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Cuando Picasso fabricó a Picasso

Cuando Picasso fabricó a Picasso

La exposición ‘Devorar París’ recorre el periodo entre 1900 y 1907 en el que el pintor malagueño reunió las herramientas con las que cambió el siglo XX


Cartel de la exposición Devorar París, en el museo Picasso, reflejado en una ventana del edificio.- CARLES RIBAS

Pablo Ruiz Picasso llega a París a finales de octubre de 1900 con apenas 18 años acompañado por sus amigos Carles Casagemas y Manuel Pallarés. Ha realizado una tela para el pabellón español de la Exposición Universal, titulada Últimos momentos, de factura académica, en la línea de Ciencia y caridad. Es un joven provinciano con los ojos muy abiertos en la capital cultural del mundo. Se instala en un estudio de Montmartre donde habita una efervescente comunidad artística. En diciembre vuelve a Barcelona con el encargo de una exposición en París y con el veneno en el cuerpo.

Encrucijadas

Los bailes. En el Moulin de la Galette (1900), de Picasso; Sala de baile en Arlés (1988), Vincent van Gogh; En el Moulin Rouge, de Henri de Toulouse-Lautrec.

La exposición Vollard. Autorretrato.Yo Picasso (1901); La bebedora o Resaca (1988) de Henri de Toulouse Lautrec; Tarro, azucarero y manzanas (1890-93), de Paul Cézanne.

Diálogo con los maestros. Autorretrato como pintor (1888), de Van Gogh; Tejados azules (1901), de Picasso; Mujer con sombrero (1905), de Matisse.

El simbolismo. Caridad (1894), de Puvis de Chavannes.

La vida bohemia. Un palco en los toros (1904), de Ricard Canals. Retrato de la señora Canals (1905), Picasso.

Picasso tardará seis años en fabricar a Picasso. En 1907 es ya uno de los referentes ineludibles de las vanguardias y dispone de las herramientas que le van a permitir cambiar la historia del arte en el siglo XX. La exposición Devorar París. Picasso 1900-1907, que abrió ayer en el Museo Picasso de Barcelona, y podrá verse hasta el 16 de octubre, es el relato de este periodo mágico, de las conexiones, los espacios, las casualidades, los amigos, las modelos y las amantes, y las líneas de tensión del pensamiento y del arte que confluyen para que Picasso llegue a ser Picasso.

Comisariada por Marilyn McCully, una de las mayores expertas en el pintor malagueño, la muestra, en colaboración con el Museo Van Gogh de Amsterdam, recoge obra de los artistas que influenciaron a aquel joven inmerso en la vorágine parisiense del arranque del siglo XX. Es un regalo para los ojos: de Van Gogh a Gauguin, pasando por Cézanne, Toulouse-Lautrec, Derain, Matisse, Gris, Van Dongen, Puvis de Chavannes o Redon, entre otros, llenan las paredes del palacio de la calle de Montcada. Con ellas, medio centenar de piezas de Picasso que muestran el camino que va desde la inexistente Últimos momentos, que le sirvió para llegar a París pero sobre la que en 1903 pintó La vida, hasta el extraordinario Autorretrato con paleta, de 1906, prestado por el Museo de Filadelfia; toda una declaración de intenciones.

Hay hasta 11 piezas de Van Gogh, que según la tesis de McCully es uno de los pintores determinantes en la formación del joven Picasso. «Con 90 años», recordó ayer, «Picasso confesó que sólo había habido unos pocos artistas importantes en su vida, y uno de ellos había sido Van Gogh». Según la comisaria de la muestra, «lo que más le llamó la atención del pintor holandés fue su forma de plasmar en el lienzo, su forma de ver las cosas». No es casual, en cualquier caso, que en marzo de 1901, tuviera lugar la gran exposición de Van Gogh en París, ya reconocido después de su muerte, y que tres meses después Picasso expusiera en la galería Vollard de la rue Laffitte, una serie de obras que pinta de forma rápida a lo largo de los tres meses precedentes y que los críticos le achaquen de «imitador». «Nunca fue un imitador», responde McCully, «pues es imposible confundir una sola de sus obras con la de otro artista». De Van Gogh hay en la muestra algunas piezas extraordinarias como el Autorretrato como pintor y Trigal, de 1888, o La colina de Montmartre y Mesa de café con absenta, de 1887.

La exposición recoge también el periodo intermedio, cuando Picasso «duda de si volver a ser un pintor español», y le asalta la culpabilidad por la muerte de su amigo Casagemas, a quien ha dejado solo en París, y sobre lo que pinta hasta tres cuadros, incluido Casagemas en su ataúd. Pero vuelve a París y se instala en el famoso estudio del Bateau-Lavoir, junto al escultor vasco Paco Durrio, que a su vez lo había compartido con Paul Gauguin. Un espacio muy peculiar del que se pueden contemplar las fotografías inéditas realizadas en 1970 por Andre Fagè, poco antes de que fuera destruido en un incendio. Es el periodo en el que descubre las esculturas íberas y africanas -la Cabeza masculina, del Cerro de los Santos- y busca soluciones para plasmar sus ideas sobre los volúmenes que le llevarán al cubismo.

J.M. Martí Font, Barcelona: Cuando Picasso fabricó a Picasso, EL PAÍS, 1 de julio de 2011
Miró y su lucha contra la dictadura

Miró y su lucha contra la dictadura

Ubu_roiLa Fundación Picasso-Casa Natal (Málaga) acoge hasta el próximo 2 de octubre Miró. Su lucha contra la dictadura, una exposición que recoge litografías originales y diseños relacionados con la crítica que el artista catalán hizo al general Franco y su régimen a través del personaje de Ubú Rey. Este personaje del surrealista y precursor del teatro de absurdo, Alfred Jarry, centra la muestra de las obras de Miró perteneciente al coleccionista mallorquín y amigo del artista, Pere A. Serra.

La exposición, comisariada por Dolores Durán, muestra, por primera vez en Andalucía, dibujos, grabados, documentos, esculturas y objetos de Miró que reflejan su lucha contra Franco. Además se ve enriquecida con un personaje del espectáculo, diseñado por Miró, Mori el Merma: “Le Chien d’Ubu”, un ninot-escultura que representa el espanto y rudeza de la dictadura. Figuran también varios dibujos preparatorios para los posteriores grabados y litografías, además de una completa carpeta con las fotografías, bocetos y anotaciones sobre los personajes de Ubú.

Ubú, el personaje

Esta muestra es un resumen de la conexión entre Miró y Alfred Jarry a propósito de Ubú, el personaje de diversas obras grotescas escritas por Jarry. El Merma (Ubú) es identificado como el dictador. En 1966 Miró dio forma a su primera serie litográfica en torno a la figura de Ubú, el libro de bibliófilo editado por Tériade, titulado Ubu Roi, que recoge el texto de la farsa central de Jarry y que Miró completó con trece grabados.

