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Indignados por Max Liebermann

Indignados por Max Liebermann

Fragmentos de 'Polospieler in Jenischs Park' y de 'Trabajadores de la remolacha'. ¿Fue un dulce y despreocupado impresionista o un pintor socialista de barricada? Alemania se proponía rendir culto a Max Liebermann, figura de la elite artística de su siglo XIX con una gran retrospectiva en el Bundeskunsthalle de Bonn y otra exposición más íntima y cuidada en Wannsee, lago berlinés junto al que se retiró Max Liebermann huyendo de los ojos de los nazis. Pero la crítica alemana está siendo muy dura con estas dos muestras por los vacíos que percibe en sus catálogos, en los que faltan las obras de denuncia.

La muestra de Bonn se centra en las muchas variaciones sobre jardines y granjas que pintó Liebermann, que llegó a realizar unos 200 cuadros con esta temática. En Wannsee se exponen las marinas, imágenes de la costa holandesa que pintaba durante sus fieles estancias veraniegas entre 1871 y 1914. Juntas, aspiran a ofrecer una visión enciclopédica de la obra de Liebermann como «precursor de la modernidad», tal y como ha reconocido Robert Fleck, director del museo de Bonn. «Recorremos cronológicamente todas las etapas de su trayectoria pictórica, así como todas las técnicas que empleó, óleos, dibujos y grabados, y se extiende asimismo por las terrazas superiores del museo, convertidas en un jardín inspirado en sus cuadros», explica Fleck, al que los críticos de arte alemanes acusan, sin embargo, de haberse limitado al Liebermann más tedioso, evitando las obras en las que el artista denunciaba las duras condiciones de vida de los campesinos y del personal de servicio.

El diario ‘Tagesspiegel’ ha calificado la exposición como «un paseo por el jardín» y ha señalado ausencias notables en el catálogo y títulos de obras que duermen en los almacenes de ambos museos y que merecían, a juicio de su director de Cultura, formar parte de la exposición. Entre ellas figuran ‘Los surcos’ y ‘La reparación de las redes’, pintados en torno a la Exposición Universal de París y que se empeñó en comprar para los museos estatales alemanes, en 1889, el por el entonces director general de las colecciones nacionales Wilhelm von Bode. La crítica considera que son imágenes clave de la obra de Liebermann.

Los museos se defienden, alegando que el objetivo de estas exposiciones era subrayar que, desde la perspectiva actual y desde un punto de vista técnico, el artista fue un adelantado de su tiempo, en tanto que precursor del impresionismo francés, además de un arquetipo y representante de la elite ilustrada judía a la que la llegada de Adolf Hitler al poder, en 1933, colocó ante el dilema del exilio o la persecución nazi. Murió en 1935 y solamente en los años 60 comenzó a recuperarse su obra pictórica.

Max Liebermann nació en un hogar privilegiado. La ventana de su dormitorio infantil, en la céntrica Pariser Platz berlinesa, ofrecía vistas a la Puerta de Brandemburgo. Pese a la oposición familiar, que había planeado para él la formación propia de un hombre de negocios, optó por la pintura y, quizá ayudado por su posición social, llegó a ser presidente de la Academia Prusiana de Bellas Artes. Desde ese puesto aprovechó para promover los nuevos movimientos artísticos que burbujeaban entonces en Berlín, tanto en tiempos del Kaiser como durante la República de Weimar, hasta que los nazis decidieron poner fin a esa situación y lo echaron de todos sus cargos públicos.

Rosalía Sánchez | Berlín: Indignados por Max Liebermann, EL MUNDO, 2 de junio de 2011

Polémica Historia

Polémica Historia

Rondaba mi cabeza un artículo sobre el polémico Diccionario Biográfico Español, pero como tantas veces, el tiempo amenazaba con pasarle por encima a la novedad antes de que  me decidiera a escribirlo. Cuando una compañera me interrogó en el pasillo para saber mi opinión sobre el tema, decidí ponerme manos a la obra sin más […]

Los colosos de Memnón tienen familia

Los colosos de Memnón tienen familia

Cabeza de una deidad hallada en el gran atrio del templo funerario de Amenhotep III. | Ministerio de Antigüedades de Egipto
Los habitantes del actual Luxor siguen aún fascinados por los majestuosos colosos de Memnón. Y relatan que los gigantes solían cantar al alba hasta que un emperador romano restauró las figuras, heridas por un terremoto en el año 27 a.C. Entonces el silbido, producido por el cambio de temperatura, se volvió mudo y nació la leyenda.

