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El redescubrimiento del arte americano

El redescubrimiento del arte americano

La masiva emigración de artistas estadounidenses a Europa a finales del XIX y principios del siglo XX parecía augurar un auge que luego no se concretó hasta medio siglo después. Dos exposiciones rescatan a aquellos pintores del olvido

A las seis, en invierno ( 1912), óleo de John Sloan.-Según Kathleen Adler, una de las responsables de la exposición American in Paris 1860-1900, que itineró por importantes museos de Nueva York, Boston y Londres durante 2006 y 2007, en 1888 había afincados en París ¡mil artistas estadounidenses!, de entre los cuales ¡un tercio eran mujeres! Creo que los signos de admiración que acompañan estos datos están más que justificados, no sólo por la asombrosa cuantía del censo, sino, sobre todo, por la absoluta ausencia de huella histórica que dejaron semejante plétora de aspirantes al éxito. En realidad, hasta casi la actualidad, salvo unas pocas excepciones -Winslow Homer, Whistler, Sargent o Mary Cassat-, la mayoría de los artistas americanos seleccionados en la muestra antes reseñada -37 en total- eran prácticamente desconocidos fuera de su propio país y, presumo, que también dentro. Aunque, concluida la guerra civil, Estados Unidos, durante el último tercio del siglo XIX, no tardó en convertirse en la potencia industrial más poderosa del mundo occidental, lo que explica también ese exuberante florecimiento artístico de desplazar a un millar de inquietos aprendices al otro lado del Atlántico, resulta sorprendente su ulterior «desaparición». Pues bien, otro tanto ocurrió con los miembros de las siguientes generaciones, que sucesivamente fueron tragados por el olvido, hasta, por lo menos, la segunda mitad del siglo XX, cuando, casi por ensalmo, no parece haber ningún artista relevante que no sea americano, se haya nacionalizado o, por lo menos, resida en Nueva York.

Es evidente que la historia del arte de un gran país, con dos siglos y cuarto de existencia independiente a sus espaldas, no puede limitarse sólo a las últimas décadas. Aunque más razonable, tampoco es creíble la interpretación paranoica que algunos defienden de que el triunfo del arte americano tras la Segunda Guerra Mundial fue el producto de una conspiración de la CIA durante la guerra fría. Por tanto, a fin de cuentas, lo que sí parece adecuado como explicación es la obviedad de que fueron los propios americanos los que no creyeron -o en muy poca medida- en el valor «moderno» de su propio arte hasta las recientes fechas indicadas. Significativamente, los principales valedores del liderazgo artístico americano a partir de 1950, los críticos y teóricos Harold Rosenberg y Clement Greenberg, no dejaron de insistir en que todo el arte americano anterior era un producto «provinciano».

¿Y hasta qué punto el formalismo promovido por estos críticos como infalible vara de medir lo vanguardista no fue sino la consecuencia lógica del formidable impulso tecnológico de su país, en tanto que la técnica lo simplifica todo en términos de innovación y futuro? Es algo que me permito apuntar para no repetir que el formalismo artístico es la salida natural de una cultura puritana; o sea: que, también en arte, work and progress. Sea como sea, la crítica estadounidense, desde hace unas pocas décadas, ha cambiado su forma de juzgar esa parte del arte que les interesa -su modernidad-, ahora desde una perspectiva más rica y compleja, que incluye también lo simbólico, lo cual, entre otras cosas, les ha permitido recuperar esos dos siglos de su pasado tradicionalmente estigmatizados. Para comprobarlo tenemos un ejemplo muy a mano a través de dos exposiciones, cuya exhibición coincide en Madrid: la titulada Made in USA: Arte americano en la Phillips Collection, que incluye 91 obras de 62 artistas diferentes, en la Fundación Mapfre, y la monográfica dedicada al paisajista Asher B. Durand, en la Fundación Juan March. Aunque la primera es un recorrido histórico, que abarca los siglos XIX y XX, lo chocante en ella es que casi sus cuatro quintas partes están dedicadas al arte americano de antes de la Segunda Guerra Mundial; esto es: a lo hasta ahora prácticamente obviado. Comisariada por Susan Behrends Frank, esta exposición está dividida en 10 apartados, que responden a un diseño académico bastante convencional del tipo de romanticismo, realismo, naturalismo, impresionismo…, pero, cuando estamos convencidos de que continuará la consabida retahíla de ismos de la vanguardia, y justo en el momento en que se habría de enhebrar con los del siglo XX, se produce una cesura y se nos habla de ‘Naturaleza y abstracción’, ‘La vida moderna’, ‘La ciudad’, ‘Memoria e identidad’, etcétera, que son denominaciones genéricas y, por tanto, intercambiables. Luego, tras estos apartados, relativamente se retorna al orden ortodoxo de lo moderno con ‘La herencia del cubismo’ y ‘Grados de abstracción’, para, por fin, y sólo al fin, retornar a lo establecido: ‘El expresionismo abstracto’. ¿Qué está pasando entonces con el relato de lo moderno del arte moderno americano para acudir a todos estos eufemismos, reveladores de una actitud aprensiva, como de quien no sabe aún qué hacer con las piezas del puzle? Por de pronto, que se está cambiando el modelo narrativo; esto es: que se quiere contar la historia del arte americano de otra manera.

