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MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: «Al Prado no le interesa cualquier Velázquez»

MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: «Al Prado no le interesa cualquier Velázquez»

Javier Portús, jefe de Conservación de pintura española (hasta 1700), explica los procesos por los que un lienzo recibe una atribución. El especialista advierte de que la pinacoteca española no tiene la última palabra en la obra del pintor sevillano

Javier Portús, en una de las siete salas que componen la muestra  monográfica de la obra de Diego Velázquez. ÁNGEL NAVARRETEEstos días vuelve el viejo miedo de los cuadros sin papeles. Ven desfilar delante de sus narices una tropa de historiadores cargada de estudios sobre pigmentos, fotografías de rayos X y la prueba del algodón: el ojo rastreador. La tropa se ceba con los cuadros que no tienen los documentos en regla, un encargo o un contrato que demuestren que la pintura es de uno u otro autor. «Una obra de arte no puede temer al paso de los historiadores», rebaja la exageración Javier Portús, en su despacho del Museo del Prado.»Los que pueden temer al paso de los historiadores son los coleccionistas o las instituciones que custodian esas obras, porque en las atribuciones entran muchos intereses y son muy variables», cuenta el jefe de Conservación de pintura española (hasta 1700), probablemente el mayor experto del mundo en el trabajo de Diego de Velázquez, con permiso de Alfonso Pérez-Sánchez. Recuerda cómo en el siglo XVIII nadie conocía en España a Velázquez y los que le conocían fuera creían que era un pintor de técnica excelente, pero sin interés por el realismo con el que se mantenía al margen del gusto académico, algo imperdonable. «Durante mucho tiempo no existió y fue menospreciado, y como él muchos otros pintores», explica.

Javier Portús participaba el 6 de julio que en el curso de verano El Prado oculto. La vida secreta del museo: conservación, restauración, replicación, organizado por la Fundación Amigos del Museo del Prado. La conferencia de Portús, con el título Descubriendo a Velázquez, repasará las maneras de exponer la obra del maestro barroco dese 1899 hasta nuestros días en el Museo del Prado. Aquel año fue la primera vez que se le otorgaba un espacio específico en el Museo a Velázquez. Se celebraban los 300 años del nacimiento del pintor y Aureliano de Beruete aprovechó el nuevo diseño que mostraba la colección para depurar y expurgar las atribuciones del catálogo del pintor sevillano. Antes, el catálogo de Velázquez contenía cerca de 200 obras y Beruete las dejó en 90, y creó una sala de lo velazqueño en la que soltó todo lo dudoso. Y dejó en 41 las obras atribuidas a Velázquez. «Entonces el Museo fue una institución pionera y muy valiente», dice Portús.

El especialista recuerda que la disposición de la obra del artista en El Prado ha condicionado cómo se ha leído su obra. «De hecho, Las Hilanderas empezaron a exponerse como obra mitológica desde el momento en que se descubrió que no era una pintura costumbrista, sino mitológica. Las Meninas estuvieron hasta 1978 (cuando el Museo dejó de ser un templo de la cultura y se convirtió en un centro turístico abarrotado de visitantes) solas en una sala, en la que había un espejo para que los visitantes vieran el cuadro sin marco y confundieran la pintura con la realidad». Aquella sala desapareció a finales de los setenta y se concentró todo el trabajo en la Sala XII. Las obras empezaron a exponerse con una generosidad inusitada en el museo. Hasta el momento se mostraban hasta en dos o tres filas, unas encima de otras. «Se decidió dejar de mostrar siguiendo criterios de carácter decorativo jugando con composiciones de los cuadros; se hace exclusivamente cronológica», recuerda.

El joven Velázquez

Portús asegura que «el mercado de Velázquez ya está agotado», al menos desde «el punto de vista de la calidad». La mayor parte de las obras maestras están en el Museo del Prado y el estado de conservación en el que se encuentran es excepcional. «Hay que tener en cuenta que al Prado no le interesa cualquier Velázquez, porque no va a aportar nada a la colección. Es más, en muchos casos también hay que ser consciente de que hay obras que no aportan, sino que rebajan el nivel de la colección», explica.

En su día se pudo hacer una gran compra: El barbero del Papa, que «fue como un milagro». «Esta obra es redonda y es del segundo viaje de Velázquez a Roma. Fue la última gran oportunidad de compra». Sin embargo, reconoce que a la colección del Prado le falta algo de la edad temprana. «Falta y es imposible adquirirlo. Si El aguador de Sevilla no se hubiera regalado al Duque de Wellington, hubiera permanecido en las Colecciones Reales y habría sido magnífico. Pero uno también piensa que habría sido peor regalar Las Meninas.

Marciari ha datado la pintura en 1617 a la pintura hallada en los fondos de Yale, en EEUU, cuando Velázquez lo que sería Velázquez. A los 18 años de edad era un pintor absolutamente independiente, ya era maestro. Por entonces ya es «un pintor muy seguro, extraordinariamente original». «No había precedentes ni estilísticos ni compositivos ni narrativos, como La vieja friendo huevos.

Para el investigador, el Velázquez sevillano es un pintor descriptivamente «muy pulcro, muy detallista, que quiere describirlo todo». Empezó haciendo obras religiosas, con escenas que no se parecen a nada. «Nadie ha podido encontrar una relación directa de esas obras del joven Velázquez con ninguna otra cosa conocida. Son obras siempre muy bien compuestas, muy sólidas. Nadie puede decir que El aguador de Sevilla sea menos sólido que La Meninas». Para Portús Velázquez siempre fue muy seguro, estaba muy convencido en su trabajo.

El ojo que todo lo ve

Portús reconoce que el criterio de atribución del propio Beruete mandó a aquella galería de lo velazqueño El bufón Barbarroja, cuadro que hoy figura entre los Velázquez inconfundibles. «Las atribuciones son algo completamente variable. Una generación se puede empeñar en asignar una obra a fulanito y la generación siguiente hacer lo contrario. No hablamos de ciencias exactas. Con los mismos datos un historiador puede atribuir un cuadro a un pintor y otro a otro pintor», aclara.

El ojo que todo lo ve, el del historiador en busca de una firma sin confirmar, es un método importante pero peligroso. Portús asegura que no puede hacerse sin contrastar con los métodos prospectivos y con la humildad por delante. «Es muy importante que se aplique siempre desde la conciencia de su carácter falible. El problema es que no para todo el mundo es compatible la idea del error con pontificar atribuciones», sin embargo, la Historia del Arte cuenta que todos acaban equivocándose unas veces y acertando otras. «El ojo es importante también desde el punto de vista del comercio de los museos, que necesitan clasificar y atribuir una obra. Y la duda puede significar mucho dinero«. Portús se refiere al disgusto económico que puede suponer para un museo o un particular que una obra deje de ser de un gran pintor de la noche a la mañana. «El historiador del arte debe manejar los instrumentos técnicos, su ojo y la fidelidad por la verosimilitud», para establecer las comparaciones que acerquen o alejen un cuadro a un pintor u otro.

Por todo ello, para el propio jefe de Conservación del Prado el ojo es un método que ha encorsetado la Historia del Arte y «confunde los análisis de la Historia del Arte con los intereses del mercado. Ese es un terreno muy resbaladizo». ¿No deberían pasar todos los análisis de las atribuciones de posibles cuadros de Velázquez por el Museo del Prado? «Sobre esto hay muchas opiniones. La mía es que no estamos tratando de dogmas. Lo bonito de esta profesión es su carácter abierto y la estimulación del debate». Portús describe el protocolo científico para demostrar las teorías, y una vez lanzada la teoría se debe lanzar la propuesta a la comunidad científica, para que se cuestione. Es lo que propone el propio John Marciari con el hallazgo de Educación de la virgen, cuadro que el conservador norteamericano ha atribuido aVelázquez tras la publicación de un artículo en una revista.

Pero Portús cuenta con el atrevimiento del sensato y del templado y a pesar de representar a la institución que representa no teme al asegurar que «la verdad no reside en ningún sitio físico. El Prado tiene muchas posibilidades de intervenir en discusiones por la colección y la tradición de estudios de Velázquez, pero no es el lugar donde se dan los certificados de autoría. Eso va en contra de esta profesión». Cuenta que el historiador del arte debe estar preparado para una sorpresa. «En los últimos 20 años han aparecido algunas sorpresas con Velázquez. Pero lo que realmente me gustaría es que apareciesen testimonios personales sobre el pintor. Conocemos su perfil profesional y administrativo, pero no tenemos datos biográficos».

