Etiquetado: Postimpresionismo

‘¿Cuándo os casaréis?’ 300 millones de dólares y récord mundial

‘¿Cuándo os casaréis?’ 300 millones de dólares y récord mundial

'Nafea faaa Ipoipo', de Paul Gauguin
Nafea faaa Ipoipo‘, de Paul Gauguin

El mercado privado del arte ha subido el listón de la distorsión o los desproporcionados precios que se pagan por algunas obras. El lienzo ‘Nafea faaa Ipoipo‘ (¿Cuándo te casarás conmigo?) de Paul Gauguin, pintado en 1892 en Tahití ha sido vendido en las últimas semanas por 300 millones de dólares (264 millones de euros), según se murmura hace varios días por galerías, marchantes y casas de subastas. Estas últimas, en este caso, han visto pasar de largo la oportunidad porque la venta ha sido en privado aunque el vendedor, el suizo Rudolf Staechelin, es un hombre vinculado a la casa de subastas Sotheby’s. ‘The New York Times‘ ha dado por comprobado el runrún y ha puesto la nueva marca en la historia.

El cuadro de Gauguin muestra a dos jóvenes de Thaití en medio de un colorido campo, una de las típicas imágenes creadas por el artista postimpresionista francés que huyó a los mares del sur en busca delo exótico, la pureza y la naturaleza. Las jóvenes, por el título de la obra y por su expresión y posición, muestran su juventud en busca de novio. Gauguin se casó con una adolescente en la lejanía tras dejar a su familia en Francia. El comportamiento del pintor en el siglo XIX hoy sería tachado de inaceptable.
El cuadro ha permanecido colgado en las últimas décadas en el Kunstmuseum de Basilea (Suiza, donde reside el vendedor, propietario de una selecta colección de obras impresionistas. El desmesurado precio pagado por el lienzo superó a los 259 millones de dólares que ostentaba hasta ahora la mayor cifra dada por un cuadro, «Los jugadores de cartas», de Paul Cézanne, adquirido por el Comité de Museos de Catar, el mismo comprador que apunta ser el que se ha llevado el óleo de Paul Gauguin.
¿Quién ha sido el comprador? Todo el mundo piensa en Catar, pero su autoridad museística tiene como norma no confirmar ni desmentir sus adquisiciones con lo cual queda la duda en el aire hasta que la obra se presente en público. ‘Los jugadores de cartas’, adquirida en abril del 2011 a una familia griega todavía no ha sido vista en público. Permanece bajo la tutela de la familia de jeques y jequesas que gobiernas aquel país.

Conxa Rodríguez, Londres: ‘¿Cuándo os casaréis?’ 300 millones de dólares y récord mundial, EL MUNDO, 6 de febrero de 2015
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La desconocida esposa de Cézanne