En cierto sentido, algo parecido está ocurriendo con el relato general del arte moderno en cualquier parte del área occidental, quizá porque el modelo americano hasta ahora universalmente vigente ha entrado, como se dice, «en crisis». En cualquier caso, el resultado de esta crisis aporta algún rendimiento indudable, como llevar a una zona de visibilidad a un conjunto de artistas hasta ahora poco conocidos y, sobre todo, incomprendidos, entre los cuales, siguiendo la selección de la Colección Phillips, hay algunos de una calidad e interés tan formidables como Albert Pinkham Ryder, Thomas Eakins, Maurice Prendergast, Mardsen Hartley, Arthur G. Dove, Georgia O’Keeffe, Robert Herni, Guy Pène du Bois, Charles Sheeler, Stuart Davis, Milton Avery, etcétera. Se podrían citar otros nombres, que he eludido por ser más reconocidos, como Edward Hopper, sin que ese reconocimiento le haya servido por el momento para entrar en la narración oficial, salvo como «curiosidades» o «excepciones».

En el caso del pintor y grabador Asher B. Durand (1796-1886), que ahora se muestra en la Fundación Juan March mediante 140 obras, no hace falta apuntar al respecto más que lo que se declara en su presentación oficial: «Que es la primera muestra monográfica dedicada al artista fuera del país», una prueba irrefutable de lo que venimos comentando a lo largo de todo este artículo. Es verdad que el relato histórico no deja de rehacerse nunca cada vez de nuevo, pero, cuando se refiere al arte, su reconstrucción siempre es más espinosa. Y es que la belleza, como la rosa, tiene espinas. Florece y se deshoja. Cambia, en resumidas cuentas, sí, pero jamás «progresa». Este redescubrimiento del arte americano es un aleccionador ejemplo.

Made in USA. Arte americano de la Phillips Collection. Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. Madrid. Hasta el 16 de enero. Los paisajes americanos de Asher B. Durand (1796-1886). Fundación Juan March. Castelló, 77. Madrid. Hasta el 9 de enero.

Francisco Calvo Serraller: El redescubrimiento del arte americano,
EL PAÍS / Babelia, 18 de diciembre de 2010

Córdoba cede dos esculturas de Benlliure para una exposición sobre el autor en Málaga

Córdoba cede dos esculturas de Benlliure para una exposición sobre el autor en Málaga

La muestra se desarrollará el próximo febrero en el Rectorado de la Universidad malagueña

El Área de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba prestará dos esculturas de Mariano Benlliure para que puedan formar parte de la magna exposición que se celebrará sobre el autor en Málaga en febrero de 2011, según ha dicho el primer teniente de alcalde y delegado de Relaciones Institucionales y Cultura del Consistorio cordobés, Rafael Blanco.

A través de un comunicado, Blanco ha indicado que el Ayuntamiento cederá para la exposición las esculturas de Mariano Benlliure denominadas ‘La estocada de la tarde’, propiedad de Rafael González Baquerizo y depositada en el Museo Taurino (actualmente en el Alcázar de los Reyes Cristianos al estar el Taurino en restauración), y ‘Busto de Julio Romero de Torres’, perteneciente al Museo Julio Romero de Torres y que se encuentra en la Casa Góngora.

Estas esculturas formarán parte de la exposición que está organizando Lucrecia Enseñat Benlliure, directora del Archivo Benlliure, Fundación Mariano Benlliure, patrocinada por el Ayuntamiento de Málaga, la Universidad de esta ciudad y Unicaja, que se desarrollará el próximo febrero en el Rectorado de la Universidad malagueña. Ambas esculturas se devolverán al Ayuntamiento de Córdoba la primera semana de marzo de 2011.