En 1971 vio la luz la segunda serie de litografías, la que llevaría el título de Ubu aux Baléares. Son 23 litografías junto a textos alusivos a la obra de Jarry y siete páginas de texto caligrafiado sobre piedra, en los que la temática de Ubú se mezcla con un repertorio de frases populares mallorquinas, que se adaptan al protagonista de esta historia. Cuatro años después, en 1975, Miró trabaja en su último libro sobre el personaje de Ubú. Es L’Enfance d’Ubu, que incluye una serie de 38 obras entre las que se cuenta un grupo de estampas con palabras y textos procaces alusivos a blasfemias y obscenidades propias del acervo mallorquín.

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Estos tres cuadernos o libros de bibliófilo se completan con Le Chien d’Ubu, la figura tridimensional realizada por Miró para la representación teatral Mori el Merma. La línea y el color toman el volumen en esta puesta en escena en la que Miró colaboraría con el grupo de teatro La Claca en 1977, bajo la dirección de Joan Baixas. Telón de boca, máscaras y personajes fueron pintados por el artista, como Le Chien d’Ubu, presente en esta exposición.

En la muestra figuran también varios dibujos preparatorios para los posteriores grabados y litografías; y una completa carpeta con las fotografías, bocetos y anotaciones de Joan Miró sobre los personajes de Ubú. Obras originales y poco conocidas que amplían la visión de un Miró polifacético y comprometido.

Picasso y Miró, puntos en común

No es la primera vez que la Casa Natal fija su atención en la temática ya que incorporó, en su primer año de vida, la carpeta de grabados de 1937 Sueño y mentira de Franco, un grito de rabia y dolor que Picasso concibió para denunciar la Guerra Civil española en la que Franco era un monigote ridículo, un monstruo ajeno a la razón. En ese mismo año, Joan Miró recogió la misma óptica de distorsión y burla en la ilustración que realizó para el programa de mano de la representación parisina de la obra bufa Ubú encadenado de Alfred Jarry.

Entre los muchos puntos en común existentes entre Picasso y Miró no sólo se encontraba un mismo posicionamiento para el arte y una amistad basada en el respeto mutuo por el trabajo, sino también un sentimiento político radical en contra de los sistemas fascistas.

En el punto en el que confluyeron sus ideas más rupturistas se encuentra la fascinación, también común, por Alfred Jarry y su personaje más conocido. Por ello, el malagueño realizó una serie de grabados con este personaje, e incluso, se inspiró en esta obra de teatro para la farsa Le Désir attrapé par la queue, escrita en enero de 1941. Por su parte, el mallorquín realizó tres libros ilustrados, con un gran número de grabados dedicados a este asunto y que son la base de esta exposición.

Málaga. Miró. Su lucha contra la dictadura. Sala de Exposiciones de la Fundación Pablo Ruiz Picasso. Hasta el 2 de octubre de 2011. Comisaria: Dolores Durán

Miró y su lucha contra la dictadura, hoyesarte.com, 26 de Junio de 2011

El tipo al que Picasso dejó entrar

El tipo al que Picasso dejó entrar

El museo del pintor en Málaga acoge las históricas imágenes del artista tomadas por el nonagenario fotorreportero David Douglas Duncan

A David Douglas Duncan (Kansas City, 1916) le abrió la puerta Jacqueline, última esposa de Pablo Picasso. Entonces, 8 de febrero de 1956, el universo de uno de los artistas más influyentes del siglo XX, echaba sus placenteras raíces en la Costa Azul, en el exclusivo y célebre refugio de La Californie, en las proximidades de Cannes. La amistad y el respeto que le profesaba Robert Capa eran las únicas referencias que Picasso tenía de Duncan, quien, a sus 95 años compartía ayer anécdotas con contagiosa alegría en el museo del artista malagueño. Se hallaba en la ciudad con motivo de la exposición Picasso crea. A través de la cámara de David Douglas Duncan.

Picasso, en la primera fotografía que de él tomó David Douglas Duncan.-

Aquel día de 1956, el fotógrafo llevaba un anillo de oro con una extraña piedra azul. «Que pase», pidió Picasso a Jacqueline desde la bañera. Duncan entró y tomó una de las más célebres instantáneas de la historia de la fotografía: Picasso en el agua mira divertido a la cámara.

La amistad entre ambos se prolongó hasta la muerte del artista, en 1973. Duncan tomó más de 25.000 fotografías. Picasso, en todas las versiones posibles: jugando con sus hijos, en los toros, comiendo, recibiendo a sus amigos y, sobre todo, trabajando.

Último testigo de aquellos días, Duncan conserva en la mirada la energía y la determinación que han hecho de él un ídolo para los fotorreporteros de guerra de todo el mundo, por los servicios prestados en Vietnam, Corea o India para publicaciones como National Geographic o Life.

El fotógrafo paseaba ayer por Málaga con una Nikon comprada el día anterior. Parecía ese tipo inclinado a la diversión que sugieren algunas de sus fotografías, pese a que en su largo historial figuran dolorosos recuerdos de batallas como la que acabó con la vida de su amigo Capa. Tomaba fotos divertido y se deshacía en elogios a las comisarias Stephanie Ansari y Tatyana Franck. «Es mi mejor exposición. Aprovechen, porque no se verá nunca más».

-¿Con qué armas sedujo al gran hombre para dejarle entrar en su intimidad?

-Nos caímos bien y nos fiamos el uno del otro. No le molestaba ni preguntaba qué hacía. Miraba y disparaba. Sin flas, sin hacer ruido. Con el máximo respeto.

-¿Tuvo algo que ver el anillo?

-Robert [Capa] me había recomendado llevarle algo especial. Y acerté. El oro procedía de unas monedas de Alejandro Magno que me habían llegado a través de mi padre y creo que tenía una energía muy positiva. Hice que tallaran un gallo picassiano. Le agradó.

-¿Cómo se veía su legendaria mirada a través de la lente?

-Era un hombre bajito, pero su mirada le hacía enorme. No estoy seguro de haber podido capturar todo el significado de esa mirada. No era intimidatoria. Era algo misterioso e indescriptible.

Cuando Picasso se colocó en el centro de su objetivo, Duncan no abandonó sus reportajes. Aunque siempre que podía, se dejaba caer por los refugios de Picasso en el sur de Francia. «Verle trabajar era formidable», recuerda. «Con un juguete, cualquier utensilio o el resto de una comida daba pie a una obra de arte. En familia era muy actor. Jugaba mucho con los pequeños. Hacía teatro, se disfrazaba…».

En general, Picasso no permitía a Duncan entrar en su estudio. La excepción que confirmó la regla llegó en un cumpleaños del fotógrafo. El regalo del artista consistió en dejarle entrar en aquel paraíso atiborrado de obras de arte. «Realizaba entonces su versión de las Meninas y me emocionó ver que había pintado a su perro Lumpi».

Como en el célebre arranque de Melville, el artista llamaba a Duncan Ismael. «En hebreo viene a significar algo así como ‘Dios me entiende». El apelativo tiene algo de metafórico, cuando se escucha al fotógrafo desmontar los mitos falsos sobre Picasso. Como ese que afirma su condición de mujeriego. «Le conocí ya con Jacqueline y nunca le vi mirar a otra mujer, pese a que había muchas que sí le miraban a él. No era de esos hombres que las persiguen o acosan como Dominique Strauss-Kahn».

