REPRESALIA – Gert Ledig

represaliaNovela inmisericorde, en grado superlativo. Sin respiros ni concesiones, desprovista no sólo de héroes y de retóricas aleccionadoras sino de cualquier gesto autoral –recurso, técnica o resquicio argumental- que atenúe la crudeza de su tema y reconcilie al lector con la naturaleza humana. Así es Represalia, del alemán Gert Ledig y publicada originalmente en 1956, y que asoma como una obra a la medida del arduo tema del que se hace cargo: el de los bombardeos aéreos sufridos por las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, asunto que, conforme pasa el tiempo, resulta más complicado interpretar –aun desde una adecuada perspectiva histórica, exenta de anacronismos morales- como justo castigo para el país que desató el conflicto más atroz de todos los tiempos; el mismo que, como si con esto no bastase, emprendió el exterminio sistemático de los judíos de Europa (por demás, un cargo que nunca llegó a incidir en la conducción de la guerra por los aliados). Complicado, digo, porque no hay cómo dejar de considerar que la inmensa mayoría de las víctimas de los bombardeos de área o en alfombra anglo-estadounidenses fueron civiles, y que la devastación llevada en los abultados vientres de los B-17 y los B-24 estuvo muy lejos de soliviantar a la población alemana contra el régimen nazi, motivo aducido por los principales responsables de la estrategia aérea de la alianza atlántica. Precisamente, es el también llamado “bombardeo de saturación” lo que, más que ningún otro factor, emborrona la tentativa de caracterizar el esfuerzo de guerra anglo-estadounidense como un combate moral contra estados depredadores (véase el caso del siempre vehemente Michael Burleigh); lo que, contrario sensu, presta sustento y fuerza de convicción a una caracterización alternativa como es la de “un triunfo poco limpio” (esgrimida de modo muy ilustrativo por Niall Ferguson). ¿Matizará la espinosa cuestión el que ya por entonces dieran muchos alemanes –gentes de a pie- en concebir los bombardeos como represalia, esto es, como castigo a la hybris germánica?, ¿el que a esta impresión subyaciera la mala conciencia de quienes se sabían embarcados en una guerra criminal contra medio mundo, incluyendo el martirio primero, ¡desde el aire!, de ciudades como Londres, Coventry y Rotterdam?

Razonamientos y controversias aparte, lo cierto es que los padecimientos de la población alemana por las bombas caídas del cielo ofrecen un material legítimo –por decirlo de alguna manera- a la narrativa de ficción, a la que, en rigor, nada de lo concerniente a lo humano es ajeno. Y es de una vapuleada pero también envilecida porción de humanidad que se encarga la novela de Ledig, de un modo asaz implacable: no hurtando el cuerpo a la sordidez de la violencia desatada, recreándola por los procedimientos literarios más severos que quepa imaginar. Es una estética cruel e ingrata la que vierte Ledig en Represalia, con su prosa escueta, áspera, sin apenas descripciones (que en tantas novelas hacen las veces de pausa refrescante y oasis); con su nulo interés por ganarse al lector merced a la empatía (ya está dicho: no hay personajes heroicos en la narración, ni siquiera los hay simpáticos); con su ininterrumpida sucesión de escenas nada ejemplares, a ratos abyectas; con su negativa no ya a idealizar a las víctimas sino a rodearlas con el halo de la compasión. Cabe recordarlo: el ajuste o congruencia entre la crudeza del tema y lo descarnado del estilo es uno de los parámetros que proveen a la consagración de piezas literarias tan reputadas como Si esto es un hombre, Un día en la vida de Iván Denísovich o Los desnudos y los muertos (ya se ve, icónicos entre los libros legados por el siglo XX). Pareja congruencia es la que se encuentra en la novela de Ledig, que por derecho propio aspira a ingresar al club de obras de empaque testimonial y justificadamente ingratas. Literatura necesaria la de este club, fidedigna en su traslación al plano literario de los excesos del siglo pasado y lograda en lo tocante a tratamiento formal –requisito indeclinable, puesto que de arte literario se trata.

