidad, poco menos que quimérica.
Para empezar, la superioridad cuantitativa de las fuerzas terrestres de la URSS era abrumadora, y no la compensaba la superioridad aérea y naval anglonorteamericana. Los estadounidenses contemplaban la desmovilización o el traslado de la mayor parte de sus tropas a Extremo Oriente (lo que el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki tornó innecesario; con todo, esto era agua pasada para las fechas en que debía haberse iniciado Impensable). Las señales provenientes del gobierno estadounidense indicaban que su voluntad de pasar al asalto del que seguía siendo su aliado era inexistente; lo cierto es que Roosevelt no compartía los temores de Churchill respecto del coloso comunista, y que Truman, su sucesor, estaba rodeado de asesores y funcionarios empapados del filosovietismo de Roosevelt. (Cuando el Departamento de Estado asimiló el recelo de Truman hacia la URSS, Impensable acumulaba polvo en el cajón de los proyectos desechados y el telón de acero soviético era ya una realidad avanzada.) En la opinión pública del Reino Unido cundía un sentimiento de simpatía hacia la URSS, cuyo ingente esfuerzo bélico merecía el agradecimiento de la prensa y de la mismísima propaganda oficial. Por si fuera poco, una guerra preventiva contra la URSS hubiese implicado el rearme inmediato de una Alemania alineada esta vez con las potencias occidentales, un detalle impresentable en momentos en que la inquina contra los alemanes estaba lejos de remitir (por el contrario, el descubrimiento de los campos de concentración y de exterminio sólo reforzaba el antigermanismo británico). Estos y otros factores a considerar, en fin, llevaban a una única conclusión: la Operación Impensable era inviable.
Conocer los entretelones del fallido proyecto, de su gestación y temprano descarte, es una forma de sondear una parte importante de las circunstancias y mentalidades en que arraigó la Guerra Fría. Este es quizá el mayor aliciente cobijado por un libro como Operación Impensable, obra reciente del historiador militar británico Jonathan Walker. Desde la Conferencia de Yalta (febrero de 1945) hasta la configuración primigenia del mundo de posguerra, centrándose en los pormenores de las secretas deliberaciones en torno a Impensable, el libro ofrece un interesante vistazo a un capítulo crucial de la historia. Entre las impresiones que deja su lectura, quizás la más indeleble concierna a la soledad de Churchill. El hombre estaba de verdad solo en su evaluación del peligro soviético, como solo estaba en su anhelo de responder por una vez, y de veras, al llamado de auxilio de los polacos. Es fácil ridiculizar su propósito de hacerle la guerra a la URSS encasillándolo entre los proyectos temerarios a los que era propenso, como los de Gallipoli y Noruega. O afearle un plan que habría multiplicado los tormentos de un continente sobradamente devastado. Empero, es justo tener en cuenta lo que inspiraba tan tremenda idea, la de atacar a la URSS. Los temores y nefandas previsiones de Churchill estaban justificados. En este respecto, superó con creces al Foreign Office de su propia administración, que se hacía ilusiones con la posibilidad de mantener buenas relaciones con un Stalin que, a sus ojos, derrochaba buena fe e irreprochables intenciones. Y superó a los que modelaban la política exterior de los EE.UU., quienes estaban dominados por el mayor de los rechazos a la restauración de los imperios europeos: casi todo lo que proviniese de sus colegas británicos, imperialistas inveterados, les provocaba suspicacia. El mismo presidente Truman, cuyo antisovietismo estaba fuera de dudas, llegó a pensar que el Primer Ministro era tan problemático como Stalin.
Lógicamente, Churchill vio en la bomba atómica la posibilidad de resarcirse de la frustración de Impensable, por lo menos en lo que tocaba a corregir la relación de poder mundial. Pero el destino de Europa oriental estaba sellado, y por mucho tiempo más.
– Jonathan Walker, Operación Impensable. Crítica, Barcelona, 2015. 280 pp.
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