Ángeles García, Málaga: El tipo al que Picasso dejó entrar, EL PAÍS, 21 de junio de 2011

Maestro de la cercanía

El fotógrafo David Douglas Duncan, ayer en Málaga, donde el Museo Picasso le dedica una exposición.- JULIÁN ROJAS

No deja de ser curioso, y hasta cierto punto insólito, que sea uno de los más conocidos y competentes fotorreporteros del siglo pasado quien, al mismo tiempo, se haya convertido en la referencia imprescindible a la hora de acceder al mundo privado y creativo de Picasso. Esa figura es David Douglas Duncan, fotógrafo nonagenario de dilatada trayectoria que registró con su cámara conflictos bélicos como la II Guerra Mundial, Vietnam o Corea, y siguió de cerca durante décadas algunos de los más importantes procesos políticos acaecidos en Oriente Próximo, Europa, Asia o África.

Sus reportajes aparecieron con regularidad en Life y desarrolló con éxito y asiduidad el formato del ensayo fotográfico en forma de libro. Fue este mismo fotógrafo de aliento y estética humanista, nacido en Estados Unidos en 1916, quien se presentó de improviso una mañana de febrero de 1956 en La Californie, la residencia de Picasso en el sur de Francia, dando comienzo así a una estrecha relación que se prolongaría hasta la muerte del artista, en 1973.

La primera imagen que Duncan tomó de Picasso, al poco de llegar a su casa, fue en la bañera. Algo que en otras circunstancias o en otro autor podría interpretarse como indiscreción, es en este caso era una muestra de la cercanía que caracterizó su relación. En los miles de registros que tomó Duncan no hay preparación, no hay posado como tal, sino una especie de diálogo, una conversación que fluye a través de la fotografía. El acercamiento al artista por su parte fue integral: su persona, su círculo íntimo, sus espacios de trabajo, sus reuniones con los amigos, la atmósfera familiar, su proceso de trabajo y sobre todo su rostro, en una serie de retratos magistrales. En algunos de estos retratos hay una exploración de los límites de la proximidad que llega a convertir los ojos y la mirada del artista en el único motivo argumental de la imagen.

Duncan fotografió también las obras que rodeaban a Picasso, aquellas que le acompañaban y que vieron la luz en el libro Los ‘picasso’ de Picasso (1961). Tanto estas obras como el propio y mágico espacio de La Californie llegan a alcanzar en sus imágenes rasgos de personalidad y autonomía propia. A lo largo de su vida Picasso fue fotografiado asiduamente, incluso por autores tan fundamentales como Man Ray, Brassaï, Lee Miller, Robert Capa o Cartier-Bresson. Pero es a Duncan a quien finalmente cabe el privilegio de haber abierto la puerta de entrada a la «vida íntima del más grande artista del mundo a través de la fotografía», tal y como reza el subtítulo del primer y magnífico libro que publicó sobre Picasso en 1958.

Alberto Martín: Maestro de la cercanía, EL PAÍS, 21 de junio de 2011
La trastienda de Picasso

La trastienda de Picasso

Cajasur recoge en una exposición la dedicación del autor malagueño al grabado, donde da rienda suelta a su creatividad y a su búsqueda de nuevas formas de expresión
La desarnada grandiosidad del «Guernica» o el enigma cubista de «Las señoritas de Aviñón» fueron algunas de las obras con las que puso su nombre como el del pintor más innovador e influyente de la primera mitad del siglo XX, pero Pablo Picasso fue un autor con una creatividad desbordada que trabajó todos los géneros y técnicas imaginables. Fueron el fruto de su gran inquietud, pero también las pruebas, búsquedas y bocetos con las que creó sus obras más innovadoras o con las que fue desarrollando sus ideas. Desde ayer, una parte de estos trabajos se pueden ver en Córdoba.

La Fundación Cajasur inauguró ayer en el salón de Gran Capitán la que está llamada a ser la muestra más importante de cuantas visiten la ciudad en este año: «Picasso grabador», en el que se recogen las aportaciones del autor malagueño a este soporte artístico en distintos materiales, y donde muestra los rasgos más personales de su creatividad.

La exposición llega procedente de varias colecciones francesas y es fruto del continuo interés de Picasso por el grabado y por la recuperación y cultivo de todos los soportes. La comisaria de la muestra, Martine Soria, explicó que el autor trabajó todas las técnicas posibles, incluido el llamado linograbado, que en su época estaba muy en desuso. Contra la opinión de una buena parte de los artistas de su época, para él el grabado no era «una forma de expresión menor» y destacó su afán por explorar todas sus posibilidades con la curiosidad que lo caracterizaba.

La muestra recoge casi todas las épocas en la vida creativa de Picasso, porque abarca trabajos de entre 1922 y 1971, con todas las técnicas posibles: punta seca, aguafuerte, aguatinta, litografía y linograbado. Sus temáticas son casi tan variadas como su evolución, pero en ellas no faltan las estampas taurinas que le dieron tanta fama. La maestría del pintor malagueño le basta para conseguir describir con unos cuantos trazos el esfuerzo del picador o el baile del banderillero con los palos en la mano acercándose hasta el animal.

A la Fiesta se acerca Picasso de muchas formas y con variadas técnicas, entre ellas el cartel, del que se muestra una interesante obra en la que ya desarrolla los rasgos de desconstrucción más característicos del cubismo. No es una exposición exclusivamente en blanco y negro, sino que también hay litografías a color, muchas de tema taurina, en las que Picasso da rienda suelta a la fantasía cromática.

Junto con las estampas sobre toros, la exposición es rica en retratos, casi siempre de corte cubista, pero también con un marcado tinte experimental, donde el autor deja ver distintas formas de acercarse a una misma obra y de plasmar un mismo rostro. Casi siempre le interesan más los elementos y de ello dan la clave los títulos: «Hombre con barba», «Hombre con bigote».

La diversidad es el único punto en común, en algunas de las obras Picasso se comporta como un dibujante y apenas recurre a la pluma y al lápiz para mostrar lo que quiere. Justo al contrario que otras obras, donde el color negro y sus formas son las que sirven para sugerir los volúmenes, rostros y cuerpos de los protagonistas. Es el caso de una de las series de la década de 1960, donde además de los retratos está presente con cierta frecuencia la figura de la mujer, que se repite a lo largo de toda la muestra.

Como puso de manifiesto la comisaria de la exposición, el acervo creativo de Pablo Picasso es ingente: más de 60.000 obras contaron algunos estudiosos. No es de extrañar que en las vitrinas de la exposición que se puede ver en Cajasur haya libros en los que colaboró con ilustraciones.
La cerámica

Picasso mostró un notable interés por la cerámica, y no sólo por la posibilidad de poder grabar sobre ella. El autor cultivó el modelado del barro con cierta frecuencia y en la exposición se recogen algunas muestras, como una serie de pequeñas piezas en las que «pinta» escenas con finos trazos, pero en los que sin embargo despliega su talento para la expresión. En muchas de ellas, a pesar de su mínimo tamaño, consigue desarrollar todo su potencial narrativo y descriptivo. Otras las trabaja casi como si fueran amuletos primitivos, con figuras humanas muy sugeridas.