Peio H. Riaño, Madrid: «Al Prado no le interesa cualquier Velázquez», Público, 3 de julio de 2010
MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ:  Habla el protagonista, John Marciari

MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: Habla el protagonista, John Marciari

Hemos creído conveniente incluir también las propias palabras del investigador de la obra descubierta, atribuida a Velázque, John Marciani; se trata de dos entrevistas aparecidas en los medios de comunicación nacionales de España; lo efectuamos a pesar de la redundación de sus afirmaciones para que cada cual reinterprete este asunto con todos los datos disponibles.

John Marciari: «La educación de la Virgen marca el inicio del arte barroco español»

Parece cosa del cine pero, de vez en cuando, de los lugares más improbables, emerge una obra maestra de la pintura y el mundo del arte se pone del revés. Ha ocurrido otra vez con un todavía supuesto cuadro de Velázquez, que de nuevo llevaba cogiendo polvo un número indeterminado de años en un cuartucho de los bajos de una institución norteamericana, como pasó con un autorretrato del pintor hallado en un almacén del Metropolitan de Nueva York. En esta ocasión se trata de un cuadro que podría pertenecer a la etapa sevillana del pintor, que muestra una escena de la educación de la virgen. Su descubridor, el Conservador Jefe del Museo de Bellas Artes de San Diego, John Marciari, empezó a trabajar sobre su autoría en 2003, y sólo ahora, tras barajar todas las posibilidades, ha lanzado la bomba. Si se comprueba que pertenece al maestro sevillano, opina el estudioso, estaríamos hablando de uno de los hallazgos más importantes de los últimos años y de una de las obras clave en la trayectoria del sevillano. En esta entrevista explica cómo lo encontró y los pasos que ha dado en el largo camino de siete años que median entre en el momento en que dijo: «¿Es un Velázquez? No me lo puedo creer» a la actualidad, cuando su descubrimiento ha dado la vuelta al mundo.

PREGUNTA.- Me gustaría saber cómo reaccionó en el momento en que empezó a estar seguro de que estaba ante un cuadro de Velázquez y, sobre todo, cómo puede pasar desapercibido un cuadro de estas características.
RESPUESTA.- Cuando cursaba mi tesis doctoral en Yale entre los años 1993 y 1999, nunca vi este cuadro. La obra está, como se puede comprobar, muy dañada y había permanecido en un almacén oscuro durante mucho tiempo (no creo que jamás haya sido expuesta al público). Regresé a Yale como comisario en el año 2002, y ya en 2003, durante la obras de mejora del edificio que alberga la Galería de Arte, muchas de las piezas fueron desplazadas a un nuevo almacén independiente. En un primer momento, aquello nos permitió estudiar las piezas en un buen emplazamiento y con una buena iluminación. Al mismo tiempo, Yale contrató dos nuevos comisarios, a Laurence Kanter y a mí, para crear un nuevo departamento de Arte Europeo, que supuso que la colección de las obras maestras recibiera entonces una nueva clasificación.
La primera vez que vi la pintura fue en 2003 e inmediatamente pensé «esta es una gran obra, pero ¿de quién?». Estaba catalogada simplemente como Escuela Española. Me planteé varias hipótesis hasta que un día, quizá tres o cuatro meses después, de repente me golpeó. «¡Espera, esto es un Velázquez de la primera época!». Me dije a mí mismo que estaba loco, tarado, demente. No parecía posible que Yale hubiera tenido un Velázquez durante 80 años sin que nadie hubiese reparado en él. No podía ser. Había pasado antes por eso, con pinturas y, especialmente, con dibujos de los viejos maestros, sin embargo, nada de eso importa: crees que son de alguien conocido y algún tiempo después -minutos, días, semanas…- el nombre te viene de repente a la cabeza. Pero aquí, inmediatamente después de reconocer que era un Velázquez, me di cuenta de lo difícil que iba a ser probarlo.

P.- ¿Cómo se autoconvenció?
R.- Pasé seis meses intentando convencerme de que era de algún otro, del que fuera, sencillamente me parecía improbable. Pero no pude evitarlo y finalmente reuní el coraje para mandársela a un amigo, Salvador Salort, experto en Velázquez. Le envié un mail diciéndole: «Salvador, voy a enviarte una fotografía de lo que creo que es una pintura muy importante, pero no diré más porque quiero que vengas con la mente abierta». Un minuto después recibí su respuesta, que empezaba con las palabras “Estoy temblando…». Aquello fue todavía en 2003 ó 2004, y desde entonces no he dejado de trabajar en ella.

P.- ¿Podría explicarme los pormenores del trabajo de investigación a partir de 2004?
R.- Primero requirió rastrear la procedencia. La pintura tenía el número de inventario 1900.43, lo que normalmente habría significado que llegó a la universidad en el 1900, pero rápidamente descubrí que el número había sido asignado en los años setenta, pues aparecía en un inventario. El donante se desconocía. Con la investigación en los archivos de la Galería de Arte y en la Escuela de Arte de Yale y gracias a la ayuda de Elise Kenney, arichivista de la galería, descubrimos que la pintura había sido donada a la Escuela en 1925 por la familia Townshend.
También empezamos con el análisis técnico para asegurarnos de que los materiales empleados eran los que usaba Velázquez, aunque debería decir «ellos» y no «nosotros», porque fue la conservadora de Yale Patricia Garland quien se encargó del estudio. Los rayos X muestran el mismo largo de trazos característicos de la obra de Velázquez en la elaboración de la composición.

P.- Los expertos señalan que una de las claves para conocer si un cuadro es de Velázquez es que el pintor solía limpiar los pinceles en el borde el cuadro. ¿Es el caso de La educación de la Virgen?
R.- No, no hay ninguna pincelada en los bordes como tampoco las hay en La Adoración de los Reyes Magos. Mi teoría es que Velázquez era más cuidadoso cuando trabajaba con importantes pinturas para altares. Tengo una hipótesis sobre dónde encaja la obra en la carrera del maestro y también de dónde estuvo situada la pintura originalmente.

P.- De todos los indicios y pistas que apuntan a la autoría del pintor sevillano, ¿cuál es el más potente?
R.- En última instancia, nada puede probarlo, y no hay una pista que pese más que las demás. Después de todo, lo que realmente importa es que el trabajo sólo es, en cada movimiento y en cada detalle, comparable a las otras primeras pinturas por el artista.

P.- Si se confirma la autoría, ¿qué relevancia tendría para el estudio del pintor?
R.- Si es de Velázquez, es muy, muy importante. Como digo en mi artículo, probablemente hablaríamos de su primer retablo y, por lo tanto, de la pintura pública para la que tomó el naturalismo radical de sus escenas cotidianas, colocándolo en un gran altar. No creo que sea exagerado decir que ese es el momento en el que nació el barroco español de Velázquez, Cano, Zurbarán y Murillo.

P.- ¿Ha tanteado a otros expertos? ¿Nota al mundo del arte favorable con su hallazgo?
R.- Para ser justos, debo decir que ha habido algunos estudiosos serios que han dudado de la atribución, pero ninguno ha dado una alternativa satisfactoria. Otros dudaron al principio, pero luego, días o meses más tarde, me han confirmado que se trataba de Velázquez. Y otros, a simple vista, han estado totalmente de acuerdo con mi atribución.

P.- ¿Dónde le gustaría verla expuesta? ¿Se han planteado restaurarla o esperarán a la confirmación?
R.- Laurence Kanter (comisario de Arte Europeo en Yale, y mi jefe cuando yo era el comisario Asociado de Arte Europeo allí) y yo decidimos hace 5 años que sería mejor mostrarla en su estado dañado. Ya será una atribución polémica por su importancia, así que pensamos que sería mejor dejar que los expertos juzgasen sobre la base de la pintura original en lugar de confundir con los retoques. El público no está acostumbrado a ver las pinturas en este estado, pero hay muchas obras en museos con daños similares. Más adelante, deberá ser reconstruida. Mi deseo es que el cuadro sea valorado ahora por más expertos y también organizar una exposición, no sólo en España, sino también en Estados Unidos, para que se pueda ver junto a otras obras tempranas del artista. No tengo dudas de que habrá escépticos, pero tras siete años de trabajo en la pintura, pensé que había llegado el momento de contárselo al mundo. En cualquier caso, al margen de exposiciones, la pintura será siempre de Yale, cuyos museos no son tan conocidos pero tienen grandes colecciones.

