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Un retrato de Felipe IV del Met, atribuido de nuevo a Velázquez

Un retrato de Felipe IV del Met, atribuido de nuevo a Velázquez

Retrato de Felipe IV, de Diego Velázquez (1624). Imagen de la página web del Metropolitan Museum of Arts-El retrato de Felipe IV es atribuido de nuevo al pintor español, 37 años después de que el Metropolitan Museum of Art cometiera un error sobre su autoría

Este cuadro, retrato de Felipe IV, pintado en 1624 por el maestro español y de 2,10 metros de altura, llevaba 60 años exponiéndose en el Metropolitan Museum of Art cuando, en 1974, alguien analizó el cuadro y dio un disgusto al museo: no era de Diego Velázquez. El lienzo mostraba a un joven monarca, de 18 años de edad, de negro riguroso y capa, barbilampiño, sin duda realizado en el taller del sevillano. Pero la tosquedad de algunos detalles hacía pensar que no podía atribuirse al artista que supo pintar el aire. Eso argumentaron entonces, pero se equivocaron, y la obra vuelve hoy a ser expuesta.

El presidente del centro para obras europeas, Keith Christiansen, es el primero en celebrar la recuperación. «Es la restitución de un trabajo de Velázquez muy importante», asegura a The New York Times Además, la pérdida y posterior recuperación de la firma de Velázquez es algo que ya había ocurrido en el museo neoyorquino con Retrato de un hombre. Le da la razón la mayor autoridad en EE UU sobre el pintor, Jonathan Brown. «Estoy sorprendido», cuanta al mismo periódico. «A pesar de que ha sufrido daños, sigue siendo un Velázquez»

El retrato del joven monarca perdió su categoría en una de las investigaciones del centro, en la que también cayeron otras 299 obras atribuidas a, entre otros, El Greco, Vermeer o Rembrandt. Pero el caso del este retrato fue especialmente clamoroso debido a que el MET conservaba el recibo de pago firmado por el propio Velázquez y que datada el 4 de diciembre de 1624.

La pista está en el Prado

Ha sido el responsable de las tareas de conservación, Michael Gallagher, quien pidió echarle un vistazo, ya que había estado trabajando con un lienzo similar. A pesar de las dudas, había que asegurarse bien antes de anunciar nada: la pérdida y posterior recuperación de la firma de Velázquez es algo que ya había ocurrido en el museo con Retrato de un hombre. Pero los indicios eran claros. Y la historia del cuadro ayuda a entender lo ocurrido: fue restaurado en 1911, cuando era propiedad de Joseph Duveen, un marchante legendario conocido por pedir a los restauradores que repintaran los cuadros para venderlos más fácilmente. Los excesos de aquellos retoques terminaron por hacer difícil distinguir la autoría del lienzo.

La técnica, por suerte, avanza. «Los rayos X nos dieron pistas», explica Gallagher. La restauración, que ha durado un año, demostró numerosas pérdidas del material original sobre todo en la parte alta del cuadro, ya que el negro es el color más vulnerable a las limpiezas cáusticas que eran aplicadas «de manera no infrecuente a principios del siglo XX», según el conservador; de este modo no quedaba rastro de un ojo del monarca; Y así, cuando fueron recuperando el sustrato original del cuadro, los detalles que emergieron en la composición, como la cabeza fuertemente caracterizada, el tratamiento de la luz en los pliegues del cuello de la camisa, la elaborada cadena de oro, los pliegues de la ropa, el grado de detalle de las manos delicadas, o la caída de las ropas daban fe de la autoría de la obra.

Un viaje al Museo del Prado de un equipo encabezado por Gallagher confirmó el error. Tras una obra algo posterior, también retrato del Rey Planeta, de nuevo los rayos X dejaron ver una composición oculta muy similar, que ahora los expertos piensan que debió servir de original para la obra del Met. Hoy se resarce un error que apunto estuvo de ser irresoluble, como explica el propio restaurador: «Creía que aquello iba a estar infestado de gusanos».

Detalle de la mano, antes de la restauración Detalle de la mano derecha, después de la restauración

EFE / EL País: Madrid: Tras los brochazos estaba Velázquez, EL PAÍS, 21 de diciembre de 2010
Un retrato de Felipe IV del Met, atribuido de nuevo a Velázquez, hoyesarte.com, 21 de Diciembre de 2010
EFE, Nueva York: Velázquez ‘recupera’ la autoría del retrato de Felipe IV del Metropolitan,
EL MUNDO, 21 de diciembre de 2010
La venganza de Velázquez

La venganza de Velázquez

¿Escribía ensayos Diego de Velázquez? No, por lo que sabemos. Velázquez se expresaba, también intelectualmente, a través de sus lienzos. Y, sobre todo, intelectualmente. Es la conclusión a la que llega Giles Knox, profesor de la Universidad de Indiana en su libro ‘Las últimas obras de Velázquez’, recién editada por el Centro de Estudios Europa Hispánica. En Sus páginas, Knox toma los cuadros del pintor sevillano a partir de 1648, en los últimos nueve años de su vida (con parada especial en sus dos grandes obras maestras ‘Las hilanderas’ y ‘Las meninas’) y los lee como un desafiante manifiesto contra sus enemigos.
¿Enemigos? No tanto como eso, pero Knox sostiene que Velázquez vivía airado por el desdén que el oficio de pintor recibía dentro del sistema social del siglo XVI. Y no sólo eso: participaba activa y apasionadamente en los debates que dividían a sus compañeros. «Los expertos siempre han tenido problemas con el hecho de que Velázquez se representase a sí mismo en ‘Las meninas’ en el acto de pintar. Es muy probable que se trate de la primera representación de esta manera de un pintor en España», escribe Knox en su ensayo. Y ahí está la clave de su hipótesis. Velázquez se retrata junto a la familia real pincel en mano porque quería ennoblecer su trabajo socialmente.

Pocos años antes, Velázquez se había retratado en dos láminas (la del Louvre y la de Berlín, como son conocidas actualmente por su ‘residencia’). En una de ellas, el pintor lleva un pincel. En la otra, un libro. Ese diálogo responde a un modelo que Velázquez aprendió de Poussin e incide en la misma idea (la de la pintura como un arte liberal); pero hay un fleco de debilidad en su argumentación: Velázquez necesitaba un libro para reivindicarse como un hombre de cultura.

En ‘Las meninas’ eso ya no ocurre: Velázquez se retrata con su pincel y rodeado de los cuadros que ocupan los celajes del lienzo. ¿Y ‘Las hilanderas’? Pasa algo parecido: el cuadro una reivindicación de la mano como instrumento de expresión artística e intelectual. Expliquémonos: con ‘Las hilanderas’, según Knox, Velázquez se alinea con los pintores venecianos, Tintoretto y Tiziano, y contra Miguel Ángel y la escuela romana. Miguel Ángel había proclamado que la mano sólo era una herramienta del intelecto, un asunto inferior. Frente a esa tesis, Velázquez retoma el mito de Aracne como metáfora de la idea de la transformación. O sea, del poder artístico del instinto creador, de la intuición que conduce hacia lo sublime.