La desconocida esposa de Cézanne

'Madame Cézanne, con un vestido rojo' (1888-90), de Cézanne. / THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART
‘Madame Cézanne, con un vestido rojo’ (1888-90), de Cézanne.
THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART
Peinada con una rigurosa raya que divide el oscuro cabello en dos partes exactas, la mirada perdida y la boca apretada. Sentada o dormitando y vestida con rigurosos trajes abotonados hasta el final de la garganta. Las toscas manos enlazadas sobre el regazo o perdidas sobre el delantal. La mujer es Hortense Fiquet Cézanne (1850-1922) una de las grandes desconocidas del mundo del arte pese a ser la esposa de Paul Cézanne (Aix-en-Provence 1839-1906), el gran inspirador del arte moderno y el más cotizado en el mercado desde que en 2012 rompió todos los récords con sus Jugadores de Cartas. Nada que ver tiene la imagen de Hortense Fiquet con la de las mujeres que nos han legado los artistas impresionistas y posimpresionistas. Aquí no hay melenas al viento ni trajes vaporosos volando por las praderas. En Fiquet todo es misterio y lejanía. El Metropolitan de Nueva York la presenta en sociedad en una retrospectiva que se podrá ver hasta mediados de marzo y para la que ha conseguido reunir 26 de los 29 cuadros en los que posó de modelo para su marido. Junto a las pinturas se muestran medio centenar de acuarelas, dibujos y fotolitos en los que ella jamás pierde su compostura glacial.
Comisariada por Dita Amory, la exposición se centra en las dos últimas décadas del siglo XIX, cuando Cézanne experimentaba un estilo que le acabaría convirtiendo en el padre indiscutible del arte moderno, tal como Picasso o Matisse señalaron en diferentes momentos. Hasta ahora, poco se sabía de la mujer de Cézanne, y desvelar su personalidad a bases de imágenes es el principal objetivo de la exposición. Durante décadas, los historiadores del arte han prestado escasa atención a su figura. Muchas veces, la actitud de los expertos ha rayado la misoginia bromeando con su escaso atractivo femenino, su gordura y en suma, su escaso atractivo físico. Parece que el propio artista incubó ese desprecio refiriéndose a ella en términos poco cariñosos. John Rewald, uno de los más conocidos expertos en el artista, escribió en su biografía sobre Cézanne que Hortense influyó muy poco en su marido y que a ella, el arte no le interesaba en absoluto. Pero, ¿qué se sabe de la personalidad de la señora Cézanne?. Muy poco. La documentación es escasa, porque ella misma así lo quiso. No tenía un diario, parece que no era dada a escribir cartas y, además, a cada uno de los muchos enfados que tenía con su marido, se relajaba lanzando papeles a la chimenea.
En el recorrido por la exposición poco trasciende del interior de la mujer por más que se le mire a los ojos o a las manos, dos fuentes inagotables de información en el retrato convencional. Pero Cézanne no la utilizaba como modelo para ofrecer al mundo la historia de su esposa. El artista estaba inmerso en la búsqueda de las composiciones geométricas, de manera que lo que ella le inspiraba eran conos, cilindros y esferas. La nariz irregular, la abultada frente o el escaso pecho oculto por lazos y botones servían para crear los cimientos del protocubismo. Cézanne pintó estos retratos durante dos décadas, un tiempo que sirve para apreciar el paso del tiempo sobre la modelo. Siempre posa sentada, ausente y melancólica. El aspecto es el de una gobernanta con poca paciencia y siempre asexuada. Un ejemplo perfecto es la serie de cuatro retratos conocidos como Madame Cézanne en rojo, punto estelar de la exposición y reunidos por primera vez en una muestra.
Madame Cézanne en el invernadero' (1891). / THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART
Madame Cézanne en el invernadero’ (1891). / THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART

Las cartelas que acompañan cada grupo de composiciones cuentan que la pareja se había conocido en París, en 1869, cuando ella tenía 19 años y se buscaba la vida posando para diferentes artistas. Cézanne le llevaba 11 años y era hijo de una familia de banqueros. Pero no sólo les separaba la edad y la clase social. Él era un tipo taciturno y reservado al que se le complicaba cualquier relación por un extraño rechazo al contacto físico. Cuando se encuentran, él ya es conocido entre los medios artísticos, donde lleva casi una década entregado a una pintura oscura protagonizada por historias truculentas como asesinatos, violaciones, orgías y pesadillas de todo tipo.

Desde un primer momento, la familia Cézanne, especialmente el padre, se opuso frontalmente a la relación de la pareja. La poco atractiva y humilde Hortense no era digna de su hijo. Pero como ellos no estaban sobrados de medios, y para mantener la asignación familiar que les permitía vivir, el pintor ocultó la relación a sus padres durante 17 años, un secreto que no se rompió ni siquiera con el nacimiento de su único hijo, Paul. Decidieron sacar su amor de la clandestinidad sólo cuando murió el padre banquero. Pero ya había pasado mucho tiempo, y si desde el comienzo nadie del entorno apreciaba la menor pasión entre la pareja, ésta no renació con el matrimonio. Al contrario, las crisis fueron constantes, de manera que ella vivía habitualmente en París y él en el campo, en Aix-en-Provence.
Dita Amory mantiene en su discurso expositivo que el paso del tiempo ha sido más generoso con Hortense Cézanne de lo que debió de ser su vida. La imagen antipática que ha trascendido ha sido elaborada de quienes adoraban al artista. No queda ningún resto de su correspondencia y el gesto que ella luce en los cuadros no incita a la menor comprensión del personaje.

