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Un enigma cinematográfico tras el ‘Guernica’ de Picasso

Un enigma cinematográfico tras el ‘Guernica’ de Picasso

Una investigación del director de fotografía José Luis Alcaine
fija en ‘Adiós a las armas’, de Frank Borzage, la inspiración de la
composición del cuadro
 

El director de fotografía José Luis Alcaine.- CLAUDIO ÁLVAREZPablo Picasso no pasaba por su mejor momento cuando pintó en mayo de 1937 el Guernica. La
Guerra Civil destruía España y la II Guerra Mundial estaba a las
puertas de asolar Europa. La insistencia del Gobierno de Negrín le
empujó a aceptar el encargo para el Pabellón Español de la Exposición
Internacional de París. «Si tenemos a Picasso en cuerpo y alma, el
impacto será mayor que una batalla ganada en el frente a los fascistas»,
le atribuyen al último presidente de la República. No se equivocó, el
impacto del lienzo de 349,3 por 776,6 centímetros fue enorme. Aún hoy,
cuando se cumplen tres décadas de su llegada a España el 10 de
septiembre de 1981, sigue incrustado en la retina de nuestro tiempo.

Pero el Guernica y su simbología, sobre la que el pintor jamás
quiso pronunciarse, siguen despertando preguntas, elucubraciones e
investigaciones. La última, la del director de fotografía español José
Luis Alcaine, que el próximo 4 de octubre recibirá la Medalla de Oro de
la Academia de Cine precisamente en el Museo Reina Sofía de Madrid,
donde el cuadro se expone desde 1992. 

Alcaine, un maestro de la luz que ha trabajado en películas como La piel que habito, de Pedro Almodóvar, o El sur, de
Víctor Erice, cree que la principal inspiración de Picasso fue,
precisamente, el cine. En concreto, una secuencia de poco más de cinco
minutos de la película Adiós a las armas, de Frank Borzage, drama
antibelicista inspirado en la novela de Ernest Hemingway que se estrenó
en París en 1933 y que, fotograma a fotograma, guarda sorprendente
paralelismo con los personajes principales del cuadro. Ni Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya ni La matanza de los Santos Inocentes
de Rubens. Alcaine se lanza a una fuente de inspiración tan popular
como el mismo Hollywood en un gesto que, teniendo en cuenta la capacidad
de amplificación de todo lo que rodea al Guernica, promete abrir un debate en el arte.
En un extenso artículo publicado en la revista especializada Cameraman,
Alcaine revela los detalles de un estudio en el que trabaja desde hace
meses. La secuencia, en blanco y negro, narra el éxodo nocturno de
militares y civiles por una carretera que bombardean unos aviones. «Yo
había visto Adiós a las armas a finales de los años sesenta, en
el cineclub de TV2. Pero fue años después, cuando volví a verla en vídeo
en mi casa y salté ante la secuencia de la carretera: ¡era el Guernica!», explica.
A primera vista, tres son las imágenes que nos llevan al cuadro: la
mano blanca de dedos gruesos moribunda en el barro, los caballos
desbocados y la mujer clamando al cielo.
«Empecé a darle vueltas
entonces, era el año 2006. En 2007 rodé cinco películas y aparqué la
idea. No tenía tiempo para nada. Pero desde entonces solo he trabajado
en La piel que habito. Así, pude encontrar el momento para sacar
la secuencia fotograma a fotograma y estudiarla». A la mano blanca y la
mujer clamando al cielo se sumaba el marco vacío de una puerta, un
carrito lleno de ocas blancas, las patas de los caballos, una madre
agarrada a su hijo como una piedad, un hombre tendido en el barro con el
brazo extendido y las llamas, arrinconadas a la izquierda de un
fotograma de aire infernal.
Ya se había apuntado la influencia de El acorazado Potemkin (1925)
en el cubismo de Picasso, pero no la de una película que en Europa fue
mal recibida porque su protagonista, Gary Cooper, desertaba por amor y
no por honor. En la novela, Hemingway dedica 80 páginas a la huida del
personaje por carretera, y su deserción final no era por los brazos de
una mujer sino por los horrores de la guerra. El escritor detestaba la
película. «La secuencia de la carretera es extraña: tiene mucha
influencia del cine soviético, con encadenados por todas partes. Es una
película de Hollywood con un momento expresionista que nada tiene que
ver con el resto del metraje».
Una visión fragmentada y violenta que acerca a esa especie de collage de personajes que es el Guernica. «Un collage que tiene mucho de montaje cinematográfico, de planos y primeros planos», apunta Alcaine.
En 1937, cuando Picasso pintó el mural, Adiós a las armas aún
estaba en cartel. «El sistema de distribución de entonces hacía que las
películas estuvieran hasta seis años en sala. Evidentemente, Picasso la
había visto, no solo por su amistad con Hemingway -les presentó
Gertrude Stein- sino porque entonces se iba muchísimo al cine, era el
gran entretenimiento y también la manera de documentarse ante la
realidad. Además, la película fue muy polémica en su día por el final
feliz. No se la pudo perder».
Alcaine subraya que la secuencia
ocurre por la noche, como el cuadro, mientras que el bombardeo de
Guernica fue a pleno día. «Pero, además, el cuadro tiene un claro
movimiento de derecha a izquierda, igual que los personajes de la
película, siempre en el eje de derecha a izquierda». Esa carretera
infernal que reproduce la película desprende el mismo infierno y el
mismo movimiento. «Pero cuidado», puntualiza, «es en los personajes
estáticos donde se ve la coincidencia. Es cuando se para la acción
cuando reconocemos a los integrantes del cuadro».
Otro dato
sorprendente es que los animales que aparecen en la secuencia de la
carretera sean caballos y ocas. Ambos, presentes en el mural. Para el
toro, el director de fotografía tiene su propia interpretación: «Esa
figura me hizo saltar una noche de la cama y correr al ordenador, era el
último cabo suelto de mi teoría. ¿A quién mira el toro? Nos mira a nosotros. Me desvelé. Puse a su lado Las Meninas y
vi la misma mirada de Velázquez. El toro, como han apuntado algunos,
jamás podría ser Franco. El toro es un animal noble y el propio Picasso
ya se había representado alguna vez a sí mismo como ese animal. Él se
pone en el mismo plano que Velázquez en Las Meninas, un cuadro,
que como nos ocurre a todos los que estamos obsesionados con las
imágenes, también le obsesionaba». Alcaine se ríe entonces al escuchar
su entusiasmo y resume su descubrimiento con un dicho italiano: «Se non è vero, è ben trovato». Si no es cierto, está bien visto.
 Un enigma cinematográfico tras el 'Guernica' de Picasso
Elsa Fernández-Santos, Madrid: Un enigma cinematográfico tras el ‘Guernica’ de Picasso, EL PAÍS, 9 de septiembre de 2011
Los fotogramas de un misterio, EL PAÍS, 9 de septiembre de 2011
Experiencias educativas en las aulas del siglo XXI.