EL MUNDO.es | Madrid: La venganza de Velázquez, EL MUNDO, 15 de diciembre de 2010
Descubren nuevos datos sobre un Felipe IV de Velázquez

Descubren nuevos datos sobre un Felipe IV de Velázquez

En 2009, la Frick Collection de Nueva York envió al Metropolitan Museum of Art, para ser restaurado, un retrato del Rey Felipe IV de España con uniforme militar realizado por Velázquez en 1644. El trabajo de limpieza llevado a cabo por su conservador jefe, Michael Gallagher, ha descubierto algunos detalles interesantes que habían quedado ocultos por las capas de barniz y cera que oscurecían la imagen.

Paralelamente, mientras la pintura era sometida al tratamiento de conservación, el ex comisario del museo, Pablo Pérez d’Ors, comenzó a investigar su historia. En 1644, Felipe IV viajó a la localidad de Fraga para sofocar una rebelión. Anticipándose a la inminente toma de la cercana fortaleza de Lérida, Felipe IV encargó a Velázquez un victorioso retrato militar. La pintura sirvió para sustituir al rey –que debió permanecer en Cataluña– durante los actos de celebración de la victoria, en Madrid.

Aunque los detalles sobre el encargo de la obra a Velázquez estaban ya anteriormente bien documentados, la evidente falta de arrogancia que normalmente acompaña a los retratos de victoria militar seguía intrigando a los expertos. Pero la reciente investigación de Pablo Pérez d’Ors descubrió el hasta ahora desconocido sermón que acompañó a la presentación en público del retrato en la Iglesia de San Martín de Madrid, en el que se describía a Felipe IV no como un victorioso rey, sino como un indulgente padre cuya victoria era el resultado de un derecho divino, comparando a los rebeldes catalanes con ángeles caídos.

Por otra parte, la restauración de la imagen ha aportado también nuevos datos sobre la técnica utilizada por Velázquez. Las crónicas de la época ya indicaban que el cuadro fue pintado en un estudio improvisado a pocos kilómetros de la primera línea de batalla y que se realizó en tan sólo tres sesiones. Ahora, gracias al tratamiento de limpieza, puede verse claramente la velocidad y el virtuosismo con que está pintado, e incluso los cambios que hace Velázquez para crear una imagen más dinámica. En concreto, el brocado de plata brillante que cubre la capa púrpura del rey está ejecutado de una forma sorprendentemente libre y espontánea, algo casi sin precedentes en la producción del pintor, que ahora se ha podido apreciar mejor.

El cuadro de Velázquez Rey Felipe IV de España es el protagonista de la exposición El Rey en la guerra: retrato de Velázquez de Felipe IV que se celebra en la Frick Collection de Nueva York hasta el 23 de enero de 2011. El mismo museo está exhibiendo también, desde el pasado 5 de octubre, otra muestra de arte español, A la manera española: Dibujos desde Ribera a Goya. La antigua mansión de Henry Clay Frick es una de las pequeñas colecciones de arte más interesantes de Nueva York. El magnate de la metalurgia se trasladó a la ciudad en 1913 y se hizo construir una casa que, tras su muerte, fue restaurada para acondicionarla como museo. Cuenta con 16 galerías y entre sus piezas más destacables están San Juan Evangelista de Piero della Francesca, así como tres cuadros de Johannes Vermeer.

Magín de Cos, Descubren nuevos datos sobre un Felipe IV de Velázquez, hoyesarte.com, 28 de octubre de 2010
Entender al primer Velázquez

Entender al primer Velázquez

Una visita al Museo de Yale (EE UU) para estudiar el lienzo recién descubierto del genio sevillano no deja lugar a dudas a uno de los mayores expertos en el artista: la tela es del autor de ‘Las Meninas’ y ayuda a apreciar su arte más temprano

La educación de la Virgen permaneció en un almacén de Yale durante décadas.-Razones de índole personal me habían imposibilitado ver La educación de la Virgen directamente hasta ahora, aunque me atraía profundamente desde que vi el cuadro en una fotografía en 2005. Un reciente viaje -y la amabilidad de Laurence Kanter, con el que he podido estudiar la pintura- ha apartado cualquier duda que pudiera haber en mi cabeza.

Para dar un juicio definitivo el análisis directo es fundamental. Se trata de un cuadro monumental desde la distancia, que no deja indiferente. Necesita su tiempo para ser estudiado en su conjunto y en los detalles y muestra con notoriedad las heridas del tiempo. Cualquier análisis de la pintura ha de tener en cuenta que ha sufrido y que conserva huellas de un pasado de cambios y traslados. Pero lo más importante es que se puede salvar si se hace con conocimiento y experiencia. Ahí está el ejemplo de la restauración que hizo el Prado de La imposición de la casulla de San Ildefonso, que en algunas partes estaba incluso peor que el de Yale.

Es evidente que La educación de la Virgen fue arrancada violentamente de su enclave original, cualquiera que fuese, y que ha sufrido alteraciones de su formato. Incluso se percibe que ha estado doblada y que ha perdido materia pictórica en amplias zonas, sobre todo en las inferiores, que afectan especialmente al perro y al gato.

Por otro lado, el lienzo ha sido agresivamente reentelado, por lo que parece un antiguo forrado a la cera, y su pigmento original ha sido literalmente prensado como si hubiera pasado por un rodillo, al uso de las antiguas restauraciones anglosajonas y americanas que convertían en una cromolitografía la superficie del lienzo, matando la vida y la fuerza de la composición y la materia pictórica al producirse la forración con técnicas que abrasaban el soporte.

A pesar de todo esto, el lienzo tiene varias zonas donde se aprecia de modo indiscutible la mano de Velázquez: en la frente arrugada de san Joaquín, en los empastes de la manga de la Virgen niña, el manto de santa Ana y su velo blanco y, sobre todo, en la manga del ángel, figura cortada en la parte superior. La aparición de esta obra y la valentía de John Marciari al publicar la pintura como del joven Velázquez en las páginas de Ars Magazine, noticia adelantada por EL PAÍS, tiene un indudable interés, parangonable proporcionalmente al impacto que la noticia tuvo en todos los medios nacionales y extranjeros, al ser una de las noticias de arte con más trascendencia de los últimos tiempos.

La pintura tiene otros valores añadidos que la hacen más interesante aún, independientemente de su proyección mediática, y es su adscripción a las primeras obras del joven Velázquez en el momento de su formación en el obrador de Pacheco, en fechas cercanas a 1616-1618. Es aquí donde radica la importancia y trascendencia de la pintura. Probablemente se trate de uno de los primeros trabajos del joven Velázquez en el que permanece aún el uso de los empastes con mucha materia heredados de su maestro. La técnica de Pacheco en algunas de las pinturas de este momento confirman, sin género de duda, algo que la crítica ha negado una y otra vez: las enseñanzas del maestro a su mejor discípulo. Fueron más de las que se pensaban, y un análisis en el plano estrictamente técnico concluiría que para entender el proceso creativo del joven artista hay que mirar a su maestro. Y lo más revolucionario, esto sí que es una novedad en la Sevilla del primer tercio del siglo XVII, es la composición monumental y ambiciosa del lienzo de Yale, afrontada como un bodegón sagrado, escultural en su concepción, que no pudo ser abordada más que por una personalidad genial.

