CarbulArte 2015-02-17 19:29:00
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| Los pobres de la fuente, de Francisco de Goya |
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| ‘Perros en traílla‘, de Goya, 1775 |
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| Los pobres de la fuente, de Francisco de Goya |
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| ‘Perros en traílla‘, de Goya, 1775 |
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| Retrato del Conde de Floridablanca’, en el Banco de España. |
El punto de partida del recorrido es el Museo del Prado. Son las 8.15 de la mañana y Manuela Mena ha escogido una obra muy especial:La familia de Carlos IV (1800), un cuadro considerado como la culminación de todos los retratos pintados por Goya en esta época y la primera obra del artista que entró en el museo. El Prado posee 150 pinturas, más de 500 dibujos, las series completas de Los Caprichos y Los Disparates y un fondo documental esencial como es la correspondencia con su amigo Martín Zapater.
Con una soltura que demuestra que Mena domina cada rincón de la casa, guía al grupo de periodistas de EL PAÍS por la imponente galería central del museo, a esas horas cerrada al público. Al pasar ante el espacio dedicado a Velázquez, presidido por Las Meninas, pide que pongamos atención porque hay mucho de esta obra que vamos a ver en el grandioso retrato real de Goya. En ambos cuadros, los protagonistas parecen estar rodeados de la misma niebla dorada; también en ambas el artista se ha autorretratado, pero cada uno tiene una manera de diferente de tratar a los protagonistas.
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| ‘La familia de Carlos IV’, de Goya, en el Museo del Prado. |
Mena señala quiénes son cada uno de los personajes de este gran óleo (2,80 metros x 3,40 metros), tal y como se recoge en el catálogo del Prado. En La familia de Carlos IV aparecen de izquierda a derecha, Carlos María Isidro, hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma; el primogénito, Fernando VII; Goya pintando al fondo a la izquierda; Doña María Josefa, hermana de Carlos IV; un personaje con la cara emborronada que podría ser la desconocida futura esposa de Fernando cuando éste contrajera matrimonio, por lo que aparece con la cabeza vuelta; María Isabel, hija menor de los reyes; la reina María Luisa de Parma en el centro de la escena, como señal de poder, ya que era ella la que llevaba las riendas del Estado a través de Godoy; Francisco de Paula de la mano de su madre, de él se decía que tenía un indecente parecido con Godoy; el rey Carlos IV, en posición avanzada respecto al grupo; tras el monarca vemos a su hermano, don Antonio Pascual; Carlota Joaquina, la hija mayor de los reyes, sólo muestra la cabeza; cierra el grupo don Luis de Parma; su esposa, María Luisa Josefina, hija también de Carlos IV; y el hijo de ambos, Carlos Luis, en brazos de su madre.
Ante el deslumbrante cuadro, Manuela Mena cuenta que, según la correspondencia de Godoy, se trata de un encargo no oficial. En abril de 1800, la reina escribe a Godoy desde Aranjuez diciéndole que lleve allí a Goya para organizar un modo de trabajo que evite el tener que pasar demasiado tiempo posando. El pintor se trasladó a la ciudad madrileña para tomar estudios del natural a cada uno de ellos, entre el 15 de mayo y el 10 de junio. Cada uno fue realizado en una mañana. A mediados de junio volvió a su taller madrileño y en noviembre, el cuadro, con su marco y bastidores, estaba terminado.
«Todo es excepcional en esa alegoría regia», comenta Mena. «Hay quien lo ha interpretado como un insulto a los reyes, pero ellos no lo recibieron como tal. Con 50 años, le habían nombrado a Goya pintor de cámara. Godoy era un gran admirador suyo. Si ellos hubieran visto esa burla, hubieran rechazado el cuadro. Goya retrató a Carlos III, Carlos IV y Fernando VII. Retrataba la personalidad íntima de sus modelos y el estatus que ocupaban. Cumplía el encargo, pero es cierto que trascendía mucho más de lo que puede que sus protagonistas quisieran».
