Etiquetado: Museo del Prado

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado: siete cuadros esenciales

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado: siete cuadros esenciales

4. La transfiguración (Rafael)
La última pintura del maestro de Urbino, tenía 34 años solamente cuando murió, es «La transfiguración». Cuando fue enterrado, encima de su catafalco fue colocado este cuadro. 
Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael
Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael
Es bastante excepcional en la historia de Rafael, es casi un tratado de cómo este mundo se comunica con el otro: «En la parte superior está Jesucristo, flanqueado por Elías y por Moisés. En la parte terrestre, en la inferior, todo repleto de apóstoles, pero ninguno ve lo que está sucediendo. Ninguna mirada está puesta sobre escena impresionante, que está teniendo lugar sobre sus cabezas, excepto una de un personaje que no está descrito en los Evangelios y que es el niño descrito como el poseído, el endemoniado, es un niño al que le están apuntando la mayoría de los dedos. Ese niño tiene un ojo puesto en la parte superior de la escena y otro en la inferior. El estrabismo está muy forzado marcando que es el único de toda la escena capaz de ver lo que ocurre en las dos partes de la representación. Es más, un brazo apunta el cielo y otro a la tierra marcando claramente el eje hacia el que debemos mirar. A una pequeña lección: en medio de la escena aparece una mujer, de espaldas, que es una representación de Sofía, de la sabiduría clásica, y esa mujer tiene sus manos con sus dos índices apuntando al niño, invitándonos claramente que a través de la Sofía, de la sabiduría, se puede llegar a comprender la existencia de nuestros mundos y localizar aquellos que son capaces de ver nuestros mundos. 
¿Por qué Rafael en el último tramo de su vida se preocupa por esto? Todo tiene que ver con sus lecturas. En el Maestro del Prado lo que se presenta también es la existencia de libros, manuscritos, alguno de ellos nunca impreso, que sirvieron de inspiración a muchos pintores para comunicar mundos. Ese libro, el eje intelectual del Maestro del Prado, es el Apocalipsis Nova, una de cuyas copias se conserva en el Monasterio del Escorial. Y se da la casualidad de que el oficio de tinieblas, el sepelio de Rafael, se celebró en la Iglesia de Roma donde se abrió por primera vez la Cristiandad. Nada es casual.

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Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (3)

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (3)

3. La historia de Nastagio Degli Onesti (Boticelli)

Estamos ante las tres únicas tablas de Boticelli que tiene el Museo del Prado. Llegaron aquí poco antes de la Guerra Civil, fue una donación de Cambó, un político catalán que las compró en una subasta maravillado porque -decía- cada vez que las contemplaba su estado de ánimo cambiaba. El nuestro también. 

Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado
Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado
Lo interesante de estas tablas, explica Javier Sierra, es que nos cuentan una historia de fantasmas: «Para comprenderla tendríamos que leer un cuento del Decamerón, que es el cuento de la historia de los amantes crueles. Cuenta la aventura de Nastagio, un joven de Rávena, que es rechazado por una joven adinerada y que fruto de la depresión -los hombres no estábamos acostumbrados a que nos rechazaran en aquella época- acude a un bosque a las afueras de la ciudad para quitarse la vida. Cuando entra en el bosque para quitarse la vida, de repente ese lugar se llena de ruido y de vida, aparece un jinete enarbolando su espada con unos perros de caza persiguiendo a una muchacha. 
Nastagio se queda muy impresionado, trata de parar al jinete, pero éste le echa a un lado y le dice que está cumpliendo una misión divina persiguiendo a la mujer, le da caza, le abre la espalda, le saca las vísceras y se las da de comer a sus perros. Horrorizado por la escena, Nastagio comienza un parlamento con ese jinete. Éste le dice que lleva trescientos años haciendo la misma escena, y que cada viernes vuelve a iniciar la persecución de esta mujer, y que ellos dos -la chica que acaba de fallecer bajo su espada y él han caído presos de una maldición. Que él pidió la mano a aquella muchacha y ella le rechazó, que él acudió a ese bosque y se quitó la vida y que Dios decidió castigarle a él por suicida y a ella por haberle rechazado. Y le advirtió que cada viernes volvería a hacer la misma escena. Y Nastagio urde un plan.
Invita a la familia de la muchacha y a la muchacha a un banquete campestre justo en el lugar donde se ha producido esa aparición. En medio del banquete, irrumpe de nuevo el jinete con los perros persiguiendo a la muchacha y el único que no se asusta es Nastagio, el hombre de los jubones rojos, que les explica a todos lo que ha sucedido. Y saca de ahí la moraleja de que más vale no rechazar a un hombre no sea que caiga una maldición. Son los únicos fantasmas del Prado».

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Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (3)

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (3)

3. La historia de Nastagio Degli Onesti (Boticelli)

Estamos ante las tres únicas tablas de Boticelli que tiene el Museo del Prado. Llegaron aquí poco antes de la Guerra Civil, fue una donación de Cambó, un político catalán que las compró en una subasta maravillado porque -decía- cada vez que las contemplaba su estado de ánimo cambiaba. El nuestro también. 

Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado
Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado
Lo interesante de estas tablas, explica Javier Sierra, es que nos cuentan una historia de fantasmas: «Para comprenderla tendríamos que leer un cuento del Decamerón, que es el cuento de la historia de los amantes crueles. Cuenta la aventura de Nastagio, un joven de Rávena, que es rechazado por una joven adinerada y que fruto de la depresión -los hombres no estábamos acostumbrados a que nos rechazaran en aquella época- acude a un bosque a las afueras de la ciudad para quitarse la vida. Cuando entra en el bosque para quitarse la vida, de repente ese lugar se llena de ruido y de vida, aparece un jinete enarbolando su espada con unos perros de caza persiguiendo a una muchacha. 
Nastagio se queda muy impresionado, trata de parar al jinete, pero éste le echa a un lado y le dice que está cumpliendo una misión divina persiguiendo a la mujer, le da caza, le abre la espalda, le saca las vísceras y se las da de comer a sus perros. Horrorizado por la escena, Nastagio comienza un parlamento con ese jinete. Éste le dice que lleva trescientos años haciendo la misma escena, y que cada viernes vuelve a iniciar la persecución de esta mujer, y que ellos dos -la chica que acaba de fallecer bajo su espada y él han caído presos de una maldición. Que él pidió la mano a aquella muchacha y ella le rechazó, que él acudió a ese bosque y se quitó la vida y que Dios decidió castigarle a él por suicida y a ella por haberle rechazado. Y le advirtió que cada viernes volvería a hacer la misma escena. Y Nastagio urde un plan.
Invita a la familia de la muchacha y a la muchacha a un banquete campestre justo en el lugar donde se ha producido esa aparición. En medio del banquete, irrumpe de nuevo el jinete con los perros persiguiendo a la muchacha y el único que no se asusta es Nastagio, el hombre de los jubones rojos, que les explica a todos lo que ha sucedido. Y saca de ahí la moraleja de que más vale no rechazar a un hombre no sea que caiga una maldición. Son los únicos fantasmas del Prado».