Como historiador del arte respeto los juicios del profesor Jonathan Brown. Es uno de los historiadores que ha conseguido acercarse a la producción de nuestro genial artista aportando nuevas visiones teóricas. Sin embargo, ante un cuadro tan ambicioso como este, creo que no es posible plantear que se trate de la mano de un imitador, como sostenía en Abc, después de haberlo estudiado in situ. Evidentemente, su mal estado de conservación no colabora en la correcta percepción del lienzo y siempre puede quedar en el aire para algunos, ante obras en estas condiciones de conservación, la duda sobre su autoría.

Ha ocurrido recientemente en cuadros de impacto internacional. En este caso, además, se une la circunstancia de que la pintura de Yale no ha sido intervenida, y tanto Laurence Kanter como el jefe de restauración del museo están totalmente abiertos a una colaboración y apoyo. Es evidente que las instituciones españolas pueden prestar un importante asesoramiento técnico durante el proceso de restauración de la pintura en los prestigiosos talleres que tiene la universidad americana. Sobre todo cuando Yale quiere seguir un camino diferente al que tomó el Met con su Retrato de caballero, que no fue conocido hasta después de su intervención. Ahora tenemos la oportunidad de estudiar una pintura con sus daños y luego fijar los criterios más necesarios entre la comunidad científica para intervenir sobre ella con conocimiento y experiencia, invitando para ello a los especialistas más cualificados en la técnica de Velázquez que, según mi criterio, están en el Prado.

Otro elemento relevante es la cercanía de esta pintura a otras del catálogo del joven Velázquez y que han sido objeto de estudio recientemente. Directamente se establece una relación con El Almuerzo del Ermitage, como ya señaló Marciari, y con el Santo Tomás del Museo de Orleans y, sobre todo, con La Inmaculada de la Fundación Focus-Abengoa -obra aceptada por Brown-, cuyo rostro y empastes son muy similares a los que presenta la Virgen niña del centro de la composición. Es precisamente la forma de señalar en las Sagradas Escrituras con el dedo, con una fuerza y firmeza sobrecogedoras, las que hacen valer más que nunca las palabras de su maestro Pacheco en El arte de la pintura, al decir que la Virgen no necesitaba las enseñanzas de santa Ana, porque ella tenía ciencia infusa. Algo que el tratadista recriminó a Roelas en relación con el cuadro del mismo tema del Museo de Bellas Artes de Sevilla, que es precisamente lo que Velázquez trata de seguir iconográficamente, pero confiriendo a la composición una monumentalidad nueva, y convirtiéndola literalmente en una naturaleza muerta que incluye, no obstante, juegos de miradas y por tanto estudios de los affetti.

Aquí es donde radica la belleza inmutable y la grandeza de esta pintura que afronta el hecho religioso de manera completamente nueva para la pintura española del primer naturalismo. Una acertada recuperación del cuadro sería fundamental para entender al primer Velázquez. El consenso científico, en la intervención y en el estudio, es vital para llegar a conclusiones certeras sobre este revolucionario lienzo.

Cronología

  • – El óleo fue pintado en la etapa sevillana, en torno a 1617.
  • – La obra fue donada a la Escuela de Arte de Yale en 1925 por la familia Townshend.
  • – Durante siete décadas permaneció en un cuarto oscuro.
  • John Marciari lo vio en 2003 por vez primera y sospechó que se trataba de un auténtico velázquez.
Benito Navarrete Prieto, asesor científico del Centro de Investigación Diego Velázquez de Sevilla y profesor
titular de laUniversidad de Alcalá de Henares: Entender al primer Velázquez, EL PAÍS, 18 de octubre de 2010
Trazos españoles en Nueva York

Trazos españoles en Nueva York

Estudios de cabeza de perfil, de José de Ribera.-Una Virgen de Murillo que se adivina en trazos apenas sugeridos elevándose sobre un grupo de querubines; un hombre de mirada arrebatada y frondosa melena que resulta ser el mismísimo Goya, autorretratado en un pequeño folio que no llega a los 15 centímetros; un apostol extasiado con el rostro girado hacia al cielo que bien podría ser una estrella de rock de tan modernos que resultan los trazos de su figura, firmado por Francisco de Herrera… Las más de 50 imágenes que componen la exposición The Spanish manner, drawings from Ribera to Goya, que el próximo martes se presenta en el Museo Frick Collection de Nueva York, son un viaje íntimo a través de un soporte, el dibujo, que rara vez se asocia en Estados Unidos al talento de los artistas españoles de los siglos XVII, XVIII y XIX.

De ahí que sea todo un acontecimiento que Nueva York acoja esta muestra, organizada con fondos salidos de colecciones neoyorquinas como la del Museo Metropolitan, la Morgan Library o la Hispanic Society, donde se atesoran la mayoría de los dibujos españoles de aquellos siglos y que convierten Nueva York en la segunda ciudad después de Madrid donde residen los mejores ejemplos de la llamada manera española.

Jonathan Brown, una de las máximas autoridades en arte español de aquella época, junto a la investigadora Lisa A. Banner y la conservadora de la Frick Collection Susan Grace Galassi han sido los encargados de organizar esta muestra, la primera en su género en Estados Unidos. Según explica Jonathan Brown en entrevista telefónica, «durante muchos años apenas se le prestó atención al dibujo español en mi país, quizás porque muchos de los artistas españoles dibujaban directamente sobre el lienzo y porque en la tradición española muchos de los bocetos se perdieron tras la muerte de los artistas, aunque hay muy buenas obras en las colecciones estadounidenses». Fue precisamente él quien en los años setenta comenzó a investigar en ese campo, descubriéndo a sus compatriotas un género con características bien definidas respecto a otras tradiciones europeas como la italiana o la holandesa. «Entre los artistas españoles prima la expresividad frente a la técnica. Esa es una de las claves de la manera española» explica Brown. Frente a la grandiosidad de los lienzos de la época, el dibujo tiene una delicadeza de la que carecen otros soportes. «La relación que se crea entre el espectador y el dibujo es muy íntima», afirma Brown.

Entre los descubrimientos que ha conllevado la organización de la muestra, Brown destaca un boceto de Alonso Cano para un altar de la Capilla de San Diego de Alcalá, en el convento de Santa María de Jesús, del siglo XVII, hoy en la Morgan Library. «Es la obra maestra de la producción en papel de Alonso Cano», señala Brown.

Capítulo aparte merecen los dibujos de Goya, y así es tanto en el catálogo como en el montaje de la muestra. «Goya conocía bien la tradición de dibujo español, sobre todo porque era muy amigo de Cea Bermúdez, el hombre que más sabía sobre el tema y ávido coleccionista. No obstante, Goya rechazó de forma más extrema los ideales clásicos. De ahí que su obra sea radicalmente moderna».

Las galerías de la Frick Collection también desplegarán, desde finales de mes, el Retrato de Felipe IV, de Velázquez, restaurado recientemente en los talleres del Metropolitan. «Es un velázquez casi perfecto, donde la personalidad del artista se despliega de forma exuberante. La restauración ha sacado a la luz detalles fantásticos».

