Asalto al tesoro oculto de Picasso
La poderosa Picasso Administration, sociedad parisina que gestiona la herencia de Pablo Picasso, se ha enzarzado en una batalla cruel contra una modesta pareja de jubilados. Un electricista retirado y enfermo de cáncer y su esposa tenían en su garaje, desde hace casi cuatro décadas, al menos 180 obras del pintor, en su mayoría esbozos y estudios. Los humildes ancianos los jubilados del pequeño pueblo de Mouans Sartoux, en pleno valle de los perfumes de Francia, aseguran con la mano en el corazón que ese tesoro desconocido, salido del pincel de maestro, fue un regalo que Pablo Picasso les hizo antes de fallecer. Los sucesores del genio no quieren creerlo.
No todos los días se descubre en un humilde garaje polvoriento del sureste de Francia nada menos que nueve collages cubistas del primer Picasso vanguardista de París, una acuarela del periodo azul, guashes, unas 30 litografías, y dos cuadernos de bocetos y dibujos con unas 100 obras, entre otras creaciones. El conjunto, de 180 obras 271 si se cuentan cada uno de los esbozos por separado hasta ahora totalmente inéditas, elaboradas en su mayoría en los años treinta, tiene un valor cercano a los 60 millones de euros.
En este momento las obras están en poder de la policía. El jubilado, que fuera electricista de varias mansiones de Picasso entre 1970 y 1973, y su esposa han estado detenidos y siguen acusados de un presunto delito por tráfico de objetos robados. La Picasso Administration sostiene que forzosamente ese patrimonio no puede ser dispersado y asegura que les pertenece a los herederos. La historia es tan compleja, que exige moviola. «Estoy muy triste, muy decepcionada. Nosotros simplemente fuimos a ver a la Sociedad Picasso para que nos dieran el certificado de autenticidad de las obras. Mi marido, ya operado una primera vez por un cáncer, tenía que volver a la mesa de operaciones. Nos dijimos: ha llegado el momento de poner orden en nuestras cosas, que nuestros hijos no vayan a tener problemas», explica por teléfono a Público Danielle Le Guennec. «En vez de darnos el certificado, nos trataron con mentiras. Primero nos pidieron que les enviáramos fotos de las obras, cosa que hicimos lo mejor que pudimos. Nos pidieron que nos presentáramos en sus locales de París con las obras. Y lo hicimos. Nunca nos dijeron a la cara que pensaban que nosotros habíamos robado esas obras. Esa gente sólo conoce el dinero, y no conocen los sentimientos. Quizá por eso no se pueden creer que fue una donación del maestro a mi marido», añade la anciana. El señor Pierre trabajó para Picasso los tres últimos años de su vida en todas las instalaciones eléctricas, e incluso en las alarmas, de varias residencias del pintor, entre ellas la Villa California de la Costa Azul, cerca de Cannes y cerca del domicilio del hoy anciano enfermo. Al final de su vida, Picasso donó esas creaciones al modesto electricista.
La Picasso Administration, una empresa con 1.080.693 de euros de volumen de negocios en su último balance consolidado, no se cree ni una palabra. Su abogado parisino, Jean-Jac-ques Meuer, confirma la cita: «Efectivamente, nos contactaron en enero pasado pidiendo certificados de autenticidad, pero siempre recibimos cientos de demandas fantasiosas de ese tipo. Así que solicitamos fotos, primero, y luego que vinieran con buena parte de las obras. Claude Picasso y su experto se quedaron de una pieza. Desde ese mismo momento, decidimos presentar querella», explica a este periódico. «El escenario de una donación de Picasso a su electricista, obviamente, es totalmente absurdo respecto a lo que sabemos de la Historia del Arte. Picasso a veces compraba sus propias obras y guardaba hasta los tickets de metro donde había pintado. Respecto a sus collages, sólo los intercambiaba con Bracque, porque ambos estimaban que eran obras de alta elaboración intelectual que ellos debían seguir mutuamente», añade. «Desde nuestro punto de vista, esas obras forman parte de la sucesión Picasso, pero esa no es la cuestión candente hoy. Urge poner fin a esa situación anormal y aberrante, de unas obras en manos ajenas, e impedir que se produzca su dispersión», afirma. Así que la Picasso Administración no tiene pensado dar certificados de autenticidad para obras en poder de una familia que no reconocen como digna de haber recibido un regalo del maestro malagueño. Por su parte, la familia ve todo de otra manera: «No porque seamos gente modesta, no tenemos derecho a guardar lo que alguien quiso darnos de corazón», explica la anciana Danielle Le Guennec.