P.- Después de todos estos años de estudio, ¿se atrevería a decir que puede haber otras muchas pinturas de Velázquez o de otros maestros en esta situación?
R.- Estoy trabajando constantemente sobre los problemas de este tipo. Uno de mis principales proyectos en San Diego es escribir un catálogo de las pinturas italianas y españolas aquí. El Museo de Arte nunca ha publicado un catálogo académico de estas colecciones. Mi trabajo en este proyecto es el mismo tipo de procedimiento que empleé para el de Velázquez: desde el análisis técnico a la investigación de procedencias para entender si una imagen se ajusta a la carrera de un artista, y sí, en algunos casos reconsiderar las atribuciones también.

Marta Caballero: John Marciari: «La educación de la Virgen marca el inicio del arte barroco español»,
EL MUNDO / El Cultural, 2 de julio de 2010


John Marciari: «Contemplarla me produjo temblores«

Conservador del Museo de Bellas Artes de San Diego, el descubridor del último lienzo inédito atribuido a Velázquez explica el proceso de investigación que acaba de dar a conocer a la comunidad científica

John Marciari, experto en pintura italiana y española, y conservador del Museo de Bellas Artes de San Diego.

La historia del descubrimiento de La educación de la Virgen está llena de casualidades, intuiciones y golpes de suerte. John Marciari (Nueva York, 1971), conservador del Museo de Bellas Artes de San Diego, es el responsable máximo de que a partir de ahora se pueda contar con un nuevo velázquez. Se encuentra expectante y contento ante la polvareda que ha despertado su trabajo de investigación en todo el mundo artístico. A la espera de que la comunidad científica se pronuncie, habla de los momentos clave de su trabajo.

Pregunta. ¿En qué momento tuvo noticia de la existencia del cuadro La educación de la Virgen?

Respuesta. Fíjese, hice mis estudios de doctorado en la Universidad de Yale entre 1993 y 1999. En todo ese tiempo, no solamente no vi esa pintura, sino que ni siquiera supe que existía. Creo que nunca ha llegado a estar expuesta en un lugar público. Muy pocos son quienes la han podido ver. Durante más de 80 años estuvo apartada en un cuarto oscuro y por ello presenta una serie de daños que hacen que la pieza esté bastante deteriorada.

P. ¿Qué ocurrió para que finalmente la pudiera encontrar?

R. Volví a Yale como responsable de la colección durante los años 2002 y 2003. Tuvimos que hacer obras de acondicionamiento y ampliación en el edificio central del museo, en la Art Gallery. Mientras tanto, gran parte de la colección permanente fue trasladada a otros depósitos. El resultado fue que, por primera vez, las obras almacenadas salieron a la luz y nos dio la posibilidad de catalogarlas y estudiarlas. Concluidas las obras, la dirección de la Universidad de Yale nos encargó a Laurence Kanter y a mí que organizáramos un departamento exclusivamente dedicado a la pintura europea. Ese fue el momento de poder contemplar cada obra con detenimiento.

P. Y ahí estaba La educación de la Virgen.

R. La primera vez que lo contemplé fue en 2003. Supe que estaba ante una obra maestra. Contemplarla me produjo temblores. Pese a su estado, desprendía algo muy especial. Entonces estaba catalogado en una especie de apartado en el que se encontraban las piezas pertenecientes a la escuela española, sin mayores precisiones. Durante varios meses me estuve dando vueltas a la cabeza. De repente me dije: ‘Espera, ¡esto es un velázquez!’.

P. ¿Pura intuición?

R. Me dije a mí mismo que estaba loco de atar, que era imposible que una obra de Velázquez hubiera permanecido en Yale nada menos que 80 años sin que nadie lo supiera. No podía ser. Pero esa sensación ya la había vivido con otras pinturas en ocasiones anteriores. Esta vez el reto iba a ser mayor y mucho más difícil: tenía que demostrar al mundo que ahí había un cuadro de Velázquez.

P. ¿Con quién compartió ese momento?

R. La verdad es que dejé que pasaran seis meses diciéndome a mí mismo que seguramente era de otro pintor de su misma época, que era muy difícil que fuera obra del propio Velázquez. Alejé la angustia que sentía y decidí mostrárselo a uno de los máximos expertos, compañero y amigo, además de discípulo de Pérez Sánchez, Salvador Salort. Le mandé un correo electrónico con la fotografía del cuadro. No le dije lo que yo pensaba para que su punto de vista fuera más abierto y no estuviera condicionado por mi opinión. Me contestó con un texto cuyas dos primeras palabras eran: «Estoy temblando…».

P. Era la confirmación que necesitaba para arrancar.

R. Hice algo más. Después de enseñarle la foto del cuadro a Salvador y ver su respuesta, dejé intencionadamente la foto en la mesa de mi despacho cuando sabía que un colega iba a usarlo para hacer una llamada. Salí del despacho, dejé la puerta entreabierta y le escuché coger el teléfono y colgarlo. Dijo: «¡Esto no es Giovanni Do! No es el maestro barroco de La anunciación a los pastores. Esto que tengo delante es un gran problema». Entendió que era de Velázquez desde el principio, pero también supo lo controvertido que sería atribuirlo al genio español. Y ahora, siete años después, aquí estamos.

P. ¿Por dónde empezó la búsqueda de pruebas?

R. Por saber cómo había llegado a los almacenes. En ese momento la obra tenía el número de registro 1.900.43; lo cual indicaba que había llegado a Yale en 1900. La pista era falsa y empezábamos mal. Comprobé después que el número fue asignado en los años setenta, cuando el cuadro ingresó en el inventario y el donante era desconocido. Finalmente, comprobamos que la pintura había sido donada a la Escuela de Arte de Yale en 1925 por la familia Townshend.

P. ¿Cómo empezó a difundir su descubrimiento?

R. De acuerdo con Laurence Kanter, que sigue siendo el responsable de arte europeo de Yale, decidí publicar la fotografía para que se viera la obra tal cual estaba y sigue estando: con sus cortes, quemones y repintes. Lo mejor es dejar a los expertos que juzguen la obra en su estado real. Ya habrá tiempo de sobra para restaurarla.

P. ¿Ha sufrido muchas reacciones negativas?

R. Sinceramente, hay muchos miembros de la universidad que han dudado de la autoría del cuadro, pero nadie ha podido darle otra firma, nadie ha aportado nada satisfactorio. Otros muchos, en cambio, apoyaron mi propuesta desde el primer momento. Por mi parte, considero que mi informe responde a todas las preguntas posibles.

P. Ahora, solo queda esperar el veredicto de los expertos.

R. Me gustaría que el cuadro se expusiera temporalmente en el Museo del Prado, para que todos pudieran verlo y, a partir de ahí, que se opinara con fundamento.

P. ¿Está ahora entregado a desvelarnos alguna otra sorpresa como esta?

R. Siempre he tenido entre manos investigaciones de esta clase, aunque nunca de esta importancia. En el Museo de Bellas Artes de San Diego me dedico a catalogar las pinturas de origen español e italiano. Salvo Sánchez Cotán, Giorgione o Goya, no contamos con un estudio detenido de los artistas y su obra. En eso estamos.

Ángeles García, Madrid: «Contemplarla me produjo temblores«, EL PAÍS, 4 de julio de 2010

MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: En torno a ‘La educación de la Virgen’

MONOGRÁFICO VELÁZQUEZ: En torno a ‘La educación de la Virgen’

¿Un nuevo Velázquez? Posibilidades y límites

La aparición de un «nuevo» cuadro de Velázquez, esta vez una posible obra de su periodo sevillano, ha conmocionado el ambiente de especialistas, a pesar de la reciente aparición de otro cuadro atribuido al mismo maestro en el Metropolitan de Nueva York hace pocos meses. Sin embargo, antes de echar las campanas al vuelo, ha de imponerse la cautela. Una atribución de tal importancia, más allá de la noticia periodística necesariamente inmediata, debe ser estudiada y ponderada desde muchos puntos de vista. El primero de todos, la investigación de posibles documentos o noticias que avalen en cierta medida lo sensacional de la atribución. El segundo, un rastreo lo más minucioso posible de la historia y procedencia de la pieza, ahora hallada en los depósitos de una universidad americana. Luego, los análisis técnicos que establezcan la composición de sus pigmentos, la materialidad de su soporte, la técnica utilizada por su autor a la hora de aplicar las pinceladas, etc.

la Educación de la Virgen', hallada por John Marciari en Yale.PEIO A la vez que se establezcan el mayor número posible de datos «objetivos», han de entrar en juego los historiadores del arte especialistas en Velázquez y realizar los correspondientes estudios, fundamentalmente comparativos, no sólo de las evidencias materiales comentadas, sino del análisis estilístico con las obras de Velázquez conservadas correspondientes a su etapa sevillana que no ofrezcan dudas acerca de su autoría, ya que de este momento de su carrera existen varias obras en las que se vacila entre la autografía o la ejecución en el taller.

Aunque en buena medida las obras velazqueñas de esta primera etapa se encuentran fuera de España, sobre todo en Inglaterra, no cabe la menor duda que el lugar donde, por razones obvias, mejor se conoce la obra, el estilo y la técnica de Velázquez es el Museo del Prado, que, además, en las últimas décadas ha realizado un esfuerzo restaurador de su ingente colección de obras del maestro sevillano. Es, pues, esta institución quien debe liderar el estudio y la posible atribución definitiva de esta pintura que, de confirmarse su autoría, sería el descubrimiento velazqueño más sensacional de las últimas décadas.


Fernando Checa, Director del Museo del Parado, entre 1996 y 2001: ¿Un nuevo Velázquez? Posibilidades y límites, Público, 2 de julio de 2010


El hallazgo e historia del lienzo


Como centenares de otros cuadros de autores famosos de procedencia incierta, la obra atribuida a Velázquez acabó en un sótano entre otros 250 lienzos europeos. En 2003, John Marciari,
comisario de pintura italiana y española del Museo de Arte de San Diego, lo vio porque el Museo de Arte de Yale trasladó su acervo a otro almacén, por reforma en su edificio principal. Encontró en medio de la mudanza un lienzo enorme en el que aparecía una Educación de la Virgen, que ingresó en los fondos del museo simplemente como pintura de la escuela sevillana. Entonces era comisario de arte europeo en esa institución y una vez que el nombre de Velázquez se le coló en la cabeza, se metió en el papel de sabueso y se puso a rastrear el origen del lienzo. Me dije a mí mismo que debía estar loco. Me pasé seis meses intentando convencerme de que el pintor era otro, pero no encontré quién», reconoce.

Descubrió que fue donado a la facultad de arte de la Universidad en 1925 por los hermanos Henry and Raynham Townshend, dos ex alumnos de Yale cuyo padre era un marino mercante que realizó viajes frecuentes entre el Mediterráneo y Nueva Inglaterra. Ese año los dos hermanos heredaron una gran casa neogótica de su abuelo, en la que probablemente colgaba el cuadro, con un marco del siglo XIX con columnas a los lados, un entorno que lo hacía completamente fuera de lugar. «Probablemente era una pintura que su padre había traído de España y decidieron deshacerse de ella, así que se la dieron a los estudiantes de Yale, para que la estudiaran», aventuró Marciari. Él cree que Velázquez lo pintó como un encargo para el Convento Carmelita de Santa Ana en Sevilla, donde a su juicio fue parte del altar hasta una inundación en 1626, en la que el cuadro sufrió algunos de los graves daños que siguen aún presentes.

Los resultados de su investigación van a ser publicados por primera vez en la revista española sobre arte y coleccionismo Ars Magazine, tal anunciaba el 1 de julio. Y apenas en unas horas tras salir del anonimato el óleo La educación de la Virgen ha creado una corriente de debate y reflexión en torno a su autoría celebrada por investigadores, instituciones y amantes del arte de todo el mundo.

Un Velázquez sin pruebas

El cuadro es «increíblemente importante», pues «no se trata -según sostiene-, de otro lienzo de la mitad de su carrera», sino de su época temprana, la más desconocida del autor de Las Meninas. De ser así, se trataría de la incorporación más significativa a la producción del maestro en el último siglo. Según el investigador John Marciari el cuadro, fechado entre 1615-17, se trataría de uno de los escasos ejemplos que existen del Velázquez de la etapa sevillana. Marciari acude al cuadro Santa Ana enseñando a leer a la Virgen de Juan de Roelas así como a El almuerzo, El apostol Santo Tomás y Vieja friendo huevos, de la primera etapa del pintor sevillano (hasta 1623), como ejemplos del tratamiento velazquiano de la infancia, los retratos de madurez y los bodegones que también se pueden apreciar en esta obra. Fruto de su azarosa vida desde el siglo XVII, en el que fue pintado como un encargo para el convento carmelita de Santa Ana en Sevilla.

Las conclusiones del conservador atribuyendo la obra a Diego Velázquez son nítidas. «¿Quién pintó el óleo? Independientemente de la iconografía en general y de las referencias específicas a la pintura de Roelas, las pruebas técnicas de pigmentos, de la base, y del lienzo apuntan a un artista sevillano de comienzos del siglo XVII. Un examen más exhaustivo del estilo y de la técnica, de las presunciones de pintura, el tipo de cita, y otros factores apuntan a una sola fuente: Diego Velázquez, nacido en Sevilla in 1599 y activo allí solo hasta 1623, pero muy desde el principio de su trayectoria ya sería responsable del revolucionario cambio que representa para la pintura española la pieza de Yale. La educación de la Virgen, fruto de esos primeros años de formación de la carrera del pintor, es la aportación más significativa al trabajo del artista en un siglo o más.» El mismo Marciari aclara que «sorprendentemente, existe muy escasa documentación sobre las obras sevillanas de Velázquez. La mayoría de sus primeras pinturas religiosas deben de haberse realizado por encargo, pero no se ha encontrado ningún contrato en relación con ellas», es decir, la atribución está en el aire.

A pesar de los daños, el conservador da también por sentada la mano de Velázquez, pero aclara que ha preferido presentar públicamente el cuadro en su estado actual antes de que una restauración acabe con las señas originarias. «Con el fin de debatir sobre él antes de iniciar un proceso de conservación, que puede plantear nuevos interrogantes», escribe. «Cualquier discusión de la pintura encontrada en Yale debe comenzar con conocimiento de su dañado estado de conservación. Faltan por lo menos veinticinco centímetros de la parte superior y por lo menos algunos centímetros más de sus bordes izquierdo e inferior. Una linea horizontal de pintura borrada cerca del centro como resultado del contacto con la barra original de la tabla, como se encuentra en muchas pinturas del mismo período. Más preocupantes son las áreas que se han desgastado fuertemente, y en algunos lugares las capas de pintura han desaparecido completamente, dejando solamente la base marrón opaca. Estos daños son los que relegaron hace tanto tiempo el lienzo a los almacenes de Yale, donde ha recibido escasa atención en las ocho décadas que ha permanecido en la universidad.»

Jonathan Brown, especialista en Velázquez, ante Las Meninas.- L. SEVILLANORespecto a la escena representada, “Comparado con el modelo [de La educación de la Virgen] de Roelas y con otras versiones posteriores del mismo tema, el lienzo de Velázquez parece una tentativa de enfrentar ciertos problemas teológicos e iconográficos. Al representar a la Virgen como niña mucho más joven, Velázquez la convierte en una alumna más apropiada, según lo observado anteriormente, pero la Virgen joven pudo también haber sido pensada para reconciliar la escena de la educación con la presentación más familiar en el Templo.» […] «El cuadro trabaja así en dos niveles: la narrativa interna de la historia de la educación, y la narrativa externa de la respuesta del espectador, que ofrece un comentario adicional en el tema. Más que la ostentación de la pintura, el efecto de esta doble narrativa es que a pesar de las diferentes versiones sobre el tema, sólo el cuadro de Yale tiene una Virgen identificable con la Inmaculada Concepción, conocedora de todo y prematuramente sabia. Tanto estilística como conceptualmente el lienzo de Velázquez se encuentra a años luz del de Roelas.» Marciari subraya de su descubrimiento en dicho artículo que «será la incorporación más significativa a la obra del artista que se ha producido desde hace más de un siglo».