Cézanne murió en 1906, con 67 años, a consecuencia de una neumonía. Fue enterrado junto a la tumba de sus padres en Aix-en-Provence. Cuando se abrió el testamento, se destapó la última venganza conyugal del artista. Había desheredado a su esposa. El hijo de ambos, Paul, se ocupó de que a su madre nada le faltara hasta su muerte, en 1922. Fue enterrada en París, en el cementerio Père Lachaise.

Fuente: Ángeles García, Nueva York: La desconocida esposa de Cézanne, EL PAÍS, 30 de noviembre de 2014
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El Thyssen retira un cuadro de la Tate reclamado por venta irregular

El Thyssen retira un cuadro de la Tate reclamado por venta irregular

El museo madrileño pide la devolución por «cuestiones técnicas» de Idas y venidas, Martinica’ a la institución británica, a la que se lo cedió para una exposición

El museo madrileño pide la devolución por «cuestiones técnicas» de Idas y venidas, Martinica' a la institución británica, a la que se lo cedió para una exposición.

El museo Tate Modern de Londres retiró ayer el lienzo Idas y venidas, Martinica de la exposición de obras de Paul Gauguin a petición de la propietaria del cuadro, Carmen Cervera y el museo Thyssen-Bornemisza. El paisaje de Martinica, pintado en el año 1887 por Gauguin, es reclamado por el ciudadano luso-francés George Tomaszewski en nombre de un grupo de familiares, herederos de la obra, aduciendo que la pintura fue vendida de forma irregular en 1981 al barón Thyssen. Según Tomaszewski, Jean Palffy, uno de los seis primos herederos del cuadro, lo sacó de contrabando de Inglaterra para venderlo en Suiza antes de repartir la herencia entre el resto.

El abogado de los reclamantes solicitó hace unos días a la Tate Modern información sobre la obra, tal y como ha informado a este periódico. La pieza colgaba hasta ayer en sus salas como parte de la exposición Gauguin: Forjador del mito, que se clausura en un mes en la capital británica. A raíz de la petición, el museo londinense contactó con el museo madrileño, que había cedido la obra en régimen de préstamo para la muestra, y este último optó por pedir ayer la devolución del cuadro.

Según el acuerdo de préstamo establecido entre las dos instituciones, el prestador, el museo de Madrid, puede exigir la devolución de la obra. Ayer, la Tate Modern emitió un comunicado diciendo que la pintura había sido devuelta al prestador y remitiendo al museo de Madrid para dar las explicaciones pertinentes sobre la retirada. Por su parte, desde el Thyssen-Bornemisza aseguraron ayer a Público que la razón del traslado se debía a «cuestiones técnicas».

Veinte años tras el lienzo

«Lo sorprendente de este caso es que el barón Thyssen no supiese que el vendedor [Jean Palffy] no era el propietario legítimo del cuadro; cuesta creer que un comprador de la envergadura del barón Thyssen no pidiese la documentación de la obra», explicó el reclamante, que lleva casi 20 años detrás del lienzo a través de cartas y abogados que nunca han llegado a buen puerto. Puede que el barón Thyssen no comprobara que el vendedor era el legítimo propietario, pero sí que pagó una cifra aproximada de 1,5 millones de dólares por este paisaje de Martinica, uno de los paraísos perdidos del artista postimpresionista francés.

Tomaszewski se ha dirigido repetidamente al museo Thyssen-Bornemisza y a los asesores de Carmen Cervera, aunque nunca ha encontrado respuesta alguna. El reclamante supo a través de la prensa que Idas y venidas, Martinica estaba expuesto en la muestra de Gauguin en Londres y optó por indagar a través de abogados cuál es la compañía que figura como propietaria del cuadro. El cuadro fue propiedad de Gladys Deacon, duquesa de Marlborough, fallecida en 1977 en Inglaterra, lugar donde estaba la obra de arte originalmente. Sus herederos fueron sus seis sobrinos, uno de los cuales era Jean Palffy, fallecido en la década de 1990, y otro de ellos era la madre de George Tomaszewski. Según este último, la legislación suiza permite anular ventas irregulares sin límite de tiempo. Y en este caso, tanto el vendedor como el comprador eran ciudadanos suizos y la transacción tuvo lugar en la zona franca de Ginebra.