Antes de abandonar el Prado, Manuela Mena propone una breve parada ante los impresionantes cuadros dedicados a los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en Madrid (1813-14). Mena contempló por primera vez el cuadro con solo 3 años, una visión que le provocó terribles pesadillas. Ahora nos cuenta que los dos cuadros se hicieron por encargo de Fernando VII, y que Goya, desde su vivienda en La Quinta del Sordo, en la ribera del Manzanares, había sido testigo de los desastres de la guerra. Isidro, el jardinero del pintor, contó que Goya vio los fusilamientos en la montaña de Príncipe Pío desde la ventana de su casa, ayudado por un catalejo y que por la noche le acompañó para ver a los fusilados aún insepultos. Allí mismo, Goya abrió su carpeta, sacó el lápiz, el cartón y se puso a dibujar.
Fundación Lázaro Galdiano. Calle de Serrano, 112
La siguiente parada es la Fundación Lázaro Galdiano, el museo que acoge más de 4.000 piezas legadas al Estado por el editor y coleccionista José Lázaro Galdiano. Admirador de la pintura de Goya, Lázaro sumó nada menos que ocho pinturas (El Aquelarre, Las Brujas…), primeras y segundas ediciones de las estampas, dibujos y varias cartas a Martín Zapater. Mena escoge el boceto del cartón para tapiz titulado La era o El verano (1786). Es una escena campesina cotidiana en la que los personajes descansan sobre la paja después de haber trabajado duro. Mena no solo destaca la poesía y el realismo de la escena, sino también su modernidad. El polvo dorado de la paja recorre los rostros de quienes se acaban de despertar o de quienes dormitan. «En los bocetos era muy libre y expresivo y en el cartón está más contenido. En esta escena, que se produce a mediados de agosto, los trabajadores ya han recogido el grano y están repanchigados sobre la paja, al fondo se ve una tormenta amenazadora. Goya siempre narra historias. Otros, en cambio, se conforman con ser puramente decorativos».
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Calle de Alcalá, 13
Goya fue miembro de la Academia desde 1780 . En el museo se conservan 13 pinturas entre las que se encuentran dos Autorretratos,La corrida de toros, los retratos de Moratín, Juan de Villanueva y de la actriz La Tirana, Escena de la Inquisición, Procesión de flagelantes y El entierro de la sardina. En la Academia, el papel de guía lo ejerce la conservadora jefe del museo, Mercedes González Amezúa, quien recuerda que Goya fue elegido por unanimidad para entrar en la Academia y que lo hizo con una pintura en la que representaba un Cristo en la cruz bastante frío. En 1885, pasó a ser teniente de pintura (equivalente a director adjunto). Poco después proclamó que no había reglas para la pintura.
Trabajador incansable, pinta con la vitalidad de un muchacho. AnteLa corrida de toros, asegura que lo que más fascinaba a Goya era la fuerza arrolladora del animal y añade que, según Moratín, Goya llegó a dar algunos capotazos, pero que situaba la fiesta entre esas costumbres que hacían de España un país atrasado y necesitado de reformas.
Sobre la escalofriante Escena de la Inquisición (1812-19), recuerda González Amezúa que Goya tuvo problemas con el Santo Oficio y sufrió varios interrogatorios a propósito de La maja desnuda (1795-1800), obra que ahora pertenece a El Prado, pero que estuvo depositada en dependencias del Tribunal de la Inquisición hasta el 28 de noviembre de 1814.
En la Calcografía se encuentran las más de 200 planchas que realizó Goya sobre los Caprichos, la Tauromaquia, los Disparates o los Desastres de la guerra que, por motivos de conservación, no han sido reproducidas desde hace más de cuarenta años. Algunas de ellas se exponen en una sala especial.
Banco de España. Alcalá, 48
El banco cuenta con el conjunto de retratos que se le encargó a Goya entre 1785 y 1788, y que representan a Carlos III, a Francisco Javier de Larrumbe, al marqués de Tolosa, al conde de Altamira, a José de Toro y Zambrano y al conde de Cabarrús. El conde de Floridablanca y el conde de Gausa también fueron pintados, pero estos retratos no fueron heredados del Banco de San Carlos, sino adquiridos por el Banco de España en el siglo XX. A diferencia de las anteriores visitas, aquí el acceso no es directo, sino que hay que hacer una solicitud escrita al servicio de Comunicación de la entidad.