La exposición, con la que la Fundación Cajasur pretende sumar para que Córdoba sea Capital Europea de la Cultura en 2016, se podrá visitar desde ayer hasta el próximo 30 de junio.

Luis Miranda, Córdoba: La trastienda de Picasso, ABC-Córdoba, 17 de mayo de 2011

¿Cómo se restaura un charco de leche?

¿Cómo se restaura un charco de leche?

José Loren (izquierda) y Humberto Durán analizan Mujer en azul, de Picasso, en el Museo Reina Sofía.- BERNARDO PÉREZLas obras creadas con material biodegradable son un reto para los conservadores de arte contemporáneo

La Mujer en azul (1901), temprana obra maestra de Picasso, exhibe estos días su legendario y olímpico desdén color verdoso en un salón ciertamente poco frecuentado por las damas de su edad y condición, tan lleno de microscopios de alta tecnología, cámaras de 15.000 millones de píxeles y focos ultravioleta. Se halla instalada en un caballete móvil del laboratorio de conservación del Museo Reina Sofía, en la fase crucial de un ambicioso proceso de restauración iniciado el otoño pasado y financiado con 200.000 euros por un programa de Bank of America Merril Lynch.

Obviamente, atrae menos miradas que en su emplazamiento habitual de la sala 201, adonde volverá en otoño. Pero estos otros ojos la escrutan con extraordinario interés. Humberto Durán y José Loren, dos de la treintena de trabajadores del departamento, se mueven entre equipos digitales multiespectrales y placas radiográficas, hacen barridos fotográficos con los que obtienen 800 imágenes con un solo clic y amplían detalles como ese siete que el óleo luce a la altura de la bufanda, o la parte del envés que prueba que el cuadro fue intervenido en dos ocasiones, barnizado y reentelado con consecuencias un tanto verduzcas.

El salón, y su anfitriona, se preparan para recibir visitas este miércoles, Día Internacional de los Museos. La actividad principal del Reina Sofía para la jornada será dar a conocer al público, que se puede apuntar en tres turnos de grupos reducidos, la actividad de estos profesionales, que rara vez empuñan un pincel para limpiar un lienzo. Por eso, Jorge García Gómez-Tejedor, jefe del departamento, quiere emplear el reclamo de la dama para llamar la atención sobre los retos de la restauración en el arte contemporáneo.

Para ello cuenta con una película de unos 20 minutos. Financiada por la Red Internacional de Restauradores de Arte Contemporáneo (INCCA, a la que pertenece el museo madrileño), su título, Installation art, who cares?, es un juego de palabras intraducible que coquetea con la doble acepción inglesa del verbo: ¿Quién cuida de las instalaciones? Y lo que es más: ¿Le importan a alguien?

«Esta ciencia, como todas, evoluciona», explicaba el jueves García Gómez-Tejedor ante un monitor de vídeo del pleistoceno. «Con el arte contemporáneo es fundamental preservar al máximo la esencia de los materiales de la obra. Y efectuar lo que se conoce como restauraciones evolutivas». Para ilustrar el concepto, señala la pantalla, cuadrada y catódica a más no poder, que en realidad es una obra de Wolf Vostell, miembro de Fluxus y pionero del videoarte. Para su restauración y digitalización se tiene que conservar «la esencia» (que atañe a asuntos como la forma del monitor o el grano de la imagen) y al mismo tiempo retrasar lo máximo posible la llegada de su próxima obsolescencia.

Esta es la clase de retos a los que se enfrenta el departamento cada día. ¿Qué hacer frente a la sobrecarga de trabajo de los especialistas de obra en papel, abrumados por la tendencia del arte actual al archivo? ¿Cómo restaurar la leche, el polen o el arroz de las creaciones de Wolf-gang Laib? ¿Habrá que creer al conceptual alemán Hans-Peter Feldman, objeto de una reciente retrospectiva, cuando asegura que desea que su obra desaparezca de la faz de la tierra (y eso incluye las colecciones permanentes de los muesos) tras su muerte?

De estas preguntas surgen respuestas que García Gómez-Tejedor y los suyos ponen en común en un simposio anual sobre la materia que tiene lugar en el museo en febrero y formarán parte del programa de un nuevo máster universitario a partir de octubre. Hablamos de conclusiones como la de que, después de todo, las colillas de Barceló no envejecen tan mal («no sé qué clase de resina empleó, pero hizo un buen trabajo»); que el mayor enemigo del arte orgánico son los insectos; o que el net art cuenta entre las disciplinas menos obsolescentes, siempre que los servidores que lo soportan permanezcan en uso, claro.

Jorge García Gómez-Tejedor, jefe de restauración, y Maite Ortega, coordinadora de proyectos, ante una obra de José Luis Alexanco.- BERNARDO PÉREZ

A veces, esas respuestas las ofrecen los propios artistas. Una fuente primordial de información para el restaurador contemporáneo proviene de entrevistas con ellos. «Cuanto mejor documentados queden los procesos creativos, mejor se podrán conservar las piezas», explica Maite Ortega, coordinadora de proyectos.

Eso no siempre es posible. El caso más extremo quizá sea el del simpar Tino Sehgal, autor de This is propaganda (2002), uno de los tres casos estudiados en la película que se proyectará en el Reina, que muestra también el proceso de conservación o restauración de una compleja instalación (agua incluida) de Olafur Eliasson o de un vídeo en laser disc (¡tan años noventa!) de Bill Seaman. El problema con el joven Sehgal es que no permite que sus performances, ensalzadas por la crítica, se documenten de ningún modo. Ante una apuesta tan radical, Ortega, obligada por la Ley de Patrimonio a conservar el arte, por muy conceptual que sea, para generaciones futuras, no puede sino poner los ojos en blanco y mostrarse de acuerdo con una conservadora de la Tate, centro propietario de la obra, que ve en las prácticas de Sehgal una «interesante reflexión sobre la memoria».

Porque de eso se trata, al fin y al cabo, de hacer memoria. Conocer el pasado, por muy reciente que sea, para garantizar el futuro de las piezas. En una sala contigua, Carmen Muro trata de establecer, leyendo con contagioso entusiasmo las capas de pintura de Mujer en azul, la peripecia de una tela presentada en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1901, tibiamente acogida por la crítica, abandonada a su suerte por el propio Picasso y reatribuida en los cincuenta. Cuando el equipo disponga de toda la información posible se tomarán decisiones, que no necesariamente pasarán por eliminar los reentelados o los barnices que amarillearon el añil original. Por algo les llaman conservadores.

Solo entonces la dama volverá a presidir su salón habitual. Más azul, pero con el mismo gesto torcido. Hay mohínes que no hay quien restaure.