Una pieza relevante

Según el reclamante, una de las mayores dificultades con las que ha tropezado en su larga petición de Idas y venidas es «saber exactamente qué empresa de las varias que tiene Tita Cervera registradas en paraísos fiscales es la propietaria del cuadro en cuestión». La obra pertenece a la colección privada de Tita, cedida al Estado español en estos momentos y negociando la venta o el alquiler por parte de la baronesa.

Belinda Thompson, comisaria de la exposición Gauguin: Forjador de mitos, que se aloja en la Tate Modern hasta el próximo 16 de enero y que tiene previsto viajar posteriormente a Washington, explicaba a Público, con motivo de la inauguración de la muestra, que Idas y venidas es un cuadro relevante en la obra de Gauguin porque marca la transición de su foco de Francia a los trópicos. Los cuadros de Martinica fueron admirados por los hermanos Van Gogh (Vicent y Theo) e Idas y venidas fue vendido a Edgar Degas, lo cual marcó la mayoría de edad de Gauguin como artista independiente».

Edgar Degas (1834-1917) lo tuvo entre sus posesiones hasta su muerte, tras la cual el lienzo fue vendido en la subasta de las propiedades del artista en el Hotel Drouot de París en 1918 a Gladys Deacon. Ha pasado, por lo tanto, por pocas manos a pesar de que la duquesa de Marlborough, una americana casada con un miembro de la familia de rancio abolengo Spencer-Churchill, lo tuvo durante décadas en la caja fuerte de un banco. Una obra de estas características de Paul Gauguin está valorada hoy entre 30 y 40 millones de euros. Los lienzos de paisajes exóticos del artista francés no salen con frecuencia a la venta. Y cuando lo hacen revalorizan sustancialmente su obra. La obra Maternité fue vendida en Sotheby’s de Nueva York en 2004 por un precio de 39,2 millones de dólares.

Conxa Rodríguez, Londres: El Thyssen retira un cuadro de la Tate reclamado por venta irregular,
Público, 3 de diciembre de 2010
Gauguin: sólo hay que atreverse

Gauguin: sólo hay que atreverse

Una mañana de enero de 1883, dijo: «Nunca más volveré a trabajar en el banco. A partir de hoy voy a ser sólo pintor». Ese día comenzó el trayecto hacia la gloria, previa travesía del infierno, de uno de los artistas más mitificados de la historia

Autorretrato con Manao Tupapau (1893-1894), de Gauguin, en la Tate Modern de Londres hasta el 16 de enero, procedente del Museo de Orsay.-Hacia 1870, con sólo 25 años de edad, al cerrar cada tarde su despacho, Paul Gauguin salía del banco Bertin, donde trabajaba de liquidador, y atravesaba la rue Laffitte fumando un cigarro inglés, vestido con ropa cara, pantalones de tubo bien cepillados, botines charolados y levita de terciopelo con corbata de plastrón. Era la imagen del joven burgués respetable, envidiado, bien comido, con las mejillas sonrosadas y así al caer la tarde llegaba a casa, un hotel con jardín, en la calle Carcel, y le daba un beso a su mujer Mette-Sophie Gad, una danesa protestante, con cinco hijos. En el banco le permitían especular en Bolsa por su propia cuenta, lo que le producía unos cincuenta mil francos al año de ganancia añadida.

Esta fortuna de Gauguin le proporcionaba el placer de comprar cuadros de algunos pintores malditos que habían sido rechazados por el jurado del salón de la Exposición Universal en 1867. En este aspecto se notaba que no era un burgués como los demás. Por quince mil francos había adornado sus paredes con obras de Renoir, Cézanne, Monet, Pissarro, Manet, Sisley y de otros proscritos por la crítica del momento. De pronto, un extraño virus se apoderó de su espíritu. Después del trabajo en las finanzas, Gauguin se ponía un guardapolvo manchado y comenzaba a pintar. Al principio su mujer consideraba esta afición un mero pasatiempo, que toleraba a regañadientes, sobre todo si los domingos optaba por seguir ensuciando lienzos en lugar de llevarla al teatro o a pasear al Bois de Boulogne con sus hijos. Un problema grave con esta mojigata surgió cuando este artista aficionado pidió a su criada Justine que posara desnuda para él una noche.

