Retorno a la Alhambra de Matisse
El mismo día que visitó la Alhambra, Matisse escribió, desde la habitación de la pensión Villa Carmona, donde se alojaba, una carta a su esposa, en la que le cuenta lo que le había fascinado la visita: «La Alhambra es una maravilla. Sentí allí una intensa emoción». Al fin se agitaron de nuevo sus sentidos; volvían a visitarle las musas. Se sabe que durante su estancia en Granada —del 9 al 11 de diciembre— se acercó también hasta las cuevas del Sacromonte para asistir a un tablao flamenco. Un itinerario que recuerda mucho al que siguió este verano Michelle Obama.
Cuentan los comisarios de la exposición —María del Mar Villafranca y Francisco Jarauta— que Matisse llegó a España «en un momento anímico delicado»: acababa de morir su padre de un infarto y sus obras «La Danza» y «La Música» habían recibido un rechazo brutal por parte de crítica y público en el Salón de Otoño de ese año. Fueron acogidas con abucheos, gritos y mofas. Triste y deprimido, llega Matisse a Múnich en octubre de 1910 para visitar una exposición de arte islámico, que le impresiona, con piezas del Louvre, del taller de Gustave Moureau… Dos de ellas se incluyen en la muestra: una miniatura persa del siglo XV y un jarrón nazarí. A aquel iniciático viaje a Múnich se sumaría un mes después el deslumbramiento que le produjo la Alhambra, como cuentan los comisarios: «El arte oriental, en general, y el islámico, en particular, le ofrecieron posibilidades como los sistemas decorativos del monumento nazarí, su arquitectura, la disposición de sus interiores, los azulejos de cerámica vidriada, la luz filtrada de sus estancias y patios a través de las celosías, el color en sus matices y posibilidades…» El arte de Matisse ya nunca sería el mismo.
No tardó mucho en aparecer en su pintura la huella islámica. En diciembre el pintor francés llega a Sevilla. Aún seguía enfermo, con una fuerte crisis nerviosa. Se aloja en el Hotel Cecil. Allí frecuenta a amigos y colegas como Auguste Bréal —se ofrece a ser su guía por la ciudad y le introduce en el flamenco— y Francisco Iturrino. Éste le presta pinceles y pinturas. Ambos compartieron estudio. En Sevilla realiza Matisse tres pinturas, que por vez primera se muestran juntas en esta exposición. Por un lado, dos naturalezas muertas que le había encargado el industrial y coleccionista ruso Serguei Shchukin para su casa: «Bodegón Sevilla I» y «Bodegón Sevilla II». En este último r
eproduce el tapiz alpujarreño que adquirió en Madrid. Por otro lado, «Joaquina», retrato de una bailaora que Bréal le buscó como modelo. A Matisse siempre le había apasionado la danza, presente en toda su producción. En Andalucía quedó fascinado con los bailaores gitanos. Especialmente, con Dora, una joven de 16 años, de la que escribió: «Es un milagro de agilidad y de ritmo. Me reveló lo que podía ser la danza. Yo la comparaba a la famosa Isadora Duncan, cuyos gestos cortaban la fluidez de la música, mientras que Dora prolongaba el sonido con sus movimientos». Los tres únicos cuadros que Matisse pintó en España se medirán en la exposición con otros tantos de Iturrino.
Vino, mujeres y tabaco
Por su correspondencia sabemos lo que pensaba Matisse de España: que el Prado es «exquisito», que «los españoles no son tan guapos como se dice —dibujó a uno con forma de barril—, que Sevilla era «maravillosa»… «¡Vivan el vino, las mujeres y el tabaco!», escribió con euforia. Prolongó su estancia en Sevilla un mes más, lo que provocó la ira y los celos de su mujer. Creía que las sevillanas lo habían hechizado. Antes de partir definitivamente de España, visitó Toledo y sus grecos, y Barcelona.
La exposición, organizada por el Patronato de la Alhambra y el Generalife y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, en colaboración con la Fundación «la Caixa», se inaugura el 15 de octubre y estará abierta hasta el 28 de
febrero. Dividida en cinco secciones («Lección de Oriente», «El viaje a España: Matisse y la Alhambra», «De Marruecos a Niza», «Odaliscas: paisaje interior» y «Luz y armonía»), reúne en el Museo de Bellas Artes (situado en el Palacio de Carlos V) un centenar de obras: 35 de Matisse, entre óleos, dibujos, litografías y una escultura, se exhiben junto a fotografías históricas, cartas y postales que han cedido los Archivos Matisse de Issy-les-Moulineaux y la Universidad de Yale, así como tejidos y objetos decorativos que el pintor coleccionó con pasión toda su vida. Se han transcrito las tres cartas que Henri Matisse envió a su esposa desde Granada. Se completa la muestra con piezas de arte islámico (cerámica, bronce, celosía, cristal), que tanto amaba el artista. Hay préstamos de museos tan relevantes como Louvre, Metropolitan, MoMA, Pompidou, Victoria & Albert, Ermitage o Pushkin. Los herederos del artista, Claude y Barbara Duthuit, han apoyado el proyecto.
El «virus orientalizante» ya lo tiene Matisse metido en las venas —y en sus pinturas— irremediablemente. Tras su vuelta a Francia, planea viajar a Rusia (le fascinarán los iconos) y Marruecos. Tánger le deslumbra. A esta época pertenecen «La marroquí» o «Rincón del artista», presentes en la exposición. Ya instalado en Niza, Matisse pinta bellísimas odaliscas, en las que se cuelan todos los elementos que absorbió en sus viajes, incluida su fugaz pero intensa visita a la Alhambra, cuyas reminiscencias se intuyen en todos sus trabajos. Una estupenda selección de estas odaliscas compartirá sala con piezas procedentes de la Alhambra. Cierran la muestra los papiers collésque hizo en Vence en sus últimos años.
Un autorretrato de Edouard Manet de 1878 se vendió el 23 de junio de 2010 por 22,4 millones de libras (27 millones de euros o 33,1 millones de dólares), en una puja de arte moderno e impresionista de la casa de subastas Sotheby’s. El «
La obra, cuyo título completo es Portrait de Manet par lui-même en buste o Manet a la palette, es uno de los dos autorretratos del artista, considerado padre del impresionismo, y el único que sigue en manos privadas: el otro está en el museo Bridgestone, de Tokio. Este óleo sobre lienzo, de 83 x 67 cm, representa al artista con pose formal y elegante. Ha formado parte de varias exposiciones muy importantes, incluyendo la retrospectiva de Manet que se llevó a cabo en 1983 en el Grand Palais de París y en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York con motivo del centenario de su fallecimiento. Para Charles Moffet, vicepresidente ejecutivo de Sotheby´s en Nueva York y comisario de aquella muestra de 1983, «esta obra no es sólo un retrato, sino un tema de la vida moderna. Manet es un hombre en un mundo cambiante. Francia es una democracia en 1878, y aquí hay un muchacho que está en la cima de su profesión, vestido como un exitoso hombre de negocios, de calle pero elegante». Siguiendo a este experto, en la obra se aprecia una clara inspiración en los maestros de períodos anteriores. Así, «su actitud es muy parecida a la que muestran Las Meninas«, atribuyendo con estas declaraciones reminiscencias de Velázquez en la postura y expresión del lienzo. «Al mismo tiempo, está coqueteando con la abstracción en la forma en que pintó su mano». De esta manera, el lienzo tiene referencias claras a los viejos Maestros -entre ellos los españoles Velázquez, ya mencionado, y Goya, tan admirados por el francés- con un audaz y moderno tratamiento formal.
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