En declaraciones a Libération, el heredero Claude Picasso consideraba que «no se tiene de pie» la versión del jubilado porque su padre no tenía la costumbre de hacer regalos en bloque y, cuando lo hacía, siempre dejaba su huella. «Pablo Picasso era bastante generoso. Pero fechaba, firmaba y dedicaba siempre sus donaciones, porque sabía que algunos las venderían para afrontar sus necesidades», aseguró.
Pierre Le Guennec guardaba en su garaje el tesoro «con mucho amor», antes de que la policía irrumpiera para incautarlo. La esposa de Le Guennec explica a ‘Público’: «No las colgamos nunca en ningún salón o pasillo. Es que… no son más que garabatos sin terminar». De las anécdotas que el marido conserva de tres años de idas y venidas en las fincas de Picasso, su mujer adora recordar una. «Mi marido estaba trabajando en la Villa California en verano y él llevaba un sombrero de paja provenzal. A Picasso le gustaba mucho ese sombrero y le lanzaba miradas con una sonrisa. Pero no dijo ni palabra. Habló con Madame. Y luego, en un pasillo, fue madame la que le pidió el sombrero a mi marido. Unos minutos después, el maestro seguía pintando, pero con sombrero».
Las joyas que preceden al cuadro
Prescripción. El abogado de los Picasso asegura que nunca nadie recibió de manos del pintor una donación tan importante. Y el diario ‘Libération’ se pregunta si el electricista no esperó tantos años a sacar a la luz la obra por la prescripción de un supuesto delito de robo.
Una colección de 271 obras del pintor español Pablo Picasso, hasta ahora desconocidas, han salido a la luz después de que un electricista francés jubilado tratara de obtener los certificados de autenticidad de los herederos del artista, según revela hoy el rotativo
anda de fotografías y otro texto asegurando que se trataba de obras de Picasso. Claude se puso en contacto con Guennec, que acudió a París en septiembre acompañado de su esposa y de una maleta. Este hombre, domiciliado en la Costa Azul francesa, mostró a Claude Picasso 175 obras inéditas, entre ellas, dos cuadernos que contienen en total 97 dibujos.
ral de Lucha contra el Tráfico de Bienes Culturales, en Nanterre. Según el diario, Le Guennec afirmó ante la Policía haber trabajado como electricista de Picasso en las diferentes residencias que el pintor tuvo en la Costa Azul, al tiempo que añadió que fueron el artista o su esposa Jacqueline quienes le regalaron las obras. Una versión que los herederos del pintor no se creen por el celo con el que el artista guardaba todas sus creaciones.
Sondeo hecho a pie de obra (de arte): el 100% de los visitantes preguntados al azar en la sala 201 del Reina Sofía coincidían ayer en que Mujer en azul (1901), obra maestra temprana de Picasso y una de las estrellas de la colección permanente del museo, es… rematadamente verde. Un siglo de olvidos, de restauraciones erradas, de reentelados equivocados y de aplicación de barnices incorrectos han contribuido a la degradación tonal de un cuadro que, ironías del destino, se considera uno de los primeros hitos del periodo azul del pintor malagueño.
Obras de Picasso, Goya, El Greco, Dalí, Miró y Torres-García forman parte de esa larga lista de objetos de arte (pinturas, esculturas, muebles, cerámicas…) expoliados a 260 colecciones y a 269 propietarios judíos entre 1940 y 1944. Quienes consultan esa web pueden acceder a las fichas originales en alemán que se hicieron en el Museo Jeu de Paume de París, adonde eran trasladadas por el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR), el servicio oficial de confiscación de bienes judíos y francmasones en la Europa ocupada. Estas fichas proceden de tres archivos distintos: el Ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia, los archivos federales de Alemania y los archivos nacionales de Estados Unidos. Generalmente incluyen el título o la descripción de la obra, el autor, las dimensiones y la técnica y, si se conocen, otros detalles como la fecha de ejecución, la colección de origen y su posterior destino. Una de las novedades es que las fichas originales están digitalizadas e incluyen fotos en blanco y negro de las obras que facilitan su identificación. Algunas fueron devueltas a sus propietarios tras el triunfo de los aliados, otras fueron encontradas pero no así sus antiguos propietarios y un tercer grupo desaparecieron.
