Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado: siete cuadros esenciales
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| Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael |
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| Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael |
Estamos ante las tres únicas tablas de Boticelli que tiene el Museo del Prado. Llegaron aquí poco antes de la Guerra Civil, fue una donación de Cambó, un político catalán que las compró en una subasta maravillado porque -decía- cada vez que las contemplaba su estado de ánimo cambiaba. El nuestro también.
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| Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado |
Estamos ante las tres únicas tablas de Boticelli que tiene el Museo del Prado. Llegaron aquí poco antes de la Guerra Civil, fue una donación de Cambó, un político catalán que las compró en una subasta maravillado porque -decía- cada vez que las contemplaba su estado de ánimo cambiaba. El nuestro también.
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| Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado |
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| Fornarina, la célebre amante de Rafael |
La felicidad vende por lo general
peor que la desgracia, salvo si en el relato dichoso entra en juego el
final injusto y abrupto. Rafael disfrutó de una vida plena de alegrías
y de éxito, pero que, ay, resultó demasiado corta. Corta, pero
suficiente para que su arte se considere insuperable aun hoy, casi
cinco siglos después de su muerte. Falleció a los 37 años en Roma, su
ciudad de adopción, por causas un tanto peregrinas que han acabado en
el gran anecdotario de la cultura occidental achacadas a su legendaria
fogosidad. Hasta tal punto abusó de los placeres sexuales junto a su
amante, la Fornarina, que llegó a casa un día tan falto de fuerzas que
precisó atención. Un error de cálculo médico, relatan las crónicas de
la época, acabó por darle la puntilla y, tras varios días consumido por
una devastadora fiebre, se fue el Viernes Santo de aquel año de 1520
(¡el mismo día de su nacimiento en 1483!). Roma se despertó bañada en
lágrimas por la desaparición de su mejor pintor, del intelectual más
refinado y sensual, del campeón de todos los ingenios, del más afinado
notario del incomparable sueño renacentista.
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Junto
a Julio II y su sucesor, León X, el artista contribuyó a construir el
relato de un tiempo para el que su muerte sirvió de punto y aparte, que
se haría final en 1527 con el Saco de Roma. “La entrada de los soldados
luteranos supuso un simbólico cierre al Renacimiento”, explicaba
recientemente Miguel Falomir en la estancia de Constantino, una de las
cuatro habitaciones papales pintadas por Rafael y su taller (en este
caso, sobre todo por su taller). Para demostrarlo, el máximo experto
del Prado en pintura italiana hasta 1700 señalaba, con el museo
vaticano cerrado, las huellas dejadas por los invasores, una suerte de
grafitis del siglo XVI en la logia de Rafael, sublime terraza
particular de León X y lugar habitualmente hurtado a los ojos del
público. La entrada la había franqueado Antonio Paolucci, director de
la institución vaticana, tras sentenciar: “¿Los dos mejores pintores de
la historia? ¡Velázquez y Rafael!”.
“Es una exposición sobre el modo en que funcionaba la mente de Rafael y
cuán precisas eran sus instrucciones para que otros culminasen el
trabajo, de las que conservamos valiosa información en los dibujos y
cartones”, aclara con quirúrgica precisión británica el comisario Tom
Henry. La razón de que Rafael cediera tanto protagonismo a sus
colaboradores halla su explicación, por un lado, en la misma manera en
que funcionaban los talleres de la época (alejada sin duda de la idea
romántica del artista solitario que se pelea de principio a fin con su
obra). Por otro, en la escasa capacidad del genio de Urbino de decir
que no a los encargos.
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| ‘Bindo Altovitti’ |
Para
el Vaticano, el taller pintó cuatro estancias gigantescas que fueron
aumentando en complejidad técnica y emoción artística, además de la
mencionada logia, una loggetta y una stufetta. Rafael
sabía bien a quién debía lealtad, como se puede comprobar en las
representaciones que de sus patrones (y de sí mismo) fue dejando caer
en los frescos de las estancias. Después de todo, fue Julio II quien
permitió la materialización de su sueño romano. Llegó al Vaticano
recomendado por un pariente lejano, el arquitecto Donato Bramante. La
idea inicial era que participase junto a otros artistas en la
decoración de la biblioteca personal de Julio II. Cuando este vio de lo
que Rafael era capaz, mandó echar a los demás para confiarle todo el
trabajo al recién llegado.
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| Cartón para la lapidación de san Esteban |
No
fue aquel el único desprecio a la mesura que contemplaron estas
paredes. Giorgio Vasari, pintor y arquitecto que sin embargo alcanzó la
inmortalidad como el primer historiador del arte, cuenta en el tratado
publicado en 1550 Las
vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores
italianos desde Cimbabue a nuestros tiempos (Cátedra) que Chigi se vio
obligado a colocarle a Rafael una cama para que terminase el encargo
que se le había hecho sin dejar de atender sus impulsos sexuales.
