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El nuevo Museo Toulouse-Lautrec de Albi reabre el 2 de abril

El nuevo Museo Toulouse-Lautrec de Albi reabre el 2 de abril

Vista de la ciudad de Albi, con el Museo Toulouse-Lautrec en primer plano. © Mairie d'Albi, Tarn, France

Nadie como él supo retratar el París bohemio de finales del XIX: sus cafés, teatros, cabarets, burdeles… Es uno de los pintores más queridos por el público. Quizás su leyenda en torno a la vida atormentada que llevó a causa de una anomalía congénita que impedía que sus huesos crecieran con normalidad y deformó su cuerpo, aumentada por esa otra leyenda que siempre acompañó a la bohemia artística parisina de principios del siglo XX —una vida de excesos, entre alcohol, cabarets y burdeles—, han hecho de Henri Toulouse-Lautrec todo un mito de la Historia del Arte.

Nació el 28 de noviembre de 1864 en la localidad francesa de Albi en el seno de una familia aristócrata. Tras su muerte, en 1901, su madre, la condesa Adèle de Toulouse-Lautrec, quiso perpetuar la memoria de su hijo en su ciudad natal dedicándole un museo con su nombre. Para ello legó generosamente un número importante de obras. En 30 de julio de 1922 se inauguraba la llamada entonces Galería Toulouse-Lautrec en el Palacio de la Berbie (siglo XIII) de Albi, preciosa ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2010. El museo atesora un millar de obras de Toulouse-Lautrec, además de piezas de otros artistas.

Sala de retratos del museo. © François Giubilato

De castillo fortificado a palacio episcopal

Este lugar fue en su origen un castillo fotificado, pero con el tiempo se convirtió en palacio episcopal. Fue declarado monumento histórico en 1862. Hace once años se acometió una profunda renovación y ampliación, que ya ha concluido. El próximo día 2 reabren los espacios remozados en el espléndido Palacio Episcopal, situado muy cerca de la Catedral de Santa Cecilia. La vecina Toulouse ha invertido en los trabajos 38 millones de euros, informa Efe. En declaraciones a esta agencia, la directora del museo, Danièle Devynck, comenta que «la mirada de Toulouse-Lautrec era la de un testigo, no la de un juez, y eso constituyó una revolución. En cierta forma, recuerda a Goya, que se limitaba a dar testimonio de lo que veía».

El palacio adolecía de múltiples carencias en materia de conservación, normas de seguridad, talleres técnicos, servicios para el público, salas de exposiciones temporales, departamento pedagógico… Se convocó un concurso internacional en 1997 para la renovación del museo, resultando ganador el equipo de arquitectos Dubois et Associés. La restauración del palacio ha permitido su renacimiento. Las obras comenzaron en 2001 y han durado once años.

«Femme qui tire son bas», 1894. © COLLECTION MUSÉE TOULOUSE-LAUTREC, ALBI

Obras principales

Las maravillosas salas medievales del palacio acogen la obra de Toulouse-Lautrec, que se distrubuye siguiendo criterios tanto cronológicos, como temáticos. El Museo de Albi atesora la colección más importante de este artista en todo el mundo. Más de mil obras, entre cuadros, litografías, dibujos y estudios preparatorios, carteles… Se exhiben unas 200 obras, algunas tan célebres como «Mujer subiéndose las medias», la «Anglaise du Star», «La modista» o «El diván japonés». No faltan sus cuadros de juventud, retratos (como el que le hizo a su madre en el salón del castillo de Malromé entre 1886 y 18887), escenas del Montmartre bohemio, de los teatros y cabarets de París, de sus burdeles…

Una sala reúne los carteles consagrados por el artista francés a las estrellas de la noche parisina. En lugares tan míticos como el Moulin Rouge, el Mirliton, el Moulin de la Galette o Le Chat Noir conoció y retrató a empresarios, cantantes, bailarinas, actrices, vedettes, prostitutas… Es el caso de Yvette Guilbert (con sus inseparables guantes largos negros), Jane Avril, May Belfort, La Goulue, Aristide Bruant (cantante y dueño del Mirliton, al que retrató con capa y sombrero negros y una bufanda roja al cuello), Valentín «el deshuesado», Cha-U-Kao… El museo ha ido enriqueciendo sus fondos con compras como las de la colección de Maurice Joyant, amiga de Toulouse-Lautrec. También cuenta entre sus fondos con préstamos y depósitos del Museo d’Orsay de París, así como con una colección de arte antiguo, con obras de Francesco Guardi, Georges de La Tour…

Retrato de Henri Toulouse-Lautrec tomado en 1892. © MUSÉE TOULOUSE-LAUTREC, ALBI

Nuevos espacios

Las salas de la primera planta, situadas alrededor del Patio de Honor, acogerán el final del recorrido por la obra de Toulouse-Lautrec. En la segunda planta se exhiben las colecciones de arte moderno: Degas, Bonnard, Vuillard… El ala Stainville albergará el gabinete de dibujos. En el sótano se ha instalado una sala de exposiciones temporales de 470 metros cuadrados, con tres pequeños gabinetes y una galería de presentación de obras de pequeño formato. La primera muestra temporal, que se inaugura el 26 de mayo, estará dedicada a los maestros de la estampa japonesa. Ya en septiembre se abrirá la muestra «La Belle Époque de Jules Chéret». Está considerado el padre del cartel artístico. El nuevo museo cuenta con auditorio, almacenes, talleres pedagógicos, centro de documentación, tienda… Su web: www.museetoulouselautrec.net