Experiencias educativas en las aulas del siglo XXI.

El pasado junio fue presentada la publicación “Experiencias educativas en las aulas del siglo XXI. Innovación con TIC”, coordinada por los profesores José Hernández Ortega, Massimo Pennesi Fruscio, Diego Sobrino López y Azucena Vázquez Gutiérrez y por la Fundación Telefónica y la asociación Espiral, en la que se recogen 94 experiencias educativas llevadas a cabo […]

La fuerza de una canción

La fuerza de una canción

Cinco exposiciones, tan densas como atractivas, muestran el
malestar que la música tradicional y el rock han hecho emerger en las
sociedades contemporáneas hace medio siglo

Arriba, Something between my mouth and your ear (1994), de Douglas Gordon. Abajo, Concierto para puño alzado (1997), de Juan Pérez Agirregoikoa.-En la antigua iglesia sólo hay una columna de sonido. Sujeta a un panel blanco, tiene algo de escultura minimal. Pero, si en ese espacio hay alguna escultura, es como la que soñara Duchamp, sonora: la voz de Susan Philipsz, cantando Stay with me,
de Joe Wise. La canta sin acompañamiento y la sobria melodía, casi un
recitativo, reescribe la memoria del recinto. Las cinco muestras de La canción como fuerza social transformadora
logran unificar el viejo monasterio. La Cartuja suena. Desde la capilla
de la Magdalena -entre coloquial e irónico, Baldessari canta aforismos
de Sol LeWitt sobre arte conceptual- hasta los claustrones, donde el
vibrante grindcore de Cantata profana de Matt Stokes da
nuevo realce a los árboles de los antiguos huertos de cada fraile. El
silencio cartujo se desplaza paradójicamente a la zona industrial, a los
hornos cónicos de la fábrica Pickman.
Pero el alcance de la exposición, más allá de la unidad que confiere
al recinto, radica en mostrar aspectos del malestar en la cultura que la
música -tradicional, rock, pop- ha hecho emerger en las sociedades
contemporáneas desde hace medio siglo. La lectura, reducida a tópicos y
recetas, de La industria cultural de Horkheimer y Adorno
ha impedido ver muchas cosas. Por ejemplo, que la recuperación del
flamenco se relaciona con ediciones discográficas coétaneas de las que
impulsaron el rock y la música pop, y sobre todo, que el empuje de esas
músicas, tan distintas entre sí, se da junto a carencias sociales y
políticas que pesan sobre la vida individual. La rebeldía de 1968
-ignorada por la lógica de la mercancía y reconocida sólo a
regañadientes por Estado- apuntaba justamente a un ámbito en el que los
individuos piden otra visibilidad. Ahí surgen nuevas demandas de la
fantasía y el deseo, y desde ahí reclaman reconocimiento nuevos sujetos
políticos, como ahora vuelve a ocurrir.
En esa dirección trabajan estas muestras. Ruth Ewan es una luchadora contra el olvido. Su Juke Box
reúne cientos de canciones que hablaron de feminismo, sexualidad o de
la Guerra Civil española. Seis frases de estas últimas canciones,
escritas en todas las lenguas de brigadistas y milicianos, forman un
mosaico rojo, amarillo y violeta. A ello se une la evocación del músico
folk Ewan MacColl: su vida, la vindicación de su obra por músicos
cantando en la calle o el absurdo recelo que despertó en los servicios
secretos británicos, cuyos informes se exponen en la muestra.
También
Alonso Gil reivindica la memoria. Abre su muestra un grafiti de Camarón
y la cierra Kurt Cobain, pintado al óleo dentro de una chaqueta
vaquera. Pero hay más olvidados: en el Sáhara, en Guantánamo -Gil los
rememora con una sala-recinto-de-interrogatorio donde se suceden
versiones de Guantanamera- o en Sevilla que, presa del turismo,
ignora a inmigrantes y a sus propios barrios, olvidando así su identidad
misma de ciudad. Quizá sirva de antídoto el flamenco: Gil filma a
quienes cantan al trabajar, como el frutero que entre cliente y cliente
dice un fandango del Gloria o una soleá de Triana.
El trabajo de
Annika Ström es a la vez sencillo y conceptual. Sus canciones -que lleva
a breves conciertos, vídeos o sencillos grafitis- las forman palabras
que cabría llamar huérfanas: separadas de las cosas, adquieren vigencia
al reiterarlas la canción pop. A esos términos gastados Ström da un tono
a la vez cálido e impersonal, que inquieta y da que pensar. No se
considera cantante, se declara más amateur que artista y une
humor y ternura en vídeos como el de esos amigos que explican por qué se
perdieron uno de sus conciertos: encontraron a un viejo amigo o su hija
pequeña empezó a llorar, y el tiempo se les echó encima.
La chanson,
un título que evoca el París de los cincuenta, es la muestra central
con obras de diversos autores. Más que trama integradora de las demás
exposiciones es su catalizador. Señala el valor performativo de la música (así Philipsz, citada al principio) o subraya elementos conceptuales: a Baldessari se une Pérez Agirregoikoa y su ochete vasco que, con cuidada polifonía, canta textos de filósofos franceses. Canción de amor
explica cómo el capitalismo emplea en su beneficio nuestra energía
libidinal. Destacan otras dos obras: Douglas Gordon construye un espacio
azul en penumbra donde suenan canciones que debió oír de modo muy
especial pues estuvieron en boga durante su propio embarazo. Phil
Collins enfatiza el carácter global de la música: filma un karaoke en el
que jóvenes de Estambul, Bogotá y Yakarta cantan con singular pasión
cortes de The world won’t listen, el disco de The Smiths.
Este impacto social de la música centra la reflexión de Matt Stokes. En Real Arcadia, banderolas, carteles, dibujos y casetes evocan los rave,
las fiestas y bailes ilegales que, ante las restricciones del gabinete
Thatcher, proliferaron en Reino Unido hace veinticinco años, ocupando
naves industriales, hangares abandonados e incluso cuevas. Un vídeo
recoge la alarma de los noticiarios y los sobresaltos de una policía,
incapaz de controlar la marejada de jóvenes cada fin de semana. Stokes
reflexiona además sobre la balada en un cadencioso vídeo cuya
corrección, no exenta de sorna, valora la índole tradicional de esa
música. Finalmente, en Cantata profana, seis solistas de bandas grindcore muestran el vigor de su música en una suerte de antihimno que no pierde de vista la tradición del coro polifónico.
La
exposición, tan densa como atractiva, mantiene la estructura de
muestras anteriores en la trayectoria reciente del CAAC: a la muestra
centrada en mujeres artistas siguieron las dedicadas al público y a la
relación entre arte y política. Todas ocuparon casi por completo el
recinto de la Cartuja y en conjunto han dado a conocer autores numerosos
y muy distintos entre sí. Hay una consecuencia obvia: ante la calidad y
eficacia de estas exposiciones, una bienal se hace innecesaria y sus
costes parecen un derroche. Las administraciones deben tenerlo en
cuenta.

