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Hitler y Napoleón, ladrones del ‘cordero’

Hitler y Napoleón, ladrones del ‘cordero’

El retablo de la catedral de Gante, de Jan van Eyck, es la obra más robada de la historia del arte. Despedazado, rapiñado y falsificado, en seis siglos ha pasado por decenas de manos, incluidas las de Bonaparte y el Führer, obsesionados por el saqueo artístico.

Napoleón y Hitler tenían cosas en común. Amaban el arte y se apropiaron de la misma presa, La adoración del cordero místico, una obra que ha sido botín de guerra tres veces, rapiñada, troceada y falsificada. Desde que en 1432 el pintor Jan van Eyck finalizara uno de sus cuadros maestros, el retablo de la catedral de Gante ha experimentado en sus seis siglos de existencia diversos cambios de manos.
El retablo de la catedral de Gante, de Jan van Eyck- FOTOGRAFÍA DE SCALA / ART RESOURCE
«Grande, muy grande, como un Júpiter olímpico», según el filósofo Hegel, solo la tabla principal del retablo (la que muestra la adoración) mide 134,3 por 257,5 centímetros. Junto al resto de paneles forma un rompecabezas. En el centro, el símbolo más codiciado, La adoración del cordero místico, muestra un campo lleno de figuras, santos, eremitas, clérigos, jueces honrados y ángeles que rinden homenaje a la figura divina. La compleja pieza, formada por 20 paneles de roble pintados unidos por un gran marco con goznes, comenzó su calvario en 1566, cuando hubo de ser desmantelado del altar de la catedral de Gante para escapar de los ataques iconoclastas calvinistas. Dos siglos más tarde fue trasladado a París como trofeo de guerra. En 1800, seis paneles de los laterales fueron partidos por la mitad para ser vendidos. La pieza estuvo en las garras nazis durante la Segunda Guerra Mundial, escondida dentro de una mina de sal hasta que fue «liberada» por los aliados. Hoy el altar de Gante sigue orgulloso en el lugar para el que fue creado.
Símbolos, miniaturas, cada rostro, cada mano de las que pintó Van Eyck es un tesoro que pide a gritos ser descifrado. Y a eso se ha lanzado un historiador del arte, profesor en la Universidad Americana de Roma, Noah Charney (1979, Connecticut, EE UU), con su fascinante obra de investigación, Los ladrones del cordero místico, publicada en España por Ariel.
Formado en Reino Unido, en el Courtauld Institute de Londres y en la Universidad de Cambridge, Charney saltó a la escritura ideando una novela, El ladrón de arte, que fue best seller mundial, publicado en 2007. El éxito le llevó a fundar ARCA, una asociación sin ánimo de lucro que investiga los delitos contra el arte. Charney asegura que lo que le atrajo del retablo fue «conocer que era la pieza más robada de todos los tiempos». Viajó a Gante y sus dos pasiones, «la historia del arte y la historia de los delitos artísticos», coincidieron.
De Jan van Eyck es misterioso hasta su nacimiento; unos lo datan en 1380, otros, en 1385. Fue cortesano, embajador y agente secreto al servicio de los duques de Borgoña. Pintor de obra corta solo se le atribuyen con certeza 25 pinturas. Entró en la leyenda cuando el pintor florentino Vasari le adjudicó la invención de la pintura al óleo. No era cierto, pero la técnica empleada por Van Eyck, un mago, un alquimista, explotó al máximo las posibilidades de aquella nueva mezcla de aceites y pigmentos.
El retablo de Gante, la última obra de la Edad Media y la primera pintura del Renacimiento, es, según Pilar Silva, jefa del departamento de pintura flamenca del Museo del Prado, excepcional. «Ha sido tan apreciado porque es una obra maestra. Por sus dimensiones, porque no es un retablo al uso, además es un encargo que no está hecho ni por la Iglesia ni por el duque de Borgoña, es un encargo que inicialmente se hace a Hubert van Eyck, su hermano, por Joos Vijd y su esposa Elisabeth Borluut, los mayores patricios de Gante».
Una pieza excepcional que atrae a los ladrones. Charney afirma que la historia de los robos de arte es la de la captura de los símbolos. «En los robos en los que ha estado envuelta la obra de Van Eyck muy pocos han estado motivados por un provecho económico. Los estudiosos del arte raramente debaten sobre los robos de arte como un drama psicológico humano, un tira y afloja entre la propiedad ligada con motivaciones religiosas, políticas y sociales provocadas por el arte en un camino que ningún otro objeto inanimado sostiene. El retablo de Gante es el foco ideal para examinar el fenómeno».
Uno de los más famosos hijos de Gante, el emperador Carlos V, nunca se fijó en la obra maestra de Jan van Eyck, pero sí lo hizo su hijo, Felipe II, que logró que le permitieran hacer una copia del retablo y la tuvo en uno de sus palacios, en el Alcázar de Madrid. Más tarde sació su anhelo de poseer una obra de Van Eyck cuando María de Hungría le legó el famoso retrato del matrimonio Arnolfini, hoy en la National Gallery de Londres.