Parte de la estela.Las dos estatuas sedentes de Amenhotep III (1390-1352 a.C.), situadas en la ribera occidental del Nilo, son unos de los últimos vestigios del que fuera el más espectacular complejo funerario del antiguo Egipto. El sino de estos guardianes, apostados en la entrada de un templo desaparecido, puede cambiar. Una excavación arqueológica ha anunciado el hallazgo de un coloso de alabastro del gran rey junto a una estela y las cabezas de una deidad y del monarca.

La figura fue descubierta en lo que debió ser el pasillo que conducía al tercer pilón del complejo, a unos 200 metros de los colosos de Memnón. Según Zahi Hawass, ministro de estado de Antigüedades egipcio, el rostro de la estatua es una obra maestra del retrato real. Muestra a un Amenhotep III con barba real sentado y ataviado con una falda plisada (llamada ‘shendyt’) y nemes, la tela que cubría la cabeza de los reyes egipcios.

La cabeza, que pide 1,20 metros de altura y está muy bien conservada, es pese a sus dimensiones un universo de proporciones ajustadas y equilibradas. Tiene ojos con forma de almendra realzada por franjas de cosmética, una nariz corta y una boca grande con amplios labios.

El coloso desenterrado es una de las dos estatuas que debieron derrumbarse tras el terremoto pero algunas de sus partes aún son visibles en la capa aluvial del Nilo. La pieza trasera del trono de una de las figuras había sido encontrada en anteriores excavaciones. Los responsables de la misión aseguran que el resto de partes serán restauradas gradualmente y la estatua será colocada en su ubicación original en un futuro próximo.

A juicio del director de la misión, Hourig Suruzian, el hallazgo es importante para la historia del arte egipcio y de la escultura porque la pieza está excepcionalmente tallada en alabastro, una piedra extraída de las canteras de Hatnub en el medio Egipto y empleada rara vez en colosos que miden aproximadamente unos 18 metros.

En los trabajos de limpieza y cartografía efectuados en la parte central del gran atrio del templo, donde hay partes del pavimento original, se han encontrado otros restos como la cabeza de una deidad, de 28,5 centímetros, que representa a un dios masculino, y una estela de cuarcita roja que ha sido reconstruida a partir de 27 grandes piezas hasta alcanzar 7,40 metros sobre los nueve de la obra original. Su restauración se completará la próxima temporada, según los responsables de la misión.

Cabeza del coloso de alabastro de Amenhotepd III hallado en Luxor, la antigua Tebas. | Ministerio de Antigüedades de Egipto

Francisco Carrión | El Cairo: Los colosos de Memnón tienen familia, EL MUNDO, 31 de mayo de 2011

EL MURALISMO MEXICANO

EL MURALISMO MEXICANO

PINTURA Y EDUCACIÓN POPULAR

México, hacia 1920. Para esa fecha podría considerarse que ha finalizado la revolución mexicana, al menos en lo que a su fase más virulenta se refiere. Un complejo proceso que puso de relieve las profundas diferencias sociales y económicas existentes en el país, la disparidad de planteamientos ideológicos (acordes con aquéllos) y la facilidad con la que todo ello conducía  a enfrentamientos armados de diverso tipo. A finales de ese año pasó a formar gobierno (1920/24) el presidente Álvaro de Obregón, quien poco después crea la Secretaría de Estado de Educación Pública, confiando el nuevo ministerio al liberal José Vasconcelos, de sobra conocido en el país por sus ideas reformistas e innovadoras.
David Alfaro Siqueiros: «De la dictadura de Porfirio Díaz a la revolución» (detalle). (1957-65). México D.F.
Desde su nuevo cargo, Vasconcelos aborda un amplísimo programa de reformas, que incluye medidas muy variadas: creación de nuevas escuelas y formación de maestros, impulso de las artes y los oficios, difusión popular de obras literarias, etc. Además, contempló también la promoción de las artes plásticas, mediante el encargo a jóvenes artistas de la realización de murales en diversos edificios públicos, de forma que aquéllos pudiesen ser conocidos, libremente, por todo tipo de ciudadanos. De esta manera, durante casi tres décadas, aunque a diverso ritmo, estuvieron realizándose murales por todo el país (aunque de forma preferente en la capital), hecho que manifiesta la importancia que los distintos gobiernos concedían a este tipo de manifestación artística.
Derecha: David Alfaro Siqueiros: «La marcha de la humanidad» (detalle). 1966-71). México D.F. Izquierda: José Clemente Orozco: «Omnisciencia» (1925). México D.F.
 
