Autor: Diego Caballero
LOS MUROS DEL ARTE: DE ALTAMIRA A BANKSY PASANDO POR BERLÍN
En el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín realizamos un recorrido alrededor del Mundo por algunas de las principales paredes que han servido de soporte al Arte. De la prehistoria a nuestros días visitamos quince lugares que han dejado huella en la historia de la pintura mural.
Cuevas de Altamira (España)
Palacio de Cnosos (Grecia)
Pompeya (Italia)
Cuevas de Mogao (China)
San Vital de Rávena (Italia)
Qusair Amra (Jordania)
Bonampak (México)
San Clemente de Tahull (España)
Basílica de la Santa Croce (Italia)
La Capilla Sixtina (El Vaticano)
Residencia de Wurzburgo (Alemania)
Muralismo Mexicano (México)
Murales de Belfast y Derry (Irlanda del Norte)
El Muro de Berlín (Alemania)
Banksy (Reino Unido)
LA ISLA MÍNIMA DE ATÍN AYA
Estos días se celebra en España la Fiesta del Cine con entradas a precios populares. La Isla Mínima es una de las películas más demandadas por un público que queda maravillado por su exquisita fotografía que se inspira en los trabajos de Atín Aya. En Enseñ-arte nos adentramos en la obra de este fotógrafo sevillano que utilizó las Marismas del Guadalquivir como fondo sobre el que retratar realidades.
Las Marismas del Guadalquivir, como una especie de Venecia sin fin, de edificios invisibles y asfalto ausente, dibujan con sus canales un paisaje laberíntico, húmedo, de fango y juncos, casi asfixiante en el que la presencia humana se intuye presente pero no quiere dejarse ver. Un entorno donde la tierra y el mar se dan la mano para crear un paraje singular con unas posibilidades artísticas impresionantes. Buena cuenta de ello han dado el cineasta Alberto Rodríguez y su director de fotografía Alex Catalán en el magnífico thriller La Isla Mínima. Los planos cenitales con los que se abre la película o las escenas rodadas en interminables caminos flanqueados por un agua casi estancada convierten a las marismas en un personaje más del film. Así como Fargo de los hermanos Cohen no se entiende sin la nieve, la Isla Mínima perdería su genialidad si se alejara de estas tierras inundables.
A comienzos de la década de los noventa Atín Aya aterrizó en las Marismas del Guadalquivir dispuesto a escribir en negativos la condición humana de este territorio. Y lo consiguió. Con su cámara retrató una realidad carente de artificios, sin maquillajes, un mundo sin caras B. Una dosis de veracidad encerrada en una imagen. Las fachadas se derrumban con los disparos del fotógrafo. Los personajes, que parecen no querer contar demasiado, terminan relatando, casi a modo de confesión, sus historias vitales al objetivo Aya. En los fotogramas se escucha hablar de la dureza del trabajo bajo el sol en la marisma, de siembra y de siega, de deudas, de escuela, de amores… de vida. Una vida de una clase obrera de jornal, de huelga y de verbena de verano que sabe salir adelante sin acaparar miradas poderosas. Parece que Aya quiera rescatarlos de un olvido en el que están acostumbrados a moverse.
LA ISLA MÍNIMA DE ATÍN AYA
Estos días se celebra en España la Fiesta del Cine con entradas a precios populares. La Isla Mínima es una de las películas más demandadas por un público que queda maravillado por su exquisita fotografía que se inspira en los trabajos de Atín Aya. En Enseñ-arte nos adentramos en la obra de este fotógrafo sevillano que utilizó las Marismas del Guadalquivir como fondo sobre el que retratar realidades.
Las Marismas del Guadalquivir, como una especie de Venecia sin fin, de edificios invisibles y asfalto ausente, dibujan con sus canales un paisaje laberíntico, húmedo, de fango y juncos, casi asfixiante en el que la presencia humana se intuye presente pero no quiere dejarse ver. Un entorno donde la tierra y el mar se dan la mano para crear un paraje singular con unas posibilidades artísticas impresionantes. Buena cuenta de ello han dado el cineasta Alberto Rodríguez y su director de fotografía Alex Catalán en el magnífico thriller La Isla Mínima. Los planos cenitales con los que se abre la película o las escenas rodadas en interminables caminos flanqueados por un agua casi estancada convierten a las marismas en un personaje más del film. Así como Fargo de los hermanos Cohen no se entiende sin la nieve, la Isla Mínima perdería su genialidad si se alejara de estas tierras inundables.