Flandes era un campo de batalla para los imperios europeos. En el siglo XVIII, bajo la dominación de los austriacos, Gante volvió a conocer tiempos de esplendor. El emperador José II de Bohemia y Hungría viajó a Gante y la imagen de Adán y Eva en el retablo, tan realistas y desnudos, hirieron su sensibilidad. Ordenó que aquellos paneles fueran sustituidos por unas copias exactas en la que los cuerpos se cubrieron con pieles de oso. Al retablo le aguardaba una nueva prueba, la de Napoleón Bonaparte en su paseo militar por Europa. Cuando las tropas del general llegaron a Gante, los paneles centrales de La adoración del cordero místico fueron a parar a manos del Ejército francés y de allí, directos, al Museo del Louvre.
Vencido Napoleón, el retablo volvió a Gante, aunque duró poco en el altar. En diciembre de 1816, volvió a ser desmembrado. Aprovechando la ausencia del obispo, el vicario de la catedral de San Bavón robó los seis paneles de las alas del retablo (cada panel pesa entre sesenta y cien kilos). El avispado marchante Nieuwenhuys compró el retablo robado por 3.000 florines (unos 3.800 euros) y se los vendió a un coleccionista inglés, Edward Solly, que se los llevó a Berlín. En 1821, el rey de Prusia, Federico Guillermo III, compró toda la colección de Solly y los paneles del retablo de Gante, cortados verticalmente para que el anverso y el reverso pudieran verse desde un solo ángulo, pasaron a ser exhibidos en el Museo del Káiser en Berlín. La I Guerra Mundial trajo más peripecias para un retablo que era ya epopeya nacional. Finalizada la contienda, la iglesia de Gante recuperó los paneles laterales. En 1934, parte del retablo volvió a ser robado. En esta ocasión se llevaron el panel de los Jueces justos a caballo. Los ladrones pidieron un millón de francos belgas de rescate. Nunca apareció y en 1939 el conservador del Museo de Bellas Artes de Bruselas, Jef van der Veken, un buen pintor surrealista, especializado en los maestros flamencos del siglo XV, empezó por su cuenta a copiar el panel de los jueces desaparecidos. Van der Veken acabó la réplica en 1945 y la instaló en el retablo. Parecía auténtica. Los versos escritos en el reverso de la tabla eran todo un desafío: «Lo hice por amor / y por deber. / Y para resarcirme / tomé prestado / del lado oscuro. Firmado: Jef van der Veken».
Pero aún quedaba la última gran prueba para el cordero y su corte de ángeles: Hitler. En su delirio pensaba que el retablo guardaba un mapa en clave para encontrar los Arma Christi, los instrumentos de la Pasión de Cristo, entre ellos, la corona de espinas y la lanza. Al Führer le fascinaba el ocultismo, y buscaba el Santo Grial y el Arca de la Alianza. El gran carnicero creía firmemente que si lograba estos objetos tendría poderes sobrenaturales. El retablo de Gante era una de las piezas más anheladas, para así sacarse la espina del Tratado de Versalles que obligó a Alemania a restituirlo a Bélgica. En mayo de 1940, un enviado del ministro nazi de propaganda, Goebbels, acudió a Gante para buscar el regalo para el Führer, pero el retablo había salido ya en dirección a Francia. Encontrarlo en los almacenes del Gobierno de Vichy no fue difícil, pero uno de sus generales, Goering, rival de Hitler en los saqueos de obras de arte, se le adelantó. Robaron la obra maestra de Van Eyck de un castillo en el sur de Francia y lo trasladaron a París. Allí se perdió su rastro.
Cuando las tropas aliadas entraron en Berlín comenzaron la búsqueda de los tesoros robados. Una pista les condujo hasta un especialista en escultura francesa, Hermann Bunjes, asesor artístico de Rosenberg, jefe de la ERR, la división nazi dedicada al saqueo de obras de arte. Bunjes reveló los lugares donde se escondían las obras robadas. El mayor alijo se encontraba en una mina de sal abandonada en los Alpes austriacos. Eran 12.000 piezas: obras de Miguel Ángel, Rafael, Vermeer, Rembrandt, Tiziano, Veronés y Van Eyck. Las custodiaba un nazi despiadado, August Eigruber. Tenía la orden de impedir que el botín del depósito de Altaussee fuera capturado y a punto estuvo de hacerlo volar por los aires. La restitución del cordero, dirigida por el general Eisenhower, a Bélgica fue épica. Los belgas lo recibieron como a un héroe nacional.
Noah Charney no despeja en su libro la incógnita de si el retablo vuelve a estar completo. «Durante seis siglos e incontables crímenes, la obra maestra de Jan van Eyck ha sobrevivido. Hoy tiene 11 de sus 12 paneles. Ha sido limpiado y analizado por el Instituto de Conservación Getty y el Gobierno flamenco. Se cree que uno de los paneles del retablo, el de los Jueces justos, robado en 1934 y que nunca se encontró, podría haber sido subrepticiamente reinstalado en la obra. Recientes análisis han probado, como pensábamos, que es una copia moderna pintada en 1940 para reemplazar el panel robado. Pero es cuestión de tiempo que se encuentre un día el original».
‘Los ladrones del cordero místico’, de Noah Charney, publicado por Ariel, sale a la venta la próxima semana.
Julia Luzán: Hitler y Napoleón, ladrones del ‘cordero’, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011
Rubens, Van Dyck y Jordaens, lo próximo del Hermitage Ámsterdam