Iker Seisdedos, Madrid: ¿Cómo se restaura un charco de leche?, EL PAÍS, 16 de mayo de 2011
Nueva York hace cola por el «amour fou» de Picasso y Marie-Thérèse

Nueva York hace cola por el «amour fou» de Picasso y Marie-Thérèse

La galería Gagosian de la calle 21 está entre las Avenidas Décima y Undécima, en el salvaje oeste de Manhattan. Es la clase de entorno en el que normalmente se exponen artistas en grado de tentativa, artistas de a ver qué pasa. Pero la marca de la casa Gagosian es precisamente meter a los clásicos en un espacio descaradamente intimista, colgar sus cuadros de la pared como si acabaran de empezar. Y funciona, vaya si funciona. El jueves pasado la cola daba la vuelta a la manzana para asistir a la inauguración de la exposición «Picasso y Marie-Thérèse: L’amour fou».

«Marie-Thérèse accoudée». GAGOSIAN GALLERY

La cola no sólo era larga, sino exquisita. Mucho tacón de vértigo con suela roja, mucho diseño divino de la muerte. Pero hasta los más superficiales entraban en trance en la galería llena de retratos de Marie-Thérèse Walter, los pintados por Picasso y los de la vida real, aportados por la familia. La exposición constituye un brillante ejercicio conceptual, en la línea del anterior gran éxito de la Gagosian, la muestra «Picasso: Mosqueteros», que comisarió en 2009 John Richardson, insigne cómplice y biógrafo del artista. Esta vez también encontramos la mano de Richardson, al alimón con la de Diana Widmaier Picasso, nieta de Picasso y de Marie-Thérèse.

«Picasso nunca se casó con Marie-Thérèse, aunque estuvo a punto de hacerlo un par de veces, pero ella fue más esposa que sus esposas. Le daba aceptación incondicional y sosiego». ¿Una especie de Penélope?, le preguntamos. Al biógrafo y comisario se le encienden los ojos: «¡Justo! La tenía presente incluso en la distancia, estaba con Dora Maar, que es una relación posterior, y pintaba retratos de Marie-Thérèse».

Es verdad que cuando se ven juntos estos retratos sorprende la calidad de la paz que desprenden. La persistente obsesión pero también confianza con que Picasso pinta una y otra vez a la joven de 17 años que encontró por las calles de París en 1927 —él tenía 46— y a la que tuvo que arrastrar a una librería para enseñarle un libro con obras suyas y persuadirla de que era pintor. Ella ni siquiera conocía su nombre.

Se inicia así una larga y complicada relación clandestina que arranca en lo más oscuro del matrimonio de Picasso con Olga Khokhlova y, atravesando sucesivos cambios de rasante y de formato, se prolongará hasta la muerte del pintor en brazos de su segunda mujer, Jacqueline Roque, y el suicidio de Marie-Thérèse cuatro años después. Marie-Thérèse pasó de ser Circe a ser Penélope, de amante invisible a esposa y madre secreta (su hija Maya nació en 1935) que aguardaba en el campo a que su hombre se desahogara con otras en la ciudad. Ella pierde la partida frente a mujeres más chispeantes y excéntricas, pero el genio siempre cede a la añoranza de su inmensa cápsula de sosiego que ella teje y desteje a su alrededor.

Amor masónico

No es una sorpresa que en muchos retratos Marie-Thérèse aparezca por alusiones, representada por símbolos tan intrincados como los de la masonería. Habrá que esperar hasta la vasta retrospectiva de Picasso que la galería Georges Petit organiza en 1932 para que la influencia de Marie-Thérèse en el arte de su amante devenga incontenible e inocultable. Aún así en casi todos los retratos seguirá apareciendo, más que sola, abismada en su soledad, uncida a roles inmensamente pasivos, casi estólidos, cuando no enfrentada con crudo dramatismo a sus rivales amorosas. En este imaginario Marie-Thérèse es siempre un rayo de pureza y de luz, un ideal que lo mismo recorre el pavor del Guernica que da alas a las ambiciones escultóricas del pintor.

Preside la muestra un poema-carta que Picasso escribió a Marie-Thérèse el 28 de julio de 1936, donde las iniciales «MT» se cruzan como espadas: «Te veo frente a mí adorable paisaje MT/y nunca me canso de mirarte/tumbada de espaldas en la arena/mi querida MT, te amo/MT my devorador sol naciente/tú estás siempre en mí, MT madre de acres y chispeantes perfumes de jazmín/te amo más que al sabor de tu boca/más que a tu mirada, más que a tu mano/más que a tu entero cuerpo, más y más/y más y más de lo que todo mi amor por ti va a ser capaz de amar nunca y esto lo firma Picasso».

Anna Grau, Nueva York: Nueva York hace cola por el «amour fou» de Picasso y Marie-Thérèse, ABC, 19 de abril de 2011
Las juventudes cruzadas de Picasso

Las juventudes cruzadas de Picasso

Florencia expone las influencias y encuentros entre los tres artistas

Brazos levantados. Pablo Picasso, Study for Girl with Raised Arms: Nudes with Raised Arms, Full-frontal Cahier 7, May-June 1907 pen and ink on paper, 220 x 170 mm Malaga, Collection of the Pablo Ruiz Picasso Foundation - Birthplace Museum, FPCN: 2037, c. 11r Picasso apareció en la escena artística en la primera década del siglo XX, Miró en la década de 1910, y Dalí a comienzos de los años veinte. La modernidad fueron ellos. Les separaba la edad, pero les unían muchas cosas. Sobre todas, la idea de que el arte genuinamente moderno no puede renunciar a las raíces y a la tierra. Picasso y Dalí vivieron su etapa madrileña. Y aunque Miró fue quizá el más catalán, los otros también se empaparon de ese aroma. Picasso fue maestro, pionero; Miró y Dalí le siguieron por los ismos y vanguardias hasta el más allá, los sueños y el surrealismo. Los tres fueron grandes buscadores de lenguajes nuevos. Sus encuentros e influencias cruzadas, a menudo invisibles o inconscientes, son el centro de la exposición Picasso, Miró, Dalí: tres jóvenes airados y los orígenes de la modernidad, que se puede ver en el palacio Strozzi de Florencia desde el sábado próximo hasta el 17 de julio.

La interacción entre los tres artistas españoles se explica a través de más de 60 pinturas de los tres protagonistas y más de 100 dibujos de Picasso. La exposición ha requerido dos años de trabajo, y se detiene sobre todo en las producciones juveniles de Picasso, Miró y Dalí para explicar cómo contribuyeron a la transformación creativa de su tiempo.

Eugenio Carmona, catedrático de la Universidad de Málaga, ha preparado la muestra con el suizo Christof Vitali, y sitúa la entrada definitiva de Picasso en la modernidad en 1907. La de Miró a partir de 1923. Y la de Dalí en 1929. Con anterioridad, sus «búsquedas, hallazgos y experimentaciones fueron continuas y comunes», explicaba ayer el comisario durante una visita con periodistas españoles. «Necesitaron muchas veces dar un paso atrás para luego dar el gran salto hacia delante».