La crítica y la labor de los museos

La noticia del descubrimiento de una obra inédita de Diego Velázquez fue recibida en el mundo del arte con tantas dosis de indisimulada satisfacción como de irremediable cautela. La sensación generalizada tras recabar la opinión de los expertos es que, a simple vista, nadie duda de la autoría del genio sevillano. Pero, en general, las autoridades en la obra del autor de Las Meninas piden paciencia hasta conocer las opiniones de la internacional de expertos que, en los próximos días, intentarán contemplar el cuadro con sus propios ojos. Y no solo no existen casi dudas acerca de la autoría de La educación…, sino que una autoridad indiscutible en este terreno como Jonathan Brown, está convencido de que hay más obras inéditas de Velázquez aún por descubrir. «Así lo indican las fuentes históricas en las que se habla de cuadros que hoy en día se desconocen».

Detalle de la cara de la Inmaculada, adquirida por Focus Abengoa. Los estudios técnicos del Prado avalan la tesis de que fue pintada por el sevillanoPara Benito Navarrete, director del Centro Velázquez de Sevilla, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y discípulo del gran historiador del Arte y ex director del Museo del Prado Alfonso Pérez Sánchez, es de los que menos prevenciones tiene a la hora de catalogar el velázquez de Yale; Navarrete considera que La educación de la Virgen es «una pintura muy importante», y añade: «Es esencial para la formación del primer Velázquez. Las primeras noticias sobre esa obra me llegaron hace cinco años. He podido ver los análisis fotográficos del detalle del cuadro y, aunque no lo he visto en directo, las dudas son pocas. Cuando Salvador Salort, alumno como yo de Pérez Sánchez, hizo su tesis sobre Velázquez, ya habló de La educación de la Virgen. Yo ya sabía hace tiempo que Marciari, una autoridad indiscutible en el barroco español, estaba investigando esta obra. Insisto en que tengo pocas dudas». Igualmente, opina que el cuadro debe pasar por España para que «el Museo del Prado haga los estudios técnicos comparativos». Explicó ayer a este periódico que «la atribución debe esperar a un congreso científico. Así es como se deberían hacer las cosas». Navarrete conoce los pasos, él mismo atribuyó el pasado año a Velázquez una Inmaculada, propiedad de la Fundación Focus Abengoa. Los análisis del cuerpo técnico de la pinacoteca demostraron, a través de pigmentos y radiografías, la mano de Velázquez y no la de Alonso Cano como se pensaba. Al respecto Navarrete confirma: «Sería fundamental que la Inmaculadadel Deán López Cepero-, junto al cuadro de Yale se estudiaran. Nada es definitivo ni nadie tiene la última palabra. La comisión Rembrandt es un ejemplo de esto. Cuando alguien se quiere atribuir la autoridad absoluta sobre un tema es un asunto delicado. La ciencia nace del conocimiento, el debate y llegar a puntos firmes entre todos».

Detalle de 'La imposición de la casulla a San Ildefonso' de la época temprana, en Sevilla, de Velázquez. Propiedad del Ayuntamiento hispalense y cedido al Centro Velázquez.El propio Benito Navarrete, director del Centro Velázquez de Focus Abengoa y una de las pocas personas que ha tenido acceso a la imagen del cuadro antes de su publicación en prensa, se congratula a su vez del trabajo de esta fundación ya que, «probablemente, esta obra vendrá a Sevilla en un futuro y se estudiará junto al cuadro de la Inmaculada, fundamental en este debate». El cuadro de Yale «entronca directamente» con este lienzo del que, tras un intenso debate internacional, el Prado acaba de concluir sus análisis técnicos. La adquisición del óleo de Yale por parte de Focus Abengoa continuaría una decidida labor de rescate de las obras de la primera etapa del pintor, aunque una vez confirmada la autoría, esta posibilidad sería remota. Según Navarrete, «el cuadro no está en el mercado porque pertenece a una institución docente y ahora que probablemente han descubierto un velázquez en sus fondos no creo que quieran desprenderse de él». Asimismo, Marciari, en declaraciones a Efe, deseó que en un futuro la pintura se exhiba en Madrid o Sevilla junto con obras tempranas y autentificadas de Velázquez en cuya compañía las similitudes concluirían que La educación de la Virgen salió de la misma paleta.

El catedrático Enrique Valdivieso sostiene que el cuadro «tiene grandes posibilidades de ser un velázquez«. En declaraciones a Diario de Sevilla, Benito Navarrete, director del Centro Velázquez de Focus Abengoa, apoya la tesis de Marciari y reconoce su «valentía» por sacar a la luz una investigación que aún debe pasar por el análisis de otros especialistas. «El cuadro de Yale abre directamente el tema de que pueda ser la primera pintura de Velázquez en el obrador de Pacheco, con elementos propios del manierismo reformado vistos en Roelas, como ya planteamos en la exposición De Herrera a Velázquez. El primer naturalismo en Sevilla», apunta Navarrete, autor del estudio fundamental sobre el pincel del joven Velázquez en la Inmaculada de Focus Abengoa. «Para estos procesos son los historiadores que se han dedicado al estudio de Velázquez y su época los referentes morales -sostiene Navarrete-. Ya sea con exposiciones temporales, libros o artículos científicos y los museos, y en especial el Prado o el Museo de Bellas Artes de Sevilla, que indudablemente tienen mucho que decir».

El artículo de John Marciari no puede considerarse una investigación apoyada en resultados técnicos, porque no los ofrece en ningún momento. El conservador hace un repaso de características de estilo, aplicando el ojo como método científico. «Sin embargo, el ojo no es un método. El ojo clínico tiene que pasar por contrastar todas las explicaciones de todos los expertos posibles», admite una investigadora que prefiere no identificarse.

Valeriano Bozal, historiador del arte, especialista en Goya, admite que en este momento nadie puede hablar de atribuciones y rechaza este tipo de actuaciones que publicitan un descubrimiento antes del marchamo científico. «Así no se hacen las cosas. Los museos tienen una labor de investigación científica que hacer. No es bueno darlo a conocer a la opinión pública antes de contar con el aparato de científicos independientes que contrasten las conclusiones», afirma. «Los medios ejercen mucho presión sobre los museos para acelerar este tipo de noticias y los museos sacan réditos de publicidad y espectáculo de estos hallazgos sin contrastar», explica. Para el catedrático «de momento sólo hay sospechas de que ese cuadro sea un Velázquez, falta un estudio de expertos en el pintor». «Es una noticia pero no es un hecho y la Historia del Arte no se hace con noticias», aclara. Además, cree que atribuirlo a la primera parte de Velázquez es muy arriesgado, porque es el periodo menos velazqueño de todos. Bozal incide en el hecho de preparar «un foro de análisis científico de carácter colectivo. Lo harán mejor que lo hizo El Prado con El Coloso«.

El historiador del arte Julián Vidal publicó recientemente en la revista especializada Nolens Volens un artículo en el que analizó la manipulación del discurso científico en los museos. Explicaba que en las instituciones la investigación científica ha sido suplantada por la banalización. «El discurso ha dejado paso a las opiniones» y «el debate de los especialistas se ha sustituido por la presentación en los medios». Vidal critica un aspecto dramático: el discurso de la comunicación avanza en detrimento de los «modos tradicionales de conocimiento», mucho más lentos y basados en la reflexión, discusión por parte de la comunidad científica. El investigador cierra su escrito con una apreciación incisiva: «El resultado es un deterioro progresivo de las prácticas museísticas esenciales, sustituidas por una vertiginosa huida hacia la presentación espectacularizada de las colecciones, y el abandono de la investigación científica como reserva del capital cultural». Si el ojo no traiciona, «esto tiene aire de Velázquez», como dijo ayer Fernando Marías. Ahora sólo falta el ojo técnico.

Fuentes:

¿Un nuevo Velázquez?

¿Un nuevo Velázquez?

El óleo «La educación de la Virgen», atribuido a Velázquez y conservado en los almacenes del museo de la Universidad de Yale (EE.UU.), es «un hallazgo muy importante» y pertenece a la época joven del pintor, según el profesor Benito Navarrete.

El óleo «La educación de la Virgen», supuestamente atribuido a Velázquez. ABC

Experto en el maestro universal, director del Centro Velázquez de Sevilla, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y discípulo de Alfonso Pérez Sánchez, Navarrete considera que se trata de «un cuadro muy importante, fundamental para la formación del primer Velázquez», aunque se ha mostrado prudente por el hecho de que no lo ha visto directamente. «Es un hallazgo muy importante, es cierto y es verosímil. Creo que es una pintura fundamental para el naturalismo y probablemente se trate de un joven Velázquez», de una obra recién salida del obrador de Francisco Pacheco, indicó Navarrete.