A comienzos de la década de los noventa Atín Aya aterrizó en las Marismas del Guadalquivir dispuesto a escribir en negativos la condición humana de este territorio. Y lo consiguió. Con su cámara retrató una realidad carente de artificios, sin maquillajes, un mundo sin caras B. Una dosis de veracidad encerrada en una imagen. Las fachadas se derrumban con los disparos del fotógrafo. Los personajes, que parecen no querer contar demasiado, terminan relatando, casi a modo de confesión, sus historias vitales al objetivo Aya. En los fotogramas se escucha hablar de la dureza del trabajo bajo el sol en la marisma, de siembra y de siega, de deudas, de escuela, de amores… de vida. Una vida de una clase obrera de jornal, de huelga y de verbena de verano que sabe salir adelante sin acaparar miradas poderosas. Parece que Aya quiera rescatarlos de un olvido en el que están acostumbrados a moverse.
WILLIAM EGGLESTON: EL COLOR DE LA FOTOGRAFÍA.
Dar color a un arte en blanco y negro. Esa ha sido la gran labor de William Eggleston, fotógrafo americano que tuvo el valor y la audacia de romper con el dogma de la película monocromática y comenzar a disparar a todo color.
Eggleston nació en Estados Unidos un par de meses antes de que al otro lado del Atlántico el sonido de las bombas y el de los fusiles anunciara con ferocidad el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Creció en el sur del país, en Mississippi, donde las granjas y las pequeñas ciudades están iluminadas por un sol que aviva los colores. Pero su primera cámara, una Kodak Brownie Hawkeye que llegó a sus manos cuando tenía diez años, no conseguía captar la nitidez con la que él veía los paisajes que le rodeaban. Una desilusión. Eggleston y la fotografía no iniciaban su relación con buen pie.
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| Esta fotografía es considerada por el autor su mejor obra |
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| La saturación del color es esencial en la obra de Eggleston |
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| Algunas fotografías recuerdan al Hiperrealismo de Richard Estes |
Sus retratos de la realidad aparentemente vacía recuerdan a trabajos de otros artistas de su época. El Arte Pop o el Hiperrealismo comparten con Eggleston el interés por reflejar la sociedad americana contemporánea. Una sociedad de plástico, de neones y de coches… y de color, de mucho color. Un color que el fotógrafo intensifica de manera exagerada gracias a la técnica de la transferencia de tintes (Dye Transfer) con la que se obtiene una saturación cromática impresionante.
El MoMA de Nueva York le abrió sus puertas en 1976 y con ello Eggleston alcanzó la fama. Sus magníficos trabajos llevaron a la fotografía a color al campo de las Bellas Artes. Romper moldes y superar tradiciones inamovibles con una maestría única le han hecho ser uno de los fotógrafos más destacados del siglo XX. Pero además William Eggleston ha sido, casi sin quererlo, un excelente cronista de la realidad americana de los últimos cincuenta años a través del retrato de lo ordinario. Y es que a veces, las cosas más triviales se vuelven fundamentales.
WILLIAM EGGLESTON: EL COLOR DE LA FOTOGRAFÍA.
Dar color a un arte en blanco y negro. Esa ha sido la gran labor de William Eggleston, fotógrafo americano que tuvo el valor y la audacia de romper con el dogma de la película monocromática y comenzar a disparar a todo color.
Eggleston nació en Estados Unidos un par de meses antes de que al otro lado del Atlántico el sonido de las bombas y el de los fusiles anunciara con ferocidad el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Creció en el sur del país, en Mississippi, donde las granjas y las pequeñas ciudades están iluminadas por un sol que aviva los colores. Pero su primera cámara, una Kodak Brownie Hawkeye que llegó a sus manos cuando tenía diez años, no conseguía captar la nitidez con la que él veía los paisajes que le rodeaban. Una desilusión. Eggleston y la fotografía no iniciaban su relación con buen pie.
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| Esta fotografía es considerada por el autor su mejor obra |
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| La saturación del color es esencial en la obra de Eggleston |
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| Algunas fotografías recuerdan al Hiperrealismo de Richard Estes |
Sus retratos de la realidad aparentemente vacía recuerdan a trabajos de otros artistas de su época. El Arte Pop o el Hiperrealismo comparten con Eggleston el interés por reflejar la sociedad americana contemporánea. Una sociedad de plástico, de neones y de coches… y de color, de mucho color. Un color que el fotógrafo intensifica de manera exagerada gracias a la técnica de la transferencia de tintes (Dye Transfer) con la que se obtiene una saturación cromática impresionante.
El MoMA de Nueva York le abrió sus puertas en 1976 y con ello Eggleston alcanzó la fama. Sus magníficos trabajos llevaron a la fotografía a color al campo de las Bellas Artes. Romper moldes y superar tradiciones inamovibles con una maestría única le han hecho ser uno de los fotógrafos más destacados del siglo XX. Pero además William Eggleston ha sido, casi sin quererlo, un excelente cronista de la realidad americana de los últimos cincuenta años a través del retrato de lo ordinario. Y es que a veces, las cosas más triviales se vuelven fundamentales.
HIS MASTER’S VOICE: EL PERRO QUE BUSCABA A SU DUEÑO EN EL GRAMÓFONO

En América, la Victor Talking Machine Company adquirió los derechos de la obra y comenzó a utilizarla como imagen corporativa. Pronto, y gracias a una intensa campaña de marketing, la pintura de Nipper junto al gramófono fue popularizándose en todo el Mundo y pasó a ser conocida como His Master’s voice. Finalmente, los derechos de la obra fueron dividiéndose entre varias empresas musicales. Hoy, el nombre HMV (siglas de His Master’s Voice) es utilizado por una gran cadena de tiendas de música que opera en varios países.Francis Barraudera hijo y sobrino de pintores con cierto renombre en Inglaterra y se había formado en buenas escuelas de arte británicas. Sin embargo, el cuadro de Nipper lo convirtió en uno de esos artistas que tan sólo son recordados por uno de sus trabajos. De hecho al final de su vida pasó a ser un esclavo de su célebre pintura y para ganar dinero tuvo que hacer decenas de reproducciones de Nipper escuchando la voz de su amo a través del gramófono. Para conocer algo más sobre su obra se puede visitar esta pequeña galería.
HIS MASTER’S VOICE: EL PERRO QUE BUSCABA A SU DUEÑO EN EL GRAMÓFONO

En América, la Victor Talking Machine Company adquirió los derechos de la obra y comenzó a utilizarla como imagen corporativa. Pronto, y gracias a una intensa campaña de marketing, la pintura de Nipper junto al gramófono fue popularizándose en todo el Mundo y pasó a ser conocida como His Master’s voice. Finalmente, los derechos de la obra fueron dividiéndose entre varias empresas musicales. Hoy, el nombre HMV (siglas de His Master’s Voice) es utilizado por una gran cadena de tiendas de música que opera en varios países.Francis Barraudera hijo y sobrino de pintores con cierto renombre en Inglaterra y se había formado en buenas escuelas de arte británicas. Sin embargo, el cuadro de Nipper lo convirtió en uno de esos artistas que tan sólo son recordados por uno de sus trabajos. De hecho al final de su vida pasó a ser un esclavo de su célebre pintura y para ganar dinero tuvo que hacer decenas de reproducciones de Nipper escuchando la voz de su amo a través del gramófono. Para conocer algo más sobre su obra se puede visitar esta pequeña galería.
LOS CARTELES DEL FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA
Desde 2004 se celebra El Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF) en el que se presentan y se difunden un gran número de trabajos cinematográficos realizados en el continente. El Festival, que apuesta por el cine de autor contemporáneo y apoya decididamente a los jóvenes talentos españoles y a las producciones andaluzas, goza de un éxito sobresaliente entre el público, que acude no sólo a las proyecciones sino también a las actividades que se organizan a propósito del evento.




LOS CARTELES DEL FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA
Desde 2004 se celebra El Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF) en el que se presentan y se difunden un gran número de trabajos cinematográficos realizados en el continente. El Festival, que apuesta por el cine de autor contemporáneo y apoya decididamente a los jóvenes talentos españoles y a las producciones andaluzas, goza de un éxito sobresaliente entre el público, que acude no sólo a las proyecciones sino también a las actividades que se organizan a propósito del evento.
































