Etiquetado: TEMA EL ARTE BARROCO

CÓMO SE HACE EL COMENTARIO DE UNA ESCULTURA EN HISTORIA DEL ARTE, EJEMPLO "APOLO Y DAFNE" DE BERNINI

CÓMO SE HACE EL COMENTARIO DE UNA ESCULTURA EN HISTORIA DEL ARTE, EJEMPLO "APOLO Y DAFNE" DE BERNINI

I. INTRODUCCIÓN
La obra Apolo y Dafne (1622-1625) del gran escultor barroco Gian Lorenzo Bernini es una  escultura exenta de carácter mitológico realizada en mármol para el palacio del cardenal Borguese en Roma.

Apolo y Dafne. Bernini. Galeria Borguese, Roma.

II. TEMÁTICA
Según Ovidio, Eros se enfadó con Apolo por burlarse de su dominio del arco, por lo que decidió lanzarle una flecha de amor con la punta de oro, y una flecha de rechazo con la punta de plomo a la ninfa Dafne. Apolo persiguió a la ninfa por los bosques hasta que se vio acorralada y pidió ayuda a su padre, el río Peneo, que la transformó en laurel (daphne en griego). Como tuvo que renunciar a la joven, Apolo decidió tejer una corona de laurel con sus hojas y llevarla siempre consigo para coronar a los poetas y a los militares victoriosos.

III. ANÁLISIS FORMAL
Los cuerpos juveniles de Apolo y Dafne se elevan sobre una base rocosa, captando una instantánea justo en el momento en que Apolo toca a su amada y ésta sorprendida comienza su metamorfosis (transformación). El conjunto tiene una composición muy dinámica visible en la curvatura que adquiere la ninfa en transformación. La tensión y el movimiento provocan que el espectador pueda intuir la secuencia de la historia a partir de un sólo instante.
El potencial dramático de la escena se refuerza creando zonas con claroscuros. Bernini trabajó hasta el más mínimo detalle con gran precisión, con una gran expresividad en los rostros y la diferenciación de texturas en el mármol: ásperas para representar las rocas y el laurel que crecen, y extremadamente suaves y pulimentadas para reforzar la sensualidad de los cuerpos.

IV. CONCLUSIÓN
Las obra de Bernini se considera el paradigma de la escultura barroca, oscureciendo el trabajo de cualquier escultor contemporáneo, gracias a una técnica insuperable, que marcó el devenir de la escultura hasta el s. XVIII. Algunas obras destacadas del autor son el David, la Piedad, el rapto de Proserpina, el éxtasis de Santa Teresa y la columnata de la plaza de San Pedro. 
COMENTARIO ICONOGRÁFICO DE LA PINTURA LA FRAGUA DE VULCANO, DE VELÁZQUEZ

COMENTARIO ICONOGRÁFICO DE LA PINTURA LA FRAGUA DE VULCANO, DE VELÁZQUEZ

Para entender el significado de una obra de arte como «La fragua de Vulcano» de Diego Velázquez, tenemos que recurrir a las fuentes clásicas. En ellas aparecen los mitos de una forma fragmentada, entremezclados con narraciones y diálogos. En este caso debemos explorar «La Odisea» de Homero, donde se explica con detalle el episodio del que se plasma un instante concreto, de una forma teatral y dramática propia del arte Barroco. Todos los protagonistas de esta historia de engaño amoroso, adulterio, castigo y venganza son dioses del Olimpo: Hefesto-Vulcano, Afrodita-Venus, Ares-Marte, Apolo-Sol, Zeus-Júpiter, Posidón-Neptuno, Hermes-Mercurio. 
 A continuación se cita el fragmento de la Odisea que hace referencia al cuadro. Puede observarse que Velázquez no es completamente fiel al relato y se toma pequeñas licencias con el fin de aumentar el efecto dramático. Por ejemplo la inclusión de los ayudantes de Hefesto-Vulcano en una fragua con referencias a la época del pintor; o la ubicación de Hefesto trabajando en vez de en su casa. Todo ello con el propósito de mejorar la composición de la escena y aumentar el efecto dramático del instante en el que Apolo-Sol le cuenta al marido la infidelidad de su mujer.