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| Detalle de una de las ‘ángelas’ de los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida. |
El recorrido acaba en la ermita de San Antonio de la Florida, considerada la obra cumbre de su pintura mural. En contra de la tradición, Goya decidió representar un episodio de la vida de San Antonio en la cúpula, lugar reservado para la escena celestial, que en este caso se sitúa con un coro de ángeles en las zonas bajas. Puestos a ser original, eso ángeles son femeninos, son ángelas, y pasean junto a otros personajes por las bóvedas y paramentos a ambos lados de las ventanas. «Es un alarde de su dominio de la técnica del fresco. La escena elegida es un milagro de San Antonio, según el cual, el padre fue acusado de asesinar a un hijo. San Antonio lo salva resucitando a un muerto. El padre queda libre y detienen al auténtico asesino. Todos los que aparecen sobre la barandilla van vestidos a la moda del momento y al fondo se ve un paisaje montañés y seco».
El interior de la ermita tiene otro motivo de peregrinación: la sepultura dedicada Goya. Pero Mena no cree que la lápida cubra los auténticos restos del artista. «Se sabe a ciencia cierta que la cabeza no está. Puede que alguno de los huesos le
Goya murió en Burdeos el 16 de abril de 1828, con 85 años. A la ciudad francesa se había trasladado harto de las presiones inquisitoriales en una España en la que se expurgan las bibliotecas y se alaba al tirano como a un Dios. Viejo y enfermo, no para, sin embargo, de experimentar nuevas técnicas y temas. Lo que más le pesa es la añoranza de su hijo Javier, el único superviviente de los siete que tuvo con Josefa Bayeu. Durante la celebración de una visita de su hijo y su familia, Goya se sintió indispuesto. Murió 13 días después.
Han pasado más de seis horas desde el comienzo del recorrido por los santuarios de Goya en Madrid y hay que terminar. Pero la lista de lugares para admirar la huella del maestro es más amplia. No es mal epílogo, en todo caso, terminar con una tormenta de hojas junto a la Ermita y bajo un cielo azul como los que él pintaba para dar un respiro ante la visión de la España más oscura.

El Museo del Prado ha presentado hoy una de las obras de juventud más significativas de Francisco de Goya, Aníbal vencedor que por primera vez mira Italia desde los Alpes, fechada en la primavera de 1771. El cuadro cubre una de las pocas lagunas de la obra del pintor aragonés que posee la pinacoteca madrileña. La obra ha llegado gracias a un convenio con la asturiana Fundación Selgas-Fagalde, propietaria de la obra, y permanecerá en préstamos en el museo durante seis años.
La obra se exhibirá junto al Cuaderno italiano, el cuaderno de dibujo adquirido por el pintor durante su estancia en Italia (1769-1771) que contiene, dibujos y anotaciones personales, apuntes para la idea compositiva del Aníbal vencedor y estudios para sus figuras principales.
El cuadro no fue identificado como un goya hasta 1994, con motivo del 175 aniversario de El Prado, que se encargó de su restauración. Entonces se documentó como la primera obra de Goya, que pintó al final de su estancia de dos años en Italia, para participar en el concurso de la Academia de Bellas Artes de Parma, en 1771. El cuadro, perdido después de su presentación al concurso y posible regreso a España, fue comprado a mediados del siglo XIX en Madrid como obra italiana por el arqueólogo, historiador y empresario Fortunato Selgas (1839-1921).
En el cuadro, Goya coloca a Aníbal en un primer plano, concediéndole todo el protagonismo. La silueta del general cartaginés y las dos figuras que le acompañan, el genio de majestuosas alas y el guerrero a caballo, quedan en el centro de la composición, mientras que el ejército pasa por detrás en descenso a la montaña hacia Italia.