«Aristide Bruant en su cabaret», 1892. © F. Pons, MUSÉE TOULOUSE-LAUTREC, ALBI
«Au salon de la rue des Moulins». © F. Pons, MUSÉE TOULOUSE-LAUTREC, ALBI
«L'Anglaise du Star», 1899. © F. Pons, MUSÉE TOULOUSE-LAUTREC, ALBI

Natividad Pulido, Madrid: El nuevo Museo Toulouse-Lautrec de Albi reabre el 2 de abril, ABC, 28 de marzo de 2012

La chica del Moulin Rouge

La chica del Moulin Rouge

Jane Avril, retratada por Henri Toulouse-Lautrec.

París era una fiesta, el barrio de Montmartre hipnotizaba a las clases altas con sus colores y sus bailes voluptuosos, la despreocupación era una forma de vida. Los artistas y bohemios también se vieron atraídos por las luces de la capital francesa, centro de la modernidad, y entre ellos llegó un joven de provincias, Henri Toulouse-Lautrec.

Toulouse-Lautrec quedó fascinado por la vida nocturna de los cabarets y, sobre todo por la que sería la musa de su obra, la bailarina Jane Avril llamada ‘la melinite’ (como una sustancia explosiva). El 18 de septiembre acabará la exposición de la Courtauld gallery de Londres ‘Toulouse-Lautrec Jane Avril: Más allá del Moulin Rouge’, que ‘narra’ la relación entre el pintor, la cabaretera y el Moulin Rouge.

Jane Avril fue la hija de un marqués y su amante conocida como ‘La Belle Elise’, que fue repudiada cuando quedó embarazada. Hija bastarda, Jane fue maltratada por su madre alcohólica hasta los 13 años, cuando se escapó de casa e ingresó en un sanatorio. Y fue allí donde comenzó a bailar.

A los 20 años ya había enamorado a escritores como René Boylesve y era la estrella del Moulin Rouge, donde Toulouse-Lautrec quedó fascinado por su forma de bailar. Era uno de las caras del cancán, la gran moda en Montmartre, la expresión de aquellos años de despreocupación y contorsiones. Jane Avril conseguía destacar por su exotismo y sus contorsiones. Se decía que cuando estaba en el escenario parecía ‘una orquídea frenética’. Sin embargo, también se cuenta que había algo melancólico y lánguido en sus maneras.

Jane y el pintor fueron grandes amigos y, de hecho, en la exposición se pueden ver algunas de las cartas que se mandaron. Nunca fueron amantes. Pero su impacto fue fue la protagonista de varios de sus cuadros como el retrato que lleva su nombre o ‘Jane Avril en los jardines de París’ y de los carteles que los dueños del cabaré le pidieran para promocionar los espectáculos. Los carteles que le dieron su primera fama en París.

Su momento de plenitud fue corto. Henri murió a los 36 años, víctima de su alcoholismo y Jane murió en los años 40, pobre y sola, abandonada por su marido, un pintor alemán de comportamiento errático en en un asilo. Su historia inspiró los personajes que Zsa Zsa Gabor y Nicole Kidman en las dos películas que se han titulado ‘Moulin Rouge’.

Beatriz Santamaría | Madrid: La chica del Moulin Rouge, EL MUNDO, 26 de agosto de 2011

Elogio de las amantes

Elogio de las amantes

Resulta que el tópico fue verdadero: muchas de las musas que los pintores, generalmente varones, retrataban eran sus amantes. En las grandes obras de arte occidentales se pueden apreciar ya no solo a sus ‘queridas’ sino también a sus novias, esposas e incluso a las prostitutas que frecuentaban. Así, al menos lo explica Juliet Heslewood en su último libro, ’40 grandes artistas retratan a sus amantes’ (Blume).

'Le déjeuner sur l'herbe', Edouard Manet. | Musée d'Orsay, París

Y para que se conservara el misterio, los títulos de los cuadros nunca dejaban ver del todo quiénes eran en realidad sus modelos: ‘Mujer costurera’, ‘Chicas bañándose’ o, simplemente ‘Reposo’ son algunos de sus nombres, como si no fueran ellas las protagonistas de las obras. Obras que, en muchas ocasiones acaban teniendo gran renombre pese a que no sepamos a ciencia cierta quiénenes son esas figuras que se esconden tras el lienzo. Una clara característica es la intimidad que se aprecia en muchas de ellas. Esa complicidad que el artista sólo puede tener con compañeras de juegos y de alma.
'La ninfa sorprendida', Edouard Manet. | Museo Nacional Bellas Artes de Argentina
Estas relaciones ‘especiales’ se pueden apreciar en la obra de Edouard Manet, ‘La ninfa sorprendida’ (1861, dos años antes de la célebre ‘Olympia’). La pieza, de composición clásica, muy diferente a su chocante ‘Déjeuner sur l’herbe’ (‘Almuerzo sobre la hierba’), muestra una escena contemporánea de picnic campestre con una mujer desnuda que mira directamente al espectador.Todo en la obra gira en torno a la protagonista, que está mucho más iluminada que el resto de elementos y personajes de lienzo.