En lo formal, acaso sea lo más notable de Represalia su construcción, que procede según una técnica de hilos narrativos sincrónicos y entrelazados, los que se despliegan en rápidas escenas en continua alternancia, comprimiendo las experiencias de un conjunto de personajes durante una única jornada de bombardeos aéreos. Además de ciudadanos alemanes, militares y civiles congregados en una innominada ciudad, la novela moviliza algunos prisioneros de guerra soviéticos y a la tripulación de un bombardero estadounidense, uno de cuyos miembros sobrevivirá al derribo del aparato (aunque no por mucho tiempo). Se trata en general de personajes sin verdadero relieve, si acaso someramente perfilados –a unos pocos de ellos el autor les dispensa el honor de una muy sucinta semblanza expuesta en primera persona-, pero esto no afecta al sentido de la narración: en vez de novela de personajes, Represalia lo es de situaciones, configurando una suerte de vista en movimiento y simultaneada de una ciudad sometida a bombardeo.

No invita Gert Ledig a hacerse ilusiones con respecto a aquellos de sus compatriotas que sufren tamaño flagelo. Ay del lector que espere toparse con nobles sentimientos y actos patéticos o enternecedores: su decepción será mayúscula. Antes bien que la solidaridad o la camaradería, entre los soldados, los sirvientes de la artillería antiaérea y los civiles que se refugian en sótanos y búnkeres afloran el hastío, el resentimiento, la discordia, el egoísmo, incluso la lujuria –exacerbada al extremo de la violación- y, cómo no, el odio al enemigo y el ansia de desquite. Varios de ellos tendrán la ocasión de cobrarse revancha en la persona de un aviador estadounidense que ha caído en paracaídas desde su aeroplano, abatido por algún caza alemán o por la artillería antiaérea (detalle que queda sin dilucidar, como varios otros, en un relato que bien puede prescindir de minucias similares: concentrado en las vicisitudes de verdadero dramatismo, las elipsis le proporcionan un servicio de lo más funcional). Mucho más que de destrucción material, es un amargo cuadro de colapso moral el que pinta el autor. Si, por ejemplo, esperamos de un médico, profesional entregado a salvar vidas, que prevenga en lugar de incitar un linchamiento, quedaremos atónitos y defraudados. O de un hombre que ha quedado estrechamente atrapado con una joven entre los escombros de un refugio alcanzado por las bombas, que se muestre estoico y empeñado en infundir esperanza a su compañera de infortunio: lo mismo. Ledig, que combatió en la guerra (fue gravemente herido) y presenció los estragos causados por los bombardeos, dista mucho de creer que el sufrimiento compartido redima a la condición humana, sublimándola o poniéndola a salvo -por un instante siquiera- de sus sempiternas mezquindades.

La excelente edición de Minúscula incorpora un posfacio escrito por el alemán Volker Hage, editor responsable de la recuperación de esta obra, reeditada en 1999. Gracias a este texto nos enteramos de que Ledig, nacido en 1921 y fallecido en 1999, publicó en la década de los cincuenta un puñado de novelas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial o en la inmediata posguerra, las que tuvieron una recepción ambivalente: positivamente valoradas por una parte de la crítica, también fueron denostadas por su extrema acritud y su propensión a lo macabro, no siendo el menos encendido de los reproches el que el autor se desentendiese tan radicalmente de cualquier preocupación por la elegancia en el estilo. Ni el público ni la crítica estaban preparados para una literatura reacia a moralizar y en la que, según constaba en un periódico de la época, se echaba de menos “cualquier trasfondo y visión metafísica de orientación positiva”. Tampoco obtuvo Ledig el espaldarazo de los escritores que ya despuntaban como los lúcidos testigos del momento y esperanza de la literatura germana, hombres de la talla de Heinrich Böll, Günter Grass y Siegfried Lenz (todos de su misma generación). Decepcionado, abandonó por completo la literatura, cayendo en el olvido de sus compatriotas.

¿Llegará a contar Represalia entre los ineludibles de su tiempo? Ocurra o no, su lectura representa lo contrario de un desperdicio.

– Gert Ledig, Represalia. Minúscula, Barcelona, 2006. 232 pp.

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