La canción como fuerza social renovadora: Songs, de Annika Ström (hasta el 11 de septiembre). Del pasado efímero, de Ruth Ewan (hasta el 16 de octubre). Cantando mi mal espanto, de Alonso Gil (hasta el 6 de noviembre). Nuestro tiempo, de Matt Stokes (hasta el 6 de noviembre). La chanson (Hasta el 13 de noviembre). Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Avenida de Américo Vespuccio, 2, Isla de la Cartuja, Sevilla.

Juan Bosco Díaz-Urmeneta: La fuerza de una canción, EL PAÍS / Babelia, 27 de agosto de 2011
La chica del Moulin Rouge

La chica del Moulin Rouge

Jane Avril, retratada por Henri Toulouse-Lautrec.

París era una fiesta, el barrio de Montmartre hipnotizaba a las clases altas con sus colores y sus bailes voluptuosos, la despreocupación era una forma de vida. Los artistas y bohemios también se vieron atraídos por las luces de la capital francesa, centro de la modernidad, y entre ellos llegó un joven de provincias, Henri Toulouse-Lautrec.

Toulouse-Lautrec quedó fascinado por la vida nocturna de los cabarets y, sobre todo por la que sería la musa de su obra, la bailarina Jane Avril llamada ‘la melinite’ (como una sustancia explosiva). El 18 de septiembre acabará la exposición de la Courtauld gallery de Londres ‘Toulouse-Lautrec Jane Avril: Más allá del Moulin Rouge’, que ‘narra’ la relación entre el pintor, la cabaretera y el Moulin Rouge.

Jane Avril fue la hija de un marqués y su amante conocida como ‘La Belle Elise’, que fue repudiada cuando quedó embarazada. Hija bastarda, Jane fue maltratada por su madre alcohólica hasta los 13 años, cuando se escapó de casa e ingresó en un sanatorio. Y fue allí donde comenzó a bailar.

A los 20 años ya había enamorado a escritores como René Boylesve y era la estrella del Moulin Rouge, donde Toulouse-Lautrec quedó fascinado por su forma de bailar. Era uno de las caras del cancán, la gran moda en Montmartre, la expresión de aquellos años de despreocupación y contorsiones. Jane Avril conseguía destacar por su exotismo y sus contorsiones. Se decía que cuando estaba en el escenario parecía ‘una orquídea frenética’. Sin embargo, también se cuenta que había algo melancólico y lánguido en sus maneras.

Jane y el pintor fueron grandes amigos y, de hecho, en la exposición se pueden ver algunas de las cartas que se mandaron. Nunca fueron amantes. Pero su impacto fue fue la protagonista de varios de sus cuadros como el retrato que lleva su nombre o ‘Jane Avril en los jardines de París’ y de los carteles que los dueños del cabaré le pidieran para promocionar los espectáculos. Los carteles que le dieron su primera fama en París.

Su momento de plenitud fue corto. Henri murió a los 36 años, víctima de su alcoholismo y Jane murió en los años 40, pobre y sola, abandonada por su marido, un pintor alemán de comportamiento errático en en un asilo. Su historia inspiró los personajes que Zsa Zsa Gabor y Nicole Kidman en las dos películas que se han titulado ‘Moulin Rouge’.