Un acto de aparente violencia puede esconder una declaración de amor. Arnulf Rainer sobre Goya. Real Academia de
Bellas Artes de San Fernando. De martes a sábado, de 10.00 a 14.00 y de
17.00 a 20.00. Domingos y festivos, de 10.00 a 14.00. Los lunes, cerrado

De esta manera, “la Caixa”, a través de su Obra Social, pasa a formar parte del grupo de instituciones “benefactoras” del Museo, al comprometerse a realizar una aportación de 2,5 millones de euros distribuida a lo largo de los próximos cuatro años, con el objetivo de fomentar un mayor conocimiento de las colecciones artísticas de la pinacoteca en nuestro país.
Además, en virtud del acuerdo, la Obra Social “la Caixa” se compromete a participar en la organización y producción de exposiciones, concebidas a partir de los fondos del Museo del Prado. La primera será «Goya: Luces y Sombras», una gran retrospectiva del creador aragonés que podrá visitarse en CaixaForum Barcelona del 15 de marzo al 24 de junio de 2012. La muestra estará comisariada por Manuela Mena y José Manuel Matilla, Jefe de Conservación de Goya y Pintura del siglo XVIII y Jefe del Departamento de Dibujos y Estampas del Museo, respectivamente.
Una valiosa colección
Asimismo, la Obra Social “la Caixa” y el Museo del Prado coproducirán tres proyectos expositivos de contenido por definir a razón de uno por año durante los ejercicios 2013, 2014 y 2015. Cada uno de dichos proyectos será presentado en un mínimo de tres sedes previamente consensuadas por las dos instituciones.
‘La Virgen con san Joaquín y santa Ana’ fue pintado en Zaragoza, en la etapa posterior al viaje a Roma, y fue adquirido por una familia de Vitoria hace 50 años
La casualidad y el azar han vuelto a aliarse para descubrir un nuevo cuadro de Goya (1746-1828). El final de un pasillo oscuro, destinado a obras menores pero bellas, ha sido durante décadas el lugar en el que ha estado colgado La Virgen con san Joaquín y santa Ana, un óleo de 96,6 – 74,7 centímetros pintado hacia 1774. Expertos de las instituciones más solventes no tienen ninguna duda de la autoría del pintor zaragozano. Quienes ya han podido estudiar a fondo la obra, la sitúan en los años anteriores a la llegada del artista a Madrid, en el periodo posterior a su viaje a Italia, cuando volcó todos sus nuevos conocimientos en las paredes del Aula Dei de Zaragoza, donde recreó escenas religiosas como la que se acaba de dar a conocer.
De las peripecias vividas por el cuadro hasta su actual descubrimiento no se saben demasiadas cosas y sus actuales propietarios, una familia de coleccionistas de Vitoria, prefieren no renunciar al anonimato. Sí se sabe que el cuadro fue comprado hace unos 50 años en el taller de un ebanista también dedicado a la venta de antigüedades. La familia lo compró por la belleza de la obra, sin pensar que había salido de la paleta de uno de más grandes pintores de la historia: Francisco de Goya. En el entorno de los propietarios, aseguran que estos no tienen intención de sacarla al mercado. Al menos por el momento.
Hace unos meses, otra obra inédita de Goya, pintada también antes de que el artista hubiera cumplido los 30 años, sorprendió a la comunidad artística. Se trataba de La Piedad, pintado hacia 1774, propiedad de unos coleccionistas catalanes, que hasta entonces había sido atribuida al también pintor zaragozano Francisco Bayeu. Arturo Ansón Navarro, experto en la obra del artista, dijo entonces que había varias telas más por descubrir de esta etapa definida por algunos expertos por «cuando Goya no era aún Goya».
El historiador Fernando Tabar Anitua, investigador de la obra de Goya, es el autor del estudio sobre La Virgen con san Joaquín y santa Ana, publicado en el último número de la revista especializada Ars Magazine. Asegura que la obra se encuentra en perfecto estado y que las pequeñas faltas y suciedad han sido eliminadas por Pilar Bustinduy, de la Universidad del País Vasco, que ha suprimido la tabla y fijado el lienzo por medio de bandas a un bastidor nuevo con cuñas.