En 1932, el Museo de Arte de Zúrich acogió 225 piezas de primera clase. Cada etapa de su ya prolífica carrera estaba representada: desde las pinturas del artista adolescente hasta sus jugueteos con el surrealismo, pasando, como no, por el cubismo y el neoclasicismo. Ocho décadas después, una exposición en el mismo lugar vuelve a mostrar idéntico recorrido artístico. La Kunsthaus de la ciudad suiza ha conseguido que 70 de aquellas piezas estén colgadas de nuevo entre sus paredes, formando así la primera retrospectiva de Picasso desde que en 1980 el Museo de Arte Moderno de Nueva York celebrara la última.
La labor del comisario de la exposición, Tobia Bezzola, para averiguar qué obras estuvieron presentes en 1932 y quiénes eran sus propietarios ha requerido cinco años de intenso trabajo. Por lo demás, no ha tenido que preocuparse del concepto de la exposición. «Picasso ya hizo ese trabajo por mí», bromea en referencia a que el genio cubista fue el comisario de su propia muestra. Una exposición de estas características exige grandes cantidades de dinero, de ahí que las retrospectivas sobre el autor sean contadísimas, explica Bezzola. Cada año hay citas con Picasso en todos los rincones del mundo, aunque en la mayoría de ocasiones se trata de comparaciones entre el malagueño y otros artistas del siglo XX, o de monográficos sobre algunos de los aspectos de su obra como el erotismo, el cubismo, el circo o sus grabados japoneses. Por eso, la oportunidad que ofrece la Kunthaus hasta el 30 de enero es única.





Picasso entró en el baño y salió corriendo. Regresó con botes de Ripolin, la pintura industrial que usaba, y transformó para siempre aquella pared blanca. Un fauno que toca la flauta en el bosque ameniza desde entonces las visitas al inodoro del castillo de Vauvenargues, en la Provenza francesa. Picasso vio el espacio y no pudo contenerse. Jacqueline Roque, su pareja, contaría después a André Malraux que cuando ella vio el mural, tampoco. Compró muebles de jardín -de color verde-jardín- para acompañar al fauno del bosque que cualquiera podía contemplar cada vez que visitaba el cuarto de baño por asuntos poco artísticos. El mural fue uno de los muchos arrebatos que sintió Picasso en Vauvenargues. El primero fue comprarlo. Lo hizo en 1958 en cuanto descubrió que se vendían los escenarios del monte Sainte Victoire pintados por su apreciado Cézanne.
El castillo le cambia y él cambia al castillo. No mucho. Solo ordena instalar la calefacción central y el baño. Apenas pasa dos años en él. En otro arrebato, fruto de la aprensión, decide mudarse a Mougins para tener a mano un médico de confianza. Sin embargo no se deshace de Vauvenargues, donde será enterrado en abril de 1973 envuelto en una capa española, regalo de Jacqueline.
En el espacioso dormitorio hay un armario tosco, una alfombra tejida en rojo y negro por artesanos de la comuna de Aix-en-Provence según un diseño del artista, una silla española de anea, un teléfono gris de disco depositado sobre un tallo de madera, una mochila de cuero de la Primera Guerra Mundial y un retrato de Picasso en albornoz amarillo hecho por David Douglas Duncan, un fotoperiodista curtido en guerras que gozó de frecuente acceso a la intimidad de Picasso. Sus obras figuran en catálogos. Más sorprendentes resultan las captadas por Jacqueline Picasso, que retrató a su pareja casi a diario desde 1953. Catorce de estas fotos fueron donadas por Catherine Hutin al Museo Picasso de Barcelona -la institución española que más mima: hace un año le donó un dibujo previo de Las meninas-, pero mayoritariamente es una colección desconocida.
El 

Antes de la subasta se anunció: «Para la caridad, para la Fundación Lloyd Webber», destinada a la formación de nuevos actores e interpretes. A pesar de las expectativas y de la semana de grandes ventas y récords que llevan las dos grandes casas de subastas, Sotheby’s y Christie’s, el retrato de Ángel Fernández de Soto, también conocido como El bebedor de absenta, se vendió el 23 de junio de 2010 en Christie’s por 42,1 millones de euros en una puja recibida por teléfono. La casa era demasiado optimista, esperaba al menos dos millones de euros más. Sin embargo, en este caso, lo importante no era la cifra, sino el final de un litigio que arrastraba el cuadro desde 1995. La subasta, que incluía piezas de Monet, Renoir, Matisse,Magritte, Van Gogh y Klimt alcanzó los 186.297.898 euros. Todos para la FundaciónLloyd Webber