Bárbara Celis, Nueva York: Trazos españoles en Nueva York, EL PAÍS, 3 de octubre de 2010

El velázquez que no era un velázquez

El velázquez que no era un velázquez

El historiador Jonathan Brown pone en duda que «La educación de la Vírgen», cuadro recientemente atribuido a Velázquez, saliera de los pinceles del maestro sevillano

«Un nuevo “velázquez” hallado en el sótano de la universidad de Yale»… Así rezaba el título del reportaje que apareció en la página primera del diario madrileño «El País» con fecha del primero de julio de 2010. Según el descubridor, John Marciari, el cuadro «será la incorporación más significativa a la obra del artista que se ha producido desde hace más de un siglo». Hizo su hallazgo hace siete años y ahora publica sus argumentos en la revista «Arte». Para mí, el cuadro es desconocido… pero, ¿cómo puede ser? Yale se encuentra a 80 kms. de mi despacho en el Institute of Fine Arts de Nueva York, donde trabajo de día como catedrático de arte español (por las noches me dedico a las atribuciones de cuadros a Velázquez). ¿Como se explica? Este es el motivo de la investigacion del «señor que siempre dice “No”» ,una referencia nada sutil a las muchas atribuciones a Velázquez que yo he rechazado.

Cojo el teléfono y hablo con Laurence (Larry) Kanter, conservador de pintura europea en la Art Gallery de Yale, doctorado en el Institute of Fine Arts y amigo mío desde hace años; nos citamos para ver y analizar el cuadro una semana después. Llega el día, un día de estos del verano de New Jersey en el cual el calor se multiplica por la humedad. Estoy fuera de mi casa, esperando a mi hijo, Dan, que a veces me acompaña en mis investigaciones. Es Sancho sin la panza, que la pongo yo. Después de cinco minutos de espera, estoy sudando como un jamón serrano.

New Haven no está muy lejos de mi casa en Princeton, a unos 150 kilómetros, pero hay que conducir por las carreteras más congestionadas del país: New Jersey Turnpike, George Washington Bridge (el puente de los suspiros), Cross Bronx Expressway (una contradicción de términos porque siempre hay atascos), llegando a la Interstate 95, el «camino de la muerte», llamada así porque los camiones de 18 ruedas compiten con los turismos. Momento oportuno para una siesta, de la cual me despierto al llegar a las puertas de la Yale University Art Gallery, donde Larry nos aguarda.

Subimos al cuarto piso, allí el cuadro nos espera. Sabemos de antemano que está maltratado… parece como si hubiera chocado en la I-95 con uno de esos camiones de 18 ruedas. El aire velazqueño es tan innegable como pobre su calidad. La comparacion clave es la figura de San Joaquín con el viejo de «El almuerzo», de San Petersburgo de ca. 1617, que utiliza el mismo modelo. Velázquez desde el primer momento demuestra una técnica muy segura. Comparamos, por ejemplo, la cabeza del viejo en los dos cuadros. En el de Yale, la barba se hace con manchas blancas y descuidadas. En el de San Petersburgo, la barba es una sutil mezcla de negro y blanco, para indicar el envejecimiento del hombre. El pelo negro pierde su color ante el avance del pelo blanco. Las arrugas de la frente del de San Peterburgo tienen un sentido de relieve, mientras que en el de Yale parece como si fueran aplicadas mecánicamente encima de la piel. Hay pasajes en el de Yale que son bastante crudos, como las manos de San Joaquín, sobre todo la que lleva la cesta de huevos, o el perro y el gato que están en el suelo. En un cuadro de la misma fecha, «El Apostól Santo Tomás» (Orléans), Velázquez pone delicados acentos de blanco en los nudillos para reforzar el juego de la luz. La misma crudeza se ve en la mano de Santa Ana, que se pinta como si fuera prestada por Paulino Uzcudun. En cuanto a su manto, es obvio que lo ha comprado en las rebajas del invierno: resulta demasiado grande para su cuerpo pero irresistible por el precio de saldo. En los detalles del bodegón, se ve el mismo contraste. En el de Yale hay una timidez de ejecución que nos da la impresión de que los objetos están flotando, y no bien anclados sobre la mesa: no tienen peso. Compárense estos detalles con la fuerza y firmeza con que están pintados los elementos de naturaleza muerta en el cuadro del maestro. Y a la pobre Virgen la ha dejado de sexo indeterminado. En fin, el San Joaquín de Yale sigue el modelo de Velázquez, no lo inventa. Las comparaciones de los detalles del cuadro de Yale que ofrece Marciari en su artículo con cuadros auténticos de Velázquez de su primera época , vistos sin el anhelo de proponer un descubrimiento transcendental, indican claramente que el cuadro no tiene posibilidad de ser obra del maestro.

Otro factor importante tiene que ver con la sociología del mundo de Velázquez. Se pueden notar otros préstamos en la composición, la mesa con el cajón medio abierto y el ángel de arriba, con las manos juntas, parcialmente perdido cuando cortaron el lienzo. Estos motivos se encuentran en un cuadro del mismo tema, «La educación de la Virgen», de Juan de Roelas (1612), un pintor de mucho oficio activo en Sevilla desde 1604. Antes de los comienzos de la carrera de Velázquez, Roelas era el pintor más moderno y existoso de Sevilla y, como tal, el enemigo mortal de Francisco Pacheco, el maestro de Velázquez. De hecho, el cuadro de Roelas es criticado en el famoso tratado de Pacheco «Arte de la pintura» (1649); criticado porque la Virgen María nació en estado de perfección, incluyendo la capacidad de leer. (Roelas es uno de los grandes ausentes del tratado de Pacheco.) Con la enemistad de Pacheco hacia Roelas, es impensable que el joven Velázquez, que entonces era un mozo de 18 años, utilizara elementos de la composición de éste: hubiere sido entendido como un acto de traición hacia su maestro. Pacheco pertenecía a un grupo de teólogos, poetas y hombres de letras quienes, en un futuro próximo, y gracias a su amistad con Gaspar de Guzmán (el futuro Conde-Duque de Olivares) le abrirían a Velázquez las puertas del Palacio Real. Velázquez, el niño de oro del grupo (gracias al apoyo de Pacheco), era hombre listo y oportunista, como sabemos por su carrera palaciega, y nunca hubiera corrido el riesgo de ofender a su valedor y futuro suegro. (Velázquez se casa con Juana Pacheco en abril de 1618). Por ello, la idea de que este cuadro, si es que fuera pintado por Velázquez, se instalara en un iglesia de Sevilla es simplemente fantástica.

«Larry», le digo, «lo siento pero no podemos conceder el título del doctorado en pintura al cuadro de Yale. A mi parecer, el cuadro es uno de los muchos pastiches que hicieron en Sevilla algunos pintores locales, buscando a aprovechar el arte atractivo de Roelas y el arte novedoso de Velázquez. Es testimonio de la fama del joven pintor pero no de su talento».