La tela representa a la Virgen, vestida de azul, rodeada por sus padres y sobrevolada por el Espíritu Santo que emerge en medio de un cielo de amarillos oro y mostaza. El profesor Tabar cree que la tela pudo ser realizada para un altar o un oratorio y ser contemplada de abajo arriba. No descarta que fuera un trabajo previo concebido para dar pie a una composición de mayores dimensiones, aunque mantiene que el cuadro está muy acabado y cuidado en todos sus detalles técnicos.
En su estudio, Tovar argumenta que la atribución a Goya se basa exclusivamente en razones de estilo: los rostros de María y santa Ana, las telas y el colorido, así como el planteamiento esencial de las figuras, prescindiendo de detalles accesorios. Aunque el mayor referente para demostrar la paternidad de Goya está en los murales que pintó para la cartuja Aula Dei de Zaragoza, hacia 1772-1774. Son un conjunto de grandes murales al óleo, de formato apaisado, de 3,05 metros de alto y de distintas longitudes, entre los 5,20 y los 10,25 metros, que cubren las paredes de su iglesia. Las cabezas, las telas, el colorido, todo recuerda a este nuevo Goya encontrado en Vitoria.
Una obra maestra juvenil
Goya muere en 1828, a los 82 años, pero pasará mucho tiempo hasta que pueda cerrarse su recorrido artístico porque las desamortizaciones de Godoy, José I y Mendizábal son tristes episodios que desencuadernan su historia. Además, si sus últimos cuatro años en Burdeos se conocen poco, se desconoce casi todo de su llamada época zaragozana, hasta los 29 años, cuando inicia su etapa en la capital del reino.
Hasta pasados los años cincuenta, los profesores Tormo y Sánchez Cantón solo conocen el Coreto y Aula Dei; en el año 54 el profesor Milicua publica el Sacrifico a Vesta; en el año 86, en la exposición en el Museo Camón Aznar zaragozano, el profesor Buendía comisaria El Goya Joven, un grito en el desierto del estudio de la obra de su juventud.
Como respuesta surgen multitud de goyas, pero ni gran parte de las obras expuestas por Buendía se consolidaron como auténticas ni hubo lluvia de estrellas goyescas, porque casi todas quedaron en nada. Ahora, cuando se anuncia un Goya de su juventud, los historiadores se ponen en guardia y la controversia está servida.
Desde la versatilidad estilística del artista joven, la fértil estancia de dos años escasos en Roma, llegamos al reciente descubrimiento del cuaderno italiano y a la identificación por el doctor J. Urrea del Aníbal, con el que casi gana el concurso de la Academia de Parma en 1771 (100 años en la colección Selgas Fagalde de Cudillero, Asturias, atribuido a Corrado Giaquinto), marcan un punto y aparte en el estudio del Goya joven.
La revista Ars Magazine, en su último número, nos sorprende de nuevo con una obra maestra juvenil de Goya, en un artículo del profesor Tabar, de la Universidad Complutense de Madrid, La Virgen con san Joaquín y santa Ana, documentada con un alarde de fotos en las que incluye las que soportan su estudio comparativo con Aula Dei, Sacrificio de la hija de Jefté, Santa Bárbara en el Prado y el citado Aníbal, todas seguras de su juventud.
Los historiadores la pasarán por el filtro de sus investigaciones, y de ellos es la responsabilidad pública de confirmar su atribución; a nosotros, coleccionistas y estudiosos de tan increíble personaje, nos parece una obra bellísima, con pocos colores, muchos matices y una serenidad precursora de la Sagrada Familia. Bien relacionada con las imágenes de las obras comparadas en la que el pintor mezcla lo aprendido en la ciudad eterna, donde transita el final del rococó, con el renacimiento del gusto grecolatino: ambos estilos se mezclan en las obras posromanas de Goya. Estaremos atentos a la respuesta de los especialistas.