Rubens, Van Dyck y Jordaens, lo próximo del Hermitage Ámsterdam

pintores_flamencos_en_el_hermitageDel 17 de septiembre de 2011 al 16 de marzo de 2012, el Hermitage de Ámsterdam (Países Bajos) presentará una relevante selección de la colección de arte flamenco del Museo Hermitage de San Petersburgo (Rusia). Una exposición de 75 pinturas y cerca de 20 dibujos, entre los que se encuentran numerosas obras maestras de los tres gigantes de la escuela de Amberes: Peter Paul Rubens, Antoon van Dyck y Jacob Jordaens, así como obras de sus contemporáneos más conocidos.

Con 17 cuadros y numerosos dibujos, Peter Paul Rubens (1577-1640) acaparará gran parte de la atención en esta muestra. No es de extrañar, ya que fue el más importante, talentoso e influyente de los pintores flamencos del siglo XVII. Además, se le consideraba un noble afable, un diplomático y un coleccionista, y su estudio era una empresa floreciente. Fue un fenómeno de su tiempo, un homo universalis. Tanto sus obras religiosas como las profanas ilustran su inigualable talento. Uno de los puntos culminantes es su famoso Descendimiento de la cruz (aprox. 1618), en el que Rubens representa el sufrimiento de Cristo de forma convincente y llena de dramatismo. Esta pintura nunca ha sido prestada con anterioridad.

El mejor alumno de Rubens

Su influencia y las imitaciones de que fue objeto están también muy presentes en la exposición. Los elegantes y refinados retratos de Antoon van Dyck (1599-1641), el mejor alumno de Rubens, ocupan un lugar muy importante. En torno al año 1638 retrató al monarca inglés Carlos I y a su esposa Enriqueta María, hija del rey de Francia. Van Dyck, quien llevaba algunos años como pintor de la corte real, ya había recibido el título de sir.

El tercer gran maestro de la escuela flamenca, Jacob Jordaens (1593-1678), no fue alumno de Rubens pero sí estuvo influenciado por él. Sus majestuosas pinturas permiten al que las contempla disfrutar de la chispeante alegría de vivir flamenca. Incluso sus obras históricas estaban impregnadas del ambiente flamenco.