Beatriz Santamaría | Madrid: La chica del Moulin Rouge, EL MUNDO, 26 de agosto de 2011

Lugar de encuentro

Lugar de encuentro

Recreación de las fuentes, la Torre de la Libertad y el bosque urbano. | www.911memorial.org

Recreación de la Zona Cero y los edificios que se han proyectado

El americano-israelí Michael Arad ha diseñado el monumento a las víctimas de la nueva Zona Cero. Ganó el concurso entre 5.200 propuestas de 63 países 

Unos días después del 11 de septiembre de 2001, Michael Arad se despertó de madrugada. Vivía entonces en el East Village, en el sureste de Manhattan. Salió a la calle y caminó sin dirección. Llegó a Washington Square Park. Aquellos días de septiembre la plaza era un lugar de encuentro de insomnes. Colocaban velas, los dibujos de los niños de las Torres Gemelas, «pasajes del Corán y de la Biblia, grafiti de ‘amor y paz’ en lo alto de la estatua ecuestre» (escribió Don de Lillo en Harper’s Magazine). Arad, de forma espontánea, se unió al grupo. Cuenta que por primera vez se sintió parte de Nueva York, de la heterogénea comunidad en permanente renovación que da forma a la ciudad.

Arad (nacido en 1969 en Londres, pero de nacionalidad americano-israelí) habla en la oficina de Handel Architects en Nueva York, el estudio de arquitectura donde trabaja. Parece que ha contado su historia muchas otras veces, pero construye la narración con lentitud y elige con cuidado las palabras, como si fuera consciente de lo fácil que es convertir el recuerdo en una simple anécdota. En su silla tiene el casco y el chaleco de las obras de la Zona Cero junto a varias pruebas de materiales con rótulos inscritos y una maqueta completa de la futura Zona Cero.

«Uno de los primeros recuerdos que tengo de aquel día es que era una mañana preciosa». Comienza a contar su historia. El día del ataque a las Torres Gemelas vivía en Nueva York. Desde la azotea de su casa vio caer la primera torre con cierta sensación de irrealidad, sin entender lo que estaba ocurriendo.

Su mujer trabajaba en Broad Street, cerca del World Trade Center. Fue a buscarla. Lograron encontrarse en una plaza y caminaron sin rumbo por Manhattan, cada vez más lejos, como hicieron miles de personas. Cuando cruzaban el Puente de Williamsburg, sobre el East River, vieron derrumbarse la segunda torre. Una noche, varios días después, caminó hasta Washington Square.

Varias semanas más tarde comenzó a trabajar en un monumento a las víctimas. Barajó varias ideas. El primer proyecto que pensó se construía directamente sobre el agua del Hudson, pero le pareció irrealizable y lo descartó. Se decidió al final por otro proyecto: dos enormes piscinas, cada una sobre la huella de las torres destruidas en los ataques, con las paredes cubiertas por los nombres de las 2.742 víctimas que murieron en la Torres Gemelas, las 224 personas asesinadas en los aviones secuestrados y las seis víctimas del ataque al World Trade Center de 1993.

El agua fluye sin pausa hacia el interior de las piscinas, por las paredes de los cubos. Los visitantes caminarán en penumbra por el interior. Por un instante, cuando salgan a la superficie, la repentina aparición de la luz los cegará. El monumento se llama ‘Reflejando la ausencia’. En 2003, Arad ganó el concurso entre 5.200 propuestas de 63 países. Tenía 34 años. Vivía en Nueva York desde 1999.

Los visitantes podrán sentarse en los bancos a la sombra de los árboles y formar una comunidad espontánea, como la que encontró Arad en Washington Square Park en los días posteriores al 11 de septiembre de 2011. El arquitecto se refiere al memorial como un lugar de encuentro.

Carlos Martínez de la Serna*: Lugar de encuentro, EL MUNDO / 11-S Especiales, septiembre de 2011

* Carlos Martínez de la Serna ha trabajado en los últimos años, hasta junio de 2011, en Nueva York en uno de los edificios junto a la Zona Cero.

Pop lujurioso y geometrías místicas

Pop lujurioso y geometrías místicas

En la selva amazónica ha surgido un movimiento de arte contemporáneo exuberante, desinhibido. Expresiones populares urbanas que han entrado con fuerza en galerías y salas de exposiciones