‘La estocada de la tarde’ (1907) es una escultura en bronce de homenaje al torero Rafael González Madrid ‘Machaquito’, mientras que el ‘Busto de Julio Romero de Torres’ (1931), también de bronce, es resultado de la amistad que mantuvieron los hermanos Enrique y Julio Romero de Torres con Benlliure.

Con estas cesiones se consigue, según ha afirmado Blanco, la difusión del patrimonio cultural cordobés y «rentabilizamos el trabajo permanente de los museos municipales, que continúa mientras se mejoran sus instalaciones».

Acontecimiento del año

Acontecimiento del año

Aunque sea banal e intrascendente desde el punto de vista histórico, el acontecimiento positivo por el que la mayor parte de los españoles recordaremos el 2010 será por la consecución del primer mundial de fútbol. Bueno, pues del partido de la propia final se puede sacar algún elemento anecdótico pero con referencias históricas, que me […]

Arte de colores, texturas y olores

Arte de colores, texturas y olores

Una muestra sobre el aceite de oliva aúna tradición y vanguardia en Córdoba

Hay maridajes la mar de interesantes. En Córdoba, se inauguró la semana pasada una exposición que aúna un elemento básico en la cultura mediterránea -el aceite de oliva- con el arte contemporáneo más vanguardista. La muestra se llama Paradeisos y aglutina fotografías, instalaciones y videocreaciones firmadas por 17 artistas. Ellos, de alguna manera, han adaptado a su propio lenguaje el resultado de prensar las olivas.

Un aspecto de la exposición Paradeisos, que se celebra en Córdoba.- F. J. VARGAS

«El 80% de las obras han sido encargadas expresamente a los artistas para esta exposición en concreto», destaca Óscar Fernández, uno de los dos comisarios de la exhibición, que puede visitarse en el Palacio de la Merced, sede de la Diputación de Córdoba, hasta el próximo día 31 de enero. Posteriormente, la exposición se convertirá en itinerante y viajará por una docena de municipios de la provincia.

Paradeisos está llena de sorpresas. «Hemos buscado combinar colores, texturas e incluso olores en las obras», apunta Fernández. Una buena muestra de lo que dice es la instalación Metamorfosis sobre el olivo de mi jardín, del artista portugués Alberto Carneiro. La pieza, literalmente, huele a campo. Una estructura compuesta por ramas de olivo y una superficie de hojas de este árbol, dispuestas en un denso manto sobre el suelo, consiguen transportar a una sala cerrada parte del ambiente y los aromas que podemos encontrar en un olivar.

Los creadores también juegan con la historia. Es el caso del dúo Bleda y Rosa con su fotografía Campos de Bailén, 1808, fechada entre 1995 y 1996; o la artista Julia Montilla, en Veguetas de las Revueltas. La primera imagen -un paisaje de olivar jiennense allí donde las tropas invasoras napoleónicas fueron masacradas por primera vez a manos de los españoles- pertenece a la serie Campos de Batalla. Su proyecto recoge un acercamiento a escenarios que son hitos históricos bélicos, pero de los que ya no queda nada en el paisaje. En cuanto a Julia Montilla, la creadora se asoma a la España más mística de la posguerra para, en su serie Réplicas (de la que forma parte la fotografía que se expone), registrar los puntos donde se dieron apariciones marianas tras la victoria de los franquistas.

La muestra también guarda tesoros. «Esta es la joya de la corona», confiesa Óscar Fernández delante de dos de las botellas de aceite de oliva que obtuvo el artista Joseph Beuys como resultado de una compleja experiencia artística de los años setenta. La idea implicaba una vuelta a la naturaleza, pero reflexionando sobre la relación del ser humano en la misma. Beuys trabajó en una parcela agrícola en un pueblecito de Italia, que se convirtió así en su propio taller artístico.

En la vertiente de videoinstalación destaca una pequeña pieza muy divertida de Daniel Silvo, llamada Technoaceitunas. Una pieza de dos minutos en los que una mano agita un plato sobre el que saltan, vibran y brincan un montón de aceitunas, negras y verdes al ritmo de música techno, como si fuesen habitantes enloquecidos de una discoteca.