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| A partir del motivo religioso de ‘San Juan Bautista’ destacan dos versiones pintadas por Tiziano: la de la derecha se conserva en la Gallerie dell’Accademia en Venecia y la otra, en El Escorial. |
La competencia es dura estos días en el taller de restauración del Museo del Prado, pero incluso entre deslumbrantes rafaeles, goyas y van der weydens,
que reciben atenciones en distintos grados en esta suerte de Uvi del
arte antiguo, brilla con discreción, apagado por siglos de olvidos,
guerras y devastadores repintes, una pintura religiosa de Tiziano (1489-1576).
Se trata del último descubrimiento, que se sepa, efectuado por la
sección científica del Prado, un equipo de unos 15 conservadores y una
veintena de restauradores del más alto nivel que no paran de generar
expectación con sus investigaciones: ahora un bruegel inédito y fundamental, ahora una copia de La Gioconda realizada al mismo tiempo que el original.
La imagen del tiziano, que se conserva en el secreto del
taller hasta que no se termine de trabajar en él, resulta familiar; es
una versión del célebre San Juan Bautista, que el pintor
terminó allá por 1542 y que se conserva en la Gallerie dell’Accademia de
Venecia. Pero no la única, porque también está, claro, la que se
atesora en las salas capitulares del Monasterio de San Lorenzo del
Escorial desde su llegada a la colección en 1577 gracias a una donación
de Felipe II, fan declarado del pintor. La joya fue puesta a punto por
Patrimonio Nacional en 1999, junto a La última cena.
El santo que ahora recibe las atenciones de los restauradores de la
pinacoteca madrileña proviene de lo que se conoce como Prado disperso,
un conjunto de 3.100 obras que fueron saliendo con rumbo a los más
diversos puntos de España cuando la colección creció más de la cuenta
tras la anexión en 1872 de los fondos del Museo de la Trinidad. El
cuadro acabó en una iglesia de Almería (como consta en un inventario del
Boletín del Prado). Allí sobrevivió a la clase de calamidades
que le tenía reservado el ingrato siglo XX: del olvido a los cambios del
gusto o la Guerra Civil.
En ese insospechado hogar reparó en él Miguel Falomir, jefe del
departamento de pintura italiana y francesa, que se halla en el proceso
de la redacción de un catálogo razonado sobre Tiziano que promete para
final de año. Es una de sus especialidades, a la que dedicó una
exposición en 2003 que, todos coinciden en el museo, marcó un hito en la
ambición académica del Prado. El conservador pensó que un estudio
detenido podría aportar datos interesantes. Y acertó.
Sobre este descubrimiento se pueden entrever pistas en un boletín del
Centro de Estudios Avanzados de las Artes Visuales de la National
Gallery de Washington, donde Falomir escribió en 2010: “La restauración y
el análisis técnico de casi toda la colección del Prado ha coincidido
con la elaboración del catálogo razonado y ha contribuido poderosamente
a, por ejemplo, cambiar algunas atribuciones y fechas. Además, las
radiografías y las reflectografías infrarrojas, así como el análisis de
pigmentos han proporcionado nueva información que arroja luz sobre el
modo de trabajo de Tiziano y las variadas etapas de su trabajo creativo;
la presencia de los dibujos bajo la pintura, más abundante de lo que se
creía; los cambios constantes introducidos mientras hacía evolucionar
sus composiciones y la reutilización de lienzos en sus últimas décadas.
Este material técnico es particularmente útil para entender cómo
funciona el taller de Tiziano, especialmente en la producción de
réplicas, un tema del que el Prado está bien provisto de ejemplos”.
“Nadie sabía de la existencia”, reconocía ayer desde Venecia Matteo
Ceriana, director de la Gallerie dell’Accademia, que ha visto la versión
y no duda de que salió del genial pincel, informa Tommaso Koch. “Acabó en una iglesia en el ochocientos,
en virtud de una práctica que también era común en Italia. No es
exactamente como la nuestra, ni tampoco como la del Escorial, y aun así
las tres versiones están interconectadas. San Juan Bautista no es un
tema muy complejo. Y un artista como Tiziano, tan grande y que vivió
durante tanto tiempo, tuvo que afrontar varias veces los mismos temas.
Intentaba no repetirse nunca, por lo menos trataba de reinventarse”.
En efecto, afirman los expertos, era práctica común en los grandes
artistas de la época (y si se piensa en Damien Hirst, por ejemplo,
también de esta) volver sobre ciertos temas, a menudo, por los deseos de
los propios compradores, que deseaban la misma experiencia que habían
tenido otros antes que ellos.