La autonomía negada, de Brus Rubio, que cuenta la historia del pueblo huitoto-murui-Toda la gente que hay en este río que hemos pasado, como hemos dicho, es gente de mucha razón y hombres ingeniosos, según que vimos y parecía por todas las obras que hacen, así de bulto como dibujos y pinturas de todas las colores, muy vivísimas, que es cosa maravillosa de ver». Es una de las descripciones que hace fray Gaspar de Carvajal en su crónica del viaje explorador con Francisco de Orellana, titulada Descubrimiento del río de las Amazonas. Y se refiere ya al color y los dibujos de los pobladores recién «descubiertos». Entre los kené, diseños tradicionales que se siguen produciendo hoy en día, destacan los de los shipibo-conibo. Intrincados laberintos de línea clara. Perfectas geometrías abstractas que se desarrollan sin fin sobre el plano de los textiles y cerámicas, a los que se atribuyen significados místicos. «Hay diferentes estudios y teorías sobre el origen o significado que pueden tener estos dibujos», explica Christian Bendayán, artista e impulsor del arte contemporáneo amazónico en torno a Iquitos. «Algunos dicen que son representaciones del cosmos, que son laberintos. Hace poco murió una anciana artista shipiba que decía que eran representaciones de cantos chamánicos, icaros, de los que se usan en los rituales de ayahuasca. Ella decía que los podía leer como cantos, como si fuera un pentagrama. Otros dicen que a las niñas shipibas les ponen en los ojos unas gotas de la hierba piri piri, que les permite ver la realidad de esa manera. La antropóloga Luisa Elvira Belaúnde en su estudio sobre el kené afirma que son ventanas al cosmos. Lo más interesante, creo yo, es que es un laberinto de composición. Es muy complejo como diseño. Ahora bien, la cultura shipiba está vinculada a la tradición del ayahuasca -no todas lo están- y en esas experiencias sí se produce geometría en las visiones».
En contraste con ese arte ancestral -tan moderno, por otro lado- ha surgido en las últimas décadas un poderoso movimiento en el arte contemporáneo amazónico, particularmente en Perú. Es lo más opuesto a lo anterior: colores vibrantes, sexualidad desbordante y sin tapujos, alusiones constantes a los efectos alucinógenos del ayahuasca (un brebaje usado por los chamanes y hoy popularizado) muy ligado a la vida urbana de Iquitos, la capital del departamento de Loreto, con más de 400.000 habitantes. Un arte popular de raíz espontánea que podría ser considerado algo así como naif-salvaje. Hay murales pintados en casas y establecimientos comerciales, en plazas, calles y vehículos motorizados. Y lo curioso es que los motivos poco tienen que ver con el entorno natural que los rodea. «En el arte popular urbano hay una cierta presencia de la selva, pero a través de una exotización», comenta Bendayán. «Es gente que casi quiere olvidarse por un momento que está en la selva. En los últimos diez años han aparecido una serie de artistas que han innovado. En el caso del kené shipibo aparece Roldán Pinedo y Elena Valera, que rompen con la geometría que abarcaba todo el espacio para distribuir este diseño por zonas, empezar a crear personajes y a contar sus historias con un lenguaje gráfico figurativo más cercano a nuestro entendimiento occidental. Y todo esto sin perder la esencia del dibujo tradicional. Lo mismo hacen Rember Yahuarcani, Brus Rubio y anteriormente a ellos Víctor Churay (muere joven, lo matan en Lima). Respetan lo tradicional, sin dejar de experimentar».
Huarmi Boa III, de Christian Bendayán.-¿De dónde sale ahora esa explosión de color, temas tan variados y ajenos a esa tradición? «En Iquitos tenemos una gran particularidad y es que es una isla», continúa Bendayán. «Y, por lo tanto, una isla cultural. Muchas cosas del mundo exterior no han llegado a Iquitos. Lo único que llegó primero, antes que a la capital, fue la televisión por cable. Diez años antes. Tener televisión de todo el mundo, tener la MTV, generó espacios donde se desarrolló el arte. Porque el arte popular no se desarrolló en lienzos sino en paredes. La escuela más fuerte, en los años setenta, es la de los grandes carteles de los cines. Como en India. Y es el cine de India y México, precisamente, lo que marca el estilo, en particular las tipografías. Converge todo lo mágico y mítico que tiene este cine, incluso la ciencia-ficción, con lo tradicional místico de la Amazonia. En la última producción, cuando sus características están bien definidas, hay una presencia de lo femenino y lo sensual muy fuerte. Hay también algo de fábula, que tiene que ver con este universo, donde todo en la naturaleza tiene ciertas características humanas. Incluso los objetos. En la obra de Luis Sakiray ves que las botellas, los platos, parecen mujeres, tienen cinturas. Y una cosa que diferencia este arte del resto del de Perú es la presencia de una estética pop que viene del videoclip. Uno de los espacios que más requieren a los artistas son las discotecas, los bares y los famosos video-pubs. Eso viene de la mano con la novedad de la pintura fosforescente. Y crea las dos categorías importantes de la pintura amazónica: la pintura de noche y la de día. Es muy sencillo, porque la pintura fosforescente solo reacciona a la oscuridad mediante luz negra. Y en el día tropical, con el sol ardiente, esta no sobrevive ni una semana. Se decolora, se quema. Eso marca la diferencia. Y esa impresión tridimensional que da la luz negra con la pintura fosforescente se vincula mucho a las visiones ayahuasqueras. No en vano, el artista más importante en la representación de este tipo de visiones, Pablo Amaringo (1943-2009), usó muchos colores fosforescentes».
«En la obra de día hay otra particularidad y es su capacidad de desplazarse. En Iquitos muchas casas están hechas de madera y en ellas se pintan murales. Cuando se mudan se llevan esas tablas. Lo mismo para las pinturas sobre lanchas que se mueven por el río. Últimamente proliferan las pinturas sobre mototaxis, es quizá el formato más importante ahora. Los propios artistas van de casa en casa ofreciendo sus servicios. Antes la pintura popular se encontraba principalmente en los bares, restaurantes, discotecas. Y también en un espacio curioso, los cementerios. Creo que esa producción ha sido tan fuerte, y sus cuatro artistas más representativos: Lu.cu.ma, Luis Sakiray, Piero y Ashuco, han generado tal interés que han marcado toda una tendencia en Lima».
En este movimiento están por un lado esos artistas populares urbanos y por otro los que han tenido estudios de artes plásticas. «Al principio no me interesaba mucho trabajar con los artistas de escuela. Visión de Totem, de Harry Chávez.-Después del interés generado en Lima sentí que había una labor, la de insertar la producción amazónica en lo que es la historia del arte peruano actual. El primer proyecto, en 2005, se tituló La cuerda de los muertos -significado de la palabra ayahuasca- y reunió a 30 artistas con una producción vinculada a la experiencia del ayahuasca. La segunda se tituló La piel de un río. El proyecto más importante de todos estos fue Poder Verde, que se presentó en Lima en 2009; en Buenos Aires, en Iquitos y este año en Lima se hizo una segunda versión. Es la producción vinculada a lo mágico, a lo psicotrópico, lo psicodélico. La primera tenía como subtítulo Visiones psicotropicales, la segunda Desborde amazónico. Está vinculado a cuestiones políticas y sociales».
Las últimas mediciones consideran al Amazonas el río más largo del mundo, con 6.800 kilómetros, que atraviesan territorios de Perú, Colombia y Brasil. La población se concentra en unas pocas ciudades, particularmente en los principales puertos de Iquitos (Perú), Leticia (Colombia), Manaos y Belém do Pará (Brasil). El fenómeno del arte de Iquitos convive con las manifestaciones dispersas en otras poblaciones de la cuenca amazónica.
Para la fotógrafa brasileña Elza Lima, de Belém do Pará, la gente y el paisaje son una fuente inagotable de estímulos para su trabajo. «Mis imágenes deben mucho a mis vivencias infantiles», afirma. «Acompañé a mi abuelo a muchos lugares de la Amazonia. Cuando me hice fotógrafa fui en busca de esos momentos, e intento plasmar en mi trabajo ese lado poético de los pueblos ribereños».
En algunas de sus fotografías crea dípticos que reflejan esa omnipresencia de la pintura popular y las vivencias cotidianas que la generan. «La pintura para mí representa el imaginario amazónico y me llama la atención la forma como ellos viajan a través de estas representaciones. Siempre uso las imágenes cuando quiero hacer un contrapunto entre mi mirada y la de ellos».
«Llevo veinticinco años fotografiando la Amazonia, es un mundo que siempre me ha atraído. Nací y me crié en la ciudad de Belém, que hoy tiene aproximadamente dos millones de habitantes, pero que guarda en sus límites un aire de la selva. No formo parte de la comunidad ribereña, pero mi alma se siente muy afín».
Feitta Jarque: Pop lujurioso y geometrías místicas, EL PAÍS / Babelia, 20 de agosto de 2011
Un centro comercial para romper prejuicios