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Rafael, las pasiones de un genio,

Rafael, las pasiones de un genio,

Fornarina, la célebre amante de Rafael
Fornarina, la célebre amante de Rafael

La felicidad vende por lo general
peor que la desgracia, salvo si en el relato dichoso entra en juego el
final injusto y abrupto. Rafael disfrutó de una vida plena de alegrías
y de éxito, pero que, ay, resultó demasiado corta. Corta, pero
suficiente para que su arte se considere insuperable aun hoy, casi
cinco siglos después de su muerte. Falleció a los 37 años en Roma, su
ciudad de adopción, por causas un tanto peregrinas que han acabado en
el gran anecdotario de la cultura occidental achacadas a su legendaria
fogosidad. Hasta tal punto abusó de los placeres sexuales junto a su
amante, la Fornarina, que llegó a casa un día tan falto de fuerzas que
precisó atención. Un error de cálculo médico, relatan las crónicas de
la época, acabó por darle la puntilla y, tras varios días consumido por
una devastadora fiebre, se fue el Viernes Santo de aquel año de 1520
(¡el mismo día de su nacimiento en 1483!). Roma se despertó bañada en
lágrimas por la desaparición de su mejor pintor, del intelectual más
refinado y sensual, del campeón de todos los ingenios, del más afinado
notario del incomparable sueño renacentista.

Pandolfo
Pico, embajador de Isabella d’Este en Roma, describió el “grandísimo y
universal abatimiento por la pérdida de la esperanza de las cosas
grandísimas que de él se aguardaban”. Hasta los fenómenos inexplicables
pusieron de su parte; una grieta, como consigna Antonio Forcellino en
la novelesca biografía Rafael.
Una vida feliz
 (Alianza),
se abrió en el palacio del Vaticano en aparente respuesta sobrenatural
al hecho luctuoso, lo que obligó al Papa a abandonar sus apartamentos.
En
realidad, Rafael pudo morir de malaria o por una intoxicación del plomo
contenido en la pintura que empleaba. Pero ¿quién necesita una
explicación empírica ante un relato mitológico tan bien redondeado?
Debida
a esto o a aquello, su muerte marcó en cierto modo el principio del fin
del esplendor renacentista de Roma. Atraído por sus sensuales placeres
y por las huellas seductoras de la recién descubierta Antigüedad, el
joven y desconocido pintor de 25 años había llegado en 1508 desde
Florencia. Le precedía una fama ganada a pulso gracias a su don de
gentes, esa capacidad para la amable intriga y el deslumbrante trabajo
desarrollado en Urbino y Umbría, cuando, tras la repentina muerte de su
progenitor, Giovanni Santi, al chico le tocó siendo un niño hacerse
capitán del barco artístico del taller de su Urbino natal.
A
la Ciudad Eterna llegó requerido por el papa Julio II, en respuesta a
una llamada que el ambicioso Rafael llevaba tiempo queriendo recibir;
la Roma deseosa de sacudirse el polvo de la ignominia sembrada por el
papa español Alejandro VI era el sitio indicado para alguien como él.
'Santa Cecilia', una de las piezas más interesantes de la exposición / PINACOTECA NACIONAL DE BOLONIA
‘Santa Cecilia’  / PINACOTECA NACIONAL DE BOLONIA

Junto
a Julio II y su sucesor, León X, el artista contribuyó a construir el
relato de un tiempo para el que su muerte sirvió de punto y aparte, que
se haría final en 1527 con el Saco de Roma. “La entrada de los soldados
luteranos supuso un simbólico cierre al Renacimiento”, explicaba
recientemente Miguel Falomir en la estancia de Constantino, una de las
cuatro habitaciones papales pintadas por Rafael y su taller (en este
caso, sobre todo por su taller). Para demostrarlo, el máximo experto
del Prado en pintura italiana hasta 1700 señalaba, con el museo
vaticano cerrado, las huellas dejadas por los invasores, una suerte de
grafitis del siglo XVI en la logia de Rafael, sublime terraza
particular de León X y lugar habitualmente hurtado a los ojos del
público. La entrada la había franqueado Antonio Paolucci, director de
la institución vaticana, tras sentenciar: “¿Los dos mejores pintores de
la historia? ¡Velázquez y Rafael!”.


Como
una cápsula de ese tiempo
 y
de aquellas circunstancias biográficas irrepetibles se presenta la
muestra El último
Rafael,
 reunión de
40 pinturas y 30 dibujos con la que, desde el 12 de junio, el Museo del
Prado indagará junto con el Louvre en el estilo tardío del genio.
Prometen una de esas exposiciones que, como suele decir la crítica
anglosajona, aspiran a definir una generación.
Además
de una ocasión única para contemplar un número insospechado de joyas
provenientes de dos de las mejores colecciones del artista del mundo (y
no solo de esas, también hay préstamos tan importantes como la Santa Cecilia de la Pinacoteca Nacional
de Bolonia), la muestra aporta la novedad de atreverse con la etapa
última de nuestro hombre, habitualmente poco explorada. Y a menudo
denostada: Rafael, acaso el pintor más influyente de todos los tiempos,
también ha sido víctima de los mayores malentendidos. Cuando en el
siglo XIX corrientes de creadores academicistas italianos y alemanes,
así como los prerrafaelitas, recuperaron su obra, confundiendo ese
torrente de creatividad en continua evolución con una traición a los
ideales del principio de su carrera y despreciaron sus años romanos.
¿Por
qué? Precisamente por eso que pretenden celebrar los comisarios Tom
Henry y Paul Joannides, dos de los mayores expertos de Rafael en el
mundo, en quienes humildemente han delegado las labores de especialista
Falomir y Vincent Delieuvin, supervisores desde el Prado y el Louvre.
La exposición es tanto sobre Rafael como sobre su taller, verdadera
factoría de 50 trabajadores cuyos designios rigió el genio con astucia
de buen jefe (sí, en eso también era excepcional). Una máquina de
aceptar encargos en la que las ideas partían de una sola cabeza, pero
la ejecución se dejaba en manos de pintores que trascendían al mero
aprendiz, sobre todo en los casos de Giulio Romano y Giovanni Francesco
Penni.
La muestra esconde un trabajo de cinco
años. Y el catálogo aspira a condicionar los estudios rafaelitas por
una buena temporada. En la lista de las obras incluidas se avanzan
atribuciones que darán que hablar en el mundo académico. Se brindará
también una interesante reflexión sobre la autoría, al colocar el foco
en la calidad más que en la mera firma y situar el final después de la
muerte de Rafael: en el conjunto destaca una sección, desgajada
espacialmente del resto, de obras en torno a La transfiguración, copia
propiedad del Prado terminada entre 1520 y 1528 por el taller de Romano
yPenni. La original, conservada en la pinacoteca vaticana y considerada
una obra cumbre del artista, no puede viajar.

“Es una exposición sobre el modo en que funcionaba la mente de Rafael y
cuán precisas eran sus instrucciones para que otros culminasen el
trabajo, de las que conservamos valiosa información en los dibujos y
cartones”, aclara con quirúrgica precisión británica el comisario Tom
Henry. La razón de que Rafael cediera tanto protagonismo a sus
colaboradores halla su explicación, por un lado, en la misma manera en
que funcionaban los talleres de la época (alejada sin duda de la idea
romántica del artista solitario que se pelea de principio a fin con su
obra). Por otro, en la escasa capacidad del genio de Urbino de decir
que no a los encargos.

