Etiquetado: Tate Modern

La Tate recupera al Miró político

La Tate recupera al Miró político

El museo presenta la mayor retrospectiva del pintor en 50 años

En 1973, el joven anarquista Salvador Puig Antich fue ejecutado. Se convirtió con su asesinato en el último muerto a garrote vil del franquismo. El pintor Joan Miró contaba entonces 80 años de edad y no quedó impasible ante el atroz acontecimiento: pintó La esperanza del condenado a muerte (1974), un tríptico de grandes dimensiones, un círculo de desgarrada línea negra sin cerrar en cada uno de los tres lienzos. El próximo 14 de abril, la Tate Modern de Londres inaugura la exposición con el título La escalera de la fuga, en la que se destaca la sensibilidad política del pintor catalán.

Según explica a Público Marko Daniels, uno de los dos comisarios de la muestra, hay una identificación de Miró con el joven anarquista y contra la represión de la dictadura: «Es un mensaje poderoso que acerca a Miró a su propio sentido de la mortalidad. Tiene 80 años y está al final de su vida, por eso reacciona con esta obra abstracta tan controlada». El efecto visual del tríptico también ha sido señalado por la relación con la caligrafía japonesa, tan admirada por el artista. La obra ha llegado a Londres desde la Fundación Miró de Barcelona, que aporta obras junto la National Gallery de Washington y la mencionada Tate. La exposición viajará en octubre a Barcelona y en 2012 a Washington.

La idea inicial de la exposición fue concebida por el anterior director de la principal institución inglesa de arte, el valenciano Vicente Todolí, que estos días remata la particular lectura que ha hecho de la obra de Miró. Sin embargo, nadie se percató hasta bien avanzado el diseño de la muestra que hasta por las fechas de inauguración y cierre será una exposición que definirá en todos los sentidos a Joan Miró: arranca el 14 de abril, el 80 aniversario de la proclamación de la Segunda República; y finaliza el 11 de septiembre, día nacional de Catalunya.

La guerra por su cuenta

«Fue puramente accidental, una coincidencia», asegura Marko Daniel, quien se muestra entregado a la trayectoria de Miró. El artista residió en París, al menos en los largos inviernos, hasta 1940, comprometiéndose desde allí con la defensa de la Segunda República Española en la Guerra Civil. La obra Aidez L’Espagne, un hombre con el brazo y el puño en alto, se ha convertido en un símbolo de la resistencia al golpe de Estado de 1936. De 1937 es Naturaleza muerta con zapato viejo, un retrato sublime de la Guerra Civil en la que la violencia está simbolizada en un tenedor clavado en una manzana.

«De las tres guerras que presenció, aunque no participó en ellas, la española fue la que más le afectó», cree Daniels. Cuando los nazis avanzaron hacia Francia en la Segunda Guerra Mundial, los personajes más ruidosos del grupo surrealista, Salvador Dalí y André Breton entre otros, huyeron a América. «Miró es, probablemente, el más surrealista de todos nosotros», escribió Breton. El artista catalán, más silencioso que su compatriota Dalí, se refugió, a partir de 1940, en Mallorca, de donde era su esposa, y continuó desarrollando su lenguaje pictórico, lo que él describió como «llevar la línea de paseo».

«El hecho de que evitase las guerras no significa que no cumpliese con su deber de ciudadano; participó, a su manera, con sus obras», añade Daniels. En Mallorca pintó Mayo 68, uno de sus trabajos más enérgicos, en el que plasmó con un festival de símbolos y colores la celebración de la libertad que reclamaban en París. En Barcelona le hacían la primera exposición retrospectiva y le colocaban una placa en su casa natal y, de paso, se reconciliaba con la simbiosis amalgamada entre un sustrato cultural y catalanista de la sociedad y el telón de la dictadura franquista.

Reencuentro en Londres

La exposición de la Tate Modern está integrada por unas 150 obras, la mayoría pinturas, media docena de dibujos y una docena de esculturas. Es la primera gran muestra del pintor en Reino Unido desde la retrospectiva que se le dedicó en 1964.

