El Bosco: un mundo que nunca se fue del todo
El Bosco y su circunstancia
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| El Carro del Heno en el Museo del Prado |

El Bosco y su obra



El Bosco y su significado

Enseñar y aprender Geografía e Historia
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| El Carro del Heno en el Museo del Prado |





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| El jardin de las delicias, la obra maestra de El Bosco |
El Bosco, aquel pintor de muchos nombres, murió hace 500 años. Y tal y como se preveía, varios lugares celebran la efeméride por todo lo alto. El primero fue s’Hertogenbosch (Holanda), su ciudad natal y de residencia. El segundo es El Escorial, donde en época de Felipe II se reunió la mayor concentración de cuadros del pintor. Ahora le toca el turno al Prado, el museo donde se encuentran obras tan fundamentales como El carro del heno o El jardín de las delicias. La exposición de s’Hertogenbosch (en castellano, Bolduque) atrajo casi 500.000 visitantes. La de Madrid, entre el 31 de mayo y el 11 de septiembre, será histórica.
El Bosco y su circunstancia
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| El Carro del Heno en el Museo del Prado |
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| Coronacion de espinas |
El Bosco y su obra
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| Cristo llevando la cruz a cuestas |
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| El hombre arbol |
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| Ecce Homo |
El Bosco y su significado
El Bosco es uno de los pintores más interpretados de la historia. Podría decirse que sobreinterpretado. Su obra ha sido analizada desde puntos de vista médico, filosófico, alquimista, ocultista, psicológico o religioso, por mencionar solo las líneas más comunes. Es cierto que El Bosco no lo ponía fácil, al lado suyo la Torre de Babel o los Proverbios de Brueghel el Viejo parecen casi obvios.
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| La ascensión al Empíreo |
La profundidad y maestría de sus obras, donde sentimiento y forma, realismo y fábula cobran una intensa y conmovedora vida, revalidan sin duda ese título siete siglos después de su muerte. Al naturalismo flamenco, Van der Weyden, hombre pío y buen conocedor del dogma cristiano, añade misterio, volúmenes escultóricos y una puesta en escena teatral de turbación barroca. Ese palio rojo que sirve de fondo a El Calvario tiene algo sereno, en comparación con la agitación deEl Descendimiento. Si frente a esa obra uno —como el personaje de la novela de Ben Lerner en Saliendo de la estación de Atocha— debería llorar, puesto que casi todas las figuras representadas derraman lágrimas, El Calvario quizá invite a rezar. En El Descendimientonace la representación de la compasión —la pasión compartida de la Virgen que reproduce la misma postura que su hijo muerto—, y en El Calvario sus monumentales figuras abren espacio para una serena reflexión. Así lo sostiene el experto británico y comisario de la exposición del Prado, Lorne Campbell: «Esta obra representa el último alegato de Van der Weyden. En ella plasma esas tres figuras sobre las que había pensado durante años».
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| Dánae después de la restauración |
Dánae de la colección Wellington y Venus y Adonis de la pinacoteca. Ambas son obras que el maestro italiano pintó en 1553 y 1554 para el futuro Felipe II y que ahora se muestran al público, tras su reciente restauración, desde este miércoles y hasta el próximo 1 de marzo. La muestra presta especial importancia al proceso creativo, que está ilustrado mediante documentación técnica de estas obras que inauguran uno de los ciclos mitológicos más importantes e influyentes de la historia de la pintura occidental, sirviendo de inspiración a artistas como Veronés o Rubens.
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| Venus y Adonis después de la restauración |
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| Retrato del Conde de Floridablanca’, en el Banco de España. |
El punto de partida del recorrido es el Museo del Prado. Son las 8.15 de la mañana y Manuela Mena ha escogido una obra muy especial:La familia de Carlos IV (1800), un cuadro considerado como la culminación de todos los retratos pintados por Goya en esta época y la primera obra del artista que entró en el museo. El Prado posee 150 pinturas, más de 500 dibujos, las series completas de Los Caprichos y Los Disparates y un fondo documental esencial como es la correspondencia con su amigo Martín Zapater.
Con una soltura que demuestra que Mena domina cada rincón de la casa, guía al grupo de periodistas de EL PAÍS por la imponente galería central del museo, a esas horas cerrada al público. Al pasar ante el espacio dedicado a Velázquez, presidido por Las Meninas, pide que pongamos atención porque hay mucho de esta obra que vamos a ver en el grandioso retrato real de Goya. En ambos cuadros, los protagonistas parecen estar rodeados de la misma niebla dorada; también en ambas el artista se ha autorretratado, pero cada uno tiene una manera de diferente de tratar a los protagonistas.