Lo que un creador de la talla del pintor veneciano, fuerte
indiscutible del Prado, no podía permitirse era una burda repetición de
los logros pretéritos. Por eso, este San Juan Bautista —que
comparte con las otras dos versiones las imágenes del carnero y el
paisaje (en este caso destaca poderoso en un co0njunto que se halla en un
delicado estado de conservación)— es mucho más que una mera copia
efectuada por un taller, como también atestiguan los estudios que se han
realizado. Esto, lejos de poner en duda la autoría de Tiziano, la
refuerza.
Los detalles de esta importante restauración se guardarán, con todo,
hasta otoño, cuando se presente el proceso en una exposición y con el
aparato científico que hay detrás de él al completo. Luego llegará la
publicación del catálogo razonado, que por definición se trata de un
recuento pormenorizado sobre la colección de un artista y el trabajo de
su taller, que se presenta, y este es un ejemplo de ello, como una
ocasión única para ajustar cuentas sobre el catálogo, nuevas
atribuciones y otros difusos asuntos relativos a la autoría. Un concepto
que, según los últimos avances en las investigaciones, busca trascender
al mero hecho de encontrar una firma para orientarse a terrenos más
resbaladizos, pero mucho más estimulantes, sin duda, como la calidad o
el estilo.
Las bodegas del Museo del Prado han sido el escenario de uno de los más importantes descubrimientos de la Historia del Arte: los conservadores de la pinacoteca han hallado en sus fondos una réplica de la Gioconda de Leonardo da Vinci, pintada por uno de sus pupilos favoritos, probablemente Andrea Salai (que a la postre se convertiría en uno de los amantes del maestro) o Francesco Melzi. Los expertos del Prado han empleado varios meses en estudiar, limpiar y quitar el oscuro barniz que cubría la tabla. Lo que durante muchos años fue considerado en el seno del Prado como una copia más –y bastante banal- del retrato más célebre del arte mundial ha acabado siendo catalogado como una verdadera bomba. Tanto los máximos expertos del Prado como los del Museo del Louvre han aceptado ya el carácter oficial del hallazgo (según informaciones a las que ha tenido acceso este periódico y que también está recogiendo el periódico online Art Newspaper), y han subrayado la importancia del mismo. Con toda probabilidad, la obra será cedida temporalmente a sus colegas del museo parisiense por por los responsables del Prado, que confirmaron el descubrimiento a EL PAÍS. Allí será exhibida en la misma galería donde se encuentra la Gioconda, la obra más visitada del Louvre.
No estamos ante una mera copia del retrato de las muchas que pululan por el mundo: se trata de un verdadero work in progress, un retrato paralelo, una especie de fotocopia ejecutada de forma simultánea por el alumno mientras el profesor pintaba su obra maestra. Hay que subrayar, además, que el tamaño de original y réplica es prácticamente el mismo: 77 X 53 centímetros para el primero, y 76 X 57 para la segunda. El discípulo de Leonardo habría ejecutado la réplica a medida que el maestro toscano iba pintando el original en su estudio de Florencia, lo que además arrojará nuevas informaciones sobre la forma en que se trabajaba en los gabinetes de los grandes maestros. Diversos estudios fotográficos y radiológicos efectuados sobre el cuadro arrojan resultados que, muy probablemente, van a cambiar el rumbo de las teorías e interpretaciones en torno al inmortal retrato de la que, según la tesis más respetada, pudo ser la joven Lisa Gherardini, esposa de un rico comerciante florentino llamado Francesco del Giocondo.
Durante mucho tiempo, los expertos del museo madrileño creyeron que la obra que dormía en sus depósitos –y que incluso llegó a ser colgada durante un tiempo en sus paredes- había sido pintada por un artista flamenco u holandés: el soporte, tabla de roble, no era utilizado por los artistas florentinos, que preferían el uso de otros soportes… como el nogal. Sí por los flamencos, lo que llevó a los conservadores a considerar la pintura como obra flamenca. Pero estudios posteriores arrojaron nuevos resultados: la copia de la Gioconda no estaba hecha sobre roble sino sobre… nogal.