'Bindo Altovitti'
‘Bindo Altovitti’

Para
el Vaticano, el taller pintó cuatro estancias gigantescas que fueron
aumentando en complejidad técnica y emoción artística, además de la
mencionada logia, una loggetta y una stufetta. Rafael
sabía bien a quién debía lealtad, como se puede comprobar en las
representaciones que de sus patrones (y de sí mismo) fue dejando caer
en los frescos de las estancias. Después de todo, fue Julio II quien
permitió la materialización de su sueño romano. Llegó al Vaticano
recomendado por un pariente lejano, el arquitecto Donato Bramante. La
idea inicial era que participase junto a otros artistas en la
decoración de la biblioteca personal de Julio II. Cuando este vio de lo
que Rafael era capaz, mandó echar a los demás para confiarle todo el
trabajo al recién llegado.

El
imprevisible pontífice, cuya mayor aspiración, además de las conquistas
militares, fue pisotear la memoria de su antecesor, supo entender que
el arte podía ser un fenomenal vehículo propagandístico. Vivía la
increíble destreza de Rafael como una victoria moral sobre el nefasto
papa borgia Alejandro VI, que encargó la decoración de sus apartamentos
a un más modesto Pinturicchio.
Uno
de los cuadros más inquietantes de Rafael sigue siendo el retrato que
hizo de Julio II (1512) y que se guarda en la National Gallery de
Londres. En él se ve al pontífice con una larguísima barba, fruto de un
juramento. El que, preso de la obcecación militar, se hizo a sí mismo
de no afeitarse hasta vencer al ejército de Ferrara y expulsar de
Italia a los invasores franceses. En los ojos se adivina la melancolía
por la derrota militar, sí, pero también un claro mensaje: el Papa,
cuya actitud belicosa había sido afeada hasta por Erasmo de Rotterdam,
conservaba el gesto apacible del que solo disfrutan los practicantes de
la profunda vida espiritual.
Cuando
Julio II murió, en 1513, su sucesor, León X, más inclinado a los
placeres terrenales y cinegéticos que a presentar batalla, no vio la
necesidad de alterar el statu
quo
 artístico y
financiero que encontró. Quizá porque Agostino Chigi, apasionado
banquero sienés y empleador predilecto de Rafael, le recibió en su
pontificado con un préstamo de 75.000 ducados.
Para
Chigi, que perdía y recobraba la amistad con Julio II como van y vienen
los valores bursátiles, Rafael pintó una de sus obras cumbres al
fresco: la Logia de
Psiche,
 en Villa
Farnesina. Con música barroca de fondo y la luz primaveral del
ajetreado Trastevere inundándolo todo a través de los ventanales de la
terraza cubierta, Gabriele Finaldi, director adjunto del Prado,
detallaba en una reciente visita a Roma, y con su contagioso interés
por las historias de la pintura antigua, algunas de la excentricidades
de Chigi, que dan una idea del ambiente de despreocupación en el que
Rafael vivió sus años de plenitud. “Cuentan que en las comidas aquí
celebradas se empleaba una vajilla de oro que luego se tiraba al Tíber.
Luego, al parecer, se recogía con una red tendida previamente en el
fondo del río”.
Cartón para la lapidación de san Esteban
Cartón para la lapidación de san Esteban

No
fue aquel el único desprecio a la mesura que contemplaron estas
paredes. Giorgio Vasari, pintor y arquitecto que sin embargo alcanzó la
inmortalidad como el primer historiador del arte, cuenta en el tratado
publicado en 1550 Las
vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores
italianos desde Cimbabue a nuestros tiempos
 (Cátedra) que Chigi se vio
obligado a colocarle a Rafael una cama para que terminase el encargo
que se le había hecho sin dejar de atender sus impulsos sexuales.

“Rafael
era una persona muy enamoradiza y aficionada a las mujeres, siempre
dispuesto a servirlas”, escribió Vasari, tipo dado a la discreción,
pero obligado por los célebres amoríos del genio, aventuras en las que
contaba con la complicidad de su íntimo amigo Giulio Romano. Dos
cuadros del pintor destacan sobre los demás en su incesante búsqueda
del ideal de belleza femenina. Retrato
de mujer,
 conocido
como La Velada (hoy en Florencia), y La Fornarina, pintado en un gesto de
extremada sensualidad y conservado en la Galería Nacional de Arte
Antiguo de Roma, en el Palacio Barberini.
Solucionarle la logística amatoria no
era la única manera de atizar a Rafael. También funcionaba el truco de
enfrentarle continuamente al arte de sus enemigos, ardid por lo demás
muy extendido entre los mecenas del Renacimiento. Contra Sebastiano del
Piombo se vio arrojado por ejemplo durante la decoración de la
Farnesina y ante el encargo del que sería su último cuadro, La transfiguración, destinado a presidir
inacabado su funeral en el Panteón romano, donde hoy descansan sus
restos acompañados del epitafio “Esta es la tumba de Rafael, en cuya
vida la Madre Naturaleza temió ser vencida por él y a cuya muerte ella
también murió”.
Cierto
es que Del Piombo nunca pareció rival de la misma altura de su maestro
Miguel Ángel. Es célebre la anécdota que cuenta que Rafael cambió su
forma de atacar los frescos de las estancias vaticanas cuando Bramante
le permitió ver sin permiso parte del trabajo de su contrincante en la
Capilla Sixtina. Siempre estuvo nuestro hombre presto a competir,
atento al trabajo de Leonardo y de otros. “Sentía pánico a la
obsolescencia”, explicó Falomir durante un paseo por la Pinacoteca
vaticana, “desde el día en que vio cómo Perugino, con quien se formó,
pasó de ser un gran pintor a un mero condenado a la irrelevancia”.
Guiado
por la luz de aquella revelación, no descansó hasta verse solo en la
cúspide de los artistas de Roma. Sucedió a la llegada de León X (a
quien también retrató, aunque luciese un gesto ciertamente más
bobalicón). Hacia 1514, Miguel Ángel, aislado por su ingobernable
temperamento, se hallaba enfrascado en una de sus titánicas tareas
escultóricas. Y Leonardo (tercer vértice de la santísima trinidad del
Renacimiento descrita por Falomir), de quien, según Delieuvin, Rafael
estudió atentamente el segundo cartón de la Santa Ana durante su estancia en
Florencia, era un anciano superado por la ambición de sus obsesiones
científicas. Entonces, el pobre chico de Urbino fue invitado a suceder
a Bramante, muerto ese año, como jefe de antigüedades de Roma y pudo
dar rienda suelta a otra de sus grandes pasiones: la arqueología.
Al
nombramiento siguieron tiempos de enorme actividad para Rafael, años de
ideas esbozadas que otros se encargaban de culminar. “Todo el mundo
comprendió, no solo en Roma, la máxima que dice que si quieres ver algo
terminado con rapidez, debes encargárselo a un hombre ocupado”, afirma
Tom Henry. “En esta época solo se puede certificar la autoría al 100%
de los cuadros que pintó de sus amigos y benefactores”. Entre ellos,
tres de las estrellas de la exposición, los retratos de Baldassarre
Castiglione (1519) y el autorretrato con Giulio Romano, y el de Bindo
Altoviti (1516-1518), provenientes del Louvre y de la National Gallery
de Washington.
Estas
piezas, pero sobre todo la imponente La
transfiguración,
 ofrecen
la poderosa tentación de imaginar qué habría podido salir del pincel de
Rafael de no haber sucumbido tan joven a su propia leyenda. Incluso
Henry, cuya religión, “el pensamiento positivo anglosajón”, no le
permite esta clase de aventuras en los resbaladizos terrenos del
arte-ficción, se atreve a considerar que, si no hubiera muerto, la
evolución del arte occidental se habría ahorrado unos 80 años.
‘El
último Rafael’ ocupará las salas del Prado entre el 12 junio
y el 16 de septiembre.