En su próximo número, la revista «Ars Magazine» publica un artículo científico en el que el conservador John Marciari atribuye a Velázquez la autoría del cuadro «La Educación de la Virgen», albergado en el museo de la Universidad de Yale. «Conozco esta obra desde hace cinco años, cuando el investigador Salvador Salort, que hizo su tesis sobre el maestro sevillano, me la mostró», recordó Navarrete, quien precisó que sabía que Marciari estaba trabajando en la obra «y se ha respetado su autoridad científica». En su opinión, tanto la revista que publica el artículo, repleto de reflexiones y de comparaciones, como el propio Marciari «se han apuntado un tanto, sobre todo por su valentía».

Benito Navarrete cree que es el momento de que el cuadro venga a España «y se hagan en el Museo del Prado estudios técnicos comparativos, ya que el museo tiene información al respecto». El siguiente paso es «hacer análisis de pigmentos, como ya hizo el Prado con la Inmaculada del Centro Velázquez. Hay que ver la imprimación, el craquelado, y sobre todo la factura de la pincelada», explicó el experto, para subrayar que es un acontecimiento importante para la pintura sevillana del momento, «eso es incuestionable», apostilló.

Uno de sus valores más importantes es que la obra «demuestra que Velázquez está mirando a Juan de Roelas, a la generación anterior. La mesa abierta que aparece en «La educación de la Virgen» de Roelas que se conserva en el Museo de Sevilla, es la misma que la de la obra atribuida a Velázquez, lo que confirma que está aprendiendo de Roelas en el taller de Pacheco», en el que se formaron importantes artistas del siglo XVII.

Por su parte, el Museo del Prado, en el que se conserva la más importante colección del pintor sevillano, eludió pronunciarse sobre el estudio científico que atribuye «La educación de la Virgen» de la Universidad de Yale, a Velázquez.

EFE / Madrid: ¿Un nuevo Velázquez?, ABC, 1 de julio de 2010
De repente… Velázquez

De repente… Velázquez

La obra La educación de la Virgen descubierta en el sótano de la Universidad de Yale y atribuida a la etapa sevillana de Velázquez. La obra, que será restaurada debido a su estado de gran deterioro, plantea un debate de calado internacional sobre la autoría definitiva del lienzo.-

La cuestión de la autoría y sus atribuciones en el mundo del arte no para de dar disgustos. A nadie se le escapa que las recurrentes revisiones científicas de los fondos de los museos están mermando de forma inesperada los tesoros de alguna que otra pinacoteca… Pero lo cierto es que el hallazgo de la obra La educación de la Virgen en los almacenes del museo de la Universidad de Yale constituye un bombazo en toda regla, tratándose de una pintura a la que algunos expertos de indudable prestigio ya han colocado el marchamo de Velázquez. Y más concretamente, de un velázquez perteneciente a la etapa sevillana del artista. A la espera de los pronunciamientos oficiales de la comunidad científica, La educación…, atribuida hasta ahora a un pintor indeterminado de la escuela española del XVII, tiene todas las papeletas para pasar a disfrutar de un cartel con el nombre del genio sevillano. Expertos consultados por este periódico ratificaban ayer el descubrimiento.

John Marciari, conservador jefe de arte europeo del Museo de Bellas Artes de San Diego, es el autor de este hallazgo, del que dará cuenta pormenorizadamente en el próximo número de la revista Ars Magazine. En un detallado análisis del estilo, la técnica y la composición de la tabla, Marciari concluye que el óleo fue pintado durante los primeros años de la carrera del pintor, en torno a 1617, y que es el descubrimiento más significativo que se ha hecho sobre la obra del artista en el último siglo.

Niños. A pesar del debate sobre la autoría de la obra, lo que sí están claras las concomitancias de estilo y técnica y la recurrencia de temas entre la última pintura hallada y otras obras maestras de Velázquez. Por ejemplo el tratamiento que el artista hace de la infancia con el rostro de la Virgen niña de la obra encontrada en Yale (a la izquierda) y las caras de otros niños, como el que aparece en Vieja friendo huevos  (en el centro) o El almuerzo (derecha).

El tema del cuadro es el aprendizaje de lectura de la Virgen niña, pero el artista incluye -y este es uno de los grandes puntos de interés de esta obra- el tema del bodegón, en el que se consumaría como un genio. San Joaquín está al fondo. Arriba, los ángeles.

La educación de la Virgen se encuentra actualmente en el taller de restauración del museo de Yale, ya que en su largo peregrinaje desde meduiados del XVII hasta hoy sufrió, sucesivamente, las inclemencias del agua, del fuego y de un almacenamiento a todas luces inadecuado. Marciari explica que faltan al menos 25 centímetros de la parte superior y una cantidad sin determinar de los bordes izquierdo e inferior. Hay zonas afectadas por una potente abrasión y en otras la capa de pintura ha desaparecido casi por completo, de manera que solo queda un fondo de color pardo. Pero los trabajos de recuperación no podrán comenzar hasta que los expertos avalen la autoría de Velázquez, ya que, como suele ocurrir con el escenario de un crimen, el magnífico lienzo está lleno de pistas sobre su vida pasada.

Ancianos. Al igual que ocurre con el tratamiento de los niños, en los retratos de la madurez también hay similitudes entre la obra hallada ahora y otras anteriores de Velázquez. Abajo a la izquierda detalle del personaje de San Joaquín en La educación de la Virgen. Junto a él uno de los personajes de El almuerzo y a la derecha San Pablo.

Las pistas

  • La educación de la Virgen pertenece, de confirmarse la atribución, a la etapa sevillana del pintor, centrada en obras religiosas.
  • Durante décadas ha estado en el sótano del Museo de la Universidad de Yale.
  • Pendiente de restauración, la parte superior ha perdido 25 centímetros de tela.
  • La referencia más inmediata es El almuerzo, propiedad del Hermitage.
  • Fue fotografiado por primera vez en 1946.
  • Salió de Europa en un barco de la familia Townshend.
  • Su confirmación por parte de los expertos revolucionaría los conocimientos sobre los comienzos del pintor.
  • El Museo del Prado tendrá la última palabra.
En el trabajo de análisis del estilo, el experto en pintura española e italiana hace primero una relación de las similitudes de esta obra con El almuerzo, un cuadro de Velázquez que se encuentra en el museo del Hermitage y que está fechado en torno a 1617. Es una composición tabernaria en la que las figuras, texturas y colorido son muy similares. La forma en la que las figuras emergen de la oscuridad, con la proyección heterogénea de sombras que hacen destacar la luz de los objetos, se aproxima a la de La educación de la Virgen.

El tipo de soporte utilizado como lienzo es otra de las pruebas a las que alude Marciari, quien señala que es exactamente del mismo tipo que el usado en La Adoración de los Magos, La madre Jerónima de la Fuente, La imposición de la casulla a San Ildefonso o La cena en Emaús.

Marciari recuerda en su estudio que existe muy escasa documentación sobre las obras sevillanas de Velázquez. Está seguro de que la mayoría de sus primeras pinturas religiosas debieron de haberse realizado por encargo, aunque no se ha encontrado ningún contrato en relación con ellas. Sin embargo, el conservador cree más que probable que el convento carmelita de Santa Ana dedicara su altar mayor a La educación de la Virgen y que allí permaceciera hasta 1626, año en el que el edificio fue anegado por unas graves inundaciones. Las obras que se salvaron fueron almacenadas después en algún lugar seguro del convento y, de esta manera, se salvaron también de las desamortizaciones del siglo XIX. De cómo pasa la obra a manos privadas se sabe muy poco.

Detalles. El cuadro hallado en Yale y atribuido a Velázquez, La educación de la Virgen, junto a detalles de cuatro obras del artistas, en el sentido de las agujas del reloj, El aguador de Sevilla, Vieja friendo huevos, Cristo en casa de Marta y María y El almuerzo.