Otro de los motivos cruciales de que la pintura permaneciera escondida durante siglos se refiere al fondo del retrato, totalmente oscuro, por contraposición al original del Museo del Louvre, en el que puede apreciarse el verde paisaje de la Toscana. Hoy se cree que ese fondo negro fue añadido al cuadro en el siglo XVIII. Los restauradores del Prado emplearon meses en despojar a la tabla de su absurda oscuridad y, sorpresa, se toparon con la luz, el color y el trazo de los mismos paisajes del norte de Italia presentes en el original de Leonardo da Vinci. En estos momentos, el equipo de restauración de la pinacoteca madrileña continúa adelante con su trabajo, retirando las sucesivas capas de barniz que durante más de 500 años han ido tapando el rostro de la joven del cuadro. Con toda lógica la obra objeto del hallazgo goza, tras ser convenientemente saneada, de un estado de conservación muy superior al de la Monna Lisa del Louvre: el rostro del original de París permanece oscurecido por el barniz envejecido por el paso del tiempo, lo que hace que el aspecto de la muchacha del cuadro parezca el de una mujer de mediana edad, mientras que el del Prado ofrece ahora la visión de una chica de unos 20 o 25 años. El mundo del arte está, en otras palabras, ante una Gioconda rejuvenecida.
El equipo directivo del Prado, con su director Miguel Zugaza a la cabeza, tenía previsto presentar en sociedad este hallazgo el día 23 de este mes, pero una ponencia presentada hace dos semanas en un congreso celebrado en Londres ha precipitado las cosas. En dicha reunión de expertos en pintura del Renacimiento se llegó a mostrar una fotografía que mostraba el proceso de limpieza: el antes y el después de la copia, con el fondo negro, y sin él. También se habló en el congreso londinense (celebrado de forma paralela a la exposición de la National Gallery Leonardo da Vinci, pintor de la corte de Milán) de las pruebas de reflectografía por infrarrojos efectuadas en la tabla; dichas pruebas fueron comparadas con las que en 2004 se aplicaron al original del Louvre, arrojando sorprendentes resultados en cuanto a la similitud con el original. Ana González Mozo, una de las especialistas de la pinacoteca madrileña, presentó una ponencia en la que establecía la evidencia de que la copia salió del estudio de Leonardo. Las razones por las que el maestro deseó y permitió que un discípulo ejecutara una réplica de forma paralela a su trabajo es todo un misterio. El propio misterio que siempre rodeó a la propia vida de Leonardo da Vinci…
Borja Hermoso, Madrid: La ‘Gioconda’ de El Prado fue realizada al mismo tiempo que el original, EL PAÍS, 1 de febrero de 2012

Después de casi dos años de restauración, los retratos ecuestres de Felipe III y de Margarita de Austria han regresado a la sala de Las Meninas de Velázquez, en el museo del Prado de Madrid, junto a las otras tres pinturas de la familia real a caballo que el pintor sevillano realizó entre 1634 y 1635 para el salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. El equipo de restauradores e historiadores que han trabajado en las dos obras han explicado que el trabajo ha consistido no solo en limpiar la suciedad acumulada a lo largo de los años en las capas de barniz, sino también en retirar dos bandas de 50 centímetros cada una que, a los lados de cada cuadro, sirvieron para ampliar su ancho en el siglo XVIII, cuando las obras fueron trasladadas al Palacio Real para decorar el comedor del monarca. «Una restauración importante y novedosa», apuntó Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación del museo.
De esta manera las dos obras, además de recuperar su color, han dejado de ser prácticamente cuadradas para volver a su medida rectangular original. Rocío Dávila, encargada de la restauración, explica cómo el trabajo del equipo de conservadores, del gabinete técnico y del laboratorio químico ha permitido decidir algo que era importante: cómo retirar dichas bandas manipulando lo menos posible las obras, cuyos injertos estaban aplicadas a la gacha, un sistema tradicional de España que se hacía con una pasta de cola y harina puestas sobre la tela original y la nueva.
«En la restauración es importante tomarse su tiempo», explica Dávila. «Hemos tardado casi dos años en restaurarlos pero eso no quiere decir que hemos estado trabajando esos dos años sobre ellos. Muchas veces, para restaurar bien, hay que pasar más tiempo mirando que trabajando». Dávila cuenta que las dos piezas fueron realizadas en el taller del pintor en colaboración con su equipo y que por eso el cuadro tiene correcciones realizadas por el propio Velázquez. Por ejemplo, bajo el caballo del rey hay pintado un ejercito que el sevillano se encargó de corregir. «Ahora vemos su mano mejor que nunca, sobre todo en los dos caballos». Frente a la rigidez en la ropa de los monarcas, la pincelada se suelta en las patas de los animales. «¡La mano de Velázquez tiene tanta fuerza! Se ve perfectamente en el caballo del rey, que es todo suyo. Él llegaba al taller, soltaba esas pinceladas, una, y otra, y ya está: ¡vida y movimiento!».