Iker Seisdedos: Rafael, las pasiones de un genio, EL PAÍS, 3 de junio de 2012
El Prado da a luz a un nuevo ‘tiziano’

El Prado da a luz a un nuevo ‘tiziano’

A partir del motivo religioso de 'San Juan Bautista' destacan dos versiones pintadas por Tiziano: la de la derecha se conserva en la Gallerie dell’Accademia en Venecia y la otra, en El Escorial.
A partir del motivo religioso de ‘San Juan Bautista’ destacan dos
versiones pintadas por Tiziano: la de la derecha se conserva en la
Gallerie dell’Accademia en Venecia y la otra, en El Escorial.

La competencia es dura estos días en el taller de restauración del Museo del Prado, pero incluso entre deslumbrantes rafaeles, goyas y van der weydens,
que reciben atenciones en distintos grados en esta suerte de Uvi del
arte antiguo, brilla con discreción, apagado por siglos de olvidos,
guerras y devastadores repintes, una pintura religiosa de Tiziano (1489-1576).
Se trata del último descubrimiento, que se sepa, efectuado por la
sección científica del Prado, un equipo de unos 15 conservadores y una
veintena de restauradores del más alto nivel que no paran de generar
expectación con sus investigaciones: ahora un bruegel inédito y fundamental, ahora una copia de La Gioconda realizada al mismo tiempo que el original.

La imagen del tiziano, que se conserva en el secreto del
taller hasta que no se termine de trabajar en él, resulta familiar; es
una versión del célebre San Juan Bautista, que el pintor
terminó allá por 1542 y que se conserva en la Gallerie dell’Accademia de
Venecia. Pero no la única, porque también está, claro, la que se
atesora en las salas capitulares del Monasterio de San Lorenzo del
Escorial desde su llegada a la colección en 1577 gracias a una donación
de Felipe II, fan declarado del pintor. La joya fue puesta a punto por
Patrimonio Nacional en 1999, junto a La última cena.

El santo que ahora recibe las atenciones de los restauradores de la
pinacoteca madrileña proviene de lo que se conoce como Prado disperso,
un conjunto de 3.100 obras que fueron saliendo con rumbo a los más
diversos puntos de España cuando la colección creció más de la cuenta
tras la anexión en 1872 de los fondos del Museo de la Trinidad. El
cuadro acabó en una iglesia de Almería (como consta en un inventario del
Boletín del Prado). Allí sobrevivió a la clase de calamidades
que le tenía reservado el ingrato siglo XX: del olvido a los cambios del
gusto o la Guerra Civil.

En ese insospechado hogar reparó en él Miguel Falomir, jefe del
departamento de pintura italiana y francesa, que se halla en el proceso
de la redacción de un catálogo razonado sobre Tiziano que promete para
final de año. Es una de sus especialidades, a la que dedicó una
exposición en 2003 que, todos coinciden en el museo, marcó un hito en la
ambición académica del Prado. El conservador pensó que un estudio
detenido podría aportar datos interesantes. Y acertó.


Radiografía obtenida durante la restauración de la del Escorial.

Sobre este descubrimiento se pueden entrever pistas en un boletín del
Centro de Estudios Avanzados de las Artes Visuales de la National
Gallery de Washington, donde Falomir escribió en 2010: “La restauración y
el análisis técnico de casi toda la colección del Prado ha coincidido
con la elaboración del catálogo razonado y ha contribuido poderosamente
a, por ejemplo, cambiar algunas atribuciones y fechas. Además, las
radiografías y las reflectografías infrarrojas, así como el análisis de
pigmentos han proporcionado nueva información que arroja luz sobre el
modo de trabajo de Tiziano y las variadas etapas de su trabajo creativo;
la presencia de los dibujos bajo la pintura, más abundante de lo que se
creía; los cambios constantes introducidos mientras hacía evolucionar
sus composiciones y la reutilización de lienzos en sus últimas décadas.
Este material técnico es particularmente útil para entender cómo
funciona el taller de Tiziano, especialmente en la producción de
réplicas, un tema del que el Prado está bien provisto de ejemplos”.

“Nadie sabía de la existencia”, reconocía ayer desde Venecia Matteo
Ceriana, director de la Gallerie dell’Accademia, que ha visto la versión
y no duda de que salió del genial pincel, informa Tommaso Koch. “Acabó en una iglesia en el ochocientos,
en virtud de una práctica que también era común en Italia. No es
exactamente como la nuestra, ni tampoco como la del Escorial, y aun así
las tres versiones están interconectadas. San Juan Bautista no es un
tema muy complejo. Y un artista como Tiziano, tan grande y que vivió
durante tanto tiempo, tuvo que afrontar varias veces los mismos temas.
Intentaba no repetirse nunca, por lo menos trataba de reinventarse”.

En efecto, afirman los expertos, era práctica común en los grandes
artistas de la época (y si se piensa en Damien Hirst, por ejemplo,
también de esta) volver sobre ciertos temas, a menudo, por los deseos de
los propios compradores, que deseaban la misma experiencia que habían
tenido otros antes que ellos.

Lo que un creador de la talla del pintor veneciano, fuerte
indiscutible del Prado, no podía permitirse era una burda repetición de
los logros pretéritos. Por eso, este San Juan Bautista —que
comparte con las otras dos versiones las imágenes del carnero y el
paisaje (en este caso destaca poderoso en un co0njunto que se halla en un
delicado estado de conservación)— es mucho más que una mera copia
efectuada por un taller, como también atestiguan los estudios que se han
realizado. Esto, lejos de poner en duda la autoría de Tiziano, la
refuerza.

Los detalles de esta importante restauración se guardarán, con todo,
hasta otoño, cuando se presente el proceso en una exposición y con el
aparato científico que hay detrás de él al completo. Luego llegará la
publicación del catálogo razonado, que por definición se trata de un
recuento pormenorizado sobre la colección de un artista y el trabajo de
su taller, que se presenta, y este es un ejemplo de ello, como una
ocasión única para ajustar cuentas sobre el catálogo, nuevas
atribuciones y otros difusos asuntos relativos a la autoría. Un concepto
que, según los últimos avances en las investigaciones, busca trascender
al mero hecho de encontrar una firma para orientarse a terrenos más
resbaladizos, pero mucho más estimulantes, sin duda, como la calidad o
el estilo.