 LA FRAGUA DE VULCANO, VELÁZQUEZ. Fuente: http://arteparaninos.blospot.com
Preludiaba el cantor bellamente en la lira su canto
del amor de Afrodita, de hermosa diadema, y de Ares
que en la casa de Hefesto a hurtadillas se unieron un día
tras pagar ricamente el amante la infamia del lecho
del señor del hogar: más el Sol fue a contárselo a éste,
pues los vio desde arriba a los dos en amor abrazados.
Cuando Hefesto escuchó su punzante relato, a la fragua
el camino emprendió meditando en el fondo del pecho
mil desastres; montó sobre el banco un gran yunque y a golpes
unas trabas labró sin engarces, ni fallas capaces
de aguantar cualquier fuerza. Tramado el engaño y en ira
contra Ares, al cuarto marchó donde estaba su lecho;
a los pies que sostén le prestaban y todo en redondo
sujetó aquellos lazos, mas otros colgó en la techumbre
cual finísima tela de araña, invisible a los ojos
de las mismas deidades felices, ardid sin parejo.  
Viendo ya alrededor de la cama tendido el engaño,
simuló que marchaba hacia Lemnos, la sólida plaza
asentada en la tierra, por él preferida entre todas.
Pero Ares de riendas de oro en despierta vigilia
le observaba y al ver como Hefesto, el artífice insigne,
del camino salía, marchó en derechura a sus casas
anhelante de amor por la hermosa Citera. La diosa
regresaba de ver a su padre, el Cronión poderoso,
y no bien se sentó cuando Ares entró en la morada.
Con la mano tomando su mano le habló de este modo:
«Ven al lecho, querida, gocemos en él descansados,
pues Hefesto no está por aquí; no hace mucho que a Lemnos
se marchó a visitar a los sintis de bárbara lengua.»
Tal diciendo agradable le hizo el yacer a su lado
y marchando los dos ocuparon el lecho: al instante
se corrieron los lazos que urdiera el ingenio de Hefesto
y no más se pudieron mover ni estirar pie ni mano.
Comprendieron entonces que estaban cogidos y a un tiempo
acercábase a ellos el ínclito cojo, emprendido
el regreso a mitad del camino de Lemnos: su nueva
desventura había oído del Sol, su seguro vigía.
A sus casas tornaba llevando la angustia en el pecho
y paró en el umbral dominado por ira salvaje,
invocando con gritos furiosos a todos los dioses:
«Padre Zeus, dioses todos de vida feliz, inmortales,
contemplad estas obras risibles, mas ya intolerables,
cómo, siendo yo cojo, Afrodita, nacida de Zeus,
me deshonra sin tregua en su amor el maléfico Ares
por ser él agraciado y tener buenas piernas. Y es cierto
que lisiado nací, mas la culpa ¿quién otro la tiene
que mi padre y mi madre? ¡Pudieran no haber engendrado!
Mas veréis a esos dos cómo yacen en junto amorosos
y a mi lecho subidos. ¡Dolor que me toma al mirarlos!
Tardarán, bien de cierto, en poder variar de postura
por amor que se tengan y pronto vendrán a cansarse
uno y otro de estar en la cama, mas no ha de soltarlos
ese ardid y atadura hasta tanto que el padre me vuelva
cuanto yo le entregué por la cínica moza, que tiene
hija hermosa, en verdad, pero bien disoluta.» Así dijo
y a su hogar de broncíenos portales vinieron los dioses:
llegó allí Posidón, el que abraza las tierras, y Hermes
saludable, y el rey que dispara de lejos, Apolo,
porque sólo a las diosas retuvo el pudor en sus casas.
Y de pien en el umbral los eternos dadores de bienes,
una risa sin fin levántose en sus almas felices
observando las trazas del hábil Hefesto: y alguno
murmuró de este modo mirando al que estaba a su lado:
«Las maldades no triunfan y el lento adelanta al ligero:
así Hefesto con ser tan pesado le dio caza a Ares,
que es el dios más veloz del Olimpo; valiéndose de astucias,
pues es cojo, y el otro le habrá de pagar su adulterio.»
De este modo entre sí conversaban los dioses y Apolo
el augusto, nacido de Zeus, hablábale a Hermes:
«¡Dime, oh Hermes divino, de bienes dador, mensajero!
¿Tú quisieras también, aun sujeto por trabas tan recias,
en sus lechos al lado dormir de Afrodita dorada?»
Contestándole dijo, a su vez, el heraldo Argifonte:
«¿Ojalá fuera así, flechador rey Apolo, y sujeto
por cadenas tres veces más duras que aquél, y aun a vista
de vosotros los dioses y a un tiempo de todas las diosas
consiguiera yo al lado dormir de Afrodita dorada!«
Tal habló y en los dioses eternos brotó una gran risa.
Posidón quedó serio; no obstante, le instaba sin tregua
el artífice Hefesto glorioso a dejar libre a Ares
y, volviéndose a él, le decía en aladas palabras:
«Desanúdalo: yo te prometo ante todos los dioses
que te habrá de pagar cuanto es justo según tú lo pides.»
A su vez replicándole dijo el perínclito cojo:
«Posidón, que la tierra rodeas, no exijas tal cosa,
COMENTARIO ICONOGRÁFICO DE LA PINTURA LA FRAGUA DE VULCANO, DE VELÁZQUEZ

