HEIKE MONOGATARI – VV. AA.
«El tañir de las campanas en el templo de Gion presta su eco a lo efímero de todas las cosas».
Estamos ante uno de los libros clásicos de la épica japonesa, una de sus grandes obras literarias. Se trataría de uno de los Monogatari que tratan temas del S. XII y que se recitaban ante la población por medio de los Biwa Hōshi, monjes ciegos que desempeñaban un papel similar al de los aedos o al de los juglares en la transmisión de la cultura y de la literatura en esa etapa histórica.
Así, oralmente, los japoneses narraban las historias de los participantes y de los conflictos que tenían lugar en ese enfrentamiento, algo que se puede apreciar claramente en el uso de mecanismos nemotécnicos en el texto equiparables a los ya vistos en la Ilíada como el uso de frases repetidas o de epípetos o de apodos para referirse a ciertos personajes. Dichas historias serían posteriormente recopiladas en el S. XIV, es decir doscientos años después, lo que hace que se integren elementos culturales del Sogunato de los Ashikawa, que son posteriores a la trama y que, en cambio, la población tenía más asumida, lo que deja en casos algunas dudas si los personajes estarían actuando así en el S. XII.
En cuanto a la trama del Heike Monogatari, como bien dice su nombre nos narra la historia de los Heike, de su plenitud y caída como clan dominante en Japón; todo ello en medio de una tragedia de tintes shakesperianos que enfrenta a dos clanes por la hegemonía los Heike (Taira) y los Genji (Minamoto), que, aunque parece una lucha entre refinados urbanitas y barbaros pueblerinos, eran clanes provincianos de origen militar. Será la Guerra Gempei, que nos recuerda con sus altibajos a la Guerra de las Dos Rosas o en un contexto más ficticio a Juego de Tronos.
Arrancan los primeros capítulos que nos presentan la vida cortesana en la capital imperial, el funcionamiento de la corte y la administración, controlada por los Heike, encabezados por Kiyomori, un personaje que realmente no parece un villano aunque comete villanías. También está presente el emperador retirado Go-Shirakawa, quien durante el relato maniobra para conspirar con un clan u otro para hacerse con el poder y mantenerlo, lo que a la larga acabará con el poder del emperador como soberano de Japón.
A partir de ahí, siguiendo el papel de los numerosos personajes, vemos cómo las rebeliones dan lugar a una lucha entre los clanes principales, a pesar de contar uno de ellos con el apoyo del emperador, y sabemos del ascenso y caída de grandes guerreros de los Genji, como Kiso o Yoshitsune.
Sobre todos, uno de los principales temas del Cantar, junto a la épica del valor de los samuráis, es el Ubi sunt, vinculado a las concepciones budistas de lo fugaz de lo terrenal y mundano, donde la belleza, la riqueza, el poder y la gloria de una persona o de un clan están condenados a desaparecer; así funciona como una parábola moral de la filosofía budista que pregona esa concepción del mundo y de la vida.
El resultado es una obra entre la épica y la elegía, donde el valor se contrapone a la tristeza de los vencidos, que serán eliminados uno a uno. Esto permite a Minamoto no Yoritomo hacerse con el control absoluto, aunque su participación en la lucha y en el propio Cantar sea limitada, sobre todo al final, a través de la eliminación, que en casos resulta paranoica, de cualquiera que piense que pueda llegar una amenaza, sea o no de su familia.
Mientras los Taira desaparecen en las sombras, Minamoto no Yoritomo se había convertido en Sogún de Japón, pero de nuevo esa gloria es efímera, pues, aunque la obra termine ahí, la caída de los Genji es inminente. Ya mencionó uno de los protagonistas, Taira no Shigehira, que es falsa la afirmación de que el favor imperial les duraría siete generaciones a quienes eliminaran a los enemigos del emperador. Así, los hijos de Yorimoto y sucesores serán asesinados uno tras otro, tras ser títeres de los Hojo, la familia de su esposa.
En conclusión estamos ante una obra clásica que merece la pena ser leída con calma, aunque a veces los poemas introducidos puedan romper un poco el ritmo.