Iker Seisdedos, Madrid: El Prado da a luz a un nuevo ‘tiziano’, EL PAÍS, 3 de mayo de 2012
La ‘Gioconda’ de El Prado fue realizada al mismo tiempo que el original

La ‘Gioconda’ de El Prado fue realizada al mismo tiempo que el original

Las bodegas del Museo del Prado han sido el escenario de uno de los más importantes descubrimientos de la Historia del Arte: los conservadores de la pinacoteca han hallado en sus fondos una réplica de la Gioconda de Leonardo da Vinci, pintada por uno de sus pupilos favoritos, probablemente Andrea Salai (que a la postre se convertiría en uno de los amantes del maestro) o Francesco Melzi. Los expertos del Prado han empleado varios meses en estudiar, limpiar y quitar el oscuro barniz que cubría la tabla. Lo que durante muchos años fue considerado en el seno del Prado como una copia más –y bastante banal- del retrato más célebre del arte mundial ha acabado siendo catalogado como una verdadera bomba. Tanto los máximos expertos del Prado como los del Museo del Louvre han aceptado ya el carácter oficial del hallazgo (según informaciones a las que ha tenido acceso este periódico y que también está recogiendo el periódico online Art Newspaper), y han subrayado la importancia del mismo. Con toda probabilidad, la obra será cedida temporalmente a sus colegas del museo parisiense por por los responsables del Prado, que confirmaron el descubrimiento a EL PAÍS. Allí será exhibida en la misma galería donde se encuentra la Gioconda, la obra más visitada del Louvre.

No estamos ante una mera copia del retrato de las muchas que pululan por el mundo: se trata de un verdadero work in progress, un retrato paralelo, una especie de fotocopia ejecutada de forma simultánea por el alumno mientras el profesor pintaba su obra maestra. Hay que subrayar, además, que el tamaño de original y réplica es prácticamente el mismo: 77 X 53 centímetros para el primero, y 76 X 57 para la segunda. El discípulo de Leonardo habría ejecutado la réplica a medida que el maestro toscano iba pintando el original en su estudio de Florencia, lo que además arrojará nuevas informaciones sobre la forma en que se trabajaba en los gabinetes de los grandes maestros. Diversos estudios fotográficos y radiológicos efectuados sobre el cuadro arrojan resultados que, muy probablemente, van a cambiar el rumbo de las teorías e interpretaciones en torno al inmortal retrato de la que, según la tesis más respetada, pudo ser la joven Lisa Gherardini, esposa de un rico comerciante florentino llamado Francesco del Giocondo.

Durante mucho tiempo, los expertos del museo madrileño creyeron que la obra que dormía en sus depósitos –y que incluso llegó a ser colgada durante un tiempo en sus paredes- había sido pintada por un artista flamenco u holandés: el soporte, tabla de roble, no era utilizado por los artistas florentinos, que preferían el uso de otros soportes… como el nogal. Sí por los flamencos, lo que llevó a los conservadores a considerar la pintura como obra flamenca. Pero estudios posteriores arrojaron nuevos resultados: la copia de la Gioconda no estaba hecha sobre roble sino sobre… nogal.

Otro de los motivos cruciales de que la pintura permaneciera escondida durante siglos se refiere al fondo del retrato, totalmente oscuro, por contraposición al original del Museo del Louvre, en el que puede apreciarse el verde paisaje de la Toscana. Hoy se cree que ese fondo negro fue añadido al cuadro en el siglo XVIII. Los restauradores del Prado emplearon meses en despojar a la tabla de su absurda oscuridad y, sorpresa, se toparon con la luz, el color y el trazo de los mismos paisajes del norte de Italia presentes en el original de Leonardo da Vinci. En estos momentos, el equipo de restauración de la pinacoteca madrileña continúa adelante con su trabajo, retirando las sucesivas capas de barniz que durante más de 500 años han ido tapando el rostro de la joven del cuadro. Con toda lógica la obra objeto del hallazgo goza, tras ser convenientemente saneada, de un estado de conservación muy superior al de la Monna Lisa del Louvre: el rostro del original de París permanece oscurecido por el barniz envejecido por el paso del tiempo, lo que hace que el aspecto de la muchacha del cuadro parezca el de una mujer de mediana edad, mientras que el del Prado ofrece ahora la visión de una chica de unos 20 o 25 años. El mundo del arte está, en otras palabras, ante una Gioconda rejuvenecida.

El equipo directivo del Prado, con su director Miguel Zugaza a la cabeza, tenía previsto presentar en sociedad este hallazgo el día 23 de este mes, pero una ponencia presentada hace dos semanas en un congreso celebrado en Londres ha precipitado las cosas. En dicha reunión de expertos en pintura del Renacimiento se llegó a mostrar una fotografía que mostraba el proceso de limpieza: el antes y el después de la copia, con el fondo negro, y sin él. También se habló en el congreso londinense (celebrado de forma paralela a la exposición de la National Gallery Leonardo da Vinci, pintor de la corte de Milán) de las pruebas de reflectografía por infrarrojos efectuadas en la tabla; dichas pruebas fueron comparadas con las que en 2004 se aplicaron al original del Louvre, arrojando sorprendentes resultados en cuanto a la similitud con el original. Ana González Mozo, una de las especialistas de la pinacoteca madrileña, presentó una ponencia en la que establecía la evidencia de que la copia salió del estudio de Leonardo. Las razones por las que el maestro deseó y permitió que un discípulo ejecutara una réplica de forma paralela a su trabajo es todo un misterio. El propio misterio que siempre rodeó a la propia vida de Leonardo da Vinci…

Borja Hermoso, Madrid: La ‘Gioconda’ de El Prado fue realizada al mismo tiempo que el original, EL PAÍS, 1 de febrero de 2012

El museo del Prado presenta algunas de sus mejores restauraciones tras dos años

El museo del Prado presenta algunas de sus mejores restauraciones tras dos años

El Museo del Prado presenta algunas de sus mejores restauraciones tras dos años de trabajos

El Museo del Prado ha presentado algunas de las restauraciones más singulares concluidas este año. Un buen ejemplo es este Felipe III a caballo, de Velázquez. A la izquierda, el óleo de tres metros antes de la restauración, a la derecha, tras el arreglo.

Después de casi dos años de restauración, los retratos ecuestres de Felipe III y de Margarita de Austria han regresado a la sala de Las Meninas de Velázquez, en el museo del Prado de Madrid, junto a las otras tres pinturas de la familia real a caballo que el pintor sevillano realizó entre 1634 y 1635 para el salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. El equipo de restauradores e historiadores que han trabajado en las dos obras han explicado que el trabajo ha consistido no solo en limpiar la suciedad acumulada a lo largo de los años en las capas de barniz, sino también en retirar dos bandas de 50 centímetros cada una que, a los lados de cada cuadro, sirvieron para ampliar su ancho en el siglo XVIII, cuando las obras fueron trasladadas al Palacio Real para decorar el comedor del monarca. «Una restauración importante y novedosa», apuntó Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación del museo.

De esta manera las dos obras, además de recuperar su color, han dejado de ser prácticamente cuadradas para volver a su medida rectangular original. Rocío Dávila, encargada de la restauración, explica cómo el trabajo del equipo de conservadores, del gabinete técnico y del laboratorio químico ha permitido decidir algo que era importante: cómo retirar dichas bandas manipulando lo menos posible las obras, cuyos injertos estaban aplicadas a la gacha, un sistema tradicional de España que se hacía con una pasta de cola y harina puestas sobre la tela original y la nueva.