La hipótesis de Marciari señala 1925 como el año de llegada de la obra a Estados Unidos y alude a que el viaje lo hizo a bordo de un barco de la compañía naviera propiedad de Charles Townshend, cuyo destino habitual eran los países mediterráneos. En los archivos de Yale consta que los hermanos Henry y Raynham Townshend donaron a la Universidad «dos pinturas al óleo sobre lienzo, enmarcadas, españolas, del estilo de Murillo, de tema religioso». Una de estas dos obras podría ser La educación de la Virgen. Los marcos de ambas piezas eran americanos, pero parece demostrado que fueron una aportación de sus penúltimos propietarios.

El cuadro figura en el registro de Yale con el número 1.900.43. Los números precedidos con un 1.900 fueron colocados a muchas de las piezas que llegaron a los almacenes de forma desconocida. Los inventarios más recientes de los almacenes aportan la primera fotografía que se conoce del cuadro y tiene la fecha de 1946.

Estilo de vida. La vida diaria tratada por Velázquez en cuatro de sus obras. Arriba a la derecha detalle de La educación de la Virgen junto a Cristo en la casa de Marta y María. En la parte inferior a la derecha Vieja friendo huevos y La Mulata.

El tema de las autorías del arte está lleno de sorpresas y este no es el primer caso en el que el creador de Las meninas se ve afectado. Las últimas noticias que han concernido a Velázquez han sido buenas y malas. Se le descabalgó de la autoría de El soldado muerto, pero Retrato de un hombre, que durante décadas colgó en las paredes del Metropolitan como de la escuela de Velázquez, fue confirmado finalmente como obra directa del artista sevillano.

La revisión de la autoría apasiona de tal manera que la gran exposición del verano de la National Gallery de Londres está dedicada a señalar las obras que, dentro de su propia colección, eran falsas o estaban mal atribuidas. Maestros como Holbein, Botticelli o el propio Rembrandt se han visto afectados en la revisión.

La publicación de la investigación de Marciari dará pie a un período durante el que se oirá a expertos en todo el mundo. Hasta entonces, el Museo del Prado, máxima autoridad en un tema de esta envergadura, guardará oficialmente un prudente silencio.

Comparación. La obra encontrada en el sótano de la Universidad de Yale, La educación de la Virgen, junto a la pintura El almuerzo, de la época sevillana de Velázquez

Ángeles Garcia, Madrid: De repente… Velázquez, EL PAÍS, 1 de julio de 2010
La originalidad como proceso

La originalidad como proceso

Un asombroso taller renacentista en Madrid realiza copias perfectas de obras de arte mediante alta tecnología. Por otro lado, en el Metropolitan de Nueva York una pintura de autor desconocido ha resultado ser un velázquez. ¿Dónde quedan las certezas?

Retrato de un hombre, de Velázquez.- METROPOLITAN MUSEUM DE NUEVA YORKQué pasaría si, poco a poco, ciertas obras maestras fueran siendo reemplazadas por sus clones perfectos, indistinguibles del original? Según Adam Lowe, fundador de Factum Arte, se daría un paso de gigante en la preservación del patrimonio artístico e histórico. Él califica a su empresa de «taller renacentista» porque con este británico residente en Madrid trabajan unas cuarenta personas, entre informáticos y artistas especializados en diversas técnicas, que crean réplicas perfectas de todo tipo de obra de arte. «El mito del genio independiente no se da. Somos un equipo que incorpora a especialistas cada vez que es necesario. La gran diferencia es que la tecnología se va desarrollando en un sentido; la restauración o conservación, en otro; la práctica del arte, en otro, y en cierto sentido Factum conjuga todas ellas a la vez. Cuando necesitamos un nuevo escáner láser vemos si existe uno adecuado. Si lo hay, lo usamos; si no, lo inventamos».

Si la página web es un ejemplo de diseño y elegancia, las oficinas parecen un atiborrado gabinete de maravillas donde se amontonan esculturas como la Dama de Elche (al presentar la copia tuvieron que ponerle una marca para no confundirla), la Kate Moss (también trabaja con artistas contemporáneos) contorsionista de Marc Quinn, La Última Cena de Leonardo o parte del recinto de una tumba egipcia. Cuando entramos se estaba terminando de imprimir en un gran escáner una copia asombrosamente exacta -con los craquelados y desgaste de la pintura, con los relieves de las pinceladas- de la pintura San Mateo y el ángel, de Caravaggio.

«Todo empezó en 2000 cuando me preguntaron si era posible hacer una copia exacta de la tumba de Seti I, en el Valle de los Reyes (Egipto), con una exactitud de 100 micrones (una décima de milímetro), relieve y textura. Entre 2001 y 2002, el artista español Manuel Franquelo y yo hicimos una prueba de 16 metros cuadrados, con todas sus fases, para probar que era posible hacerlo con una combinación de nuevas tecnologías y una labor artesanal. Hicimos una copia que, puesta al lado del original, era indistinguible de él», explica Lowe. Lo hicieron por su cuenta y riesgo, y la prueba funcionó. «En realidad, el gran desafío para los museos y toda la gente a cargo del patrimonio cultural, responsables de preservarlo en lugar de diseminarlo es que encuentran hoy un gran problema porque hace 150 o 200 años, cuando los museos se crearon, era muy escasa la gente que los visitaba. La galería principal del Louvre, de París, recibe actualmente nueve millones de visitantes al año. La gran mayoría de ellos no tiene interés en profundizar en el arte, solo van como una forma de pasar el día en su visita a París. Algo así sucede con el Prado. Las razones que tiene la gente hoy para ir a los museos han cambiado de forma dramática. Y eso significa también que las personas que realmente quieren ver y estudiar el arte en los museos se encuentran con grandes dificultades para hacerlo, en medio de toda esa gente, su movimiento y ruido».

Justamente en el Louvre sucede parte de la historia de otro de sus trabajos. Uno que ha sentado un precedente para el uso de la duplicación de una famosa pintura. La monumental obra de Veronese Las bodas de Caná cuelga en París desde que las tropas de Napoleón la arrancaran de su sitio original en el refectorio del monasterio de San Giorgio Maggiore de Venecia, en 1797. La Fundación Giorgio Cini estaba terminando la restauración del monasterio construido por el arquitecto Palladio en colaboración con Veronese, en Venecia, en 1563, y llamaron a Lowe para crear una réplica que debía ocupar su sitio original. «La gran pintura del refectorio fue diseñada por Veronese para establecer un diálogo con la arquitectura del lugar», explica. «Cuando nos encargaron este trabajo el refectorio no tenía el cuadro, por tanto, el diálogo estaba roto. El recinto no era más que un fantasma de sí mismo».

Adam Lowe (a la derecha) y uno de sus colaboradores revisan en el escáner la copia impresa de San Mateo y el ángel, de Caravaggio.- LUIS SEVILLANOMediante un sistema no invasivo de escaneado vertical a color sin contacto con la tela, se grabó toda la superficie del cuadro en el Louvre. Se encargó tejer un lienzo con el mismo tramado del original, se creó una superficie que reproduce hasta los costurones de la tela, producto de los cortes en su azarosa historia de traslados durante siglos, y hasta las pinceladas. «Ambas pinturas son casi indistinguibles. Y no soy yo el que dice eso, lo han certificado los estudiosos del Louvre y los expertos en Veronese», comenta Lowe. «Pero lo que sucedió una vez que el cuadro quedó instalado en el refectorio es algo que impactó a todos, incluidos a nosotros. En la inauguración había cerca de mil personas esperando verlo. A los pocos segundos de caer el telón que desveló el cuadro, se hizo un silencio impresionante y casi todos los presentes enjugaron lágrimas de sus ojos. Estaban ahí, ante algo que sabían que era una copia, pero hubo una respuesta emocional. Y esa es una de las cosas que se ha argumentado en contra de las copias, que no consiguen la misma respuesta emocional que un original».

«Se entiende poco y mal lo que constituye la originalidad. ¿Por qué alabamos la originalidad en una pintura como La Última Cena, de Leonardo, cuando él no aplicó más del 10% o 15% de la pintura sobre el muro que vemos actualmente? La mayor parte de la pintura proviene de restauraciones posteriores. ¿Dónde queda la originalidad? Fue una de las preguntas que la gente que vio el facsímil de Veronese se hacía. No hay duda de que el que está en el Louvre es más original que el que hicimos, pero ¿cuál te proporciona una experiencia más auténtica? El de san Giorgio está en su lugar original, a la altura que decidió el artista, con la luz para el que fue planificado».