Mejores fragmentos

Un prodigio que según Gabriele Finaldi se concentra en lo que él considera uno de los mejores fragmentos de la sala de reyes de Velázquez: la cabeza, el pecho y las patas del caballo de Margarita de Austria. Javier Portús, conservador jefe de pintura española, cree además que ahora, al volver el cuadro a su medida original, recobra toda la intención y sentido que quería darle el pintor: «Al aumentar el cuadro se menguó la posición en escorzo, que daba violencia y dinamismo. Restituir las cualidades originales del cuadro no solo afecta a la comprensión del cuadro, sino a la comprensión de la serie entera».
Pero las dos pinturas no fueron las únicas obras que el Prado ha presentado hoy sin las fatigas del paso del tiempo. Mientras los dos monarcas a caballo de Velázquez (con la sierra de Madrid luciendo sus mejores atardeceres) devolvían a la sala de Las Meninas a todos sus personajes, una de las mejores esculturas romanas de la pinacoteca, Ariadna dormida (creada en la época de Marco Aurelio a partir de una escultura griega del siglo II antes de Cristo) recuperaba también su aspecto. Situada en la rotonda de Ariadna, o sala 74 -un espacio circular abierto a enormes ventanales por los que entra luz natural y que también ha sido reformado-, la pieza arqueológica procedía de la colección romana de Cristina de Suecia.
«Hemos practicado un trabajo de limpieza y de integración de las líneas de unión», señala Sonia Tortajada, quien ha trabajado con María José Salas Garrido para borrar el aspecto fragmentado que presentaba la obra, que fue restaurada en el siglo XVII en el taller de Bernini y que muestra el contundente cuerpo de Ariadna abandonado en la playa de Naxos tras el episodio de Teseo y el minotauro y donde, finalmente, la descubrirá y se enamorará de ella el dios Dionisio.11 de meses de trabajo para una de las joyas arqueológicas del museo, cuyos pasos serán ahora seguidos por dos pequeños ángeles de madera policromada del arquitecto y escultor flamenco Maes Tydeman.

Hay algo enorme y milagroso en ver surgir un velázquez de un cajón de embalaje. Cuatro o cinco personas en bata blanca asistían al acontecimiento como un equipo de médicos y enfermeras dispuesto a intervenir. A pocos metros se colgaba con las precauciones necesarias Descanso en la huida a Egipto de Nicolas Poussin. El maestro francés ha sido una referencia de composición en todos los iconos de la pintura moderna, desde los bañistas de Cézanne a los saltimbanquis de Picasso. La frialdad habitual de Poussin se ve compensada con algunos detalles tiernos. El asno bebe en un pilón, María y el Niño reciben una bandeja de dátiles del tamaño de meloncillos, José sonríe a la mujer que le ofrece un cuenco de agua. El cuadro de Velázquez representa un almuerzo de mendigos y pícaros donde no falta el lujo de un mantel de hilo que valoriza la escena como si fuera un mantel de altar. Es curioso acoger a un velázquez en el Prado. Es como recibir a un miembro de la familia que ha emigrado al extranjero. Uno de los pícaros, con la cabeza rapada al cero para evitar los piojos, levanta el dedo pulgar y sonríe al espectador. A pesar del ambiente despreocupado del almuerzo toda la escena está impregnada de esa indecible melancolía velazqueña que debió ser la melancolía de toda España en la época de los últimos Austrias.
Cuando yo era joven las obras de arte no viajaban, o viajaban poco, cualquiera que hubiera sido su ajetreada vida anterior. Una vez depositadas en las pinacotecas o en las grandes instituciones culturales las obras de arte parecían alcanzar un descanso definitivo que a veces se trataba de un merecido descanso. Con los riesgos y aventuras que han sufrido algunos cuadros se podrían escribir novelas. Las obras de los grandes maestros nacían en el taller, corrían una suerte diversa según los azares de la historia o de las peripecias de sus propietarios sucesivos y terminaban por disfrutar del sueño de los siglos en la penumbra entonces poco frecuentada de los museos. Museo era sinónimo de panteón. Todo esto ha cambiado mucho. Las obras de arte se mueven. Ahora no nos asombra, pero debería asombrarnos si no hubiéramos perdido nuestra capacidad de asombro, que una selección de piezas del Museo del Hermitage de San Petersburgo se exhiba en el Museo del Prado. Un museo acoge al otro. Es un museo en el museo.
En 1941, San Petersburgo, entonces Leningrado, sufrió el largo asedio de las tropas alemanas, lo mismo que Madrid sufrió un asedio de tres años durante la Guerra Civil. Las colecciones del Hermitage y del Prado fueron parcialmente evacuadas. Los dos museos tienen una épica. El museo que fundó Catalina la Grande envía al Prado una muestra del tesoro imperial, una exhibición de escultura y artes decorativas, y una escogida selección de pintura que va desde los grandes maestros clásicos hasta la modernidad. La exposición ha llegado acompañada por 13 conservadores y funcionarios del museo ruso.