«En la restauración es importante tomarse su tiempo», explica Dávila. «Hemos tardado casi dos años en restaurarlos pero eso no quiere decir que hemos estado trabajando esos dos años sobre ellos. Muchas veces, para restaurar bien, hay que pasar más tiempo mirando que trabajando». Dávila cuenta que las dos piezas fueron realizadas en el taller del pintor en colaboración con su equipo y que por eso el cuadro tiene correcciones realizadas por el propio Velázquez. Por ejemplo, bajo el caballo del rey hay pintado un ejercito que el sevillano se encargó de corregir. «Ahora vemos su mano mejor que nunca, sobre todo en los dos caballos». Frente a la rigidez en la ropa de los monarcas, la pincelada se suelta en las patas de los animales. «¡La mano de Velázquez tiene tanta fuerza! Se ve perfectamente en el caballo del rey, que es todo suyo. Él llegaba al taller, soltaba esas pinceladas, una, y otra, y ya está: ¡vida y movimiento!».

Mejores fragmentos

Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación del Museo Prado, ha sido el encargado de presentar los espectaculares cambios que han mejorado varias grandes obras de la pinacoteca. La reina Margarita de Austria a caballo, de Velázquez, es otro buen ejemplo.

Un prodigio que según Gabriele Finaldi se concentra en lo que él considera uno de los mejores fragmentos de la sala de reyes de Velázquez: la cabeza, el pecho y las patas del caballo de Margarita de Austria. Javier Portús, conservador jefe de pintura española, cree además que ahora, al volver el cuadro a su medida original, recobra toda la intención y sentido que quería darle el pintor: «Al aumentar el cuadro se menguó la posición en escorzo, que daba violencia y dinamismo. Restituir las cualidades originales del cuadro no solo afecta a la comprensión del cuadro, sino a la comprensión de la serie entera».

Pero las dos pinturas no fueron las únicas obras que el Prado ha presentado hoy sin las fatigas del paso del tiempo. Mientras los dos monarcas a caballo de Velázquez (con la sierra de Madrid luciendo sus mejores atardeceres) devolvían a la sala de Las Meninas a todos sus personajes, una de las mejores esculturas romanas de la pinacoteca, Ariadna dormida (creada en la época de Marco Aurelio a partir de una escultura griega del siglo II antes de Cristo) recuperaba también su aspecto. Situada en la rotonda de Ariadna, o sala 74 -un espacio circular abierto a enormes ventanales por los que entra luz natural y que también ha sido reformado-, la pieza arqueológica procedía de la colección romana de Cristina de Suecia.

«Hemos practicado un trabajo de limpieza y de integración de las líneas de unión», señala Sonia Tortajada, quien ha trabajado con María José Salas Garrido para borrar el aspecto fragmentado que presentaba la obra, que fue restaurada en el siglo XVII en el taller de Bernini y que muestra el contundente cuerpo de Ariadna abandonado en la playa de Naxos tras el episodio de Teseo y el minotauro y donde, finalmente, la descubrirá y se enamorará de ella el dios Dionisio.11 de meses de trabajo para una de las joyas arqueológicas del museo, cuyos pasos serán ahora seguidos por dos pequeños ángeles de madera policromada del arquitecto y escultor flamenco Maes Tydeman.

Arriba, Ariadna (antes de la restauración), obra anónima en mármol del siglo XVIII. Abajo, después de la restauración.

Elsa Fernández-Santos, Madrid: Felipe III recupera su verdadero color, EL PAÍS, 2 de diciembre de 2011

Un Museo en el museo

Un Museo en el museo

El Año Dual España-Rusia culmina, en su aspecto cultural, con la gran exposición de fondos del Hermitage de San Petersburgo que se verá en el Museo del Prado. Un acontecimiento que da pie a una revisión de la nueva literatura postsoviética.

La bebedora de absenta (1901), de Pablo Picasso, una de las obras de El Hermitage en el Prado.-Hay algo enorme y milagroso en ver surgir un velázquez de un cajón de embalaje. Cuatro o cinco personas en bata blanca asistían al acontecimiento como un equipo de médicos y enfermeras dispuesto a intervenir. A pocos metros se colgaba con las precauciones necesarias Descanso en la huida a Egipto de Nicolas Poussin. El maestro francés ha sido una referencia de composición en todos los iconos de la pintura moderna, desde los bañistas de Cézanne a los saltimbanquis de Picasso. La frialdad habitual de Poussin se ve compensada con algunos detalles tiernos. El asno bebe en un pilón, María y el Niño reciben una bandeja de dátiles del tamaño de meloncillos, José sonríe a la mujer que le ofrece un cuenco de agua. El cuadro de Velázquez representa un almuerzo de mendigos y pícaros donde no falta el lujo de un mantel de hilo que valoriza la escena como si fuera un mantel de altar. Es curioso acoger a un velázquez en el Prado. Es como recibir a un miembro de la familia que ha emigrado al extranjero. Uno de los pícaros, con la cabeza rapada al cero para evitar los piojos, levanta el dedo pulgar y sonríe al espectador. A pesar del ambiente despreocupado del almuerzo toda la escena está impregnada de esa indecible melancolía velazqueña que debió ser la melancolía de toda España en la época de los últimos Austrias.

Cuando yo era joven las obras de arte no viajaban, o viajaban poco, cualquiera que hubiera sido su ajetreada vida anterior. Una vez depositadas en las pinacotecas o en las grandes instituciones culturales las obras de arte parecían alcanzar un descanso definitivo que a veces se trataba de un merecido descanso. Con los riesgos y aventuras que han sufrido algunos cuadros se podrían escribir novelas. Las obras de los grandes maestros nacían en el taller, corrían una suerte diversa según los azares de la historia o de las peripecias de sus propietarios sucesivos y terminaban por disfrutar del sueño de los siglos en la penumbra entonces poco frecuentada de los museos. Museo era sinónimo de panteón. Todo esto ha cambiado mucho. Las obras de arte se mueven. Ahora no nos asombra, pero debería asombrarnos si no hubiéramos perdido nuestra capacidad de asombro, que una selección de piezas del Museo del Hermitage de San Petersburgo se exhiba en el Museo del Prado. Un museo acoge al otro. Es un museo en el museo.

En 1941, San Petersburgo, entonces Leningrado, sufrió el largo asedio de las tropas alemanas, lo mismo que Madrid sufrió un asedio de tres años durante la Guerra Civil. Las colecciones del Hermitage y del Prado fueron parcialmente evacuadas. Los dos museos tienen una épica. El museo que fundó Catalina la Grande envía al Prado una muestra del tesoro imperial, una exhibición de escultura y artes decorativas, y una escogida selección de pintura que va desde los grandes maestros clásicos hasta la modernidad. La exposición ha llegado acompañada por 13 conservadores y funcionarios del museo ruso.

Junto con la selección de pintura, el Museo del Hermitage ha desembarcado en Madrid una cueva de Alí Babá con muestras de la colección de orfebrería. Antiguamente se almacenaba en una dependencia de palacio llamada El Gabinete de las Maravillas. El gusto por la abundancia de oro y joyas es un rasgo de carácter oriental. Buena parte de las piezas exhibidas procede sin embargo de talleres occidentales, incluido el del maestro Fabergé, el famoso fabricante by appointment de los huevos de Pascua del zar. Resulta difícil imaginar que sobre esos tesoros intactos ha pasado la revolución rusa, se ha asaltado el Palacio de Invierno y ha tenido lugar la Segunda Guerra Mundial. Eso dice mucho sobre el genio protector que vela por encima de las mayores convulsiones. Estas joyas brillan ahora como resucitadas de otro mundo, supervivientes y testigos de un Antiguo Régimen casi incomprensible en su esplendor. Cualquiera que sea su rango o su mérito, la orfebrería fatiga pronto la mirada. Uno busca por instinto o por descanso las piezas más sencillas, como esas flores azules, precisamente del taller de Fabergé, que se reconocen como flores familiares de los caminos en los linderos de campos de cereal. Es una sublimación de la naturaleza como hubiera podido describirla un autor místico. Las flores son de esmalte, las espigas son de oro y el vaso de agua, con un efecto óptico que engaña al ojo, está labrado en un fragmento macizo de cristal de roca.

El tesoro arqueológico de los zares forma la colección llamada del Oro Siberiano, el oro de los escitas, un pueblo guerrero, etnológicamente mal definido, del que ya habla Herodoto. Es un arte funerario arcaico, remoto para nosotros, remoto incluso para el mundo eslavo, hallado en las tumbas de sus reyes, desperdigadas por la estepa euroasiática. Algunos broches de formas suaves y bulto casi plano representan motivos violentos y de lucha. Una leona con atributos de cabra y lagarto rompe con las mandíbulas la cerviz de un caballo. La leona es leona y el caballo es caballo. La parte monstruosa de los animales es un recurso decorativo. En la impresión de crueldad y en el motivo mismo de la leona y la víctima se reconoce la influencia de los bajorrelieves de Asiria. Un peine de largas púas representa una escena de batalla. Dos guerreros a pie combaten contra un tercero a caballo sobre el cadáver de otro caballo. Es una instantánea congelada, pero llena de ruido y furia. Su perfil recuerda escenas similares labradas en el mármol de frisos griegos o dibujadas en línea continua en las vasijas negras de Ática. Desde Grecia y Asiria al mundo de los escitas. ¿Cómo se transmiten las formas? Los elegantes brazaletes de sus mujeres han inspirado a Bulgari.

Una de las salas del Museo del Prado, durante la instalación de las obras del Hermitage. A la izquierda, Muchacha vestida de negro (1913), de André Derain. A la derecha, Conversación (1909-1912), de Henri Matisse.- FOTO: SOFÍA MOROEl guardián de toda la exposición es un Perro de Paul Potter con mayor presencia que el retrato oficial de la emperatriz en traje de gran gala. Es un perro de aspecto feroz pero flaco y triste, que ha permanecido demasiado tiempo encadenado. El pintor holandés ha firmado su nombre sobre la caseta del perro como si fuera la puerta de su casa. Me pregunto cuál sería en aquel momento su estado de ánimo. Paul Potter es el autor de un famoso cuadro que representa a un novillo de raza, redondo, bien cebado, que se exhibe en el museo Mauritshuis de La Haya. Entre aquel novillo satisfecho y este perro desgraciado algo debió pasar en la vida del artista.

En la sala de escultura surge un busto de Voltaire por Houdon. Es un Voltaire calvo, escéptico y viejo, con toga de senador romano. La mueca cínica del joven Voltaire de Houdon que está en París se ha transformado en la sonrisa de este viejo desdentado. Trabaja el escultor y trabaja el tiempo. El filósofo librepensador fue unos años el ideólogo por necesidad de la despótica Catalina ilustrada. La emperatriz compró el busto en memoria de aquella relación.

De repente, un San Sebastián de Tiziano. Parece que se abren las puertas, que se nos caen escamas de los ojos. Su presencia se impone en la sala como la presencia del perro. Nada que ver con los sansebastianes torneados. Como en el tenebroso San Sebastián de Ribera se tiene la impresión de contemplar a un verdadero hombre sacrificado, al hijo de aquel Adán expulsado del Paraíso. La organización del museo ha escogido a un Efebo de Caravaggio tocando el laúd como imagen pública de toda la exposición. Mirar cuadros es como sacar cerezas de un cesto. Las cerezas se enredan como los cuadros recuerdan otros cuadros. El adolescente del laúd evoca toda la serie de efebos de Caravaggio dispersada por los museos de medio continente como una incitación al abuso de menores. Hay que pasear la mirada entre este Caravaggio y aquel Tiziano para comprender la distancia entre la sugerencia del placer y la evidencia del dolor.

En la segunda planta, dedicada a la pintura moderna, la mayoría de los cuadros expuestos proceden de aquellos legendarios coleccionistas rusos que emigraron con la revolución. Un gran matisse azul domina la sala. Picasso se halla bien representado con un Bodegón con botella de Pernod de la época cubista, una enorme Mujer desnuda de la época del arte negro, desparramada sobre un diván como una marioneta sin hilos y una triste prostituta a punto de convertirse en un espectro delante de un vaso de absenta. Pero es el gran lienzo de Matisse el que atrae las miradas. A Picasso le hubiera dado un ataque de nervios. Matisse se ha retratado a sí mismo de perfil, prisionero en un pijama de rayas en una especie de estado sonámbulo. Una misteriosa mujer sentada, también de perfil, se funde a medias en el azul de la noche. Todo el cuadro está impregnado de atmósfera onírica. El motivo de la ventana abierta, recurrente en Matisse, se abre sobre las llagas de un jardín sembrado de tulipanes rojos. El arabesco de la barandilla de hierro separa el jardín luminoso de la atmósfera del sueño. Algo hace pensar en la consulta de Edipo a la Esfinge. Seguramente se puede hacer un rosario de interpretaciones pero sólo Matisse sabía lo que soñó aquella noche.

La exposición se cierra con aquello que en la escena final de las películas del cine mudo se llamaba un fundido en negro. La historia empieza con un cézanne inacabado, un remolino de follaje azul que parece inaugurar en la pintura moderna la expresión abstracta del motivo. Y hay un Cuadrado negro de Malévich que parece representar el camino sin salida de la abstracción. Entre aquel cézanne y este malévich sólo pasaron treinta años. Seguramente Malévich llegó a esa intuición temprana en un momento desesperado, pero su Cuadrado negro fue acogido con tal éxito que Malévich lo repitió en varios ejemplares como lo hubiera hecho un buen pintor de oficio. En realidad, por todo lo que anunciaba sobre el largo camino de la pintura abstracta, es un cuadro sobrecogedor.

El Hermitage en el Prado. Paseo del Prado, s/n. Madrid. Del 8 de noviembre al 25 de marzo de 2012. Exposición patrocinada por la Fundación BBVA y Acción Cultural Española. Manuel de Lope (Burgos, 1949) ha publicado recientemente Azul sobre azul (RBA. Barcelona, 2011. 492 páginas. 24 euros).

Manuel de Lope: Un Museo en el museo, EL PAÍS / Babelia, 29 de octubre de 2011

El Museo del Prado presenta su colección de miniaturas

El Museo del Prado presenta su colección de miniaturas

El Museo del Prado ha dado a conocer este lunes su colección de miniaturas, una de las más relevantes que se conservan en España así como la publicación del catálogo razonado de estas piezas que el prado expone por primera vez.

El Museo del Prado da a conocer su colección de miniaturas

La exposición, constituida por 36 miniaturas y tres pequeños retratos, podrá visitarse desde este martes 11 de octubre hasta el 26 de febrero en la primera sala de la cámara acorazada en la que se exhibe de forma permanente el Tesoro del Delfín. «Se habla de las colecciones ocultas del Museo del Prado. Quizás ésta sea la más oculta de todas», ha dicho Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación del Museo del Prado.

Durante la presentación de esta muestra, el Museo ha dado a conocer la publicación que recoge y analiza en profundidad, también por primera vez, las 164 miniaturas y los 16 pequeños retratos que conforman esta curiosa e importante parte de sus fondos. Este volumen es obra de la exhaustiva investigación realizada desde 1987 por Carmen Espinosa Martín, la principal especialista en miniaturas de España.

Según ha explicado esta experta, esta colección muestra un 50 por ciento de obras de autores españoles y es una de las más relevantes de los museos españoles, que no internacionales, ya que España apenas está presente en otras colecciones extranjeras.

Pintadas al gouache sobre vitela, tablillas de marfil o papel, las miniaturas representan la faceta más íntima de la pintura ya que, en general, pertenecían a la esfera de la vida privada aunque también desempeñaron una función de Estado, pues los monarcas regalaban joyeles con miniaturas a los embajadores y emisarios extranjeros con motivo de su proclamación, matrimonio o por la firma de tratados, convenios y acuerdos.

MINIATURA NO SIEMPRE MINI

Espinosa ha aclarado que miniatura no hace referencia al tamaño de la obra sino a una específica «técnica pictórica». En este sentido, se han reunido los pequeños retratos más significativos de la colección entre los que figuran nombres de artistas bien conocidos como Francisco de Goya (con su óleo sobre cobre de Juana Galarza de Goicoechea de 1805) pero otros muy desconocidos como Guillermo Ducker, Florentino Decraene, Juan Pérez de Villamayor, Cecilio Corro o Luis de la Cruz y Ríos, cuyo retrato de la Infanta Luisa Carlota de Borbón es «la joya» de esta colección, ha dicho.

El buen pintor de miniaturas ha de poseer destreza y precisión en el manejo del pincel dado que los pigmentos se aplican mediante la superposición de puntos de color en las zonas de la carne. El resto del soporte se prepara como en la pintura al óleo.

Tanto los pequeños retratos como las miniaturas que se exhiben ahora por primera vez en el Prado son técnicamente pinturas, realizadas en diferentes tipos de soportes y con distintos materiales pero con idéntica función. En España, no hubo miniaturas en sentido estricto hasta el siglo XVIII, ha recordado Carmen Espinosa, y la función que desempeñaban las miniaturas en otras cortes de Europa aquí la desempeñaban los pequeños retratos, de ahí la importancia de los tres ejemplares que se muestran en la exposición.

ESPAÑOLES Y EXTRANJEROS

Entre las 36 obras que responden a la definición de miniaturas, se incluyen obras de miniaturistas españoles, mayoritariamente del siglo XIX. Entre ellos el retrato de Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco, IX duque de Osuna de Guillermo Ducker; el retrato del periodista Ramón de Navarrete y Fernández Landa obra de Cecilio Corro; Isabel II, reina de España, de Juan Pérez de Villamayor; o un San Miguel, de Manuel Arbós y Ayerbe. Entre los artistas extranjeros de finales del siglo XVIII y principios del XIX aquí representados se encuentra la Pareja de retratos de mujeres, de Charles Guillaume Alexandre Bourgeois; el retrato de Francisco I, emperador de Austria, de Heinrich Friedrich Füger; o el retrato de Hans Axel von Fersen de Niclas Lafrensen.

UN ABANICO ESPECIAL

A esta presentación se incorpora el homenaje a una de las personas destacadas en la historia del Museo del Prado, tras la reciente adquisición de un Abanico de boda, de Luis Eusebi, cuyo «país» está pintado al gouache sobre piel de cisne; y varillaje de marfil con aplicaciones de madreperla, que se expone por primera vez al público. El italiano Luis Eusebi (1773-1829), destacado pintor de miniaturas, de países de abanicos y, sobre todo, historiador de la pintura, trabajó en los inicios del Real Museo de Pinturas en 1819, con funciones al frente de lo que entonces se denominaba Conserjería del Real Museo. Además de las tareas propias de su cargo redactó los catálogos del Real Museo hasta la fecha de su muerte, y participó activamente en la elaboración de los planes artísticos de la Institución, que hoy muestra, con este abanico, una de sus escasas obras localizadas. El montaje se acompaña, además, de un video en el que se puede apreciar en detalle, mediante imágenes ampliadas, la técnica de ejecución y la gama de colores.

Ep, Madrid: El Museo del Prado presenta su colección de miniaturas, La Razón, 10 de octubre de 2011

Llega al Prado un ‘goya’ de la época joven del pintor aragonés

Llega al Prado un ‘goya’ de la época joven del pintor aragonés

El cuadro de Francisco de Goya Aníbal vencedor que por primera vez mira Italia desde los Alpes.- SAMUEL SÁNCHEZ

‘Aníbal vencedor que por primera vez mira Italia desde los Alpes’, en préstamo temporal, cubre una de las escasas lagunas en la colección del artista que posee el museo madrileño

El Museo del Prado ha presentado hoy una de las obras de juventud más significativas de Francisco de Goya, Aníbal vencedor que por primera vez mira Italia desde los Alpes, fechada en la primavera de 1771. El cuadro cubre una de las pocas lagunas de la obra del pintor aragonés que posee la pinacoteca madrileña. La obra ha llegado gracias a un convenio con la asturiana Fundación Selgas-Fagalde, propietaria de la obra, y permanecerá en préstamos en el museo durante seis años.

La obra se exhibirá junto al Cuaderno italiano, el cuaderno de dibujo adquirido por el pintor durante su estancia en Italia (1769-1771) que contiene, dibujos y anotaciones personales, apuntes para la idea compositiva del Aníbal vencedor y estudios para sus figuras principales.

El cuadro no fue identificado como un goya hasta 1994, con motivo del 175 aniversario de El Prado, que se encargó de su restauración. Entonces se documentó como la primera obra de Goya, que pintó al final de su estancia de dos años en Italia, para participar en el concurso de la Academia de Bellas Artes de Parma, en 1771. El cuadro, perdido después de su presentación al concurso y posible regreso a España, fue comprado a mediados del siglo XIX en Madrid como obra italiana por el arqueólogo, historiador y empresario Fortunato Selgas (1839-1921).

En el cuadro, Goya coloca a Aníbal en un primer plano, concediéndole todo el protagonismo. La silueta del general cartaginés y las dos figuras que le acompañan, el genio de majestuosas alas y el guerrero a caballo, quedan en el centro de la composición, mientras que el ejército pasa por detrás en descenso a la montaña hacia Italia.

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