El cuadro, que se basa en hechos históricos, muestra a la modelo del artista, Victorine Meurend, sobre las telas de lo que podría ser su vestido. Se dice que en realidad Meurend era una pintora en ciernes que buscaba introducirse de cualquier forma en el mundo de la pintura y que mejor manera que trabajando – aunque fuera posando- con el maestro Manet. La mayor parte de la calidad erótica de la obra se debe a que, según los rumores, Manet era su amante pese a estar casado con Suzanne Leenhoff.

En ellibro de Juliet Heslewood que trata sobre artistas que pintaron a sus amantes, la autora habla de una de las historias más tristes: la de Francisco de Goya y su amante Leocadia Weiss (Leocadia Zorrilla), gran protagonista en sus cuadros, en especial en su época más negra, en la Quinta del Sordo. La mujer es la protagonista de ‘La Leocadia’ (1819-1823), realizada pocos años antes de morir, y que es considerada un auténtico rompecabezas.

En ella, la amante aparece vestida de manola, con velo y traje negro, y apoyada en lo que, según los estudios sería la (entonces futura) tumba del pintor. Según los análisis a través de rayos X, Goya habría dibujado en un principio una chimenea que luego cambiaría por la sepultura. La expresión de la mujer, de luto riguroso, denota tristeza. Tras la muerte de Goya, Weiss se vio excluida de la última voluntad del artista por herededos más directos por tanto, se presupone que, esta obra'Diana' de Auguste Renoir. | National Gallery de Washington era una advertencia a la propia Leoncia de que su viudedad no iba a ser un camino de rosas.

Otras amantes jugaron sus cartas con más inteligencia. Lise Tréhot tenía 17 años y unos cuántos kilos de más cuando conoció a Auguste Renoir en Fontainebleau. Tréhot fue una pieza clave en su obra, donde aparece desnuda en diversas ocasiones. Este ambiente pintoresco que se respiraba en los bosques de las afueras de París era el preferido de muchos de los artistas calificados como impresionistas. Una revolución de la época fue la pintura ‘en plein air’, que consistía en capturar la luz natural. Renoir comenzó a investigar este método con las pinturas que realizaba a Tréhot, aunque en muchas ocasiones no tuvo éxito.

Como su colega Manet, Renoir mitificaba en sus obras a su amante. Uno de sus cuadros, ‘Diana cazadora’, fue rechazado por los miembros del jurado en el Salón de París que, horrorizados, no permitieron que se mostrara el cuerpo desnudo de la joven, ya que reflejaba más a una adolescente que a una diosa. Pero Renoir no desistió. En la siguiente pintura de su amante, ‘Lise con un parasol’ (1867), el artista la dibujó de nuevo en el bosque; en esta ocasión vestida.

El cuadro, muestra una cierta distancia entre modelo y pintor, por lo que no se deduce que esta era su amante. Su piel blanca se protege del cálido sol con una sombrilla y, pese a que el vestido le cubre el cuerpo, se sigue apreciando la anatomía abundante de Lise. Pero, ¿le importaba a Renoir lo que opinara Tréhot? Su musa era aún poco más que una adolescente que acabaría dolidísima y humillada públicamente por su amante, por la prensa y por los artistas contemporáneos parisinos de la época. En 1872, la joven cortó todo contacto con el artista y se casó con un joven arquitecto con el que rehizo su vida.

Todos estos ejemplos construyen sospechas de cómo elegían los artistas a sus musas femeninas. Pintar a una mujer o a una hermana sería lo más obvio para evitar comentarios injuriosos. pero el problema era que, la respetable mujer que se colocara en el objetivo veía, en la mayoría de las ocasiones, su reputación empañada. Por tanto, la forma más fácil era buscar a mujeres que no tenían nada que perder y sí algo que ganar: acercarse al mundo de la pintura, tener el amor de un artista o simplemente obtener un plato de comida caliente en la mesa.

Con esto se aprecia que las amantes de los artistas tenían una gran habilidad para cuidar de ellas mismas. Uno de estos ejemplos sería el caso de Suzanne Valadon que tenía encuentros con Henri de Toulouse-Lautrec en París. La joven, pintora francesa, era hija de una lavandera y vivía en el mismo edificio que el artista. Durante años era su ‘favorita’ y el pintor la utilizaba como tema recurrente debido a que era asidua de los bares de mala reputación de Montmartre. Por tanto, era un claro reflejo de la vida más baja del barrio parisino, como se aprecia en su retrato, con cara triste, ‘La resaca’ (1888).

Paula Juan | Madrid: Elogio de las amantes, EL MUNDO, 28 de diciembre de 2010

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