Un centro comercial para romper prejuicios

El nuevo mercado de Inca, en Mallorca, se acerca al edificio urbano modélico
 

Un centro comercial puede ser un edificio modélico. La nueva
arquitectura consiste más en borrar antiguos prejuicios que en idear
nuevas filigranas. Charmaine Lay y Carles Muro han tardado una larga y
paciente década en construir el nuevo mercado de Inca, en Mallorca. Y el
edificio resultante es un espacio público con una plaza ciudadana, un
aparcamiento, un supermercado, un centro comercial y, por supuesto, un
nuevo mercado. Con las viejas calles rodeando el renovado espacio
abierto, el mercado-centro comercial es un edificio bajo frente a las
construcciones bajas del casco histórico y crece para albergar oficinas
frente a las nuevas edificaciones de la plaza.
El nuevo mercado de Inca, en Mallorca, obra de Charmaine Lay y Carles Muro.-
Lo sobresaliente es que todos los cambios siguen el sendero trazado
por una cubierta-rampa que, zigzagueante, dibuja la sombra de los
mercaderes, entra en el recinto y trepa hasta las oficinas para unir lo
desunido y dibujar así una idea de ciudad plural y sin embargo
cohesionada. Así, a la compacta fragmentación del casco histórico, el
nuevo edificio opone una continuidad volumétrica que tiene más de camino
que de imposición. Aun estando allí, por fin terminado, es un proyecto
que propone una idea de arquitectura serena y futura.
Detrás de la
demolición del antiguo mercado de la ciudad estaba la habitual búsqueda
de ampliar los metros cuadrados de explotación sumada a la mala
conciencia que obliga (cuando afortunadamente existe) a dotar a los
centros urbanos de espacios públicos. Lay y Muro hicieron magia.
Hundieron aparcamiento y supermercado, sin quitarles la luz, y
trabajaron para que el proyecto emergiera del suelo y creciera
suavemente -de los puestos a los despachos- como crecen los niños, casi
sin que nos percatemos hasta que uno repara en su altura. La cubierta de
madera podría ser un suelo ascendente y es una cinta que une todas las
tipologías que convergen en la plaza (mercado, aparcamiento, oficinas y
centro comercial) y que se inclina y asciende en zigzag, abriendo nuevas
aberturas para que la ventilación y la iluminación naturales se cuelen a
través de una celosía metálica.
La continuidad -con el programa,
con el barrio- y la discontinuidad -con el antiguo mercado rodeado de
calles y coches- se dan cita en este proyecto sin paradojas. Como apunta
Luis M. Mansilla en una publicación sobre el mercado de Inca editada
por Lampreave, el proyecto realiza a la vez una suerte de movimiento
centrífugo (liberando espacio para la plaza pública) y centrípeto
(recolocando la pérgola que protege a los mercaderes y conduce,
perimetralmente, al mercado).
Así, parece sencillo porque no
revela el esfuerzo que siempre es una convivencia. El camino de madera
es el proyecto. Es su cubierta y es la cara que contemplan los vecinos
que miran la plaza. ¿Trataron Lay y Muro de idear una nueva tipología?
Este proyecto demuestra que no buscaron revolucionar las viejas
tipologías, pero debieron esforzarse en hacerlo. Al final, la idea de
trascender a la condición objetual de un edificio y vincularlo a la
ciudad pasa por exprimir el potencial urbanístico de la arquitectura. Y
eso es definir de nuevo. Redefinir el lugar sin borrarlo. Al revés,
subrayándolo.
Anatxu Zabalbeascoa, Barcelona: Un centro comercial para romper prejuicios, EL PAÍS, 5 de septiembre de 2011
Lisboa: Torre de Belém

Lisboa: Torre de Belém


Mis fotos de Lisboa. Viaje de agosto del 2008.