Hace 200 años, una de las obras cumbres de Goya padeció las necesidades de sus herederos. La serie de Los disparates quedó esquilmada cuando, de las 22 planchas, se vendieron cuatro. La historia de esas cuatro escenas ha caminado desde entonces lejos del resto de los grabados, cuando la Academia de Bellas Artes compró los 18 restantes en 1864. Dos siglos más tarde, la Calcografía Nacional espa-ñola tuvo la posibilidad de reunir el juego, que estuvo completo apenas 30 años, hasta que el Museo del Louvre entró en la operación. «Han provocado un daño irreparable. Han hecho un caballo de batalla con estos cuatro cobres que no les sirven, porque no tienen el contexto del resto de disparates. Han logrado quedarse con las planchas saltándose las reglas y no pasará de sus almacenes», se lamenta Juan Bordes, delegado de la Calcografía Nacional de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Este periódico trató sin éxito de ponerse en contacto con Pascal Torres, conservador del Museo del Louvre y director de la Calcografía, para conocer los motivos por los que el museo francés puso tanto empeño en hacerse con estaspiezas esenciales para cerrar el Gabinete de Francisco de Goya, que la Calcografía Nacional exhibe en una sala desde 1990. «Para él, es una compra importantísima, quizás la más importante de su vida. Adquirir un grabado de uno de los mayores grabadores del mundo es muy relevante. Además, aludieron otras razones, como la de la huella del exilio. Pero lo cierto es que, por encima de todo razonamiento, está el de la unidad de la obra de Goya, que no se ha respetado», explica a este periódico José Manuel Matilla, jefe del Departamento de Dibujos y Estampas del Museo Nacional del Prado.
Christie’s Londres saca a subasta hoy ‘Hútiles trabajos’, un dibujo muy apreciado del álbum E de Francisco de Goya, con una estimación de venta de entre los dos y tres millones de euros. Una cifra disparada al compararla con el ‘Toro mariposa’ que compró el Museo del Prado, en diciembre de 2006, por 1.900.000 euros. Este cuaderno recoge dibujos de personajes del pueblo tratados con veracidad y fuerte carga emotiva, como es el caso de esta imagen. Se conocen 42 dibujos de este álbum y es el más grande de los cuadernos de Goya. De hecho, ya se puso a la venta en 2007 en Christie’s París y fue retirado por el ministerio de Cultura francés al considerarlo «Tesoro nacional». Una vez pasaron 30 meses sin que Francia pudiese comprarlo, el dibujo volvió al mercado, a Londres.
Difícil venta: El Prado prefiere no posicionarse
Justo en el mismo momento en el que El Prado muestra sus joyas gráficas, en la exposición ‘No sólo Goya’, la venta de ‘Hútiles trabajos’ irrumpe para cuestionar las posibilidades de compra de la pinacoteca por una pieza de un precio tan elevado. Desde el departamento de prensa, El Prado confirma a este periódico que el museo «no se pronuncia sobre obras que estén en el mercado, para no interferir de ninguna manera en el proceso de la venta». A pesar de ello, el propio responsable del Departamento de Dibujos y Estampas del Museo Nacional del Prado considera que este dibujo es muy importante y se conserva en muy buen estado.
El preciado álbum: Piezas muy cuidadas
«Los dueños han decidido que quieren un precio tan caro. De este mismo cuaderno, El Prado tiene dos estampas, que se exponen en ‘No sólo Goya’. Son dibujos muy cuidados y elaborados. Además, tiene este valor porque el dibujo fue portada de Gassier, que hasta el momento es el catálogo oficial de la obra gráfica de Goya», explica a ‘Público’. Y José Manuel Matilla se pregunta, al hilo de la subasta: «¿Qué valen las cosas? Valen lo que quieras que valgan y en el momento en que las vendan. Es un precio muy alto, los que vendieron hace un año en Nueva York no eran tan elevados». Prefieren no aclarar si mandaron el informe de interés en comprar el dibujo al ministerio de Cultura, responsable de las compras del museo.