La exposición comienza en abril de 1926 y luego va retrocediendo en el tiempo salteada en cuatro ideas, episodios o pensamientos. El primer La compañía de Arlequín. Pablo Picasso, The Two Saltimbanques (Harlequin and his Companion) [Les deux saltimbanques (Arlequin etsa compagne)], September-October 1901oil on canvas. Moscow, The State Pushkin Museum of Fine Arts.acto final detiene el tiempo en el año en que Dalí viaja a París y visita a Picasso en su casa, o al menos eso contó en su biografía La vida secreta de Salvador Dalí. Ese encuentro real o supuesto, que Carmona define como psicomaquia, muestra las obras de un Dalí mestizo, neoclásico, neocubista y freudiano, que acaba de dejar atrás el clasicismo y se debate entre dos mundos, el vicio de lo clásico y la virtud de lo moderno que luchan en Composición con tres figuras. Academia neocubista .

Dalí es aún muy joven -nació en 1904- pero ya refelxiona sobre Picasso y habla de Miró, que andan todavía en sus propias luchas. El segundo pensamiento se titula Miró-Dalí, genius loci, y resume la vivencia madrileña-catalana-parisina de los dos pintores catalanes entre 1915 y 1924. Épocas de ismos, de paisajes, retratos y bodegones (entre ellos, dos magníficas naturalezas muertas de Miró), en las que ambos, según Cardona, reflexionan sobre «la exigencia de la identidad, la pervivencia del clasicismo, el arte figurativo y la relación entre el arte nuevo y el arte de los museos».

El penúltimo salto atrás se llama «Cuando Miró se cruzó con Picasso. Barcelona, 1917». El genio malagueño ha vuelto de un viaje a Roma, Nápoles y Florencia impresionado por las esculturas de Miguel Ángel en la Capilla de los Medici de la capital toscana, y se dispone a hacer la escenografía para Parade, de Los ballets rusos de Dhiagilev. Picasso tiene 36 años, y Miró 24. El primero es cubista y neoclásico a la vez; Miró está empezando a ser, pero pinta su Autorretrato y unos estupendos paisajes catalanes.

El cuarto pensiero se decía al joven Picasso y tiene dos partes. La primera muestra el Álbum 7, con los bocetos para Les demoiselles d’Avignon procedentes de la colección de la Fundación Picasso de Málaga. La segunda son quince pinturas adolescentes que muestran su evolución desde que tenía 14 años hasta el año 1906.

El marinero de Dalí. Salvador Dalí, Neocubist Academy (Composition with Three Figures. The Sailor) [Acadèmia neocubista.(Composició amb tres figures. El marinero)], 1926, oil on canvas, 90 x 200 cm, Museu de Montserrat, Donated by Josefina Cusí, R. N. 201.390

Desnudez, según Dalí. Salvador Dalí, Nude [Desnudo], 1924. Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, DE01566.

Bodegón con cuchillo. Joan Miró, Still Life with Knife [Nature morte au couteau], 1916. Switzerland, Nahmad Collection.

Lampara y naturaleza muerta, por Miró. Joan Miró, Still Life II (The Carbide Lamp) [Nature morte II (La Lampe à carbure)] Mont-roig and Paris 1922-3. New York, The Museum of Modern Art Purchase, 1939.

Miguel Mora, Florencia: Las juventudes cruzadas de Picasso, Miró y Dalí, EL PAÍS, 10 de marzo de 2011

El viaje de un ‘picasso’ hasta los territorios palestinos

El viaje de un ‘picasso’ hasta los territorios palestinos

Busto de mujer (1943), expuesta en el museo holandés Van Abbe, que negocia su cesión a la Academia Internacional de Arte Palestina.-Un museo holandés negocia la cesión de ‘Busto de mujer’ a una academia de arte en Ramala. El traslado del cuadro y su paso por los controles israelíes será filmado como parte de un proyecto artístico

La Academia Internacional de Arte Palestina, situada en Ramala, la ciudad cisjordana sede de la Autoridad Nacional Palestina, ha pedido al museo holandés Van Abbe la cesión de un cuadro de Picasso. Se trata de Busto de mujer (1943), una obra elegida por los propios estudiantes de la Academia, que querían presentar a un gran pintor moderno en su centro. Ambos partes están ultimando los detalles del acuerdo para que la pintura sea expuesta lo antes posible.

«Probablemente hablamos de la muestra más pequeña del mundo dedicada a Picasso, porque solo incluye esta pieza. Lo interesante es ver cómo llega y la respuesta del público», han asegurado portavoces del museo holandés. Será también la primera vez que un lienzo del pintor malagueño viaje a territorio palestino. Su traslado desde Holanda y su paso por los controles israelíes hasta alcanzar Ramala formarán parte de una cinta filmada como parte de la cesión. La Academia Internacional de Arte Palestina se ha comprometido a preparar una habitación especial con la temperatura adecuada para que el cuadro no se estropee.
La película del viaje de Busto de mujer tiene un candidato clave para dirigirla: el cineasta palestino Rashid Masharawi. Nacido en Gaza, e hijo de una familia de refugiados, hoy vive y trabaja en Ramala. Allí fundó el Centro de Producción y Distribución de Cine. Entre otras cosas, se ocupa de proyectar películas en los campos de refugiados y de organizar un festival de cine infantil.

El museo holandés Van Abbe, abierto en la ciudad de Eindhoven (sede de la multinacional electrónica Philips), alberga una importante colección privada de Picasso y Kandinsky.

Isabel Ferrer, La Haya, El viaje de un ‘picasso’ hasta los territorios palestinos, EL PAÍS, 18 de febero de 2011

La relación entre Picasso y Barcelona está jalonada de episodios oscuros

La relación entre Picasso y Barcelona está jalonada de episodios oscuros

En la ciudad condal fue donde surgió el estallido creativo y vital de la juventud del pintor

Pablo Picasso A Picasso el estallido creativo y vital de la juventud le pilló en Barcelona. Había llegado en 1895, con 13 años, y fue aquí donde se corrió sus primeras juergas con los amigos –los primeros en reconocer su talento y en descubrirle los placeres que se escondían en los burdeles–; aquí fue también donde disfrutó de su primer estudio, un espacio de creación y libertad, en la calle de la Plata, desde cuyo balcón lanzaba piedrecitas a los viandantes con su colega Manuel Pallarès; y aquí, en fin, donde realizó su primer grabado (L’àpat frugal), su primera ilustración (aparecida en el semanario L’Esquella de la Torratxa), su primera exposición en Els Quatre Gats… Nueve años después, con 22, marchó a París y ya no regresaría más que en contadas ocasiones, casi siempre para visitar a su madre y a su hermana Lola, pero para Picasso Barcelona nunca dejó de ser aquella gran ciudad que le deslumbró de adolescente y le reveló la modernidad. Picasso sentía pasión por Barcelona, pero esta no siempre le correspondió con la misma intensidad.