COMENTARIO ICONOGRÁFICO DE LA PINTURA LA FRAGUA DE VULCANO, DE VELÁZQUEZ

Para entender el significado de una obra de arte como «La fragua de Vulcano» de Diego Velázquez, tenemos que recurrir a las fuentes clásicas. En ellas aparecen los mitos de una forma fragmentada, entremezclados con narraciones y diálogos. En este caso debemos explorar «La Odisea» de Homero, donde se explica con detalle el episodio del que se plasma un instante concreto, de una forma teatral y dramática propia del arte Barroco. Todos los protagonistas de esta historia de engaño amoroso, adulterio, castigo y venganza son dioses del Olimpo: Hefesto-Vulcano, Afrodita-Venus, Ares-Marte, Apolo-Sol, Zeus-Júpiter, Posidón-Neptuno, Hermes-Mercurio. 
 A continuación se cita el fragmento de la Odisea que hace referencia al cuadro. Puede observarse que Velázquez no es completamente fiel al relato y se toma pequeñas licencias con el fin de aumentar el efecto dramático. Por ejemplo la inclusión de los ayudantes de Hefesto-Vulcano en una fragua con referencias a la época del pintor; o la ubicación de Hefesto trabajando en vez de en su casa. Todo ello con el propósito de mejorar la composición de la escena y aumentar el efecto dramático del instante en el que Apolo-Sol le cuenta al marido la infidelidad de su mujer.