La figura de la escalera que da título a la muestra es recurrente en las imágenes creadas por Joan Miró. No sólo escaleras que conectan la tierra con el cielo o se encaraman al firmamento, sino que el artista hizo también una escultura, en 1971, de una escalera unida a la tierra que acaba con una cabeza: hombre y tierra. Para Marko Daniel, «la escalera es un símbolo muy visual y muy hermoso, con muchos significados; aquí nos permite abarcar toda la exposición porque Miró, a pesar de estar comprometido con todo lo que ocurría a su alrededor, de vez en cuando desconectaba y se escapaba o se fugaba».

Bajo las etiquetas de surrea-lista y abstracto, el pintor trabajó más de seis décadas, silenciosamente, un estilo vinculado a la naturaleza y al Mediterráneo. «Miró vivió casi todo el siglo XX; su obra es un testimonio de las convulsiones de ese tiempo, aunque la riqueza, la imaginería y la fuerza de sus cuadros van más allá de los acontecimientos históricos con los que tuvo que convivir», señaló Marko Daniels.

Conxa Rodríguez, Londres: La Tate recupera al Miró político, Püblico, 12 de abril de 2011
El gran museo del arte como espectáculo

El gran museo del arte como espectáculo

La Sala de Turbinas recibe a los visitantes a la Tate Modern londinense.- REUTERS Apenas había transcurrido una hora desde que la Tate Modern abrió sus puertas, el 12 de mayo de 2000, y más de cinco mil personas ya habían desfilado por sus instalaciones en la orilla sur del Támesis. La anécdota da una medida de su éxito inmediato. Diez años después, sus logros se han afinado; con este centro, el nuevo milenio ofrecía por fin a Londres un gran imán de arte contemporáneo a la altura de la importancia cultural y financiera de la metrópoli.

El arranque se demostraría síntoma. La Tate Modern se ha convertido en este tiempo en el museo de referencia de la cultura de masas. En su décimo aniversario, la Tate Modern presenta el balance de 45 millones de visitantes -por delante del Centro Pompidou parisiense y del MoMA neoyorquino- y es el segundo enclave más reclamado en una ciudad repleta de atracciones turísticas. El arte como espectáculo o la redefinición de una galería para las audiencias del siglo XXI.

El museo sustentó sus pilares en la colección de obras contemporáneas que integraba los fondos del grupo Tate, pero el principal reclamo fue y sigue siendo la magnífica sede del SouthBank, la antigua estación eléctrica remodelada por el despacho de arquitectos suizos Herzog & de Meuron. Un espacio de perfil moderno y democrático, centro cultural al tiempo que lúdico, con esa rampa de la Sala de Turbinas escenificando el acceso gratuito (una invitación a entrar) o las cristaleras que coronan el edificio y brindan estupendas vistas al río. Frente a quienes reprochan que muchos museos de nuestra era encarnan una celebración de la arquitectura por encima del mismo arte, la Tate Modern puede esgrimir una programación sólida y heterogénea, destinada a cautivar a todo tipo de públicos.

Las muestras dedicadas a Edward Hopper, Andy Warhol, Frida Kahlo, Kandinsky y, en primer lugar, al pulso entre dos gigantes del modernismo (Matisse / Picasso, 2002), fueron las que gozaron de mayor aceptación. También la exhibición de las últimas obras de Mark Rothko, nueve de ellas propiedad de los mismos fondos de la Tate Modern, esforzada en la búsqueda de nuevos formatos para subrayar el poderío de su colección permanente. Que en una década de singladura haya destacado la figura individual del artista por encima de los movimientos que lo enmarcan obedece al «sello» del español Vicente Todolí, director del museo a lo largo de los últimos siete años y ahora a punto de abandonar el barco antes de la nueva etapa de ampliación de la Tate. «Nunca hemos adoptado una actitud paternalista o condescendiente, ni hemos hecho creer al público que el arte contemporáneo es algo que está por encima suyo», declaraba recientemente a este diario para explicar las razones del éxito de unos de los museos emblemáticos del siglo XXI.

Quizá la mejor síntesis entre efervescencia artística y gancho popular se haga evidente en la espectacular Sala de Turbinas de la Tate, uno de los espacios más innovadores del panorama museístico. La serie Unilever invita cada temporada a una figura del arte a interpretar sus más de 3.400 metros cuadrados de superficie, inaugurados en 2000 por Louis Bourgeois y su araña gigante de acero Maman.