“Barcelona es un lugar picassiano brutal… Tenemos –porque el propio artista así lo quiso– unmuseo que alberga una gran colección y es objeto de peregrinación para millones de visitantes de todo el mundo… Pero esa vinculación a la que está condenada la ciudad no tiene una correspondencia ni a nivel social ni a nivel académico”, señala el director del Museu Picasso, Pepe Serra, quien muestra su perplejidad ante paradojas como que en las once universidades catalanas no se realicen tesis doctorales sobre Picasso, que no exista ni un máster sobre el artista, a diferencia de París o Londres; que la obra de referencia del Picasso escritor, Picasso, Écrits (Gallimard, 1989), 340 textos poéticos y dos obras de teatro, todavía no haya sido vertida al castellano (saldrá a la luz este 2011 a cargo del propio Museu Picasso y el Reina Sofía); que su presencia en las colecciones catalanas sea poco menos que anecdótica… “Picasso es mucho más que unos grandes ojos y una camiseta a rayas. Hay poco conocimiento sobre su obra. Y lo mismo sucede respecto a su relación con Barcelona, que se ha contado de una manera simplista.

Se trata de una relación fracturada, difícil, con años negros en los que la ciudad le da espalda y otros en los que se aguanta por un hilos… Hay mucho misterio, muchos hechos por desentrañar, todo un relato por explicar”, reta Serra, quien confía en que la futura apertura del centro de estudios del museo permitirá investigar y crear conocimiento sobre el artista que definió el siglo XX. “Con Picasso, cuando parece que está todo dicho, resulta que está todo por decir”.

Picasso visita por última vez Barcelona en 1934. Viste como un banquero y viaja en un Hispano Suiza, con su esposa Olga Koklova y su hijo Paulo. Se hospedan en el Ritz. El genio vive una situación personal convulsa y un momento de estancamiento creativo. Se está divorciando de la bailarina, vive un nuevo romance con Marie-Thérèse Walter, que no tardará en quedarse embarazada, y se refugia en la escritura. Apenas estuvieron unos días en la ciudad. Sería su última estancia.

¿Por qué no regresó nunca? Pierre Daix, en su Dictionnaire Picasso, concluye la entrada correspondiente a Barcelona: “Algo debió de suceder durante su larga estancia de 1917 (¿la intriga contra Parade?) porque a partir de entonces no hizo más que breves escalas”. Daix se refiere al escándalo que rodeó las representaciones en el Liceu del ballet con libreto de Jean Cocteau, música de Erik Satie y decorados y vestuario del propio Picasso.

En el gallinero del teatro, junto a Joan Prats, se encontraba un tímido y joven Joan Miró que, según contaría él mismo en un artículo publicado en La Vanguardia con motivo de la muerte de Picasso, quedó “muy impresionado”. “No me atreví a ir a saludarle y felicitarle. (…) Poco tiempo después mi madre y la de Picasso se hicieron buenas amigas, y se visitaban con frecuencia. En 1919, cuando yo decidí marchar a París, le pregunté si deseaba que le llevara alguna cosa a su hijo. Me entregó un paquete: contenía una ensaimada”, escribe Miró, que recuerda que el primer cuadro que vendió, Portait d’une danseuse espagnole, lo adquirió Picasso a su marchante Pierre Loeb.

El historiador J.F. Yvars, uno de los grandes especialistas en la obra de Picasso, que conoció al artista, apunta que para entender a a Picasso hay que tener presente el horror que siempre le provocó la pobreza. “Sus primeros años en París fueron miserabilísimos, y estaba obsesionado por triunfar y hacer dinero. Y para eso tenía que estar en París. Lo consiguió muy pronto y con mucha potencia. A partir de 1911 ya es una referencia internacional. Pero trabajaba como un animal. No bebía, apenas comía y pintaba hasta las tres de la madrugada. Todas esas historias sobre su falderismo me huelen a fantasía. Vivía en un castillo, pero modestamente”. Luego, claro, pesará su firme oposición al franquismo. “No volveré”, dijo.Pablo Picasso

“En Picasso todo se acepta y todo se exagera, es difícil llegar a su verdad”, conviene Eduard Vallès, conservador del Museu Picasso, erudito dedicado en cuerpo y alma a estudiar la obra del pintor, que maneja datos y anécdotas con la habilidad de un prestigitador. Volviendo a la relación Picasso-Barcelona, Vallès cuenta, por ejemplo, que ya en 1919 el genio malagueño hizo su primera donación a la ciudad, Arlequín de Barcelona, que había pintado dos años antes tomando como modelo a Massine, el bailarín y coreógrafo de los Ballets Rusos. Sin embargo, cuando la viuda de Pere Mañach, el primer marchante de Picasso, ofreció en los años 50 al Ayuntamiento de Barcelona el retrato de su marido, fechado en 1901, en París, la respuesta fue: “Picasso, ¡ni hablar!”. La obra cuelga hoy en la National Gallery de Washington.

“Picasso se sentía apreciado por sus antiguos amigos, por los más técnicos, e ignorado por la masa hasta cumplir los 70 años”, corrobora el doctor Jaume Vilató, uno de los sobrinos barceloneses del artista. Ciertamente, Picasso no cortó nunca sus lazos con los amigos de juventud (Jaume Sabartés, que luego sería su secretario; Manuel Pallarès, Carles Casagemas, los hermanos De Soto…) y tuvo en los artistas catalanes a algunos de sus más activos valedores. Miró, Dalí y Juli González, por ejemplo, intervinieron en 1936 en la grabación de un disco que sería radiado (véase la información adjunta) invitando a los barceloneses a ver la exposición Picasso, proyectada por Adlan (Amics de l’Art Nou), en Casa Esteve. El poeta francés Paul Éluard dio una conferencia y leyó unos versos inéditos del pintor. La movilización había sido de órdago: Sabartés, Breton, Éluard, Dalí y Zervós se encargaron de seleccionar las 25 obras que viajaron a Barcelona (luego a Bilbao y Madrid), procedentes de colecciones privadas y del propio Picasso. “Tuvo un gran impacto en la ciudad, pero es significativo que se realizara en una sala privada y no en una institución pública. Además les denegaron una subvención”, constata Sílvia Domènech, jefe del Archivo y Centro de Documentación del Picasso, que prepara una exposición sobre el tema para octubre del 2011.

Pero más que ninguna otra, hay una imagen que habla por sí sola: muestra a un Alexandre Cirici traspasando cabizbajo la frontera con un espléndido óleo enrollado bajo el brazo, Mujer con perro, que había donado Picasso para una subasta en beneficio de los damnificados de las inundaciones del Vallès en 1962. Lo habían ido a buscar poco antes las esposas de su editor Gustavo Gili, Ana Maria Torra, y de su galerista, Joan Gaspar, Elvira Farreras, a quienes Del Arco entrevistó a pie de avión para La Vanguardia. El periodista concluía: “No costó un céntimo su entrada; pero costará mucho dinero que no salga. Y no debe salir…”. Salió y además costó 30 millones de francos antiguos, según Joan Gaspar. Los pagó… el propio Picasso. Era la única obra que había quedado sin comprador.