 LA FRAGUA DE VULCANO, VELÁZQUEZ. Fuente: http://arteparaninos.blospot.com
Preludiaba el cantor bellamente en la lira su canto
del amor de Afrodita, de hermosa diadema, y de Ares
que en la casa de Hefesto a hurtadillas se unieron un día
tras pagar ricamente el amante la infamia del lecho
del señor del hogar: más el Sol fue a contárselo a éste,
pues los vio desde arriba a los dos en amor abrazados.
Cuando Hefesto escuchó su punzante relato, a la fragua
el camino emprendió meditando en el fondo del pecho
mil desastres; montó sobre el banco un gran yunque y a golpes
unas trabas labró sin engarces, ni fallas capaces
de aguantar cualquier fuerza. Tramado el engaño y en ira
contra Ares, al cuarto marchó donde estaba su lecho;
a los pies que sostén le prestaban y todo en redondo
sujetó aquellos lazos, mas otros colgó en la techumbre
cual finísima tela de araña, invisible a los ojos
de las mismas deidades felices, ardid sin parejo.  
Viendo ya alrededor de la cama tendido el engaño,
simuló que marchaba hacia Lemnos, la sólida plaza
asentada en la tierra, por él preferida entre todas.
Pero Ares de riendas de oro en despierta vigilia
le observaba y al ver como Hefesto, el artífice insigne,
del camino salía, marchó en derechura a sus casas
anhelante de amor por la hermosa Citera. La diosa
regresaba de ver a su padre, el Cronión poderoso,
y no bien se sentó cuando Ares entró en la morada.
Con la mano tomando su mano le habló de este modo:
«Ven al lecho, querida, gocemos en él descansados,
pues Hefesto no está por aquí; no hace mucho que a Lemnos
se marchó a visitar a los sintis de bárbara lengua.»
Tal diciendo agradable le hizo el yacer a su lado
y marchando los dos ocuparon el lecho: al instante
se corrieron los lazos que urdiera el ingenio de Hefesto
y no más se pudieron mover ni estirar pie ni mano.
Comprendieron entonces que estaban cogidos y a un tiempo
acercábase a ellos el ínclito cojo, emprendido
el regreso a mitad del camino de Lemnos: su nueva
desventura había oído del Sol, su seguro vigía.
A sus casas tornaba llevando la angustia en el pecho
y paró en el umbral dominado por ira salvaje,
invocando con gritos furiosos a todos los dioses:
«Padre Zeus, dioses todos de vida feliz, inmortales,
contemplad estas obras risibles, mas ya intolerables,
cómo, siendo yo cojo, Afrodita, nacida de Zeus,
me deshonra sin tregua en su amor el maléfico Ares
por ser él agraciado y tener buenas piernas. Y es cierto
que lisiado nací, mas la culpa ¿quién otro la tiene
que mi padre y mi madre? ¡Pudieran no haber engendrado!
Mas veréis a esos dos cómo yacen en junto amorosos
y a mi lecho subidos. ¡Dolor que me toma al mirarlos!
Tardarán, bien de cierto, en poder variar de postura
por amor que se tengan y pronto vendrán a cansarse
uno y otro de estar en la cama, mas no ha de soltarlos
ese ardid y atadura hasta tanto que el padre me vuelva
cuanto yo le entregué por la cínica moza, que tiene
hija hermosa, en verdad, pero bien disoluta.» Así dijo
y a su hogar de broncíenos portales vinieron los dioses:
llegó allí Posidón, el que abraza las tierras, y Hermes
saludable, y el rey que dispara de lejos, Apolo,
porque sólo a las diosas retuvo el pudor en sus casas.
Y de pien en el umbral los eternos dadores de bienes,
una risa sin fin levántose en sus almas felices
observando las trazas del hábil Hefesto: y alguno
murmuró de este modo mirando al que estaba a su lado:
«Las maldades no triunfan y el lento adelanta al ligero:
así Hefesto con ser tan pesado le dio caza a Ares,
que es el dios más veloz del Olimpo; valiéndose de astucias,
pues es cojo, y el otro le habrá de pagar su adulterio.»
De este modo entre sí conversaban los dioses y Apolo
el augusto, nacido de Zeus, hablábale a Hermes:
«¡Dime, oh Hermes divino, de bienes dador, mensajero!
¿Tú quisieras también, aun sujeto por trabas tan recias,
en sus lechos al lado dormir de Afrodita dorada?»
Contestándole dijo, a su vez, el heraldo Argifonte:
«¿Ojalá fuera así, flechador rey Apolo, y sujeto
por cadenas tres veces más duras que aquél, y aun a vista
de vosotros los dioses y a un tiempo de todas las diosas
consiguiera yo al lado dormir de Afrodita dorada!«
Tal habló y en los dioses eternos brotó una gran risa.
Posidón quedó serio; no obstante, le instaba sin tregua
el artífice Hefesto glorioso a dejar libre a Ares
y, volviéndose a él, le decía en aladas palabras:
«Desanúdalo: yo te prometo ante todos los dioses
que te habrá de pagar cuanto es justo según tú lo pides.»
A su vez replicándole dijo el perínclito cojo:
«Posidón, que la tierra rodeas, no exijas tal cosa,
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