«Nadie quiere ver Venecia invadida por copias», prosigue Lowe. «El sentido del clon es algo muy sexy ahora, y gusta mucho. Y tiene un lado positivo porque la gente empieza a preguntarse por la originalidad desde una perspectiva humana. Ni siquiera uno mismo es original. ¿Qué es original en una pintura? ¿Es la originalidad un proceso más que un estado del ser? Esa es una de las cosas que creemos en Factum: que la originalidad es un proceso. Entendemos las cosas de una manera distinta».

Lo cierto es que la duda está unida a muchas obras de arte y los museos tienen aún secretos por descubrir. Michael Gallagher, conservador en el Metropolitan Museum de Nueva York, ha tenido la experiencia que sueñan todos los de su especialidad: descubrir una obra maestra escondida. Nada menos que un velázquez. Retrato de un hombre llevaba en el museo desde 1949 con una cartela que lo atribuía a un discípulo del pintor de Las meninas. En septiembre de 2009 se dio a conocer el hallazgo y desde entonces pasa casi a diario delante del cuadro, colgado en un destacado lugar, se detiene y se extasía con la fuerza de su expresión. «Hicimos una pequeña prueba de limpieza en una esquina inferior del cuadro para hacernos una idea de lo que habían causado las restauraciones previas», explica Gallagher. «Nos llevamos una gran sorpresa porque vimos que el barniz aplicado había distorsionado el color enormemente, y que hubo incluso una intención de cambiar al personaje. Decidimos que valía la pena llevar a cabo una limpieza completa para recuperar el cuadro, juzgarlo con mayor certeza y revisar la atribución y autoría».

Keith Christiansen, responsable de pintura europea del Metropolitan, y Gallagher llamaron al mayor experto en Velázquez, Jonathan Brown, que no tardó ni cinco segundos en certificar la autoría. Ahora Gallagher está trabajando en un Felipe IV, también atribuido al taller del pintor sevillano, y está casi seguro de que finalmente se reconocerá como salido de la mano de Velázquez. «Hay mucho que decir respecto a lo que se ha considerado en diversas épocas como proveniente del taller de ciertos pintores. Ha habido muchos copistas, encargos de copias y en su momento era algo común. Creo que el Museo del Prado haría bien en preparar una exposición o un amplio trabajo de investigación sobre este tema. Sería una exposición muy interesante tanto para el público como para los estudiosos», opina el conservador.

Tanto Lowe como Gallagher participarán del 5 al 9 de julio en un curso en el Museo del Prado, titulado El Prado oculto. La vida secreta del museo: conservación, restauración, replicación, dirigido por Francisco Calvo Serraller, con sendas conferencias sobre sus investigaciones y hallazgos.

Feitta Jarque, La originalidad como proceso, EL PAÍS / Babelia, 19 de junio de 2010
El Museo del Prado reinstala a Velázquez

El Museo del Prado reinstala a Velázquez

El Museo del Prado ha presentado la nueva disposición de las salas dedicadas a Velázquez –sometidas durante los últimos meses a una completa remodelación–, «pintor insignia» de la pinacoteca madrileña que continuará siendo el eje que articula la disposición de las colecciones de su planta principal. Además de la renovación de las propias salas, que ha incluido una mejora de su iluminación y la sustitución de los tres entelados distintos de las paredes por pintura de un único tono (ensayado durante la presentación de la exposición Fábulas de Velázquez), la colección del artista ha sido reordenada en su totalidad siguiendo un criterio cronológico y temático.

Al margen de los cambios introducidos en la gran sala basilical, que continúa siendo presidida por Las meninas y dedicada ahora en exclusiva a El retrato real, entre las novedades más destacadas merece especial mención la nueva presentación de Las hilanderas, situadas en una sala contigua con un montaje especial que restituye la obra a su tamaño original ocultando el añadido posterior que desvirtuaba la composición dada a esta pintura por Velázquez, y la instalación de La rendición de Breda (o Las lanzas) y otros cuadros del artista dedicados al tema de “La guerra” en el corazón de la gran galería central del Museo.

Con la nueva ordenación, la colección de Velázquez ha quedado distribuida en siete salas que agrupan sus obras bajo los siguientes títulos: Velázquez y el Naturalismo (sala 10), Velázquez. El viaje a Italia (sala 11), Velázquez. El retrato real (sala 12), Velázquez. Pintura religiosa (sala 14), Velázquez. Enanos y bufones (sala 15), Velázquez. Pintura mitológica (sala 15ª) y Velázquez. La guerra (sala 27).

La ampliación arquitectónica del Prado se asocia con un proyecto de incorporación de nuevos espacios para la exhibición de la colección permanente, adecuación de los ya existentes y una nueva disposición de ésta. Este proceso se inició con la ubicación de la colección de esculturas de los Leoni en el claustro, continuó con la apertura de las salas dedicadas al siglo XIX, y su último episodio ha sido la reciente apertura al público de los espacios que acogen la pintura española de la Edad Media y el Renacimiento. Dentro de ese proceso le ha tocado el turno a Velázquez, cuya intervención ha consistido principalmente en tres aspectos:

  • Adecuación de las salas a las nuevas necesidades técnicas y museográficas, y su redecoración.
  • Asignación de nuevos espacios. La sala 12 sigue siendo, como desde 1899, el lugar principal que acoge la obra de Velázquez, pero se añaden dos salas (10 y 11) en su zona septentrional, y una (27) en la occidental, mientras que la sala XVI, que exponía los cuadros del Salón de Reinos, se dedica a otros usos. Con esta operación, la colección de Velázquez gana en superficie expositiva y se dispone en un espacio más adecuado a su variedad y características. Además, la expansión hacia el norte y hacia el oeste permitirá (cuando esté completada la reordenación) enlazar de una manera orgánica la pintura de Velázquez con el discurso sobre la tradición colorista veneciana y flamenca que articulará la galería central, y con el discurso sobre la pintura española del Siglo de Oro que se formará en las salas interiores, paralelas a ésta.
  • Las variaciones en las superficies asignadas a Velázquez conllevan un cambio en la disposición de sus obras, y en el discurso a través del cual se organizan. Se han combinado criterios cronológicos y temáticos con la voluntad de que el visitante pueda conocer adecuadamente tanto el estilo que cultivó el artista en los sucesivos periodos de su carrera como la manera en que se enfrentó a los diferentes repertorios narrativos. Las dos salas de carácter cronológico están dedicadas a su etapa naturalista y a su primer viaje a Italia, respectivamente; mientras que las iconográficas tienen como tema la religión, la mitología, los retratos de bufones y la pintura relacionada con la guerra, campos todos ellos en los que se mostró como un artista poderosamente original. La sala 12 se dedica a su producción como retratista de la familia real, que fue la actividad a la que se dedicó de forma preferente desde 1623 hasta su muerte en 1660.
En la disposición de las salas se ha puesto especial empeño en crear las mejores condiciones para la percepción, el disfrute y la comprensión de la obra de Velázquez, y se ha tratado de dar un tratamiento diferenciado a algunas de sus obras maestras. Así, La fragua de Vulcano o el Cristo crucificado se muestran aislados, presidiendo sendas salas; y se ha buscado una ubicación para Las lanzas (sala 27) que potencia el efecto de perspectiva aérea que tan bien logró el pintor.

Un caso especial en este sentido es el de Las Hilanderas, obra maestra sobre la que se ha actuado en cuatro direcciones distintas: se ha ubicado en una sala dedicada a la pintura mitológica, que es el género al que pertenece; se ha hecho una instalación que oculta los importantes añadidos que se hicieron al lienzo durante el siglo XVIII y que alteraban profundamente la lectura formal de la composición, y, con ello, enmascaraban su contenido narrativo –en esa operación no se ha intervenido sobre la superficie pictórica: simplemente se ha creado una “ventana” por la que sólo asoma lo que pintó Velázquez–; se ha colgado en la misma sala El rapto de Europa de Rubens, que copia una composición de Tiziano que también aparece al fondo del cuadro de Velázquez, y que es crucial para la comprensión del contenido de éste; y se han instalado dos de las esculturas de carácter mitológico vinculadas al segundo viaje del pintor a Roma, al menos una de las cuales llegó a Madrid gracias a su intervención directa.

El Museo del Prado reinstala a Velázquez, hoyesarte.com, 15 de Junio de 2010
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