Junto con la selección de pintura, el Museo del Hermitage ha desembarcado en Madrid una cueva de Alí Babá con muestras de la colección de orfebrería. Antiguamente se almacenaba en una dependencia de palacio llamada El Gabinete de las Maravillas. El gusto por la abundancia de oro y joyas es un rasgo de carácter oriental. Buena parte de las piezas exhibidas procede sin embargo de talleres occidentales, incluido el del maestro Fabergé, el famoso fabricante by appointment de los huevos de Pascua del zar. Resulta difícil imaginar que sobre esos tesoros intactos ha pasado la revolución rusa, se ha asaltado el Palacio de Invierno y ha tenido lugar la Segunda Guerra Mundial. Eso dice mucho sobre el genio protector que vela por encima de las mayores convulsiones. Estas joyas brillan ahora como resucitadas de otro mundo, supervivientes y testigos de un Antiguo Régimen casi incomprensible en su esplendor. Cualquiera que sea su rango o su mérito, la orfebrería fatiga pronto la mirada. Uno busca por instinto o por descanso las piezas más sencillas, como esas flores azules, precisamente del taller de Fabergé, que se reconocen como flores familiares de los caminos en los linderos de campos de cereal. Es una sublimación de la naturaleza como hubiera podido describirla un autor místico. Las flores son de esmalte, las espigas son de oro y el vaso de agua, con un efecto óptico que engaña al ojo, está labrado en un fragmento macizo de cristal de roca.
El tesoro arqueológico de los zares forma la colección llamada del Oro Siberiano, el oro de los escitas, un pueblo guerrero, etnológicamente mal definido, del que ya habla Herodoto. Es un arte funerario arcaico, remoto para nosotros, remoto incluso para el mundo eslavo, hallado en las tumbas de sus reyes, desperdigadas por la estepa euroasiática. Algunos broches de formas suaves y bulto casi plano representan motivos violentos y de lucha. Una leona con atributos de cabra y lagarto rompe con las mandíbulas la cerviz de un caballo. La leona es leona y el caballo es caballo. La parte monstruosa de los animales es un recurso decorativo. En la impresión de crueldad y en el motivo mismo de la leona y la víctima se reconoce la influencia de los bajorrelieves de Asiria. Un peine de largas púas representa una escena de batalla. Dos guerreros a pie combaten contra un tercero a caballo sobre el cadáver de otro caballo. Es una instantánea congelada, pero llena de ruido y furia. Su perfil recuerda escenas similares labradas en el mármol de frisos griegos o dibujadas en línea continua en las vasijas negras de Ática. Desde Grecia y Asiria al mundo de los escitas. ¿Cómo se transmiten las formas? Los elegantes brazaletes de sus mujeres han inspirado a Bulgari.
El guardián de toda la exposición es un Perro de Paul Potter con mayor presencia que el retrato oficial de la emperatriz en traje de gran gala. Es un perro de aspecto feroz pero flaco y triste, que ha permanecido demasiado tiempo encadenado. El pintor holandés ha firmado su nombre sobre la caseta del perro como si fuera la puerta de su casa. Me pregunto cuál sería en aquel momento su estado de ánimo. Paul Potter es el autor de un famoso cuadro que representa a un novillo de raza, redondo, bien cebado, que se exhibe en el museo Mauritshuis de La Haya. Entre aquel novillo satisfecho y este perro desgraciado algo debió pasar en la vida del artista.
En la sala de escultura surge un busto de Voltaire por Houdon. Es un Voltaire calvo, escéptico y viejo, con toga de senador romano. La mueca cínica del joven Voltaire de Houdon que está en París se ha transformado en la sonrisa de este viejo desdentado. Trabaja el escultor y trabaja el tiempo. El filósofo librepensador fue unos años el ideólogo por necesidad de la despótica Catalina ilustrada. La emperatriz compró el busto en memoria de aquella relación.
De repente, un San Sebastián de Tiziano. Parece que se abren las puertas, que se nos caen escamas de los ojos. Su presencia se impone en la sala como la presencia del perro. Nada que ver con los sansebastianes torneados. Como en el tenebroso San Sebastián de Ribera se tiene la impresión de contemplar a un verdadero hombre sacrificado, al hijo de aquel Adán expulsado del Paraíso. La organización del museo ha escogido a un Efebo de Caravaggio tocando el laúd como imagen pública de toda la exposición. Mirar cuadros es como sacar cerezas de un cesto. Las cerezas se enredan como los cuadros recuerdan otros cuadros. El adolescente del laúd evoca toda la serie de efebos de Caravaggio dispersada por los museos de medio continente como una incitación al abuso de menores. Hay que pasear la mirada entre este Caravaggio y aquel Tiziano para comprender la distancia entre la sugerencia del placer y la evidencia del dolor.