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| ‘La familia de Carlos IV’, de Goya, en el Museo del Prado. |
Mena señala quiénes son cada uno de los personajes de este gran óleo (2,80 metros x 3,40 metros), tal y como se recoge en el catálogo del Prado. En La familia de Carlos IV aparecen de izquierda a derecha, Carlos María Isidro, hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma; el primogénito, Fernando VII; Goya pintando al fondo a la izquierda; Doña María Josefa, hermana de Carlos IV; un personaje con la cara emborronada que podría ser la desconocida futura esposa de Fernando cuando éste contrajera matrimonio, por lo que aparece con la cabeza vuelta; María Isabel, hija menor de los reyes; la reina María Luisa de Parma en el centro de la escena, como señal de poder, ya que era ella la que llevaba las riendas del Estado a través de Godoy; Francisco de Paula de la mano de su madre, de él se decía que tenía un indecente parecido con Godoy; el rey Carlos IV, en posición avanzada respecto al grupo; tras el monarca vemos a su hermano, don Antonio Pascual; Carlota Joaquina, la hija mayor de los reyes, sólo muestra la cabeza; cierra el grupo don Luis de Parma; su esposa, María Luisa Josefina, hija también de Carlos IV; y el hijo de ambos, Carlos Luis, en brazos de su madre.
Ante el deslumbrante cuadro, Manuela Mena cuenta que, según la correspondencia de Godoy, se trata de un encargo no oficial. En abril de 1800, la reina escribe a Godoy desde Aranjuez diciéndole que lleve allí a Goya para organizar un modo de trabajo que evite el tener que pasar demasiado tiempo posando. El pintor se trasladó a la ciudad madrileña para tomar estudios del natural a cada uno de ellos, entre el 15 de mayo y el 10 de junio. Cada uno fue realizado en una mañana. A mediados de junio volvió a su taller madrileño y en noviembre, el cuadro, con su marco y bastidores, estaba terminado.
«Todo es excepcional en esa alegoría regia», comenta Mena. «Hay quien lo ha interpretado como un insulto a los reyes, pero ellos no lo recibieron como tal. Con 50 años, le habían nombrado a Goya pintor de cámara. Godoy era un gran admirador suyo. Si ellos hubieran visto esa burla, hubieran rechazado el cuadro. Goya retrató a Carlos III, Carlos IV y Fernando VII. Retrataba la personalidad íntima de sus modelos y el estatus que ocupaban. Cumplía el encargo, pero es cierto que trascendía mucho más de lo que puede que sus protagonistas quisieran».
Antes de abandonar el Prado, Manuela Mena propone una breve parada ante los impresionantes cuadros dedicados a los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en Madrid (1813-14). Mena contempló por primera vez el cuadro con solo 3 años, una visión que le provocó terribles pesadillas. Ahora nos cuenta que los dos cuadros se hicieron por encargo de Fernando VII, y que Goya, desde su vivienda en La Quinta del Sordo, en la ribera del Manzanares, había sido testigo de los desastres de la guerra. Isidro, el jardinero del pintor, contó que Goya vio los fusilamientos en la montaña de Príncipe Pío desde la ventana de su casa, ayudado por un catalejo y que por la noche le acompañó para ver a los fusilados aún insepultos. Allí mismo, Goya abrió su carpeta, sacó el lápiz, el cartón y se puso a dibujar.
Fundación Lázaro Galdiano. Calle de Serrano, 112
La siguiente parada es la Fundación Lázaro Galdiano, el museo que acoge más de 4.000 piezas legadas al Estado por el editor y coleccionista José Lázaro Galdiano. Admirador de la pintura de Goya, Lázaro sumó nada menos que ocho pinturas (El Aquelarre, Las Brujas…), primeras y segundas ediciones de las estampas, dibujos y varias cartas a Martín Zapater. Mena escoge el boceto del cartón para tapiz titulado La era o El verano (1786). Es una escena campesina cotidiana en la que los personajes descansan sobre la paja después de haber trabajado duro. Mena no solo destaca la poesía y el realismo de la escena, sino también su modernidad. El polvo dorado de la paja recorre los rostros de quienes se acaban de despertar o de quienes dormitan. «En los bocetos era muy libre y expresivo y en el cartón está más contenido. En esta escena, que se produce a mediados de agosto, los trabajadores ya han recogido el grano y están repanchigados sobre la paja, al fondo se ve una tormenta amenazadora. Goya siempre narra historias. Otros, en cambio, se conforman con ser puramente decorativos».