Le tomaron el relevo las enigmáticas figuras humanas que el español Juan Muñoz (fallecido poco después) ubicó en espacios geométricos a varios niveles, la inmensa campana escarlata de Anish Kapoor o la profunda brecha que la colombiana Doris Salcedo abrió en el suelo de la galería para subrayar las tensiones culturales de nuestro tiempo. Otras propuestas tuvieron mayor o menor aceptación entre la crítica, pero la respuesta de público ha sido siempre masiva. Pocos son los visitantes del nuevo Londres que no acaban recalando en la Sala de Turbinas, y por eso su marco desplegará a lo largo del próximo fin de semana un festival, con la participación de 70 colectivos experimentales e innovadores, en una celebración de los 10 años.

La presión de los números fuerza a crecer y expandirse; si los estragos de la recesión permiten estrenar ampliación de la sede -obra también de Herzog & de Meu-ron- coincidiendo con los Juegos Olímpicos de 2012. La nueva extensión busca un museo más amplio y flexible, aunque no un aumento significativo de las exposiciones que desborde a la institución. La Tate Modern no quiere arriesgarse a acabar víctima de su propio éxito.

Patricia Tubella, Londres: El gran museo del arte como espectáculo, EL PAÍS, 12 de mayo de 2010

El espectáculo debe continuar

El espectáculo debe continuar

La Tate no es que sea un santuario al que acuden las gentes del arte (sin contar turistas) para buscar alivio al aburrimiento de sus respectivos países con sus respectivos museos. La Tate es la catedral del arte contemporáneo a la que acuden las gentes del arte para asistir a la ceremonia de la consagración de tal o cual artista. Y la llamada Sala de Turbinas tiene mucho que ver en todo esto. Por no decir casi todo. La Sala de Turbinas es el altar mayor donde han sido elevados a la categoría de dioses en la tierra creadores de muy variada experiencia y trayectoria. Un espacio inmenso y diáfano, de estructura fabril, que se puede tragar todo, cual vientre de ballena, y no es una metáfora. Un escenario inabarcable donde se puede dar voz tanto a la meditación más teatral y trágica como al espectáculo circense y lúdico. Diez años son lo que cumple la Tate y diez son los artistas que han hecho de la Sala de Turbinas su gran obra.

Louise Bourgeois (mayo- diciembre 2000).

La artista norteamericana inauguró este espacio antes de que creara tanta mitología y tanta escuela. Aunque ella no es una novata, sí que pagó el ser la pionera. Todo esto pasó cuando la Tate sólo era un proyecto en ciernes y esta Sala de Turbinas, mucha Sala de Turbinas, incluso para esta gran dama del arte contemporáneo que ha llenado museos de medio mundo con sus gigantescas arañas, y cuya aparente fragilidad esconde una transgresora nata. I Do, I Undo, I Redo fue el título de un montaje en el que se insistía en el origen industrial con tres gigantescas torres de acero. Que ahora se recuerdan un tanto desangeladas.

Juan Muñoz (junio 2001-marzo 2002).

Y llegó el primer y único español que se ha coronado en este sacrosanto escenario. A partir de él y de su Double Bind, todo cambió para esta nave de posibilidades inmensas pero de riesgos mortales. Al poco de acabar esta pieza, Juan Muñoz fallece. Algunos hemos llegado a pensar que la Sala de Turbinas acabó con él por los esfuerzos titánicos que supuso controlar este espacio, pero le ganó el pulso. Lo controló para los restos. Pasan los años y más seguros podemos estar de que Double Bind es la mejor obra que se ha expuesto aquí. La más ambiciosa y transcendente. Juan Muñoz no se hubiera consagrado sin la Sala de Turbinas y la Sala de Turbinas no sería mito escénico en vida sin Juan Muñoz.

Anish Kapoor (octubre 2002-abril 2003).

Toda pieza que se expone aquí es una foto que guardar en el álbum o en la memoria. Anish Kapoor es un maestro de la fotogenia. Sus obras no sólo epatan en persona, sino que también quedan perfectas en una foto para reproducir a página. Marsyas fue su manera de ocupar el vacío de la sala. Una gigantesca trompeta roja, que recuerda a los cuernos tibetanos, y cuyo primer efecto especial es dejarte con la boca abierta. Kapoor sabe, como pocos, ocupar el vacío para que éste pese, pero sin que las piezas que construye tengan la sensación de ser pesadas. Livianas, discretas, pero contundentes. Así era su Marsyas.

Olafur Eliasson (octubre 2003-marzo 2004).

Un sol incandescente creado por este artistas danés hizo que el concepto de la Sala de Turbinas diera un nuevo giro de ciento ochenta grados. Íbamos camino del espectáculo total y él lo borda. El público ya no parece que vaya a ver a un artista y lo que éste ha elucubrado en su loca cabeza. Ahora, acude como las moscas a la bombilla ante la última fantasía animada. Un efecto especial, con el que el espectador puede dialogar o interactuar. Si le ponen un sol gigantesco dentro del museo, éste se tumba para tomar sus rayos. Así fue con The Weather Project.

Bruce Nauman (octubre 2004-mayo 2005).

El sol quema y cansa una barbaridad, por lo que Nauman debió pensar que era mejor pecar por defecto que por exceso. Con él pasamos al minimalismo más puro y duro. Pero genial. La Sala de Turbinas se quedó vacía y fue el sonido que salía por unos altavoces el que llenaba el espacio. Una escultura sonora, Raw Materials, fue lo que nos trajo este veterano maestro de la investigación formal.

Rachel Whiteread (octubre 2005-mayo 2006).

Del sol al vacío, para luego llegar al frío o el hielo. Rachel Whiteread llenó la Sala de Turbinas de una suerte de paisaje polar con inmensos módulos blancos entre cuyos pasillos podía pasear el público. Enbankment, de nuevo, es una pieza que ganaba más en la foto que al natural. La Sala de Turbinas tampoco sería la misma sin la fotogenia de algunas de los proyectos que allí se han realizado. Encima de este montaje escultórico de cajas blancas sólo faltaba imaginar un oso polar.

Carsten Höller (octubre 2006-abril 2007).

El tobogán Test Site trajo algún quebradero de cabeza a la Sala de Turbinas. Arreciaron las críticas. Aquello parecía un parque de atracciones y, encima, alguien se podía abrir la testa. Los puristas empezaban a sospechar que el espectáculo de feria se había adueñado del museo. Pero con estos golpes de talonario la Tate fue engordando en cifras de visitantes, en peregrinaciones. ¿Qué quieren que les diga? Yo no me tiré por el tobogán, por si acaso, pero me pareció bien aquello de sacar la lengua a los estirados puristas.

Doris Salcedo (octubre 2007-abril 2008).

La famosa grieta de la artista colombiana (recién galardonada con el Premio Velázquez) también fue pasto de la críticas más especulativas. Shibboleth se llamaba aquella teatral idea, y la cicatriz aún se puede ver en el suelo de la Sala de Turbinas. Unos dijeron que era una metáfora fácil; otros, que era efectista. Otros que si una grieta en el suelo era arte (planteamiento igual al de «esto lo pinta mi niño»). A mi me gustó. Yo voy a la Sala de Turbinas a que me dejen con la boca abierta, a que haya un terremoto bajo mis pies.

Gonzalez-Foerster (octubre 2008- abril 2009).

Llegó esta artista francesa a hacer lo impensable: conseguir que su intervención haya sido la menos fotografiada de cuantas han pasado por aquí. La de Nauman se podía llevar la palma, porque no había nada que retratar (la nada, el sonido, lo intagible), pero vino Dominique Gonzalez-Foerster y le superó. El espectáculo perdía en intensidad. TH. 2058 quería ser una reflexión futurista, recién salida de una película de ciencia-ficción. Su araña gigantesca recordaba a las de Louise Bourgeois.

Miroslaw Balka (octubre 2009-abril 2010).

Ha sido el último y ha cerrado la década. Sin embargo, su teatral pieza (How is it) no va a estar presente para celebrar el aniversario de la Tate. Se habrá desmontado ya a la espera de que llegue el siguiente, Ai Wei Wei (para octubre de este año). Aún tengo muy reciente la visita a la pieza de Balka. Un gran cajón metálico en cuyo interior reina una oscuridad sin límites. Supone una vuelta a los orígenes, a la quintaesencia. Aunque el público se haya empeñado en hacer de este agujero negro un divertimento (la costumbre aquí sembrada con muy buenos resultados), su interior resultaba agónico, asfixiante.

Laura Revuelta: El espectáculo debe continuar, ABCD Las Artes y Las Letras, nº 948, 09 de mayo de 2010

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