En la segunda planta, dedicada a la pintura moderna, la mayoría de los cuadros expuestos proceden de aquellos legendarios coleccionistas rusos que emigraron con la revolución. Un gran matisse azul domina la sala. Picasso se halla bien representado con un Bodegón con botella de Pernod de la época cubista, una enorme Mujer desnuda de la época del arte negro, desparramada sobre un diván como una marioneta sin hilos y una triste prostituta a punto de convertirse en un espectro delante de un vaso de absenta. Pero es el gran lienzo de Matisse el que atrae las miradas. A Picasso le hubiera dado un ataque de nervios. Matisse se ha retratado a sí mismo de perfil, prisionero en un pijama de rayas en una especie de estado sonámbulo. Una misteriosa mujer sentada, también de perfil, se funde a medias en el azul de la noche. Todo el cuadro está impregnado de atmósfera onírica. El motivo de la ventana abierta, recurrente en Matisse, se abre sobre las llagas de un jardín sembrado de tulipanes rojos. El arabesco de la barandilla de hierro separa el jardín luminoso de la atmósfera del sueño. Algo hace pensar en la consulta de Edipo a la Esfinge. Seguramente se puede hacer un rosario de interpretaciones pero sólo Matisse sabía lo que soñó aquella noche.
La exposición se cierra con aquello que en la escena final de las películas del cine mudo se llamaba un fundido en negro. La historia empieza con un cézanne inacabado, un remolino de follaje azul que parece inaugurar en la pintura moderna la expresión abstracta del motivo. Y hay un Cuadrado negro de Malévich que parece representar el camino sin salida de la abstracción. Entre aquel cézanne y este malévich sólo pasaron treinta años. Seguramente Malévich llegó a esa intuición temprana en un momento desesperado, pero su Cuadrado negro fue acogido con tal éxito que Malévich lo repitió en varios ejemplares como lo hubiera hecho un buen pintor de oficio. En realidad, por todo lo que anunciaba sobre el largo camino de la pintura abstracta, es un cuadro sobrecogedor.
El Hermitage en el Prado. Paseo del Prado, s/n. Madrid. Del 8 de noviembre al 25 de marzo de 2012. Exposición patrocinada por la Fundación BBVA y Acción Cultural Española. Manuel de Lope (Burgos, 1949) ha publicado recientemente Azul sobre azul (RBA. Barcelona, 2011. 492 páginas. 24 euros).
Manuel de Lope: Un Museo en el museo, EL PAÍS / Babelia, 29 de octubre de 2011
El Museo del Prado ha dado a conocer este lunes su colección de miniaturas, una de las más relevantes que se conservan en España así como la publicación del catálogo razonado de estas piezas que el prado expone por primera vez.
La exposición, constituida por 36 miniaturas y tres pequeños retratos, podrá visitarse desde este martes 11 de octubre hasta el 26 de febrero en la primera sala de la cámara acorazada en la que se exhibe de forma permanente el Tesoro del Delfín. «Se habla de las colecciones ocultas del Museo del Prado. Quizás ésta sea la más oculta de todas», ha dicho Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación del Museo del Prado.
Durante la presentación de esta muestra, el Museo ha dado a conocer la publicación que recoge y analiza en profundidad, también por primera vez, las 164 miniaturas y los 16 pequeños retratos que conforman esta curiosa e importante parte de sus fondos. Este volumen es obra de la exhaustiva investigación realizada desde 1987 por Carmen Espinosa Martín, la principal especialista en miniaturas de España.
Según ha explicado esta experta, esta colección muestra un 50 por ciento de obras de autores españoles y es una de las más relevantes de los museos españoles, que no internacionales, ya que España apenas está presente en otras colecciones extranjeras.
Pintadas al gouache sobre vitela, tablillas de marfil o papel, las miniaturas representan la faceta más íntima de la pintura ya que, en general, pertenecían a la esfera de la vida privada aunque también desempeñaron una función de Estado, pues los monarcas regalaban joyeles con miniaturas a los embajadores y emisarios extranjeros con motivo de su proclamación, matrimonio o por la firma de tratados, convenios y acuerdos.