YInterior del Museo Picasso de Barcelona eso que sólo dos años antes se había vivido un momento apoteósico, felizmente inesperado, que marcó un antes y un después en el reconocimiento público del genio malagueño y dio el empujón decisivo a la creación del Museu Picasso. Se trata de la exposición que en el invierno de 1960, en pleno franquismo, mostraba en la sala Gaspar treinta óleos seleccionados por el propio Picasso. No se vendió ni una obra, pero la respuesta popular fue apabullante y motivó largas colas que recorrían la calle Consell de Cent. ¿Hubo consignas de tipo político? El crítico de arte Josep Maria Cadena sostiene que las hubo por parte del PSUC para que sus simpatizantes acudieran en masa y a la salida volvieran a ponerse en la cola. Pero no hay documentos que lo verifiquen. Y su existencia es puesta en duda tanto por Joan Gaspar como por J.F. Yvars, comisario en el 2006 de una exposición en la Pedrera que evocaba aquella muestra. “La tradición oral hay que ponerla en interrogantes”, dice, y admite que tal vez pesó el morbo de ir a ver un artista “estigmatizado” por el franquismo, pero que, tal como Joan y Elvira Gaspar cuentan en sus Memòries, las autoridades “tuvieron que tolerar la exposición porque habría sido un escándalo clausurarla en plena Navidad”. “La mejor manera de anular a alguien es apropiárselo”, y esa es la estrategia que siguieron ante un artista que veían mal por “antiespañol” y “pintamonas”.

La diáspora de las (escasas) colecciones catalanas

“La influencia real de un artista se mide por la clientela que genera, y Picasso no vendió nunca nada en Barcelona”, reflexiona el especialista J.F. Yvars. Y en un intento por entender esta aparente paradoja –recordemos, Barcelona es una ciudad picassiana–, Eduard Vallès, conservador del Museu Picasso, esgrime algunas razones que explicarían la ausencia de obras importantes en las colecciones barcelonesas. “En primer lugar, hay que tener en cuenta que a los 22 años se instala en Francia, lo que dificulta el contacto con los posibles coleccionistas, si bien es cierto que en Catalunya, y no digamos en España, son pocos los que se interesan por su obra a partir del cubismo”, dice..

“En Barcelona hay grandes colecciones de Casas, de Urgell, de Mir, de Rusiñol, de Meifrén… pero del cubismo para arriba nadie se atreve a comprar”, corrobora Pepe Serra. A esta falta de fortuna crítica hay que añadir la publicación de dos libros, Picasso antes de Picasso de A. Cirici Pellicer (1947) y Picassos de Barcelona, de Cesáreo Rodríguez- Aguilera (1971), que pusieron a coleccionistas extranjeros sobre la pista de obras que hasta entonces no habían salido nunca a la luz, provocando una auténtica diáspora. Picasso hacía ya tiempo que era una estrella mundial –el MoMA de Nueva York se funda en 1929 y en los primeros 30 comienza a comprar Picassos masivamente– “y la posibilidad de hacerse con obra suya en un país donde aún no gozaba de tal reconocimiento provocó un insólito desembarco de marchantes y coleccionistas en Barcelona”, recuerda Vallès. “La cotización internacional de Picasso había aumentado mucho, y algunos coleccionistas y amigos suyos decidieron desprenderse de obras”.

¿Dónde fueron a parar? La flor del mal (o Maternidad azul al lado del mar), por ejemplo, se encuentra en el Pola Museum de Japón. Y colecciones importantes de amigos del artista, como la de los hermanos Carlos y Sebastià Junyer-Vidal, que llegaron a tener centenares de dibujos, se acabaron dispersando; sólo siete de ellos acabaron en el Museu Picasso. Otro de sus amigos, Sebastià Junyent, tuvo en sus manos obras muy importantes, como El viejo judío, ahora en el Museo Pushkin de Moscú, o La vida, obra maestra de la época azul que Picasso le pidió desde París y nunca le devolvió (hoy en el Cleveland Museum of Art) A cambio le regaló el dibujo El loco (hoy en el Museu Picasso). Otra colección destacada fue la de Josep Barbey, con algunos de los mejores óleos taurinos que Picasso realizó en Barcelona hacia 1900. “Entre las que no se perdieron –concluye Vallès– se encuentran colecciones como la de Lluís Plandiura, adquirida por la Generalitat y el Ayuntamiento en 1932, con un total de veintidós obras. o la de Lluís Garriga Roig, que donó al Museu Picasso un total de trece dibujos en 1953”.

Teresa Sesé: La relación entre Picasso y Barcelona está jalonada de episodios oscuros,
La Vanguardia, 2 de enero de 2011

Zúrich viaja en el tiempo para resucitar a Picasso

Zúrich viaja en el tiempo para resucitar a Picasso

'Bañistas con balón de playa' (1928), una de las obras de la muestra. | Kunsthaus ZúrichEn septiembre de 1932, Pablo Picasso, que ya era un artista famoso, condujo en su auto desde París hasta Zurich para inaugurar una mega exhibición de sus obras que marcó un punto de inflexión en la historia de la cultura occidental.

Aunque él mismo fue el organizador del evento y se hospedó durante dos días en un lujoso hotel cercano, nunca fue a ver sus propias obras en el Museo Kunsthaus de la ciudad. Este invierno boreal, y para celebrar su centenario, el Kunsthaus recreó la histórica exhibición -o la mitad de ella- y ha convocado a multitudes.

Para la nuestra original, Picasso, que entonces tenía 51 años, eligió las 229 obras, entre pinturas, litografías y un puñado de esculturas de bronce. «En efecto (…) él escogió esta también», dice Tobia Bezzola, que organizó el nuevo evento.

En una época en que el arte contemporáneo era normalmente exhibido en galerías privadas y comerciales, la muestra de 1932 fue probablemente la primera retrospectiva de un artista vivo en un museo, según los historiadores culturales.

Pionero
'Desnudo contemplando el mar' (1929)

El trabajo de cubrir la cosecha del artista español desde 1899, cuando era un prodigio de 18 años en Barcelona, hasta los períodos rosa, azul, cubista, constructivista y semi surrealista que atravesó ya en París a comienzos del siglo XX, inició una tendencia que sacudió al mundo del arte después de la Segunda Guerra Mundial y que sigue vigente hasta ahora.

Con sus catálogos, en versiones económicas y caras, sus posters y comunicados de prensa, la primera exhibición en el Kunsthaus fue un prototipo de las exitosas instalaciones de arte que actualmente generan ganancias a los grandes y pequeños museos de todo el mundo.

Éxito de público, no de ventas

Aunque en ese momento no dejó mucho dinero, ya que el mundo se encontraba en medio de los efectos de la Gran Depresión, el evento tuvo una impresionante convocatoria de 32.000 visitantes durante los dos meses que duró.

Un reflejo de la precaria situación económica de la época es que no se vendieron ninguno de los lienzos ofrecidos por Picasso, excepto uno, que fue comprado por el propio museo.

Aquel trabajo cubista, ‘Guitar on a Gueridon’, de 1915, es una de las piezas centrales de la nueva exhibición, que comenzó el 15 de octubre y finaliza el 30 de enero y ya ha recibido 250.000 visitantes.

Reuters | Zúrich: Zúrich viaja en el tiempo para resucitar a Picasso, EL MUNDO, 24 de diciembre de 2010

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