Más inquietante -aunque no menos divertido- es el vídeo Another pa amb tomaquet, de La Ribot, una artista que, en opinión de Óscar Fernández, es de las «que está haciendo las cosas más interesantes». En los 12 minutos de esta pieza -filmada en 2001- el cuerpo de una bailarina sirve para restregar en él todos los ingredientes de uno de los platos nacionales de Cataluña.

El objetivo final de la exposición es «actualizar y generar nuevos imaginarios en torno a un contexto y una serie de ideas e imágenes que se han fosilizado en la cultura andaluza», según comenta Fernández.

El día de su inauguración, el presidente de la Diputación de Córdoba, Francisco Pulido, señaló: «Cuando hablamos de aceite, no nos referimos solo a un alimento, sino a una seña de identidad de nuestra tierra, cuyo contexto, el olivar, ha servido de inspiración artística en muchas ocasiones, y hoy se plasma en esta exposición».

Manuel J. Albert, Córdoba: Arte de colores, texturas y olores, EL PAÍS, 20 de diciembre de 2010
Arte de colores, texturas y olores

Arte de colores, texturas y olores

Una muestra sobre el aceite de oliva aúna tradición y vanguardia en Córdoba

Hay maridajes la mar de interesantes. En Córdoba, se inauguró la semana pasada una exposición que aúna un elemento básico en la cultura mediterránea -el aceite de oliva- con el arte contemporáneo más vanguardista. La muestra se llama Paradeisos y aglutina fotografías, instalaciones y videocreaciones firmadas por 17 artistas. Ellos, de alguna manera, han adaptado a su propio lenguaje el resultado de prensar las olivas.

Un aspecto de la exposición Paradeisos, que se celebra en Córdoba.- F. J. VARGAS

«El 80% de las obras han sido encargadas expresamente a los artistas para esta exposición en concreto», destaca Óscar Fernández, uno de los dos comisarios de la exhibición, que puede visitarse en el Palacio de la Merced, sede de la Diputación de Córdoba, hasta el próximo día 31 de enero. Posteriormente, la exposición se convertirá en itinerante y viajará por una docena de municipios de la provincia.

Paradeisos está llena de sorpresas. «Hemos buscado combinar colores, texturas e incluso olores en las obras», apunta Fernández. Una buena muestra de lo que dice es la instalación Metamorfosis sobre el olivo de mi jardín, del artista portugués Alberto Carneiro. La pieza, literalmente, huele a campo. Una estructura compuesta por ramas de olivo y una superficie de hojas de este árbol, dispuestas en un denso manto sobre el suelo, consiguen transportar a una sala cerrada parte del ambiente y los aromas que podemos encontrar en un olivar.

Los creadores también juegan con la historia. Es el caso del dúo Bleda y Rosa con su fotografía Campos de Bailén, 1808, fechada entre 1995 y 1996; o la artista Julia Montilla, en Veguetas de las Revueltas. La primera imagen -un paisaje de olivar jiennense allí donde las tropas invasoras napoleónicas fueron masacradas por primera vez a manos de los españoles- pertenece a la serie Campos de Batalla. Su proyecto recoge un acercamiento a escenarios que son hitos históricos bélicos, pero de los que ya no queda nada en el paisaje. En cuanto a Julia Montilla, la creadora se asoma a la España más mística de la posguerra para, en su serie Réplicas (de la que forma parte la fotografía que se expone), registrar los puntos donde se dieron apariciones marianas tras la victoria de los franquistas.

La muestra también guarda tesoros. «Esta es la joya de la corona», confiesa Óscar Fernández delante de dos de las botellas de aceite de oliva que obtuvo el artista Joseph Beuys como resultado de una compleja experiencia artística de los años setenta. La idea implicaba una vuelta a la naturaleza, pero reflexionando sobre la relación del ser humano en la misma. Beuys trabajó en una parcela agrícola en un pueblecito de Italia, que se convirtió así en su propio taller artístico.

En la vertiente de videoinstalación destaca una pequeña pieza muy divertida de Daniel Silvo, llamada Technoaceitunas. Una pieza de dos minutos en los que una mano agita un plato sobre el que saltan, vibran y brincan un montón de aceitunas, negras y verdes al ritmo de música techno, como si fuesen habitantes enloquecidos de una discoteca.

Más inquietante -aunque no menos divertido- es el vídeo Another pa amb tomaquet, de La Ribot, una artista que, en opinión de Óscar Fernández, es de las «que está haciendo las cosas más interesantes». En los 12 minutos de esta pieza -filmada en 2001- el cuerpo de una bailarina sirve para restregar en él todos los ingredientes de uno de los platos nacionales de Cataluña.