MINIATURA NO SIEMPRE MINI
Espinosa ha aclarado que miniatura no hace referencia al tamaño de la obra sino a una específica «técnica pictórica». En este sentido, se han reunido los pequeños retratos más significativos de la colección entre los que figuran nombres de artistas bien conocidos como Francisco de Goya (con su óleo sobre cobre de Juana Galarza de Goicoechea de 1805) pero otros muy desconocidos como Guillermo Ducker, Florentino Decraene, Juan Pérez de Villamayor, Cecilio Corro o Luis de la Cruz y Ríos, cuyo retrato de la Infanta Luisa Carlota de Borbón es «la joya» de esta colección, ha dicho.
El buen pintor de miniaturas ha de poseer destreza y precisión en el manejo del pincel dado que los pigmentos se aplican mediante la superposición de puntos de color en las zonas de la carne. El resto del soporte se prepara como en la pintura al óleo.
Tanto los pequeños retratos como las miniaturas que se exhiben ahora por primera vez en el Prado son técnicamente pinturas, realizadas en diferentes tipos de soportes y con distintos materiales pero con idéntica función. En España, no hubo miniaturas en sentido estricto hasta el siglo XVIII, ha recordado Carmen Espinosa, y la función que desempeñaban las miniaturas en otras cortes de Europa aquí la desempeñaban los pequeños retratos, de ahí la importancia de los tres ejemplares que se muestran en la exposición.
ESPAÑOLES Y EXTRANJEROS
Entre las 36 obras que responden a la definición de miniaturas, se incluyen obras de miniaturistas españoles, mayoritariamente del siglo XIX. Entre ellos el retrato de Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco, IX duque de Osuna de Guillermo Ducker; el retrato del periodista Ramón de Navarrete y Fernández Landa obra de Cecilio Corro; Isabel II, reina de España, de Juan Pérez de Villamayor; o un San Miguel, de Manuel Arbós y Ayerbe. Entre los artistas extranjeros de finales del siglo XVIII y principios del XIX aquí representados se encuentra la Pareja de retratos de mujeres, de Charles Guillaume Alexandre Bourgeois; el retrato de Francisco I, emperador de Austria, de Heinrich Friedrich Füger; o el retrato de Hans Axel von Fersen de Niclas Lafrensen.
UN ABANICO ESPECIAL
A esta presentación se incorpora el homenaje a una de las personas destacadas en la historia del Museo del Prado, tras la reciente adquisición de un Abanico de boda, de Luis Eusebi, cuyo «país» está pintado al gouache sobre piel de cisne; y varillaje de marfil con aplicaciones de madreperla, que se expone por primera vez al público. El italiano Luis Eusebi (1773-1829), destacado pintor de miniaturas, de países de abanicos y, sobre todo, historiador de la pintura, trabajó en los inicios del Real Museo de Pinturas en 1819, con funciones al frente de lo que entonces se denominaba Conserjería del Real Museo. Además de las tareas propias de su cargo redactó los catálogos del Real Museo hasta la fecha de su muerte, y participó activamente en la elaboración de los planes artísticos de la Institución, que hoy muestra, con este abanico, una de sus escasas obras localizadas. El montaje se acompaña, además, de un video en el que se puede apreciar en detalle, mediante imágenes ampliadas, la técnica de ejecución y la gama de colores.

El Museo del Prado ha presentado hoy una de las obras de juventud más significativas de Francisco de Goya, Aníbal vencedor que por primera vez mira Italia desde los Alpes, fechada en la primavera de 1771. El cuadro cubre una de las pocas lagunas de la obra del pintor aragonés que posee la pinacoteca madrileña. La obra ha llegado gracias a un convenio con la asturiana Fundación Selgas-Fagalde, propietaria de la obra, y permanecerá en préstamos en el museo durante seis años.
La obra se exhibirá junto al Cuaderno italiano, el cuaderno de dibujo adquirido por el pintor durante su estancia en Italia (1769-1771) que contiene, dibujos y anotaciones personales, apuntes para la idea compositiva del Aníbal vencedor y estudios para sus figuras principales.
El cuadro no fue identificado como un goya hasta 1994, con motivo del 175 aniversario de El Prado, que se encargó de su restauración. Entonces se documentó como la primera obra de Goya, que pintó al final de su estancia de dos años en Italia, para participar en el concurso de la Academia de Bellas Artes de Parma, en 1771. El cuadro, perdido después de su presentación al concurso y posible regreso a España, fue comprado a mediados del siglo XIX en Madrid como obra italiana por el arqueólogo, historiador y empresario Fortunato Selgas (1839-1921).
En el cuadro, Goya coloca a Aníbal en un primer plano, concediéndole todo el protagonismo. La silueta del general cartaginés y las dos figuras que le acompañan, el genio de majestuosas alas y el guerrero a caballo, quedan en el centro de la composición, mientras que el ejército pasa por detrás en descenso a la montaña hacia Italia.