Nos despedimos de Larry en la puerta del museo. Acercándonos al coche se me ocurre una pregunta que propongo a mi hijo. «Dan, una cosa. No entiendo porque los de Yale no solicitaron mi opinión sobre el cuadro cuando lo descubrieron hace siete años.» No es que yo sea infalible pero he dedicado muchos años al estudio del maestro. «Papá,» me contesta, «¡Qué tonto eres! Tú eres el señor que siempre dice “No”»

Jonathan Brown, Nueva York: El velázquez que no era un velázquez, ABC, 11 de agosto de 2010

Velázquez en el CCCL aniversario de su muerte

Velázquez en el CCCL aniversario de su muerte

«Velázquez es el pintor por excelencia, cuya mirada portentosa, avivada por sus poderosas dotes de observación al servicio de una mano infalible, detiene la realidad, suspendida para siempre en un instante pleno de vida elocuente»

Autorretrato de Velázquez en Las MeninasEn el día de hoy se conmemora el fallecimiento, acaecido en Madrid el 6 de agosto de 1660, del gran pintor, español y universal, después de una corta enfermedad. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez —puesto que éste es el nombre del genio— nació en Sevilla en 1599 y vivió allí su infancia y adolescencia antes de trasladarse a Madrid.

Curiosamente, se trata de una figura que está de permanente actualidad; la aparición de una nueva obra suya levanta pasiones, entraña controversias de científicos y suscita opiniones dispares, tal es el interés de todo lo que afecta a aquel autor, de no muy extensa ejecutoria, de quien el poeta Alberti dijo:

«En tu mano un cincel
pincel se hubiera vuelto
pincel, solo pincel,
pájaro suelto».

Porque Velázquez es el pintor por excelencia, cuya mirada portentosa, avivada por sus poderosas dotes de observación al servicio de una mano infalible, detiene la realidad, suspendida para siempre en un instante pleno de vida elocuente.

Su peripecia creativa se encuentra en una auténtica encrucijada pictórica, entre el naturalismo tenebrista de sus primeros años, propio del primer tercio del siglo XVII, y la plenitud barroca de la segunda mitad de la centuria. Es en Sevilla donde se educa y en Madrid, donde madura y alcanza la expresión más depurada de su arte. Comenzó su formación en el taller de Herrera «el Viejo», brevemente, y muy pronto, en 1610, pasó al de Pacheco, quien será su verdadero mentor, con cuya hija Juana se casa en 1617. La subida al trono del joven Felipe IV, en 1621, y la presencia a su lado de un favorito, el todopoderoso Conde-Duque de Olivares, permiten a Velázquez llegar a ser pintor del Rey. Tras un primer viaje a Madrid en 1622, consigue retratar al Monarca al año siguiente, y es creado Pintor de Cámara. A partir de entonces se establece en la capital y comienza una larga carrera de honores y puestos en la corte, ascendiendo progresivamente hasta alcanzar los más altos cargos palatinos y morirá siendo Aposentador Mayor de Palacio. También fue ennoblecido, entrando en la Orden de Santiago, merced a la protección del Rey, quien se la dispensó toda su vida, lo que aparte del privilegio de la amistad con el soberano, le facilitó un trabajo artístico en completa libertad, sin tener que verse obligado a soportar las limitaciones que imponían la clientela eclesiástica o aristocrática.

El papel que desempeña Velázquez en el ámbito de la propia pintura es único y renovador, tanto en el campo de la técnica, como en el de la visualización de la obra artística. A su natural disposición, unió los consejos de un maestro y protector Pacheco, quien, convencido del talento del discípulo, procuró facilitarle el ejercicio de su arte en lugar de condicionar sus naturales aptitudes. Así, el joven artista pasará de una primera fase naturalista, la etapa sevillana en la que sigue conceptos tenebristas —tanto en la ejecución como en los asuntos populares y cotidianos—, a otro momento distinto, influido por el ambiente de la corte madrileña. Sin abandonar el sentido realista, lo diversifica e infunde nueva vida al contacto con las espléndidas muestras de pintura de las diferentes escuelas europeas que formaban las Colecciones Reales.

Además se relaciona con el mundo aristocrático de Madrid, se desenvuelve en una atmósfera más distinguida y el trato con Felipe IV, a quien efigia, le muestra otros horizontes e incluso le obliga a replantearse sus métodos. Paulatinamente supera y desplaza a otros pintores cortesanos, pero lo que determina su evolución es la llegada de Rubens a la corte, en 1628. El famoso autor debió aconsejar a Velázquez en materia pictórica y sobre todo le indicaría la necesidad de un viaje a Italia. Allí irá entre 1629 y 1631; tal estancia le servirá para enriquecer su práctica ampliamente, matizar su manejo del pincel y potenciar su innata sensibilidad. Al regreso, los claroscuros violentos y creadores de volumen de los primeros años han desaparecido para siempre, sustituidos por un nuevo sentido de la luz, difuso y grato, que anticipa sus logros posteriores. No hay más que comparar «Los borrachos» con «La fragua de Vulcano» (ambos cuadros en el Museo del Prado), para advertir la metamorfosis técnica y estética que ha sufrido gracias a la estancia italiana. El clasicismo romano y la brillantez renacentista veneciana le influyen hasta el punto de transformar profundamente su estilo. La década de los treinta es la de su gran avance, que ya no se detendrá en un camino de progresivo perfeccionamiento: es la época de los retratos de la corte, de «La rendición de Breda» (Museo del Prado) y los primeros bufones, entre otras obras maestras de importancia.

A partir de estos años, el mundo circundante se ve expresado por la magia velazqueña como una permanente relación de cromatismo e iluminación sabiamente compensados, alcanzando la creación del espacio mediante el estudio de la luz y la captación de los más afinados efectos ópticos. Así, comprendiendo que el ojo humano sólo puede apreciar el objeto que enfoca, mientras el entorno en el que no repara su atención se vuelve borroso y se desdibuja, el artista procura plasmar tal situación sobre el lienzo, utilizando un sistema abocetado en las formas, merced a una pincelada suelta, prodigiosamente efectiva; por otra parte, observa que los motivos a ciertas distancias van perdiendo concisión y sus colores se empañan, desapareciendo la brillantez inicial, con lo que la sensación de profundidad puede conseguirse a base de sutiles interpretaciones de la lejanía. Todos estos principios estarán cada vez más patentes en la realización de sus cuadros, hasta culminar en las geniales pinturas del final de su vida, como «Las Meninas» y «Las Hilanderas», en realidad «La fábula de Aracne», en las que la impresión de espacio aparece conseguida de manera tan fluida, sin los habituales recursos geométricos, propios de la perspectiva lineal, que puede hablarse de «perspectiva aérea», en la cual la atmósfera se siente: se nota el aire interpuesto entre los personajes que protagonizan la acción, incluidos en un espacio que tiene toda la apariencia de existir ante el espectador.

En los años cuarenta, Velázquez, cada vez más ocupado en el mundo cortesano, en razón de sus cargos, colabora en la decoración del Alcázar de Madrid y de nuevo viaja a Italia a fin de adquirir lienzos y esculturas, e incluso contratar probablemente pintores decoradores al fresco. Estará entre 1649 y 1651. Al regreso, realiza sus últimos grandes retratos —en Roma ha pintado a su servidor «Juan de Pareja» (Metropolitan Museum, Nueva York) y al «Papa Inocencio X» (Galería Doria Pamphili, Roma), obras ambas auténticamente maestras— y las, ya aludidas, composiciones más espectaculares y famosas, hoy en el Prado. Velázquez muere a los sesenta y un años de edad, a la vuelta de sus trabajos en Fuenterrabía, como alto funcionario cortesano, con motivo de la boda entre Luis XIV y María Teresa de Austria.