Pascal Torres, hijo de exiliados españoles, señaló a Juan Bordes, tal y como este asegura a Público, razones de la compra vinculadas al exilio de Goya. El pintor aragonés ultimó la serie en Burdeos, donde muere el 15 de abril de 1828. Según cuenta el director de la Calcografía, cuando pidió explicaciones a Torres por esta irrupción de su museo en la compra, que ya estaba cerrada, le aclaró que él quería las planchas para «dejar una herida en el Patrimonio español por el exilio de Goya».
Bordes señala a la galería parisina Paul Prouté como cómplice de una venta que se «ha saltado un contrato verbal válido». Las dueñas de Prouté se pusieron en contacto con la Biblioteca Nacional de Francia buscando la venta, pero esta les respondió que la obra gráfica de Goya no estaba dentro de sus intereses ni de sus competencias. Así que, a través de Juliet Wilson, la galería entró en contacto con El Prado, con José Manuel Matilla. Desde la pinacoteca nacional pasaron la información a Juan Bordes, que mostró su interés inmediatamente y cerró verbalmente la compra con ellos.
Legítimo pero incoherente
«Este acuerdo cuenta porque teníamos la opción a compra. Incluso Francia había concedido los permisos de exportación», cuenta Bordes. Las obras estaban listas para salir del país en el que residían desde 1877, donde estaban en propiedad de la revista L’Art, explica Bordes. Pero la galería, entonces, decidió ponerse en contacto con la Calcografía del Louvre y la venta se truncó. «No es absurdo que lo haya comprado el Louvre, ni un disparate, pero no tiene ninguna coherencia histórica. Además, esas planchas han estado en Francia desde el siglo XIX, pero el lugar más adecuado era la Calcografía Nacional. Nosotros intentamos explicárselo al Louvre, pero no han atendido a la generosidad que les pedíamos. Querían tener cuatro Goyas y nada más», cuenta Matilla.
Goya ha sido siempre un artista muy considerado y estudiado en Francia, de hecho, las dos primeras biografías que se conocen son de auto-res franceses. «Nunca hemos tenido apego a Goya», reconoce una especialista que prefiere no aparecer con su nombre. Sin embargo, en este caso se ha movido Roma con Santiago, desde los ministerios de Cultura francés y español, a las embajadas y al príncipe de España. Insuficiente. Bordes, dolido, señala poco sincera la actitud de Torres, quien aceptó la contraoferta de la galería Prouté y ejerció su presión para que los cobres se quedaran en Francia.
«Dijo que contaba con el consentimiento de una comisión de compra del Ministerio de Cultura y no era verdad, porque entre los dos ministerios se pusieron en contacto y Francia aseguró que no obstaculizaría la venta. Sin embargo, Torres compró los grabados a través de los Amigos del Louvre y estos lo donaron al museo, evitándose, de esta manera, tener que pasar por dicha comisión», relata Bordes. De hecho, cuando El Prado se pone en contacto con el Louvre para mediar, el museo parisino dice que ya han comprado para zanjar el tema, pero no era cierto.
Ante las complicaciones, el director de la Calcografía se presenta con un talón conformado por el valor pactado, 600.000 euros, para cerrar definitivamente la compra de las cuatro planchas. Sin embargo, tras dos días de espera en la ciudad y un mes y medio después de que arrancara la polémica, le aseguran que el Louvre ya ha reunido el dinero y que no había nada que hacer. «Se han saltado cualquier código ético comercial, han seguido un juego muy sucio», explica Bordes. Además, la propia Juliet Wilson, mensajera de la venta, advirtió a Bordes que Albert H. Gordon, el coleccionista que había conservado las cuatro planchas como oro en paño, quería que fueran a parar junto al resto.
El propio responsable del Departamento de Dibujos y Estampas del Museo Nacional del Prado cuenta que no se ha debido a una cuestión de dinero, porque la oferta de ambas instituciones era la misma. De esta manera, una de las tres calcografías existentes en el mundo se queda sin completar su tesoro. Así como la de Roma tiene la obra gráfica de Piranesi (1720-1778), la de París la del Gabinete real, la española tendrá que andar coja de su joya, las planchas de Los disparates.