Pero el asunto se agravó aún más al saber que uno de estos desnudos de Justine había sido admitido en el Salón de los Independientes y había obtenido una crítica muy favorable y emocionada del gran poeta Mallarmé, un éxito que acabó por romperle la cabeza. Una mañana de enero de 1883 Mette se extrañó al ver que no se levantaba de la cama para ir al despacho. Pensó que estaba enfermo, pero su marido le dijo con un tono resuelto: «Nunca más volveré a trabajar en el banco. He presentado la dimisión al director. A partir de hoy voy a ser sólo pintor».

Ese día comenzó su trayecto hacia la gloria, previa travesía del infierno. Para satisfacer esta nueva pasión echó mano de los ahorros y al quedarse muy pronto sin dinero Gauguin ensayó la bohemia, pero su mujer no estaba dispuesta a soportar penurias, lo dejó solo en París y se fue con los cinco hijos a Dinamarca, a casa de los padres. Por su parte el artista reculó hasta Rouen donde la vida es más barata. Pintaba a medias con el hambre y cuando ya no pudo remediarla acudió con las orejas gachas a casa de sus suegros en Copenhague donde, no sin desprecio y tomado por impío, aquellos ortodoxos le asignaron un cuarto con un ventanuco apenas sin luz y en aquel trastero no tuvo otra alternativa que pintarse a sí mismo, su rostro con bigotón, la mirada torva de soslayo ante el espejo y su perfil de cuchillo.

En junio de 1885 Gauguin regresó sin dinero a la vida sórdida en París y vivió entre cuatro paredes, con una mesa, una cama, sin fuego, sin nadie. Buscó remedio largándose a Pont-Aven donde había una cuadrilla de pintores en torno a una pensión que concedía créditos a los artistas. Su dueña Marie-Jeanne Gloanec aceptaba cuadros por una cama y comida. Dando guindas con aguardiente a los pavos y pintando cerdos con colores para divertirse supo que uno de sus hijos había muerto y que su mujer tenía un cáncer, pero el artista rezó por el muerto, deseó que su mujer encontrara un buen cirujano y siguió su destino: algunas modelos posaban desnudas en la buhardilla de la pensión, pintaba bretonas y verdes paisajes con vacas sin conseguir vender un cuadro.

Un amigo, Meyer de Haan, había creado una fábrica muy rentable de bizcochos en Holanda. Gauguin acudió a su llamada, probó suerte, pero se aburrió enseguida. Sin que el virus del arte le abandonara se abrió hacia Panamá al amparo de unos parientes, trabajó en la perforación del canal, partió luego hacia Martinica y allí percibió por primera vez el viento salvaje y la luz pura de primitivismo. Fue una revelación. Volvió a París acompañado de un macaco que se haría su pareja inseparable. Iba acumulando cuadros que eran humillados en las galerías y en las subastas. Enamorado de la obra de Van Gogh partió hacia Arles para trabajar con él. Eran dos clases de locura que pronto entraron en colisión mediante continuas disputas, primero estéticas, luego con las manos. Al final de una trifulca Gauguin abandonó a Van Gogh y este en medio de la tormenta se cortó una oreja y se la regaló a una puta. Gauguin puso varios mares por medio hasta llegar a Tahití. Allí encontró entre la floresta a Tahura, su modelo ideal. La pintó obsesivamente. Expresó sus visiones en planos simbolistas sintéticos y con una carga magnífica de nuevos trabajos, instalada la felicidad e inocencia preternatural en unos cuerpos indígenas volvió a París para mostrar su nueva estética. El 4 de noviembre de 1893 expuso cuarenta y cuatro lienzos y dos esculturas en una galería de Durand-Ruel de la calle Laffitte. Los burgueses llevaban a sus hijos a la exposición para que se burlaran de los mamarrachos que pintaba un tal Paul Gauguin. Se decía que era un loco que hacía años había abandonado el oficio de banquero, a su mujer y a sus cinco hijos para dedicarse a pintar. La gente arreciaba en las risas ante cuadros de javanesas desnudas junto con el espíritu de los muertos. En una subasta se exhibió al público por error boca abajo uno de sus cuadros que representaba un caballo blanco. El subastador exclamó: y aquí ante ustedes las cataratas del Niágara. En medio de las carcajadas del público un marchante superdotado, Ambroise Vollard, pujó por el cuadro y se lo llevó por 300 francos.