A todos los aciertos anteriormente enunciados, Velázquez une un deseo de una exquisita naturalidad en sus composiciones, cuyas masas aparecen perfectamente contrapuestas en aras de alcanzar un equilibrio consciente; no deja nada al azar y retoca y corrige sin cesar. Algunas de estas correcciones han aflorado sobre las telas con el paso del tiempo y se observan a simple vista; otras se conocen por las radiografías y permiten apreciar hasta qué punto el artista calculaba y transformaba todo hasta conseguir el resultado apetecido. Pero Velázquez no es siempre un innovador absoluto sino que, llevado por su deseo de perfección, estudia, reconoce y emplea en ocasiones motivos ajenos tanto de las grandes escuelas de pintura precedentes y coetáneas, como de grabados, a fin de obtener por medio de la asimilación e interpretación de todo ello, la visión de totalidad plena y exacta que desea para cada asunto; en consecuencia, lo que ante el espectador aparenta fácil y sencillo, posee un trasfondo medido, a veces resultado de un largo proceso intelectual, que ha tenido en cuenta múltiples aspectos finamente elaborados hasta lograr la categoría indudable de obra maestra.

Retratista de primer orden, profundiza en el espíritu de sus modelos y los eleva con una imponente dignidad ante el favorable juicio de los siglos , inmunes a los dictados de cualquier moda pasajera. Sereno, reservado, discreto y elegante, capta todos los matices del entorno que suscita su atención y con su análisis implacable pero humano, y hasta magnánimo, los traslada al lienzo milagrosamente vivos, quedando por encima de problemas formales y cultivando la belleza intrínseca de los seres y las cosas, que imprimió sobre los lienzos para asombro y deleite de la posteridad.

Juan J. Luna (Conservador del Museo del Prado): Velázquez en el CCCL aniversario de su muerte, ABC, 6 de agosto de 2010

Cara a cara con el nuevo ‘velázquez’

Cara a cara con el nuevo ‘velázquez’

Laurence B. Kanter, conservador de arte europeo de Yale, señala a Ian McClure, conservador jefe de la Yale University Art Gallery, un detalle de La educación de la Virgen.- ZSOFIA JILLING
Es alto, grande y espectacular, aunque en sus casi 400 años de vida haya sufrido los vaivenes de una existencia accidentada que ha dejado huellas precisas sobre su piel. Mutilaciones, cortes, golpes, agua, pero también áreas casi perfectas. La visita de EL PAÍS es su primer encuentro cara a cara con la prensa. Por eso, el museo Yale University Art Gallery ha decidido sacarlo de la oscuridad del almacén en el que ha vivido durante los últimos 70 años y presentarlo en privado en la cuarta planta de ese inquietante edificio diseñado por el gran Louis Kahn, que alberga los espacios principales del museo en New Haven (Connecticut).

Allí, en una sala de estudio silenciosa, rebosante de libros de arte, una niña de pómulos rosados mira de frente al visitante mientras una mujer con manto amarillo y un hombre de barba canosa, con un gato y un perro durmiendo a sus pies, intercambian miradas y la enseñan a leer. Son los protagonistas del lienzo de 168 – 136 centímetros La educación de la Virgen, cuya reciente atribución a la etapa sevillana de Velázquez, realizada por el conservador de arte europeo del Museo de Bellas Artes de San Diego, John Marciari, y defendida en un ensayo en la revista española Ars Magazine, ha provocado un sonado revuelo entre quienes se dedican al complejo arte de las atribuciones pictóricas.

Cronología

  • El óleo fue pintado durante los primeros años de la carrera del pintor, en su época sevillana, en torno a 1617. Tiene similitudes con La Inmaculada.
  • La familia Townshend donó la obra a la Escuela de Arte de Yale en 1925. Durante 70 años permaneció en un cuarto oscuro.
  • El cuadro entró en el inventario de Yale en los años setenta con el número de registro 1.900.43, lo que aportó falsa información sobre su origen.
  • En 2003, John Marciari contempla el cuadro por primera vez. En pocos meses se convence de que es un auténtico velázquez.
Laurence B. Kanter, conservador jefe de pintura europea de la Yale University Art Gallery y jefe de Marciari hasta que este cambió de institución en 2008, es el hombre que vela por la salud y el futuro de una obra que muestra a santa Ana y a su marido Joaquín enseñando a leer a una Virgen aún niña. Kanter no tiene dudas sobre la autoría de este lienzo, que vivió desde los años cuarenta en el almacén de la Yale University Art Gallery bajo el epígrafe Pintura de la escuela española del siglo XVII y cuyo personaje central mira directo a los ojos del espectador, aunque ese sello tan velazqueño aún no haya sido corroborado por el Museo del Prado, la máxima autoridad en este campo. «El estudio de Marciari es una invitación abierta a los expertos de todo el planeta para que vengan a ver el cuadro y den su opinión. Hemos sido muy cuidadosos en la investigación precisamente porque sabemos la repercusión que puede tener la aparición de un nuevo velázquez, pero queremos que los expertos se pronuncien. Necesitamos ayuda. Primero para corroborar la autoría, aunque nosotros ya no tengamos dudas, pero queremos tener una opinión lo más sólida y unánime posible. Además, es especialmente importante estar de acuerdo para restaurar el cuadro, puesto que si es un velázquez los métodos de restauración difieren de los genéricos».

Kanter, con la pasión que caracteriza a aquellos afortunados que aman su trabajo -lleva más de tres décadas dedicado a estudiar la pintura europea de los siglos XIII a XVI, con especial énfasis en la pintura italiana-, explica con todo detalle los retos que se presentan para la restauración de esta joya que tendrá un espacio reservado en la ampliación del museo, que se abrirá en 2012. «El artista sevillano era excepcional. Pintaba utilizando diferentes capas de color y por tanto, en zonas como la del manto amarillo de santa Ana, muy deteriorado por sucesivas limpiezas mal hechas -es probable que el lienzo estuviera en un altar y el humo de las velas manchara el área y se limpiara una y otra vez, disolviendo capas de color-, la restauración será muy complicada».

Además, hay puntos en los que esas capas han desaparecido dejando al descubierto las intenciones del autor, como ese manto que pintó alrededor de la cabeza de la santa y del que después decidió borrar una parte que hoy vuelve a estar a la vista. «En ese caso, ¿qué habría que hacer? ¿Dejar el manto entero o pintar encima como hizo Velázquez? Ahí ya entramos en cuestiones éticas porque, aunque él tapó esa parte de ese manto, hoy al desnudo también lleva su firma. A veces lo difícil es decidir qué no hacer».