Fue así como surgió el denominado muralismo mexicano, con el que identificamos un amplísimo conjunto de obras, dispersas en diversos edificios localizados en distintas ciudades del país y realizadas por un elevado número de autores que, si bien no parten de presupuestos plásticos comunes, coinciden en una serie de cuestiones. Por un lado, la mayor parte de los murales está relacionada con la intención de difundir la identidad nacional (aún en construcción) y los propios logros de la revolución mexicana. Por otro, las obras, en sí mismas, manifiestan (como no podía ser de otra manera) su vinculación con las distintas corrientes artísticas de la época y, más en concreto, con las vanguardias pictóricas que por esos años vienen ocupando el protagonismo artístico en Europa. Finalmente, los artistas (frente a los antiguos usos de los pintores al fresco) optan por nuevos materiales: la pintura acrílica, la de automóviles e incluso el cemento coloreado y aplicado a pistola.
Diego Rivera: «El hombre controlador del Universo» (o «el hombre en el cruce de caminos» (1934). México D.F.

Entre ese numeroso grupo de artistas, fueron tres jóvenes pintores (todos ellos pertenecientes a corrientes políticas de izquierda) quienes destacaron especialmente. Por un lado, Diego Rivera ( 1887-1957) se caracteriza por realizar murales de colores muy vivos, tratados de una forma cercana a los planteamientos geométricos de Cezanne, completamente llenos de personajes, frecuentemente indígenas. En segundo lugar, David Alfaro Siqueiros (1896-1974) concibe en cierta medida el arte como medio para la propaganda ideológica, idea fruto de su militancia en el Partido Comunista del país. Sus obras, en las que manifiesta su interés por el movimiento y por captar las emociones de los protagonistas, se caracterizan por exaltar a las clases populares, mientras retrata de forma grotesca a los representantes de los grupos sociales dominantes. Por último, José Clemente Orozco ( 1883-1949) manifiesta dentro del grupo una tendencia más marcada hacia los planteamientos expresionistas, aunque se muestra también interesado por el geometrismo que caracteriza la obra de Rivera. Su tema preferente lo constituyen los diversos acontecimientos principales de la revolución mexicana.

Inferior. Izquierda: David Alfaro Siqueiros: «El pueblo a la universidad y la universidad al pueblo» (1954) México D.F. // Derecha: Diego Rivera: «Mercado de Tlatelolco» (1942). México D.F.

Aunque realizaron también otros tipos de manifestaciones artísticas (pintura al óleo, escultura, etc.) las obras sobre pared de estos pintores muralistas, junto a otros muchos que participaron en el proyecto, manifiestan su coincidencia con los planteamientos de los sucesivos gobiernos respecto a la importancia de la pintura como medio de educación popular, hecho que queda constatado en la frase de Siqueiros de que había que hacer de la pintura «un bien colectivo, útil para la cultura de las masas populares«. Pero además, algunos de estos pintores acabaron convencidos de la idoneidad del mural como mejor forma de expresión pictórica. Así, Orozco afirmaba que «la forma más pura de la pintura es la mural. Es también la más desinteresada, ya que no puede ser escondida para el beneficio de algunos priivilegiados. Es para el pueblo, es para todos«. Al menos, en algún sentido, tenía razón.

José Clemente Orozco: «Zapatistas» (1931). Washington. (Óleo).
 Sobre el muralismo mexicano, en su conjunto, podéis leer las informaciones que se presentan en esta página, con enlace a otros contenidos. Leed también este breve texto.
EL MURALISMO MEXICANO