Construcción defensiva situada en el estuario del Tajo. Su estilo es manuelino, gótico tardio portugués con elementos renacentistas (decoración, elementos orientales), es por ello el equivalente en Portugal del gótico isabelino. Se construyo a inicios del siglo XVI por Francisco de Arruba.   

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Anekumene. Revista de Geografía, Cultura y Educación.

Anekumene. Revista de Geografía, Cultura y Educación.

Siempre es motivo de satisfacción e ilusión el anunciar la aparición de una nueva publicación sobre educación. Pero, las expectativas son mayores cuando de la enseñanza de la Geografía se trata. Efectivamente, podemos contar con una nueva revista que versa sobre la educación geográfica. Se trata de la revista colombiana “Anekumene“, una “publicación conjunta de […]

Hitler y Napoleón, ladrones del ‘cordero’

Hitler y Napoleón, ladrones del ‘cordero’

El retablo de la catedral de Gante, de Jan van Eyck, es la obra más robada de la historia del arte. Despedazado, rapiñado y falsificado, en seis siglos ha pasado por decenas de manos, incluidas las de Bonaparte y el Führer, obsesionados por el saqueo artístico.

Napoleón y Hitler tenían cosas en común. Amaban el arte y se apropiaron de la misma presa, La adoración del cordero místico, una obra que ha sido botín de guerra tres veces, rapiñada, troceada y falsificada. Desde que en 1432 el pintor Jan van Eyck finalizara uno de sus cuadros maestros, el retablo de la catedral de Gante ha experimentado en sus seis siglos de existencia diversos cambios de manos.
El retablo de la catedral de Gante, de Jan van Eyck- FOTOGRAFÍA DE SCALA / ART RESOURCE
«Grande, muy grande, como un Júpiter olímpico», según el filósofo Hegel, solo la tabla principal del retablo (la que muestra la adoración) mide 134,3 por 257,5 centímetros. Junto al resto de paneles forma un rompecabezas. En el centro, el símbolo más codiciado, La adoración del cordero místico, muestra un campo lleno de figuras, santos, eremitas, clérigos, jueces honrados y ángeles que rinden homenaje a la figura divina. La compleja pieza, formada por 20 paneles de roble pintados unidos por un gran marco con goznes, comenzó su calvario en 1566, cuando hubo de ser desmantelado del altar de la catedral de Gante para escapar de los ataques iconoclastas calvinistas. Dos siglos más tarde fue trasladado a París como trofeo de guerra. En 1800, seis paneles de los laterales fueron partidos por la mitad para ser vendidos. La pieza estuvo en las garras nazis durante la Segunda Guerra Mundial, escondida dentro de una mina de sal hasta que fue «liberada» por los aliados. Hoy el altar de Gante sigue orgulloso en el lugar para el que fue creado.
Símbolos, miniaturas, cada rostro, cada mano de las que pintó Van Eyck es un tesoro que pide a gritos ser descifrado. Y a eso se ha lanzado un historiador del arte, profesor en la Universidad Americana de Roma, Noah Charney (1979, Connecticut, EE UU), con su fascinante obra de investigación, Los ladrones del cordero místico, publicada en España por Ariel.
Formado en Reino Unido, en el Courtauld Institute de Londres y en la Universidad de Cambridge, Charney saltó a la escritura ideando una novela, El ladrón de arte, que fue best seller mundial, publicado en 2007. El éxito le llevó a fundar ARCA, una asociación sin ánimo de lucro que investiga los delitos contra el arte. Charney asegura que lo que le atrajo del retablo fue «conocer que era la pieza más robada de todos los tiempos». Viajó a Gante y sus dos pasiones, «la historia del arte y la historia de los delitos artísticos», coincidieron.
De Jan van Eyck es misterioso hasta su nacimiento; unos lo datan en 1380, otros, en 1385. Fue cortesano, embajador y agente secreto al servicio de los duques de Borgoña. Pintor de obra corta solo se le atribuyen con certeza 25 pinturas. Entró en la leyenda cuando el pintor florentino Vasari le adjudicó la invención de la pintura al óleo. No era cierto, pero la técnica empleada por Van Eyck, un mago, un alquimista, explotó al máximo las posibilidades de aquella nueva mezcla de aceites y pigmentos.
El retablo de Gante, la última obra de la Edad Media y la primera pintura del Renacimiento, es, según Pilar Silva, jefa del departamento de pintura flamenca del Museo del Prado, excepcional. «Ha sido tan apreciado porque es una obra maestra. Por sus dimensiones, porque no es un retablo al uso, además es un encargo que no está hecho ni por la Iglesia ni por el duque de Borgoña, es un encargo que inicialmente se hace a Hubert van Eyck, su hermano, por Joos Vijd y su esposa Elisabeth Borluut, los mayores patricios de Gante».
Una pieza excepcional que atrae a los ladrones. Charney afirma que la historia de los robos de arte es la de la captura de los símbolos. «En los robos en los que ha estado envuelta la obra de Van Eyck muy pocos han estado motivados por un provecho económico. Los estudiosos del arte raramente debaten sobre los robos de arte como un drama psicológico humano, un tira y afloja entre la propiedad ligada con motivaciones religiosas, políticas y sociales provocadas por el arte en un camino que ningún otro objeto inanimado sostiene. El retablo de Gante es el foco ideal para examinar el fenómeno».