Por primera vez en Holanda

Pájaros cantores, piezas de caza recién capturadas y ramilletes florales decoran los bodegones de Frans Snijders, pero también estarán presentes las escenas costumbristas con imágenes cotidianas que hicieron famoso a David Teniers el Joven. Hay un conmovedor retrato de familia de Cornelis de Vos. Y también obras de otros importantes pintores flamencos se mostrarán en todo su esplendor en el Hermitage de Ámsterdam.

Esta colección visita por primera vez los Países Bajos. Muchas de las obras expuestas fueron adquiridas por Catalina la Grande en el siglo XVIII. Antes, pertenecieron a exquisitas colecciones, como las de Pierre Crozat o Heinrich von Brühl. La mayoría de las pinturas fueron hechas por encargo de iglesias y por mecenas seculares de Amberes y de otras ciudades europeas. Vieron la luz en el contexto de la Guerra de los Ochenta Años y la Contrarreforma. La respuesta católica a la reforma estimuló a iglesias y a particulares a encargar obras religiosas a gran escala.

Ámsterdam. Rubens, Van Dyck & Jordaens Pintores flamencos en el Hermitage Ámsterdam. Hermitage Museum. Del 17 de septiembre de 2011 al 16 de marzo de 2012.

Van Dyck regresa a la Academia

Van Dyck regresa a la Academia

Tras su restauración, el cuadro «La Virgen y el Niño con los pecadores» se muestra en Madrid dentro de la exposición «Ecos de Van Dyck»

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ofrece, desde mañana y hasta el 26 de junio, «Ecos de Van Dyck», una exposición que se ha construido en torno al cuadro «La Virgen y el Niño con los pecadores arrepentidos». Se trata de una obra que ha vivido una trayectoria errante desde que fuera pintado por el maestro flamenco durante su estancia italiana, entre 1621 y 1627.

«La Virgen y el Niño con los pecadores arrepentidos», de Van Dyck. EFE

Adquirido por el Duque de Medina de las Torres, Virrey de Nápoles, éste se lo regaló a Felipe IV para una de sus estancias en El Escorial. Tras las guerras napoleónicas se perdió su rastro, y problemas de catalogación llevaron a la confusión sobre su autoria al ser considerado durante años una copia, atribuida al pintor Cerezo.

Restauración

En el siglo XIX llegaría en un lote a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde lo estudió durante años el profesor Díaz Padrón. Gracias a sus trabajos de investigación y a la documenación recogida, se pudo comprobar que no se trataba de una copia, si no de un original, que eso sí, precisaba ser restaurado. Labor a la que ha contribuido la Fundación CajaMurcia, que junto a la Academia han organizado ahora esta exposición —que ya ha pasado por Murcia—, donde la obra estrella de Van Dyck está acompañada por otra copia —localizada en España durante la Guerra Civil— y una radiografía de la original. Así mismo completan la muestra otros cinco lienzos, varios documentos, libros, un dibujo y seis estampas del maestro flamenco.

Elegancia

Díaz Padrón se refiere a la influencia italiana de esta obra, en la que el pintor flamenco ya se había alejado de la órbita de Rubens y se había apróximado más a Tiziano. Destaca de Van Dyck, su «elegancia» en la composición y la técnica, que ejerció una importante influencia sobre otros pintores españoles, incluido Velázquez —«en particular en su retrato del Conde Duque de Olivares»—. Tras la muerte del pintor sevillano, Van Dyck se convertiría en el gran referente de artistas como Cerezo, Escalante y Claudio Coello, pero más que a través de sus cuadros, ésta la ejercio gracias a sus grabados.

Susana Gaviña, Madrid: Van Dyck regresa a la Academia, ABC, 16 de mayo de 2011
Van Dyck dormía en la Academia

Van Dyck dormía en la Academia

Un lienzo de Anthonius van Dyck, pintor flamenco del siglo XVII cuyas obras figuran hoy entre las más cotizadas del mundo, ha sido redescubierto, autentificado y restaurado en los sótanos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde dormía un sueño centenario. Se trata de La Virgen y el Niño con los pecadores arrepentidos, pintado por Van Dyck en Italia en torno al año 1625. Hasta ahora se creía que era una copia.