Kanter recorre de arriba abajo el lienzo indicando los puntos de «genialidad absoluta» del artista, como ese plato de cerámica «con ese volumen y esa luz tan realista de la izquierda», o esa silla en la que «unas pinceladas te hacen sentir la materia… Esa es la magia de Velázquez». Kanter fue el primero en fijarse en la categoría de este lienzo cuando al asumir su cargo en 2002 revisó todas las obras almacenadas en los sótanos de la Yale University Art Gallery y rescató varias de ellas «por su alta calidad» y con el objetivo de restaurarlas. «Así descubrimos también obras de Fra Angélico y Van Dyke a las que nadie le había prestado atención. Dos años después, Marciari comenzó a trabajar conmigo y se fijó en el cuadro. Fue él quien llegó a la conclusión de que podía ser un velázquez. Yo le apoyé, pero no estaba del todo convencido. Sin embargo, después de pasarme dos días en la exposición que la National Gallery de Londres le dedicó al artista en 2006, todas las dudas se volatilizaron. Ver reproducciones no sirve».

Ante la propuesta que algunos expertos han lanzado de celebrar un congreso para discutir la pieza, Kanter no se muestra muy convencido. «Lo importante no es que opine mucha gente, sino que opinen quienes realmente saben, que es muy diferente. Y son pocos». Pero asegura que, si el Museo del Prado considerara que lo mejor es llevarlo a Madrid y analizar la obra en el contexto de su colección, apoyaría la iniciativa. No obstante, ¿qué ocurriría si el Prado no corroborara la autoría? «Entonces tendrían que decirnos quién es el autor, porque no hay duda de que este es un cuadro de muchísima calidad, y si no es de Velázquez, estaríamos ante un nuevo maestro de nombre desconocido hasta ahora».

Bárbara Celis, New Haven: Cara a cara con el nuevo ‘velázquez’, EL PAÍS, 12 de julio de 2010
Cirugía en el quirófano del Prado

Cirugía en el quirófano del Prado

Mayte Dávila, dando los últimos retoques al Adán de Durero.- G. L.Escenario de una película imaginaria cuya trama mezcla sin freno pasado, presente y futuro… o clínica de lujo para ciertos objetos inanimados de incalculable valor, el taller de restauración del Museo del Prado recibe al visitante entre paredes acristaladas, mesas repletas de misterios y paletas cargadas de color. Ahí se puede ver cómo Adán y Eva, de Durero, está a punto de abandonar la operación sufrida durante casi dos años para pasar a las salas nobles del museo después de quedar limpios del maltrato del tiempo y de los zarpazos del hombre.

Sin posibilidad de tiempos muertos se encuentra ya a la espera de un tratamiento intensivo Felipe III a caballo, el gigantesco óleo pintado por Velázquez hacia 1634, al que entre otras cosas, una restauración caprichosa le había hecho ensanchar 20 centímetros en cada lateral.

El nuevo taller de restauración del Prado, situado en la última planta de la ampliación realizada por Moneo, ofrece un espectáculo grandioso en el que las joyas de la pinacoteca van desfilando para un auténtico tuneado de lujo. Lo delicado del trabajo hace que estas salas sean las más desconocidas del museo. Pero ayer pudieron ser visitadas para conocer al detalle los trabajos realizados bajo la dirección de George Bisaca, restaurador del Metropolitan de Nueva York, y José de la Fuente, restaurador de soportes de madera del museo madrileño, dentro del curso El Prado oculto. La vida secreta del museo, que dirige Francisco Calvo Serraller. Los dos expertos se han ocupado de restaurar anteriormente las tablas de piezas tan importantes como Las tres gracias, de Rubens, o El descendimiento, de Van der Weyden.

Mayte Dávila y su hermana Rocío forman parte del equipo de restauración que, desde hace décadas, dirige Pilar Sedano. Por las manos de ambas han pasado las telas más famosas del museo, meninas incluidas. Mientras Mayte da los últimos toques a los ya recuperados Adán y Eva, muestra con orgullo las fotografías en las que se puede ver al detalle el estado en el que se encontraban las tablas antes de entrar en su Adán y Eva, de Durero, fotografiado ayer al término de su lavado de cara, en los talleres de restauración del Museo del Prado.- GORKA LEJARCEGIparticular quirófano: cuatro agujeros en torno a la cabeza de Eva, la serpiente prácticamente reventada por la tensión de las tablas o la parte superior del muslo casi invisible por los surcos producidos al paso de la carcoma, entre otros muchos desastres.

«Las dos tablas», recuerda Mayte Dávila, «han sufrido mucho». Desde que la reina Cristina de Suecia se las regaló a Felipe IV porque le desagradaban, sufrieron el intento de ser quemadas por parte de Carlos III. Pasaron después a la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, antes de llegar a las salas nobles del Prado, estuvieron durante muchos años sufriendo humedades brutales en los sótanos del Casón del Buen Retiro.

¿Qué criterios se siguen para que el cuadro se aproxime lo más posible a su estado original? Mayte Dávila explica que siempre se busca el modelo original, pero que a veces es muy complicado por las malas restauraciones y repintes caprichosos hechos en el pasado. «Las obras se someten a todo tipo de análisis con los aparatos más modernos. Se tienen muy en cuenta los documentos que informan sobre el pasado del cuadro y luego, quienes hacemos este trabajo, tenemos una especie de sexto sentido que nos hace intuir cómo hay que actuar». La sensación que tiene la restauradora ante las dos tablas ya casi a punto es de felicidad absoluta. «Contemplar, por ejemplo, esta cascada de cabellos de Eva o el brillo de sus piernas es un espectáculo impresionante».

A la espera de recibir atención, se encuentra una de las obras más importantes de Velázquez, Felipe III a caballo. Lo más urgente es devolverla a sus dimensiones originales. No se le cortarán los centímetros añadidos. Se correrá el marco y se expondrá de manera que se vea la manera en la que fue retratado por el artista sevillano.

Después le tocará el turno a La reina Mariana de Austria, otra de las obras deslumbrantes de Velázquez. Los rojos, rosas y blancos de su vestido volverán a recuperar las tonalidades originales que el tiempo ha apagado.

Ángeles García, Madrid: Cirugía en el quirófano del Prado, EL PAÍS, 8 de julio de 2010

MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: Grandes maestros ocultos

MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: Grandes maestros ocultos

La célebre pintura del gigante, atribuida a Goya, es considerada obra probable de su discípulo Asensio Juliá, desde finales de enero de 2009. Una de las pinturas goyescas más admiradas durante décadas luce ahora en el Prado con un rótulo que desmiente la autoría del aragonés.- MUSEO DEL PRADOPiezas perdidas, escondidas o atribuidas erróneamente se añaden a la obra de destacados autores a la vez que otras caen de sus catálogos gracias al trabajo de los expertos y a la casualidad
No todos los días se descubre un velázquez. Pero La educación de la Virgen, hallada recientemente en un sótano de la Universidad de Yale, no es la única obra de un gran maestro que aparece en los últimos años. Piezas perdidas, escondidas, atribuidas erróneamente, se añaden a la obra de autores a la vez que otras caen de sus catálogos, gracias al trabajo de los expertos.