Con la promesa de que este galerista le mandaría un dinero mensual para que siguiera pintando, cosa que no cumplió, Gauguin se despidió definitivamente de la civilización para volver al paraíso. La noche antes de poner rumbo a Tahití de nuevo le abordó una ramera en una calle en Montparnasse. Y de ella como regalo se llevó una sífilis al paraíso de la Polinesia donde se inició la gloria y la tortura. Rodeado de los placeres de la vida salvaje y del amor de los indígenas, adolescentes felices, desnudas entre los cocoteros su pintura no necesitaba ninguna imaginación, pero su cuerpo había comenzado a pudrirse. Primero fue un pie, luego la pierna y finalmente el mal le subió hasta el corazón. Realmente Gauguin ya era un leproso cuando decidió adentrarse aún más en la pureza salvaje y se fue a Hiva Oa, una de las islas Marquesas a vivir entre antropófagos y es cuando sus lienzos alcanzaron la excelencia que lo harían pasar a la historia como uno de los pintores más cotizado. En el lecho de la agonía lo cuidaban unas jóvenes polinesias y a su lado estaba uno de los antropófagos llorando desconsolado, quien al verlo ya muerto le mordió una pierna para que su alma volviera al cuerpo, según sus ritos. Los indígenas rodearon la cabaña. Vistieron el cadáver a la manera maorí. Lo untaron con perfumes y lo coronaron de flores. Un obispo misionero rescató los despojos para enterrarlos en un cementerio católico. Bajo el jergón Gauguin había dejado sólo doce francos en moneda suelta. Eso sucedió en Atuona, el 9 de mayo de 1903, a sus 54 años. La obra de Gauguin se compone de unos trescientos cuadros y es sin duda hoy el pintor más cotizado de la historia del arte.

Manuel Vicent: Paul Gauguin: sólo hay que atreverse, EL PAÍS / Babelia, 30 de octubre de 2010
Gauguin, el creador de mitos

Gauguin, el creador de mitos

 En 1889, Paul Gauguin (1848-1903) hizo un autorretrato más que provocador. ‘Autorretrato como Cristo en el Jardín de los Olivos’, lo llamó. El pintor no sólo estaba fascinado por los mitos, sino que le gustaba ser el protagonista. La Tate Modern de Londres dedicará su próxima exposición de otoño al artista postimpresionista bajo el título ‘Gauguin: Forjador de Mito’. Más de 100 trabajos del artista se reunirán en la exposición británica, presentada este lunes, en lo que los críticos consideran el acontecimiento del año en la escena artística británica. Es el regreso del pintor a Reino Unido tras medio siglo desde la última exposición.
‘Teha ‘amana tiene muchos padres’, Paul Gauguin, 1893. | Art Institute of Chicago

La que planea la Tate es, según sus organizadores, mucho más ambiciosa que muestras anteriores, pues las más de un centenar obras que viajarán a Londres de distintas colecciones privadas o públicas de todo el mundo pertenecen a distintos períodos de su vida e incluirán desde óleos, grabados o acuarelas hasta cerámicas, esculturas o objetos decorados y otros personales. La completarán libros de apuntes, memorias, cartas y artículos de periodismo, que permitirán hacerse una idea lo más cabal posible de su compleja personalidad. Al igual que su amigo Van Gogh, Gauguin es un artista que sigue ejerciendo una enorme fascinación sobre el gran público no sólo como creador de imágenes inmediatamente reconocibles sino por su realmente extraordinaria biografía de genio romántico y bohemio.

El ‘salvaje’

Nacido en París, Gauguin sintió desde muy temprano una enorme atracción por los horizontes más lejanos, algo que se explica en parte por los cuatro años que pasó en Perú, de donde procedían su familia por vía materna: su abuela, la feminista y proto-socialista Flora Tristán era hija un coronel peruano y una francesa. A Gauguin le gustaba presentarse a sí mismo el artista «salvaje». «Según la leyenda, el inca procede del sol y a él volverá», escribió en una ocasión. Todavía adolescente, se enrolaría en la marina mercante y luego en la Armada -tampoco dudaba el rey del mito en presentarse como una mezcla de «tosco marinero» con «sangre azul» en sus venas- antes de volver a Francia, trabajar en la Bolsa de París y casarse con una danesa, de la que tendría cinco hijos. Al mismo tiempo, se interesaba cada vez más por el arte, hacía amistad con otros artistas y comenzaba a pintar junto a otros pintores como Pissarro. En 1884 se trasladó con su familia a Copenhague, donde siguió con cierto éxito su carrera de corredor de bolsa, hasta que decidió regresar a la capital francesa, esta vez sin su familia, para viajar a Panamá y luego a Martinica en compañía de su amigo y artista Charles Laval.

Huida de lo convencional

Para financiar su viaje a Tahití de 1891, Gauguin organizó una subasta de sus trabajos y pidió al gobierno un patrocinio. Volvió a París dos años después con cuatro francos en el bolsillo. En 1895, volvió a marcharse a Tahití, donde se vio acuciado por la enfermedad y la falta de dinero. Murió en 1903 en las islas Marquesas.  Su huida de «todo lo artificial y convencional» en la civilización europea serviría para construir un mito en torno a su persona y al rol del artista. Según explicaron este lunes en conferencia de prensa Belinda Thomson, historiadora del arte y destacada especialista en Gauguin, y su colaboradora Christine Riding, de la Tate, la exposición londinense explorará, entre otras cosas, «las estrategias narrativas» del artista, sus ideas en torno a la religión, la fábula, el mito y la tradición, y su capacidad para la constante innovación.

En los mares del Sur, Gauguin se sumergió en culturas amenazadas de desaparición como la maorí en las que encontró nuevas fuentes de inspiración y de energía para su arte, algo que iba a su vez a influir en el interés por el arte primitivo de artistas posteriores como Picasso. Entre las obras más destacadas de la exposición, que podrá visitarse del 30 de septiembre al 16 de enero del próximo año, estarán varios autorretratos, entre ellos el mencionado ‘Cristo en el Monte de los Olivos’, de 1889, procedente del museo Norton, de Florida, o el ‘Autorretrato con Manau tu papau’, de 1893, del museo del Quai d’Orsay (París). Son obras todas ellas que muestran la habilidad del artista a la hora de adoptar alternativamente distintos roles como los de víctima, santo o incluso Cristo hasta el de pecador. Pero habrá también otras famosas creaciones de distintos períodos: bodegones como el titulado ‘El Jamón’, de la Phillips Colection, de Washington, o ‘Bodegón con Perfil del pintor Laval’, del museo de Indianápolis, obras de inspiración religiosa como ‘Visión del Sermón’, de la National Gallery de Escocia, o ‘El Cristo Amarillo’, de la Albright Knox Gallery, de Buffalo (EEUU). En la Tate estarán también muchas de las obras creadas en Polinesia como ‘Parau na te Varua Ino’ (Palabras del Diablo), de la National Gallery of Art, de Washington, ‘Te Poi Poi’ (colección particular), ‘Parahi te Marae’, del Museo de Arte de Filadelfia, así como cerámicas, entre ellas la titulada ‘Autorretrato en forma de cabeza cortada’ (1889), del Kunstindusgtrimuseet, de Copenhague.

Gauguin: Maker of Myth (Gauguin: Creador de mitos). En la Tate Modern (Londres), del 30 de septiembre de 2010 al 16 de enero de 2011

Efe | Reuters | Londres: Gauguin, el creador de mitos, EL MUNDO, 19 de abril de 2010


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