Uno de los más famosos hijos de Gante, el emperador Carlos V, nunca se fijó en la obra maestra de Jan van Eyck, pero sí lo hizo su hijo, Felipe II, que logró que le permitieran hacer una copia del retablo y la tuvo en uno de sus palacios, en el Alcázar de Madrid. Más tarde sació su anhelo de poseer una obra de Van Eyck cuando María de Hungría le legó el famoso retrato del matrimonio Arnolfini, hoy en la National Gallery de Londres.
Flandes era un campo de batalla para los imperios europeos. En el siglo XVIII, bajo la dominación de los austriacos, Gante volvió a conocer tiempos de esplendor. El emperador José II de Bohemia y Hungría viajó a Gante y la imagen de Adán y Eva en el retablo, tan realistas y desnudos, hirieron su sensibilidad. Ordenó que aquellos paneles fueran sustituidos por unas copias exactas en la que los cuerpos se cubrieron con pieles de oso. Al retablo le aguardaba una nueva prueba, la de Napoleón Bonaparte en su paseo militar por Europa. Cuando las tropas del general llegaron a Gante, los paneles centrales de La adoración del cordero místico fueron a parar a manos del Ejército francés y de allí, directos, al Museo del Louvre.
Vencido Napoleón, el retablo volvió a Gante, aunque duró poco en el altar. En diciembre de 1816, volvió a ser desmembrado. Aprovechando la ausencia del obispo, el vicario de la catedral de San Bavón robó los seis paneles de las alas del retablo (cada panel pesa entre sesenta y cien kilos). El avispado marchante Nieuwenhuys compró el retablo robado por 3.000 florines (unos 3.800 euros) y se los vendió a un coleccionista inglés, Edward Solly, que se los llevó a Berlín. En 1821, el rey de Prusia, Federico Guillermo III, compró toda la colección de Solly y los paneles del retablo de Gante, cortados verticalmente para que el anverso y el reverso pudieran verse desde un solo ángulo, pasaron a ser exhibidos en el Museo del Káiser en Berlín. La I Guerra Mundial trajo más peripecias para un retablo que era ya epopeya nacional. Finalizada la contienda, la iglesia de Gante recuperó los paneles laterales. En 1934, parte del retablo volvió a ser robado. En esta ocasión se llevaron el panel de los Jueces justos a caballo. Los ladrones pidieron un millón de francos belgas de rescate. Nunca apareció y en 1939 el conservador del Museo de Bellas Artes de Bruselas, Jef van der Veken, un buen pintor surrealista, especializado en los maestros flamencos del siglo XV, empezó por su cuenta a copiar el panel de los jueces desaparecidos. Van der Veken acabó la réplica en 1945 y la instaló en el retablo. Parecía auténtica. Los versos escritos en el reverso de la tabla eran todo un desafío: «Lo hice por amor / y por deber. / Y para resarcirme / tomé prestado / del lado oscuro. Firmado: Jef van der Veken».
Pero aún quedaba la última gran prueba para el cordero y su corte de ángeles: Hitler. En su delirio pensaba que el retablo guardaba un mapa en clave para encontrar los Arma Christi, los instrumentos de la Pasión de Cristo, entre ellos, la corona de espinas y la lanza. Al Führer le fascinaba el ocultismo, y buscaba el Santo Grial y el Arca de la Alianza. El gran carnicero creía firmemente que si lograba estos objetos tendría poderes sobrenaturales. El retablo de Gante era una de las piezas más anheladas, para así sacarse la espina del Tratado de Versalles que obligó a Alemania a restituirlo a Bélgica. En mayo de 1940, un enviado del ministro nazi de propaganda, Goebbels, acudió a Gante para buscar el regalo para el Führer, pero el retablo había salido ya en dirección a Francia. Encontrarlo en los almacenes del Gobierno de Vichy no fue difícil, pero uno de sus generales, Goering, rival de Hitler en los saqueos de obras de arte, se le adelantó. Robaron la obra maestra de Van Eyck de un castillo en el sur de Francia y lo trasladaron a París. Allí se perdió su rastro.
Cuando las tropas aliadas entraron en Berlín comenzaron la búsqueda de los tesoros robados. Una pista les condujo hasta un especialista en escultura francesa, Hermann Bunjes, asesor artístico de Rosenberg, jefe de la ERR, la división nazi dedicada al saqueo de obras de arte. Bunjes reveló los lugares donde se escondían las obras robadas. El mayor alijo se encontraba en una mina de sal abandonada en los Alpes austriacos. Eran 12.000 piezas: obras de Miguel Ángel, Rafael, Vermeer, Rembrandt, Tiziano, Veronés y Van Eyck. Las custodiaba un nazi despiadado, August Eigruber. Tenía la orden de impedir que el botín del depósito de Altaussee fuera capturado y a punto estuvo de hacerlo volar por los aires. La restitución del cordero, dirigida por el general Eisenhower, a Bélgica fue épica. Los belgas lo recibieron como a un héroe nacional.
Noah Charney no despeja en su libro la incógnita de si el retablo vuelve a estar completo. «Durante seis siglos e incontables crímenes, la obra maestra de Jan van Eyck ha sobrevivido. Hoy tiene 11 de sus 12 paneles. Ha sido limpiado y analizado por el Instituto de Conservación Getty y el Gobierno flamenco. Se cree que uno de los paneles del retablo, el de los Jueces justos, robado en 1934 y que nunca se encontró, podría haber sido subrepticiamente reinstalado en la obra. Recientes análisis han probado, como pensábamos, que es una copia moderna pintada en 1940 para reemplazar el panel robado. Pero es cuestión de tiempo que se encuentre un día el original».
‘Los ladrones del cordero místico’, de Noah Charney, publicado por Ariel, sale a la venta la próxima semana.
Julia Luzán: Hitler y Napoleón, ladrones del ‘cordero’, EL PAÍS / El País Semanal, 4 de septiembre de 2011
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