El objetivo final de la exposición es «actualizar y generar nuevos imaginarios en torno a un contexto y una serie de ideas e imágenes que se han fosilizado en la cultura andaluza», según comenta Fernández.

El día de su inauguración, el presidente de la Diputación de Córdoba, Francisco Pulido, señaló: «Cuando hablamos de aceite, no nos referimos solo a un alimento, sino a una seña de identidad de nuestra tierra, cuyo contexto, el olivar, ha servido de inspiración artística en muchas ocasiones, y hoy se plasma en esta exposición».

Manuel J. Albert, Córdoba: Arte de colores, texturas y olores, EL PAÍS, 20 de diciembre de 2010
«Flor de Santidad» recupera el color que le dio Romero de Torres

«Flor de Santidad» recupera el color que le dio Romero de Torres

Enrique Ortega trabaja con «Flor de Santidad». VALERIO MERINO

La diferencia, ahora mismo, está en las manos. Una de ellas tiene un tono casi de cera, mientras que la otra ya toma el color del nácar, con el aspecto inconfundible de la limpieza. Las puñetas del vestido son también elocuentes: una blanca, la otra amarillenta. Enrique Ortega, restaurador de la Unidad de los Museos Municipales de Córdoba, está delante del cuadro «Flor de Santidad», de Julio Romero de Torres, con el que trabaja desde la pasada primavera.

Como en otros lienzos del autor cordobés, había que eliminar el barniz que se le había aplicado y que había terminado por alterar el color de la obra. No es un proceso sencillo. Enrique Ortega explica la pintura al óleo y temple, una técnica que Romero de Torres empleaba con asiduidad, es complicada para restaurarse. «Uno es un medio que utiliza el aceite y el otro se vale del agua y hay que tener cuidado al limpiar», recuerda.

Es un trabajo de varios meses que el restaurador afronta ahora con parámetros distintos, fruto de su formación en congresos y cursos para perfeccionar su labor. El cometido es retirar el barniz que altera el cromatismo del cuadro sin tocar para nada a la pintura y sin que los disolventes no toquen el trabajo del artista que se quiere preservar. «Es un sistema de trabajo que permite buenos resultados y llegar muy alto», según el restaurador municipal.

En «Flor de Santidad» ya es visible, por ejemplo, el característico azul de Julio Romero de Torres en el cielo, que antes tenía una apariencia más próxima al verde y que ahora deja ver los matices que enriquecían la pintura del autor cordobés. También se nota en el rostro y una de las manos de la protagonista. Cuando termine la restauración, al cuadro se le aplicará un nuevo barniz que no altere el cromatismo del cuadro.

Desde entonces, estará listo para volver a exponerse en el Museo Julio Romero de Torres por un largo periodo de tiempo. «Cuarenta o cincuenta años, porque el lienzo no tenía agujeros ni problemas, que pueden ser los problemas que se presenten», cuenta Enrique Ortega. Será uno más de las decenas de cuadros restaurados en los últimos años, y que en su mayoría se han dedicado precisamente a eliminar los barnices que alteraban el color de las obras. «Casi siempre eran los barnices que ponía el hijo del pintor, aunque también eran los que había en aquel momento», dice la directora de los Museos Municipales, Mercedes Valverde.

«Flor de Santidad» era el cuadro favorito del escritor Ramón María del Valle-Inclán, amigo de Julio Romero de Torres durante su estancia en Madrid. Fue precisamente él quien propuso este nombre, el mismo que lleva una novela suya de 1904. El cuadro está fechado poco después, en 1910, y tiene un tamaño de 165 centímetros de alto por 111 de ancho. Representa a una joven llamada Socorro Miranda, a la que el pintor retrató en numerosas ocasiones. Para las manos, sin embargo, tomó como modelo las de su esposa. Representa el amor místico por la apariencia de pureza de la protagonista, que lleva un misal en las manos. Tras ella se alza una paisaje imaginario con elementos cordobeses: el actual Conservatorio, un triunfo de San Rafael y un edificio de la plaza de la Fuenseca.

Uno de los próximos será el emblemático «La Chiquita Piconera», buque insignia del museo que ya aguarda su momento después de anunciarse hace algunos meses.

Luis Miranda, Córdoba: «Flor de Santidad» recupera el color que le dio Romero de Torres,
ABC, 28 de noviembre de 2010
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