De esta manera, las cuatro estampas que ya habían salido a la venta en Nueva York hace un año, por un precio que rondaba los 30.000 y 50.000 dólares, se quedarán lejos del resto de matrices de la serie. Disparate conocido (Dos a uno, meten la paja en el culo), Disparate puntual (Bailando en la cuerda floja), Disparate de bestia (¿Quién le pone el cascabel al gato?) y Disparate de toritos (Al toro y al aire, darles calle), formarán parte de la importante colección de dibujos de Goya que tiene el Louvre y la Calcografía a lamerse las heridas.
El de las atribuciones, autentificaciones y descubrimientos de obras de arte es un mundo tan fascinante como inestable. Tomen el caso de Rembrandt, por ejemplo: su catálogo llegó a las 600 referencias en 1908, quedó en solo 45 en 1923 y acabó por remontar hasta el centenar escaso, reconocido recientemente. El caso de Goya, pendiente de una catalogación definitiva reclamada permanentemente por los expertos, es un asunto abierto y propicio a sorpresas permanentes. Tras la desestimación de El Coloso y la polémica atribución de su firma a La Piedad, la próxima edición de la Feria de Antigüedades de Maastricht, que se celebrará entre el 18 y el 27 de este mes, servirá para presentar en sociedad El apóstol Santiago y sus discípulos adorando a la Virgen del Pilar, una obra de juventud de Goya que hasta ahora ha permanecido en los salones privados de la Fundación Rosillo.
El óleo, de 107 x 80 centímetros, fue pintado entre 1775 y 1780 y se exhibirá a partir del próximo miércoles en el stand del anticuario madrileño Caylus. Su precio estimado de cara a una futura venta es de 4,5 millones de euros. Es una puesta de largo de la tela para presentarla a los expertos internacionales habituales de la feria holandesa, pero también a futuros pretendientes. Compradores que, forzosamente, han de ser españoles, debido a la inexportabilidad de la obra. Además, el Estado puede ejercer el derecho de retracto.
Se cree que este lienzo grupal pudo ser pintado para la basílica del Pilar. Representa al apóstol Santiago rezando con sus discípulos a la orilla del Ebro junto a las murallas de la ciudad de Zaragoza en el momento en el que se les aparece la Virgen. El colorido y composición recuerdan a los utilizados en el lienzo que el artista pintó para uno de los altares de la iglesia de San Francisco el Grande: La predicación de San Bernardino de Siena (1781-1783).
En la recopilación documental de la obra (Estudios del Marqués de Lozoya y Gudiol) se cuenta que la primera imagen conocida de Goya que representa a la Virgen del Pilar es un dibujo a lápiz de una de las páginas del llamado Cuaderno italiano, realizado hacia 1770 y que sirve de punto de partida para el pequeño lienzo de este tema (56 x 42,5 centímetros), que pinta hacia 1771-75 y que es propiedad del Museo de Zaragoza. Goya representa con gran realismo la diminuta talla gótica que preside la Basílica del Pilar. Esa misma imagen la reproduce en el óleo que ahora se presenta en Holanda, pero con composición mucho más compleja y de mayor tamaño. Los discípulos rodean la aparición milagrosa con una mezcla de temor y devoción. La gran aureola ilumina la escena y a los personajes; todos ellos barbados y de edad avanzada, salvo el joven del extremo izquierdo, cuyos rasgos podrían recordar al artista en esos años.
José Antonio Urbina, propietario de Caylus, explica que el óleo está en perfecto estado y asegura que solo ha sido necesario hacer una pequeña operación de limpieza. «El hecho de no haber cambiado de manos ha sido importante», asegura. Sobre las expectativas de venta, reconoce que la obra carece de licencia definitiva de exportación. Viaja con un permiso provisional con billete de ida y vuelta. Sobre los posibles clientes, prefiere no decir nada aunque, con seguridad, serán coleccionistas españoles, públicos o privados.