EL MURALISMO MEXICANO

PINTURA Y EDUCACIÓN POPULAR

México, hacia 1920. Para esa fecha podría considerarse que ha finalizado la revolución mexicana, al menos en lo que a su fase más virulenta se refiere. Un complejo proceso que puso de relieve las profundas diferencias sociales y económicas existentes en el país, la disparidad de planteamientos ideológicos (acordes con aquéllos) y la facilidad con la que todo ello conducía  a enfrentamientos armados de diverso tipo. A finales de ese año pasó a formar gobierno (1920/24) el presidente Álvaro de Obregón, quien poco después crea la Secretaría de Estado de Educación Pública, confiando el nuevo ministerio al liberal José Vasconcelos, de sobra conocido en el país por sus ideas reformistas e innovadoras.
David Alfaro Siqueiros: «De la dictadura de Porfirio Díaz a la revolución» (detalle). (1957-65). México D.F.
Desde su nuevo cargo, Vasconcelos aborda un amplísimo programa de reformas, que incluye medidas muy variadas: creación de nuevas escuelas y formación de maestros, impulso de las artes y los oficios, difusión popular de obras literarias, etc. Además, contempló también la promoción de las artes plásticas, mediante el encargo a jóvenes artistas de la realización de murales en diversos edificios públicos, de forma que aquéllos pudiesen ser conocidos, libremente, por todo tipo de ciudadanos. De esta manera, durante casi tres décadas, aunque a diverso ritmo, estuvieron realizándose murales por todo el país (aunque de forma preferente en la capital), hecho que manifiesta la importancia que los distintos gobiernos concedían a este tipo de manifestación artística.
Derecha: David Alfaro Siqueiros: «La marcha de la humanidad» (detalle). 1966-71). México D.F. Izquierda: José Clemente Orozco: «Omnisciencia» (1925). México D.F.
 
Fue así como surgió el denominado muralismo mexicano, con el que identificamos un amplísimo conjunto de obras, dispersas en diversos edificios localizados en distintas ciudades del país y realizadas por un elevado número de autores que, si bien no parten de presupuestos plásticos comunes, coinciden en una serie de cuestiones. Por un lado, la mayor parte de los murales está relacionada con la intención de difundir la identidad nacional (aún en construcción) y los propios logros de la revolución mexicana. Por otro, las obras, en sí mismas, manifiestan (como no podía ser de otra manera) su vinculación con las distintas corrientes artísticas de la época y, más en concreto, con las vanguardias pictóricas que por esos años vienen ocupando el protagonismo artístico en Europa. Finalmente, los artistas (frente a los antiguos usos de los pintores al fresco) optan por nuevos materiales: la pintura acrílica, la de automóviles e incluso el cemento coloreado y aplicado a pistola.
Diego Rivera: «El hombre controlador del Universo» (o «el hombre en el cruce de caminos» (1934). México D.F.

Entre ese numeroso grupo de artistas, fueron tres jóvenes pintores (todos ellos pertenecientes a corrientes políticas de izquierda) quienes destacaron especialmente. Por un lado, Diego Rivera ( 1887-1957) se caracteriza por realizar murales de colores muy vivos, tratados de una forma cercana a los planteamientos geométricos de Cezanne, completamente llenos de personajes, frecuentemente indígenas. En segundo lugar, David Alfaro Siqueiros (1896-1974) concibe en cierta medida el arte como medio para la propaganda ideológica, idea fruto de su militancia en el Partido Comunista del país. Sus obras, en las que manifiesta su interés por el movimiento y por captar las emociones de los protagonistas, se caracterizan por exaltar a las clases populares, mientras retrata de forma grotesca a los representantes de los grupos sociales dominantes. Por último, José Clemente Orozco ( 1883-1949) manifiesta dentro del grupo una tendencia más marcada hacia los planteamientos expresionistas, aunque se muestra también interesado por el geometrismo que caracteriza la obra de Rivera. Su tema preferente lo constituyen los diversos acontecimientos principales de la revolución mexicana.

Inferior. Izquierda: David Alfaro Siqueiros: «El pueblo a la universidad y la universidad al pueblo» (1954) México D.F. // Derecha: Diego Rivera: «Mercado de Tlatelolco» (1942). México D.F.

Aunque realizaron también otros tipos de manifestaciones artísticas (pintura al óleo, escultura, etc.) las obras sobre pared de estos pintores muralistas, junto a otros muchos que participaron en el proyecto, manifiestan su coincidencia con los planteamientos de los sucesivos gobiernos respecto a la importancia de la pintura como medio de educación popular, hecho que queda constatado en la frase de Siqueiros de que había que hacer de la pintura «un bien colectivo, útil para la cultura de las masas populares«. Pero además, algunos de estos pintores acabaron convencidos de la idoneidad del mural como mejor forma de expresión pictórica. Así, Orozco afirmaba que «la forma más pura de la pintura es la mural. Es también la más desinteresada, ya que no puede ser escondida para el beneficio de algunos priivilegiados. Es para el pueblo, es para todos«. Al menos, en algún sentido, tenía razón.

José Clemente Orozco: «Zapatistas» (1931). Washington. (Óleo).
 Sobre el muralismo mexicano, en su conjunto, podéis leer las informaciones que se presentan en esta página, con enlace a otros contenidos. Leed también este breve texto.
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