El lienzo de Anthonius van Dyck, hallado y restaurado en la Real Academia de Bellas Artes.- SAMUEL SÁNCHEZ

El cuadro representa a la Virgen María con Jesús en brazos y tres figuras que, arrobadamente, les miran: una central, femenina, María Magdalena, con ropaje blanco satinado, que evoca las inconfundibles masas cromáticas de Tiziano contempladas por Van Dyck en un juvenil viaje a Italia; otra figura encarna al hijo pródigo, en un segundo plano, y la tercera, al rey David, en una composición que la finura sentimental de Van Dyck supo magistralmente trenzar para dar idea de que frente a sus tres respectivos pecados, prostitución, prodigalidad y adulterio, ante la figura de la Virgen María y de su hijo mostraban su devoto arrepentimiento. Precisamente, algunos arrepentimientos -retoques introducidos por Van Dyck para enmendar sus obras- han permitido ahora atribuir esta joya al excelso artista flamenco. Así, un paño que recubrió inicialmente el regazo de Jesús fue retirado por Van Dyck con posteriores pinceladas que hicieron aflorar carnaciones hasta entonces inexistentes.

Desde el pasado julio, las restauradoras Silvia Viana, Judith Gasca y Ángeles Solís han acometido un esmerado trabajo que ha incluido contundentes análisis de pigmentos y pruebas radiológicas. El cuadro, pintado en torno a 1625, perteneció a la colección del Duque de Medina de las Torres, en el virreinato español de Nápoles. Siguió ruta hasta Amberes, primero, para recalar en España, concretamente a la antesacristía del monasterio de El Escorial, bajo el reinado de Felipe IV, mediado el siglo XVII. En el recinto escurialense permaneció abierto a la contemplación pública hasta la invasión napoleónica de 1808 en la que, de manera sorprendente, se salvó del expolio al que fueran sometidas por la soldadesca miles de obras de arte. Tiempo después, el cuadro fue a parar a la Real Academia de Bellas Artes, en la calle de Alcalá, 13. Allí pasó a ocupar un lugar recoleto de sus almacenes, para integrarse luego en un olvidado peine, soporte de obras de arte. En 1973, Matías Díaz Padrón, futuro conservador de Arte Flamenco del Museo del Prado y máximo especialista en Van Dyck, por indicación de su maestro Diego Angulo, comenzó a columbrar en su tesis doctoral que el autor de tan magna obra era el ubérrimo artista flamenco, atribución que ahora acaba de ser confirmada tras un minucioso proceso de análisis químicos y radiológicos, «avalado por exhaustivos estudios históricos y contrastado por especialistas», según confirma el historiador del Arte José María Luzón, director del Museo de la Real Academia.

El lienzo de Anthonius van Dick, hallado y restaurado en la Real Academia de Bellas Artes.- SAMUEL SÁNCHEZ

Anthonius van Dyck nació en Amberes en 1599. Fue coetáneo de Diego Velázquez. Precisamente, se cree que el genial sevillano dejó su impronta en este cuadro del pintor flamenco. Es conocida la afección de Velázquez por redimensionar los lienzos que, como guardián de las colecciones reales, él custodiaba. «En esta obra de Van Dyck», explica José María Luzón, «se aprecia claramente que la tela fue prolongada hasta siete centímetros en su longitud inicial, hecho que permite sospechar que pudo deberse a Velázquez».

El artista flamenco, huérfano de madre desde los ocho años, se había formado en el taller de Hendrick van Balen. Su vida coexistió con la de Pedro Pablo Rubens. Tras un fértil viaje a Italia, donde estudió la pintura de los grandes maestros, Van Dyck regresó a Amberes y fue llamado a la Corte de Londres por Carlos I. Allí descollaría como uno de los mejores retratistas de todos los tiempos, maestro a la hora de representar con sus pinceles emociones tan intensas como el amor, la fe o el arrepentimiento, que tan sublimemente refleja en este tesoro pictórico ahora recobrado. La fuerza plástica, la sutileza rítmica, la finura expresiva y la singularidad instantánea que capta en sus composiciones corroboran, con las credenciales de la analítica científica aquí empleada, la certeza de su autoría.

La obra podrá ser vista en mayo en Madrid, en una exposición monográfica, Ecos de van Dyck, que la semana entrante visita la sede de Caja Murcia, entidad patrocinadora de la restauración.

Rafael Fraguas, Madrid: Van Dyck dormía en la Academia, EL PAÍS, 17 de marzo de 2011

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