El propio Velázquez ha protagonizado algunas de las noticias recientes más destacadas en el mundo del arte. En septiembre pasado, se confirmó, gracias a una restauración, que Retrato de un hombre, del Metropolitan de Nueva York, era obra del maestro y no de uno de sus discípulos, como se creía. La autenticidad de Santa Rufina fue certificada por la fundación Focus Abengoa, que la compró en julio de 2007, pese a las dudas que ha suscitado sobre ella Jonathan Brown, una autoridad en la obra del pintor sevillano.

La lechera, atribuida a Goya y perteneciente al Museo del Prado, también ha sembrado dudas a la estudiosa Juliett Wilson, quien argumenta que es, al menos en parte, obra de la discípula (y probable hija ilegítima) del pintor, Rosario Weiss.- MUSEO DEL PRADOEn los hallazgos artísticos, juega un importante papel la casualidad. «Muchas veces, sólo se encuentra aquello que se busca», opina Joan Sureda, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona. «Uno está obsesionado por un tema, y entonces mira la realidad de forma distinta, mira un objeto que muchos otros han visto pero que no habían asociado con un autor», dice.

Un ejemplo es el descubrimiento del Aníbal vencedor, un cuadro de Goya perdido durante más de dos siglos, hallado en 1994 gracias al buen ojo de Jesús Urrea, entonces director adjunto del Prado. La pintura se hallaba en la Fundación Selgás-Fagalde, en Cudillero, y estaba mal atribuida. «Estaba a la vista, y la habían visto incluso expertos en Goya, pero no se asociaba al pintor», dice Sureda.

El pintor de Fuendetodos es uno de los más mencionados, para bien y para mal. Sin duda, lo más sonado es la caída de El coloso, que ahora el Museo del Prado cree que pintó su discípulo Asensio Julià, y cuyo cambio de autoría genera una viva polémica. También despierta dudas La lechera de Burdeos. Pero también es objeto de frecuentes atribuciones.

Jonathan Brown, una autoridad en la obra de Diego Velázquez, puso en duda que la pintura saliera de la paleta del pintor sevillano. La fundación Focus Abengoa la compró en julio de 2007 por 12 millones de euros y ha certificado su autenticidad. Santa Rufina estuvo atribuida a Bartolomé Esteban Murillo, al menos desde que en 1868 se expuso en Londres y hasta 1963.- FUNDACIÓN FOCUS ABENGOAEntre 1984 y 1985, distintos expertos anunciaron la posible autoría de Goya en tres obras, una Inmaculada Concepción de una iglesia de Écija, la Alegoría de San Luis Gonzaga, en una ermita de la localidad zaragozana de Jaraba, y un lienzo de juventud que se hallaba en la iglesia de San Gregorio de Esquedas (Huesca). En casos así, de obras sin fecha, firma ni documentación histórica, «nadie puede certificar la autoría», afirma Santiago Alcolea, director del Instituto Amatller de Arte Hispánico, en Barcelona. Como mucho, «se puede estar convencido», con los conocimientos de uno como experto, de que una obra es de un autor.

«Es un tema especialmente delicado», dice Alcolea, que explica que para realizar la atribución, se utilizan como base comparativa «piezas ciertas», de las que no existen dudas, como el retrato de la familia de Carlos IV. La ciencia puede contribuir a confirmar el «ojo del experto», pero siguen produciéndose errores. Hay que tener en cuenta que «los cuadros no están como los dejó el pintor, hay retoques, repintes».

El historiador Sureda destaca otros ejemplos llamativos de descubrimientos, como una escultura de Cupido de la época florentina de Miguel Ángel, de la que sólo se tenía noticia escrita a través de Vasari. La obra, presentada en 1999 en una exposición en Florencia, había estado expuesta en un patio durante décadas en la legación cultural francesa en Nueva York, sin que nadie se diera cuenta de su autoría. Hasta que unos estudiosos estadounidenses la vieron.

O un cuadro de San Jerónimo de Leonardo da Vinci, del que se tenía también conocimiento escrito, el último a finales del siglo XVIII, cuando se incluyó en el testamento de una pintora. La pintura fue a parar a un zapatero, cuenta Sureda, que le recortó la cabeza para acolchar su asiento, hasta que un entendido en arte lo vio en los años treinta del siglo XIX. Actualmente, el cuadro, recompuesto, está expuesto en los Museos Vaticanos.Vieja hilandera ha  recuperado la autoría de Murillo. La tela, que figuró como pintura de un  autor desconocido, fue hallada en la colección de The National Trust  (Gran Bretaña) y se expuso en Bilbao en 2009.- THE NATIONAL TRUST

La obra de Rembrandt también ha sido objeto de numerosos vaivenes. En 2003, la casa museo de Rembrandt en Ámsterdam presentó, tras seis años de restauración, un nuevo autorretrato del maestro holandés fechado en 1634, y atribuido hasta entonces a su taller.

Sin embargo, los títulos atribuidos al pintor sufrieron una importante limpia en 1989, cuando la Comisión Rembrandt, un grupo de científicos subvencionado por el Gobierno holandés para analizar la autenticidad de su obra, certificó que cerca de 40 lienzos fueron pintados por sus discípulos. Entre ellos, figuraban pinturas colgadas en el Louvre (Sagrada Familia con Santa Ana); el Ermitage (David despiéndose de Jonatán), y el londinense Victoria y Alberto (El hombre del gorro de plumas). En total, según la comisión, de las 966 piezas catalogadas en los siglos XIX y XX como obras del maestro del Siglo de Oro, sólo algo más de 300 lo eran en realidad.

Otra obra emblemática descubierta es La Virgen de los claveles, de Rafael, de la que se conocían sólo copias hasta 1991, cuando se halló una pintura en el castillo Alnwick (el escenario de las películas de Harry Potter). Tras un minucioso análisis, que incluye los infrarrojos, se ha determinado que se trata del original, y así aparece expuesto en una muestra inaugurada ayer en la National Gallery londinense. El museo da a conocer el trabajo constante de historiadores y expertos en una exposición que, en seis salas, presenta las falsificaciones, errores, descubrimientos y enigmas que alberga el museo.

Retrato de un hombre, del Metropolitan de Nueva York, llevaba desde 1949 en su colección. Gracias a la restauración impulsada por Michael Gallagher y Keith Christiansen, en septiembre de 2009 se confirmó que no era obra de uno de sus discípulos, sino del propio Velázquez. Incluso se piensa que es un autorretrato.- METROPOLITAN MUSEUM OF ART

Retrato de Felipe IV del Metropolitan Musem de Nueva York, actualmente en restauración, también puede confirmarse como una pintura de Velázquez, según Michael Gallagher. El Prado posee otro retrato similar de Felipe IV joven. El retrato del Metropolitan es considerado de autoría dudosa por Jonathan Brown, aunque exista una carta de pago firmada por Velázquez y saliera de su taller.- METROPOLITAN MUSEUM OF ART

Este cuadro de Goya fue descubierto en la Fundación Selgás-Fagalde, en Cudillero, en 1994, tras haber estado expuesto con una atribución errónea, gracias al buen ojo de Jesús Urrea, entonces director adjunto del Museo del Prado.-

Cecilia Jan, Madrid: Grandes maestros ocultos, EL PAÍS, 1 de julio de 2010

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