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Calle de Alcalá, 13
Goya fue miembro de la Academia desde 1780 . En el museo se conservan 13 pinturas entre las que se encuentran dos Autorretratos,La corrida de toros, los retratos de Moratín, Juan de Villanueva y de la actriz La Tirana, Escena de la Inquisición, Procesión de flagelantes y El entierro de la sardina. En la Academia, el papel de guía lo ejerce la conservadora jefe del museo, Mercedes González Amezúa, quien recuerda que Goya fue elegido por unanimidad para entrar en la Academia y que lo hizo con una pintura en la que representaba un Cristo en la cruz bastante frío. En 1885, pasó a ser teniente de pintura (equivalente a director adjunto). Poco después proclamó que no había reglas para la pintura.
Trabajador incansable, pinta con la vitalidad de un muchacho. AnteLa corrida de toros, asegura que lo que más fascinaba a Goya era la fuerza arrolladora del animal y añade que, según Moratín, Goya llegó a dar algunos capotazos, pero que situaba la fiesta entre esas costumbres que hacían de España un país atrasado y necesitado de reformas.
Sobre la escalofriante Escena de la Inquisición (1812-19), recuerda González Amezúa que Goya tuvo problemas con el Santo Oficio y sufrió varios interrogatorios a propósito de La maja desnuda (1795-1800), obra que ahora pertenece a El Prado, pero que estuvo depositada en dependencias del Tribunal de la Inquisición hasta el 28 de noviembre de 1814.
En la Calcografía se encuentran las más de 200 planchas que realizó Goya sobre los Caprichos, la Tauromaquia, los Disparates o los Desastres de la guerra que, por motivos de conservación, no han sido reproducidas desde hace más de cuarenta años. Algunas de ellas se exponen en una sala especial.
Banco de España. Alcalá, 48
El banco cuenta con el conjunto de retratos que se le encargó a Goya entre 1785 y 1788, y que representan a Carlos III, a Francisco Javier de Larrumbe, al marqués de Tolosa, al conde de Altamira, a José de Toro y Zambrano y al conde de Cabarrús. El conde de Floridablanca y el conde de Gausa también fueron pintados, pero estos retratos no fueron heredados del Banco de San Carlos, sino adquiridos por el Banco de España en el siglo XX. A diferencia de las anteriores visitas, aquí el acceso no es directo, sino que hay que hacer una solicitud escrita al servicio de Comunicación de la entidad.
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| Detalle de una de las ‘ángelas’ de los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida. |
El recorrido acaba en la ermita de San Antonio de la Florida, considerada la obra cumbre de su pintura mural. En contra de la tradición, Goya decidió representar un episodio de la vida de San Antonio en la cúpula, lugar reservado para la escena celestial, que en este caso se sitúa con un coro de ángeles en las zonas bajas. Puestos a ser original, eso ángeles son femeninos, son ángelas, y pasean junto a otros personajes por las bóvedas y paramentos a ambos lados de las ventanas. «Es un alarde de su dominio de la técnica del fresco. La escena elegida es un milagro de San Antonio, según el cual, el padre fue acusado de asesinar a un hijo. San Antonio lo salva resucitando a un muerto. El padre queda libre y detienen al auténtico asesino. Todos los que aparecen sobre la barandilla van vestidos a la moda del momento y al fondo se ve un paisaje montañés y seco».
El interior de la ermita tiene otro motivo de peregrinación: la sepultura dedicada Goya. Pero Mena no cree que la lápida cubra los auténticos restos del artista. «Se sabe a ciencia cierta que la cabeza no está. Puede que alguno de los huesos le
Goya murió en Burdeos el 16 de abril de 1828, con 85 años. A la ciudad francesa se había trasladado harto de las presiones inquisitoriales en una España en la que se expurgan las bibliotecas y se alaba al tirano como a un Dios. Viejo y enfermo, no para, sin embargo, de experimentar nuevas técnicas y temas. Lo que más le pesa es la añoranza de su hijo Javier, el único superviviente de los siete que tuvo con Josefa Bayeu. Durante la celebración de una visita de su hijo y su familia, Goya se sintió indispuesto. Murió 13 días después.
Han pasado más de seis horas desde el comienzo del recorrido por los santuarios de Goya en Madrid y hay que terminar. Pero la lista de lugares para admirar la huella del maestro es más amplia. No es mal epílogo, en todo caso, terminar con una tormenta de hojas junto a la Ermita y bajo un cielo azul como los que él pintaba para dar un respiro ante la visión de la España más oscura.
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| Visitantes ante la copia de la Gioconda que se conserva en el Museo del Prado / GORKA LEJARCEGI (EL PAÍS) |
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| Visitantes ante la copia de la Gioconda que se conserva en el Museo del Prado / GORKA LEJARCEGI (EL PAÍS) |
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| Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael |