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Una reconstrucción de la antigua Zaragoza previa a los dos sitios napoleónicos. Podemos observar edificios y calles protagonistas de las más duras batallas en ese momento histórica
Esta reconstrucción de Luis Sorando ya la pudimos admirar en la exposición sobre los Sitios de Zaragoza que hubo hace unos años en La Lonja
Una reconstrucción de la antigua Zaragoza previa a los dos sitios napoleónicos. Podemos observar edificios y calles protagonistas de las más duras batallas en ese momento histórica
Esta reconstrucción de Luis Sorando ya la pudimos admirar en la exposición sobre los Sitios de Zaragoza que hubo hace unos años en La Lonja
Una reconstrucción de la antigua Zaragoza previa a los dos sitios napoleónicos. Podemos observar edificios y calles protagonistas de las más duras batallas en ese momento histórica
Esta reconstrucción de Luis Sorando ya la pudimos admirar en la exposición sobre los Sitios de Zaragoza que hubo hace unos años en La Lonja
En la ciudad de Zaragoza el eco del levantamiento del 2 de mayo madrileño lleva a los vecinos a oponerse a las tropas francesas que – seguras de su éxito – avanzan hacia la ciudad. Estamos a comienzos del tórrido verano de 1808.
Los franceses, rechazados con éxito, montan un asedio hasta mediados del mes de agosto. Meses más tarde, regresan y sitian la ciudad con mayor eficacia: de diciembre a febrero se combate en Zaragoza en medio de las bombas, el frío glacial, el hambre y la enfermedad. En Zaragoza morirán más de 54.000 personas, mas de dos tercios de su población, quedando además la ciudad literalmente destrozada pues la resistencia – ¿heroica o suicida? – de los aragoneses había obligado a los franceses a minar los subterráneos de las casas para derrumbarlas y conquistarlas una por una.
El mariscal Lannes, jefe del ejercito sitiador, escribía a Napoleón: «Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestro enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores … ¡Que guerra!¡Que hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos locos! Esto es terrible. La victoria da pena».
En la ciudad de Zaragoza el eco del levantamiento del 2 de mayo madrileño lleva a los vecinos a oponerse a las tropas francesas que – seguras de su éxito – avanzan hacia la ciudad. Estamos a comienzos del tórrido verano de 1808.
Los franceses, rechazados con éxito, montan un asedio hasta mediados del mes de agosto. Meses más tarde, regresan y sitian la ciudad con mayor eficacia: de diciembre a febrero se combate en Zaragoza en medio de las bombas, el frío glacial, el hambre y la enfermedad. En Zaragoza morirán más de 54.000 personas, mas de dos tercios de su población, quedando además la ciudad literalmente destrozada pues la resistencia – ¿heroica o suicida? – de los aragoneses había obligado a los franceses a minar los subterráneos de las casas para derrumbarlas y conquistarlas una por una.
El mariscal Lannes, jefe del ejercito sitiador, escribía a Napoleón: «Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestro enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores … ¡Que guerra!¡Que hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos locos! Esto es terrible. La victoria da pena».
En la ciudad de Zaragoza el eco del levantamiento del 2 de mayo madrileño lleva a los vecinos a oponerse a las tropas francesas que – seguras de su éxito – avanzan hacia la ciudad. Estamos a comienzos del tórrido verano de 1808.
Los franceses, rechazados con éxito, montan un asedio hasta mediados del mes de agosto. Meses más tarde, regresan y sitian la ciudad con mayor eficacia: de diciembre a febrero se combate en Zaragoza en medio de las bombas, el frío glacial, el hambre y la enfermedad. En Zaragoza morirán más de 54.000 personas, mas de dos tercios de su población, quedando además la ciudad literalmente destrozada pues la resistencia – ¿heroica o suicida? – de los aragoneses había obligado a los franceses a minar los subterráneos de las casas para derrumbarlas y conquistarlas una por una.
El mariscal Lannes, jefe del ejercito sitiador, escribía a Napoleón: «Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestro enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores … ¡Que guerra!¡Que hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos locos! Esto es terrible. La victoria da pena».